"Adiós días lluviosos"

.

.

.

.

Los vistazos del pesaje, las caras de Enji, Toshinori, se veían borrosas a comparación de la incertidumbre de estar en el cuadrilátero rodeado de porras y abucheos, tintineando en sus tímpanos como fuegos de una alarma que sonaba muy lejos, a la distancia; y, que apenas lograba distinguir entre gritos discurridos.

El tobillo escocía con el apoyo que realizaba, a medida que avanzaba entre las cuatro esquinas del cuadrilátero.

La mirada vacía y enojada de su contrincante con sus fallas, la voz de Shouto decirle que se moviera, que hiciera algo.

«¿Algo como qué?» Se preguntaba embargado por una inquietud indescriptible. «¿Qué puedo hacer en esta situación? ¿Huir? ¿Pegar más duro? ¿Más fuerte? O, ¿Simplemente dejar que me noqueen de una vez? El tobillo me ha estado doliendo mucho desde que corrí hasta acá y estoy perdiendo la pelea. ¿Qué puedo hacer?»

Su mente se hallaba en un estado difuso. Recordando las palabras de Katsuki… «Kacchan. Parecía como si en ese momento me hubiera querido decir algo con sus acciones. Un detalle que no entendí y se me escapó». Un cruzado de derecha aterrizó en su quijada, que sin reparo cedió a un momento corto de ingenua oscuridad. Regresó a los colores en cuanto su cabeza rebobinó en qué estaba pasando.

«No es momento de pensar en Kacchan» Se dijo consciente de que si seguía rememorando a su adorado rubio perdería la pelea de un golpe. Un sólo golpe lo mandaría a la lona. Sus sueños se irían por la borda en el sinsentido de sus pensamientos recurrentes.

Juntó el coraje que llevaba cargando las semanas anteriores, empuñando los puños, repartió jabs, cruzados, ganchos y uppers por donde pudiera encontrar aberturas. Controlaba el ritmo pausado y acelerado de sus respiraciones lo mejor posible.

Tokoyami que era un buen peleador. Tokoyami que era considerado una sombra oscura en el mundo del boxeo, rendía cuentas con él en un furioso intercambio de golpes que parecía nunca acabarse. El sudor rebotaba de sus rostros, los guantes se resbalaban en las pieles, los movimientos de cadera se volvían nulos cuando el intercambio exigía atención absoluta.

El inestable curso que tomaban sus pies al buscar la postura que mejor estabilizaba sus sentidos y otorgaban a sus anestesiados pensamientos una tensión sin medidas.

La energía que fluía por sus venas, palpitaba, aguada los fluidos que corrían por el torrente de su sangre, causando en fervoroso efecto inquieto e inmediato. Un efecto de adrenalina.

Tokoyami exudaba valentía por los poros, mientras que él, agotado de poder moverse siquiera, luchaba por que cada músculo de su cuerpo siguiera golpeando, pese a todo; pese a su cansancio, pese a los rechazos, pese a las miradas desdeñosas de su adorado Katsuki, pese a las dificultades que conllevaba quererlo tanto, pese a haber aprendido a jugar tenis por el solo propósito de estar ahí en el cuadrilátero sudando sal a mares, pese a las dudas de las personas que quería, pese a sus dudas mismas, que son las dudas más complejas de vencer.

Izuku, quien es un ser que duda, como cualquier otro humano, busca enfrentar su carga enfrentándola. No había otra manera de hacerlo. Ya experimentaba a diario el dolor de no ser correspondido, como para dejarse vencer por cosas físicas, como lo es su cuerpo exhausto, doblegado a los estímulos exteriores.

Sin preverlo, un veloz golpe dio con su quijada tumbándolo en un rápido movimiento que pasó volando en sus ojos. Su cuerpo aterrizó en los mojados brazos del cuadrilátero. El exterior le daba vueltas, los pensamientos le arrebataban el sentimiento casi inexistente de lo que pasó, pues apenas hilaba cómo fue que un golpe lo hubiera derribado si estaba prestando al máximo atención.

«Él no te quiere» Las palabras de Kirishima reflejando la cruda realidad con que vivía en el tiempo presente lo devolvió a sus pies, centrando su cabeza en el arriba y sus pies en el abajo.

Una capa gruesa de sudor cubría la extensión prominente de su piel, exhibiendo el agotamiento de semanas acumuladas sin descanso alguno. Una parte de él gritaba internamente que dejara todo el sufrimiento por que estaba pasando, y la otra que permaneciera ahí hasta que sus brazos no pudieran levantarse más.

Se debatía consigo mismo, con sus sombras, sus desaires, sus penas, sus certezas. El resto de su ser siempre estaba en lucha por el poder de la búsqueda del éxito, en búsqueda del crecimiento pese a cualquier pretexto que tuviera.

Llegaron al último round. Enji lo había ensopado de agua en la cara con la intención de espabilarlo, el ayudando de Enji, en esta ocasión fue su fiel seguidor y fanático de la infancia, Keigo. Un hombre de unos veinticuatro años, puesto a que lo conoció a los dieciséis cuando éste aún tenía veintidós. Su cabello rubio dorado y sus ojos sarcásticos, iban detrás de Enji en la mayoría de las peleas que éste asistía a sus peleadores en la esquina.

En el minuto de descanso, Keigo le puso una compresa fría en la espalda, mientras Enji le decía que espabilara un poco y buscara un nocaut, porque claramente perdería la contienda. Shouto, que estaba del otro lado de Keigo, asistió a su padre, colocando cotonete alargado en la cortada de la ceja que bloqueaba parte de su visión. El dolor punzante fue inminente al hacer contacto con el alcohol etílico. Fue como un aguijonazo.

Era obvio que estaba perdiendo la pelea, no se lo tenían que decir cada minuto de descanso. El tobillo le había estado doliendo tanto que se adormeció. Apenas lo podía mover sin sentir que trastabillaba con cada flexión de rodilla, o movimiento de cintura.

Había dado con el peso, sí, pero no estaba en su mejor forma para una contienda de esa importancia.

Su madre en varias ocasiones le dijo que no se lanzara al vacío sin paracaídas, mas él lo hacía sin dudarlo. Se lanzaba a los diversos horizontes con tal de sentir la adrenalina consumir sus venas hasta saciar su sed de éxito.

Sus guantes apretaban su muñeca, sus dedos, sudorosos y ardientes. Izuku veía claramente los oscuros ojos de su rival buscando una manera de derribarlo de una buena vez, porque por más que sus golpes insistían en tirarlo a la lona, Izuku no cedía.

Era la notable fuerza de su adversario que impulsaba a su cuerpo a da el doble o triple de su energía escasa en el combate, aquello que lo motivaba a dejar las inseguridades de lado y seguir avanzando, pues a sus dieciocho no podía darse la opción de rendirse. Era muy joven para siquiera darse esa ridícula opción.

Por eso mismo, persistió los minutos que duró el round, golpeando a lo grande, estrechando sus brazos lo más que podía.

Cuando la campana sonó, el resto de sus tímpanos acalló el sonido del exterior centrándose únicamente en soslayar al resto con la mirada y aguardar a que dieran el veredicto de la contienda.


Llegó a casa pasadas las doce. El viento congelaba las extremidades de la entrada. Removió los tenis rojos, medio oscurecidos por el tremendo uso dado recientemente. Suspiró. Había sido un día extenuante. Obligó a su cuerpo a moverse a niveles inimaginables, desconociendo los alcances del mismo. Toshinori le dijo tras el final de la pelea que no debió hacer lo que hizo, pues no era el Izuku de quince que llevaba su cuerpo hasta el límite del cual duraba días en recuperarse, de no ser por su brillante amiga enfermera, que más que tomar el rol de enfermera, parecía más curandera, por sus modos y el nivel de rapidez con que aliviaba sus dolores.

Sin embargo, la amiga de Toshinori no siempre estaba disponible como en sus épocas de quince y dieciséis años. Ahora ella pasaba sus turnos de tratamiento terapéutico en un hospital, que en el gimnasio, donde solía laborar.

Extrañaba esos días donde curarse se daba eficazmente. Ahora no hallaba manera de curar su lastimado pie y su exhausto cuerpo, del cual trabajosamente subía las escaleras rumbo a su habitación, pues no podría bañarse sin quedarse dormido en el proceso.

Dentro de lo que cabía, estaba contento.. Había ganado la contienda a base de constante pulso. Rebosante de alegría, Enji lo invitó a celebrar en su gigantesca casa. Shouto, quien sonreía livianamente por su logro, no se separó de él en todo el tiempo que estuvo en el festejo. Hubo caviar, filet mignon y wagyu, incluso Kobe, cócteles, cortes de pescados frescos, caldos sabrosos de olores aromáticos, guarniciones frondosas, y no podía faltar el postre. Izuku sació su apetito con todos los platillos que hubo a su disposición, a menudo compartiendo sus porciones con su amigo de ojos bicromáticos, mientras ambos intercambiaban miradas cómplices.

La velada fue agradable, pese a su evidente agotamiento, mas la alegría fundida con la adrenalina de las dos recientes contiendas (el partido de tenis y la pelea) se colaban por el torrente palpitante de sus venas. Aún tuvo la suficiente fuerza para encontrar su camino a casa.

No obstante, entrando a su habitación, cayó rendido, siendo prisionero de sus propios objetivos. Y algo como eso, no sabía si era bueno o simplemente desgarrador. De todas maneras, esforzarse el máximo no ha sido exitoso con Katsuki, ni en un ningún caso, lo que menos ha sentido un cambio. Quizás con un tiempo considerable, podría, dentro de lo que cabía sacudirlo un poco, aunque sea con sus palabras, porque con sus acciones ha visto más desaciertos que aciertos. Lo pensaba duramente porque a esas alturas de su cortejo, suponía que Katsuki se rehusaba a sentir; y, por eso es que no podía conquistarlo.

Si sus suposiciones son ciertas, tal vez, en algún momento dado, podrá, claro si estaba de acuerdo con ello, que debía rendirse e intentarlo con alguien que lo quiera. Pero mientras tanto, intentaría dar todo de sí por permanecer a lado del inalcanzable Katsuki.


—Come tus panqueques, Kota— Decía Mitsuki.

El resonar de los tenedores hacer contacto con el plato sonaban desde el pasillo de las escaleras, rumbo al comedor. La calidez de la cocina desprendía un olor a mantequilla derretida, miel de Maple, panqueques y café recién hecho.

En cuanto lo vieron arribar, Mitsuki lo saludó con un afectuoso «buenos días» seguido de la voz cálida de su madre.

—Buenos días— Devolvió el saludo en una voz que desconocía era la suya. La pesadez al cargar con la entonación y la elocuencia vacilaron atropelladamente, haciendo que ambas mujeres inyectaran sus pupilas en él, como notando algo malo en él. Un detalle que a él posiblemente le hubiera pasado desapercibido.

—Izuku, ¿Qué te pasó?— Reaccionó Mitsuki.

—¿De qué?

Su madre se llevó ambas manos a la cara, mortificada. Kota lo miró por el rabillo del ojo, sacado de onda. Masaru lo ojeó sobresaltado por su saludo. Si bien, notaron su indisponibilidad mas no que cojeaba de un pie.

—Tienes ojeras— Apuntó su madre con el dedo. —¿Tuviste problemas para dormir?

—¿Qué? ¡No! No para nada.

«En realidad, dormí como un bebé» Dijo para sí, orgulloso. «Aunque… no aguanto el dolor del pie y tengo mucho sueño. Dormí muy poco, o mejor dicho, he dormido tan poquito estas semanas y la pelea de ayer me dejó peor que carne molida. No tengo idea de cómo llegaré a la universidad. Podría pedirle a Shouto que me lleve, pero a juzgar lo popular que es, no creo que sea la mejor opción. Inmediatamente sospecharán de nosotros y Shouto no tendrá un momento de descanso» Ruborizó al percatarse que todos los ojos de la mesa estaban sobre él, a lo que fingió que no había pasado nada. Luego de que Mitsuki le diera su ración de panqueques con miel de Maple, se dijo: «Lo estoy pensando demasiado». El bochorno evidente en sus pómulos delataba las rumiaciones de su trabajosa mente.

La mirada dura de Kota lo escaneaba por debajo de su gorra.

—Parece que el idiota va a estropear todo— Comentó cerca de él, quizá para no ser escuchado por los demás. —Con ese pobre cuidado de ti mismo, jamás tendrás a mi hermano. Odia a las personas tan descuidadas y estúpidas como tu.

Izuku reaccionó, entornando los ojos hacia éste, vacilante. ¿Qué había dicho?

—Oye…

—Sabes que él no te quiere, ¿Verdad?— Añadió el menor.

Palideció en ese mismísimo instante en que esas palabras abandonaron su boca, jalando cabos y cabos de su anterior debate interno. Los flashes del «Él no te quiere» de Kirishima resonaron en sus tímpanos, causando un estruendo doloroso e insufrible en él, pese a la presencia ausente de signos de alarma en su cara.

«Lo sé» Murió en sus labios. «No debes recordármelo, Kota»

En lugar de responder, comió los panqueques y se marchó a la universidad, apenas despidiéndose de los demás. El viento frío del exterior no se asemejaba a la helada ventisca que surcaba en su corazón.

Caminó a un paso lento. Los vaivenes de sus pies al avanzar lo arrastraban más que ayudarlo a estar con los pies derechos, puesto a que esa mañana en que despertó y vio su pie, este se encontraba más morado que la noche anterior.

No tenía idea de cómo llegaría con los pies bien situados en el piso y mostrando una sonrisa radiante. De esas que contagian al alma de cosquillas en cada parte del cuerpo. No sabía si ir a la universidad era una buena opción para él en esas condiciones, puesto a que suponía un gigantesco rendimiento y paciencia de su parte.

No obstante, se vio sorprendido por Mitsuki en la entrada de la casa, cuando se estaba terminando de poner los tenis. Ella lo miraba con un cinismo precoz, lo cual disparó en él incertidumbre.

¿A qué se debía esa expresión?

Sin duda, a una locura.

—Tengo buenas noticias, Izuku—Dijo.

Él hizo gesto de que continuara.

—Sé dónde trabaja Katsuki—Anunció rebosante de orgullo.

—¿Qué?—Balbuceó atontado.

Esperaba cualquier cosa menos esa.

—Después de la escuela hay que irlo a ver—Guiñó. —Kota también quiere saber dónde trabaja su admirable y (pesado) hermano. ¿Te parece si nos vemos a las tres? Tus clases terminan temprano hoy.

—¿Cómo sabe eso?— Preguntó estupefacto. Nunca había hablado de sus horarios con la tía Mitsuki. ¿Acaso su madre le contó? Sea cual sea la razón, la tía Mitsuki siempre sabía más que el resto. No podía subestimarla ni de chiste.

—Secreto— Sonrió. Izuku sintió un escalofrío apoderarse de él. —Y bien, ¿Qué dices? ¿Te unes a nosotros?

Se lo pensó durante un segundo, mismo en el que sintió la pesada mirada de la tía sobre él como un halcón mirando a su presa. No huiría de esa mirada fiera, muy parecida a la de Katsuki. A esas alturas no estaba en él dudar de ello, puesto a que la noche anterior pese a decirse que podía rendirse, se le presentaba una (magnífica) oportunidad, de la cual difícilmente podía negarse. La tentación fue tal que asintió.

Lo demás quedó a la espera de lo que haría.


Las gafas oscuras llevaban buen rato incomodándolo. Picaban los pómulos e impedían que viera con claridad el resto. Mitsuki le había delineado los contornos de los ojos con un delineador negro que eclipsaba su expresivo color verde. Usaba ropa distinta con la que fue a la universidad. Vaqueros ajustados, camisa de botones de manga larga de color azul marino y un chaleco negro que cubría las curvas de sus músculos resaltar con la ajustada camisa. Se sentía raro, a decir verdad, pues no era su estilo de vestir. Con unos shorts y una playera simple de precio barato era suficiente para contentarlo todo el año; además de que Mitsuki lo peinó, engominando el bosque de rizos verdes.

Estaba despojado de su personalidad; de las cosas que hacían a Izuku, Izuku.

Kota llevaba unas gafas corrientes y ropa casual. Shorts y una playera de olor amarillo. Mitsuki iba ataviada de un enorme abrigo elegante de color marrón que llegaba arriba de las rodillas, gafas oscuras (igual que el resto), y botas marrones de tacón.

Cada uno se veía diferente, por tanto, destacaban de entre la multitud del café. El aroma de granos tostados se mezclaba con la loción de Masaru que usaba Izuku.

Los tres ocultaban sus rostros (o intentaban), con el menú. De no ser por que la adrenalina se mantenía a raya en él, el pie le dolería demasiado como para poder caminar derecho. Agradecía de alguna manera estar sentado, porque sino, ya habría quedado tirado en el suelo de la cafetería, asimismo haciendo un peor ridículo en cara de Katsuki.

Si fuera por él, no habría ido al lugar, no se habría puesto la ropa que le dio Mitsuki; al contrario, hubiera usado ese tiempo libre para descansar su tobillo. Había sido un ingenuo, o peor que eso. Un «idiota» como le dice Katsuki cada vez que se inmiscuye en sus asuntos.

—¿Pedirán algo o se quedarán aquí sentados como idiotas?— Katsuki los sobresaltó, apareciendo repentinamente frente a ellos con el ceño fruncido y una vena de la sien palpitando. Sus labios apretados formaban una mueca de disgusto, cegadora para él.

Usaba su uniforme de mesero (típico de Japón). Sabía que lo habían hecho enojar, sabía que lo que hacía estaba mal, aun así lo hizo. Su presencia ahí con un ridículo disfraz lo probaba. Izuku aún era débil a los caprichos de su corazón ingenuo.

—Katsuki, querido— Canturreó Mitsuki en fingida sorpresa. —Vinimos a visitarte. ¿Qué más podemos estar haciendo aquí? Nunca nos dices nada. Era obvio que como tu madre me iba a preocupar. Hasta Kota quiso venir a verte.

Katsuki miró poco convencido a su hermano y enfurruñó las cejas, dándole forma de picos de dos montañas unirse por la nieve.

Suspiró.

—Te traeré un postre— Dirigiéndose a Kota. —En cuanto a ustedes— Miró a Mitsuki y a Izuku, con una calma tenebrosa. —Un café americano. Y no se molesten en pagar. Esto va por mi cuenta, idiotas entrometidos.

—Sabía que recapacitarías, Katsuki—Dijo Mitsuki.

Katsuki chasqueó la lengua, al momento en que puso los ojos en blanco. Y se marchó.

—Se ve guapo en su uniforme, ¿No crees Izuku?

Él ruborizó, tímidamente.

—Es un tonto— Respondió Kota. Izuku lo ojeó, sorprendido.

—Kota.

—Nunca dejas en paz a mi hermano—Rezongó. —¿No ves que no le gusta verte?

—¡Kota!— Exclamó Mitsuki, enfurecida. —No le hables así a Izuku. ¡Discúlpate!.

—No, está bien— Intervino él.—Tiene razón. No fue correcto meterme en la vida privada de Kacchan.

—No digas eso— Mitsuki le puso una mano encima de la suya. Sus ojos calmados e intensos lo miraban a través de las gafas. —Sé que hicimos algo incorrecto, producto de nuestra incertidumbre de no saber cómo estaba Katsuki. Es un hijo malcriado, que no dice si tiene problemas o no. Siempre tiene esa cara de que nada pasa por su mente, cuando sé que no la tiene fácil con un trabajo de medio tiempo para mantener un departamento y de paso, pagar su colegiatura. Los traje conmigo, porque también quería saber cómo la estaba pasando. En el fondo sé que Katsuki estará contento de vernos, aunque no lo demuestre.

—Tonterías—Bufó Kota.

Mitsuki le dirigió una mirada retadora a su hijo menor. —Cállate, mocoso.

—Tengo razón— Insistió. —Este es un idiota por perseguir a mi hermano si él ya dice que no lo quiere. ¿Qué más necesita este baboso?

—¡Kota!.

Izuku miraba el intercambio, sintiéndose empequeñecer en su sitio. Apretaba el menú entre sus manos, advirtiendo la presión de sus dedos crisparse, a su vez, que se constreñía. Entendía la estupidez que había cometido por su cuenta, puesto a que no lo pensó con claridad, sino lo pensó basándose en sus inseguridades.

Quiso decir cuánto comprendía el enojo de los demás ante sus inquietudes, mas había cosas que mejor valía guardárselas para sí mismo. Y no desmentirlas.

Antes de que el intercambio entre madre e hijo siguiera, Katsuki trajo sus órdenes, colocándolas de manera prolija en la mesa. Se retiró con un duro «Disfruten su orden», como si con eso dijera que no volvieran a venir.

Los tres consumieron su orden sin abordarlo más.


Al día siguiente, hacía un frío invernal. Las ventanas de su habitación amanecieron empañadas. Apenas pudo pegar ojo en toda la noche, puesto a que su ropa no lo cubría debidamente del frío.

Viendo la forma en la que sus ventanas se encontraban, no dudó un segundo en querer ir al café para advertirle a Katsuki de protegerse del clima. Con su ligera chamarra de color verde olivo, partió ese día rumbo a la cafetería, tras haber visto en un anuncio de parte de la universidad que se suspenderían las clases vespertinas debido a que preveían una ventisca pesada cubrir de blanco la ciudad.

Sin embargo, Mitsuki lo retuvo en la puerta, diciéndole que no saliera, puesto a que iba a salir. Confundido, se quedó petrificado en la puerta, sin saber adónde se iba la tía, si lo dejarían solo, o cómo. No entendía nada.

—Invitaron a Mitsuki a una reunión de alumnos de primaria— Dijo Masaru. —Es en Kobe. Solo será una noche.

—¿Reunión de primaria?— Murmuró para sí. —Eso significa que mamá también va—Supuso.

—Exacto—Afirmó la tía. —Por eso, te dejaremos a Kota.

—¡¿Qué?!—Exclamó. —¿¡Cómo?! Pero yo no sé cuidar niños.

—Qué importa— Dijo la tía, desenfadada. —Kota no necesita de muchos cuidados. Es bastante independiente para su edad. Lo único que tienes que hacer es asegurarte de darle de comer.

—Tampoco sé cocinar.

—Hazle fideos instantáneos, Izuku. No te compliques. Kota no es exigente con la comida. No es como Katsuki.

—No te preocupes, Izuku— Apareció su madre detrás de él, sorprendiéndolo.

—¡Mamá!

Ésta le puso una mano en el hombro en señal de que le brindaba su apoyo.

—Está bien, Izuku—Aseguró sonriente.

—¿Por qué no me dijiste que te ibas a ir?

—Izuku— Irrumpió Mitsuki. —Inko no te tiene que estar informando lo que hace en su día a día.

—Eso lo entiendo— Afirmó él. —Lo que no comprendo es que no me hubieras avisado.

—No te avisé porque fue una decisión de último momento— Explicó ella, después lo abrazó, aun cuando la confusión no se disolvía de él. —Quiero que te cuides mucho, Izuku. Y no descuides tus comidas.

Izuku asintió.

—Y procura cocinar, Izuku— Indicó. —¿De acuerdo?

—Sí…

—Bien— Dijo la tía, feliz. —Asegúrate de lavar los trastes, lavar la ropa, limpiar los baños, tender las camas. Y lo más importante, no te rehuses a cuidarlo.

—Pero yo, yo…—No encontró excusas para negarse a lo que le pedía que hiciera. Tendría que cuidar a Kota, aunque no tuviera la ayuda de Katsuki; y en este caso, no podía ver esta situación como algo malo, sino como algo bueno. Así aprendería a llevarse bien con Kota, puesto a que su relación con éste no era la mejor, pues el niño lo odiaba. Y según a las pruebas que tenía para justificar su odio es porque quería a su hermano mayor. Desaprobaba los sentimientos de Izuku por Katsuki. Así de sencillo.

Aprovecharía esta oportunidad para caerle mejor a Kota. —Acepto—Fue lo que dijo él.


—Kota, ¿Qué quieres comer?— Era la cuarta vez que Izuku tocaba la puerta del chico. Ponía su mejor empeño en dar el primer paso para llevarse bien, mas el niño no le hacía caso. Lo ignoraba. No le extrañaba, pero sí lo hería. —Kota, por favor, contéstame. Entiendo que no te agrade, pero me gustaría saber qué quieres comer. La tía dice que no te dé fideos instantáneos, o nada procesado.

Sin respuesta.

—¡Kota!

—¿Podrías callarte?— Reprochó enfadado. —Ni sabes cocinar.

—Haré mi mejor esfuerzo.

—Nada se da con esfuerzo.

—C-claro que sí— Replicó perplejo. No esperaba que le dijera eso, o que adoptara esa actitud ácida. —Todo se da con esfuerzo. Verás si pones tu mejor energía y mentalidad en ello, podrás lograrlo. Cualquiera que quiera cumplir una meta puedo hacerlo. Mírame a mi, gané mi última pelea con un esguince de tobillo.

—No eres más que un perdedor.

—Sólo quiero que nos llevemos bien, Kota. No podemos estar peleador todo el tiempo. Acompáñame a hacer la comida, por favor.

—Haz lo que quieras.

«¿Que haga lo que quiera?» Se cuestionó. «No sé si pueda hacer eso. La última vez que cociné quemé la cocina. ¿Será mejor pedirla o prepararla? La comida casera siempre sabe mejor que la de restaurante. ¡Bien! Cocinaré esta tarde» Empuñó las manos, motivado.

Hojeó entre los recetarios que habían en la alacena. Detuvo el curso de la lectura, decidido en lo que prepararía, una sonrisa dibujada en sus labios, pese a portar unas ojeras enormes debajo de los ojos como dos bolsas de plástico negro colgando en forma de péndulos. El sueño en muchas ocasiones le llegaba, pero no cedía a sus fuerzas.

Sacó los ingredientes para preparar hamburguesas y posiblemente una ensalada, si es que le alcanzaba el tiempo. Eran las seis y Kota cenaba a las ocho. Tal vez sí podía. Mezcló la carne molida con el huevo, la cebolla, una pizca de sal, y un poco de harina para lograr una buena consistencia. Hizo unas bolitas del tamaño de la palma de su mano y las fue asando conforme hacía la salsa del hamburg, cuidando cada detalle de dicho proceso. No quería descuidar lo que hacía.

Una vez que comprobó que la carne estaba cocida, sonrió enormemente, orgulloso por su logro. Concluyó que había dado un paso adelante de lo que Katsuki consideraba como sus defectos. Demostraría sus puntos buenos ante Kota, quien quizás le contaría los detalles a su hermano mayor.

Sirvió la carne en su salsa y una ensalada de apariencia más o menos decente. Llamó a Kota.

—Así que sí pudiste cocinar, tonto—Dijo cuando llegó a la mesa.

—Sí, y espero que comas todo—Sonrió.

«¡Espero que le cuente a Kacchan que pude cocinar!»

Vio a Kota darle un bocado a la carne tras partirla con el tenedor. Estaba tan suave y cocida a tres cuartos que se resbalaba con el desliz del cubierto.

—¿Cómo está?—Preguntó torpemente.

El niño masticó, hizo ojos, y pasó el bocado. Su cara no se distorsionó en disgusto, ni se apachurró en arrugas como si hubiera comido un limón.

—Bien— Fue su contestación. Agria y seca, justo como Katsuki.

—¿En serio?—Emocionó. —¡Ay que bien! Me esforcé mucho en que todo saliera bien, pero me alegra que te haya gustado. La probaré— Partió un trozo de su hamburg y lo comió. Al momento en que notaba que la carne tenía buen sabor, estaba cocida en su punto, se envolvía tiernamente en la salsa, no se percató de que Kota se contraía en la mesa, ocultando su rostro bajo la gorra y agarrando su abdomen con ambas manos.

Realmente le había quedado de maravilla la carne, pensaba. Hasta que vio a Kota retorcerse en la silla que supo que quizá no era la maravilla que estaba pensando.

—¡Kota!— Corrió a sostener al niño. Sudaba. Tenía la frente ardiendo, y temblaba. Sus pequeños brazos se sacudían a los lados. —¿Qué tienes?¿Qué pasó?— El niño no le respondía.

Asustado, cargó a Kota entre sus brazos y lo acostó en el sofá de la sala. Lavó una toalla con agua fría y la puso sobre su frente.

—D-duele…—Murmuró Kota, tembloroso.

Izuku lo miró atento.

—No te preocupes, Kota. Me aseguraré de que te recuperes.

—D-duele mucho…—Chilló. Y agarró la mano de Izuku entre la suya, apretándola. Izuku no supo si fue por instinto o por que necesitaba el calor de alguien, mas no cuestionaría los motivos de éste. Por ahora, necesitaba atenderlo, puesto a que estaba sufriendo.

Marcó al teléfono del restaurante, pues sabía que no podía llamar a Katsuki porque éste no le había dado su número. No hay manera de contactarse con éste.

El que le atendió fue Kirishima.

—¡Kirishima!— Exclamó él en una mezcla de miedo y alivio.

—¿Midoriya?—Reconoció.

—Ayúdame, por favor—Suplicó. Kota se aferraba a su mano conteniendo los sollozos. —Kota, Kota comió algo que le cayó mal. Creo que es lo que yo cociné. Fue carne. Y no sé qué hacer. Tengo miedo.

—A ver, Midoriya—Dijo. —Tranquilo. Quiero que respires y que pienses rápido.

Asintió.

—¿Comiste de la misma carne?

—Sí.

—¿Y tu te sientes mal?

Izuku recobró el sentido de sí mismo. Inspeccionó su cuerpo de un vistazo.

—No, no tengo nada. Estoy bien.

—Entonces no fue lo que cocinaste—Dedujo. —A lo mejor es de otras cosas que comió. Cuando se encierra en su cuarto es para comer dulces y cosas así.

—¡Sí, estuvo encerrado toda la tarde!

—¿No están los tíos Masaru y Mitsuki?

—No, salieron de viaje esta mañana. No tengo el número de Kacchan así que no puedo pedirle ayuda. Estoy solo.

—Mira, Midoriya—Habló de repente; Serio y pausado. —Quiero que sigas exactamente lo que te voy a decir sin protestar, ¿De acuerdo?

—Sí.

El corazón le latía fuerte contra el pecho.

—Tapa bien a Kota—Indicó. —Cámbiale el trapo mojado cada quince minutos. Y por último llama a una ambulancia. Mientras tanto, iré por Bakugo.

—¿Pero el restaurante?

—No tenemos muchos clientes. No hay problema si me voy un rato. Esto es importante. Necesitas a un familiar contigo en caso de que existe la posibilidad de que operen a Kota.

—¡¿Operar?!

—No te alarmes. Es una posibilidad, ¿De acuerdo? Piensa positivo. Haz lo que te dije. Llámame cuando estes en el hospital. Te traeré a Bakugo.

—Gracias—Chilló aliviado.

—Te quiero. Adiós.

Izuku tecleó el número de emergencia y pidió una ambulancia lo más pronto posible, a lo que dijeron que estaría en quince minutos. Kota estaba sufriendo. Quince minutos es demasiado.

Tomó a Kota entre sus brazos, arropado en la cobija que cubría el sofá de la sala. Salió a la cochera donde guardaban las bicicletas y herramientas. Agarró la bicicleta de Kota, —pues la de Katsuki no estaba— y pedaleó lo más rápido que sus piernas dobladas y el esguince de tobillo le permitían.

—No te preocupes, Kota. Estarás bien—Aseguraba. —Vamos, más rápido. Apúrate Izuku— Se decía en voz alta, sintiendo los temblores provenientes del menor. No lo dejaría pasar por tanto dolor de esa manera. Estaba muy chico para pasar por esos problemas de salud, consideraba. —Alcanzaremos a llegar al hospital justo a tiempo.

—T-tonto…haces esto para quedar bien con mi hermano.

—Claro que no. Hago esto porque me preocupo por ti. Tu salud es importante para mi. Somos familia.

—Mentiroso.

—Somos familia— Repitió entre bocanadas. Empujaba su cuerpo más allá del límite con tal de llegar. —Nunca te he considerado un obstáculo más de la familia Bakugo o una ventaja para estar cerca de Kacchan. Si quiero conquistar a tu hermano lo haré en base a mis propias habilidades.¡Mira! Hemos llegado al hospital.

Bajó de la bicicleta, sosteniendo a Kota en brazos, quien sudaba más profusamente que en la casa. Lo llevó a urgencias donde lo atendieron enseguida, dejándolo a él en la sala de espera con el pelo enmarañado, las piernas cansadas, el esguince del tobillo punzando, las ojeras más evidentes. La preocupación bañando su rostro sonrosado.

Faltaba que Kirishima encontrara a Katsuki.


—Es apendicitis—Dijo el doctor, serio.

—¿Apendicitis?—Se sorprendió. —Pensaba que era del estómago o alguna indigestión. ¿Cómo es posible que no me di cuenta? Los tíos no me dijeron nada. Kota nunca tuvo problema con sus comidas en lo que llevo viviendo ahí—Murmuraba.

—Joven— Interrumpió el doctor. —Esto es serio. Necesitamos operarlo urgente. ¿Hay algún familiar?

Negó. —Su familia está en un viaje en Kobe y su hermano no sé dónde está. No tengo cómo contactarlo.

El doctor sopesó las manos. —Tendremos que esperar hasta que un familiar venga. No podemos operarlo sin el consentimiento de un familiar. Mientras, lo mantendremos estable.

—Está bien—Acordó.

Estando en la sala de espera, Kirishima lo contactó diciéndole que aún no lo encontraba, a lo que Izuku le dijo que buscara en su trabajo, puesto a que posiblemente el rubio estaría ahí, ya que es el último lugar del que no había buscado. Kirishima no conocía el paradero del café, por lo que le dio la dirección en lo que sus nervios no lo hicieran llorar. Temía por el bienestar de Kota. Aunque el niño lo odiara, él estaba abierto a darle afecto, disposición, escucha, consejo. Lo que sea. Lo consideraba parte de su familia.

Al cabo de media hora, Katsuki entró corriendo por la sala de espera con Kirishima por detrás. Lucía preocupado, pese a la frialdad característica de su imponente rostro. Izuku al verlo, se abalanzó a éste, sin tocarlo, no podía hacerlo, ni en esos momentos.

—Necesitan el consentimiento de un familiar para operar a Kota.

—Lo sé—Interrumpió el rubio. —Ya lo firmé. Lo operarán enseguida.

—Gracias al cielo—Exhaló aliviado, sintiendo el peso abandonar sus piernas, su espalda, todo su ser.

—Tu ruidoso trasero podrá descansar.

—¡Midoriya!— Le habló Kirishima.

—Kirishima, gracias. Me alegro que lo pudiste encontrar.

—Ya lo traje así que me iré al restaurante. Al parecer hay muchos clientes a esta hora.

—Claro que sí. Agradezco mucho tu apoyo, no sé cómo recompensar lo que has hecho por nosotros hoy.

—Sabes que haría lo que sea por ti, Midoriya— Sonrió; ambos sonrieron, conectando miradas. Era de esas veces en que sintonizaban con el otro.

—Veré a Kota antes de que lo operen—Irrumpió Katsuki, distorsionando el cómodo silencio.

—Iré contigo—Ofreció Izuku, tras haberse despedido de Kirishima y verlo irse.

—No es necesario.

—Lo es. Me gustaría decirle palabras de aliento en este momento.

—Deku, cállate.

No obstante, ambos terminaron yendo a la sala de urgencia donde Kota se encontraba acostado y de un mejor semblante que el de antes de llegar. Ya no sudaba tanto, más que una fina capa de sudor habitaba en su frente.

Katsuki acarició la cabeza de su hermano menor, asegurándole que la operación sería sencilla y rápida, por lo que no tenía que preocuparse por lo demás. Izuku miró la escena con cierta perplejidad, debido a que no sabía que Katsuki podía ofrecer palabras de aliento y hacer una expresión suave en la dureza de su gesto.

Luego Izuku le dijo que estaría bien porque Katsuki había firmado el papel del consentimiento familiar, a lo que el niño simplemente asintió un tanto parco.

Ambos vieron cómo se llevaron a Kota en la camilla a la sala de operaciones, donde ellos no podían entrar.

Estando en la sala de espera, Katsuki tomó asiento en las sillas. Su postura recta ocultaba el cansancio surcando las esquinas de sus ojos.

—Le hablaré a la tía— Avisó Izuku, que aún no se sentaba. —No saben que Kota está aquí.

El silencio de Katsuki daba a entender que estaba bien que lo hiciera.

Izuku picó el contacto de la tía en el teléfono, cuando Katsuki irrumpió—: No puedes hablar aquí.

—Ah, sí. Iré afuera.

Camino afuera, la tía atendió.

—Izuku, ¿Qué pasa? Estamos en la reunión. ¿Se te ofrece algo?

Izuku le dijo lo ocurrido con Kota sin omitir detalles. Se las barajeó para estarse moviendo de pie en pie mientras hablaba porque el frío le calaba los huesos.

La tía reaccionó, como era de esperarse: apresurada y atropellada.

—No te preocupes, Izuku—Dijo decidida. —Estaremos ahí mañana a primera hora. Ve a casa a descansar. En los hospitales no dejan a los que no son familiares pasar la noche.

—Pero-

—Haz lo que te digo. Ve a casa a descansar.

—De acuerdo— Se oían vientos violentos del otro lado de la línea.

—Nosotros ya estaremos en camino. No te preocupes por lo demás—Y colgó.

—¿Tía?—Llamó; no hubo respuesta. —¿Tía? Tía ¿Me escuchas? ¡Tía!.

Suspiró.

Quizás iban en camino como dijo ella, pero el rato en que él estaría aguardando a una buena nueva parecía eterno.

Una mano tocó su hombro, sobresaltándolo. Se volteó. Era Katsuki, que lo miraba con ojos serenos, el ceño fruncido esfumado.

—K-Kacchan…

—Deku— Sus ojos se encontraron enseguida. Izuku pasó saliva. Eran muchas cosas que aún no comprendía de Katsuki, muchas cosas de los hermanos Bakugo de las cuales no descifraba. La frialdad, las burlas que usaban en su contra, la indiferencia, la distancia. Las personas que conocía no solían alejarlo, mas que acercarlo, o mantenerse a su lado de alguna manera, pero nadie lo alejaba, ni le imponían distancias. No obstante, Katsuki lo miraba irradiando una energía distinta a su usual frialdad. Parecía frágil bajo la tenue luz de la noche traspasando la blancura exultante de su piel. —Gracias.

Esa palabra aterrizó en sus oídos apagando los interruptores de su cabeza. Fue un relámpago atravesando las frases que le recordaban que él no era la mejor opción para éste.

«Él no te quiere»

Lágrimas se formaron en las esquinas de sus orbes, acuosas, permeables. Se abalanzó a abrazarlo.

—Kacchan, Kacchan. Estaba tan asustado—Apretó sus brazos alrededor de su torso. —No sabía qué hacer, cómo actuar, a quién hablarle. Pensaba que iba a pasar lo peor. Yo no sabía qué hacer si algo le pasaba a Kota.

Creyó por una fracción de segundo en que sostenía su cálido cuerpo fuera a ser rechazado, mas se sorprendió cuando Katsuki correspondió su abrazo. Sus brazos estéticos y tonificados lo sostuvieron.

Era otro tipo de cercanía.

Otro tipo de conexión.

Nunca antes se había sentido tan cercano a Katsuki como ahora. La constante lucha de conquistarlo palidecía en comparación a ese abrazo.

Se mantuvo aferrado a Katsuki durante el arduo recorrido de sus lágrimas cayendo a raudales.

La operación de Kota terminó al cabo de unas horas. Afortunadamente salió bien de la operación, a lo que ambos decidieron que cada uno iría a dormir por separado. Sin embargo, Katsuki se había ofrecido en llevarlo a casa, mas Izuku negó tan tentadora oferta, pues llevaría bicicleta consigo y necesitaba estar solo.

Katsuki le miró unos segundos aceptando su respuesta. Tanto silencio acarreaba tantos mensajes en su actitud que aun en esa situación éranse indescifrables.

Y mientras pedaleaba de regreso a casa, pensaba que había sido bueno haberse rehusado pues en esos momentos de soledad, lo hubiera abrazado otra vez, para disgusto de Katsuki.

.

.

.

.

NOTA: Me tardé en subir un nuevo capítulo pero aquí está.

Espero que lo disfruten.