"Período de amor"
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Izuku no creyó que tener un gigantesco tronco de madera entre los polos de sus hombros fuera lo más difícil que ha hecho en el entrenamiento. Sintió el peso del objeto aplastarlo. Los músculos de las piernas que no sabía que tenía se tensaron crispados, ante el peso, ante la presión.
Respiró con fuerza.
El sudor ensopó hasta la última prenda de ropa seca.
Enji lo ha tenido entrenando con diferentes tácticas con el fin de fortalecerlo. Cree. Es claro que se la ha agarrado contra él desde que sabe que es novio de su hijo menor.
No se lo ha contado a nadie los estragos que le impone su entrenador, porque comprende la fiereza en Enji. Comprende el amor que le tiene a su hijo menor aunque no lo demuestre con palabras.
El amor tiene diferentes formas de expresarse, así que no le tiene ningún rencor a Enji por las medidas que tomaba en su contra.
Izuku siempre encontraba la manera de sobrepasar los límites.
Las rodillas cedieron a la presión del tronco amortiguar sus rótulas y cayó. Estaba en la cancha de básquetbol donde solía entrenar con Enji. El sudor escurrió profusamente de su rostro, humedeciendo su espalda sobremanera.
—No es momento para estar descansando— Le dijo Enji. —El descanso lo tendrás después. Anda. ¡Párate!
Izuku a duras penas encontró el equilibrio en su interior y se levantó sintiendo sus piernas deshacerse.
—Enji estás siendo muy duro con el niño— Keigo le dijo a Enji en un claro dejo de fingida preocupación. —Déjalo descansar. Lo he visto toda la mañana haciendo cada cosa que le pides. Además es el novio de tu hijo— A eso, Enji soltó un gruñido desde el fondo de la garganta. —Sé más considerado con él. No querrás que Shouto se moleste contigo.
Enji soltó un rotundo suspiro que hizo que Izuku se estremeciera de miedo. La solemnidad que irradiaba Keigo podía incluso apaciguar la ira inminente de Enji. Eran una extraña fusión de complicidad, aunque Shouto le ha mencionado que pasan tardes enteras juntos o que Keigo se queda en la noche en la casa y los pilla muy cerca lo que ha desatado su curiosidad. Y cuando Shouto es curioso de algo no lo suelta hasta encontrar la verdad. Así fue como se hicieron amigos. Primero Shouto le preguntó si era el hijo perdido de Toshinori, a lo que con un ínfimo espanto, negó aquella teoría, pues Izuku sólo tenía una madre, su padre lo había abandonado a él y a su madre a expensas de las pobres condiciones en que ésta lo tuvo. Segundo, Shouto le dijo que él no vino a pelear con amateurs en el cuadrilátero en que su padre lo hizo participar. Aclaró que él no vino a hacer amigos, lo que Izuku no entendió el por qué le decía aquello.
Tercero, Shouto le contó la historia de cómo fue que él nació y su madre le tiró agua hirviendo a su rostro cuando él aún era un niño y el cómo comenzó a aborrecer a su padre por haber hecho sufrir a su madre, a lo que en ese momento comprendió el sufrimiento descrito en la cara de su contrincante y supo que tenían historias diferentes, y difíciles, de las cuales ni el dinero ni la educación de los padres compensa el sufrir de años acumulados.
Cuarto, y último, Shouto no usaba su poder en su totalidad, limitándose a dar golpes de poder de un solo lado, excluyendo el otro—su lado izquierdo—, lo que hacía que la pelea se diera de una manera injusta, pues Izuku daba todo de sí en ese combate, a lo que lo animó de diversas formas hasta decirle la frase que detonó una explosión catártica en el bicolor.
«Es tu poder, ¿No?»
Después de eso, Shouto lo noqueó con la izquierda. Izuku cayó inconsciente del golpe, asimismo perdiendo el combate por nocaut. Desde entonces, Shouto lo consideró como su primer amigo, y posterior pareja.
—Puedes descansar— Masculló Enji, entre dientes.
Izuku soltó el tronco de madera y se permitió relajarse. Sabía que después de enfriarse le dolería caminar. Entrenar para un título mundial era algo sumamente complicado, que apenas podía procesarlo, y tras procesarlo, apenas lo deglutía con detenimiento, puesto que Enji no estaba para esperar a que su mente entendiera todo lo que pasaba a su alrededor.
Izuku suspiró.
El mar de cosas que le acontecen a partir de que su entrenador abra la boca determinarán si fue una decisión correcta haber puesto en segunda instancia sus estudios.
—¿Título mundial?— Los ojos verdes desbocados de su madre lo escudriñaban e busca de señales de una mentira, sin encontrar nada. —Izuku, ¿Estás seguro?
Izuku asintió.
Estaba completamente seguro de que tener ese título lo ayudaría a ser el mejor boxeador de peso mosca que puede haber. Es lo que siempre ha querido.
Se lo confesó a su madre, luego de que fue a comer a su restaurante y se topó con ella, quien había notado que su cuerpo estaba envuelto de moretones y raspones y unas marcas prominentes de cansancio habitando en su rostro.
—Izuku…— Murmuró preocupada.
Era la reacción que esperaba.
—Lo haré bien, mamá—Aseguró optimista.
—No te creo, hijo.
—¡Mamá!— Izuku apretó los dientes. Este era su sueño desde que era un niño. No se permitiría fallar.—Lo haré bien—Reafirmó condensando su tono. —Es lo que he querido desde hace años. No puedo rendirme por que no estés de acuerdo. Es mi decisión.
Su madre esbozó una mueca mortificada. Parecía que fuera a llorar.
—Sé que ser un boxeador profesional ha sido tu sueño desde que eras pequeño—Dijo.—Pero cuando empezaste a entrenar con tu ídolo llegabas a casa con moretones que duraban días, ¡Apenas podías caminar! Le hice prometerme que te cuidaría, no que te mandara a entrenar con otro equipo y que aceptaras una pelea fuera del país.
—Lo quiero hacer porque es lo que quiero— Protestó. —Y quiero que me apoyes en esto. Es importante. Realmente importante para mi…
Los ojos de su madre se aguaron, puesto a que Izuku—literalmente—suplicó por la aceptación y el apoyo que quiere para dar un paso más en su meta.
—Izuku no puedo apoyar la noción de que mi hijo salga lastimado… y que otras personas lo vean— Lloriqueó. Izuku pudo sentir cómo el quiebre hacía vacilar su voz en un ondulado oleaje que rasga con las penumbras de sus miedos. —¿Entiendes mi temor? No quiero que sufras, Izuku. Has luchado tanto por tener esta oportunidad, ¿Qué me puede asegurar que no te lastimarán en el proceso?
Izuku bajó la cabeza, clavando su mirada en las líneas finas y sesgadas de sus palmas. Los pálidos recovecos de leves colores sonrosados contrastaban con la blancura radiante de su piel.
—No te puedo asegurar que no saldré ileso de esta pelea— Empezó. No había vacilación en su entonación. —Pero te puedo asegurar que me quedaré con el título. Lo obtendré a toda costa, pese lo que me pese—Formó un puño con su mano y lo paseó por los bordes de la barra hacia adelante, mostrando una energía imperante, resaltando su rostro infantil. Sentía la sorprendida mirada de su madre. —Yo quiero la victoria, el triunfo. Quiero ser el mejor. No me importa lo que pase.
—¿Aunque te rompan la nariz, aunque te dejen los ojos morados, aunque exista la posibilidad de noquearte, aunque te lastimen tanto que…— Su voz quebró. El aire se tornó denso.—No puedes usar una parte de tu cuerpo?Dime, Izuku. ¿Estás dispuesto a todo eso?
—Estoy dispuesto— Contestó de inmediato.
Su madre rechinó los dientes como si quisiera contener un lloriqueo.
Izuku entendía la preocupación de su madre, pero ni eso lo detendría a alcanzar su meta.
La vio empuñar las manos, temblando.
Izuku observa taciturno el semblante de su madre apagarse y eso lo mortifica, puesto a que teme lo peor.
—Está bien, Izuku—Soltó un largo y tendido suspiro, bajando el peso de sus hombros. —Es tu decisión y tendré que aceptarlo. Eres mayor de edad. Debo dejarte hacer las cosas que tú quieres hacer, por más que aborrezca que mi hijo salga lastimado.
—Mamá…
—¡No puedo evitarlo…!—Emitió un sollozo. —He aprendido a verte pelear. A verte entrenar tanto, a verte despertarte en la madrugada para ir a correr, a verte con gasas en la cara porque sufriste un raspón en un sparring—La ve respirar, tratando de calmarse. Son tantas emociones que ve brotar de ella y que no encuentran manera de salir. Izuku toma su mano y la aprieta. Sus ojos verdes le infunden una seguridad incierta, pues desconoce cómo saldrá de la contienda. Lo único que puede prometer es que dará todo de él sin dejar rastro de que hubo un instante en que se contuvo.
Su madre lo observa mostrando una chispa de reconocimiento de su mirada y sus ojos se humedecen más. Aprieta su mano.
—Gana— Musitó ella.
—¿Qué?
¿Escuchó bien?
—Gana—Repitió.
Lágrimas estallaron en los ojos de Izuku y el universo entero de su ser se inundó en un diluvio de felicidad.
Izuku asintió.
—¡Sí!
Una tormenta se gestó en la barra sin inmutarse de las miradas ajenas de los clientes. Les tomó unos minutos para calmarse, asimismo poniendo las cartas sobre la mesa acerca de la contienda.
—Y hablando de eso. ¿Dónde será la pelea?
—En Macao.
—¿Macao?— Exclamó sorprendida. —¿Esa no es una ciudad con casinos lujosos?
—Sí. Será en un casino de Macao—Informó. —En el Venetian. Endeavor se encargó de hacer los planes para que el equipo diera el visto bueno a que fuera allí. Es una gran oportunidad de tomar.
—Vuélvete más fuerte, Izuku. Sólo así podrás alcanzar la gloria que quieres.
Aún con el rostro bañado en lágrimas, Izuku asintió.
No podía decepcionarse a sí mismo, y sobretodo a su madre.
Es una carga que no se podía permitir cargar.
Las partículas de sosiego se acumularon en el ambiente sintiendo el cosquilleo que provocaba en la punta de su estómago hasta el centro del mismo en el instante en que sus ojos encontraron los de Katsuki en esa biblioteca tan enorme.
Había ido con la finalidad de instruirse en cómo hacer músculo en corto tiempo sin perder de peso. Leía la fisiología de la recuperación muscular, cuando lo atisbó en su rango de visión.
Fue una cruel sinfonía.
El carmín se impregnaba en el sitio que llevaba guardándole desde que lo vió en la ceremonia de apertura del primer año. Es el sitio que le ha pertenecido desde que se sumió a la embestida que causan sus ojos, el rojo entremezclarse con el ambiente, o con su propia alma encantada con el fulgor de su cause.
Verlo era como el poema que nunca ha logrado escribir en papel.
Y sin pensárselo mucho, se acercó a su mesa, aprovechando que estaba solo.
—Kacchan— Lo saludó, Izuku.
Katsuki gruñió. Los libros de medicina se encontraban esparcidos en el pequeño rincón que ocupaba.
—¿Cómo van tus estudios de medicina? Veo que tienes muchos libros.
—¿Tienes mucho tiempo libre?— Al silencio de Izuku, que no comprendió su intención. Agregó—, ¿Acaso tu noviecito te abandonó?
Izuku hizo una mueca herida.
—Nada de eso, Kacchan— Izuku movió la mano en negación. —Vengo porque quiero estar contigo—Sonrió, tomando asiento a su lado. Katsuki alejó unos centímetros su silla.
—Ni te acerques, imbécil—Cerró el libro que leía, que decía "Fisiología de los músculos"
—¡Wa!— Exclamó fascinado. —Yo hace tiempo leí ese. Muy bueno. Te enseña mucho acerca de cómo los músculos se regeneran, de qué están compuestos, cómo se llaman, incluso vienen estiramientos para cada músculo. El del dorsal ancho es de mis favoritos cuando entreno espalda y abdomen.
—Cállate y muérete—Siseó.
—Si quieres saber de músculos—Prosiguió.—Te recomiendo el de fortalecimiento muscular. Vienen lecciones más desmenuzadas que en ese libro. Pero ese es bueno para empezar. ¿Sabes qué rama de la medicina quieres estudiar? A lo que sé tienen muchas: cardiología, neurología, oftalmología, anestesiólogo, endocrinología, geriatría, medicina del deporte, forense.
—¡Joder, cállate!—Una vena resaltaba en su sien y supo que lo había cabreado innecesariamente por su emoción. Todos sus acercamientos a Katsuki resultaban infructuosos. —Aún no sé. Apenas estoy empezando, idiota.
—La rama que tu escojas—Dijo reconfortante. —Sé que escogerás la que mejor se adapte a ti. En cualquier cosa que hagas, lo harás bien. Siempre lo haces.
—Sólo vienes a molestar—Gruñó, a su vez que abría el libro donde se había quedado. —Se nota que no tienes nada que hacer—Sonó más cruel de lo que sus palabras parecían.
Izuku sintió la perpetuidad de su indiferencia inmiscuirse bajo su piel. Era deslumbrante como lo es hiriente. Sin embargo, eso no disminuía que quisiera prolongar los segundos a su lado.
—Bueno—Rió Izuku, nervioso. —Tengo tiempo libre ahorita. Pero, prefiero pasarlo contigo. Saber cómo estás.
—Eso no te incumbe.
—¿Cómo has estado en tu vida solitaria? Tus padres te extrañan. La tía Mitsuki, sobre todo, aunque ella sea de carácter fuerte es la que más te extraña. Deberías hacerle una visita— Esta vez, Katsuki lo miró. Su gesto se suavizó un poco. —¡No lo digo por mi! Lo digo por que tus padres te quieren mucho y creo conveniente que les hagas saber cómo has estado. Si quieres puedes venir cuando yo no esté en casa.
—¿Estás tratando de caer bien, bastardo?
—¡Claro que no!—Negó repetidamente. —Me preocupas. Y los tíos también. Ustedes son parte de mi familia. Son importantes todos—Estaba seguro que para esos instantes estaba rojo de la cara. —En especial tu, aunque no hayamos hablado tanto y no te he frecuentado como al principio no me he olvidado de ti. Aún me gustas…—Las notas de su voz se apagaron sumidas a la intensidad que embriagó esa última frase. La necesidad, el anhelo se enfrascó invadiendo el recorrido que ejerció su tono.
Katsuki seguía sin hablar. Lo miraba sin abrir siquiera la boca.
La vergüenza se cernió sobre él; y, con ello, perpetuó a que tomara sus cosas y saliera corriendo de ahí.
No podía creer que acaba de abrir la boca y soltar así como así sus sentimientos. Se exhibió como el pobre tonto enamorado que era. No. El pobre tonto enamorado que aún era. Sentía el rostro arder, la quemazón de sus orejas le dejaban un amargo desazón que penetraba con su eventual desasosiego.
Corrió escapando de su estupidez, escapando de la verdad que sabe que aquellos que lo conocen la saben de igual manera, escapando del ímpetu que suponía ser sincero, escapando de los violentos deseos de regresarse y sujetarse de Katsuki.
«No pienses más, no pienses más»
Se sentía como el enamorado que daba todo y no podía avanzar.
«¡Izuku, basta!»
Se detuvo agitado. Cuando volteó y no vio rastros de la universidad detrás suyo, le vino el alivio. La cabeza le iba a estallar, el alma, el corazón, la motivación. Izuku llevó una mano al pecho.
Encorvó la espalda, respirando por la boca.
«Kacchan…»
Suplicó con cada fibra de su ser.
«Aún te quiero»
—Estás muy pensativo, Midoriya— La endeble solemnidad de la voz de Shouto lo sacó de sus cavilaciones. Izuku alzó la vista. Los ojos bicromáticos de su pareja lo veían con expectativa.
¿De qué estaban hablando?
Ni siquiera recordaba por qué estaban sentados en la banca—su sitio habitual— contemplando el ruido del viento crujir en las ramas de los árboles.
—Lo siento—Musitó Izuku, estrellando la mirada a sus juguetones dedos. —No estaba prestando atención.
—Te estaba diciendo que si querías… podíamos ir a visitar a mi madre. Ha estado preguntando por qué no te he traído a su casa.
Izuku no dijo nada. Dejó enfrascado en sí mismo el silencio de lo que no se animaba a decirle. Del fracaso que ha sentido al admitirse que aún tenía sentimientos por Katsuki. Y quizás eso no vaya a cambiar. —En ese caso, le diré que no irás.
—Eso no fue lo que quise decir.
Entonces, Shouto le dedicó una mirada que decía un sinfín de cosas que no dejaban pie a que surcaran preguntas.
—Midoriya, entiendo que Bakugo ha sido tu primer amor desde que lo conociste y por eso es que dudas. Dudas mucho. No quiero pasar por eso por más tiempo.
De pronto se paró e Izuku lo imitó alarmado.
—¿Qué dices?— Susurró.
—Lo que quiero decir es que hay dejarlo hasta aquí.
El dolor surcó el rostro del bicolor.
—¿Qué?
—Lo ocurrido en mi habitación fue suficiente para que me diera cuenta que es mejor que seas sincero con tus sentimientos.
—Pero, lo que pasó entre nosotros esa noche—Se cortó en medio de la frase. Ni siquiera él recordaba qué había pasado entre ellos esa noche. Se quedó enmudecido ante la frialdad de Shouto.
A decir verdad, no habían tocado ese tema desde hace días que ocurrió aquello.
—Ha sido lo mejor que ha pasado entre nosotros— Esbozó Shouto, con tristeza. —Pero me hizo entender que tu no me quieres como quieres a Bakugo. Esa es la verdad. Y estoy cansado de que intentes quererme del mismo modo cuando es imposible.
—Shouto-
—Mi terapeuta le llama ciclos sin cerrar—Interrumpió. —Así que le haré caso a mi terapeuta y te doy el consejo para que yo pueda cerrar este ciclo, porque no quiero vivir con ciclos inconclusos. No es bueno para mi salud mental.
—Shouto…
Izuku entristeció.
—Lo nuestro…—Se pausó Shouto, mirándolo directamente a las pupilas. —Termina aquí, Midoriya.
Izuku sentía la distancia de éste asentarse y percibió el traspié que lo anclaba a la gravedad. Era cierto que las cosas habían cambiado entre ellos, igual que el aroma de los mismos. No eran los adolescentes que pelearon a los quince, ni lo serán nunca más.
Izuku creyó que esto le dolería más que un millón de toneladas, pero en su dolor, se sintió aliviado de oírlo, de saber lo que pensaba y de hacer lo que le pedía. Era hora de aceptarlo. De aceptar que al que quería con cada fibra de su ser era a otro, no a él.
—Entiendo— Suspiró Izuku, soltando la tensión de sus hombros que no sabía que llevaba cargando.
Shouto se avecinó a tomar sus manos entre las suyas. Las sujetó imperioso, en un singular momento en que el alivio consumió a Izuku.
—Eso no hará que dejemos de entrenar juntos, o que sigamos siendo amigos. Quiero seguir siendo tu amigo.
—Y yo el tuyo—Correspondió Izuku.
Shouto esbozó una sonrisa inocente. Era la más hermosa que había visto.
—Ahora, ve por Bakugo— Shouto sacudió la cabeza, en un asentimiento vigoroso. —Esta vez podrás hacerlo.
Izuku estaba un tanto incierto a que si lo que decía era equivalente a la verdad o sólo un espejismo de que intentara conquistar a Katsuki con buenos resultados de por medio. No obstante, asintió aceptando el rompimiento de su relación.
Ahora estaba libre.
El pesado tronco lo regresaba al suelo con cada minúsculo paso que daba. La lentitud de los segundos se volvía eterna. La pátina de sudor acompañaba su duro entrenamiento.
Toshinori le había dicho que entrenara con Enji sin siquiera consultar con él los tortuosos métodos de su trabajo como entrenador. Si bien, Izuku no cuestionaba que la sabiduría de su entrenador era una cuestión encomiable sobre su autoridad respecto a su crecimiento como el joven boxeador que era.
Cargar troncos no era lo más fácil que hay en el millar de cosas que podía usar para entrenar su cuerpo. El alma le pesaba menos, pues ya no cargaba con una relación de la cual no sentía una entrega total de su parte, más que una proporción menos impactante de la que tiene el rubio.
—Estás pensando en estupideces, de nuevo— Recriminó Enji, exhibiéndolo. —Te dejaré otra ronda de cargar troncos por la noche y no te irás hasta que camines al otro lado del bosque.
Temiendo por semejantes consecuencias, Izuku discurrió en que debería dejar que sus pensamientos dieran rienda suelta cuando estuviera a solas, no en medio de un entrenamiento. Se decía mil veces que era una pésima idea pensar cuando tiene la fría mirada de Enji sobre él; en especial, si estaba Keigo para coquetear con éste, lo que alimentaba las ganas de lucirse frente a él. De enseñar su grandeza y su autoridad.
—Vamos, Endeavor-san— Lo solapaba Keigo. Izuku suponía que con los dotes de flirteo de Keigo estaría poniendo un brazo alrededor de los fornidos hombros del boxeador número uno en los pesos pesados. —No hagas sufrir tanto al chico. Es el novio-
—Ya no lo es— Aclaró. —Shouto lo dejó.
—Oh, vaya—Jadeó sorprendido. —Qué caso tan lamentable—Exhaló. —Pero eso no te da motivo para desquitarte con él.
—Es motivo suficiente para hacerlo ganar ese cinturón—Argumentó.
—No puedo oponerme ante esa lógica, Endeavor-san— Aseveró.
Izuku optaba por callar esas voces del exterior, mientras se arrastraba—literal— con el gigantesco tronco de 60kilos por la cancha. No lograba prescindir de ello.
La inexperiencia de ver a dos enamorados, si es que se podían considerar como tal, lo hacían sentirse más solo de lo que ya estaba, porque estaba solo antes de Shouto, y lo estaba después de él. Izuku ha estado acostumbrado a estar solo por años, no le extrañaba que se sentía tan standard en su universo multicolor.
Los páramos verdosos de sus rizos se fragmentaban por el sudor de sus cabellos, humedeciendo su piel en un ferviente cristal romperse.
Unos muchachos comenzaron a jugar básquetbol en la parte donde él recién había empezado. Izuku no podía escindir de que eso no lo sobresaltaba, porque perjudicaban su concentración. El sonido de los tenis hacer fricción con el suelo lo distraían de lo que pudo haber sido un momento de dejarse guiar por su mente. Sin embargo le daba más importancia a la pelota entrar en la canasta que a sostener el tronco y por un instante casi se resbalaba.
E Izuku quería enterrar su cabeza en un hoyo porque no lograba concentrarse. No lo lograba. El sudor se evaporaba en la viva quemazón de su piel, formando partículas de humo condensado de sus poros. Era inaudito que se permitiera arrollar por el flujo de sus emociones.
Era inaudito, sí, pero sólo tenía dieciocho años. Aún estaba en la cúspide de la juventud. No se podía culpar por seguir pensando y reaccionando como un adolescente. Era ingenuo. O mejor dicho, era un cangrejo que vagaba por la vida en deleite de que otros lo llevaran por la corriente.
Era corto el recorrido que le faltaba para llegar a la otra esquina de la cancha para después regresarse y que el ciclo continuara otras cuantas veces.
Sin embargo, no contó con que en el regreso, la pelota que se suponía debió entrar en la canasta, golpeó con el anillo y se desvió cayendo justo en su rostro. Y el tronco estaba a punto de caérsele con todo el resto de su cuerpo. Izuku tensó los músculos de las pantorrillas a niveles inimaginables y su alma se rebobinó a una frecuencia de estrés rayando en la calma.
Los chicos se disculparon con él, a lo que él sonrió estúpidamente y les dijo que estaba bien, que no era nada.
«¿Seguro?» Le preguntaron dudosos.
¿Cómo lo habrán visto para dudar de su usual «No es nada» cuando aclaró que realmente no era nada?
Izuku frunció las cejas formando un arco de confusión.
«Sí, seguro. Todo está bien» Aseguró optimista.
«Bueno…» Le dijo uno y los chicos se marcharon a jugar.
Quizá si estaba demasiado desconcentrado y con ello, su semblante no se veía tan optimista como buscó verse.
Izuku llegó esa tarde a su casa con las pantorrillas ardiendo como si estuvieran bajo fuego. Mitsuki lo saludó con cierto nerviosismo. Extrañado con su comportamiento, la observó escéptico.
—Está Katsuki— Informó. Izuku abrió los ojos. —Vino a visitarnos. Masaru se lo llevó a platicar en su estudio.
—Oh…—
Ese era el motivo de su nerviosismo, dado que en su tiempo viviendo con ellos, Masaru y Katsuki no habían hablado a solas. Sería algo demasiado importante para que Mitsuki estuviera en ese estado.
—Al parecer es algo de la empresa de Masaru—La tía pasó una mano en su mejilla en gesto consternado. —No le ha ido muy bien estos meses y teme que la empresa termine en bancarrota.
—¿Qué?
Izuku no tenía idea que los tíos pasaban por algo tan grande como eso, pues siempre que los veía, los miraba optimistas y no observaba que dentro de esa buena relación había sismos. Sismos que sacuden con la paz matrimonial.
—¿Necesitas que te ayude con algo?— Ofreció Izuku.
—Lleva botanas al estudio. Tengo té. Lleva eso primero—La tía le dio la bandeja de té con un tazón de leche para el té y otro de azúcar para endulzar la bebida. Las bonitas tazas verdes son de sus colecciones favoritas de objetos de vidrio de la casa.
Izuku subió a donde estaba el estudio de Masaru y tocó la puerta discretamente. Masaru le dio indicación de pasar, notando inmediatamente la tensión en su voz. Se le hizo raro escucharlo así, ya que solía verlo sonreír frecuentemente. Se recordó que aunque considere a los Bakugo parte de su familia, no llevaba tanto tiempo conociéndolos. Aún le faltaban años para saber cómo eran a fondo, pese a sus grandes dotes de observador.
Entrí al estudio. Un lugar prohibido para los demás que no eran Masaru de ingresar, vio la mata de pelo rubia de Katsuki y no evitó sonreír complacido. No obstante, la sonrisa se le borró al instante en que alzó la mirada y vio la frialdad abarcando las esquinas de los ojos del tío.
—Vine a traerles té— Comentó Izuku.
—Sí, déjalo aquí— Indicó con la mano en un gesto desinteresado.
Eso no redujo la preocupación que sintió Izuku al pillar la incomodidad en Katsuki.
Depositó la bandeja. Sin poderse detener inclinó su cabeza a la oreja de Katsuki, quien se crispó. Oyó el sonido de sus dientes crujir.
—Suerte— Susurró Izuku, suavemente.
—No la necesito— Le respondió Katsuki.
Izuku le sonrió dócil, y se retiró con una breve inclinación de cabeza. Al cerrar la puerta se encontró con Mitsuki y Kota aguardándolo con ansias.
—¿De qué hablaban?
—¿Hablar de qué? Se callaron en cuanto entré.
—Ugh, eres un inútil—Ese fue Kota.
Izuku le dirigió una cara de «no fue mi intención» que cayo como granada en la expresión inexpresiva del niño.
Mitsuki le dio un zape al niño en la cabeza. Kota gruñó desdeñoso.
—Trataremos de escucharlos por aquí—Mitsuki plantó su oreja en la puerta ante la dudosa mirada de Izuku.
—¿Que no espiar es malo?—Preguntó Izuku.
—Qué importa eso, idiota.
—Cuidado con ese tono, Kota.
—El baboso no entiende nada—Objetó Kota.
—El "baboso" que dices, está enamorado de tu hermano. Y será su futuro marido. Respeta a tu cuñado más.
A eso Izuku ruborizó.
—Él no será mi cuñado.
—Te aseguro que sí será. De mi te acuerdas cuando sea la boda.
Mitsuki frotó sus manos como si formara un plan. Sin embargo, regresó a espiar la supuesta conversación que ocurría del otro lado.
Izuku permaneció con ellos, a la espera de encontrarse con Katsuki y así poder hablar con él. Había muchas cosas de las que pudieran hablar: temas y temas por discutir. La emoción lo invadía sobremanera y caminaba a la par que observaba de reojo a Mitsuki pegada al marco de la puerta con Kota tras ella.
Al menos tenían una buena convivencia. Se alegraba por ello. Aunque ese no era el momento de alegrarse por otras cuestiones. Katsuki estaba platicando con su padre en una discusión aparentemente importante, por lo cual, debía respetar lo que pasaba.
—Carajo, no escucho nada— Se quejó Mitsuki, haciendo un puño con la mano.
Y como si su queja hubiera sido escuchada por los dioses, se oyó un grito del otro lado de la puerta.
—¿Quién te crees que eres para decirme esas estupideces?
—Katsuki…—Articuló Masaru con pesar.
—Cómo detesto que sean tan jodidamente entrometidos ustedes. ¡No me voy a casar con Deku! ¡Ni siquiera es legal aquí! La vieja tiene la culpa por abrir la bocota.
Entonces, Mitsuki arrasó con la puerta, ingresando al estudio dejando a Kota e Izuku azorados por la rapidez de la tía y por el impulso casi instintivo para irrumpir en la platica.
—Si me metí es porque pensé que era lo mejor para ti— Defendió Mitsuki.
—Pues no lo es, vieja.
—¡No me llames así!
—¡Y tu no te metas en mi vida!
—¡Sabes por qué lo hago!
—Chicos, cálmense— Persuadió Masaru.
Izuku asomó la cabeza en el marco de la puerta, llevándose una vista encomiable de cómo Katsuki estaba barnizado por el rojo carmesí en cada una de sus mejillas. Jamás lo había visto tan encendido por algo. Sintió pesar por no poderlo ayudar, pero consideraba que era la pelea de Katsuki. Estaba en el ring peleando por defender su idea e Izuku no se metería en eso, pues Katsuki sabía lo que quería.
—¡Con un carajo!— Gritó Katsuki, rabiando. —¡No me voy a calmar!—Inhaló. —¡Estoy harto de que decidas por mi, que te metas en mi vida amorosa, que digas lo que debo o no de hacer, que hayas elegido a un inútil para mi como pareja!
—Izuku no es ningún inútil— Objetó ella, cabreada. —Izuku es un buen chico. Lo elegí porque sé que te hará bien tenerlo en tu vida.
—¡No me hace ningún bien tenerlo en mi vida! ¡Es un maldito inútil que lo único que sabe hacer es golpear costales!
Sintió a Kota mirarlo de reojo, inquieto. Regresando su mirada a su hermano mayor, sin decir una palabra. Izuku no reparó en prestarle atención a lo herido que estaba por el desdén que expresaba Katsuki de él.
—¡No insultes a Izuku!
—Ese no es el punto, maldita. Jamás debiste de haber metido a ese estúpido en mi vida. ¡Lo odio, lo odio!—Sus puños temblaban a la par con su cuerpo. —¡Es lo peor que has hecho por mi "bien"! ¡No te vueltas a meter en mi vida!—La frase se vio detenida cuando la mano de Mitsuki se estrelló en la mejilla de Katsuki, callándolo. Éste se miraba azorado. El rojo había abandonado su rostro, quedando el color del papel en sus mejillas y una mano marcada en la izquierda.
Izuku sintió su corazón descender a su estómago pesadamente. Kota apretaba las manos en la manija de la puerta, asustado. Masaru abrió tanto los ojos que se salían de sus cuencas.
Un silencio atoró el ocaso del intercambio.
Las respiraciones oscilantes emergiendo del pecho de Katsuki refulgían bajo la luz del estudio. Izuku veía la tensión quebrarse en el ambiente del aula y temía por que este intercambio arruinara la relación de la familia a la que tanto estimaba.
Kirishima le había dicho que era común que Mitsuki y Katsuki discutieran por nimiedades, sin embargo no hizo mención de terminar en una posible cachetada en el rostro del rubio, que para esos instantes apretó los dientes tanto que los oía crujir.
Mitsuki se llevó ambas manos a la boca, consciente de lo que acababa hacer.
—Katsuki…—Un pálido quebranto afiebraba su voz. —Perdón.
De pronto, Katsuki se dio la vuelta y salió a gran velocidad del estudio, sin regresarse a los llamados de sus padres preocupados. En un segundo, en que sus ojos se encontraron entendió todo lo que Katsuki no decía. Por las razones que sean, eran cosas, sentimientos, emociones, silenciosos gritos, lo que sea. Izuku entendía eso. Y es por eso que corrió tras él usando de excusa la chaqueta de cuero que dejó en la entrada.
Izuku no tardó en alcanzarlo. Katsuki estaba con la espalda tan encorvada que parecía bastante agotado. ¿Agotado de cargar con lo que no dice?¿Agotado de la vida?¿Agotado de sí mismo? O¿Agotado de él, inclusive?
Su estómago se comprimió ante esa (acertada) posibilidad. Sin embargo, eso no lo detuvo de situarse a lado de Katsuki y extenderle la chaqueta con una diminuta sonrisa sincera. Katsuki se la arrebató con un gruñido.
—No tienes por qué haberla traído. La puedo recoger otro día. Si es que quiero regresar a esa estúpida casa—Afloró un tinte de desdén.
Izuku reflexionó si debería de decirle un «hola» y después de eso un «¿Cómo estás?» Y si las cosas marchaban bien, diría algo como «Si no te molesta, me gustaría acompañarte. Ser tu amigo, tu compañero, tu confidente, tu escucha. Pídemelo y lo haré con gusto porque soy el enamorado que da todo por ti. Déjame ser ese hombre, Katsuki. Déjame ser el indicado que puede escucharte cuando sufres, cuando ríes, cuando no tienes razones para decirme las cosas, cuando te quejas de que la comida no tiene suficiente picante, cuando quieres encerrarte en el silencio del estudio, cuando usas mucha fuerza en el tenis y aciertas en la raya de la cancha y la raqueta casi se rompe, pero jamás lo hace porque viene de tu agarre. Quiero estar en todo, Kacchan. Lo quiero tanto que duele»
—No tienes que regresar si no quieres— Dijo Izuku.
—Tendré que hacerlo si no quiero quedarme sin mis tomos.
—¿Tomos?— Había una nota de confusión en Izuku.
¿De cuáles tomos puede estar hablando?
—Tomos de manga—Espetó Katsuki.
—¿Lees manga?—Interrogó sorprendido.
Jamás había pensado en que Katsuki leyera otra cosa que no fueran libros de temas científicos o de ingeniería.
—Sí, Shoujos— Continuó, sin dedicarle una mirada. Apretó la chaqueta con su brazo derecho contra su costado. —Mangas de chicas, para que entiendas. La vieja bruja me los compró cuando me obligó a vestirme como una chica.
—Oh…¿Y te gustan?
—¿Leerlos? Claro que sí, sino porqué carajos tendría la colección completa de Ao Haru Ride.
Izuku lo miró sin entender a qué se refería con eso, mas no lo cuestionó porque se trataba de Katsuki. Bueno, Izuku no cuestionaría a sus amigos por tener esos gustos. A él no le decían nada por admirar a Toshinori en su época dorada y tener la colección entera de sus peleas en VHS sabiendo que los puede encontrar en YouTube.
—Esto…—Katsuki se detuvo.—No se lo digas a nadie.
—¿Por qué haría eso? Si eres tú—Aseguró Izuku. —Las cosas que nadie sabe de ti, Kacchan. Las guardo en mi memoria.
—Asqueroso—Bufó. —Nerd pervertido.
—No soy así—Hizo un mohín. —Sólo te quiero mucho. Es todo.
—¿No estás en una relación con el mitad y mitad?—Recordó.
—No.
—¿Hah?
—No estamos juntos. Shouto rompió conmigo hace días.
—¿Qué? No sabía…— Su voz aventuró por el derredor como un ave perdiendo vuelo y después recuperarse.
—Sólo lo sabe Enji y Keigo. Aún no le hago saber a mis amigos o a mamá que no estamos juntos. Considero que es un tema delicado hablarlo con ella.
—¿Por qué?—Katsuki lo miró curioso.
El estómago le revoloteó.
—Porque sabe que el que me gusta realmente no es Shouto, sino tu. Y ella me lo recordaría siempre. Es una excusa tonta, pero sé que si le cuento mis deslices tendrá una manera de recordármelo. Como esas veces en que se me rompían los guantes de box y me decía que no golpeara tan fuerte mientras los cosía con una aguja demasiado grande para caber en la tela—Rió por reflejo. —O aquella vez en que debuté como profesional y a causa del sudor tirado en la lona, me resbalé y rompí las cuerdas de los botines por pisar mal. Llegando a casa me dijo que si seguía tropezándome no podría ser el mejor.
—Tiene razón en decirte eso— Apuntó con cierta gracia habitando en sus facciones. Izuku sonrió. Al menos Katsuki ya no se veía tan tenso como momentos antes. —Eres tan malditamente torpe, idiota.
—Eso no se quita ni con una cuerda puesta en los tobillos. All Might hizo eso conmigo cuando recién empezamos. No podía golpear el costal si no tenía una cuerda restringiendo mis movimientos y lo hacía para que tuviera mejor control de cómo golpeaba, porque cada vez que golpeaba las combinaciones en las manoplas me tropezaba.
—Estúpido— Bufó Katsuki. Una sonrisa animal brotó de sus labios.
—¿Te duele?
—¿Qué cosa?
—El golpe.
Izuku frenó sus pasos y se posicionó frente a Katsuki, quien lo mira con cierto sobresalto. Con un respiro, Izuku subió la mano a tocar su mejilla marcada por la mano de Mitsuki. Katsuki se tensó cuando su piel hizo contacto con su mejilla. Supuso que se debía al dolor.
—No me toques— Empujó la mano de Izuku con la suya y continuó su trayecto.
—Si te sigue doliendo, aplica hielo. Funciona.
—Eso ya lo sé. Deja de meterte en mi vida.
—¿Estás bien?
Hizo esa pregunta tentando con la escena vivida de la discusión y de la cachetada. Lo expresó en su tono, en su intención.
Katsuki se detuvo y lo vio por el rabillo del ojo. Otra sonrisa animal salió de él.
—Con quién crees que hablas.
—Me alegra—Suspiró Izuku, aliviado.
Katsuki se le quedó mirando, sin decirle nada. Katsuki retomó su caminata, metiendo ambas manos en los bolsillos. Izuku podía ver esa espalda fusionarse con el ambiente y aun así destacar entre las multitudes, o del paisaje. Ese día había aprendido un poco de Katsuki y eso lo hacía inmensamente feliz.
Sin dudarlo, lo siguió.
Este amor lo quería alimentar por su lado, no le importaba si no era correspondido, o si Katsuki no se hacía cargo de cuidar su corazón. No le importaba sentir que sus manos no eran suficientes para alcanzarlo. Pero, si lo alcanzaban un poquito seguiría teniendo esperanzas.
—Pienso estudiar medicina— Soltó Katsuki, habiendo llegado a la estación del metro.
—¿Qué?
¿Escuchó bien?
—No estoy seguro si me irá bien, pero daré el paso y pediré mi traslado a la facultad de medicina.
—¡Kacchan!— Exclamó Izuku, asombrado. —¡Qué…qué emocionante! ¡No puedo creerlo!—Reía de alegría sin poder contenerse. —Kacchan, estoy muy feliz por ti. Tienes mi apoyo.
—No lo necesito.
—¡No sabes lo feliz que estoy por ti! Serás el mejor.
—Cállate— Katsuki dijo eso y sin avisarle, se fue por las escaleras de abajo sin despedirse.
Mientras, Izuku sonrió ilusionado, gritando de euforia por dentro. Saltó y corrió por el parque cerca de la estación, encantado con la idea de que Katsuki había puesto las riendas en su futuro.
Al menos estaban en la misma página. Ambos tenían en mente el futuro que querían, sólo faltaba concretarlo.
Quizás Shouto había acertado en decirle que esta vez su cortejo hacia Katsuki resultaría fructuoso.
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NOTA: ¿Acaso el amor está surgiendo entre ellos?
NOTA #2: Corregí algunos errores.
NOTA #3: Espero que les haya gustado el capítulo.
