"Desamor a la deriva"

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—¿Cómo que estás comprometido?

Katsuki bufa.

—¿No sabes que es eso?— Ironiza. Hasta parece que se está burlando de que aún no lo procesa. Y es que es la verdad. No comprende lo que acaba de oír. Ni por qué, ni cómo. Sólo sabe que es un dolor agudo, y con creces concomitante. —Solo un idiota no sabe lo que es conocer el amor.

—¡Katsuki! Explícate—Exige su madre, claramente fastidiada.

Katsuki alza una ceja, desinteresado.

—No hay nada que explicar.

—¡Claro que sí, mocoso malcriado!—Entonces, Mitsuki se arrimó a su hijo mayor como una enorme tempestad cayendo sobre éste, quien la miraba con infundada vanidad.

—No soy un niño. Me retiro.

—¡Regresa aquí, mocoso! ¡No vas a dejar las cosas inconclusas con nosotros! Le debes una explicación a Izuku.

—No le debo nada a ese inútil—Desenfundó un tono glacial que congeló su rostro. En ese breve instante sus ojos se cruzaron sin emitir ni una sola palabra. Izuku sintió una ventisca helada crisparle los nervios como si jalara duramente del hilo que unía las piezas quebradas de su corazón y lo fuera aflojando de un jalón.

—¡Katsuki, vuelve aquí!—Imperó su madre, señalando el piso con su dedo.

Sin embargo, el rubio se había retirado de la habitación, dejándolos solos y perplejos.

—¿Quién se cree ese maldito chamaco?— Mitsuki dio un furioso manotazo en la mesa de visitas de Masaru. Se oía el crujir de sus dientes cual chasquido de las cáscaras de huevo al quebrarse. —Comprometido. Hazme el jodido favor.

—Mitsuki, cálmate.

—¡Con un carajo me voy a calmar! Nuestro estúpido hijo se comprometió con una mujer que ni conocemos sin consultarlo.

—Conozco a su abuelo. Es el inversor.

—Me importa una mierda quién carajos es. Lo que quiero saber es qué llevó a Katsuki tomar esa ridícula decisión. Ni que fueran tiempos de canícula para no pensar bien. Le voy a sacar los sesos a ese hijo mío.

—Nuestro hijo, Mitsuki—Corrigió Masaru. —Y no. No voy a permitir que se case así porque sí.

Lo último hizo reaccionar a Izuku quien aún permanecía en el mismo lugar con el vidrio roto esparcido en el piso envuelto en las gotas escurridas del agua y las flores con los pétalos caídos y el tallo medio recto.

—Voy a limpiar el desastre— Balbuceó.

Los tíos lo miraron aludiendo a que no se habían percatado de que todavía estaba allí. Mitsuki remeció sus cabellos rubios y se encaminó a él con una expresión más suavizada a la rabia que borbotaba de su semblante.

—No te preocupes, Izuku—Posó sus manos en sus hombros, sonriéndole amable. —Nos aseguraremos de que no se case con esa mujer como sea que se llame. Porque yo sé—Pausó. —Yo sé que Katsuki te quiere— Expresó con la más absoluta seguridad.

—Pero tía no estoy tan seguro— Agachó la cabeza, inseguro.—Su hijo no me quiere.

—Claro que lo hace—La vio respirar. Inhaló y exhaló, alzando los hombros como dos picos de montañas encontrarse en ambos extremos. —Lo sé porque soy su madre. No hay nadie que conozca mejor a Katsuki que yo.

Izuku le quería decir que quizá en esto se equivocaba, porque no veía ningún indicio en Katsuki que denotara que sentía algo de amor por él. Es más, se atrevía a decir que ni siquiera lo soportaba cerca de su vida. Katsuki lo querría lejos, lo más lejos posible. Por eso se comprometió con una mujer desconocida.

—A Kacchan le gustan las mujeres—Afirmó. —Yo soy un hombre. Un boxeador. No creo ser la opción más apta para él. De serlo…—Se cortó antes de tartajear frases cortadas e ininteligibles hasta para él mismo.

«De serlo, me habría escogido»

Podía percibir sus ojos aguarse, mas Izuku no lloraría. No se permitiría llorar tan pronto frente a los tíos, por más que sus lagrimales palpitaban crecientes en la perfidia de su dolor.

—Buscaremos una solución—Aseguró la tía, sacudiéndolo con ambas manos. —Te lo juro, Izuku. No dejaré que Katsuki haga lo que le plazca.

Izuku asintió más por amabilidad que porque estuviera de acuerdo con la postura de la tía. No creía que lo correcto era mendigar por monedas a ver cuándo Katsuki aceptara que casarse con una mujer no era la decisión más adecuada, sino fijarse en él. En que era un boxeador capaz de darle lo mejor de lo mejor.

Izuku no se arriesgaría al acto de persuadir a Katsuki de no contraer nupcias, ni siquiera de forzarlo a rehusarse a una decisión que claramente vino del propio Katsuki y no de otros.

Apostaba a que era así, pues el rubio no se dejaba persuadir por nadie.

Tomó aire, llenando sus pulmones de oxígeno. Sus músculos se destensaron un poco y pudo emprender la retirada de ir por un trapeador y escoba para limpiar el desastre de la habitación, pero lamentablemente no había nada para reparar el desastre que habitaba en su corazón.


Uno, dos. Uno, dos. Uno, dos. Uno, dos.

Era el ciclo que seguían sus puños al golpear el costal.

Era el ciclo vicioso del cual no podía despojarse.

Jab, jab. Jab, jab. Jab, jab. Jab, jab. Uno tras otro tras otro y tras otro. No puede detener el curso de sus nudillos hacer contacto con el pesado costal que lo único que hacía era moverse escasos milímetros y regresar a su posición.

El sonido de la campana disipaba la bruma de su mente por unos instantes en que se quitaba un guante y bebía un breve sorbo de agua y al terminar el minuto de descanso regresaba el ciclo.

Hacía combos de velocidad con puro jab, otros eran golpes de poder. No importaba la fuerza que usara o la velocidad que empleara, lo importante era eludir el pensamiento de que Katsuki había decidido unirse con una mujer.

Según Katsuki, en la cena de la noche anterior, Camie le había gustado tras verla en una fotografía que le dio el secretario de Masaru, Tsukauchi. Algo que detonó en Izuku una sensación áspera de amargura. Si al rubio le gustaba la chica, debía de ser muy bonita para que pudiera generar en él atracción, misma que ni él con dos años de estar viviendo bajo su techo no pudo lograr.

Podía sentir la tristeza burbujear debajo de su vientre, una increpante sensación de impotencia ante el radical cambio de eventos que lo desorbitaron.

Estaba fuera de la partida.

No podría entrometerse más y formar parte de la vida de Katsuki. Ese simple, pero verdadero pensamiento se cernía en las profundidades de sus entrañas dejando un vacuo dolor de aceptar la debilitante derrota.

Aceptarla de una buena vez. Aceptar que él como un joven boxeador de orígenes pobres, torpe de palabras, fácilmente avergonzado por los repentinos acercamientos de otros, de buenos y determinados sentimientos, y de ser tan terco y renuente de afrontar la realidad, no logró su cometido.

Un par de lágrimas se gestaron en sus ojos cristalizándolos. Era inútil escabullirse en los costales, los golpes, los incontables rounds, el sonido de la campana haciéndole saber que se terminó la contienda contra él mismo.

Izuku sabía que más allá de ser una pelea contra un rival que su cara y nombre desconocía, era una dura lucha contra sí mismo, contra el espejismo de su ingenuidad ante el amor. O quizás la negativa de no ver lo que siempre estuvo ahí; la semilla del desaliento, el desamor.

Carece de valor echarse a llorar en medio del silencio combinado con las frecuencias de sus sollozos enraizarse en las penumbras de su garganta. Es el ruido de un hombre romperse en pedazos frente a la indiferencia del ser amado.

El pitido del marcador sonó anunciando el inicio del round. Izuku golpeó el costal con esos miserables jabs, apretando los dientes para no soltar un grito sollozado, sus lágrimas escurrían con la salinidad del sudor. Sus puños se incrustaban en las leves inclinaciones del costal al ser golpeado tan fuertemente. Es una distorsión, una tonta distracción. Son las palabras que otros le han dicho y se ha rehusado a creer.

Sacó un impresionante cruzado de derecha que casi desploma el costal. Ha iniciado una combinación distinta. Saca otro cruzado, esta vez de izquierda. Empuja el costal con ambas manos, éste se mueve y lo esquiva, comenzando a saltar. Las puntas de sus pies se balancean, creando un ritmo fresco, frenético, como una suave brisa, o una poesía dedicada a su incesante sufrimiento entibiado en los sonidos de su garganta al sacar aire con cada golpe.

Apuesta a que en algún momento la crisálida se desprenderá de su piel, y eventualmente se mudará a una piel mejor. Pero mientras tanto, tendría que pagar el precio de su torpeza.

El precio de la negación.


Uno de esos días estando en la sala con la tía Mitsuki, construía un mejor orden los datos relevantes que había capturado de los boxeadores de Toshinori en su libreta de análisis del boxeo para el futuro vol. 14. Llevaba años escribiendo sus notas sobre los boxeadores que capturaban su atención, tales como Toshinori, de quien llevaba más de diez libretas anotadas de sus estudios con respecto a su brillante estilo de boxeo. Tenía sobre Shouto, igual, un sinfín de notas pulidamente estudiadas de su estilo y de su padre. En ella, incluía a Ojiro y Koda. Les puso que eran boxeadores muy dóciles, pues sus personalidades tranquilas denotaban ese hecho y, además en las sesiones de sparring lo sentía en sus golpes, en las miradas arraigadas en una sombra que él no atisbaba cuál era o por qué la veía en la luz de sus ojos, mas atrapaba su atención verles la determinación pese a su docilidad. En especial de Koda, quien adoraba a los animales, y cada vez que corrían por las mañanas por las montañas de Musufatu, se detenía a apreciar los pájaros, así como resaltar qué especie era cada uno. Izuku notaba cuánto los animales reciprocaban su afecto, y con ello, no evitaba sentir una punzada de envidia.

No por las condiciones económicas que tenían, sino por el valor sentimental que poseían de ellas.

Quería también recibir el afecto de ese alguien más. El alguien que está comprometido. Sin percatarse de ello, cúmulos salinos se juntaron visiblemente en los lagrimales acentuando los rasgos nítidos de su tristeza, captando la atención de la contraria.

—Izuku, ¿Qué pasa?

La tía dejó de hacer lo que estaba haciendo, dedicándole su tiempo a él.

—N-no es nada— Intentó aclarar, mas eso sólo ocasionó más bruma en su cabeza.

—No parece nada— Pasó una mano alrededor de su hombro y presionó las fibras de estos. Ello que Izuku se tensó, pues no esperaba ese gesto de parte de ella, pese a ser una persona afectuosa con él. —¿Es por Katsuki?

La tía siempre sabía qué fibra jalar.

A su falta de respuesta, atinó en decir—:Ese hijo mío. Ha tomado una pésima decisión.

—No me puedo meter en las decisiones de Kacchan. Son suyas, aunque no estemos de acuerdo con ellas.

—Pero yo no estoy de acuerdo en verte así. Estás sufriendo.

—P-puedo con esto solo—La voz le tembló. De haberlo sabido, se habría mantenido callado. No quería preocupar a la tía, más de lo que ya estaba. Es tentar con territorios sinuosos sin una pizca de misericordia para con uno mismo. E Izuku, muy en el fondo, sabía que ni él mismo creía lo que acababa de decir.

Cómo poder con el dolor de un desamor él solo. Es una posibilidad prácticamente inexistente para el nivel de emociones que maneja, aunque fuera emocionalmente alguien con algo de inteligencia. La terapeuta del primer año de preparatoria ayudó a que incrementara sus chances de saber qué le hacía daño y cómo, así como las manifestaciones de guardarse las emociones. Lo guió por un mejor camino. Pero ahora las circunstancias son distintas e Izuku desconoce cuánto más podrá soportar hasta tirar la toalla.

—No te preocupes, Izuku. ¡Ya tengo una idea!—Gorjeó ella, motivada. Su otra mano formaba un puño a la altura de su cara. —Katsuki mencionó que mañana habrá una reunión con la familia de la señorita Camie. Y tengo pensado arruinar esa reunión.

—¿Qué?

—Diré cosas malas(pero verdaderas) de Katsuki para que la familia vea como imposible la unión de ellos dos y desista de quererlos casar.

—¿Pero eso no sería incorrecto? Digo, nos meteríamos en donde no nos concierne.

De pronto, la tía tomó sus manos y las apretó entre las suyas en señal de apoyo.

—Me encargaré de que Katsuki no se salga con la suya, porque lo conozco. Sé que se está sacrificando por la empresa de Masaru. Se siente culpable por haber discutido con él.

Izuku se mordió el labio.

No estaba muy seguro si proceder a creerle o simplemente subir la guardia y continuar por su propio camino a cuestas de su dolor.

—Por favor, Izuku. Créeme— La tía apretó sus manos, como si al sostenerlas algo fuera a cambiar. Sus ojos lo veían con una sutil esperanza depositada en él.

Ella lo veía como la única esperanza.

Izuku le devolvió el gesto.

—Si eso es lo que crees— Manifestó ferviente. Sus grandes ojos verdes miraban de más. —Te apoyaré en esto, tía—Miró la chispa de determinación brotar de sus ojos. —Solo por esta vez.

«Solo por esta vez creeré en ti»

Ella asintió. Una risa diabólica salió de ella reinando el ruido entre las cuatro paredes.

Habían cerrado un especie de trato implícito entre ellos.


Al día siguiente, caminaba en medio de los árboles de la entrada de la universidad. El suave viento acariciaba su piel expuesta.

—Oi— Se giró por reflejo.

Miró detenidamente quién le llamaba. Cuál fue su impresión al ver que se trataba de Yaoyorozu: su rival.

Ella usaba una blusa color verde pastel con escote y una falda de un color azul marino que acentuaba sus generosas formas delicadamente. Se veía despampanante. Izuku se cohibió, puesto a que él con el sueldo de unas cuantas peleas profesionales no le alcanzaba ni para unas playeras decentes.

—Hola—La saludó agitando la cabeza.

Le parecía extraño ser abordado por ella si no estaban en buenos términos.

—Midoriya— Pronunció su apellido con una nota de urgencia, en tanto Izuku se detuvo.—A lo que veo por tu actitud, es cierto lo que dicen los rumores—Izuku puso gesto interrogante. Ella suspiró. —Katsuki se va a casar.

Izuku formó una O con sus labios.

—Si quieres saber quién es, no sé quién es o cómo se ve. No la conozco.

—No hace falta que me lo digas—Agitó una mano en una clara señal de desinterés. —Se nota que no lees los periódicos. Su abuelo, el señor Utsushimi es de los empresarios más destacados en todo Japón y se presume que la mayoría de países extranjeros quieren colaborar con él para hacer grandes negocios.

—Vaya—Exhaló asombrado.

—A lo que voy es que seguramente estarás pensando en cómo detener esta desgracia.

—¿Qué? ¡Yo! No-no-no-no.

—Entonces sí hay— Dedujo ella, con una petulante sonrisa.

Izuku se mordió los labios, nervioso.

—Dime—Exigió la chica, acercándosele al punto de invadir su espacio personal.

—No te voy a decir— Murmuró.

—¿Ah?¿Qué dijiste? Repítelo que no te escuché.

Izuku cubrió su cara con los antebrazos, retrocediendo.

—¡No te diré que la tía quiere intervenir en la reunión de mañana!—Soltó. Exclamó despavorido al percatarse de su error.

Atisbó a Yaoyorozu sonreír.

Izuku estaba lívido, pestañeando.

—Entonces la madre de Katsuki quiere intervenir, ¿Eh? Me uno a su plan.

—¿Qué?

—No te confundas, Midoriya. No lo hago porque me agrades. Lo hago porque no voy a dejar que una niña riquilla se quede con Katsuki así como así. Daré pelea hasta el final.

Izuku la observó admirado de su determinación. Ella tenía razón. Aún podía dar pelea, aún podía luchar por conquistar a Katsuki. A lo que estaba al tanto, Katsuki no conocía en persona a Camie, más que en fotografía, lo que significaba que tenía chance de hacerlo cambiar de parecer, al menos en lo que el impulso de tomar una decisión rápidamente puede suponer.

—Y-yo también—Afirmó animado. —Daré pelea. ¡No me voy a rendir!

Yaoyorozu sonrió.

—Entonces, cuéntame el plan.

Izuku le contó el plan lo más sintetizado que pudo, puesto a que se tentó en divagar de la situación entremezclada con sus propios sentimientos a un nivel de introspección supremo.

Sintiéndose observado por la chica, por alguna razón, no atisbó un grado de incomodidad al ir revelándole el plan, ya que sabía la pasión con la que gustaba de Katsuki y lo mucho que se esforzó por llamar la atención del anteriormente mencionado.

No negaría que ella era una rival de temer y una persona admirable.


Había llegado el tan esperado día en que sería la reunión entre el señor Ushihima y su nieta, Camie, y de la tía Mitsuki y Katsuki en un aclamado hotel de primer nivel.

La tía le dijo la noche anterior que ella se comportaría como una suegra que diera miedo y disgusto. Una suegra de la cual nadie quisiera tener. Izuku no sabía exactamente cómo sería eso, mas le intrigaba el cómo es que lidiarían con la situación, teniendo en cuenta que Yaoyorozu lo acompañaba.

Sin embargo, ahí estaban.

Usando unos trajes de jardineros que les cubrían hasta el cabello, dejando los rasgos de sus rostros a la vista.

Se sentía tonto entrando a ese lugar, como si no perteneciera ahí. Le originaba una constante duda sobre si formar parte del plan de la tía resultaría en algo bueno, o peor aún, que Katsuki lo terminara odiando más.

De sólo imaginarlo le aterraba.

Izuku estaba asustado estando ahí, pero no podía echarse para atrás. No, no debía. No debía si ya se situaba ahí teniendo a su principal rival a un lado y la confianza total de la tía. Era demasiado tarde para rajarse. E Izuku no era el tipo de hombre que se rajaría en cualquier eventualidad, sobretodo las eventualidades que se relacionaran con el hecho de que usaba un ridículo traje de jardinero de color olivo y overoles color marrón oscuro y un sombrero de pescador del mismo color que el overol lo suficientemente llamativo incluso para él.

No obstante, ubicó unas hermosas ventanas largas y espectaculares, brindándole una vista clara de una mesa elegante con mantel blanco contrastando el gris de las paredes donde en el centro reposaba un intrincado ramo de flores rebosando de petunias, rosas, claveles blancos, lirios.

Atisbó la figura de un hombre canoso sosteniendo un bastón, lento pero firme en su proeza. Notó la forma en que se encontraba parado, mostrando un ímpetu irrefrenable pese a los años que seguramente llevaba en el calendario. Arrugas adornaban su rostro melancólico disfrazado por el orgullo que en sus facciones descansaba. Izuku lo miraba tras los binoculares, esperando el momento en que la tía y Katsuki hicieran su aparición. La intrigaba sobre cómo se vería su prometida se cernía en su pecho como una opresión ante lo desconocido. Imaginaba que sería bonita, con una madurez indeleble en su porte elegante pero no ostentoso. De una voz suave y a su vez, autoritaria. Y anhelaba preso de la jaula de su miedo, que fuera una persona con se pudiera profundizar cualquier tema. Así Katsuki podría hablar con ella de cualquier cosa sin enfadarse, justo como lo hace con él.

No entendía por qué pensaba de esa manera si hasta Yaoyorozu aún guardaba esperanzas con un recelo inminente como si espiar esta reunión fuera la última revelación de lo que determinaría lo que harían en adelante.

—¿Qué ocurre?¿Aún no aparece Katsuki?

Negó.

Un nudo se formaba en su garganta apenas dejándole gestar una palabra. Juraba percibir el torrente de sus lágrimas nacer del terreno urbano de sus lagrimales causando la catastrófica inundación de sus poros.

Por algo estaban ahí, ¿No?

Todavía era muy pronto para flaquear.

Su cuerpo se tensa cuando ve la cabellera rubia entrar en el salón seguido de la tía, quien usaba un discreto traje de color purpura y una falda azul marino que le llegaba arriba de la rodilla.

Katsuki, en cambio, adoptaba un atuendo sumamente elegante («Varonil» como diría Kirishima) acentuando todas y cada uno de sus atributos, entremezclando las curvaturas de su angosta cintura, la tersura innegable de su piel, el carmín fogoso de sus ojos afilar el entorno, su andar tan impetuoso como aristocrático aunaban el aspecto del rubio de una manera impecable.

A Izuku se le escapó un suspiro.

No entendía cómo es que aún en esas instancias, Katsuki no dejaba de sorprenderle.

—¿Qué pasa?—Lo interrogó Yaoyorozu, sacudiéndolo de los costados. —¿Ya llegó Katsu-

—Ya llegó—La interrumpió, embelesado.

—¡Qué! Déjame verlo—Le arrebató los binoculares. —¡Oh!—Exclamó. Izuku la miró de reojo. Estaba ruborizada. —En nuestra cita nunca se vino vestido así—Atisbó una nota de reproche. —Parece que va en serio con esto. Pero no lo dejaremos salirse con la suya, sólo por una mujer que no ha luchado por obtener su atención. Ella no se lo mere-

Se cortó; después jadeó.

A Izuku se le encendió una chispa de alarma.

—¿Qué viste?—La urgió a responder. Ese jadeo podía significar la respuesta a todas sus interrogantes. —Es ella, ¿Verdad?

Yaoyorozu asintió. Una impotencia mezclada en el lento asentimiento.

Izuku tragó saliva, duro, pesado. Es un brebaje amargo probar su sabor, incoloro, influenciado por el derroche del temor.

—¿Cómo es?—Preguntó, incapaz de arrebatarle los binoculares.

—Es… hermosa.

«Lo sabía» Se dijo. «Kacchan no se fijaría en una mujer que no sea hermosa. Él se fijaría en la mujer más hermosa de todas. No a un arbusto como yo. Un feo y patético arbusto que lo ha perseguido por seis años»

—Es rubia, al igual que Katsuki—Agregó. —Tiene labios en forma de corazón, es alta, más que Katsuki.

—¿Cómo?

¿Más alta que Katsuki?

No palpaba esa posibilidad con sus dedos, pues estos se desbaratarían con el más leve roce.

Desconocía que a Katsuki le gustaran personas más altas que él. Por su parte, carecía de la estatura suficiente para rebasarlo. Llegándole apenas a la altura de la nariz. Son esas desavenencias de la vida que lo ha vuelto tan poco merecedor de ser el indicado.

—Usa un vestido negro escotado. ¡Qué barbaridad! Para una reunión así debería de usar ropa tradicional. Es una falta de respeto venirse vestido como irías al bar—Bramó ella.

Izuku se limitó a observar a su rival, inseguro de si sería capaz de enfrentarse a ver a la verdadera razón por la cual estaba ahí en primer lugar. Sin embargo, la incesante incertidumbre de saber si era tan hermosa como describían lo colmaba de estar en paz.

—¡Argh, atrevida!— Se quejó Yaoyorozu, formando un puño con su mano. —¡Agarró el brazo de Katsuki! ¿Quién se cree que es?

—T-tranquila—Auxilió.

Ella lo fulminó con la mirada. —Mírala. Mírala y verás cómo es con él— Le colocó los binoculares de un arrebato—Es injusto.

Izuku ajustó sus pupilas a el precio que estaba a punto de pagar sin un centavo a cambio. Entonces la vio… una mujer de cabellos rubios tan dorados que opacaban el rojo terciopelo de las flores, ojos furtivos pero expresivos de un chocolate intenso, labios en forma de corazón, manos con dedos delgados y tersos, un cuerpo estirado, a su vez, de encontrarse envuelto por unas generosas curvas voluptuosas que la hacían verse como una dama de la aristocracia, el vestido tan negro como la noche arropaba las prominencias de su cuerpo resaltando cada una, un escote discreto ocultaba sus delicadas formas.

Y, en efecto, se abrazaba del brazo de Katsuki con una fingida ternura revelando la superficialidad de sujetarse a éste.

Inconscientemente, empuñó ambas manos, crispado. Por muchas razones, enfadado, impotente. Sentimientos negativos se originaron en la génesis de su hipotálamo. O la génesis de la impotencia de no poder hacer nada.

Izuku rara vez se molestaba, y cuando lo hacía unas ganas de afrontar la situación se apoderaban de él. Afloraban desde el fondo de su cuerpo. Es vergonzoso, no puede negarlo, lo exponen y se vuelve estúpidamente vulnerable.

—¿Verdad que es una falta de respeto vestirse así?— La voz de Yaoyorozu lo catapulta a la realidad.

—¿Lo es?—Cabeceó.

—¡Midoriya no entiendes nada!

—Ah, ¿No?

—¡No!

—No sé de qué estamos hablando.

—Claramente—Sacudió la cabeza en fingido desacuerdo.

—Lo siento.

—Ahorra las disculpas, Midoriya. Estamos aquí por una razón y trabajaremos para detener ese matrimonio a toda costa, mientras se pueda—Formó un puño con la mano derecha, ejerciendo presión, viéndose motivada. —Ahora acerquémonos a ver cuándo es la señal para actuar—Lo agarró del brazo, llevándoselo a rastras rumbo a los ventanales que daban vista contra el jardín.

Ella se detuvo el filo del primer ventanal, cubriéndolos a ambos haciendo uso de unos arbustos que tapaban la esquina del borde.

En cuanto se situaron en la zona, oyeron las voces del otro lado. Específicamente la voz de la tía, quien tomaba el mando de la conversación transmitiendo el obsoleto disgusto que le generaba la personalidad de Katsuki para contraer matrimonio con una mujer que por obvias razones no podía aceptar dicho carácter. Si bien, Izuku no se oponía a ese razonamiento, pero no concordaba que no hubiera personas que aceptaran el carácter de Katsuki; personas como él y Yaoyorozu, por ejemplo.

Acepta su carácter. Lo acepta sinceramente. Con todo y sus defectos, aunque de defectos no tiene nada, piensa.

Katsuki es perfecto.

Es asombroso.

Es ¡Sugoi!

Pero no debe de estar distrayéndose pensando en las asombrosidades de Katsuki, puesto a que está allí, viéndolo. Viéndolo en brazos de otra mujer, otra mujer que ni siquiera es la chica que está a lado de él. Otra mujer que jamás podrá ser, porque es un hombre.

De haber sabido de la orientación de Katsuki habría reflexionado mejor sus acciones para así no haber tentado terrenos tan temerarios.

Se sentía estafado. Engañado. Traicionado. Burlado. Lo peor.

No obstante, no estaba enojado con Katsuki. Cómo podría si lo quiere, todavía. Ha hecho un sinfín de tonterías para conseguir su atención aun cuando su lado racional le decía a gritos que no cometiera semejante estupidez, la terminaba haciendo. Aun cuando se consolaba con la idea de que el rubio sería feliz no lo convencía lo suficiente para simplemente rendirse.

—Me parece que a Camie le ha gustado Katsuki— Oyó la voz de un señor poseedor de una voz gruesa. Supuso se debía al abuelo de la mujer. —¿Usted que piensa, señora Bakugo?

La tía se rió fingiendo inocencia.

Yaoyorozu bufó, dándole un codazo en el costado derecho. Izuku asintió a su bufido.

—Yo creo que con el carácter de Katsuki no se podrían llevar bien.

—¡Oi!— Ese fue Katsuki gruñendo.

—No lo niegues, hijo. Cuando las cosas no salen como quieres sale tu verdadero carácter. Si usted lo viera, señor Ushihima, cuando juega tenis lo único que le importa es ganar a toda costa.

—¿Juegas tenis?— Esa voz… Izuku jadeó realizando de quién provenía. ¡La mujer! ¡Camie!.

—Sí.

—Vaya. ¿Me enseñarías? Aunque advierto que soy un poco torpe para los deportes.

Katsuki asintió. —No hay problema.

A Izuku le generó un pinchazo en el pecho. Katsuki nunca se ofreció a ayudarle, mas que para el partido contra Mineta. Luego de ahí, el rubio lo volvió a ignorar como siempre.

—Katsuki es muy tosco para enseñar. No tiene paciencia para ello—Rió Mitsuki.

—Oi, ya basta—Le gruñó Katsuki, entreviendo su irritación.

—Katsuki nunca se ofreció a ayudarme a jugar tenis—Le comentó Yaoyorozu sin mirarlo. —Es más, competíamos uno a uno, pero jamás me dio consejo para mejorar o palabras de apoyo. Sólo decía «buena partida» y se marchaba.

Sonaba dolida. Izuku no la culpaba. Es el sentimiento que deja el desamor de Katsuki.

—A mi me rechazó mi carta sin siquiera leerla—Manifestó.

—Eso ya lo sabía—Respingó ella. —Aún recuerdo la vez en que dijiste que eras el novio de Katsuki. Por un momento pensé que sí lo eras—Admitió.

—¿Qué?

Se giró a verla. Tenía que verla para creerlo.

—La forma en la que él te miró…—Cortó. Hizo una pausa. —Parecía que le hacías hacer otras expresiones, ¿Sabes cómo? Parecer más humano. En cuanto te vio no me hizo dudar que te conocía y no dudó en comportarse como un Katsuki de carne y hueso, porque el Katsuki que conocí jugando tenis era más un robot que el Katsuki que miré esa vez. Por esa razón creí que sí lo eras. Pero al ver que lo negó tan rotundamente, supuse que no. Que era producto de tu imaginación.

—Bueno es que…—Ruborizó, tartamudeando. —Kacchan me había besado el día de nuestra graduación.

—Eso también lo sé.

—¿Cómo?—Exhaló asombrado.

—Un día en que salíamos de la biblioteca tras estudiar, me acompañó a mi departamento. En un arranque de valentía me atreví a besarlo, pero él me rechazó—Izuku abrió los ojos. —Diciendo que no me veía de esa manera. Le pregunté por qué si me permitía estar con él y me dijo que era porque se había besado contigo.

—¡Qué!—Exclamó llevándose ambas manos a la boca con un rubor más grande que su rostro.

Yaoyorozu se mostraba sumamente seria.

—Me hizo pensar que quizás, solo quizás sentía algo por ti, pero con esta decisión del compromiso yo creo que sólo lo hacía para molestar.

«¿Sentir algo por mi?» Pensó. «Eso ha sido imposible. Es imposible»

—Lo dudo—Explayó en un aura derrotada.

—Yo también.

Prestaron atención a lo que acontecía en el salón, con la tía haciendo comentarios despreciativos de Katsuki aludiendo nítidamente a su mal carácter y retorcida personalidad, de la cual, Yaoyorozu mencionaba que era verdad. Que la personalidad de Katsuki era un asco y que no debía dejarse pasar aunque fuera atractivo. Izuku acordaba en que sí, Katsuki es atractivo, pero sabe que su carácter duro fue forjado por el trauma que le generó usar ropa de mujer cuando iba en el kínder a causa de la tía.

Algo que atina que fue sumamente humillante para el rubio y que la manera de afrontar que lo vieran vulnerable era hacerse el duro con otros. Era fingir ser de acero cuando existe una posibilidad de ser blando, tierno inclusive. No debía limitarse en dejar volar esa parte de su pensamiento imaginativo. Pensamiento adquirido en base a la falta de juguetes y medios para estimular su crecimiento por no tener el presupuesto necesario para subsistir adecuadamente y desarrollarse como los demás niños de su edad. Izuku, en cambio, utilizaba su mente para crear sus propias historias, sus mundos confabulados, la positividad sobresaliendo en todo su esplendor en lugar de caer en la ignorancia de que la vida no tenía sentido si no tenía el dinero para comprarse cosas.

Y mientras veía las conversaciones con tono superfluo en el salón, Yaoyorozu lo tomó del brazo, diciéndole que debían ponerse las pilas para estropear la reunión, en tanto que Izuku medio atolondrado por su distracción no reaccionó al instante.

—Te estoy diciendo que hay que apurarse— Lo jaló del brazo, mirándolo alarmada.

—Ah—Reaccionó. —Sí.

Yaoyorozu lo guió por la arboleda del jardín, inmiscuyéndose por los calmos senderos que se abrían y estrechaban a lo largo y ancho del terreno. Una bella escalinata se acentuaba paralela a las colinas de zacate fresco y olor a tierra mojada.

Se acostaron boca abajo en la colina. La sensación de frío se apoderó de él, adentrándose por su ropa cual moho extendiéndose por las banquetas tras largos períodos de lluvia.

Atisbaron las figuras de Katsuki y Camie paseándose por los senderos que daban con pie con las arboledas que simulaban un camino directo a un paralelo estrecho y sinuoso.

Se miraban demasiado bien juntos. Le causaba un desazón en demasía, del cual le originaba una sensación áspera de desolación ante la soledad que acarrea la vista de esos dos envueltos en los cobijos del sol primaveral. Quiso desistir de la misión de lo que iban a hacer en la colina, pero la motivación de Yaoyorozu lo encaminó a acompañarla.

Se encargaron de romper un aspersor para conectarlo con un aparato que en cuanto los vieron pasar, Yaoyorozu lo empujó para que le picara al botón. Lo hizo. Sin embargo, no hubo reacción alguna. El agua no borbotó y cayó sobre el vestido de Camie. Katsuki y Camie caminaron por el este de la colina, conversando sobre la temática del jardín.

Izuku no entendía el tono de la conversación, puesto a que hablar de jardines era algo foráneo para él. Izuku vio que Camie se agarró el brazo de Katsuki y ejerció una presión arrolladora en el aspersor, que chorreó el agua hacia ellos. Yaoyorozu gritó tratando de tapar inútilmente el aspersor que golpeaba contra su cara, mientras Izuku se abalanzó sobre el aspersor y lo sujetó con ambas manos, absorbiendo el impacto del agua golpearle las palmas en un oleada abrasadora de ebullición.

—¡Detenlo!—Chillaba ella.

—Es lo que estoy tratando de hacer.

—¡No lo haces bien!

—Picaré el botón con la otra mano y con esta lo sostendré.

—¡Apúrate!

—¡Estoy en eso!—Justo en ese instante presionó el botón y el aspersor se apagó.

Izuku soltó el aire insuflando su pecho, mismo que no sabía que llevaba tan abultado en la tensión muscular.

Yaoyorozu se relajó, soltando un suspiro de alivio largo y tendido. De pronto, girándose a él lo fulminó con la mirada duramente, casi penetrándolo como una bala. Izuku la observó ojiabierto, expectante a su próxima reacción. No obstante, no hizo nada contra él.

—¿Seguro que eres un boxeador?

—¿Qué? Por supuesto que sí.

—No parece.

Izuku abrió la boca, ofendido por el comentario.

—¿Cómo que no parece? He boxeado desde los cuatro. Mis primeros guantes fueron hechos de materiales encontrados en la naturaleza.

—¿Vivías en la selva o qué?

—En Okutama.

—Con razón eres así de incivilizado.

—¿Cómo? Fue muy complicado venir hasta Tokio. No he tenido los mismos recursos que ustedes.

—Ni siquiera queda tan lejos, Midoriya. Para tu información está a dos horas de aquí.

—Me refería a encontrar vivienda en Tokio que se ajustara al bolsillo de mi madre en aquel entonces.

—En una escala del 0 al 10. Teniendo en cuenta que el 0 es lo más bajo y el 10 es lo más alto. ¿Qué tan pobre eras?

Izuku se llevó una mano bajo su barbilla, meditabundo.

—Será acaso un 4, porque teníamos para comer aunque sea una comida al día y teniendo en consideración que podía ir a la escuela local.

—No estabas tan mal como suponías estarlo, eh—Bromeó ella en tono de burla.

Izuku sonrió de medio lado.

—Hemos mejorado—Amplió su sonrisa.

—Si no quisiéramos tanto estar con Katsuki serías un buen amigo— Le dijo, comenzado a moverse bajando la colina. Izuku la imitó. —No estás tan mal. Eres agradable y no eres tan incivilizado como creía que eras cuando recién te conocí. Me llevé una mala impresión tuya al principio.

—Y yo de ti—Admitió con un mal sentimiento crispándole los nervios en un nudo abultado en la génesis de su pecho. Es como una soda gaseosa que tras sacudirla los gases se acumulan. —Creo que nos llevaríamos bastante bien si no nos peleáremos por estar a lado de Kacchan. Al contrario, eres una chica muy inteligente, guapa, atlética, alta. Eres perfecta. En cambio yo, soy un hombre. No puedo hacer más por Kacchan.

—Difiero de eso—Dijo. —Pero no te diré por qué, porque ya no estoy segura de esa lógica.

—Ya veo—Cabeceó.

Bajaron la colina, pasando por los árboles cortados en un estilo japonés pulcro e impecable. El aroma a tierra mojada era sumamente relajante, incluso para lo que estaban a punto de hacer. Yaoyorozu se encaminó por las ramas de los arbustos verdosos que desprendían unos colores refulgentes que adornaban la vista.

Si no fuera por que usaba traje de jardinero disfrutaría estar ahí, mas ahora se lamentaba con saber que no podría admirar los páramos de las colinas verdosas del recinto. Yaoyorozu no parecía sorprenderse con el paisaje, a lo que supuso se debía a que ella estaba acostumbrada a ver esos paisajes.

Se adentran en el agujero de un arbusto donde cupieron perfectamente bien los dos. Izuku agarró su mano para estabilizarla en cuanto la atisbó a punto de resbalarse con unas rocas mojadas por el estanque de peces Koi. Peces carísimos, por cierto y que jamás tendrá de mascotas en su casa, ni siquiera por decoración. Qué culpa tienen los peces para merecerse vivir en un estanque. No comprendió esa lógica tan extraña, ni cuando ingresó a UA y conoció a otra variedad de personas que no fueran de su medio socioeconómico. Más económico que social, además.

En fin, la sostuvo con su antebrazo y la afianzó con la otra mano sin despegarle la vista de encima. La vio querer gritar del susto, mas al contemplarlo tan serio y concentrado de ayudarla, apretó los labios con una sorpresa asentada en sus ojos oscuros.

Tras auxiliarla, esta lo vio con recelo, pese a que no emulaba ese aire. Quizás era sólo la apariencia restante en su semblante o quizás eran las pesquisas del acto en que se metieron por una torpeza mutua. Sea cual fuere el motivo del por qué estuvo a punto de resbalarse, pilló a Katsuki pasar por el estanque en los peldaños que llevaban de un lado al otro del estanque con cascada a escala pequeña.

—Ni creas que te voy a agradecer—Advirtió la chica tras recuperar su semblante a uno más compuesto.

—Está bien—Asintió.

—¿Ahora qué sigue? ¿Qué otro plan traes en tu arsenal?

—Traje esto que me dio la tía— Alzó una jaula que llevaba guardada en su mochila amarilla. Dentro de la jaula habitaban unos gusanos gruesos con pelos blancos sumamente delgados como las partículas de polen en temporada de primavera.

Yaoyorozu puso cara de repulsión.

—Qué ideas tan infantiles tienes, Midoriya.

—¡No son mías! Son de la tía—Replicó.

—¿Y qué vamos hacer con ellos?

—Se los tiraremos al brazo de Camie así ella se asustará y se caerá al estanque.

—Lo tirarás tu porque no pienso tocarlos.

—No, sí, sí. Sin problema. Lo haré yo—Abrió la jaula de aspecto rudimentario y con los palillos japoneses cogió a un ejemplar de los cuatro que habitaban en la jaula con unas ramitas que hacían función de ramas reales del bosque y lo lanzó con precisión al brazo de la chica, la cual cruzaba el estanque con Katsuki frente a ella adoptando una pose desinteresada.

La oruga cayó en el brazo de la mujer, quien admiraba las copas de los árboles, y, que al sentir el extraño y viscoso animal en su piel, pegó un chillido estridente. Yaoyorozu e Izuku se agarraron de las manos, aplaudiendo por su triunfo.

Camie se apegó en el brazo derecho de Katsuki, quien percatándose de la razón de su angustia, tomó a la oruga con sus dos dedos iniciales y lo lanzó con una sonrisa picarona en dirección a ellos. La oruga aterrizó ponzoñosamente en la cara de Yaoyorozu, en la zona que conectaba su nariz con sus mejillas. Ella echó un grito sin pudor de que la oyeran. Izuku la intentó aplacar, pero fue demasiado tarde. Yaoyorozu se levantó de un salto del arbusto, tratando de quitarse la oruga de la cara y en su intento de hacerlo, perdió el equilibrio y cayó de una sentada en el estanque, agarrándose del brazo de Izuku quien se abalanzó sobre ella, mojándose entero.

Lo que en un inicio parecía un plan para frenar el compromiso de Katsuki terminó convirtiéndose en una completa pesadilla.


Secaba su cabello rizado con la toalla. Un estornudo salió de su boca sin poderlo detener. Suspiró. Ese era el precio que debía pagar por su tontería. La impotencia y los celos sacaron lo peor de él.

Debería de darle vergüenza, pensaba. La suficiente vergüenza para no ver la cara de Katsuki y decirle a la cara de su sentir respecto a la posible boda entre éste y la mujer.

No tenía el valor de llamarla por su nombre todavía.

Le escuece la lengua de sólo imaginarse decirlo con su voz. Un amago escalofrío se apodera de él y posteriormente estornuda. Se tapa con la toalla la boca. Sus hombros se encogen producto de haberse contenido. Sus músculos se estiran tensos, se aprietan duramente emitiendo pequeños temblores.

Parecían ser síntomas de un resfriado. Genial. En menos de un mes es la pelea y se resfría. Enji lo castigará al día siguiente. Qué decir de la cara de decepción de Toshinori, o de Shouto, o de Mirio y Nighteye—su entrenador—. Se aterraba de pensar a cuántas personas decepcionaría por resfriarse, pero más con la causa de su resfrío. Pero sobretodo se decepciona de sí mismo, de su inutilidad.

«Celoso infantil» Es el término que se designa.

Uno que es muy justo y se acomoda perfectamente bien a él.

—¡Ay, lo siento tanto, Izuku! Por haberte metido en ese embrollo y que resultara en tu cayendo al estanque—La tía lo consolaba estando los dos en el comedor.

—No te preocupes, tía—Aclaró. —No es culpa de ninguno. Somos nosotros actuando en base a nuestros sentimientos sin pensar en los de Kacchan.

La tía apabulló los labios. —No, no es eso. Es Katsuki sacrificándose por su padre porque se siente culpable de que haya terminado como terminó. Cuando una idea se le mete en la cabeza es imposible sacársela.

Izuku asintió, pues la tía comprendía la maraña de cosas que transcurren en la cabeza del rubio.

—Verás que aunque el plan haya fallado por su parte, me hice cargo de dejar una pésima impresión. Dirán que soy la peor suegra y no me querrán como su familia. Van a llamar hoy diciendo que cancelan el matrimonio y el maldito mocoso no podrá ocultarse más de nosotros. Verá ese tonto hijo mío que no gana nada desafiándome.

—Tía, ¿Está segura de eso?

—¡Por supuesto!—Tosió indignada. —Soy su madre, después de todo. Ese mocoso me obedecerá aunque sea mayor de edad porque aún vive en esta casa.

El sonido del teléfono los sobresaltó. La tía le sonrió codeándose con él, quien asentía sin saber qué expresión poner.

Se acercaron al otro comedor que conectaba la cocina con la sala en una habitación separada. Katsuki atendió la llamada.

Lo escuchó saludar cordialmente a quien hablaba del otro lado de la línea. Las ansias por saber qué se decían lo orillaban a asomar la cabeza del marco de la puerta hasta mostrar sus enmarañados rizos acuosos de gotas de agua por el baño caliente. Sus ojos verdes lo observaban como dos focos de luz de un vehículo cruzar calle vacía en medio de la noche.

—Sí, estoy de acuerdo con avanzar—Acordó respetuoso. Su grave voz sonaba más atorada que de costumbre, más imperante y aparatosa. Asumió se debía al trabajo en la empresa. —Me pondré en contacto con ella más tarde. Sí, gracias señor Utsushima, lo espero con ansias. Tenga una buena noche—Colgó; entonces viendo a Izuku y a la tía con una mirada sin vida. Que a Izuku le dio escalofríos verlo tan mecánico como la primera vez en que le habló para darle su carta.

Le extrañó el cambio. Si antes se veía rebosante de energía, de ganas por entrar a la licenciatura de medicina.

¿Dónde quedó ese Katsuki?

—¿Qué pasó?— Lo abordó la tía.

—Habló que estaba de acuerdo con avanzar el compromiso.

—¿Qué?

—Me gusta ella, vieja bruja. No te metas en mi decisión.

Izuku apretó los labios, preocupado.

—¡Cómo!

—Me casaré con ella. Es mi decisión. Y tendrás que hacerte la idea tarde o temprano.

Y con eso, se marchó, dejando a la tía con expresión angustiada e Izuku envuelto en ese torbellino de tristeza.

¿Qué pasaría a partir de ahora?

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NOTA: Katsuki está decidido a casarse e Izuku no sabe qué hacer.