"Apuntando a un partido de tenis"
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La mañana pegó sus duros rayos solares tras las persianas, incrementando la temperatura de la sala. Izuku contenía sus desbordantes lágrimas correr por sus coloradas mejillas.
Era el día en que Katsuki se mudaba.
Y como era de esperarse, no se tomó muy bien la noticia. Pensó esperanzado en que las cosas pronto se pondrían en su lugar correspondiente, mas no ocurrió a como lo hubiera deseado; además de la burla que sintió que el mismo orden de los factores se fue dando durante aquellos días en que Katsuki empacaba sus maletas y cajas de mudanza, en lo que decía en el comedor a la hora de la cena que estaba buscando lugares para rentar.
No obstante, la información quedó confidencial por parte de éste; quizá porque no quería tener nada que ver con él. Era obvio que Katsuki no buscaba corresponderle en ningún sentido, ni siquiera como una amistad.
Izuku lloró sus penas en brazos de su incondicional amigo bicolor hasta quedar seco de tanto llorar. Sus cálidos brazos solían arroparlo con tanta facilidad que acudía a ellos sin dudar.
Esto de alguna manera, fortaleció el vínculo entre ellos, durante ese tiempo de desconsuelos y tristezas en que apenas podía concentrarse en el gimnasio, a causa del desasosiego que aglomeraba su resistencia a ejercer un mejor control de sí mismo.
Masaru le daba palabras de apoyo a su hijo mayor acompañado de la tristeza surcada en el rostro de Kota, quien agachó la cabeza con una silenciosa solemnidad en sus lentos movimientos.
«Esto es horrible» Se decía Izuku, desdichado. «Por un momento creí…creí que nos habíamos vuelto cercanos. Ya me quedó muy claro que es mentira. Kacchan huye de mi. Y no puedo hacer nada para remediarlo»
Mitsuki se rehusaba a despedirse de su hijo mayor, pues ésta se encontraba muy enojada con éste, por su falta de humildad. A ojos de Mitsuki, Katsuki era un hijo desagradecido y egoísta. Por tanto, ella no estaba en el cuadro con ellos, al momento en que Katsuki se hallaba en el umbral de la puerta agarrando con la mano el mango de la maleta.
Masaru se despidió de su hijo sin muestras de afecto cariñosas, luego su madre, que daba la ocasión de estar presente ya que aún no se iba al restaurante, después Kota que le dio un choque de puños y un breve asentimiento, y al final permaneció él en un trémulo cabeceo dijo «Que te vaya bien, Kacchan» antes de soltar unas pequeñas lágrimas que expresaban la derrota que adornaba su expresión.
Katsuki lo miró largo y tendido. Un mensaje entrelíneas que no pudo descifrar en el enredo visual de sus irises rojos.
El desconocimiento que siempre le dejaba su mirada le dejaba una sensación de vacío latente. Un vacío que no alcanzaba a explicar. Esa clase de agujero que ocasionaba el desinterés del rubio para con él y que a esas instancias se encontraba más que acostumbrado a la sensación desoladora.
Lo hace sentirse ajeno a las inquietudes que lo rodean en esa sala rellena de personas que conoce, pero que a la vez componen el vasto sinsentido que sus ilusiones crean estúpidamente con el fin de creer que la conexión que supuestamente tuvo con el rubio en el lago era prácticamente inexistente.
Así que con lágrimas en los ojos vio cómo Katsuki se marchaba.
—Así que Bakugo se mudó— Dijo Uraraka. —Por eso estás triste.
Izuku asintió. Estaba con sus amigos sentados en unas bancas cercanas a la facultad de ingeniería.
—Pero ve el lado bueno, Deku-kun— Siguió su amiga. —Se acercaron mucho en la cita que los seguiste.
—No estuvo bien eso que hiciste—Interfirió Iida.
Uraraka le dirigió una mirada de reproche.
—Lo digo en serio— Se ajustó los lentes firmemente. —Es una falta de respeto seguir a una persona a costa de sus sentimientos. Se le dice "acosar" y eso fue lo que hiciste. De esa manera no le gustarás a Bakugo.
Izuku entristeció, mas no negó que su amigo tuviera razón en su opinión bastante bien fundamentada.
—Oye— Lo refirió Uraraka, molesta.
—No—La retuvo Izuku. —Tiene razón. Haberlo seguido es no respetarlo e igualmente, estuvo mejor que se hubiera mudado antes de que mis celos me dominaran.
—Deku-kun…
—Yo no sé cómo es que te dejaste engatusar por el entrenador del club— Refunfuñó Iida con gesto dramático. —Es inaceptable.
—Lo sé— Replicó antes de que su amiga interviniera a defenderlo. No quería ocasionar pleitos ni discusiones entre las personas más cercanas de su círculo amistoso; además el que Katsuki se haya ido de la casa no justifica su comportamiento en la cita que debió haber ido a un mejor rumbo que el que su misma intervención dejó. —Entiendo perfectamente lo que hice—Miró a su amigo con ojos fieros. Éste comprendió su mensaje y apartó la mirada reprobatoria que llevaba adoptando desde el inicio de la conversación.
—Al menos entendiste lo necesario para no volverlo a hacer.
—Y no lo haré.
No solía molestarse de ese modo con su amigo, si se llevaban bastante bien, pero ese día no se encontraba del mejor humor y con justa razón, sus tontas ilusiones lo llevaron a creer cosas que no existían.
Se estaba desquitando con las personas incorrectas, en el momento incorrecto, con las palabras incorrectas y con la mentalidad incorrecta.
Katsuki tenía razón en decirle idiota, pues se acababa de comportar como uno.
Por eso mismo es que trató de estar lo más calmado posible durante las prácticas de tenis, viendo cada tanto a Katsuki jugar en la cancha de a lado con Yaoyorozu como su rival, y evitar que la tristeza consumiera sus facciones sobremanera.
Si bien, nunca le ha sido sencillo ocultar sus emociones, pues las personas que lo conocían solían decir que su cara era como un libro abierto: todo se podía ver. Nada se podía ocultar, por mucho que intentara escabullirse entre las penumbras de las sombras.
Izuku siempre fue así. Una cara que refleja cada sentir, cada emoción, cada palabra, cada instante. Una cara que siempre se mueve y logra comunicar lo que en palabras no se puede. Y además de su cara, sus ojos son los destellos fugaces que irradian una entereza de verdades talladas altamente en el firmamento.
Por eso evitaba llorar frente a los demás, ya que tenía esa fama de llorar por todo. Una fama que con los años se había hecho y que muchas veces lo usaban en su contra ya sea para reírse de él o para molestarlo.
En esos momentos sólo podía mantener la cara seria y dejar que el resto del universo avanzara sobre la rueda del tiempo.
Izuku veía con cierta melancolía la cancha de tenis luego de haber entrenado arduamente aquel día y haber recogido las pelotas una y otra vez durante el resto de la práctica. Mineta se rehusaba a quitarle el puesto de recoge pelotas, pues todos en el equipo consideraban que hacía muy bien su labor; menos él. De pasar a ganar peleas que le dejaban los nudillos adormecidos y morados, pasó a recoger pelotas a expensas de las burlas de los demás.
Las pelotas verdes eran duras y de olor extraño (producto del material con el que está hecho) y retiraba la nariz inmediatamente después de aspirar el olor de la pelota que se encontraba entre la sucia palma de su mano.
El sudor solía acaparar una fina capa transparente que pintaba la piel blanca de su rostro adueñándose de él y la tenue coloración de sus mejillas sonrosadas externando el cansancio de hacer esa labor todos los días que tenía que asistir al club con tal de bajar de peso. Estar con Katsuki no dejaba de ser su principal prioridad, pero basado en el sentimiento que le provocaba su partida, prefería mantener distancia de su adorado rubio.
Deseaba poder abandonar el pensamiento de alejarse, mas al verlo jugar en la cancha de a lado, no podía evitar buscarlo; anhelar estar a su lado. La mala suerte que lo acompañaba en la cotidianidad malograba la resistencia que oponía para detenerse de una buena vez. Detenerse e impedir que las burbujas de sus sentimientos dejen de delatarlo. Delatarlo y que Katsuki nuevamente se burlara de lo que sentía por éste.
A esas instancias de su ardiente amor por el rubio sabía cuán adentrado estaba en sus demostraciones por dicho sentimiento enardecido de la calidez e inocencia que aún perduraban en él para saber que a Katsuki no le eran suficientes para aceptarlo, inclusive en la distancia.
¡La dichosa distancia!.
Izuku lamentaba profundamente no haber podido crear un vínculo lo suficientemente fuerte para que la separación de su amado rubio no fuera tan dura de soportar a tientas de su corazón.
Solo él sabía lo doloroso que era perdurar en plena tempestad. Necesitaba guardar fuerzas para su próxima pelea si quería ganarla, porque en vista de su condición de enamorado empedernido le saldría muy caro permitirse una distracción de ese nivel a esas alturas de su carrera recién empezada.
Toshinori le decía que no se distrajera en amores pasajeros, pues intuía que el motivo de su aspecto melancólico se debía precisamente a eso, a lo que Izuku excusaba justamente que no se trataba de un amor pasajero, puesto a que sus sentimientos por Katsuki (a quien refirió como "mi primer amor") no era pasajero, ni mucho menos el calor del momento, sino que se trataba de algo duradero. Algo que perduraba.
Izuku hacía caso omiso a las sugerencias de abandonar las distracciones de amores pasajeros, puesto a que confiaba en que bajaría de peso a la mayor prontitud posible, antes de que Enji se molestara aún más con él por la tardanza del proceso; además, ansiaba pelear. Estar en el cuadrilátero, escuchar las porras, el ruido de la campana, el sonido de sus pies deslizándose, la sensación del sudor correrle a raudales del cuerpo, la incesante lluvia de pensamientos que fluían en su mente.
Estar en el cuadrilátero era como estar en la cocina. Su madre olía a ingredientes y a caldos hervidos, al igual que él destilaba el aroma del cuadrilátero y sudor. Para él era el aroma de la batalla de cuerpo a cuerpo que desde la infancia le causaba goce, adrenalina. Una explosión a viva voz de supervivencia brotándole de los poros, en cada esquina del cuerpo.
Extrañaba tanto esas cosas que se le aceleraba el pulso a medida en que mente lo añoraba con ahínco. Cada que pasaba eso, apartaba esos pensamientos de su cabeza cuando éstos llegaban y lo distraían de golpear el costal o la pera, o los guanteletes o incluso cuando se ponía a pegarle al aire cuando hacía sombra.
Las divagaciones lo sacaban de su trance enamoradizo.
En cuanto pasaba, se recordaba que no había peleado en más de dos meses y se sentía dejado atrás en el camino, pues no lograba llegar al peso indicado pronto. Se medía constantemente en la báscula sin obtener resultados.
Hizo una mueca de preocupación a las semanas de llevar jugando en el club—las escasas veces que jugaba— además de estar hincado la mayor parte del tiempo rejuntando pelotas mientras miraba a sus compañeros mejorar en el deporte y él rezagado en la cancha con la cabeza gacha y la espalda encorvada.
Se percató de que así no bajaría de peso. Que era una batalla perdida, estando en ese lugar de su existencia. Necesitaba una solución a su problema.
No fue hasta que un día en que Mineta lo emparejó con Katsuki en un duelo de tenis entre ellos que supo que su concentración se iría por la borda.
Estar a lado de Katsuki lo descolocaba de su meta, pues el tenis no era lo suyo y aparte, no quería hacer perder a Katsuki un duelo tan importante como ese y sabiendo que significaría mucho para éste el salir triunfando del partido.
Y para eso, tendría que entrenar duro y conciso, si es que quería serle de ayuda al rubio.
Sin temor a su opinión se lo preguntó después del entrenamiento de ese día, tras ver que empacaba su ropa en la mochila que usaba cuando iba al club.
—¿Qué quieres?— Le dijo en cuanto lo vio pegado a su lado como un chicle con gesto indeciso.
—Ehm, no quiero causarte inconvenientes en el partido con mis malas maneras de jugar— Explicó.
Katsuki lo ojeó desinteresado.
—No te creas la gran cosa— Masculló. —Yo no pierdo con nerds como tu jugando en mi equipo.
—Pero tenemos que jugar juntos. No puedes jugar so-
No pudo seguir, por que Katsuki le cerró la boca con la palma de su mano.
—Ni se te ocurra pensar así de mi. No soy tan débil para necesitar que un patético nerd como tu pueda serme de utilidad en el partido—Izuku lo miraba pasmado. —Pero, porque el idiota de Mineta pidió que tu inútil trasero jugara, tendré que entrenarte— Añadió con pesar.
—¿Entrenarme?— Repitió, pues Katsuki removió su mano de su boca. —No tienes que hacerlo. P-puedo aprender por mi cuenta.
—Hah—Bufó. —Como si pudieras hacer eso, estúpido nerd.
—¡Claro que puedo!
—Te enseñaré yo— Lo fulminó con sus ojos color rojo. —Si realmente quieres hacer que gane, tendrás que adecuarte a mis reglas. ¿No habías dicho que querías conquistarme? No haciendo lo que te digo no es la manera de hacerme verte.
—¿Qué dijiste?— Parpadeó atónito.
Una sonrisa surgió en éste.
—Lo que oíste.
—¡Kacchan! ¿L-lo… lo dices en serio?— Sonrió esperanzado.
—Asume lo que quieras—Refunfuñó.
—Entonces, sí—Dijo. —Acepto que me entrenes.
Katsuki lo miró con una curva en sus labios entre una sonrisa y una mueca. No sabía muy bien a qué se debía aquella expresión en su cara, puesto a que estaba tan sumido en el color de sus irises encandecer en el reflejo del sol.
Katsuki estaba radiante.
—Empezamos mañana a las cinco.
—Sí.
Con eso, dió por terminada su conversación con el rubio.
Ahora trabajarían juntos.
El entrenamiento empezó sin tenerle piedad de que no entendía del todo las reglas del tenis y el manejo de la raqueta, puesto a que Mineta no solía enseñarle nada del tenis, mas que a recoger pelotas.
Su conocimiento de deporte era nulo, así que Katsuki tuvo que explicarle resumidamente lo básico, para que pudiera sostener la raqueta debidamente sin que se le cayera cuando golpeara la pelota.
Lo pusieron a correr de un lado a otro sin parar un segundo a entender el porqué hacía eso, el porqué el sinsentido de moverse constantemente con raqueta en mano mientras las pelotas venían a él en diferentes ángulos, lo desconcertaban. En el boxeo no usaban pelotas, ni raquetas, ni una cancha con líneas rectas y curvas de las cuales no memorizaba las funciones que tenían, ni tener a Katsuki a su lado. Esto último lo pensaba, puesto que Katsuki no iba a sus peleas a verlo, como lo hacía Mitsuki, o su madre (que, en raras ocasiones lograba estar desocupada de las labores del restaurante), o incluso sus amigos (las pocas veces en que querían verlo, mas Kirishima es quien más lo iba a ver en sus peleas, lo cual le daba gusto).
—¿Qué esperas, imbécil?— Le gritaba Katsuki. —¡Pégale a la pelota! ¡No la mires! ¡Pégale!
Izuku respiraba por la boca, tratando inútilmente de pegarle a la pelota. Llevaba tirándole cincuenta pelotas tiradas en su dirección, causando que su lado de la cancha se encontrara invadida de pelotas.
—Voy, Kacchan— Replicaba Izuku, frustrado. La frustración que le generaba no poder darle a una pelota. ¡Una sola! Lo exacerbaba.
—¡No seas idiota! ¡Mira la pelota! ¡No huyas de ella!
—¡Sí!—Exclamaba a rastras de que sus pobres piernas no reaccionaban con velocidad al momento en que debía interceptar la pelota y golpear con la raqueta en el ángulo preciso, sin embargo, el rubio le tiraba las pelotas como si fueran balas disparadas al vacío, e Izuku era el único que podía hacer algo al respecto.
Las pobres piernas de Izuku no estaban acostumbradas a moverse a largas distancias, puesto a que acostumbraban a moverse en un cuadrilátero de tres cuerdas en un espacio reducido por largos periodos de tiempo, o, al menos lo que duraba la pelea. Pero a esto, no lograba hacer que mente y cuerpo entraran en la misma sintonía.
Veía la creciente frustración en el contrario, a medida que fallaba y fallaba, sin poder evitar sentirse mal por hacerle perder su precioso tiempo.
Quería parar de correr y decirle a Katsuki que apreciaba pasar la mañana juntos, pero que no quería hacerle perder el tiempo en algo que él claramente no podía aprender a sus dieciocho años, mas no se atrevía a confesarle su pesar, teniendo esos ardientes ojos del color del carmín viéndole con enjundia. El fuego interno que surgía de esa mirada era impenetrable.
Izuku no negaba que sentir esos ardientes ojos sobre él le gustaba más que cuando tuvieron su primer beso. Ese beso que no olvidaba; sobretodo, viendo y reviviendo el aspecto bañado de un enojo ardiente que quemaba como un fogonazo en aquel oscuro callejón, la sensación que sintió al tener sus labios posados en los suyos.
Las mejillas de Izuku se teñían de un rosa intenso, inhalando toda la fachada de Katsuki. Era un hecho imposible que algún día estarían juntos, de eso no le cabía dudarlo, pero daría lo que tiene en su inexperiencia amorosa por hacer que Katsuki lo mirara alguna vez de la misma manera.
—Izuku.
Cabeceaba con los ojos entrecerrados.
—Izuku. Ey.
—¿Hm?
Arqueó una ceja en señal de asentimiento. Un asentimiento desinteresado.
—¡Izuku!
—¡Qué!—Exclamó de un sobresalto. —¿Q-qué pasa?
Los irises verdes de su madre lo observaban escrupulosos. Batía una mezcla de betún en un bol en la barra. Ella solía preparar los postres en la esquina alejada del restaurante cuando quedaban muy pocos clientes. El postre iba dirigido a su único hijo, quien cabeceaba con la mano clavada en la mejilla y los codos recargados en el borde de la barra. Izuku llevaba días sin poder dormir, pues los entrenamientos tanto en el gimnasio como en la cancha de tenis requerían de su absoluta disponibilidad.
—Te estás durmiendo— Observó su madre, preocupada. —Llegas tarde a la casa y te vas muy temprano.
—Lo sé.
—¿Qué ha pasado para que te vayas tan temprano? ¿Algún problema con otro bully tuyo?
A Izuku se le abrieron las orbes.
Su madre presionó la mirada, inquisitiva.
—Me puedes contar, Izuku. Y lo resolveremos.
—¡No!—Exclamó. —No ha pasado eso. Nadie me está molestando.
—¿Seguro? Porque no quiero que estés encubriendo a nadie como aquella vez.
—No, mamá. Todo está bien—Aseguró, esbozando una sonrisa.
No quería ni recordar aquel evento que su madre mencionó, pues había sido demasiado doloroso para él.
—Izuku— Pronunció. Detuvo el curso del batido del betún. —No me mientas— Lo señaló con la espátula bañada de chocolate. El aroma a dulce llenó sus fosas nasales.
—No estoy mintiendo. Te lo aseguro—Juró. —Pronto verás los resultados de mi duro trabajo.
Su madre enarcó una ceja, soltando un sonido de estar poco convencida.
—Bueno, lo dejaré pasar, Izuku— Dijo. —Pero si me entero que me estás mintiendo o encubriendo a quien te esté haciendo daño, intervendré.
Izuku pasó saliva, inadvertidamente alarmado por la desconfianza de su madre, que, hasta cierto punto lo catapultaban a una etapa de su vida prácticamente enterrada por que lo detenían de crecer.
Su madre tenía razón en preocuparse por él, mas en esta ocasión, no sufría porque alguien lo estuviera atormentando, sino sufría por un amor no correspondido las veinticuatro horas del día, todo el año. Y eso no se quitaba ni con las extensas horas de los entrenamientos, ni con pasar tiempo a lado de Katsuki siendo regañado por éste a cada momento. Se quitaba con un antídoto que se encontraba lejos de su comprensión. Al menos sabía que los antídotos servían para menguar el dolor, incluso llegando a curarlo. No obstante, la indiferencia de Katsuki crecía conforme practicaban en las mañanas y en las noches. La actitud que adoptaba el rubio de tratarlo tajante no hacía que concentrarse en su labor de mejorar en el tenis fuera más fácil, sino todo lo contrario.
Sí, era cierto que estaba acostumbrado a los tratos de indiferencia de los demás, mas encontraba estas normalidades en su vida muy negativas.
En muchos sentidos estaba mal aceptar aquellos tratos, esas miradas despectivas. No sabía si lo dejaba ser porque Katsuki le gustara tanto o porque no hallaba el modo de decirle que no hiciera eso, por temor a su reacción. Sea del modo en que sea, muy dentro de él, reconocía que aceptar esos tratos estaba lejos de ser algo bueno.
Por otro lado, el cansancio se le notaba. Lo llevaba enmarcado en la cara a cada lugar que iba. No sabía cuánto tiempo podría durar a ese ritmo, pero era obvio que no mucho. Necesitaba dormir hasta que el cuerpo le dijera que se levantara.
Llevó varios minutos en la postura de estar cabeceando que no se percató en qué momento su madre terminó el pastel y le dejó una rebanada en su lugar.
En cuanto Izuku se dio cuenta, el restaurante estaba por cerrar y su madre ya se encontraba despidiendo a los empleados. Apurado por terminar el postre, no vio venir cuando Kirishima apareció en su rango de visión y tomaba asiento a su lado.
—¡Kirishima!
—Hasta que por fin me desocupo para ir contigo—Mostró su sonrisa dientona. —Hemos tenido muchos clientes estos días, pero no creas que me he olvidado de ti—Izuku lo miraba reticente, dentro de su mismo agotamiento. —No me veas, come. Anda. La señora Inko te lo hizo para alegrarte. Últimamente te has visto muy agotado. Espero que todo esté bien contigo.
Para esos instantes, Izuku comía a bocados el pastel.
«Delicioso»Pensó.
Por mucho de lo ocurrido en los pasados días, el sabor dulce entremezclado con los toques amargos del betún le sacaron una sonrisa genuina. Advirtió a Kirishima sonreír con él.
—¿Cómo han estado las cosas en la universidad? No te he visto en la cafetería tampoco. Me preocupa.
—Todo está bien, Kirishima—Aseguró.
—¿Seguro?
—Claro—Comió el pastel hasta terminarlo. —Voy a participar en un partido de tenis la próxima semana.
—¿Tenis?
Asintió.
—¿Por qué juegas tenis? Tu boxeas.
Izuku suspiró apesadumbrado. —Es cierto que boxeo—Reconoció. —Lo hago para bajar de peso.
—¿No es por Bakugo?
Negó.
—Entonces, ¿Por qué?
—Para bajar de peso—Simplificó. —Mi última pelea fue cancelada porque no di con el peso. Me era obligatorio bajar.
—Entiendo que es difícil bajar de peso como lo es bajar— Dijo. —Pero no te forces a entrar a un deporte del que no te es familiar. No estás siéndote sincero a tus principios si juegas tenis.
—Pero-
—¿A quién quieres engañar, Midoriya?
Izuku se saltó en su lugar, bajando inmediatamente la cabeza, regañado. —A nadie.
—A ti mismo— Acusó. —Te estás engañando a ti mismo. ¡Otra vez! Otra vez, hombre. No hagas eso. Salte del club y concéntrate en lo que realmente vale la pena—Refiriéndose al boxeo.
—Pero, no puedo hacer eso. Me es importante ayudarle a Kacchan.
—Midoriya. Basta— Interrumpió con tono contenido. Izuku apretó los labios. —Basta. Basta de torturarte. Basta de seguir a Bakugo. Él no te quiere.
«El no te quiere» Hizo eco en su cabeza, amartillando las vibraciones que resonaban en sitios recónditos de su conciencia.
«Yo sé que Kacchan no me quiere» Se dijo, obscureciendo su semblante. «Lo sé mejor que nadie».
A su silencio, Kirishima, preocupado, dijo—: Midoriya. No lo quise decir así.
—Ya lo hiciste— Musitó tembloroso. —Si me disculpas—Dijo para retirarse. —Nos vemos.
—¡Midoriya!
Corrió tras él, pero para esos momentos, Izuku ya se encontraba más lejos de la puerta que del alcance de su pretendiente.
Lo que había dicho era una verdad hiriente.
Una que lo sabía mejor que nadie.
—Tus regresos son muy lentos—Bramaba.
—Sí, perdona.
—Estás muy distraído, nerd.
Izuku corría a un punto y regresaba a otro sin parar, raqueta en mano.
—Lo siento
—No te disculpes—Despotricó. —Detente— Dijo de pronto. Izuku paró en seco sus pasos. El extenso recorrido de sudor pasmaba su rostro, golpeteando con los contornos de sus pecas. Miró con duda a Katsuki. —¿Qué te pasa? Estás fallando mucho en los tiempos.
—Lo siento
—Cállate. Y dame una maldita explicación para hacerme perder mi tiempo en tus estupideces. ¿Qué tienes en esa cabeza, idiota?
—No es nada—Excusó.
Katsuki enarcó una ceja, sin creerle.
—Ajá— Ironizó. —¡Escúpelo!
—Yo no…
—¡Habla, Deku!
—No te lo voy a decir—Rehusó. El rubio hizo un sonido irascible similar a un gruñido.
—¿Hah?
—Es algo que hablé con Kirishima.
Esto, por alguna razón cabreó al rubio, quien lo desdeñó con la mirada.
—¿Qué hablaste con él?
—Es secreto, Kacchan.
Una vena brotó en su sien. Izuku vio el enojo del contrario por su negativa a darle información a un asunto que claramente le estaba afectando a su rendimiento.
El rubio avanzó unos pasos hacia él, deteniéndose a una distancia corta. Izuku sentía que el cuerpo entero le vibraba de los nervios de tenerlo a esa prudente separación entre sus miradas fijas y los revoloteos del viento que acariciaban sus pieles.
—Me lo dirás, Deku— Manifestó Katsuki, empleando un tono cauteloso. —Me lo dirás o— Hizo un claro énfasis en el «O» sacudiendo a Izuku. —Me encargaré de estrellarte esta raqueta en la cabeza— Señaló la raqueta, haciendo que Izuku se congelara en su sitio, sabiendo que no importaba cuánto tratara de alejarse de los acercamientos de Katsuki, éste estaría a un paso adelante de él.
—Kacchan—Suspiró sorprendido.
Éste lo fulminó duramente con su mirada, lo suficiente para que Izuku se rindiera y terminara cediendo a la fuerza del rubio.
Se sentía tan eufórico cuando era visto por éste que le terminó diciendo todo lo que había platicado con Kirishima el otro día. Katsuki lo escuchaba atentamente, y dentro de lo que cabía, Izuku se sintió complacido con la capacidad de escucha de éste, pues creía que sus problemas no le interesarían en absoluto, como en las ocasiones anteriores en que lo había demostrado.
Al finalizar, Katsuki apartó la mirada, dirigiéndola a la suela de sus zapatos, manteniendo un silencio imperturbable.
—No deberías de preocuparte por esas cosas— Dijo de pronto, sobresaltando a Izuku.
—¿Qué?
—Kirishima es un idiota por dejar que sus sentimientos le ganen— Siguió. —No te dejes engatusar por sus tontas quejas. Además, este partido lo voy a ganar con o sin tu ayuda.
—Pero, Kacchan. Esto es de dos-
—Cállate—Le tapó la boca con el uso de su mano. Rojo se encontró con verde en una distancia tan temeraria como íntima. —Esto lo haré con o sin tu ayuda. Pero como el pervertido del cabeza de uva quiere que juegues, tengo que entrenarte hasta donde tus habilidades de nerd lo alcancen.
Katsuki removió su mano, cerrando los ojos con un dejo de frustración.
—Kacchan—Exhaló él. Una sonrisa dibujaba sus labios. —Me gustas— Profirió ofuscado.
Esto cabreó al rubio, quien sucesivamente lo empujó obligándolo a continuar puliendo su técnica, mientras le gritaba que se apurara en perfeccionar sus regresos, los cuales reafirmaba varias veces que eran demasiado lentos. No obstante, eso no impidió que su sonrisa se borrara, por qué Katsuki no lo insultó por haberle dicho que le gustaba.
¿Tal vez había sacudido sus sentimientos aunque sea un poco?
El día del partido había llegado e Izuku estaba tan nervioso que caminaba con las piernas temblorosas.
No podía pensar en qué pasaría después del partido, o peor aún, qué pasaría durante el partido. La noche anterior, apenas pudo pegar un ojo en la almohada, mientras veía pasar las nubes en el filo de la inminente oscuridad.
Izuku sentía una explosión de emociones entremezcladas unas con otras. Nervios, miedo, inseguridad, inquietud, determinación. Katsuki lo había entrenado lo mejor que sus habilidades físicas llegaran.
Hacía un buen día e Izuku se encontraba usando su ropa de boxeo haciéndola pasar por uno de tenista. En cambio, Katsuki llevaba su impecable atuendo de color negro que usaba para el tenis.
Mineta y Yaoyorozu llegaron a tiempo, abarcando cada uno su posición en la cancha, mientras Katsuki se encargaba de estirar, en tanto Izuku le seguía la corriente, con tal de parecer menos nervioso de lo que estaba.
El sol reflejaba la blancura de sus piernas que rara vez veían la luz en pleno esplendor del mediodía, puesto a que no era algo seguido ver a Katsuki enseñar sus piernas a la intemperie. Su vista se plantó en la extensión luminosa de piel que a raudales florecía vivazmente a la par de sus flexiones. La piel se acortaba y se extendía, se amoldaba al armónico movimiento que ejercían sus músculos; la piel tersa y suave llamaba tanto su atención, que resultaba un acto imposible poder concentrarse en hacer los estiramientos.
Se decía que no estaba bien andarlo observando, por más tentador que resultara verlo.
Cerró los párpados y apretó la raqueta entre su palma.
«No debo dejar a Kacchan en ridículo» Se dijo. «Este juego significa mucho para él. No voy a desperdiciar todo el entrenamiento en distracciones» Puso sus manos en sus mejillas, tras dejar la raqueta a un lado de su pantorrilla. «¡Fuerza, Izuku! ¡Tú puedes!, ¡Tú puedes, Izuku! ¡No te rindas!»
Comenzó a estirarse rápidamente, centrando su enamorada mente en lo que tenía que hacer. Lucharía arduamente por no dejar en ridículo al rubio.
—No estés tan nervioso— Lo calmó Katsuki, sorprendiéndolo con su repentino acercamiento.
—Kacchan—Sonrió esperanzado.
El rubio hizo una mueca, tras haber visto su sonrisa y sus ojos luminosos.
—Trata de no moverte mucho— Instruyó. —Si lo haces, me dejarás jugar mejor.
—¿Eso no te cansará?— Interrogó inseguro.
Katsuki se molestó.
—Puedo hacer las cosas por mi cuenta sin tu ayuda—Refunfuñó. —Así que no te creas mucho, imbécil.
—No lo decía por eso—Repuso alarmado. —Solo quiero estar ahí para ti.
—Pues yo no—Siseó.
—Kacchan—Dijo triste.
Éste le dirigió una mirada ácida y se marchó a la cancha donde estaban esperándolos Mineta y Yaoyorozu. Intercambiaron miradas entre ellos, en tanto que Izuku los contemplaba largo y tendido, mientras les dio la mano asegurando un buen partido, en vista de que sus contrincantes querían ver qué tanto él mejoró en una semana de arduo entrenamiento a lado de Katsuki.
Izuku intuyó que se debía a que querían verlos perder.
Katsuki lo miró reticente y supo que aunque éste rehusara su ayuda y su compañía en el partido, requería de su cooperación. Izuku no se negaría en brindarle toda la cooperación que éste necesitara, pese a no jugar con la misma destreza que sus contrincantes.
—Hay que decidir qué pareja empezará primero— Dijo Mineta.
—Me parece lo más razonable— Concordó la chica.
—¿Y si lo hacemos con una moneda?—Sugirió Izuku, ingenuamente.
Los tres lo miraron con disgusto, a lo que mantuvo cerrada la boca.
—Eso es para niños, Midoriya— Burló la chica, sarcástica.
Izuku agachó la cabeza, decaído ante el rechazo de la chica. Él sólo quería ayudar.
—Bueno, podemos hacer un piedra, papel o tijera— Sugirió Mineta, haciendo gala de una gran idea.
—Es lo mismo que la ridícula idea de Midoriya— Acusó Yaoyorozu. —No haremos algo tan infantil como eso.
—¿Y por qué no?— Intervino Katsuki, superior. Todos se volvieron a ver a Katsuki, sorprendidos. —Es sólo un partido. Con la moneda, podemos resolver este problema estúpido.
—Lo que tu digas, Bakugo— Acordó la chica, luminosa.
Mineta torció el labio, poniendo los ojos en blanco.
—¿Quién tiene una moneda?— Interrogó Katsuki con la mano extendida.
—¡Yo!—Exclamó Izuku. Y sacó rápidamente la moneda de sus shorts, tendiéndosela dócilmente. Katsuki hizo ademán de asentimiento.
Cada pareja escogió por igual la cara de su moneda, en tanto que Katsuki tiró del objeto en el aire y cayó en la palma de su mano, donde posteriormente la enseñó, dando a conocer que el equipo de Mineta era el primero en empezar.
Aunque por otro lado, Izuku respiró lo más apacible posible para calmar sus sedientos nervios capaces de hacer sus piernas fallar en pleno altercado. Katsuki le dirigió la mirada, frunciendo el ceño, inquisitivamente.
—Lo harás bien—Cercioró.
Izuku asintió.
No creyó que el rubio lo apoyaría en tan difícil tarea, mas agradecía su atención por encima de todo.
—Sólo haz lo que te digo— Indicó con ademán serio, a lo que Izuku asintió nuevamente. No entendía en su totalidad el porqué Katsuki lo abordaba de esa manera tan extraña como directa, que en ocasiones lo descolocaba, puesto a que su mirada decía una cosa y sus palabras otra. La confusión rayaba en los meros sentidos inconexos que emergían de sus acciones entremezcladas con las situaciones en las que ambos solían toparse.
Aunque claro, Izuku haría lo que sea por Katsuki. Realmente lo que sea, porque lo quiere.
Al responder, pudo notar una sombra de sonrisa brotar de sus labios, lo que hizo que un éxtasis de sensaciones salieran volando de él como si de una explosión se tratara.
El partido comenzó con el feroz saque de Mineta, sacando a Izuku del fondo de sus dudas, y del vacío que quedaba a rastras en el semblante tenso de su rostro.
Permaneció quieto, en vista de que Katsuki le había dicho que no se moviera durante el partido, a lo que él obedeció sin chistar. El intercambio se gestó entre ambos bandos, en tanto él miraba cómo Katsuki se movía por la cancha, apreciando a través de los sonidos mixtos que producían sus tenis al hacer fricción con el suelo, las breves exhalaciones de su boca contenida, el movimiento de las posiciones, los gruñidos efervescentes resonando en su garganta. Izuku contenía cualquier ruido que sus articulaciones pudieran hacer.
Así duraron el primer tiempo del partido.
Sin embargo, al finalizar el primer tiempo, notó que Katsuki se encontraba cansado. Katsuki, quien no solía sudar en los partidos de tenis, sudaba por la frente a raudales. La capa de sudor que recorría su espalda, su pecho, y se desprendía de sus brazos y pantorrillas, llamaron la atención de los ávidos ojos de Izuku, que gustando de éste, percibió el evidente cansancio en sus facciones y supo que el plan no podría seguir el mismo curso el siguiente tramo del partido.
Preocupado, quiso decirle algo al respecto, mas sabía que a Katsuki le cabreaba sus preocupaciones por éste.
No obstante, Izuku mantuvo cerrada la boca, puesto a que emitir su opinión sobre dicho asunto, haría que los humos salieran de las orejas del rubio, debido a que conocía más o menos bien sus reacciones en cuestión a las preocupaciones de los demás.
—¿Qué tanto me miras?— Inquirió Katsuki.
—¡N-nada!— Exclamó de un sobresalto. —No es nada— Katsuki lo ojeó sospechoso.
—No te creo. Dime qué tienes en ese cerebro tuyo.
—No es nada, lo juro—Repuso nervioso.
—Deku—Gruñó su apodo con tanta efusividad que le dieron escalofríos. La forma con que lo nombraba por un doloroso apodo de su pasado, en lugar de usar su nombre seguían causándole dolor e inquietud. —Escúpelo.
Izuku se acercó a éste. La quietud que mostraba el rubio, le aumentaron a tener confianza.
—Me preocupo por ti—Susurró. Katsuki arrugó las cejas, ofendido. —Quiero ser de ayuda para ti. Entiendo que este es un partido de tenis, pero no solo hablo del partido. Hablo de ser tu ayuda, tu apoyo—Katsuki frunció tanto el ceño que lograba verlo temblar; no sabía si era del enojo o de frustración por ser interrumpido. —Qué más quisiera que me necesitaras. Que tuvieras una razón… una sola razón para necesitarme. Haría lo que sea por ti. Lo que sea que tú me pidas, lo haré.
—No sé por qué nunca cierras la maldita boca— Masculló quejumbroso. Las cejas se sacudían, sus labios, sus hombros, el resto de su cuerpo. —No sé por qué carajos quieres ser de ayuda si no necesito nada de ti.
—Por favor— Suspiró suplicante. —Por favor, Kacchan. Déjame ser de ayuda, tu apoyo, tu compañero, tu pareja.
—Cállate— Lo agarró de la solapa de la playera y lo haló a éste. Lo miró con esos fervientes ojos, causando un furor dentro de Izuku. Era tan atractivo y peligroso a la vez. Era una bomba a punto de estallar. —Te dije que harás lo que digo.
—Pero no me puedo quedar callado y ver que tu haces todo solo. ¡No estás solo! ¡Me tienes a mi! Úsame. No dudes en hacerlo.
—Yo no dudo, yo lo hago.
—Entonces, hazlo, Kacchan. Hazlo. Sé hacer lo básico, las posiciones, los regresos, pegarle a la pelota.
—Le has pegado a una—Apuntó.
—Lo puedo volver a hacer. Déjame intentarlo—Sonrió seguro.
—No sabes jugar—Renegó.
—Por ti lo haré.
Katsuki soltó su agarre de su playera e inspiró hondo. La tensión se hizo presente en sus músculos del hombro. Sus venas brotaban y se desinflaban. Izuku lo contemplaba expectativo.
—Estás loco.
«Loco por ti» Añadió Izuku.
—Sigue mis instrucciones— Indicó severo. —Y guardarás silencio, idiota.
—Lo que tu quieras—Aseguró.
Katsuki gruñó.
—Eso dijiste—Recriminó.—Y tuviste el descaro de decirme que quieres ser mi maldito apoyo, estúpido nerd.
—Porque soy un tonto por ti—Repuso en la manera más calmada que pudo, pero siendo ferviente en su mensaje.
—¿No te da vergüenza decir esas estupideces?
—No, si hay amor de por medio—Volvió a sonreír y Katsuki puso los ojos en blanco, retirándose a tomar un poco de agua de su termo. Su inmutable silencio daba a entender que no rechazaba en su totalidad lo que habían discutido.
A veces era complicado comprender las diversas expresiones de Katsuki, pese a saber que la mayoría de las personas que decían conocerlo, se mostraban irritadas con su falta de palabras. Entre ellos, su familia.
Izuku no se cansaba de sus muestras de indiferencia. Tal vez, jamás podría cansarse de ello.
El segundo tiempo del partido comenzó e Izuku estaba decidido a demostrarle a Katsuki lo aprendido en la semana en que entrenaron juntos. Los nervios del primer tiempo éranse cosa del pasado.
Cuando la pelota parecía llegar a él, Izuku se preparó para golpearla, pero Katsuki se lo impidió llegando antes y pegarle, regresando rápido a su posición. «¡Te dije que no te metieras!» Fue lo que le gritó.
Izuku ignoró sus comentarios.
Él sería de ayuda.
La misma situación con la pelota pasaron varias veces y en todas ellas, Katsuki intervenía en no dejarle darle a la pelota.
—Deja de meterte, Deku— Le dijo al cabo de las muchas veces en que sus intentos fueron infructuosos. —Haz lo que te digo.
—Es lo que estoy haciendo.
—No, imbécil. Estás haciendo lo que quieres.
—Ayudarte es lo que estoy haciendo, Kacchan.
—¡Dejen de pelearse!— Exclamó Mineta. —Estamos en medio de un partido.
—No es mi culpa que este idiota haga lo que quiere.
—El amor de Midoriya es sincero, aprécialo, Bakugo— Dijo Mineta, con una sonrisita. Izuku, por consiguiente, ruborizó.
Katsuki soltó un sonido exasperado que denotaba su frustración, evocando en Izuku un sentimiento de rechazo en relación a lo que habían hablado anteriormente. Obviamente lo hirió.
—Ya cállense— Se quejó Yaoyorozu, irritada. —El partido aún no termina.
—Cierto, Yaoyorozu— Concordó Mineta, en modo complaciente. —El partido aún no termina. Hay que terminarlo cuanto antes.
—Sí.
—Qué fastidio con estos dos— Murmuró el rubio, empecinado de verlos. —Más te vale escucharme— Dirigiéndose a Izuku.
Asintió.
Katsuki le estaba dando una oportunidad, ¿No? No debía desperdiciarla en nimiedades.
Mineta hizo un saque feroz, pese a la expresión de maña que llevaba en el rostro. La pelota voló velozmente hacia ellos, en tanto que Izuku la miraba firme en su lugar, esperando a que Katsuki la golpeara, mas el rubio no movió un milímetro.
—¡Deku!—Gritó.
Y, en automático Izuku se lanzó a la pelota, llevando la raqueta hacia atrás, emitiendo una breve inspiración, conteniendo todas las emociones, viendo la pelota sin quitarle un ojo de encima.
«¡La veo!» Exclamó para sus adentros. Le costaba tanto trabajo ver la pelota cuando ésta llegaba a él. Y con un movimiento preciso, firme, dio con la pelota.
En cuanto sintió que la pelota dio con la raqueta, la tensión que llevaba hundiéndolo en una maraña de inseguridades e inquietudes, cedió ante él. Sus piernas cayeron en dirección al suelo de la cancha, rasgando la sudorosa piel de su rodilla.
—¡Le di!—Festejó, justo cuando sintió que algo en su tobillo se quebró. Algo desconocido rompió y la sensación era nula.—¡Kacchan!— Lo miró. —¡Le di! ¡Le di!
La pelota salió disparada por la cancha contraria, pasando entre las piernas de Yaoyorozu y atravesando el final de la línea, entrando justo en la línea blanca.
Se hizo el silencio.
Habían ganado el partido.
Mineta gritó embargado de impotencia, mientras que Yaoyorozu guardaba un tenebroso silencio. La expresión de asombro no abandonaba sus ojos ni por el asomo de frustración que adornaba sus pómulos tensos y la fina línea de sus labios.
—¡Lo hicimos, Kacchan!— Celebró Izuku lleno de inconmensurable felicidad.
—Nada mal, nerd— Dijo, mostrando un amago de sonrisa.
Entonces, cuando se trató de parar, el pie le falló y se regresó al suelo.
—¿Qué pasa?— Le preguntó Katsuki, extrañado.
—N-no sé— Dudó.
Miró su pie y notó que no lo podía mover, pues dolía. No se había percatado del problema hasta que los humos de la felicidad se hubieran disipado, que vio que, en efecto, se lastimó.
—¿No puedes caminar?
Negó titubeante.
Katsuki observó por fracción de segundo al otro extremo de la cancha. Las duras facciones de su afilado rostro de deslizaban con una facilidad envidiable; acumulaban enigmas que Izuku iba admirando, en tanto el rubio adoptaba esa actitud rebelde tan decadente en su variedad de actitudes.
—El partido se cancela— Anunció.
Mineta fue el primero en reaccionar de los dos. —¿Qué significa eso? ¿Por qué se cancela? ¡No podemos perder así!
—Deku está herido.
Yaoyorozu bufó. Ya no estaba tan asombrada como hacía unos momentos, si no más bien, conmocionada.
—Llévalo a la enfermería— Sugirió ella, desenfadada.
Katsuki hizo un rápido ademán de subir y bajar los hombros, esbozando una pequeña mueca de indiferencia. Entonces, se hincó cerca de donde estaba Izuku, quien con ojos muy abiertos vio cómo Katsuki pasó su brazo alrededor de su cintura, ocasionando escalofríos en su espalda de las raíces hasta las cervicales. Podía jurar que el curso de sus pensamientos se detuvo; de pronto, sus ojos se cruzaron y en esa fracción de segundo, abrazó a Katsuki por la cintura haciendo uso de su brazo derecho.
Aguardó a que Katsuki lo apartara o dijera algo al respecto, mas no dijo nada. Izuku cojeaba bajo el manto de su brazo, quien firmemente lo sostenía como su apoyo. No salía de su asombro.
¿Acaso podía estar feliz por este repentino acercamiento?
¿Estaba bien hacerlo?
—Gracias— Pronunció cerca de éste, quien se encogió de hombros, restándole importancia al tema.
Llegaron a la enfermería donde la enfermera trató cuidadosamente su herida, diciendo que se trataba de un esguince de tobillo de primer grado, lo cual sólo requería de cuidados de ponerse hielo, inmovilizar la articulación, y sobre todo, reposo. Mucho reposo.
Katsuki lo observó acusatorio desde su postura, puesto a que no lo dejó solo en la enfermería.
Una vez que terminaron de colocarle un parche frío en el tobillo, se dirigió a los casilleros del club de tenis, con un sentimiento de derrota interna. Descansar a esas alturas en que bien podía bajar de peso, le bajaron el ánimo. De manera que decidió hacer uso de la pesa que tenían en los baños y pesarse.
Las cifras que vio lo sorprendieron tanto que jadeó, llevándose ambas manos a la boca para parar el grito que amenazaba con escapársele.
«¡Bajé! ¡Bajé!» Chillaba internamente. «Ahora podré pelear».
Luego de bajarse de la pesa, se fue a cambiar a los casilleros, envuelto por una alegría indescriptible, indescifrable. Daba pequeños saltos internamente. Ansiaba decirle a Toshinori, a Shouto, a Enji. «Enji» Se dijo. Enji estará orgulloso del cambio.
Y por arte de magia, Enji le marcó, lo cual contestó en cuanto vio el nombre de uno de sus mentores.
—¡Hola!— Atendió efusivo.
—Midoriya— Pronunció sumamente serio. Algo que hizo que su efusividad quedara pausada. —¿Tienes tiempo?
—Sí, claro que sí.
—Ven al auditorio—Ordenó. —Ojiro, nuestro peleador, que iba contra Tokoyami no ha dado con el peso. Quedas tú, si es que pudiste baj-
—¡Sí! Sí he podido bajar, señor.
Le decía «señor» en ocasiones especiales, o donde requería de demostrarle su respeto. Por ejemplo, ocasiones como esta.
—Entonces vente ahora.
—¡Claro! Estoy en camino.
Colocó su playera limpia, removiendo el sudor con la toalla de su frente. Apresurado, no entendía porqué Katsuki seguía ahí, pese a estar completamente vestido y arreglado para salir. Le miraba inmutable, silencioso. E Izuku continuaba vistiéndose en el proceso, sintiendo la maraña de emociones cargadas de adrenalina invadirlo.
Cuando tenía la ropa puesta, se colgó la mochila amarilla.
—Oi, ¿Adónde vas?
Dispuesto a marcharse, miró a Katsuki por una fracción de segundo y con su sonrisa más radiante, dijo—: Al auditorio, Kacchan.
—¿Para qué?—Arqueó una ceja.
—A una pelea.
—¿Hah?—Gruñó; y, notó que estaba un poco sorprendido con su respuesta. Es entonces que Izuku se detuvo en su salida y le dedicó una larga mirada a esos ojos rojos que son lagunas profundas viéndose reflejadas por los rayos del sol en su recorrido hacia el atardecer. El rojo, el naranja, el morado, el tenue azul. Esos reflejos que encontró en sus ojos lo cautivó en menos de un parpadeo.
Algo, algo muy profundo le decía que Katsuki tenía una intención para esperarlo y haberle hecho esa pregunta (¿Adónde vas?), pero no sabía qué era. Katsuki era demasiado confuso, demasiado enigmático. —Te acabas de hacer daño— Apuntó. —No puedes pelear con el tobillo así. Perderás.
¿Así que por ahí iba su mensaje?
—No voy a perder—Aseguró. —He peleado en peores condiciones. Esto no es nada—Katsuki frunció el ceño, poco convencido. —Lo juro. Me irá bien.
—Como sea— Desdeñó; a lo que Izuku interpretó como una señal de que se podía marchar sin problemas de ahí. Se despidió de éste apresuradamente y salió corriendo, incauto del esguince de tobillo que se extendía más y más, a medida que la adrenalina adormecía el dolor.
No le pasó por la cabeza que Katsuki lo había estado esperando para irse juntos. He ahí el motivo de su enojo. —Estúpido— Masculló entre dientes.
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NOTA: Parece que alguien se está enamorando y no lo admite.
