"Tirar la toalla"
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Está recostado con el corazón en la mano y la mirada perdida como si fuera a tallar agujeros en el techo. No entiende cómo es que de una cosa llegaron a otra. Sólo sabe que en algún momento tendrá que hacer las pases con los cambios que ocurrían en la familia de los Bakugo y de que él no formaría parte de ello.
Quisiera enterrar la cabeza en la almohada y despertar cuando la tormenta haya pasado. Despertar cuando Katsuki se haya casado y no lo tenga cerca, porque si lo tiene cerca, querrá convencerlo de que no está bien lo que hace y que por clemencia lo elija a él. Pero esos pensamientos conllevan a actitudes infantiles, producto de los celos.
Sacan su peor lado. Su lado más oscuro.
Izuku no hará más. No complacerá su lado oscuro, porque prefiere la voluntad de las buenas acciones. Prefiere que Katsuki sea feliz que él lo sea en primera instancia. Vela por el bienestar de rubio pese a que lo ha tratado de la peor manera posible, Izuku no le guarda rencor alguno. Al contrario, continúa queriéndolo, demasiado para su propio bien, porque no le deja ningún bien, mas que la enorme herida que sangra de su cuerpo entero pero es una herida que nadie ve, ni él tampoco.
Los mechones de pelo se remarcan en las orillas de sus orbiculares, ocultando su rango de visión por vestigios.
Entiende la solemnidad con que sus pestañas cubren su piel, su alma quebrantada por las decisiones del rubio. Son suyas, tiene que repetirse hasta que le entre a la cabeza. Debe incrustarse la idea en su cráneo golpeado de boxeador que Katsuki no quiere nada con él. Ya ha pasado ese punto en que las ilusiones no corresponden con la realidad y en que lo que ocurre es el capítulo de su vida con el que debe aprender a lidiar.
Revisaba pesadamente su celular sin un ápice de interés en contactarse con nadie. Repasaba las imágenes de algunas fotografías tomadas aquella vez que subió el monte corriendo con el equipo atrás suyo y la dura mirada de Enji sobre sus pasos. Había sido de esas pocas veces en que se animó a subir un monte, aunque fue más la insistencia de Enji en que lo hiciera para completar el programa de entrenamiento, lo cual cumplió.
Imágenes de él mismo cuando terminó el programa de entrenamiento elaborado por Toshinori la primera vez que trabajaron juntos. Su cuerpo recién tonificado y sus hombros por fin podían cargar con el peso de la madurez y una probadita de lo que sería ser campeón del mundo. Lo cual era un sabor a sudor, lágrimas y sangre. Pero sobretodo era un sabor a lo que le genera cuando llora de alegría. Es un sabor dulce, pero a la vez, doloroso. Es lo mismo que deja el querer a la persona que le gusta y no es correspondido. Porque el ser correspondido debería saber bien, es decir, a un dulce caramelo, no a lágrimas salinas.
Se detuvo en la fotografía que le tomó Toshinori cuando Shouto y él tuvieron su primer sparring tras haberse hecho amigos. Fue un momento sublime, lleno de sudor, felicidad, sentimientos encontrados.
—Veo que tampoco estás de buen humor— Esa voz… se giró. Yaoyorozu. Tomó asiento frente a él en un parpadeo.
—¿Se nota?—Rió amargo.
Ni siquiera lo negó, como lo haría en otras situaciones. Dijo la verdad sin miramientos.
Ella lo observaba contundente, pese a la mueca pesarosa que descansaba en sus labios.
—Supongo que ni siquiera tu que te esforzaste al máximo lograste mover el corazón de Katsuki— Dijo.
Izuku asintió con la cabeza baja.
—Supongo que es momento de rendirse. Pero al menos me da tranquilidad que di lo mejor de mi hasta el final. Tu también debes pensar lo mismo. Hicimos lo mejor que pudimos dentro de nuestras posibilidades y aun así escogió a esa chica.
—Podemos hablar bien de ella—Sugirió.
Ella esbozó una expresión agria. —No digas chistes, Midoriya.
—Es la verdad.
—Ni de broma lo intentes. Todavía estoy frustrada por que Katsuki cerró las puertas para intentar tener algo con él, pero ni eso nos dejó.
—Supongo que tienes razón—Bajó el celular y la miró, esta vez, a los ojos. Ella refulgía pese a verse derrotada. Entendía ese pesado sentir más que bien. Lo sabía de memoria.
—La tengo—Bufó. —¿Y qué harás?
Izuku frunció las cejas.
—¿A qué te refieres?
—¿Intentarás salir con el cocinero? ¿Cómo decía Katsuki que se llamaba? ¿Kirishima?
—Sí, es Kirishima—Confirmó.
—No se ve un mal tipo. Parece que se llevarían bien el uno con el otro.
Izuku agachó la cabeza. —Supongo…—Su tono vaciló.
—No te cierres a nada, Midoriya. Saliste unas semanas con el hijo menor de los Endeavor. Podrás salir con otro hombre, si así lo quisieras.
—¿Y tu?
—¿Yo qué?—Gruñó.
—¿Saldrás con Mineta?
Izuku alzó la vista. Ella puso cara de asco, bufando.
—Ni de chiste, Midoriya.
Entonces, Izuku rió. Después ella. Es la vez primera en que pueden tener una conversación normal.
—A veces dices cosas innecesarias, otras dices cosas demasiado ciertas—Le dijo. —Katsuki debió escogerte a ti, al menos con eso diría que yo fui el mejor partido que él pudo haber tenido.
—¿Eso crees?—Interrogó inocentemente.
Ella sonrió divertida.
—No lo creo, lo digo.
Ella se levantó de la silla y partió, dejando a Izuku con un sentimiento más liviano de la situación.
—Así que Bakugo-kun se va a casar—Esa fue Uraraka.
—Sí…—Cabeceó Izuku, visiblemente decaído.
—Me sorprende, en verdad—Ese fue Iida. —Digo tenía estipulado que en algún momento tus esfuerzos resultaran ser fructíferos, pero terminó todo en una reverenda tragedia—Izuku asintió con la mirada sumida en un punto abstracto. No estaba de humor para reprocharles sus opiniones o negarles oírlos. —¿Cómo te sientes con eso?
—Sí, Deku-kun. ¿Cómo te sientes?
—Mal—Musitó.
«¿Cómo se supone que me debo de sentir?»
—No sé qué hacer. Lo estoy procesando; todavía no entiendo cómo pasó todo esto. Kacchan dijo que le gustó ella a través de una fotografía, y ella al parecer siente lo mismo. Pero yo—Cortó. Inspiró profundo. —Yo aún no entiendo en qué momento todo se fue por la borda, si ¡Aún no me he rendido!—Lágrimas caían por sus mejillas. —¡No he dejado de luchar por él, porque me elija! ¡Jamás tiré la toalla! ¡No quiero hacerlo! Pero tengo que… tengo que hacerlo, sino—Hipó. —Sino no podré avanzar. He hecho todo, todo.
—Deku-kun…
—Midoriya…
Izuku se sacudió. Más lágrimas salían de sus ojos, brotaban asentando sus raíces en sus mejillas paseándose por el dorso de su mano al removerlas en vano, pues aun así, seguían cayendo. Seguían.
Son las ramas que lo atraen por efecto de la gravedad hacia abajo cuando se muere por subir, subir lejos del origen de su dolor. Se dice que ha sido un largo trayecto del cual se inmiscuyó sabiendo muy en el fondo que no saldría victorioso, sino derrotado, triste y solo.
Sus amigos no tienen nada que decirle, o más bien, nada de lo que le dirán es algo que él no esté consciente. Ha escuchado las regatas de ellos durante los dos años que lleva viviendo bajo el techo de los Bakugo y no les ha reprochada absolutamente nada; es más, ignoró oír tantas veces la verdad, incluso él la sabía, pero se negaba a aceptarla.
Ahora que ya metió las raíces hasta el fondo, no sabe cómo salirse, o cómo siquiera sobrellevar el dolor que siente lacerándolo como un martillo pegarle entre las pieles.
—Me voy a concentrar en la pelea—Suelta apelando una serenidad que no tiene.
—¿Pelea?— Vocea Uraraka, confundida. —¿Qué pelea?
—No nos has mencionado ninguna pelea. ¿Acaso pelearás en estas fechas sin tener la decencia de decirnos?
—La pelea es a finales de este mes. En Macao.
—¡Qué!—Exclamaron los dos.
—¿Cómo?—Fue Uraraka.
—Es por el título mundial de la CMB peso mosca en el Venetian de Macao.
—¿Por qué no nos dijiste?—Reclamó Iida, ofendido. —Esto es importante para ti. Qué decir, es tu sueño, Midoriya. Me parece una falta de respeto que no nos hayas considerado en compartirnos esta maravillosa noticia.
—¿Crees que nos contará si todavía no procesa que Bakugo-kun se va a casar con otra?Ten más sentido común, Iida. Por favor.
—¿Qué dices? Tengo más sentido común que tú. Al menos no me fijo en el platillo más barato de la cafetería.
—¡Qué!—Vocifera ella. —Repítelo—Sentenció con los puños en pose de defensa.
—Chicos, tranquilos—Intercedió Izuku, aún con las lágrimas adornando sus facciones en una trémula sonata de invierno. Los ojos verdes parecían copos de nieve flotando en la atmósfera.
—Deku-kun, lo siento—Se disculpó su amiga, apenada.
Izuku negó. —Está bien. No es la culpa de ninguno. Yo mismo me metí en este embrollo, y yo mismo debo averiguar cómo salir de él.
—No sé que decirte para que no te sientas mal por esto—Admitió su amiga.
—No es necesario que me lo digas. En serio— Le dijo en respuesta. Tendió su mejor sonrisa teñida por el dolor que cubre el manto de sus ojos.
No importa el peldaño que deba cruzar o cuán alto sean los obstáculos que deriven a que aprenda a cerrar este capítulo de su vida, pero está dispuesto a aguardar el tiempo necesario y poner su mejor empeño en ello.
—Aun así, no tienes que sufrir tu solo.
—Es malo guardarse las cosas—Recordó Iida. —Tu mismo me lo dijiste. Cuando atacaron a mi hermano mayor y terminó herido. Quise buscar al culpable para vengarme y me detuviste. Me dijiste que la venganza no era buena, que era mejor hablar con tus amigos o quien sea, pero nunca callarse.
—Agradezco que me apoyen en esto, pero me corresponde a mi ponerle un cierre apropiado, ¿No creen?
No pensó que decirlo en voz alta podría quemarle la lengua a fuego vivo. Cada palabra arrastraba pesar.
Sus amigos lo vieron con duda, mas guardaron silencio, algo que Izuku apreció. No podría estar bien consigo mismo si involucraba a más personas en esto. Bueno, más de lo que ya ha hecho por su torpeza. Faltaba hacerle saber a Shouto que no debe inmiscuirse en lo que acontecerá a partir de ahora.
Pero mientras tanto, aceptará las buenas intenciones de sus amigos como el preámbulo del cierre de su amor por Katsuki. En definitivo.
—¿Qué les parece si los invito a comer ramen en compensación por todo lo que les hice escuchar?—Sugirió.
Uraraka e Iida se miraron, luego tras verlo, sonrieron.
—Tonkotsu para mi— Respondió Iida.
—Shoyu para mi—Replicó Uraraka. —Con extra Chashu. Y unas gyozas de cerdo.
—Aprovechada— Bufó Iida.
—¿Qué?—Dio un respingo. —Deku-kun dijo que nos invitaba. Hay que aprovechar.
Vio que Iida estaba a punto de replicar, por lo que intervino—: Iida, está bien. Me alcanza el dinero para pagar.
—¿Estás seguro? Podemos posponerlo para otro día. Tu pelea es más importante que llevarnos a comer ramen.
—Quiero que sea hoy— Sentenció. —Sólo por hoy, quiero comer mucho en buena compañía—Diciendo esto, sonrió.
Sus amigos asintieron, sin rechistar.
La perilla se movía de un lado a otro, sus pies zigzagueando conforme acompasaba sus pasos a las cuerdas del ritmo. Inhalaba por la nariz y exhalaba por la boca. Shouto estaba con él en la otra perilla del gimnasio de Enji. Enfriaban tras haber hecho doce rounds de sparring. Para enfriarse de un entrenamiento pesado se pasaba de las perillas, luego a las peras, después a saltar la cuerda y finalizar con una serie de abdominales.
Cabe decir que lo último lo terminaban con una ronda de 600 abdominales incluidas con bola medicinal.
Izuku está agotado. Ha estado entrenando sumamente duro a raíz de que faltaba menos de un mes para la pelea. Era obvio que Enji quería cerrar con broche de oro: dejarlo en la mejor condición posible.
Izuku entendía sus razones, al igual que entendía las suyas propias. Cada uno tenía sus razones por separado, pero muy en el fondo él poseía estas razones con un objetivo en común: probarse a sí mismo que puede obtener el éxito con su propio sudor.
Para eso tuvo que desarmarse basado en su desamor, en los rechazos, en el bullying, en los comentarios hirientes, en las burlas. En lugar de derribarse con esas cosas los usaba para crecer. Eran sus propios desafíos.
La campana sonó. Ambos se detuvieron. Shouto exhaló, recuperando el curso de la respiración. Izuku removió el sudor con el antebrazo.
—Pronto es la pelea— Oyó a Shouto murmurar. —¿Cómo te sientes? Te noté algo decaído en el sparring.
Sus orbes bicromáticas lo vieron escrupulosos.
Sabía que tarde o temprano Shouto se percataría de que todo se iba por la borda.
—Kacchan se va a casar.
Su mirada se expandió.
—¿Cómo?¿Contigo?
—No, no—Sacudió la cabeza. —¿Cómo crees? Si fuera conmigo estaría feliz. Qué decir, en éxtasis.
—¿Con quién, entonces?¿Tu rival? Esa chica inteligente de ingeniería.
Negó.
—Será con otra chica. Mujer, mejor dicho—Aclaró. —Muy hermosa, además de eso, congenia perfectamente con Kacchan.
Shouto pasó su antebrazo a remover los mechones de cabello rojo que oscurecían el fulgor de sus irises. De no ser por los guantes, habría usado sus dedos. Es un gesto que le conoce de tiempo y este aparece cuando no sabe cómo abordar el conflicto.
Izuku no quiere preocuparlo, muchos menos involucrarlo en el torbellino de sus sentimientos, pero necesita sacar un pedazo de su dolor a través de las palabras. No harán algo trascendental, mas al menos merman el vacuo hueco de su corazón.
—¿Por qué?
Izuku se congela.
—¿A qué te refieres?—Alza una ceja, interrogante.
La campana suena y regresan a maniobrar la perilla con los puños. Combinaciones veloces bailotean furiosos bajo la madera.
—Me refiero a que por qué casarse con otra mujer.
—Porque le gusta.
—Le gusta— Dijo para sí, cabeceando arriba abajo.
—Sí y mucho—Afirmó.
—Entonces por eso se casará con ella—Supuso.
Izuku asintió.
Golpeó con un fuerte gancho de derecha la perilla que casi se descoloca y esquiva los incesantes revoloteos con movimientos de cintura.
—No es razón suficiente para casarse con alguien, sino ya estaría casado contigo—Resaltó. Izuku sintió la mirada del otro sobre él y ruborizó.
—Dejen de estar hablando— Respingó Enji, haciéndolos trastabillar.
—¡Lo siento!
—Shouto no lo distraigas. Cámbiate a la otra pera.
—Déjanos respirar—Bramó el bicromático.
—¡Shouto!
—¿Qué? Es la verdad—Replicó en tono sarcástico.
Enji hizo una mueca y se dirigió al cuadrilátero donde cuidaba a Koda y Ojiro haciendo sparring. Iban mejorando. Era lo bueno, pero Izuku debía enfocarse más en que él también se esforzaba por mejorar. Cada uno lo iba haciendo a su debido tiempo.
Izuku dolía por dentro y se mostraba por fuera cuánto le afectaba. Sin embargo, eso no lo detenía de pegarle a la perilla.
La campana sonó de nuevo. Quien sabe cuántos rounds ha completado ese día, pero los que siguen serán igual de duros, o quizás más que este.
No importa. Se asegurará de enfrentarse a cualquier obstáculo, incluso a su propio corazón.
La tía iba de un lado a otro sacudiendo el polvo inexistente de las mesas de la sala. Formulaba frases inteligibles hasta para sus propios hijos. Darían de alta a Masaru ese día y todos estaban impacientes por celebrar su regreso. Su madre preparó bocadillos, Katsuki limpió la entrada de afuera y el armario donde ponen los zapatos, Kota puso la mesa en la sala, acomodó el mantel y decoró el centro de mesa con un ramo de flores recogidas del jardín de la tía, y él, bueno, recién llegaba de la universidad tras haber corrido a las cinco de la mañana un aproximado de 5 kilómetros.
No negaría que estaba emocionado por ver al tío saludable. Y qué más que a la familia contenta. Pasaron por mucho estrés a causa de su malestar, pero que con acierto, fue recuperándose, gracias a los excelentes médicos y la voluntad misma del propio tío, quien cooperó y puso lo mejor de sí para darse de alta lo más pronto posible. El motivo de su recuperación fue el hecho de que su hijo mayor decidiera casarse repentinamente con la nieta del principal inversor de su empresa de juguetes. Cabía decir que Izuku desconocía de qué trataba dicha empresa hasta que Kota, frustrado de su desconocimiento, le reveló qué producía.
Cuál fue su sorpresa al enterarse que la mayoría de los juguetes que tuvo de Toshinori(lo cual era raro que hubieran juguetes de boxeadores, siendo así que no era común que estuvieran en el mercado y mucho menos que se compraran) en pleno apogeo fueron producidos por la empresa de Masaru. Arrepentido por no saber el trabajo del tío, decidió disculparse por su falta. El tío aceptó sus disculpas, pese a no encontrar razones para justificar su conducta. Agradecido por su amabilidad, consideró que llevarse bien con los Bakugo era lo único que lograría hacer ahora. No tomaría su amabilidad como signo de poco valor. La tomaría como algo con que asirse, es decir, la amabilidad de una familia que no es la suya por una unión consanguínea contrastaba con lo que él se asía desde que era un pequeño: su primer entrenador, la señora que le daba de comer en el restaurante fuera de la guardería, Toshinori quien se ofreció a entrenarlo tras ver su talento, Enji, que pese a ser estricto y parcial con él, a veces se soltaba y sacaba a relucir su lado dócil, Shouto que aunque fue su pareja por un corto tiempo, lo hizo sentir verdaderamente querido, los tíos, quienes lo acogieron pese a sus condiciones lamentables y le dieron un hogar.
Izuku apreciaba más esos vínculos que apegarse al desacierto de sus ingenuas ilusiones. Si bien, apoyaba la noción con que era la primera vez que se enamoraba de alguien, puesto a que atracción física y limeranza eran dos cosas distintas, ya tenía experiencia en sentir atracción física por otros. Como fue con Uraraka cuando recién la conoció, pero no avanzó más que meramente una atracción efímera.
Sin embargo, no pasó a mayores. O sea, las atracciones que experimentaba eran cosa efímera, no cruzaban límites, a comparación de su amor por el rubio gritón. Le dice gritón, pero lo quiere, con sus gritos, su mal humor, pésimo carácter, y hermosa peligrosidad con que te pellizca el corazón con los ojos.
Sacudió la cabeza sumido terriblemente en sus pensamientos. Los Bakugo estaban ahí, igual su madre. No debía distraerse en lo que se dijo miles de veces después del fracaso de la reunión.
«¡Ríndete!»
Su pecho se apretujó. «Izuku, no pienses en eso» Se regañó. «Espabila, espabila» Repitió, mientras se daba palmadas en las mejillas.
—¿Tienes algo en la cara?—Le preguntó Kota, tras notar su evidente acción.
—¡No!— La respuesta salió demasiado aguda. Kota retrocedió esbozando una mueca de disgusto, segundeada por Katsuki, quien pasaba a un lado de ambos.
—Idiota—Murmuró entre dientes.
Izuku se heló. Hacía días que el rubio no le dirigía la palabra, ni siquiera una mirada. Su corazón hizo ese movimiento alocado que siempre hacía cuando tenía el escarlata sobre él. Un tremendo vuelco.
«¡Basta, Izuku! ¡Basta!»
Cambió de dirección hacia el rincón donde la tía limpiaba. Se ofreció en auxiliarla en sacudir los barandales de las escaleras en lo que ella preparaba el té, pues el té solía gustarle al tío por las tardes.
Sacudía con el plumero las angostas escaleras, mientras intentaba, pero de veras intentaba encapsular el río nada encauzado de sus sentimientos. Era mucho y se desbordaba por diversos causes. Primero a los brazos de Shouto, verlo exudando un aura divina de piel blanca sedosa, el húmedo aliento saliendo de su boca entreabierta, su voz grave pronunciando su nombre cual caricia, sus manos atrapando las suyas y besando su piel, su rostro, desvaneciendo la imagen en una nada que aún no recordaba. Segundo, se desbordaba cuando accedió a interrumpir la reunión de Katsuki con su prometida. Tercero, cuando abrió la boca la primera vez para entregarle su carta a Katsuki siendo rechazado en el acto. Cuarto, cuando se dijo que se rendiría aquella vez en la graduación y Katsuki lo terminó besando, provocando en él un refulgir ineludible, que adujo a sí mismo no dejarlo.
Ahora era un desastre. Todo era un desastre. Su vida, sus sentimientos, sus emociones, su cara delatora, sus acciones torpes. Ya no podía mantenerse al margen propio, ni el de otros.
Entonces sonó el timbre y todos se apilaron en la entrada, siendo su madre y la tía las más ansiosas.
—¿Listos?
Asintieron.
La tía abrió la puerta y apareció su esposo, sano y sonriente. Su sonrisa bañó con rocío los demás, quienes lo recibieron agradecidos de verlo tan radiante tras lo ocurrido. Katsuki era el más compuesto del resto, pues se limitó a cabecear con una diminuta sonrisa y pasó a retirarse a la sala.
Reacciones que atribuyó se debían a su usual desinterés para las relaciones con otros, entre ellos su familia, pero de alguna manera sabía que a Katsuki le importaba.
Entonces, Masaru lo ubica, viéndolo con una dosis de amargura. Le sonríe.
—Hola, Izuku. No te he visto en días. Me da gusto verte bien.
—Sí—Reaccionó mostrándose más animado. —Es bueno verlo mejor.
Le volvió a sonreír y se dedicó a prestarle atención a su esposa e hijos, en lo que su madre servía sus bocadillos en la mesa del centro de la sala donde descansaba el mantel.
—Izuku, ayúdame a poner los platillos.
—Sí, mamá.
—No olvides poner las salsas a un lado del pollo picante, sabes cómo le gusta a los Bakugo el picante.
—Bueno, es la tía y Kacchan.
Su madre lo miró a le mención del apodo de Katsuki y enseguida notó su pesar. Con un estruendo en su interior, supo que otras personas que no fueran él estarían aguardando el momento en que haga el cierre. No le gustaba la presión, ni la sensación de ser visto de ese modo, no obstante, dejó pasar su mirada, y se limitó a sonreírle.
—Me tomará mi tiempo, aunque ya acepté la realidad.
—Izuku…—La vio fruncir las cejas en tristeza. —Sabes que no me gusta verte sufrir.
Asintió.
—Creo que es bueno que pienses de esa manera, al menos por ahora.
—Yo también lo pienso—Tomó las salsas y se fue a la sala, tras ir sirviendo los platillos sin un orden consecutivo.
Una vez todos sentados, hicieron un brindis dirigido por el tío, quien agradecía profundamente la preocupación y el apoyo de su familia y la de los Midoriya, expresando su aprecio y afecto hacia ellos, que pese a no estar unidos por la sangre, los unían otras cosas, tales como la convivencia diaria, las sonrisas.
Izuku escuchó el brindis con una sonrisa sincera en su rostro. No esperaba más del tío.
Su madre derramó algunas lágrimas de felicidad y la tía sonrió ante esto. Kota miraba atento a su padre adoptivo como si fuera algo de lo más significativo en su vida. Izuku comprendía ese sentimiento. Amplió aun más su sonrisa.
Tras el brindis, empezaron a degustar los deliciosos platillos elaborados por su madre.
—Exquisito, como siempre, Inko—Elogió la tía, gustosa.
—Sí, Inko. Tu cocina nunca me decepciona—Segundeó el tío.
—Gracias—Respondió su madre, asintiendo repetidas veces, sin soltar los palillos.
De repente, sonó el timbre, sorprendiéndolos en conjunto. La tía frunció el ceño.
—No recuerdo haber invitado a nadie. ¿Masaru invitaste a alguien?
El tío negó, igual de extrañado que la tía. Se miraron escépticos entre ellos sin saber quién era la persona que tocaba el timbre.
Katsuki se levantó del sofá, donde estaba sentado solo. Kota y la tía estaban sentados en el otro sillón. Su madre y él en el otro que descansaba pegado al de Katsuki. Y Masaru se encontraba en el sillón individual. Las miradas se posaron sobre éste.
—Invité a alguien.
—¿A quién?—Interrogó la tía.
No respondió. Fue a la puerta y las voces que escucharon los exaltaron, más allá de su estado extrañado de segundos antes.
—Ese Katsuki—Gruñó Mitsuki, aplastando el tazón entre sus palmas, sin llegar a romperlo, pues Masaru la detuvo en el acto.
Su madre y Kota eran los únicos que no sabían a qué venía sus reacciones. Pronto lo descubrirían. Entró el señor Utsushima seguido de su atractiva nieta. El señor no lo había visto bien a bien la cara, pero distinguía su voz. Gruesa, pesada, como una tonelada. Y de Camie, pues su voz era sensual e igual de atractiva que su apariencia.
El señor vestía de un ataviado traje color blanco y una corbata azul apoyado de un bastón. Se veía bonachón, pese a semejante voz que portaba. En cambio, Camie usaba una blusa blanca pegada al cuerpo y una falda negra a mitad de la rodilla. Izuku no podía ganar con eso, ni de chiste. O como diría Yaoyorozu «No digas chistes, Midoriya».
Esa mujer era una bocanada de aire fresco. Es hermosa, bellísima. Sintió una presión cernirse sobre él sumamente desagradable, como la sensación próxima de un mal presagio.
El señor Utsushima se presentó de manera formal, demostrando asimismo sus valores y educación ante ellos. Seguido de éste, Camie se presentó adoptando una actitud mucho más relajada que su abuelo.
Izuku la miró y entendió el punto de Yaoyorozu. Él es un incivilizado, un poco culto, un torpe, un hombre con un aspecto físico simple.
Bajó la cabeza.
Es verdad que no puede con ella.
—Camie trajo comida— Mencionó Katsuki, a su vez que se sentaba en su anterior lugar dejando un espacio para su prometida. A Izuku le caló en el alma la evidente indiferencia que se manifestaba en su contra.
—No, Katsuki, pero ya tienen comida. No se ve bien que alguien que no estén familiarizados les traiga de comer.
Katsuki chasqueó la lengua.
—Solo enséñales lo buena que eres— Externó.
¿Lo buena que es? Eso significaba que ya conocía de sus habilidades culinarias. Esbozó una mueca insatisfecha.
La tía miró dudosa a su hijo, y después a su prometida. El tío se encontraba en el mismo canal. Su madre y Kota lucían perdidos en el asunto, a lo que accedían a la novedosa información de probar comida de alguien más, por lo que inocentemente asintieron. Camie sacó de su bolsa de tela una serie de Bentos de madera fina y las colocó recatadamente en la parte sobrante de la mesa y les sonrió a los Bakugo, incluyéndolo a él y su madre.
Kota fue el primero en tomar entre sus palillos un trozo del salmón bañado en una salsa de aspecto agridulce.
—Delicioso—Chilló emocionado.
Los Bakugo lo observaron reticentes, mientras Izuku se devanaba el cerebro con aquella comida que amaba un aspecto apetitoso y no sabía si se vería bien si él se animaba a probar de los manjares hechos por la prometida de Katsuki. Estaba debatido en su dilema, que apenas se percató de que tanto los Bakugo como su madre se animaron a degustar los platillos. Uno a uno iban sorprendiéndose, luego halagaban el sabor y después seguían masticando y probando cada bocado.
Izuku los observaba atento. Sus enormes ojos verdes no les despegaban la vista de encima, sosteniendo torpemente los palillos de su arroz con polvo de proteína de mal olor y pésimo sabor.
De pronto se sintió observado y alzó la vista donde atisbó la cara del señor Utsushima dirigida a él. Tragó saliva y sonrió. Qué más podía hacer. ¿Dar una mala impresión? Con su semblante simple y nervioso daba qué desear, no siendo visiblemente atractivo, ni interesante, podía al menos sonreírle a las personas.
El señor Utsushima con sus ojos color chocolate, sus arrugas abarcando la comisura de sus pómulos alzados, su filosa barbilla, lo contempló con mayor intensidad. Izuku esbozó una mueca nerviosa.
—Abuelo, ¿Qué tanto le miras?Es de mala educación mirar a la gente sin decirle nada.
El resto de los miembros fijaron sus miradas en el señor Utsushima, quien al sentirse expuesto, sonrió y desvió la vista de Izuku, que para esos instantes estaba rojo de bochorno.
Rió.
—Es que había escuchado de parte de la señora Mitsuki que vivía con ellos un chico muy especial. Me dio curiosidad saber cómo era y me sorprendí al ver que es un joven adorable.
—¡Eh!—Izuku exclamó ruborizado a más no poder. Sus ojos se cristalizaron, dando paso a encerrarse en el manto de sus antebrazos y estrellar sus pupilas en las suelas de sus zapatos rojos. De seguro su cara era un desastre.
Percibió las miradas sobre él aumentando más su rubor, desconociendo cuántas personas de la mesa presenciaron su bochorno. Izuku no estaba acostumbrado a recibir elogios, menos de gente mayor. Incluso Toshinori le decía que tenía una cara muy simple, Nighteye no se quedaba atrás ni Sorahiko, mejor conocido como Gran Torino, el antiguo entrenador de Toshinori. Le reafirmaban cuán ordinario se veía a ojos de los demás. A Izuku no le importaban esas cosas, su físico carecía de importancia a comparación de la condición física requerida en el boxeo.
—Bueno, Izuku es un boxeador— Mencionó la tía, rompiendo el silencio. —Debe tener una condición primordial para ganar en sus peleas. Actualmente es profesional y está en busca de obtener el título mundial de peso mosca. Y los que le siguen. ¿Verdad, Izuku?
Izuku asintió repetidas veces.
—Me gustaría verlo pelear—Expresó el abuelo de Camie. Hubo un rastro de innegable sinceridad en éste, la cual no se pudo negar a asentirle, aún oculto entre su rubor. —Se nota que el joven ¿Midoriya? Bueno, Izuku. Recuerdo que es Izuku, tiene talento y potencial para ser campeón del mundo. Si lo haces, ten en cuenta que un boxeador gana suficiente dinero para comprarse lo mejor de lo mejor, pero es mejor usar ese dinero en apoyo a otros boxeadores o mejor aún, a los que no pueden.
—Lo siento pero eso es una falta de respeto hablar desde la ignorancia—Objetó su madre. Izuku la miró entre sus antebrazos, su rubor apagándose.
—¿Disculpe?
—Mi Izuku no ha tenido las mejores condiciones vida. Antes él solía comer una comida al día, sus primeros guantes eran hechos de cojines y eran amarrados con lo que encontraba su primer entrenador en la naturaleza. Mi pequeño no podía tener juguetes, ni ropa entera porque toda estaba llena de agujeros, sus zapatos también, no tuvo una infancia decente. Mi esposo nos abandonó al ver que Izuku era muy débil cuando recién nació, dijo que no quería tener hijos débiles ni delicados. Mi hijo ha luchado tanto por estar donde está ahora. Entre lágrimas y sangre, entre el acoso escolar y la falta de útiles escolares, él pudo con todo con una sonrisa… Mi Izuku es tan fuerte ahora. Es todo un hombre. No lo insulte, señor, si no conoce bien a mi hijo. Mi bebé es lo mejor que le puede pasar a cualquiera.
Izuku lagrimeaba con el nudo en la garganta, latente. Comía en frenesí el arroz con el polvo de proteína, apreciando las palabras de su madre, su amor, su cariño, su confianza.
—Me disculpo profundamente por mi falta— Externó el señor Utsushima, viéndose perplejo. Camie se agarraba del brazo de Katsuki, muda, igual que el rubio. Kota tenía los ojos cristalinos, pero no caían lágrimas de ellos. La tía y el tío lucían tristes, mas a su vez, orgullosos. —Tiene usted razón. Hablé desde la ignorancia. Y me disculpo también con usted, Izuku. Le deseo mis más sinceras suertes para su título mundial y que tenga todo el éxito que en sus humildes orígenes ha buscado obtener.
—Gracias— Su voz sonaba estirada, rota. —Aprecio sus disculpas. Usted no sabía. No sabía de dónde vengo.
—Izuku— El momento se vio interrumpido por esa voz. Sus ojos lagrimando se esfumaron. —¿Te parece si hablamos afuera?
—¿Qué?—La quijada se le cayó de su lugar.
—Me gustaría hablar contigo— Lo miraba fijamente y él no huía de su intensa mirada. No cedería ante ella, incluso en esa situación.
Terminó su arroz mediocre y salió con ella al patio.
—¿De qué quieres hablar?— Interrogó, tras ofrecerle jugo de naranja recién hecho por la tía y haberla invitado a sentarse. Su falda se extendió, aplastándose bajo ella.
—De Katsuki— Sus labios en forma de corazón se movieron ágiles. Su corazón se aceleró a la mención de ese nombre. Es sólo «Kacchan» para él, pues no le deja decirle «Katsuki» porque no puede hacerlo.
—Ah…
—En la reunión que hubo con mi abuelo y la madre de Katsuki cuando ella mencionó que Katsuki vivía con un hombre no pude evitar sentir envidia.
¿Envidia?
Izuku frunció las cejas. Bebió un sorbo del jugo. La frescura y acidez éranse un cobijo para él. Contrastaba con la tensión que perforaba su agujereada alma.
—Pensé que debes saber muchas cosas de Katsuki. Has vivido dos años con él. Mi abuelo y yo no evitamos sentirnos celosos.
—Oh, no. No sé tantas cosas de Kacchan. Él no habla mucho de sí mismo.
—¿Kacchan? Qué lindo apodo—Carcajeó ella.
Izuku se puso rojo.
—De hecho, el día en que fui a la empresa Plus Ultra, la del señor Masaru. Mi abuelo me dijo que había arreglado una entrevista de matrimonio con un tal Bakugo Katsuki. Al principio no me interesó porque no lo conocía, pero el abuelo insistió en que fuera, ya que Katsuki quería conocerme en persona. Pero cuando fui, me tropecé con un hombre en los elevadores. Era tan atractivo, misterioso. Fue amor a primera vista. Quién iba a decir que ese hombre sería Katsuki. Así que cuando lo vi en la reunión estaba sorprendida, pero a la vez encantada. Me dije que era el destino.
Izuku agachó la cabeza.
«Para mi también fue amor a primera vista. En cuanto lo miré supe que quería estar con él, que quería formar parte de su vida. Conocerlo y que me conociera. Me rechazó dos veces, pero eso no me detuvo. Cuando terminé viviendo en la misma casa, creí que era obra del destino de alguna manera dándome una oportunidad para demostrarle cuán dispuesto estaba a mostrarle mi amor. Hubo muchos momentos en que dudé, pero jamás me rendí. Sin embargo, el tiempo pasó sin que yo hiciera algún progreso en nuestra relación»
—Ojalá lo hubiera conocido como tu…—Murmuró sin pensarlo.
—¿Ojalá lo hubieras conocido?
—No—Sacudió la cabeza. —Ojalá conozca así a alguien.
—A veces tengo miedo—Admitió de repente.
—¿Por qué?— Estaba genuinamente interesado en conocer sus pensamientos.
—Entre más amable Katsuki es conmigo, más siento que está muy lejos de mi. Y siento que no conozco quién es el verdadero Katsuki. Siento que no puedo saber lo que está pensando. Sólo sonríe y hace ver que todo está bien. Pero eso hace que pierda la confianza que tengo respecto a nosotros.
Duele. Sabe muy bien que duele, porque lo entiende. Entiende la sensación de distancia que lo separa del rubio, la vista de su espalda ancha alejarse. Es doloroso.
No obstante, coge aire.
—Yo creo que te sientes así porque quieres a Kacchan—Confesó.
—¿Qué?
—No es algo fuera de este mundo. Es la realidad. Es amor. No es extraño en absoluto. Cuando quieres a alguien te sueles sentir de esa manera, y aunque estés determinado en no rendirte, pierdes confianza en ti mismo y no sabes si lo mejor es rendirte o seguirlo intentando. Tu eres una mujer realmente hermosa e inteligente—La mira con una sonrisa genuina. Camie le devolvió la sonrisa. —Es entendible que alguien que no es tan hermoso como tu se sienta peor. Cuando él es amable contigo te sientes lleno de una felicidad regocijante y esperanza. Te sientes la persona más feliz del mundo. pero cuando regresa a su ser frío e inexpresivo, sientes miedo y crees que te odia. Es un ciclo sin parar. Tus sentimientos van de arriba abajo. Dan vueltas. Es como una ruleta o un torbellino.
—Tu también has de haber querido a alguien, ¿No Izuku?
Izuku la ve a los ojos y sonríe asintiendo.
—Pero esto se trata de ti. De tu amor por Kacchan, ¿No? Sé que lo quieres verdaderamente, y sé que él también te quiere.
—¿En serio?
—No estoy seguro de lo que piensa Kacchan, pero sé que te quiere. Le gustas mucho. Puedes estar tranquila.
—Tienes razón— La vio levantarse con gesto decidido. —Haré lo posible por quedarme con él.
—No necesitas esforzarte, puedes relajarte y permitir que él te quiera con todo su amor.
—Eres alguien muy sabio, Izuku. Me caíste bien. ¿Puedo tener tu número? Me pareces interesante.
—Espera, ¿Qué?
—Me gusta pedirles los números a las personas que me interesan. Vamos, díctame los dígitos.
—¡Aguarda!— Pero antes de protestar más, la mujer había tomado su celular y obligarlo a pasarle su contacto.
—Gracias por tenernos en su casa— El señor Utsushima agradecía con modales fuera de su limusina el patio delantero de los Bakugo. —Fue un placer haber pasado la tarde con ustedes.
—El placer fue nuestro— Replicó el tío.
—No olviden la ceremonia del compromiso, ¿De acuerdo, Katsuki?
Katsuki gruñó afirmativo.
—Me gustaría quedarme más tiempo con Katsuki— Le dijo Camie a su abuelo.
—Cuidaré de ella, señor— Aseguró el rubio. Izuku veía la escena atrás del hombro de la tía, quien fungía de protectora.
Se regresó antes de oír lo que acontecía, pues optó por lavar los trastes, así su mente se distraía de la turbulencia mental.
—Izuku— Alzó la vista. Era la tía. —Estás lavando los trastes. ¿No estás cansado?
Negó.
—Lo hago por gusto.
Sintió el azaroso silencio de la tía mientras sus pasos se aproximaban a él, por lo que la miró en lo que lavaba uno de los tazones usando los guantes para lavar.
—Izuku—Pronunció. —¡Lo siento!—Agachó la cabeza. Izuku abrió los ojos, perplejo. —Lo siento por toda esta situación. Sé que te hice creer que seríamos una familia pero esto ocurrió y no sé cómo verte a la cara luego de que Katsuki trajo esa mujerzuela a la casa.
Izuku inhaló, tratando de calmarse. La serenidad no suele venir con facilidad, mas en esos momentos en que tenía a una persona valiosa devenía rápidamente.
—No hace falta que se disculpe. Aprecio grandemente que me haya tomado en cuenta para ser la pareja de Kacchan, pero tanto como usted y yo, eso no nos corresponde decidir, sino a Kacchan. Y ya lo ha hecho. Camie es una maravillosa mujer que quiere a Kacchan. Y aunque se case con ella, usted ya es parte de mi familia. Siempre la voy a querer, tía.
La tía lagrimeó un poco. Lo abrazó tan fuerte que pudo estrujarlo entre sus brazos. Izuku devolvió el abrazo. La magnitud de esta nueva etapa se impregnaba bajo su piel como unas manos que lo envuelven bajo el dictamen de no ser el adecuado. Eran manos que no le daban amor, sino de una frialdad inconmensurable. Lo podían golpear cual puños de acero aplastar su epitelio hasta dejarlo desnudo de heridas abiertas.
La tía se retiró tras abrazarlo. Terminó de lavar los trastes, los guardó en la alacena y se paseó por la sala para ingresar a las escaleras, cuando atisbó la puerta de la entrada abrirse, entreviendo a un Katsuki serio con la vista estrellada en el suelo.
—Bienvenido— Le dice en un quieto movimiento de cabeza.
Katsuki alzó la cabeza. Sus rojas orbes vacuas de luz lo ubicaron.
—¿Los viejos?
—Están dormidos arriba.
—Ah…— El aire salido de su boca pudo rasgar el oxígeno. Pasó por las escaleras, sin dirigirle la mirada. Su indiferencia, su espalda grande y solitaria, alejarse de él en una seca separación, pellizcaron su valentía.
—Camie— Habló, llamando la atención del rubio, quien se dio media vuelta a verle.—Es una buena mujer. Se nota que ella es un buen partido para ti—Forzó una sonrisa con todas sus fuerzas, si es que aún tenía más que dar por verse bien a ojos de Katsuki. —Con alguien que te quiere tanto, cómo no te enamorarías de ella— Sus lagrimales se estimularon por el fruto de su sentir, emergiendo a cristalizar sus orbes. Amplió su sonrisa lo mejor que pudo. —Espero que puedas ser feliz, Kacchan.
Katsuki soltó un «Ah» largo y tendido.
Izuku tembló aguantándose, resistiendo.
Este era el adiós.
Debía ser fuerte.
—Deberías conseguirte un buen novio, Deku—Pasó a marcharse directo a su habitación, el sonido de sus pasos acompañando su soledad.
Izuku tragó saliva duro. Lágrimas cayeron, sollozos callaron muertos en la efímera longevidad su estado.
La toalla con la que secó los platos sumisa a la presión de su puño agitándose. Sabe que el tiempo ha llegado, sabe que el sonido de sus latidos acelerados por ese amor, su primer amor, van a perecer. Las cosas han quedado claras, tanto así que puede verlas por el cristal. Transparentes, vacías. Su espalda se sacudía como si quisiera despertarlo del sueño que lo invadió por años, el que lo paralizó de avanzar. La toalla blanca rozaba las líneas de su palma, mojada y tiesa.
Inhaló, sintiendo su cuerpo entero temblar.
Entonces, con una exhalación prolongada, soltó la toalla, dejándola caer.
Inhaló y exhaló. Más lágrimas brotaron, más sollozos afloraron en el tronco de su garganta.
Era el momento en que había tirado la toalla.
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