"¿La vida de campus que siempre he añorado (Parte dos)"

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Izuku veía los vagos reflejos de las constelaciones plasmadas en el cielo nocturno. Refulgían llenos de magia, de polvo celestial. Había corrido luego de salir del gimnasio. El sudor aún recorría con finura su frente, dejando rastros de la corrida.

Su corazón aún bombeaba fuertemente desde su pecho, ocasionando un ruido de tambor que no cesaba de acompañarlo en la contemplación del cielo nocturnal.

La fría brisa del mar llegaba a su rostro, haciendo que sus mejillas se sonrojaran por el frío.

Estar en esos momentos envuelto en la soledad y el sonido chocante de sus cavilaciones lo sumían a una atmósfera de reflexión a la que no solía recurrir tan a menudo como quisiera. La universidad, el entrenamiento, colisionaban entre sí. Los distractores se imponían, desalojando su determinación.

Katsuki.

Su principal distractor.

El único que hay.

Enji le recalcaba en el gimnasio que no se distrajera en tonterías como las relaciones interpersonales, en tener una pareja y pasar tiempo con ella, mas Izuku ocultaba al ras de su evidente expresión cualquier vestigio de esa verdad existente en él.

Toshinori solía ir a la par con las opiniones inflexibles del anterior mencionado, dado que ambos buscaban sacar lo mejor de él.

Por el contrario, frecuentaba salir con Shouto con motivo de entrenar y de evitar hundirse en las reminiscencias de su mente alborotada. Su mente que suele estar en un constante estado de excitación, pues no siempre las palabras se funden con la existencia de sus pensamientos.

Y Shouto lo complementaba. Colmaba la fuga de ideas que padecía cuando las cosas lo emocionaban, cuando pensaba de más y las personas no tienen la paciencia de entenderlo; por lo que, su compañía era una parte esencial de su vida.

Su amigo y rival de entrenamiento era su habitual complemento, ya que interiorizaba las fugas, los ruidos, los temores, las dudas. Lo frenaba todo con sus pocas palabras.

De ahí que buscaba el consuelo de su presencia.

Si bien, apreciaba a Iida y Uraraka; mucho. Pero no guardaban tanto silencio y lo mostraban en un vaso de solemnidad como el bicolor lo hacía con una destreza impecable, innata.

Estar a su lado lo ayudó a sanar de la herida de la realidad de no ser la pareja de Katsuki.

Sin embargo, pronto se recuperó del pesado golpe que suponía el saberse no querido por la persona que él quería. Era un dolor distinto al dolor de los golpes aterrizar en su cuerpo. Diferente a esos dolores físicos que con medicina se pueden mermar. Pero nada podía mermar el dolor emocional que significaba el desdén infundado por Katsuki.

Ojos verdes se veían reflejados en la oscuridad del cielo negro y envuelto en destellos plateados por las estrellas. La luna blanca y redonda estrellada en la lejanía, iluminaba la forma de su cuerpo, tallando su rostro atestado de añoranza.

Añoranza por miles de cosas.

Miles de cosas que no puede tener.

Las añora pero no las puede tener.

El deseo se cristaliza como el claro reflejo de sus ojos estrellados en la noche. Sólo el silencio lo abraza inmerso en la soledad que lo cubre.


Estaba en el restaurante de su mamá tras salir del entrenamiento más que exhausto. Los Bakugo también estaban ahí. Su madre los había invitado a una cena de celebración por la nueva etapa en la universidad de los jóvenes.

Izuku vino vestido de un traje azul zafiro holgado en los hombros y brazos. Los cabellos rizados humedecidos por los efectos del sudor, sus mejillas sonrosadas por un rosa pálido debido a lo mismo.

Se le veía exhausto, pero alegre.

—Qué bueno que pudiste venir, Izuku— Su madre rebosaba de orgullo de que hubiera asistido, pues ella sabía lo mucho que podía extenderse su tiempo en el gimnasio.

Izuku le dedicó una sonrisa.

Su madre guió a los invitados a la sala privada del restaurante. Mitsuki daba elogios respecto a la comodidad y exclusividad del lugar, apremiando a su madre por que el esfuerzo había valido la pena. Masaru esbozaba una sonrisa cortés y pronunciaba halagos de la distribución de los materiales, las mesas, las sillas, las cortinas, etc. Izuku recordó que los padres de Katsuki eran diseñadores y por obvias razones, se fijaban en los detalles y en el diseño de interior del recinto.

Se sentaron en la mesa rectangular bajo la luz de las lámparas de tela. El color claro de las paredes iluminaba discretamente el saloncito privado.

—Qué bonito lugar—Dijo Mitsuki, maravillada. —Tiene detalles muy pulcros, muy limpios. Siempre prestándole atención a la comodidad de los clientes.

—Gracias— Apreció su madre, agradecida. —Es lo mejor que pude conseguir tras años de no tener un restaurante lo suficientemente exitoso para poder subsistir adecuadamente con Izuku.

Mitsuki puso una mano en su pecho y miró a Izuku con ternura; éste había apretado los labios formando una línea chueca. La vergüenza en esas circunstancias era demasiada.

Sus ojos se entornaron en dirección a Katsuki, quien mantenía su mirada fija en los detalles de las cortinas.

«Cierto» Se dijo al percatarse de lo que hacía. «No lo tengo que estar viendo tanto después del error que cometí. Fue muy vergonzoso» Sus mejillas se pusieron rojas, arreboladas. Colocó ambas manos sobre sus pómulos y cerró los ojos, teniendo la cabeza encorvada y sacudiendo a los lados el recuerdo de su error.

El bochorno es tan presente en su cara que se siente a sí mismo encenderse como una mecha que quema el restaurante en llamas en cuestión de segundos. No se lo piensa dos veces para saber cómo debe estarse viendo en esos momentos; y más si advierte la mirada de Katsuki fijarse en él como un halcón acechándolo a la distancia.

Alzó la cabeza y vio esas orbes rojas observarlo. Izuku percibe el mundo entero devorarlo y escupirlo en un terreno hermoso. Y sabe, sabe que es un tonto por ilusionarse así por una mirada que rápidamente se fuga de él. Izuku sabe, de la misma manera que sabe lo anteriormente mencionado, que las cosas no suelen estar a su favor.

Ser visto por Katsuki ocasionaba que esa turbulencia en él sea caótica. Implícitamente caótica.

Izuku desvió la vista de Katsuki, plantándola en la mesa. El evidente bochorno que danzaba por los colores prominentes de sus mejillas.

Los vasos del té verde, blancos con líneas aparentes fueron depositadas en la mesa uniformemente desde el borde del inicio de la mesa de madera.

—¿Puedes pasar los vasos?— Le habló la persona que colocaba los vasos. Izuku alzó la vista y jadeó sorprendido.

—¡Kirishima!—Exclamó al ver al llamativo pelirrojo usar el uniforme del restaurante de su madre, sirviéndoles.

—Midoriya— Sonrió tras atisbar el asombro en sus facciones.

—¿Qué haces aquí?—Lo apuntó.

—Trabajo— Mencionó sencillamente, aumentando su sorpresa.

—Ah— Suspiró su madre. —Kirishima recién acaba de comenzar a trabajar con nosotros. Es parte de nuestro equipo. Tenemos a un muy buen aprendiz.

Kirishima asentía conforme su madre hablaba.

—Planeo convertirme en el sucesor del restaurante— Confesó a todos, exclusivamente a Izuku, quien palideció de la impresión.

—¡Wa! No-no lo sabía— Exclamó.

Katsuki soltó un bufido, desinteresado.

—Tiene talento en la cocina— Presumió su madre, sonriente.

—Ah ¿Sí?— Cuestionó Mitsuki, interesada. —Pues yo veo que Kirishima quiere ganar la competencia contra Katsuki. Excelente.

—No hay ninguna competencia entre nosotros— Rugió Katsuki.

—Oh, sí— Contrarió Kirishima. —Sí hay una competencia entre nosotros. Así que más vale que estés atento porque si no haces nada, me quedaré con Midoriya.

Masaru abrió la boca asombrado, al igual que Mitsuki, quien enseguida sonrió maliciosa. Kota miraba sin el menor grado de interés en la conversación; quizá porque no la entendía o porque simplemente no le importaba. Izuku sentía su entero cuerpo temblar bajo la estupefacción de ser el centro de atención en medio de aquella conversación.

Apenas procesaba ver a su amigo en el restaurante de su madre.

Si bien, la velada transcurrió sin mayor dilación. El ambiente afable y tranquilo de la compañía de los Bakugo alegraba a Izuku por la plenitud que lo rodeaba. Comieron del menú creado por su madre exclusivamente para demostrarles la exquisitez de sus exuberantes platillos.

Al finalizar de cenar, Izuku bajó el escalón que separaba el saloncito privado del resto del restaurante. Acercó su presencia a la barra, apoyando sus codos en el borde de la rectangular barra.

—Me alegra saber que hayas encontrado tu sueño— Manifestó Izuku, entusiasmado.

—Ah, sí—Le ofreció una sonrisa mostrando los dientes. —Sólo falta que encuentres el tuyo. Ya encontraste el tuyo en el deporte, pero me refiero a tu carrera.

—Sí, lo entiendo. Es importante saber a qué me voy a dedicar en la universidad.

—Sea lo que elijas—Dijo con apremio. —Serás maravilloso en él— Puso una mano en sus rizos y los alborotó.

Izuku esbozó una sonrisa.

—Hablando de deporte— Dijo el pelirrojo. Izuku asintió. —¿Cuándo es tu próxima pelea?

—No lo sé. No me han dicho nada todavía. Pero he estado en forma; listo para cuando me hablen y me digan que ya tienen una fecha.

—¡Esa es la actitud, hombre!—Revoloteó sus cabellos y acercó su enorme cuerpo hacia él, quien no movió un dedo de su cuerpo. La sonrisa mostrando los dientes de Kirishima es muy brillante en esos momentos e Izuku sólo puede regresar el gesto de la misma manera.

—¿Y tú?—Preguntó.—¿Cuándo es tu próximo evento de pesas?

—El sábado— De pronto se detuvo, incrédulo. —Espera. ¿Quieres venir? Pensé que no te gustaba ir a ver personas levantando barras durante horas.

—No, si se trata de ir a apoyarte, puedo ir—Aseguró.

A decir verdad, Kirishima practicaba halterofilia. He ahí el por qué se ve tan musculoso y tan grande, siendo tan ligero; aunque además, se movía con mucha velocidad al momento de levantar una barra pesada y mantenerla fija hasta que los jueces dieran el visto bueno.

Izuku lo había ido a ver algunas veces. Eran eventos que se prolongaban un buen rato, debido a que había muchos competidores y luego la ceremonia de entrega de las medallas y el momento de tomarse las fotos tras el cierre.

Izuku solía verse incómodo en esos eventos, pero no era porque no lo disfrutara, sino porque no entendía el funcionamiento de las competencias de la halterofilia, así como de las categorías. Eso tendría que aclarárselo.

—Me alegra saber que quieres venir— Su mano se frenó en la línea de su frente que separa el inicio de su cabello con su piel. Removió el contacto de su cabello y bajó su mano y con la punta de los dedos tocó con un leve roce su mejilla.

—Kirishima— Pronunció él, inseguro. —¿Qué haces?

Éste arrugó las cejas. —Sólo quise tocarte. Es todo—Enseguida retiró su mano de su mejilla y la mantuvo a su costado. —Perdona. No es muy varonil que me deje llevar contigo tan fácil.

—No te preocupes.

—Espero que te hayan gustado los platillos— Cambió de tema. —Algunos los hice yo. Aunque el Katsudon que comiste, ese lo hice para ti.

—Me gustó mucho—Apremió.

—Es un gusto poderte complacer.

—Oi— La atmósfera apacible de su conversación se vio interrumpida por el ceño de enfado de Katsuki, interpuesto entre ellos dos. Las miradas se dirigieron en éste. —Dice la vieja bruja que vayas a comer el postre.

—¿Postre?— Articuló confundido. Que él recordara les había dicho a los Bakugo que estaba muy lleno para comer postre, que por eso se retiraba.

—Insiste en que vayas a comer—Indicó. Su vista estaba apartada.

—Qué casualidad que te mandaron a ti— Dijo Kirishima, irónico. —Pudieron haber mandado a Kota o a Masaru.

Katsuki frunció el ceño visiblemente.

—Ve a la mesa, Deku.

—Pero estoy muy lleno—Explicó Izuku.

—No me importa.

Izuku pestañeó confundido con la actitud del rubio. Sus enojos efusivos a menudo lo sonsacan, puesto a que no lograba comprenderlos en su totalidad.

¿Qué le pasaba?

Usualmente Katsuki no mostraría ningún indicio de iniciativa de ir a avisarle que regresara a la mesa. Katsuki siempre tan indiferente a él enseñaba unos ojos ardientes que quemaron en su interior.

«Se le ve muy molesto» Pensó. «Quizá sigue molesto porque tuvo que venir por mi»

—Deja de dudar y ven, imbécil— Insistió Katsuki con una mirada fulminante, que Izuku no pudo evadir. Dio un cabeceo a Kirishima y fue tras de Katsuki directo hacia la mesa. Vio la espalda del rubio mientras caminaron por el corto tramo. Los hombros alargados y finos de Katsuki se hallaban tiesos.

Se sentó en la mesa, sólo para enterarse de que ya habían terminado el postre, que era nieve de té verde con chispas de chocolate blanco y unas galletas de mantequilla.

Le dirigió un gesto de confusión a Katsuki, que respondió con una mueca y un encogimiento de hombros. No comprendía la actitud de Katsuki en absoluto. Era demasiado complicado saber qué significaba lo que hacía.

Esperaba entenderlo algún día.


—¡Ahhhhh!— Su grito inundó a la multitud de un estruendo. El terror surcó su rostro contorneando las líneas tensas. La tez pálida contrastaba con la apertura descabellada de sus ojos a punto de salirse de sus cuencas.

Quitó los pies de la báscula y los volvió a poner. El mismo número. Su rival Tokoyami lo observaba con mofa, arqueando la ceja en superioridad ante él.

Una mano se posó sobre su hombro, reafirmando ese gran pesar por el que rápidamente comenzaba a padecer. Era la mano de Toshinori.

El inspector fijó su mirada en la báscula. Sus ojos oscuros se tornaron en indiferencia. Movió la cabeza en gesto de negación e Izuku supo que estaba perdido.

—Midoriya— Pronunció su entrenador, en tono consolador. —¿Estás bien?

¿Está bien?

¿Realmente está bien ante esa situación?

A decir verdad, no. No lo estaba.

Su mente no logra esclarecerse, pues la manera en la que se movían las figuras como formas borrosas, contrastaban el sonido de jadeos y negativas. No peor que su grito inundado.

El inspector retrocedió unos pasos, y negó con la cabeza, a la par de sus brazos extendidos.

—Se cancela la pelea— Anunció.

Anunció la realidad que no digería. En un instante sintió el corazón caerle a los pies, hundiendo su cuerpo abajo del piso.

«Se cancela la pelea» Vibró por todo su ser, retumbando en fuertes tambores sus terminaciones nerviosas.

Había entrenado tan duro para esta pelea y de un abrir y cerrar de ojos la cancelaron. Los esfuerzos que hizo habían sido en vano. Sus piernas temblaron tratando inútilmente de mantenerlo en pie, pese a los distractores a su alrededor, como el inspector atisbándolo con ojos inquisitivos, su rival de cabello rubio ondulado, pegado al cráneo, sonriendo superiormente por su estupidez, Toshinori intentando consolarlo sin lograr nada, y Enji observándolo a la distancia con una mueca decepcionada.

Si alguien pudiera siquiera sentir lo que él sentía, no lo haría sentir menos estúpido de lo que estaba.


No supo cómo fue que llegó o cuánto tiempo llevaba sentado ahí, pero todo eso era lo que carecía de importancia, de sentido. Veía sus nudillos rasgados por tantos golpes dados al costal y a sus rivales. Tantos golpes tirados para que no valiera la pena haberlos dado.

El brillo incandescente de sus ojos se encontraba opacado, apenas tenue en los contornos redondos de sus irises. La cabeza apuntando hacia el suelo, sin siquiera inmutarse en dirigirla al lado del atardecer anaranjado estrellado en el cielo.

Los pálidos tintineos de las estrellas contrastaban el color luminoso. Las nubes colisionan, avanzando a pasos letárgicos, silenciosas; sus colores grises se fusionan con el naranja del cielo tiñéndose de un rojizo color prominente.

Acongojado, Izuku suelta un pesado suspiro, bajando los hombros lo más posible. Sus músculos se entierran en sus huesos y presionan los puntos tensos causando un extraño reconforte.

Se podía dar el permiso de llorar hasta agotar las lágrimas, pero consideraba que esa oportunidad más que ayudarlo, podía destruirlo.

Ya tenía mucho dolor con no poder tener el amor de Katsuki como para lidiar con la sensación vacía de haber fracasado a nivel personal. Porque sí se trataba de algo personal e importante para él.

Cuánto hace que entrenaba.

Cuánto hace que se propuso que el boxeo era su camino.

No lo tiraría así por un error. Por un descuido fatal de su peso.

Eso no hacía que el dolor disminuyera, mas al menos lograba sacarle un sentimiento de indiscutible validez propia que en ninguna otra persona pudiera encontrar siquiera, puesto a que hubo una etapa en que su madre tampoco le tenía fe en que pudiera triunfar en el deporte de los golpes. Hubo miles de ocasiones en que ella le mencionaba que porqué no podía elegir otro deporte que no sea an dañino para su salud. Izuku defendía a toda costa el deporte de los golpes, pese a que en un principio no poseía ningún tipo de talento en el boxeo y no daba una.

Pudo haber dejado de intentar, aun así, siguió intentándolo y ahí estaba sufriendo por que el esfuerzo no había valido la pena. Sin embargo, sabía que necesitaba una solución.

Estar así acongojado no arreglaría nada. Lo sabía. No tenía el más mínimo sentido darle vueltas a la situación, buscando dónde estuvo el error.

Caminó de regreso a casa. Para esas horas ya era de noche. Tenía un montón de llamadas perdidas, no obstante, pospondría contestar.

«Tal vez luego» Se consoló con decirse.

En el transcurso se encontró con Katsuki caminando con la espalda encorvada y las manos adheridas a los bolsillos del pantalón. Su mochila colgaba de su hombro.

Corrió a éste, sabiendo que si lo veía, aunque fuera un instante, se sentiría mucho mejor a comparación del resto de la tarde que pasó en la banca solo.

—¡Kacchan!

El aludido volteó a verle con el ceño fruncido.

—¿Qué quieres?

—Vámonos juntos—Sugirió.

—No quiero.

—Vamos—Animó. Iban al mismo paso. —Vivimos en la misma casa.

Katsuki soltó un suspiro exasperado, sin decir nada. Izuku tomó eso como que lo dejaba estar a su lado, puesto a que se dirigían al mismo lugar.

—¿Tus clases estuvieron bien?

—¿Deberían de estar mal?— Ironizó.

—No—Rió. —Tu ya eres increíble. Las clases no son impedimento para ti.

—Obviamente— Fanfarroneó.

Izuku sonrió, viéndolo. La dureza de su expresión siempre estaba presente en su rostro, sin importar el contexto o la situación. La elocuencia de las formas en que sus cejas se fruncían y arrugan cuando no le parecía algo o simplemente lo hacían irritar le fascinaba.

Todos a su alrededor decían que era inconexo que le gustara alguien así. Alguien tan…diferente a él. Pero a Izuku esas cosas no le importaban. No le importaban mientras le gustara Katsuki.

—¿Sabes? Hoy cancelaron mi pelea— Confesó melancólico. Oyó a Katsuki asentir, tomando eso como que podía seguir hablando. —No di con el peso. Se suponía que debía pesar ciento treinta libras, pero en la báscula salieron ocho libras de más. Todos acordaron que la pelea no se podía realizar y tendrán que escoger a otro boxeador de Enji para poder llevar a cabo esa pelea.

—Hmm…—Emitió solemne. —¿Y qué vas a hacer al respecto?

Esa pregunta lo sorprendió, pues no esperaba que Katsuki fuera a hacer una pregunta en relación a su discurso.

Aunque estaba tan triste y debatido, se sintió tan contento por ello.

—Voy a bajar de peso—Declaró. —Es la única solución que se me ocurre. Bajar de peso y, y reclamar esa pelea, porque merezco otra oportunidad.

—¿La mereces o la quieres?

—Ambas— Coincidió. —Ambas— Manifestó. —Por eso, es que voy a trabajar lo más duro que pueda, para demostrarme a mi mismo que puedo lograrlo y…— Dirigiéndose a éste. —Y demostrarte lo que soy capaz de hacer para que me veas.

Katsuki lo ojeó inexpresivo por un tendido rato, siendo lo único que escuchaban sus oídos las palpitaciones aceleradas de su corazón extasiado de deseo y determinación.

—Ya te estoy viendo—Obvió Katsuki.

—No me refiero a eso—Apresuró en contestar. —Me refiero a que me veas como un hombre.

—¿Y no eres eso?—El sarcasmo en su voz era visible.

—Lo soy—Reconoció firme. —Pero quiero que me veas como un hombre que está dispuesto a estar contigo—Sus mejillas ardían rojas y redondas, hirviendo en su encendido rostro.

—Oi.

—Y no me voy a rendir—Interrumpió. —Porque te quiero.

Ambos se miraron envueltos en el silencio que aconteció de aquella conversación que se intensificó a raíz de las inseguridades de Izuku que se transformaron en motivos para continuar teniendo la suficiente fortaleza para enfrentar sus destructivas inseguridades y poderle demostrar a Katsuki cuán determinado estaba por enamorarlo.

Resuelto en cumplir con su objetivo, se adelantó a llegar a casa y comenzar a trabajar en su plan.


—¿Qué haces aquí?— Rugió Katsuki.

La incredulidad de sus facciones detallaba lo inconexo que el rubio se encontraba con respecto a su aparición en la cancha de tenis sosteniendo una raqueta nueva y usando sus tenis rojos de boxeo a vivo y a todo color.

Izuku sonreía mostrando la credulidad de sus facciones contrastar con las de Katsuki, quien en su incredulidad tornaba un aspecto ofendido.

—No pienses que estoy aquí por ti—Explicó rápidamente. —Bueno, en parte sí estoy por ti. Pero investigué anoche sobre cómo bajar de peso lo más rápido posible y este deporte me pareció el más adecuado— Katsuki se mostraba más y más enfadado con su explicación. —Así podemos estar más tiempo juntos.

Katsuki chasqueó los dientes y sacudió la cabeza de esa manera que expresaba cuán en desacuerdo estaba ante su intromisión. Sin embargo, Izuku no contemplaba encontrarlo ahí, pues éste había mencionado que no deseaba pertenecer al club de tenis de la universidad y no obstante, ahí estaba. Y cuando Izuku buscó al entrenador del club, de nombre Mineta, supo que Katsuki no buscaba estar representar el club.

De ahí su decisión.

En tanto, Izuku estaba igual de sorprendido que el rubio al verlo parado con su conjunto deportivo y su característico ceño fruncido.

Ahora que ambos estaban en el mismo lugar, no pensaba desperdiciar la fantástica oportunidad de estar cerca de éste y demostrarle la versatilidad de su determinación.

Por otro lado, Yaoyorozu le dirigió una mirada helada, reflejando su claro descontento. Se lo imaginaba. Izuku no suele ser bienvenido a muchos lugares, sobretodo a aquellos a los que el rubio pertenece, ya que la presencia del rubio requería de una ecuánime gama de personas que lo alaban por ser quien es. E Izuku no busca quejarse. En absoluto. Él respeta la libertad de Katsuki, sólo que su intención es formar parte de ese pequeño espacio en su corazón del que no ha compartido con nadie (a menos que sea lo contrario y ya tenga a alguien en ese corazón de hielo y por eso no permite la entrada de Izuku).

No obstante, Mineta los alineó a la hora en punto. Izuku sonreía estúpidamente por la emoción de probarse a sí mismo cuán inmenso es su valor.

—Como saben es un gusto tener a nuevos integrantes a nuestro equipo— Empezó Mineta, moviéndose de un lado a otro con ese minúsculo cuerpo y cara lividinosa, que hacía cuestionar a Izuku si en realidad era un pervertido como Katsuki lo acusó en la cafetería. —Entre ellos a nuestra bella Momo— Le hizo ojitos a la chica, quien apartó la mirada de la suya en un dejo de desdén. —Y a nuestro talentoso y atractivo Katsuki— Izuku le dirigió una mirada fiera de que no hablara de ese modo de Katsuki.

«Tal vez sí es lo que Kacchan dijo que es» Pensó para sí. «Se fija en el físico de las personas. Eso me queda muy claro. Así que de mi no dirá nada»

—Como verán, tendremos la ceremonia de iniciación—Continuó. —Cuando los nombre pasan al lado opuesto de la cancha y tendrán un partido conmigo hasta ganarme.

Todo bien por parte de Izuku. No se imaginaba que el tenis fuera a ser un deporte complicado, puesto a que lo más complicado que considera es recibir golpes en todo el costado y mantenerse de pie durante toda la pelea.

De pronto, Mineta tornó su amistoso aspecto por uno agresivo. El humo le salía por las orejas contrastando con el movimiento empalizado de su pelo en forma de uva.

—¿Quién será el primero?— Rugió.

La mayoría se asustaron igual que Izuku, mientras que Katsuki y Yaoyorozu eran los únicos que no se inmutaron con el cambio. Izuku lo notó y supuso que se debía a que lo conocían de antes.

—¡Tú!— Señaló a un chico flaco, que chilló del susto.

—¡Sí!

—¡Ven aquí!

—¡Sí!

Si Izuku estaba emocionado por empezar un nuevo deporte en su adulta vida estuvo terriblemente equivocado al respecto.

Uno a uno iban pasando los nuevos y su temor al fracaso crecía sobremanera. Apretaba la raqueta entre la palma dura de su mano y cerraba los ojos cada tanto, sólo para no ver el desastre de los nuevos. El desastre que él puede llegar a hacer, puesto a que nunca ha jugado tenis y nunca en su vida se le hubiera ocurrido que era el mejor deporte del universo para él.

De pronto, Mineta llamó a Yaoyorozu. Ella pasó a la cancha, sostenía la raqueta muy similar a como Katsuki la sostiene al jugar. Lucía muy concentrada y dispuesta a ganar.

Izuku se sorprendió con la demostración tan fiera que la chica daba en la cancha, moviendo la raqueta de enfrente a atrás y corriendo de un extremo a otro sin perderse un tiro.

Era impresionante, sin duda.

Los nuevos miraban asombrados por el partido ecuánime entre las dos partes y por alguna razón se sintió inmensamente triste. Él no obtenía esas reacciones cuando participaba en exhibiciones de boxeo cada tanto. Chicas y chicos pasaban, veían un rato, y con los hombros encogidos se marchaban. No había otras reacciones en ellos.

Le parecía poco realista que a las personas no les llamara la atención el deporte de los puños, pues en su opinión era el mejor deporte de todos y nadie podía rebatirlo. Es por eso que al ver que a otros no les llenaba tanto como a él lo entristecía.

Yaoyorozu ganó el partido con un tiro que dejó a los muchachos boquiabiertos; él apenas lo vio por andar ensimismado en los recónditos sitios de su mente.

—¡Siguiente!—Gritó el hombrecillo. Nadie movió un músculo. Los ojos de Mineta se entornaron en dirección a Katsuki. —Tú—Articuló. —¡Bakugo! ¡Ven aquí!

—Tsk—Oyó el chasqueo de su lengua antes de avanzar a la cancha. El corazón le dio un vuelco. ¡Vería a Katsuki jugar! Esta era una oportunidad que valía la pena aprovechar.

Katsuki se posicionó en el centro de la cancha, agarró la raqueta, irguiendo su cuerpo en posición de alerta. Cabía decir que habitaba un evidente desinterés en su rostro, mas el grado de atención que recibía por parte de los espectadores disipaba el sentimiento del rubio, que no se inmutó de sus reacciones. Ni siquiera los miró.

—No vayas a reprimirte— Advirtió el hombrecillo. Rebotaba la pelota verde con la raqueta.

—Cómo si fuera a hacer eso, imbécil— Entonces mostró esa sonrisa amenazante que no solía hacer más que en escasas situaciones. Izuku la había visto una vez en la preparatoria, pero no era un espectáculo tan frecuente como pudiera parecer.

Sabía que hubo valido la pena asistir, aunque sea para ver esa sonrisa del rubio.

—Katsuki no irá en serio en este partido.

Se sorprendió al ver que Yaoyorozu le habló. Estaba tan centrado en observar a Katsuki que ni siquiera notó cuando ella se situó a su lado.

«¿Que no irá en serio?»Pensó desconcertado. «Claro que irá en serio, si Kacchan odia perder» No entendía el porqué de esa opinión; además, ¿Por qué le dice «Katsuki»? No le gusta que lo llame por su nombre. Es demasiado personal, demasiado íntimo; incluso para él.

—No lo conoces— Murmuró él, mirando el piso.

—¿Qué has dicho?

—Si dices que Kacchan no irá en serio— Musitó, viéndola a la cara. —Entonces no lo conoces lo suficiente. Kacchan odia perder.

—Pero, también odia a Mineta—Añadió.

Izuku esbozó una mueca de desacuerdo, dirigiendo su mirada hacia Katsuki, que desprendía un aire de maldad, sus ojos cínicos, su sonrisa mostrando los dientes, su pose superior, sus músculos contraídos.

Era tan hermoso, pero a la vez, peligroso.

—Mineta es un pervertido— Desdeñó ella. —No desperdicia una oportunidad en ver a una chica en ropa deportiva. Ese tipo de cosas molestan a Katsuki.

—Me ha comentado eso— Coincidió.

—¿Y no te ha dicho que ha llegado a tocar la cintura de Katsuki?

Algo estalló en él.

Su cálido aspecto se vació tornando sus facciones cual témpano de hielo.

—¿Qué?

Yaoyorozu sonrió triunfal con el cambio de su expresión.

—Por eso Katsuki lo odia—Continuó. —Porque ha llegado a tocar su cintura. Ya sabes que a la mayoría de las chicas gustan de su cintura, pero a Katsuki no le gusta el contacto físico. Y para probarlo, en la competencia del año pasado, se atrevió a tocar su cintura frente a todas nosotras. Fue un caos. Katsuki estrelló su raqueta en la cabeza de Mineta y le dio una buena golpiza hasta dejarlo noqueado en el piso con la nariz sangrando profusamente. No olvidaré ese día.

Izuku estaba irritado y sorprendido a la vez. Tocar a Katsuki es un privilegio, un acto íntimo y especial. No debería ser un acto de provocación. Apretó el palo de la raqueta tan fuerte que sus manos se volvieron tan blancas como el marfil.

La coloración rojiza de sus mejillas decoraba la palidez del resto del color de su rostro, pues el estallido de sensaciones negativas afloró en la semilla de su interior. Corroía cualquier buena intención que pudo haber tenido con respecto a ese deporte.

—Ya veo…— Pudo murmurar con escasez de cordura. —Así que es eso.

Mineta hizo el saque de pelota y comenzó el partido, dando paso a un Katsuki Bakugo echo una total furia. Su brazo se iba de atrás a adelante, en diagonal, de una esquina a la otra de su lado, siendo tan bueno en pleno movimiento que el corazón de Izuku latía aceleradamente henchido de emoción.

—Es muy rápido—Musitó ilusionado.

—Lo es— Coincidió ella.—Es fantástico.

—El mejor— Declaró.

—Sin duda alguna— Reconoció.

Katsuki anotó un punto cuando Mineta corrió del lado contrario de la cancha, lo que hizo que el rubio hiciera una finta y lograra apuntar la pelota a lo largo y ancho de la cancha para que entrara en la línea blanca a unos dos metros de sus piernas cortas que se abalanzaron en alcanzar la pelota.

—Idiota—Bromeó Katsuki.

—¡Otro set!— Exclamó el hombrecillo, crispado.

—No, gracias, perdedor.

—¡¿Qué?! ¡Repítelo!— Lo señaló con la raqueta, ofendido.

—¿Huh?— Articuló Katsuki, presuntuoso. —Perdedor—Enfatizó.

—¡Bakugo!

El rubio se fue a la fila y se alineó en la esquina, lejos de Yaoyorozu e Izuku que estaban en la parte del centro.

El rostro de Mineta estaba rojo, enloquecido. Izuku no pensó que un hombrecillo como él podría enojarse de ese modo.

—¡Midoriya!

Él se quedó echo de piedra en su sitio.

Lo habían llamado.

—¡Ven aquí!— Apuntó fúrico.

Su cuerpo entero tembló.

—¡Sí!

Corrió al centro de la cancha, sin saber qué hacer con la raqueta, cómo pararse. El corazón se le salía del pecho y regresaba a su sitio golpeando todas sus extremidades, siendo una explosión de temblores y gestos inconsistentes que se formaban en su rostro contorneado del miedo.

—No seas tan duro conmigo—Pidió él.

—¿Qué dijiste?— Gritó. Tenía la pelota en la palma, la lanzó al aire y la golpeó rumbo a él, quien emitió un gañido y salió disparado fuera de la cancha. —¡Oye, tú!—Izuku detuvo el curso de su huida. —¡Regresa!

En un arrebato, obedeció y se situó en su anterior posición en la cancha rectangular. Estaba asustado, confundido, irritado, celoso. Quería huir y a la vez, advertirle a su contrincante que no molestara a Katsuki con malos fines.

Su cuerpo entero se retorcía de las ganas de correr de ese lugar, alejarse del tenis y sus complejas reglas y refugiarse en el olor del sudor entremezclado con los costales.

No quería estar donde se sentía vulnerable, expuesto a las burlas de los demás, a ser el hazmerreír, a ser el objeto de las bromas de desconocidos y conocidos.

Mineta lanzó la siguiente pelota en su dirección e Izuku colocó la raqueta en su cara, viendo las líneas cruzadas que cubrían el extraño objeto que sostenía por su querida existencia.

La pelota voló velozmente estrellándose en el centro de la raqueta golpeando su nariz en forma de una ventisca. El mero susto de ver la pequeña pelota verde ir hacia él fueron suficientes para estremecerlo de pies a cabeza y hacerlo perder por completo el conocimiento de sí.

Su musculoso cuerpo cayó hacia atrás en la cancha, inconsciente.


Despertó en un carro desconocido, rodeado de sombras y figuras que en sus ojos borrosos apenas distinguía. La cabeza le dolía como si le golpearan el cráneo.

—Ow— Quejó, llevándose una mano a la frente.

—No te toques— Una mano templada lo agarró en medio de su acción.

—¿Todoroki?—Parpadeó sorprendido.

—Sí.

—¿Qué hago aquí?— Preguntó confundido.—Lo único que recuerdo es que estaba en la cancha de tenis y una pelota golpeó mi cara.

—Bakugo me llamó— Explicó. La vista nublada de Izuku apenas se aclaraba, mientras la mano templada de Shouto lo tocaba gentilmente, haciendo fricción con su piel al contraluz de la oscuridad del interior del vehículo.—Me dijo que estabas inconsciente en la escuela y que no quería llevarte a la casa, así que me pidió que fuera por ti.

—Hmm—Suspiró asintiendo.

Movió la cabeza, apeándose de su dolorido cuerpo, hundiendo su espalda en una textura viscosa que lo amasaba en la espalda alta, donde los hombros coincidían con los músculos de la espalda.

¿Estaba en las piernas de Shouto?

Su amigo subió su mano de temperatura tibia, presionando sus firmes dedos en su frente y removió los rizos, otorgándole caricias en su frente llegando a las raíces de su cabello.

—¿Estoy en tus piernas?

—Lo estás—Cercioró.

—¿Por qué?

—Es mejor que estés reposando el cuerpo. A lo que dijo Bakugo recibiste un golpe muy fuerte en la cabeza.

—No fue tan fuerte—Aclaró.

—Aun así— Presionó la palma sobria en la ardiente piel de su frente. El contacto lo estremeció de manera que su rostro se contorneó impávido. —Perdona.

—Está bien—Refrenó el control de su amigo sobre él. —Quédate así—Pidió deseoso de su temperatura corporal. Sabía que Shouto a pesar de tener el aspecto de ser alguien frío como un témpano de hielo era más cálido que cualquier otra persona. —Tu mano—Apuntó. —Me hace sentir bien.

—De acuerdo— Sonó complacido.

—¿Quién está manejando el carro?— Preguntó tras un breve silencio.

—El chofer del viejo— Contestó en voz tranquila. —No te preocupes, él no está aquí para hacer preguntas.

—Ah…

La mano de Shouto removía los alborotados rizos marcando el sutil ritmo de su antebrazo moverse. Ante un baile tan sigiloso y casi imperceptible, los párpados de Izuku danzaban entrecerrados.

Sus caricias simulaban el oleaje del mar.

Inconscientemente, hundió su cabeza en su costado y se sostuvo de sus brazos con una fuerza imperante emulando el estado letárgico de su condición. Cerró los párpados y exhaló el aire que llevaba conteniendo la tensión de la experiencia vivida aquella mañana en la cancha, entregándose a la danza de los dedos de su amigo sobre su cabello, sobre su frente.

—¿Sabes que parecemos una pareja así?— Bromeó Shouto.

Asintió.

—Estamos en una posición muy comprometedora.

—Midoriya— Su tono encomiaba una urgencia anestésica.

—Descuida—Aseguró; y, entonces, desplazó sus manos duras como el mármol en su cuerpo igual de tonificado que el suyo, deteniendo el curso de su caricia. —No haré nada. Sólo estoy conmocionado por todo lo que pasó hoy. Sé que estoy siendo muy egoísta pidiendo esto pero quiero un poco de tu compañía. La necesito.

El tenue brillo de sus orbes bicolor parecían destellos de un farol rodeado por nubes y la tempestad de las olas del mar estrellarse en las rocas.

—¿Qué pasó hoy?

Izuku le contó a Scout lo ocurrido. Empezando por la cancelación de su pelea, el haber subido de peso, la investigación sobre cómo bajar de peso y el cómo terminó en la cancha de tenis.

Al terminar, Shouto se mantuvo mudo durante unos segundos largos.

—¿Qué son esos recuerdos de los que hablas?

Izuku abrió los ojos. No esperaba que Shouto fuera a entender la ligera mención de su pasado. Apartó la vista, centrándose en el recorrido del carro en medio de la ancha carretera. Los reflejos del mar a lo lejos denotaban que estaban cerca de la casa.

—Sufrí de bullying desde el jardín de niños hasta la secundaria por querer ser un boxeador—Confesó desairado. Sintió la mirada inexpresiva de su amigo y cerró los ojos tan fuerte como pudo. Sus cejas se arrugaron.

—Ya conozco esa historia de ti—Dijo.—No entiendo qué tiene que ver eso con lo demás.

—Son las burlas—Irrumpió. —La burla de los demás al verme fracasar. No lo he superado. Todos decían que no debía de boxear porque no pertenecía a ese mundo y el hecho de que fallé en el pesaje me derrumbó. El hecho de que Kacchan me haya visto fracasar así delante de todos los demás cuando le dije que me viera como un hombre—Abrió los ojos y plasmó el verde de sus irises en el bicolor de los suyos, viendo reflejado el dolor de su expresión.

—Ya no te aferres a esas burlas—Puntualizó. —Demuestra que puedes boxear en cualquier categoría—Izuku agachó la cabeza. —Está bien estar triste por una pelea que no se concretó, pero eso no es motivo para derrumbarse. Debes ser más fuerte, más audaz.

—Tienes razón—Reconoció. —Me he centrado en ganarme el corazón de Kacchan que he descuidado el resto—Exhaló, desplomando su cabeza en el fornido hombro del bicolor. —Gracias.

—No hay de qué.

Ambos permanecieron en esa posición hasta que las llantas del vehículo se detuvieron en la casa de los Bakugo cuando los últimos vestigios de la tarde se convertían en un morado oscuro, dejando las luces de las casas y los postes de luz la única iluminación.

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NOTA: Disfruten del capítulo.