"Corazones que no coinciden: Katsuki Bakugo está comprometido"

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Está sentado con el corazón en la mano, o en la boca. Ni él sabe dónde tiene colgados sus sentimientos, pues estos están esparcidos por doquier. Vuelan. Lo único que sabe es que hubo una discusión entre Katsuki y Masaru por decirle que quería estudiar medicina, y este último se encuentra internado en el hospital. Todo fue demasiado rápido, demasiado veloz para procesarlo.

Es una tormenta después del sismo.

La tía Mitsuki tiene el semblante ensombrecido sosteniendo un pañuelo en la mano como si en cualquier momento estuviera a punto de llorar. Kota se halla sentado con la mirada perdida, mientras que Katsuki, parado, con las manos en los bolsillos y una seriedad solitaria, meditabunda ahuyentan a todo el mundo. Esas son características que reflejan a una familia que ha experimentado una tragedia; un quiebre.

Izuku está muy familiarizado con esto, pero en esa escena, siente que no pertenece con ellos. Él no es un Bakugo, es un Midoriya. Es un Midoriya Izuku. Y los Midoriya son escasos; es más los únicos que conoce son algunos tíos o más bien, parientes lejanos, de los cuales no visita con frecuencia, su madre, y bueno, él.

Los Bakugo sobrellevan esta situación con un silencio irreal. Izuku se mantiene taciturno, observando cada conducta de los Bakugo, en caso de que necesiten apoyo, o incluso ser escuchados.

Sabe cuán complicado es vivir una situación así, pues ya lo ha pasado. Cuando Iida se torció el tobillo en una competencia de atletismo e Izuku lo tuvo que llevar corriendo a urgencias. O cuando se cayó un librero lleno de libros a su madre y la encontró en estado desfavorable e igual la tuvo que llevar cargando, porque no tenía datos en su celular. Situaciones frustrantes que se enredan en sus recuerdos.

Izuku suspira con la finalidad de romper la tensión. Nota que Kota atisba su gesto y se encoge de hombros, averiguando cómo es que él se ve tan tranquilo cuando su padre adoptivo está en el hospital.

—¿Qué quieres?

—¿Estás bien?

Kota hizo una cara de haber sido ofendido, o insultado.

—Idiota—Murmura desdeñoso.

Mitsuki reacciona y oye el insulto de Kota para Izuku.

—No te metas con Izuku—Regaña ella.

—Ni siquiera sé porque este idiota está aquí—Lo señala con la mirada, en tanto sus brazos se agitan bruscamente.

—Está aquí porque es parte de la familia.

—¡Él no es parte de la familia!— Gritó Kota, enfurecido, sus puños cerrados temblaban con un ímpetu ecuánime. —Se forzó a entrar a nuestra casa, a estar pegado a Katsuki, a ganarse su cariño con esa sonrisa estúpida y a… a llevarme al hospital para caerles bien. Es todo un plan para quedarse con mi hermano.

—No es ningún plan—Izuku se sorprendió al saber que quien decía eso era Katsuki. Su aspecto serio le daba mayor peso a su presencia.—Este idiota decidió todo por su cuenta. Nadie lo obligó.

—Al menos dices algo decente, Katsuki—Apuntó su madre.

—Siempre digo cosas decentes, vieja bruja.

—Joder, Katsuki—Masculló ella sin sonar ofensiva. En cambio, parecía más dócil. Izuku supuso que se debía dada la situación por la que pasaban.

Kirishima llegó al cabo de unas horas de estar en la incógnita de lo que les dirían. Lo primero que hizo fue irse a lado de su amigo de la infancia, quien aunque guardara un impetuoso silencio, se mostraba agradecido con su presencia. Es de esas ocasiones en que notó que no todo lo que sale de Katsuki son gritos y malas palabras. Dentro de la tragedia en la que los Bakugo estaban sumidos, Izuku estuvo contento de poder presenciar los duros rasgos de Katsuki ablandarse.

Es una vista que no le hubiera gustado perderse.

No obstante, Kirishima lo ubicó sentado entre Kota y Mitsuki, y no dudó ni por un segundo hablarle, no sin antes conversar cortésmente con la madre de Katsuki, preguntando sobre cómo se sentía ella y cómo se sentía Kota, quien al principio se mostró renuente frente al pelirrojo, pero después de ver esa sonrisa dientona, lo abrazó por las piernas, llorando desconsoladamente.

El niño se aferraba al pelirrojo expresando palabras como «Qué haré si papá muere», «Qué será de nosotros», que calaron hondo en Izuku, puesto que sabía la dura historia del pequeño al perder a sus padres a tan poca edad y que el padre adoptivo se encontraba en condiciones graves desencadenaron una especie de dejavú, o un factor detonante que determinó su reacción.

Izuku no lo culpa, pues la incertidumbre de que cabía la aterradora posibilidad de perder a su padre, ahondaba muy profundo en el hueco de su corazón. Izuku se estremece cuando atisba a Katsuki mirarlos con un signo claro de contención. Parece reprimirse, encerrarse en un cuarto tras cuatro paredes que lo ocultan.

Izuku quisiera apoyarlo. Apoyar a la familia Bakugo. Devolverles su amabilidad, su hospitalidad.

Su corazón se oprime de angustia por el llanto desolado de Kota, la expresión solemne de Mitsuki y el rostro pétreo de Katsuki.

Izuku alzó la vista y se ruborizó al toparse con los ojos rojos de Katsuki mirarle sin decir nada. Siente emociones difíciles de digerir, ya que la desgarradora verdad que lee tras las pupilas oscuras de Katsuki, se empapan con el menoscabo de su seriedad.

Sin divagarlo, se para y pasa sus dedos por el brazo de Katsuki, tanteando el roce de su piel transparentarse con la suya.

—Todo estará bien—Asegura; Katsuki lo ve con cara de «¿Cómo sabes eso?» —Lo que sea que pase tras esas puertas, no lo sé, Kacchan. Pero te puedo asegurar que Masaru no los dejará solos. Los quiere mucho—Ofreció una sonrisa de lo más honesta, que de seguro no pasará desapercibido por éste.

—Debió haber dicho que su empresa iba en mal camino…—Expresó con cierto resentimiento, que a Izuku no se le escapó. Captó que con eso se refería a una sola cosa.

«Así lo hubiera ayudado»

—Se guarda todo—Apretó los dientes.

—Kacchan—Pronunció suave. —Lo puedes ayudar, sin importar lo que ocurra. Estás aquí. Usa esa ventaja a tu favor—Lo oyó gruñir aludiendo un asentimiento. —Tienes un cerebro maravilloso. Una inteligencia que todos quisieran tener. Lo puedes usar a tu favor, no te lo guardes para ti solo. Es un talento que puedes compartir con los demás.

—A veces dices cosas útiles— Comentó con una sonrisa de lado.

—Haré cualquier cosa que necesites— Dijo sin pensárselo. Salió del fondo de sus sentimientos, su corazón. Su juicio se apagó por ese corto segundo. La risa que brotó de los labios de Katsuki fue suficiente para motivarlo a ser más valiente. —Si pudiera, te abrazaría en este instante.

—No estoy de humor para que digas estupideces—Siseó.

—¡Es la verdad, Kacchan! Qué más quisiera que no pasaras por esta angustia, que estés bien, que no sufras.

—Basta de ese tipo de idioteces, Deku—Sus ojos se clavaron en los suyos. —Eres un maldito egoísta por hablar de lo que quieres. No ves que estamos en un hospital, que el viejo está del otro lado—Entonces, Katsuki aparta sus dedos de un brusco manotazo que deja en claro a Izuku que sus palabras, su sentir es algo que él no necesita.

—Tienes razón—Admitió desde el fondo de su ser. —Ya no te hablaré de mis sentimientos… fue egoísta, impulsivo, tonto, una pérdida de tiempo. Tu ya eres fuerte, no necesitas que te lo hagan saber, mucho menos de alguien como yo— A lo último su voz se impregnó de tristeza.

Katsuki apartó la mirada de él, regresándola a un sitio que bien sabía no le pertenecía, ni le pertenecerá, quizá, jamás.

Atisbó a Kirishima esperarle, cuando el llanto de Kota hubo cesado y optó por abrazarse de su madre. El pelirrojo le sonrió con cierta melancolía, a lo que Izuku prefirió ir con él a la cafetería.

Pidieron un café con leche y azúcar. Izuku jugueteó con la cuchara dándole vueltas al contenido líquido oscuro, sin despegar su vista del vapor que acicala el aire. Los que lo vieran en ese estado dirán que es cicatero ante la atención que le da a los objetos pequeños. En este caso, el café, que seguramente para esas instancias, estaría enfriándose, como su resolución de conquista a Katsuki.

Ahora, con lo que estaba ocurriendo, ya no estaba tan seguro de lo que le dijo Shouto, o quizás de él mismo.

—Si las miradas pudieran matar, el café ya estaría convertido en cenizas.

La voz de Kirishima lo hizo reaccionar.

—Lo siento—Se disculpa, casi por reflejo. Es un instinto que perdura en las entrañas de su ser.

—Descuida—Kirishima hace signo de que no es algo de gran importancia. —¿Cómo has estado?—Pregunta tras un breve silencio asentado entre ellos. Es una pregunta que remueve fibras que hablan más allá de la simpleza que aluden, sino ahondando en una profundidad bien sabida por Izuku.

No evita que sus ojos se humedezcan.

—Tengo una pelea de campeonato mundial—Confiesa con un tinte de templanza.

—¡Midoriya!—Kirishima se levanta del asiento, boquiabierto. —¡Eso es…!—Hace una pausa, recomponiéndose del mar de pensamientos que seguramente pasan por su cabeza.— ¡Eso es increíble! Nunca dudé de lo lograrías. Felicidades, hombre.

—Gracias—Sonrió.

—¿Entonces, estás entrenando con el papá de tu novio?—Había cierta amargura en éste, que a Izuku no le pasó desapercibido.

—Shouto ya no es mi novio.

—¿Qué…?—Las cuerdas vocales le salieron botadas como si en su mente hubiera un cortocircuito que lo congelara.

—Rompió conmigo.

—¿Cómo pasó?

Izuku le dedicó una mirada reservada.

—Fue una pregunta imprudente, perdona mi intromisión.

—Está bien. No fue tu culpa—Dice sin premura. —Es sólo que ya han pasado algunas semanas y ha sido un golpe duro para mi. Shouto era un excelente amigo. Es… Y le rompí el corazón por mi amor por Kacchan. No puedo perdonarme por eso—Subió sus manos a cubrir su rostro.

—Midoriya… —Pronuncia como sin saber qué decir. Y ¿Qué le puede decir para consolarlo? Izuku no le pide que le diga nada, o que lo abrace para reafirmarle que su relación con el bicolor no fue un error, o un mero capricho para olvidarse de Katsuki. Sea cual fuere la razón, hizo mal en aceptar esa relación desde el principio.

—Está bien—Afirma y en ello, recae un dejo de esclarecimiento.

El pelirrojo lo ve reacio a creerle, mas sonríe por inercia, o porque realmente cree que sonriendo podrán entenderse mejor.

E Izuku sonríe.

Es un gesto sincero.

—Ha pasado tiempo desde que nos hemos sentado a hablar propiamente— Comenta Izuku.

—Descuida. Estuviste muy ocupado con tu relación con el hijo menor de los Todoroki—Concuerda sin parecer ofendido por ello. —No te guardo resentimiento por eso. En serio. Son tus decisiones, Midoriya. Por qué habría de importarme—Muestra esa sonrisa dientona que desde que lo conoció le inspiró la más absoluta confianza. Sin embargo, el semblante del pelirrojo cambió drásticamente a uno más oscuro. —Además no me he disculpado por haberte dicho eso aquella vez en el restaurante.

—¿Qué…?

—Las cosas que dije—Pausó. Respiró, junto ambas manos y lo vio inclemente.—No fueron las correctas. Son tus sentimientos, Midoriya, al fin y el cabo. No debí entrometerme y decirte que Bakugo no te quiere. Cuando quizás, no lo sé, y tal vez has logrado cambi-

—Cambiar nada— La repentina aparición de Katsuki entre ambos los descolocó.

—¡Bakugo! ¿Qué haces aquí? ¿Cómo está tu papá?

Katsuki suspiró pesadamente y tomó asiento entre ellos, colocando una silla de la mesa contraria que estaba vacía y estiró los brazos hacia su barbilla, entrecruzando las manos.

—Salió de la operación— Mencionó. —El cirujano dijo que lograron estabilizarlo.

—Eso es bueno—Opinó el pelirrojo, pero Katsuki distaba de mirarse complacido.

—Falta más, ¿No?—Añadió Izuku.

—Dijeron que su estado se debía al constante estrés que ha pasado. Falta de sueño, de horarios de comida, y quién sabe qué tanta mierda más. El viejo se quedó callado y ahí están las consecuencias de su maldito silencio.

—¿Y qué va a pasar con la empresa?— Preguntó Izuku, preocupado.—Oí de la tía que está a punto de terminar en bancarrota. ¿Quién lo va a resolver? Si el tío está en mal estado. ¿Hay algo que podamos hacer?

—Joder, cállate—Maldijo Katsuki.

—¡Bakugo!

—Kirishima, está bien.

—Joder, es la costumbre—Bramó el pelirrojo.

Katsuki ve a su amigo con ojos silenciosos, enigmáticos. A Izuku se le detiene el tren de pensamiento al sumirse al trance de esas esferas rojizas que pueden enamorar a cualquiera. A él, miles de veces. No se cansa de mirarlo, aun en esa situación.

—Tráeme un café, ¿No?—Le dice Katsuki a su amigo. —No he tomado nada desde que llegamos aquí—Mira su reloj de mano y bufa. Parece más relajado en la silla, que en la sala de espera. —Han pasado cuatro malditas horas. Carajo. No he comido nada. Muero de hambre ¡Joder!—Los gruñidos emergían de su garganta como gárgaras. La contención de sus emociones asemejaban a un depredador harto de no encontrar una presa.

—Yo te traigo algo—Ofrece amablemente.

—Se lo pedí a Kirishima. No a ti, nerd.

Antes de que Izuku pudiera replicar, Kirishima alza la mano para detenerlo y se levanta rumbo a la caja registradora a pedir la orden.

Izuku exhala. Está nervioso. Está a solas con Katsuki, otra vez. Se dice que no debe decir una tontería si no quiere que el rubio se enoje con él. Ha de estar preocupado por su padre aunque no lo diga.

—Una discul-

—Cállate— Espeta Katsuki.

—Kacch-

—No hables. No hagas ruido—Ordena. —No abras la maldita boca. Cállate, Deku. Por esta vez sólo cállate.

E Izuku calló.


A veces dejar de divagar cuando entrena surte un mejor efecto que cuando se pone a darle rienda suelta a sus alocados pensamientos. Qué decir de sus fantasías.

Salta una vereda con un hoyo en el medio sin soltar por un instante el tronco. Cabe decir que pese a lo pesados que son y el enorme esfuerzo físico que realiza al cargarlos, se ha acostumbrado, dentro de lo que cabe, no se cansa a la primera vuelta de ida y ahora ya puede saltar con el gigantesco peso oprimiendo sus piernas hasta aplastar sus pies.

Si no ha tenido problemas de espalda es por el eficiente fisioterapeuta que lo trata casi a diario.

Y la dieta. Oh. La dieta. Nada de harinas procesadas, de azucares, grasas saturadas, dulces, chocolates. Nada. Y Katsudon. Nada de Katsudon. Cero. Ni una posibilidad de un bocado. Se la pasaba comiendo proteínas y carbohidratos como si no hubiera un mañana.

Los Bentos que le hacía su madre con el polvo de proteína en el arroz dejaba un sabor amargo en su boca que no mermaba a menos que comiera el Kaarage echo a base de muslo para mayor concentración de grasa—de un panko rudimentario— al parecer, pues la intención era hacerlo sobrellevar todo a la medida. El nutriólogo que le asignó Enji le colocaba una cantidad altísima de calorías. Le decía «Es una dieta hipercalórica, Midoriya. Debes acabarte las colaciones sí o sí, si quieres rendir y tener condición. Los procesos de recuperación muscular son importantes para que no pierdas masa muscular, por eso te digo que comas la colación en cuanto termines de entrenar» A lo que Izuku se excusaba diciendo que no le cabía la comida, mas el nutriólogo bufaba y le recalcaba que perdería la pelea si no se come todas las colaciones. E Izuku obedecía. No podía quejarse, aún si quisiera hacerlo, no lo haría. Es su futuro, su pelea, su (quizás) única oportunidad de demostrarse a sí mismo cuán lejos era capaz de llegar con tal de tener el cinturón de peso mosca de la CMB. Es lo que ha soñado desde que era un pequeño debilucho que comía de las sobras de los restaurantes y que le regalaban comida los meseros de los locales porque se compadecían de él o simplemente por voluntad propia. No importaban las intenciones, sino el recuerdo que pesaba en su memoria, en la gema del recuerdo que vibra en su cabeza.

Además tenía que dormir bastante con la finalidad de recuperar fuerzas, energía, fibras musculares, vitalidad. Izuku rebosaba de vitalidad, de buenas vibras, pese a la lamentable situación por la que pasaban los Bakugo, a quienes les guardaba un profundo afecto y un cariño inconmensurable.

Por otro lado, el tronco no se le cae de los hombros, por un instante en que cree que lo hará cuando pasa caminando un tronco que cruza al otro lado del arroyo de la zona verde en la que Enji lo citó aquella mañana.

No tiene idea de cómo es que lo mandó a cruzar un arroyo con la posibilidad de que se pudiera caer, mas lo cruza sin problemas, mientras Shouto lo sigue por detrás junto con el resto del equipo. Que es lo positivo, puesto a que ya no iba solo, sino acompañado. Venían con él Shouto, Enji, Keigo, Ojiro y Koda, siendo los dos últimos los boxeadores que recientemente Toshinori los había mandado a entrenar bajo el mando de Enji.

Recientemente, Toshinori le mandaba a Enji otros peleadores en formación, es decir, peleadores que tienen menos tiempo y experiencia que él, mas eso no excluía que no tenían talento en el deporte.

Además, que Toshinori le haya endosado a dos peleadores en formación era su manera de decirle que lo apoyaba, y que debía de dar todo por este entrenamiento, y por esta pelea con su futuro contrincante, quien aún Enji lo guardaba con recelo, pues le comentaba que consideraba que si le decía con quién se enfrentaría se estresaría más de lo que ya estaba con cargar troncos.

No importaba que no le dijeran quién era. De todas maneras daría todo de él, incluso más. Daría todo lo que es Izuku Midoriya. Apostaría el todo por el todo, en este caso el todo es el cinturón. El título.

Era algo mejor que comprar filete el día de oferta, o mejor que comprar otros tenis para entrenar en el cuadrilátero en tiendas de segunda. Se dijo que no debía de pensar en las ofertas que con tanto esmero se dignó en aprender con la finalidad de que le alcanzara el dinero, como en sus simples playeras que dicen «playera» o en las que dicen «¡Vamos, All Might!» con una cara de su entrenador cuando estaba en su apogeo o que dicen «Yo apoyo a All Might». Y así, un reguero de esas playeras y uno que otro short. No escatimaba en gastos. Quizás nunca lo ha hecho (porque no lo sabe hacer), se le ha pasado más concentrado en hacer valer cada centavo de su bolsa que en las cosas que posee, que si bien son pocas. Demasiado pocas…

Y le intrigaba saber que si ganaba esta pelea o si perdía ganaría una gran cantidad de dinero. Alcanzaría cosas que jamás creyó tener, y la remuneración de debutar para un título mundial suponía una valoración de su dedicación en el deporte, así como de las ganancias que suscitarían en él si lo hacía bien aunque perdiera. Era importante llamar la atención lo más posible, pues de esa manera, incrementaría sus chances de generar contratos para peleas de renombre y aumentar su reconocimiento en el consejo mundial del boxeo y en las otras organizaciones.

Hacer eso suponía un gran salto al éxito.


—Ella es Mei Hatsume—Manifestó Enji con gran acopio.

La chica de cabello rosado, ojos verdes avispados como del color de los gatos, complexión delgada, pese a la gran prominencia de sus pechos que llamaron de sobremanera su nada disimulada atención, y que más de una vez se pilló a sí mismo mirándola con un copioso ímpetu que restringía su atención de la conversación y del porqué esa chica de su edad estaba en el gimnasio de Enji.

La chica usaba ropa de mecánica, y lo podía justificar con los enormes lentes de protección contra chispas que cargando en su cabello detrás de las orejas, y los guantes blancos con rastros de aceite.

—Mucho gusto— Dijo Shouto, a su vez, que le daba palmadas en el hombro a Izuku para que dijera algo. Las palabras que salieron de Enji pasaron desapercibidas por él. Debió suponerlo. Cuando ingresó a la preparatoria, se sorprendió con las dimensiones curvas de sus compañeras, en especial de los pechos de ellas, pues lo ponían rojo de la cara y la vergüenza se imprimía en su rostro. Era impresionante cómo con una característica física del sexo opuesto su hombría cedía a fijarse en detalles que ni en Katsuki miró. O quizás sí, como aquella vez en que Katsuki lo sedujo colocando una mano en su pectoral y frotándolo. Fue sumamente seductor y atrayente querer tocar esa masa de piel que gritaba ser acariciada por sus manos, su lengua, sus labios, las yemas de sus dedos.

De sólo recordarlo, su rostro se puso rojo y Enji exclamó literalmente su nombre. «¡Izuku!», asimismo regresando a encontrarse con los ojos amarillos-verdosos de Hatsume y saludarla con un simple «Mucho gusto, perdona la distracción» Reprimiendo el «Lo siento, estaba pensando en tocar el pecho de Kacchan con mis manos y en cómo se sentiría tocarlo. ¿Será suave?, ¿Será duro?, ¿Será áspero?, ¿Será lo mejor que he tocado? ¿Me dejará besarlo? Lamer con mi lengua la suavidad inmaculada de su piel. ¿Qué cara pondrá? ¿Le gustará o le desagradará? Me encantaría saber qué cara pondrá cuando lo toque. Ah… Soy un pervertido» Se dijo con un dejo de reproche al final. Pensar en el cuerpo de Katsuki suscitaba en él un estremecimiento intenso.

Se presenta formalmente ante Hatsume y posteriormente, ver que Enji añadiría otra nota de detalles sobre el por qué le presentaba a esa mujer.

—Ella será la encargada de hacerte los guantes— Indicó. La vio asentir con una sonrisa traviesa.

—¿Mis guantes? ¿Pero esos no los hace la comisión?

—Precisamente—Interrumpió su entrenador. —Ella es quien hace los guantes de la comisión mundial del boxeo. Para eso vino. Para tomarte las medidas, pesarte, revisar tus nudillos. Ya sabes. Lo del protocolo.

La boca de Izuku hace una "O" enorme que deja en claro que apenas captó el motivo de su visita. Venía a hacerle sus guantes. ¡Unos guantes para la pelea!

—Con gusto cooperaré en lo que sea que me pidas— Le dijo a la chica con devoción, a lo que la chica sonrió y se abalanzó a él, sin prevenirle que tocaría sus marcados pectorales, algo que detonó en él un grave sonrojo que invadió sus mejillas, así como las de Shouto, quien ruborizado por la impresión retrocedió unos pasos.

—Padre, ¿Eso es necesario?

—Bueno—Enji se aclaró la garganta. —No cuestiono los métodos de trabajo de la señorita.

—No parece muy ético.

Izuku sentía la cara hervirle como estar dentro de una olla de presión, el burbujear de su sangre se aglomeraba en pequeñas e imperceptibles partículas de rubor por la extensión de sus pómulos. La sensación de ser tocado fuera de las barreras del espacio personal lo convertían en un preso del tacto ajeno que no disfrutaba.

—Lo es para mi—Refutó la chica.

—Midoriya está incómodo.

—¿Importa?— Resaltó una nota de ironía.

—¿Ya terminaste?— Irrumpió Izuku con la lengua cosquilleando.

—Falta un poco.

Shouto le dirigió una mirada de consternación a Izuku, quien reflejaba la clara expresión de incomodidad encarnada.

Si esto era sentir las manos de una persona que no le gustaba encima suyo, no quería nada. Ni siquiera saberlo. Se estremecía de sólo imaginarse en el agarre de alguien que no fuera su adorado rubio, incluso aunque estuvo envuelto en una relación amorosa con Shouto y sobre la cual llegaron a desvestirse paulatinamente en la habitación de éste resultando en una experiencia aún borrosa, no era lo mismo. No escalaba a hacerlo sentir a punto de derretirse. En ese punto que los picos del goce se encontraban.

De pronto, la chica movió las manos hacia sus brazos, recorriendo uno a uno los grupos de músculos que conformaban esa extensión de planicies, y aterrizar en el campo de sus nudillos donde realmente notó que sus facciones se alumbraron.

—Vaya, mira lo que tenemos aquí— Manifestó con un dejo de intriga.

—¿Qué es?

—Entrenas entre diez y doce rounds en sparring, ¿No es así?

—¿Huh?

¿Cómo supo que ese es el rango en que ha estado entrenando bajo el régimen de Enji?

—Sí—Miró a Shouto, escéptico y luego la miró a ella. —Sí, no sé cómo supiste, pero sí.

Giró sus manos y examinó detenidamente la forma de sus nudillos.

—Se ven bastante desgastados. No durarás doce rounds en una pelea de campeonato teniendo nudillos así.

—¿Por qué?—Izuku se dirigió a ella, preocupado. Según él, con el entrenamiento que lleva se las podría barajear en la pelea sin problema, pero Hatsume reiteraba que no lo haría. Algo que suscitó en él una aguda mortificación por su rendimiento.

—Tus guantes son de mala calidad. Pesan muy poco para lo que entrenas— Increpó la chica. —Pero descuida. Con mis bebés obtendrás el título. Sólo necesitaremos mejorarle algunas cosillas para que se adapten a tu forma.

—¿Mi forma?

Frunció el ceño al percatarse de que repitió lo que dijo y que eso le daba un aspecto de inutilidad al relacionarse con una profesional en su materia.

—Los haré más pesados, como de unas catorce onzas, o quizás doce, para que puedas hacer mejor sparring. Aunque ¿Sabes qué? Te lo dejaré en doce onzas, por la circunferencia de tu mano.

—¿Qué tiene la circunferencia de su mano?—Intervino Shouto, intrigado.

—Mide 14 centímetros—Haló la mano de Izuku a que Shouto la pudiera ver y la giró demostrándolo con una cinta de medir que ni habían visto que llevaba. Midió la mano de Izuku y en efecto, medía 14 centímetros. —Mediría más si llevara las vendas, pero para hacerle bien los guantes debería de estar usando si es que quiere ganar.

—¡Claro que quiero!

La chica sonrió.

—Te haré unos de catorce para la pelea. Así tendrás dos—Hizo seña del número dos con los dedos.

—Pero, no es necesario que me hagas dos. Con uno basta.

—Según Endeavor no tienes dinero para comprarte guantes de alta calidad para el plan de entrenamiento y el rival con quien te enfrentas es alguien peligroso. No creo que sería lo mejor arriesgarse si no eres un boxeador conocido, donde perder no es una opción—A la estupefacción de Izuku, añadió—: Mis bebés no te decepcionarán, Midoriya. Ten confianza. Lo harás bien.

Izuku pestañeó unos segundos y asintió.

—Gracias.

Faltaba poner más de su parte para compensar la laboriosa tarea de Hatsume en hacerle dos guantes de mejor calidad que los suyos.


Izuku frecuentaba el hospital cuando salía de las clases de la universidad a eso del mediodía. Compraba un ramo de flores diferente cada día para colocárselos en la mesita de a lado de Masaru. Iba con la finalidad de demostrar su preocupación e intensas ganas de devolverles su larga hospitalidad. Izuku se decantaba de escuchar un simple «gracias» de parte de Masaru o Mitsuki cada vez que se topaban con su diminuto ramo seleccionado personalmente por él. Y bueno, aunque Izuku no es ningún experto en los tipos de flores ni en los aromas que existen de cada una, busca escoger aquellas que se asemejen a las que huelen a menta aromatizante o a un olor similar al de un bosque.

Creía que Masaru apreciaría su selección, y estaba en lo correcto, pues las flores que los empresarias y empleados del mismo Masaru enviaban flores con mensajes de recuperación o canastas de comida con frutas, mermeladas, galletitas para remojar en el té, etc. Que aludían a que no les ponían tanto empeño en pensar en la otra persona que está necesitada.

Izuku ha estado acostumbrado a no ser el centro de atención, ni el satélite al que vigilan en caso de entrar en contacto con la atmósfera e incendiarse. No, nada de eso. Izuku, más bien, ha sido el individuo que ha visto todo tras bambalinas. Como hombre nacido en las entrañas de la pobreza, ha observado un sinfín de tragedias ocurridas en plena luz en la calle, como peleas callejeras que terminan con uno o varios sujetos mandados directo a urgencias y que nunca regresaban a sus casas. Ha presenciado esos listones negros que cuelgan en las puertas de las casas y en la mismísima ropa, como símbolos de dolor por la perdida de un ser querido.

Izuku entiende esa clase de dolor. El dolor que te estruja por completo y te separa pieza por pieza hasta convertirte en polvo. Es bien sabedor de ello, es por eso que puede contribuir en la recuperación de Masaru con pequeños detalles que pueden parecer insignificantes, pero con un gran potencial para subir los ánimos por el cielo.

Esto se ha debido a la intensa búsqueda de poder llegar al fondo del corazón de Katsuki. Tanto ensayo y error deja sus frutos. Le ha servido para pulir sus habilidades de observación a un nuevo nivel, en base a los constantes rechazos del rubio.

Ningún rechazo fue en vano.

Permanecía largos ratos en compañía de los Bakugo, con excepción de Katsuki, quien se enteró por medio de Mitsuki que tenía planeado ayudar en la empresa de su padre hasta que las cosas se estabilizaran y así restarle una carga innecesaria a su padre. A Izuku eso le parecía muy atrevido, puesto a que no imaginaba a Katsuki encargándose de otras cosas que no sean el tenis y la universidad, sumándole la nueva carrera en mente que claramente le quitaba mucho tiempo.

Haría lo que pudiera para ser de ayuda.

—¿Gustas té, Izuku?—Ofreció Mitsuki, amablemente. El té verde Sencha olía increíblemente bien y el ofrecimiento sonaba muy tentador.

Asintió.

—Este té lo mandó el secretario de Masaru. Huele muy rico y sabe bien si lo acompañas con unas galletitas. ¿Gustas también?

—Claro. Muchas gracias—Sonrió.

Comió unas galletitas de mantequilla que se deshacían al hacer contacto con su boca y el té caliente pasando por su relajada garganta, creando un efecto extático. De una clara euforia en la que estuvo en estado de trance mientras su mente se disolvía en burbujas de detergente de lavar los platos sumido en la quietud.

—Katsuki ha estado trabajando muy duro para alzar tu empresa—Le dijo Mitsuki a su esposo.

—Sí, ha estado trabajando muy duro—Concordó.

—¿Sabes que estaría bien? Que Izuku acompañara a Katsuki a trabajar. Les serviría para aprender del otro y pasar la tarde juntos.

—Podría ser una buena sugerencia, pero este asunto no es de la incumbencia de Katsuki. Está yendo a la empresa porque quiere, no porque yo se lo haya pedido. Qué más quisiera que mi hijo no se sacrificara por el bien de la empresa.

—No lo podemos obligar. Katsuki es un adulto. Uno muy obstinado y terco—Gruñó ella en lo último. —Es una jodida molestia que no acepte a Izuku en su vida. Sería tan feliz si se permitiera sentir.

—Tampoco podemos obligar a Katsuki a querer a Izuku si no es recíproco. Tú lo has dicho. Katsuki es un adulto. Uno muy obstinado y terco—Reafirmó. —No dejará que alguien más intervenga en su vida, ni aunque fuéramos nosotros. Sabes cómo se pone cuando lo quiero abrazar, o cuando le preparas su comida favorita.

—Se molesta—Suspira ella, hundiéndose en la silla. —Ese estúpido hijo mío. Cuándo se dará cuenta que lo que necesita en su vida no son responsabilidades de una empresa, sino amor.

—Nunca—Los tres se removieron en sus lugares, sobretodo Izuku, que escupió el té. Miró a Katsuki con ojos muy abiertos como si no creyera que ahí estaba el hombre que quiere. Pero no sólo eso, Katsuki usaba un traje negro con una camisa rojo carmín que avivaba más el fuero del color de sus ojos, acentuando peligrosamente las curvas de sus pectorales resaltar a través del chaleco que los aprisionaba, su espalda ancha se remarcaba bajo el manto de la camisa.

Si Izuku había saciado su sed con el té, al ver a Katsuki arribar, se volvió sediento de admirarlo con la más absoluta admiración.

Se siente haber vagado en medio del desierto por años y Katsuki es la única fuente de agua. Es el oasis.

—¡Kacchan!— Se levantó torpemente de la silla y ruborizado, forzó una sonrisa reluciente, que afloró sus nervios. —¿C-cómo estás? T-toma asiento aquí. No es inoportuno que tomes mi lugar, y-yo puedo quedarme parado. Mitsuki me ofreció galletitas, ¿Quieres probarlas? Están ricas. Saben mejor si lo acompañas con el té verde Sencha.

—Deku—Pausó. Inhaló profundo. —Cállate.

—Modales, Katsuki.

—Tu dirás, vieja bruja.

—¡No me digas así!

—Y tu no jodas con los modales—Siseó, dirigiéndose a Masaru con un portafolios que pasó desapercibido por la mirada de Izuku al barrerlo de pies a cabeza como si fuera una figura celestial. O arte divino.

Bueno… lo es.

Katsuki es arte divino.

El arte que no se cansa de añorar palpar con las yemas de los dedos sangrando por las rozaduras y rasguños de los miles de peldaños que ha subido a rastras.

—Voy a hablar con el viejo. ¿Pueden salirse?

—Yo me quedaré aquí—Refunfuñó Mitsuki. —Y tu también Izuku.

—¡No! Yo puedo retirarme. No he puesto las flores en el florero—Se encaminó a agarrar el ramo de claveles y salió de la habitación, sintiendo sus latidos adormecerlo.

Se encontró con una de las enfermeras que atendía a Masaru y le preguntó si tenía un florero del que podía pedirle prestado. Ella lo llevó a una habitación en el cuarto piso en donde vio a varias enfermeras reunidas, que gustosamente lo saludaron, poniéndolo rojo. Las chicas siempre lo ponían rojo de la cara, se volvía torpe y agitaba las manos a los lados, a veces llevándose los antebrazos a cubrir el cocinado rubor de sus mejillas.

La enfermera le entregó un florero que sacó de la repisa de un estante en el fondo del aula.

Izuku traspasó el ramo al florero tras agradecerle.

De regreso a la habitación de Masaru no paraba de pensar en lo que podían estar hablando. ¿Qué habrá querido ahondar Katsuki con Masaru que parecía ser tan importante?¿Será algo bueno? ¿Algo que involucre a la empresa? ¿O acaso no había salvación para dicha empresa? La intriga lo mataba, pero debía respetar que hay momentos en que Katsuki exige privacidad.

Por otro lado, creyó oír a Mitsuki sugerir que acompañara a Katsuki a la empresa, pero Izuku no sabía qué podía hacer para aportar algo de sí en terrenos desconocidos. Y desde que Katsuki volvió a casa tras el incidente de su padre, Izuku le preparaba los Bentos lo mejor que podía. A veces Katsuki regresaba a casa con el Bento vacío, otras con el Bento a medio comer y en algunas, intocable. Incluso le lavaba la ropa, le preparaba sus trajes cada mañana, hacía el desayuno de Kota y Katsuki, tendía las camas, lavaba los baños tanto el de visitas como el que usaban los que vivían ahí, pasar con plumero por las repisas de los muebles, colocar las ropas recién lavadas en el tendedero mientras tarareaba una canción que escuchó de la empresa de Masaru.

De alguna manera, esa rutina lo hacía feliz.

Izuku no se quejaba. Mientras Katsuki aceptara sus torpes acercamientos, haría lo que estuviera en sus manos para conquistarlo. Conquistarlo y ser su pareja. Ser la persona con la que Katsuki quisiera estar.

Sonriente, llegó a la habitación de Masaru, abrió la puerta al atisbar la voz de Katsuki.

—Lo que quiero decir es que estoy comprometido con la señorita Camie. La nieta de nuestro inversor—Izuku se congeló, su sangre, sus huesos, su mente, sus músculos.

—¡Katsuki!¿Por qué?—Esa era Mitsuki alterada. —No tienes que aceptarlo.

—¿No es obvio? Acepté la propuesta porque ella me gusta.

—¿Comprometido…?—Gesticuló Izuku acaparando las miradas sobre él. Sus labios se movieron solos. Algo se rompió dentro de él y no sabe qué es, pero duele tanto y no puede reaccionar debidamente. Las flores se caen de sus manos aludiendo a una sintonía rompiéndose en una armonía indisciplinada. —Comprometido, ¿Tu, Kacchan?— La voz de tiembla. Duda que sea la suya.

Es un efecto que lo separa, lo aparta, lo divide por una fina línea que parte la tierra en dos.

La mirada de Katsuki Bakugo lo fulmina.

—Lo estoy—No hay una nota de indecisión en él.

No…no puede creerlo.

Es irreal, es inexistente.

Es una tragedia.

Ha perdido.

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NOTA: Se viene lo bueno de esta historia. Gracias por seguirla y espero que les guste el capítulo.