"Vacaciones de verano palpitantes"
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El tiempo pasaba muy rápido. Primero, las vacaciones de verano llegaron y con ello, Izuku tuvo que ir a las asesorías de inglés. Se distrajo en la clase viendo a Katsuki jugar tenis en la cancha deportiva y el profesor le otorgó el castigo de correr alrededor de la cancha de atletismo diez vueltas. No le pesó correr diez vueltas, dada su condición de boxeador, mas los zapatos escolares eran incómodos para correr.
En eso, una pelota de tenis se estrelló contra su frente. Desconcertado, miró a los lados, mas el profesor lo regañó por detenerse y añadió otra vuelta a su castigo.
Katsuki apareció, disculpándose con que que había sido un error de parte de los jugadores.
Izuku, por muy desconcertado que estaba, no dijo nada. Ojeó a Katsuki unos segundos y retomó lo que hacía antes de aquella distracción.
Segundo, las vacaciones de verano pasaron, con Izuku ganando la pelea en la que Enji ayudó con los estrictos entrenamientos de cierre y obtuvo otra pelea para la mitad de las vacaciones, de la cual ganó.
Shouto entrenó durante el verano en otra locación, lejos de la ciudad, dejando a Izuku sin rival de entrenamiento por algunas semanas. Sin embargo, para cuando regresó, retomaron el contacto, viéndose cada tanto en la playa, donde iban a correr por el camino favorito de Izuku. Ambos corrían por el sendero de la pendiente en las cortinas de la noche.
—Midoriya— Le habló mientras tomaban el sendero. Sudaban mucho bajo el traje de sudar. Asintió. —¿Piensas subir de peso en el futuro?
—Eh, sí— Emitió en una bocanada. —Pienso que no estaría tan mal subir. Pero es difícil hacerlo. ¿Has visto el trabajo que le costó a Mirio?
Mirio era uno de los muchachos que entrenaba en uno de los gimnasios de la zona, a veces visitaba el de Toshinori cuando su entrenador se ocupaba con otra pupila. Lo conocían también por ser el único boxeador de peso pesado del vecindario; sin embargo, hacían sparring con él cuando éste se preparaba para una pelea. Y es que era muy difícil encontrar peleas para alguien de su peso. Últimamente los boxeadores de peso pesado habían perdido su prestigio y valía en el cuadrilátero. Los pesos más ligeros eran los que tenían mayor importancia; en especial en Japón. Los boxeadores nipones de pesos pesados escaseaban en el país y la mayoría terminaba por apuntar a los Estados Unidos como medio indispensable de poder brillar en ese peso.
Mirio era un buen boxeador; demasiado rápido y audaz para el peso en el que estaba. No parecía que fuera un peso pesado, sino un peso mediano, o superwelter. Su técnica había sido pulida por Sir Nighteye, el amigo de Toshinori.
He ahí una de las razones por las cuales se conocían.
Mirio antes era un peso mediano en sus inicios, pero tras entrenar bajo la observación de Nighteye, tuvo que subir para brillar más en su técnica y estilo boxístico.
—Duró como tres o cuatro meses en subir.
—Exacto— Mencionó Izuku. —Es muy complicado subir. No creo poder lograrlo a estas alturas. Pronto serán los exámenes de la universidad y ya conseguí puesto en la universidad U.A.
—Ah, yo también— Replicó. —Pero el viejo insiste en que debería de hacer el examen de la universidad de Tokio. No ve que si entro a una buena universidad, apenas podré con el entrenamiento.
—Mamá no ve problema con que ingrese a una universidad estándar.
—Tú mamá no te molesta como mi viejo. Tiene un restaurante. Es complicado exigir.
—Lo sé. Aunque me agrada saber que estudiáremos juntos en la misma universidad— Sonrió con ese pensamiento.
—Espera, ¿Estudias en U.A.? Es más fácil entrar si eres alumno de preparatoria.
—Sí.
De pronto, Shouto se frenó en seco, respirando por la boca con una profundidad solemne. Izuku lo imitó, viéndolo con gesto confuso.
—Yo también voy en U.A—Añadió Shouto, impresionado con su descubrimiento.
—¿Qué?—Izuku sacudió la cabeza, perplejo.
—¿Cómo es que nos hemos visto? ¿En qué clase vas?
Izuku parpadeó con un atisbo de extrañeza. —En la F.
—¿Con tu inteligencia?— Voceó incrédulo. —Lo dudo.
—Y, ¿Tú en cuál vas?
—En la A.
—Ah… con razón— Procesó mediante un leve asentimiento.
—Aguarda— Shouto se llevó la mano a la barbilla con detenimiento. —¿No eres el que se declaró a Bakugo de la clase A? Recuerdo haberlo escuchado el otro día. Dicen que uno de la clase F se le declaró con una carta y fue rechazado— Izuku guardaba silencio.
Asintió.
—Los rumores llegaron a la clase A— Siguió. —Pero no les presto atención. Me parecen una pérdida de tiempo.
Shouto era demasiado honesto. Decía lo primero que pensaba, sumándole su inocencia que tenía para comprender los temas sencillos.
Izuku no quería ahondar sobre el tema de que fue rechazado dos veces en dos días. Era como revivir algo que le producía tristeza; y por tanto, necesitaba olvidarlo, mas resultaba una tarea demasiado complicada de llevar a cabo. Casi todos le recordaban del evento.
Sin querer hablar de lo pasado con Katsuki, retomó el recorrido por el sendero cuesta arriba, oyendo que Shouto con un sonido de sorpresa brotar de sus labios, fue tras él, regresando a lo que estaban haciendo.
Sin embargo, fue bueno saber que iban en el mismo instituto. Al menos no se sentiría como el único que se dedicaba a golpear costales con la intención de hacerla una carrera profesional del instituto.
También, durante las vacaciones fue a la alberca, aprovechando que tenía un día de descanso del entrenamiento. Sus amigos lo invitaron a las albercas públicas, donde accedió a ir.
Kirishima lo recogió aquella mañana en que estuvo listo. Mitsuki le hizo varias preguntas antes de marcharse, que lo sonsacaron un poco, puesto a que le parecieron sospechosas, como si ella planeara algo entre manos (muy similar a la vez en que se quedó solo en la casa con Katsuki).
Entretanto, ambos hombres llegaron a las albercas, donde los demás los esperaban. Jugaron a la pelota, se metieron a la alberca poco profunda. Estando ahí, divisó a Katsuki y a Kota en una de las sillas reclinables.
Le sorprendió verlo, mas decidió no tomarle tanta importancia al hecho de que estuvieran en el mismo lugar, ya que eso molestaría a Katsuki, que conociéndolo mejor, sabía que no le gustaba ser el centro de atención en esos escenarios.
Sin embargo, no le tomó mucho descifrar que la razón por la que estaban ahí, se relacionaba expresamente con Mitsuki. No era coincidencia que le hiciera preguntas sobre su escapada con sus amigos a la alberca, así como no era novedad para él ver las intenciones que la madre de Katsuki tenía para con él.
Izuku, por su cuenta, buscó divertirse en compañía de sus amigos, puesto a que no venía a distraerse con la presencia del rubio.
Hacía mucho sol. Los rayos se transparentaban en el agua de la alberca como cristales que brillaban en la superficie.
Izuku reía por el goce que le producía descansar, aunque sea un día. Un breve instante que se esfumaba como la brisa, como las risas. Esperaba guardar el momento vivido con sus amigos nítidamente. La juventud duraba tan poco y él pasa casi toda su juventud en el deporte de sus sueños.
Al menos, reiría por aprovechar el rato con las personas que más apreciaba y las que lo apoyaban en su deporte. No había nada mejor que eso.
Sin embargo, se distrajo en el instante en que vio que Kota se metió en la piscina profunda y posteriormente resbalándose con el escalón. Concertado por la situación del niño, salió disparado a la alberca y se lanzó de un feroz clavado tras éste.
Lo rescató, sí, mas no recibió un simple "gracias" de parte de los hermanos, porque Katsuki llegó a ellos con gesto preocupado, dentro de su expresión indiferente.
Izuku no esperaba un agradecimiento, puesto a que Katsuki no era el tipo de persona que daba las gracias o que decía los buenos días. Le gustaría oírlo algún día, pero tal vez no en ese. Fue suficiente con salvar a su hermano y ver su expresión de preocupación, que escuchar un agradecimiento.
No obstante, Kirishima llevó a Izuku del brazo a los toboganes, tras estar un rato con Kota recuperándose. Izuku se animó a lanzarse solo por los estrechos toboganes donde corría un pequeño riachuelo de agua. Se lanzó por el tobogán, riendo. No contaba con que le daría un calambre en el pie y que antes de reaccionar y hacer algo al respecto, salió volando directo a la alberca. Sin dilucidar muy bien lo que pasaba después de eso, regresó a la realidad cuando vio esos ojos rojos que tanto lo atraían mirando su pierna o su tobillo, no estaba seguro.
Se advirtió flotando en el reflejo ocular de sus ojos.
Katsuki trataba el calambre de su pie. Sus cejas fruncidas indicaban la concentración del rubio en su labor.
—Eres muy descuidado, Deku.
Izuku asintió sin despegar el ojo de él. El calambre estaba desapareciendo a raíz del cuidado de Katsuki.
—¿Quién se sube a un tobogán con un calambre?
—No lo sé— Musitó quieto, imperceptible.
—Pues de seguro tu—Adujo.—Lo acabas de hacer.
—Bueno, sí—Soltó una risita. —Pero no tenía el calambre en ese momento.
—Idiota—Masculló sin sonar ofensivo.
Lo vio centrar su atención en su piel. El tacto de su mano sobre la piel mojada de su pie le generaba una sensación intensa de calor. Sus mejillas se tornaron rojizas, acompañado por el roce de su piel con la suya que solo incrementaba el disfrute total de su tacto. Aun si Katsuki le profería odio, podía al menos disfrutar de lo bien que se sentía tenerlo cerca.
—Ya está listo— Anunció al cabo de un rato. —Intenta moverlo.
Izuku hizo lo que se le pidió y movió el pie. No había indicios del calambre en él.
—¡Wa!—Exclamó sonriente. —Ya lo puedo mover. Gracias, Kacchan.
El rubio apartó la mirada de él, viendo hacia el suelo con sigilo.
—No hay problema— Afirmó. —De todas maneras, es mi forma de compensarte por lo que hiciste por Kota— Izuku abrió las orbes en sorpresa. ¿Acaso Katsuki le estaba agradeciendo? Izuku no podía creerlo. Parecía demasiado bueno para ser real.
—No, no. Eso lo haría por toda tu familia si se presenta la ocasión. No es que insinué que quiera que les pase algo. Claro que no. Solo que— Enrojeció muchísimo en los extremos de su rostro. —Ayudaría a tu familia si algún día necesitaran mi ayuda, sin dudarlo—Aseguró bastante en serio.
Katsuki lo escrutó de pronto, con mucho fastidio, como si se hubiera ofendido por su comentario; sin embargo, no dijo nada. El silencio de sus labios acallaba toda clase de argumento que pudiera usar en su contra. Bien podría expresar el disgusto que le causaba su presencia en su vida, mas no lo hizo. Fue todo lo contrario. Se miraron unos segundos, que transcurrieron lento y taciturnos.
Katsuki usaba un traje de baño color negro, haciendo contraste con la blancura de sus piernas. Sus rodillas flexionadas aludían a que sus rótulas formaban picos de fuerza en estas. La playera protectora de los rayos solares lucía apegada a su torso como una segunda piel. Su playera hacía juego con el short del traje de baño e Izuku no podía quitarle los ojos de encima. Difícilmente lograba separar lo que veía con lo que no veía.
Y Katsuki era todo lo que él veía.
Kirishima lo sobresaltó cuando lo envolvió con su brazo, alejándolo indiscretamente de Katsuki, quien cambió su atención al pelirrojo. El semblante tranquilo que adoptaba el rubio se tornó irritado.
Izuku no sabía muy bien cómo reaccionar ante la acción del pelirrojo, mas su atención se localizó en Katsuki.
—Agradezco que hayas salvado a Midoriya, pero yo puedo encargarme desde aquí— Imperó Kirishima.
Katsuki sopló aire con indiferencia, poniéndose de pie enseguida. Kirishima e Izuku lo imitaron después.
—Lo que hagan entre ustedes— Increpó Katsuki. —No es de mi incumbencia.
Las palabras se Katsuki sonaron frías, heladas.
—Haces bien en que no te interese lo que hagamos— Adujo el pelirrojo, apretando su agarre con Izuku, que no entendía lo que se desenvolvía entre los dos hombres. Se suponía que eran amigos de muchos años, por lo que no entendía el desdén que se proferían con sus miradas.
—Más te vale cumplir con tu palabra— Articuló el rubio con superioridad. —Porque este idiota— Refiriéndose a él. —Necesita ser vigilado correctamente. Me causa muchos problemas.
—No te preocupes por eso— Aseguró Kirishima con cierto sarcasmo. —Lo mantendré alejado de ti, si eso es lo que quieres.
Katsuki lo apremió con una mirada de acierto y se encaminó hacia donde estaba Kota, dejando a Izuku con una sensación agridulce consumiendo el transcurso de sus pensamientos.
Los días pasaron y las vacaciones terminaron, dando paso a los días otoñales y a los exámenes de universidad que estaban a la vuelta de la esquina.
Las hojas de arce caían de los árboles en celestial forma, moviéndose como péndulos en el camino por la banqueta ancha y extendida. Izuku tocaba las hojas con los dedos cada que pasaba por el mismo camino y sonreía cuando atrapaba una.
Las mejillas se le tornaban rosas en el despliegue de su sonrisa amplia y expresiva. Las hojas que atrapaba las dejaba caer de la palma de sus manos, o a veces las llevaba consigo en la mochila hasta llegar a casa y guardar entre sus cosas con esperanzas de saber qué hacer con ellas.
Los aires otoñales siempre traían la frescura que le gustaba al momento de pasar por las arboledas de la noche. El viento soplando tan frío que llegaba a calar los huesos, solo motivaba a Izuku en los instantes en que corría por los senderos bajos y los altos, cuando cambiaba la dirección de la corrida.
Toshinori lo había mandado al gimnasio Endeavor durante esa temporada con la intención de aumentar la explosividad de su boxeo, no porque fuera un mal boxeador, sino porque Toshinori no enseñaba técnicas de boxeo, más que dar consejos y una breve guía sobre el entrenamiento; en cambio, Endeavor, se especializaba en la diversidad de sus entrenamientos. Por lo que pasó gran parte del otoño en el impecable y magistral gimnasio de Enji.
Enji no tenía gentileza en las rutinas. Lo ponía a cargar pesas, cosa que en el pasado no hacía, más que el uso mancuernas que Toshinori lo indujo cuando recién empezaron a entrenar en la compañía del otro.
Enji lo incitaba a levantar peso en el gimnasio de pesas local, obligándolo a realizar entrenamientos que nunca había experimentado. Las gotas de sudor que se formaban en su frente y pasaban por su rostro, reflejaban la exigencia por la que debía pasar.
Con las semanas vividas bajo la tutela del exigente entrenador, comprendió porqué Shouto se quejaba de su padre, pero también comprendió el motivo or el cual era un hombre tan respetado en el mundo del boxeo, dado a su admirable récord de peleas y un destacable número de nocauts difícil de liderar en la categoría de los pesos pesados.
Entre más tiempo pasaba en aquel gimnasio, mayor era el vínculo que forjaba con Shouto. Se conocían mejor, aunque no se hablaban en la escuela, porque Shouto se juntaba mucho con Katsuki y para no molestar al segundo, no iba con su amigo, pese a que se tentaba en hacerlo. Había muchas cosas que hablar con él y tan poco tiempo.
No obstante, el otoño estaba por acabarse y con ello, llegaría el invierno. La época donde se festeja la Navidad. Izuku pensó que debía de expresarles su agradecimiento a los padres de Katsuki por permitirles a él y a su madre vivir en su casa durante varios meses.
El único inconveniente que encontraba en realizar tal hazaña era el dinero, porque no tenía tanto dinero en su bolsillo para comprar un regalo decente tanto para los padres de Katsuki como al mismo Katsuki. Sí, sabía que el rubio lo detestaba, pero eso no significaba que no le daría una muestra de su gratitud que bien podría terminar mal.
Le comentó a Shouto sobre su problema, puesto a que consideraba muy íntimo contárselo a sus amigos, debido a que mantenía las cuestiones vividas en la casa de los Bakugo un misterio de ellos, ya que podrían estropear su plan de conseguir dinero para los regalos navideños.
Shouto le dijo que podía conseguirle un trabajo cerca del gimnasio, por cuestiones de transporte y comodidad. Izuku estaba encantado con la idea. Trabajar cerca del gimnasio era una excelente ventaja, dado que trabajar en el restaurante de su madre quedaba lejos y ese no era el objetivo de Enji al entrenarlo.
Un día, Enji lo abordó en la salida del gimnasio, justo cuando estaba por marcharse. Era de noche y hacía un frío invernal.
—Shouto me ha dicho que buscas trabajo—Dijo muy serio.
Izuku con quietud, asintió.
—Hay un restaurante de pollos en la calle de atrás cerca de aquí— Mencionó. —Están solicitando a estudiantes—Esbozó una pausa, dejando que aquella cuestión se asentara en la cabeza de Izuku. —Por si te interesa.
—Por-por supuesto— Tartamudeó dado a la emoción. —¡Claro que sí!— Detuvo el impulso de soltar toda la serie de palabras agradecimiento. Portó un aire de rectitud en su porte. —Quiero decir, gracias—Carraspeó. —Aceptaré el trabajo.
Enji lo miró sin inmutarse en su actitud. Parecía que no le interesaba el cómo se mostraba ante su sugerencia que tomaba como ayuda.
Siempre explayaba un aire imponente cada que lo tenía de frente.
—Le diré a Shouto que te enseñe el lugar— Musitó.—Pero si entras a trabajar, no lo uses como excusa para faltar.
Izuku movió frenéticamente la cabeza en negación.—No, no. Jamás faltaría a un entrenamiento. Sus entrenamientos son muy importantes para mi y All Might confía en que mejoraré y yo también. Quiero mejorar. Realmente quiero mejorar—Hizo puños a la altura de su pecho. —No puedo permitirme fallar cuando ya estoy muy avanzado en mi meta.
—Entiendo— Fue lo único que dijo y cerró el tema.
Entró a trabajar en el restaurante de pollo, luego de que Shouto lo llevara al lugar y que comieran un buen plato de pollo frito con papas. Se fijaron que también había otros platillos de pollo en el menú, además del pollo frito.
Servía de mesero en el restaurante. No era un trabajo muy diferente a lo que hacía en el restaurante de su madre. Limpiar mesas, llevar y recoger la comida, tomar órdenes, saludar y despedirse de los clientes, etc. El sueldo era un poco mejor que el que ganaba con su madre y en cada paga se iba administrando. La clientela del lugar era escasa y a consecuencia de eso, el desgaste no suponía un obstáculo para él a la hora de irse al gimnasio.
Por otro lado, la clientela comenzó a subir, por alguna razón, desde que entró a trabajar. No le importaba que aumentara o bajara, en realidad, le daba gusto poder ver caras nuevas o en veces, ver las mismas caras. La clientela en su mayoría eran personas mayores. Personas muy lindas y amables que le dejaban propina cuando se marchaban e Izuku los acompañaba hasta la puerta.
Detalles como esos siempre le provocaban una alegría indescriptible. De igual manera, Shouto lo visitaba al restaurante bastante seguido, lo que hacía que Izuku se cuestionara si no cocinaban en su casa, pero recordaba que su hermana era quien le cocinaba diario.
A lo que asumió que lo visitaba por comodidad o porque quería pasar más tiempo con él, aparte del gimnasio. A Izuku no le incomodaba aquello, es más, le agradaba ver la presencia de su amigo en su lugar de trabajo, porque así no se sentía tan solo.
El entrenamiento por su cuenta comenzó a mostrar sus frutos cuando se percató que había subido de categoría de peso durante esa temporada(de mosca a súper mosca) y no lo notó hasta que se subió a la báscula del gimnasio de Enji que vio unos kilos de más.
Espantado ante tal descubrimiento corrió a Enji con una expresión de terror surcada en su rostro.
—He-he subido de peso—Articuló con desconcierto.
—Ah…eso— Gesticuló el padre de Shouto, enarcando ligeramente la ceja y suspirando. —Si Shouto sube de peso, por lógica tu también. Eres su rival.
—¿Qué?— Sonó alarmado. —¿Por-por qué?
—¿No es obvio?— Ironizó el mayor. Izuku abrió las orbes a la espera de lo que diría. —Eres el rival de Shouto y como dije, deben ir a la par. Sino él te dejará atrás—Hizo una pausa, dejando que las palabras se cernieran sobre la cabeza del joven boxeador. Enji hacía eso cuando quería que entendiera su punto. —¿Quieres que te deje atrás?
Es entonces que Izuku procesa la intención de Enji y niega.
Una mueca de aprobación se formó en la expresión de Enji.
—Entonces, no te quejes— Impuso con autoridad. —Mantente en ese peso y no se te ocurra bajar—Izuku pestañeó frunciendo el entrecejo.—Es parte de la estrategia—Finalizó, dejando a Izuku con el conocimiento de no cuestionarle sus motivos y de simplemente confiar.
E Izuku confió.
En uno de esos días en que pronto terminaría de trabajar, sacaba la basura al callejón. Suspirando, lo depositó en el suelo a la brevedad posible. Si sus cuentas eran correctas le quedaba muy poco para cumplir con su meta. Solo faltaba un poco más de dinero y podría comprarle a cada uno de los Bakugo su regalo.
Volviendo a suspirar, divisa la figura de uno de los clientes habituales caminando en dirección al restaurante y esboza una sonrisa de bienvenida al anciano que viene casi todos los días a comer el mismo plato de pollo.
—¡Señor, hola!— Lo saluda con la mejor cortesía que dispone.
—Midoriya, ¿Qué tal?
—¿Lo mismo de siempre?— Izuku se apresuró en abrirle la puerta antes de que éste lo hiciera. Sus valores no le permitirían dejar que un cliente abra la puerta por su cuenta si él está presente.
—Por supuesto.
—¡Sí, señor!— Gorjeó risueño y entró al restaurante a paso rápido derechito a la cocina para dar la orden.
El invierno llegó con sus brazos fríos, y sus desplantes, en una época donde la esperanza es el motor principal de las personas. O eso es lo que dicen. Izuku siempre mantiene la esperanza en cualquier época del año, así como también muestra una buena cara en los peores momentos, sin importar qué estación del año sea.
La Navidad llegó tan pronto como un parpadeo e Izuku tenía sus regalos envueltos(en especial el de Katsuki) listo para darlos.
Comieron en la mesita de la sala un festín echo por su madre, las bebidas echas por Mitsuki, los recortes de figuras de galletas de jengibre echas por Kota, la limpieza del primer piso por Katsuki y el diseño espigado del árbol de Masaru que fue decorado llamativamente por Izuku.
Cada uno cooperó con una acción para la festividad que se celebraba una vez al año. Izuku usaba un suéter feo de Navidad sin botones (Ugly swater) de color rojo escarlata y un árbol navideño en el centro. Su madre usaba una parecida a la suya, mas no era del tipo feo, sino un tanto más elegante que informal.
Mitsuki y Masaru vestían atavíos elegantes junto con Kota y Katsuki que estaban en ropa semi formal. A sus ojos, Katsuki se veía realmente bien. Bueno, el siempre se miraba bien sin importar el lugar y la hora.
Hicieron un pequeño brindis y es cuando Izuku se animó a darles sus regalos a los Bakugo, dejando el último para la persona más especial. Con aire sostenido por el nerviosismo que apabullaba su abdomen tieso, sus brazos extendieron el regalo a una velocidad imperceptible de procesar y pronunció a cuestas de sus nervios «Es para ti» y sonrió todo lo mejor que pudo, esperando que a Katsuki le agradara lo que adquirió para él.
Katsuki aceptó el regalo envuelto en una caja y lo observó con recato. De pronto, esbozó una mueca.
—¿Qué esperas, mocoso?— Su madre le dijo. —Ábrelo.
Katsuki la escrutó con disgusto y con un gruñido desdeñoso abrió el regalo, rasgando el papel con las manos, sacando de la caja un artefacto que le plasmó una cara de visible irritación que claramente reflejaba lo que pasaba por su mente.
Odió el regalo.
Así de simple.
El corazón de Izuku cayó por los suelos. Toda su esperanza se esfumó en un segundo de su cuerpo que quieto ante el evidente rechazo del rubio, sentía el techo caerle encima junto con sus esfuerzos.
—¿Qué se supone que es eso?— Preguntó Kota.
—¡Ah! Es un aparato para el dolor de cabeza— Respondió Izuku, jugueteando con sus dedos para no mirar a Katsuki a la cara. El valor que tuvo momentos antes desapareció.—Como Kacchan se queja de los dolores de cabeza, yo pensé que sería una buena idea comprarle algo para reducirlos, ya que en parte ha sido mi culpa que le duela la cabeza tan seguido.
—Ay, qué dulce, Izuku— Elogió Mitsuki, gustosa. —Agradece que al menos tuviste un regalo esta navidad, mocoso malcriado.
Katsuki frente a su madre no tenía escapatoria. Se le notaba en el ligero temblor de sus labios al escucharla referirle algo.
—No te pedí esto— Fue lo que espetó Katsuki con una mueca frustrada.
Mitsuki le dio un zape en la nuca al rubio.
—¡No te dije que le dijeras eso, Katsuki! Dale las gracias.
Katsuki llevó una mano a su nuca con un temblor en el cuerpo. Un temblor de impotencia y rabia. Lo hacía verse como un felino dispuesto al ataque, pero que se limitaba a sólo gruñir que a morder con los dientes.
—Agradezco este regalo— Dijo Katsuki, dándole un toque muy obligado a su actitud, mirando a Izuku. —¿Contenta?— Retó a Mitsuki.
—Pudiste haberlo hecho mejor, mocoso.
Su madre alivianó el ambiente tenso dirigiendo la atención hacia la comida, animándolos a todos a probar de los platillos navideños que preparó con mucho esmero y dedicación.
El festín estuvo delicioso. Izuku comió hasta llenarse, aunque no buscó excederse, porque de hacerlo, Enji lo pondría a ejercitar el doble al día siguiente. De sólo recordarle le helaba la sangre corroyendo sus extremidades de un frío inconmensurable.
Mitsuki repartió los regalos a su esposo, sus hijos y a su madre, quien agradeció el gesto con lágrimas en los ojos. Izuku miraba la escena conmovido por la amistad de ambas mujeres, hasta que Mitsuki le dirigió la mirada e intuyó que se debía a otra cosa.
Que preguntara en porqué Katsuki no le dio algo de navidad, mas no fue eso. Todo lo contrario, le dijo algo que lo desconectó de la realidad por una fracción de segundo y después regresó a la sala con las manos tiesas en su regazo y las piernas desparramadas en el sofá.
—¿Qué?—Tuvo que decir.
—Tengo un regalo para ti— Dijo yendo por una caja envuelta en papel navideño con un enorme moño rojo que despampanaba a la vista.
A Izuku se le desorbitaron los ojos. No advirtió que Mitsuki le fuese a dar un detalle en navidad.
Lo tomó tras reaccionar a su petición de abrirlo y lo hizo. Al ver el contenido con las manos palpitando por las ansias de ver qué había dentro, sacó un portarretratos bellísimo. Muy elegante, muy pulcro, muy él. Muy su estilo. La sobriedad de detalles en las esquinas, el rojo de sus contornos, le recordaban a Katsuki.
Sin disimular una sonrisa de gozo, agradeció el gesto con todo el sentimiento posible abarrotando su voz.
—Me alegra que te haya gustado el regalo.
—¡Claro que sí!— Se desvivió. —Aunque, no tengo una buena fotografía qué ponerle al retrato— Mirando el portarretratos con desilusión. —Ya buscaré después una fotografía que tenga con mis amigos o cuando gané el torneo regional del peso mini mosca hace dos años que significó mucho para mi. Aún tengo la foto. Un poco desgastada de las esquinas, pero se mantiene nítida.
—Ese fue un buen momento— Comentó su madre refiriéndose a la mención de aquel torneo. —Izuku ganó el torneo en la primavera antes de entrar al instituto. Entrenó durante diez meses sin descansar… fue maravilloso.
Izuku se coloró tanto que se le tiñeron las orejas de rojo.
—G-gracias, mamá.
—Puedes tomarte una foto con Katsuki— Sugirió Mitsuki con sorna.
—¿Hah?— Se alteró Katsuki.
—¿Con Kacchan?— Señaló Izuku, desorbitado.
—Por supuesto. No hay una foto de ustedes desde que vives aquí. Necesitamos capturar el momento ahora que están por terminar la preparatoria.
—Hablando de eso— Intervino Masaru.—Katsuki hará el examen de la universidad de Tokio.
—Oh, sí. Es lo menos que puede hacer nuestro hijo luego de lo malcriado que es.
—No pienso entrar a la universidad— Protestó Katsuki.
Todos enmudecieron, dirigiendo sus miradas en él.
—Ni siquiera sé qué quiero estudiar. ¿Para qué entrar a la universidad con ese propósito?
Los padres de Katsuki estaban desconcertados. Su madre lo miraba como sin saber qué decir para alivianar la tensión creada por el rubio. Kota parecía haber recibido la peor noticia de su vida.
Izuku no podía creerlo. Que Katsuki no quería entrar a la universidad con esa mentalidad era desconcertante. Ni le pasó por la cabeza que Katsuki pensara de esa manera de una profesión como tal.
—Bueno, no hablemos de eso— Irrumpió Mitsuki. —Es muy pronto para decir si entrarás o no a la universidad.
Katsuki esbozó una mueca de lado, notándose muy disgustado por el comentario de Mitsuki. Sin embargo, el ambiente se aligeró posterior a eso, mas Mitsuki aprovechó aquello y volvió a hacer la mención de tomar una foto de Katsuki y él. El rubio emitió un sonoro bufido expresando su desacuerdo con la decisión impuesta por su madre; en cambio, Izuku, estaba más rojo que un tomate. Qué decir, estaba ardiendo en un fogonazo por las mejillas. Las manos le vibraban tanto que comenzaron a temblar en su sitio en clara señal de que se trataba de una petición demasiado buena para ser real.
En su fantasía, Katsuki diría que sí, mas en la realidad las cosas usualmente no salen a lo esperado. No se haría ilusiones ante esa la precariedad de la situación.
—¡No me tomaré una foto con ese idiota!— Rehusó el rubio.
—Es lo mínimo que puedes hacer ya que no le diste nada— Increpó Mitsuki con mirada inocente.
—Argh— Soltó un quejido. —Está bien— Cruzó los brazos y sacudió la cabeza.—Pero no digas nada respecto a esto—Dirigiéndose a Izuku, quien apenas procesó lo que dijo.
¿Acaso Katsuki accedió?
No podía digerir ese hecho, pues difería mucho para creérselo. Lo vio pararse e Izuku puso los ojos como platos al comprender que Katsuki se dirigía a él con ímpetu y molestia.
A consecuencia de la tormenta de su estado anímico, Izuku se paró enseguida, temblando por la expectativa de poder tomarse una fotografía. Su corazón bombeaba rápidamente llevando la sangre a las extremidades que se movieron veloces, colocándose a lado de Katsuki como si esa fuera la posición que lo aguardaba.
Izuku se colocó tan tenso como una roca, sin doblar un músculo. Una sonrisa en forma de mueca nerviosa se formaba en sus labios, sus ojos irradiaban la inmensa emoción que siente por dentro.
Katsuki se situó a su lado, luciendo completamente desinteresado. Mitsuki, por su parte, sacó la cámara, colocándose a una distancia moderada de ellos y con una sonrisa traviesa dijo—: Más juntos chicos, vamos no sean tímidos. Katsuki acércate más a Izuku e Izuku sonríe un poco más, no estés tan tieso.
Izuku acató la orden de Mitsuki seguido de Katsuki que emitió otro quejido que perpetuó en las orejas de Izuku que le hicieron dar un salto de manera que terminó chocando sus hombros.
De pronto, Katsuki con mucha soltura pasó un brazo alrededor de su hombro y apegó su hombro al suyo, haciéndolo temblar por dentro.
Izuku estaba en las nubes. La calidez de Katsuki era como ninguna otra.
—Así está bien— Guiñó Mitsuki, emocionada.
Izuku sonrió más natural. Podrá tener una fotografía de él y Katsuki en un portarretratos. No cabía de la emoción.
—¿Lo mismo de siempre?—Susurró Katsuki a su oído, burlón.
El susurro de Katsuki lo estremeció por completo. Y por consiguiente, la pregunta se vertió en su cerebro que en efecto de su comentario hicieron un cortocircuito que lo sacudió.
El restaurante. El cliente mayor. Katsuki lo vio ahí.
La vergüenza salpicó su rostro, haciéndose presente la expresión boquiabierta que brotó de sus labios, llevándose ambas manos a la boca zafándose del brazo de Katsuki, quien sonreía arrogantemente frente a su reacción.
Sin duda, la cámara enmarcó un momento difícil de olvidar.
El día del examen de la universidad de Tokio había llegado e Izuku estaba rebosante de alegría por que Katsuki presentara el examen. Sin embargo, no podía decir lo mismo de éste, puesto a que la carencia de motivación y de expresiones mermaban por completo el sentimiento que dicho examen producía en el rubio.
Por un lado, Mitsuki y Masaru se encontraban muy entusiasmados por el hecho de que Katsuki decidirá presentarse al examen que un primer lugar no quiso porque no le interesa ingresar a la universidad.
Kota imitaba el entusiasmo de los señores Bakugo y su madre simplemente demostraba su apoyo por el rubio con la misma energía que la familia. Izuku era el único del grupo que no festejaba ese hecho, puesto a que consideraba fuera de contexto hacerlo, si Katsuki no estaba del todo convencido de que ir sea una buena idea.
No obstante, le cosió un amuleto de la suerte con ayuda de Mitsuki y se lo dio la noche anterior con el propósito de que Katsuki supiera que él lo apoyaba sin importar la decisión que tomara.
Katsuki bajó de las escaleras con pasos pesados, mostrando cara de pocos amigos. Enseguida los Bakugo se agruparon en la entrada acechándolo con la mirada. Izuku miraba todo desde la sala, puesto a que desde esa mañana había amanecido muy cansado. Lo curioso es que no sabía porqué se encontraba de esa forma si cuidaba demasiado su alimentación y la cantidad de nutrientes necesarios para un buen rendimiento en el boxeo.
Sin embargo, plantó buena cara a los demás y sonrió lo mejor que pudo a Katsuki cuando se hubo reunido con los Bakugo y su madre en la entrada.
Katsuki estornudó de repente, desconcertándolos.
—No me digas que te has resfriado, mocoso— Reclamó Mitsuki.
—No— Protestó el rubio, plantando mala cara.
Izuku corrió por el medicamento que Mitsuki guardaba en la alacena de la cocina, por alguna razón, y con un vaso de agua le trajo a Katsuki el medicamento.
Katsuki miró la pastilla seguida del vaso. Enseguida aceptó tomarse la medicina y pasarse la pastilla de un sorbo.
—¿Tiene efectos de somnolencia?— Cuestionó en gesto precavido.
—No creo—Negó. Entonces volteó la caja que contenía el medicamento y vio en los efectos secundarios un "No recomendado para personas que manejan. Posibles efectos de somnolencia". —¡Oh, no! Lo siento. Sí tiene. Perdón, no sabía. Lo traje sin ver—Puso una mano en la nuca de Katsuki, sin notar que éste se tensó bajo su tacto y su gesto se tornó tieso como una piedra. —¡Escúpela!
—¿Estás loco? No haré eso— Se zafó de su agarre con evidente turbación en su rostro. Y un poco de rubor pintando sus mejillas. —Ya me voy. Y no se les ocurra seguirme.
—Pero qué dices jovencito. Izuku te acompañará hasta la estación en caso de que decidas no tomar el examen.
—¿Qué?
Ambos hombres se volvieron a Mitsuki con estupefacción.
—Ese idiota no vendrá conmigo—Apuntó Katsuki.
—Claro que vendrá—Impuso.—Te vigilará para que no te pierdas ese examen. Es mi orden y se acabó— La manera en la que miraba con ímpetu a Katsuki hicieron mella en él, de modo que terminó accediendo a la orden irrefutable de su madre.
Izuku fue por su chamarra y partió detrás de él con la cabeza gacha, no por la timidez que lo invadía al estar cerca del rubio, sino por el dolor que sentía en su interior. ¿Era su estómago? O ¿Algo más? Dolía muchísimo. Tanto que era casi insoportable.
Caminaba con piernas temblorosas sin perder de vista el cabello rubio y luminoso de Katsuki que se perdía tras la sombra de sus pupilas.
Estando en el metro, Katsuki le habló. —Oi, ¿Estás bien? Te ves terrible.
—Oh, sí, estoy bien—Aseguró en un tono no del todo convincente. Y lo supo porque Katsuki no se lo creyó. Le dirigió una expresión de desacuerdo, deslindándose del asunto con un encogimiento de hombros.
—Si te pasa algo, no me haré cargo de tu trasero.
Izuku asintió, mostrando una ligera sonrisa.
Una vez, bajándose del metro siguieron caminando por un trecho prolongado, que en lugar de alivianar el dolor de Izuku, lo acrecentaba. Su piel blanca estaba pálida, sus piernas temblaban y tambaleaban, sus hombros se sacudían de adelanta a atrás, sus ojos se entrecerraban con cada punzada que su cuerpo sentía, sus manos presionaban su abdomen como si de esa manera el dolor cesaría.
Katsuki lo ojeaba entretanto y regresaba la mirada hacia el frente. Parecía consternado con su estado, mas no decía nada al respecto. Simplemente permanecía mudo.
No obstante, llegaron a la universidad. Varios estudiantes de diferentes escuelas iban presentables. Unos nerviosos, otros de porte solemne.
Katsuki movió la cabeza en su dirección. —Ya puedes dejar de seguirme. No me esperes a que termine.
Asintió.
Katsuki se volvió adelante y continuó caminando. Izuku se encorvó en su lugar, apretando los ojos y cediendo a la gravedad que atraía a sus piernas con el suelo. Cayó de rodillas, incapaz de mantenerse de pie. Su visión se tornó borrosa y supo que no se debía a un simple dolor de estómago. Era algo más, algo que no sabía qué era, pero que no podía derivar a nada bueno.
Unas personas se acercaron a él, mas no lograba escucharlos. Sus voces no llegaron a sus tímpanos, convirtiéndose en ecos que se desvanecían. Sin más, el resto se bañó de negro y no supo más.
Despertó en una cama que no conocía como la suya, en un fondo blanco que tampoco parecía familiar. Identificó los verdes ojos de su madre mirarle preocupados. Izuku frunció el entrecejo, apretando los párpados por la luz del exterior que encandilaba la vista. Abrió los párpados y los ojos de su madre seguían viéndolo. Aguardaban a que él hablara, a lo que por consiguiente hizo.
—¿Mamá?
Los ojos de su madre se humedecieron. El festival de lágrimas empezó e Izuku era el espectador de primera fila a quien le tocaron los chorros amargos que brotaban de los lagrimales de su madre.
Izuku entornó los ojos ubicando a Mitsuki y Masaru atrás de su madre, luciendo tranquilos y conformes con que él despertara. «Y ¿Katsuki?» Se preguntó. Imágenes de la universidad de Tokio, de los alumnos de diferentes escuelas, el metro, el trecho prolongado, el «no me haré cargo de tu trasero» de Katsuki.
Sus ojos se movieron a los lados, angustiados, por que su memoria se quedaba corta en comparación de lo que pasaba en ese momento.
—¿Qué pasó con el examen?— Preguntó Izuku, consternado. —¿Kacchan pudo presentar el examen?
—Katsuki fue quien nos llamó para decirnos que te hospitalizaron por apendicitis— Informó Masaru. —Por suerte no fue nada grave. Te operaron de inmediato y estás fuera de peligro— Su madre asintió varias veces.
—P-pero el examen.
—No lo presenté— Irrumpió Katsuki, sobresaltando a Izuku de su lugar. Se giró a verlo, ubicándolo sentado del otro lado de la cama.
—¡Kacchan!
—¿Qué esperabas que hiciera? ¿Dejarte ahí tirado a tu suerte?— Alzó la barbilla, adoptando un porte desinteresado. —Además, no me interesaba presentar el examen.
—Ya luego hablaremos de eso— Advirtió Mitsuki.
Katsuki asintió moviendo la cabeza con una leve sacudida. Aún usaba el uniforme del instituto, lo que dedujo que estuvo encamado por unas horas del mismo día.
Sin embargo, no pudo evitar sentirse mal por el hecho de que Katsuki no presentara el examen a raíz de su apendicitis. La impotencia y la frustración se hicieron visibles en su expresión. Ríos de lágrimas salieron de sus lagrimales en contracorriente.
—Lo siento—Musitó. —Lo siento tanto. Por-por mi culpa no pudiste presentar el examen. Intervine en tu futuro.
—¿Qué tonterías estás diciendo?— Bramó Katsuki, enfadado.
—Izuku, no te culpes—Dijo Mitsuki.
—No hiciste nada malo— Chilló su madre entre sollozos quietos.
—Lo siento, lo siento—Repetía desmoronándose.
Katsuki lo miraba frunciendo el ceño en el reluz de sus ojos confabulando con la sombra que emanan sus pupilas negras y embellecidas por el rojo de sus irises.
Izuku lloraba y Katsuki callaba.
Los contrastes de sus personalidades cada vez más notorias en aquel cuarto de hospital, donde tres adultos contemplaban la dualidad de ambos chicos que no logran complementarse en el vasto sentido del entendimiento.
Izuku dejó el camino de lágrimas muy marcado en el ras de su penuria que bullía sobre los pálidos reflejos de su semblante.
Nada asemejó el ocaso torrente de sus lágrimas.
Pasaron los días, y su entrenador y amigos lo visitaban a diario en el hospital; sobretodo, Kirishima, quien permanecía a su lado desde la tarde hasta el anochecer. No se despegaba de él ni un segundo. Iida le traía las notas de lo que vieron en clase y la tarea sin falta. Uraraka le contaba lo que pasaba en el salón de clases. Y Shouto, bueno, él no estaba enterado de su condición hasta que Izuku decidió contactarlo por la ausencia que devendría en el gimnasio.
En una de esas ocasiones, Shouto lo visitó cinco minutos antes de que finalizara la hora de visitas. Vino con su uniforme de la U.A. y un ramo de flores dedicadas a él.
—¿Flores? ¿Para mi?—Musitó él, titubeando.
Shouto asintió.
—¿P-por qué?
—¿Por qué más? Eres mi amigo; además, el viejo dijo que cuando te recuperes regreses a entrenar pronto.
—Sí.
—Y,¿Cómo te sientes?
—¿Eh?
El cambio de tema que adoptó Shouto lo desconcertó.
—¿Cómo te sientes?
—Mucho mejor—Respondió él. —La cicatriz ha estado sanando bien. Solo falta que descanse un poco más para que se reponga por completo.
—Eso es bueno—Suspiró. —Bakugo ha estado de mal humor en la escuela. No me dice nada sobre ti. No es que le pregunte sobre ti, pero creo saber que no le desagradas tanto como parece.
—¿A qué te refieres con eso? ¿Le hablas de mi a Kacchan?
—¿Quién?
Izuku enrojeció. Shouto desconocía el apodo que le había puesto al rubio.
—Katsuki— Especificó. —A Katsuki le puse «Kacchan» de cariño.
—¿Por qué?
—¿Cómo que por qué? Se lo puse porque me…me gusta.
—No entiendo.
—No necesitas entender. En serio. Se lo puse porque lo quiero— Izuku sentía el corazón en la boca para esos instantes. Era la locura hablar de sus sentimientos por el rubio en voz alta, puesto a que sus nervios lo sobrepasaban.
Shouto ladeó la cabeza, poniendo cara de curiosidad.
—¿Cómo fue que supiste que te gustaba Bakugo?
—¿Eh?
¿Qué preguntó?
Sin advertirlo, su cara se tiñó de rojo por todas partes hasta comenzar a emitir luz.
—¿Cómo fue que supiste que te gustaba?
—Sí escuché—Interrumpió torpe. —Sí escuché. Sí, sí. Ehm, lo que pasa es que no tengo idea de cómo me gustó o por qué. Simplemente pasó. Sí, simplemente pasó y fue tan rápido que no logré procesarlo hasta que lo vi dar el discurso de bienvenida que supe que perdí ante él sin siquiera haber tenido oportunidad de escapar. Fue algo que nunca creí que me fuera a pasar.
Shouto lo miraba conmovido.
—Fue especial—Asumió.
—Bastante—Admitió con una sonrisa. —Fue demasiado especial. Es… es algo que jamás imaginé que pasaría y no me puedo zafar de él porque me jala de nuevo a su órbita— Dirigió sus ojos a los de su amigo y plantó cara con la fortaleza irremediable de la que se le era característico. —Así es cómo me siento por Kacchan.
—Ya veo…— Murmuró asintiendo con la cabeza. —Sin duda, eres de admirar, Midoriya.
—¿Eh? ¿Por qué? No es la gran cosa—Sacudió las manos en negación en un arrebato de aclarar la situación si es que entendía el rumbo por el que Shouto trataba de recorrer a ciencia cierta.
—Eres de admirar, porque puedes hablar de tus sentimientos con toda la libertad del mundo, sin que nadie te detenga. Y si se juzgan tú sigues adelante. Eso es admirable— Shouto bajó la cabeza, un tanto avergonzado por lo dicho.
Izuku miraba azorado a su amigo, notando la delicadeza de sus facciones bañadas de aquellos sentimientos reflejados en la punta de la lengua y haciendo un fuego en su expresión de vulnerabilidad.
—Enamorarse es como magia— Dijo Izuku, adoptando un semblante que irradia calma. —Cuando menos te das cuenta, te lanza un hechizo y te atrapa en sus garras para no soltarte— De pronto, los nervios lo sobrepasaron, poblando el color de sus mejillas y la luz irreprimible de sus ojos. —Obviamente no les pasa a todos con la misma fuerza. He de decir que el hecho de que me guste Kacchan es irremediable, y no tengo intenciones de retractarme de tales sentimientos. A muchas personas no les sucede igual. Ya ves a las chicas que le confiesan su amor a Kacchan y a los meses están con alguien más. No a todos les da con la misma intensidad. En este caso no se trata de decirlo, sino de demostrarlo. Así es como me he dado cuenta que funciona esto de enamorarse de alguien más y tomar cartas en el asunto.
Shouto se miró muy decaído, mas repuso su semblante entristecido por uno alivianado. Esto no pasó desapercibido por Izuku, quien al percatarse de su repentino cambio facial, habló—: ¿Qué pasa?
Shouto encogió los hombros.
—No es nada.
—No parece nada. Puedes decirme.
—No estoy muy de acuerdo con que te guste Bakugo—Admitió tras unos segundos de por medio. Izuku retuvo el curso de sus pensamientos, quedándose en blanco.
—¿Qué?
—Bakugo te trata muy mal. No muestra interés en ti—Opinó francamente. —Te mereces a alguien mejor. Alguien que te trate bien, te cuide y te apoye en todo lo que haces.
—Todoroki…
—Eso fue lo que me dijo Fuyumi—Confesó un tanto abochornado. —Ella sabe sobre ti. Se lo he contado.
—¿Qué?— Se sobresaltó con la cara roja de vergüenza. —¿Le contaste sobre mi?—Asintió indiferente.
—Solo le conté de tu mala suerte con Bakugo y eso fue lo que me dijo— Respondió, encogiéndose de hombros.
Izuku se llevó ambas manos a cubrir el rubor de su rostro, haciéndose pequeño entre sus hombros, como si estos pudieran ocultar el bochorno.
—¿Midoriya?
—¡N-no me mires!— Chilló.
—Te estoy viendo—Replicó.
Izuku soltó un soplido frustrado. —Me refiero a que no veas mi expresión. Es muy vergonzoso.
—Bueno, si tu lo dices.
—No le digas esto a tu hermana, por favor. Quiero que esto quede entre nosotros.
—Está bien— Lo vio arquear las cejas y regresarlas a su posición. —No le diré, si no quieres. Pero será difícil no decirle.
—Solo— Increpó con voz franca. —No le digas lo que pase entre Kacchan y yo. Es…es privado; en especial porque no le gusto—Admitió más para sí mismo que para su amigo. Dicha afirmación caló hondo en sus entrañas, que se oprimieron en consonancia con el sentimiento profundo de saberse rechazado suponía. —Y no creo gustarle, pero seguiré intentándolo.
—Como quieras.
Izuku apartó las manos de su rostro, sonriendo alivianado, pues se esfumó el rubor que crepitaba en éste.
Sí, lo seguiría intentando aunque parezca una meta imposible de conseguir. Es lo que piensa en el tiempo presente.
Izuku no se rendiría tan fácil por los desplantes de Katsuki.
Izuku empacaba cambios de ropa en la mochila amarilla. No se creía alguien capaz de vivir con los Bakugo, después de que impidiera que Katsuki presentara su examen. Y a pesar de que Katsuki no le reclamara dicho hecho, Izuku sentían que no podía plantarles cara luego de aquello.
Cerró la cremallera de la mochila, bajó las escaleras y se colocó los tenis rojos que siempre usaba. Con los ojos acuosos de tristeza, supo que debía retirarse. Estando al borde de la puerta, dedicó una rápida mirada al interior de la casa y salió.
No llevaba unos cuantos pasos haberse marchado, Katsuki le habló desde su habitación.
—¿Adónde crees que vas?
—¿Eh?— Izuku alzó la vista, azorado.
Katsuki recargó los codos en el borde de la ventana.
—Así que huyes como un cobarde. Patético.
—No merezco estar con ustedes— Confesó con tristeza claramente visible en su semblante. Katsuki lo observaron con esos ojos que consumen todo a su paso. Sus pupilas tan negras que encendían ese fuego interno que llama a Izuku. —Por mi culpa no pudiste presentar tu examen y fui un estorbo en tu futuro. Lamento tanto haber intervenido en tu camino.
—¿Qué tonterías estoy escuchando?—Bufó. —Nadie intervino en mi futuro, idiota.
—Pero-
—Cállate, Deku—Espetó. Izuku parpadeó. —Eres un estorbo y un idiota, pero eres un idiota soportable.
«¿Qué dijo? Tengo que volverlo a escuchar»
—¿Qué dijiste?
—Que te soporto, estúpido— Repitió, desviando la cabeza hacia el lado. —Desde que has entrado a mi vida, no han dejado de pasar cosas que nunca pensé que me pasarían. Eso ha hecho que mi vida tenga un poco de emoción que antes no tenía. Por eso digo que te soporto, y que si te vas de la casa, la bruja estará muy triste. Le agradas.
—Kacchan…— Sus ojos brillaron embargados de alegría.
—Pensé que no estaría tan mal estar en U.A—Admitió.
—¿La eliges por mí?—Preguntó tontamente.
—No quise decir eso, bastardo. Además, ese no es el punto de esta conversación— Hizo un dejo de sarcasmo. —Lo que quise decir es que te puedes quedar.
Katsuki se rehusaba a mirarlo a la cara mientras decía todo aquello, mas a Izuku no le importó su negativa a verlo. Con escucharlo había sido suficiente para sonreír ampliamente, sabiéndose aceptado en cierta forma por Katsuki.
Era un gran paso que le dijera que podía quedarse en su casa, salvo a que mencionó que debía quedarse por Mitsuki, no porque realmente lo quisiera viviendo bajo su techo por más tiempo. No obstante, Izuku regresó con la mochila y las esperanzas a flor de piel.
Todavía. Todavía albergaría el deseo de que algún día sería aceptado por Katsuki.
Extra:
Detestaba no poder rechazar las órdenes de su madre, pues esta imperaba sobre su vida con una destreza admirable. Por muchas veces intentó zafarse de sus redes, pero terminaba más enredado que al principio.
Esa mañana que partió al examen con Izuku detrás suyo fungiendo como una sombra que lo vigilaba con ojos de cachorro y mejillas sonrosadas. Se sorprendió a sí mismo por soportar la condición de presentarse al examen, del que no pensaba tomar, puesto a que no tenía una profesión a la cual se quisiera dedicar toda una vida.
Esas cosas no las comprendía, a pesar de su alto coeficiente intelectual. Izuku o «Deku» como le decía, era muy complejo alejarse de él. A decir verdad, se enteró de dicho apodo, debido a que Shouto, su compañero de clases, con quien era el único que permitía juntarse públicamente con él en la escuela, le contó sobre su rival de nombre «Izuku Midoriya» a quien lo llamaban como «Deku» ya que ése era su apodo de boxeador. Con dicha revelación, Katsuki divertido por la increíble coincidencia que suponía la persona que recién se le había confesado dos veces y quien vivía en su casa.
Detestable. Opina. Odia que se le confiesen dos veces seguidas y que lo quieran por razones inútiles, a su punto de vista, mas Izuku no era alguien que se rendía tan fácilmente con el primer rechazo, ni con el segundo o tercero. El nerd insistía e insistía con una persistencia que lo sorprendía.
Y he ahí el porqué no le molestaba tanto ser acompañado por el nerd de camino al examen. Encontraba gracioso tener esos ojos de cachorro sobre él todo el tiempo.
Sin embargo, había notado que el nerd se doblaba de dolor cada tanto, pero no decía lo que lo aquejaba. Katsuki solo podía caminar y esperar a que Izuku hablara. Y no hablaba.
No obstante, al verlo desplomarse en el suelo, sosteniendo su estómago con una expresión de dolor que no le cabía en el rostro, el examen dejó de importarle en lo más mínimo. Lo único que pasó por su mente fue que debía llevarlo al hospital, así si tendría cargarlo con un carrito del supermercado.
Katsuki se arrodilló y lo agarró con ambas manos, buscando manera de cargarlo, porque el nerd era puro músculo.
Lo cargó detrás de su espalda, tensando los músculos de sus piernas para que no se le cayera de los brazos. Sentía la creciente respiración cálida de Izuku rozar los vellos de su nuca. Katsuki crispó su cuerpo, corriendo lo más rápido que sus piernas de tenista podían llevarlo.
Izuku necesitaba estar bien. Por alguna extraña razón, gustaría de ver esa sonrisa de idiota brotar de sus labios como una ventisca suave de verano.
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