"Extraño triángulo amoroso"
.
.
.
.
—¡Mira! Hay subirnos a ese—Apuntaba Kirishima con sumo entusiasmo.
—¡Wa! ¡Asombroso!
Ambos hombres se dirigieron a la montaña rusa. Habían salido juntos porque dio la casualidad de que después de haber escuchado las frías palabras de Katsuki.
«Deberías conseguirte un buen novio, Deku» hicieron mella en él.
Era una gigantesca montaña rusa que daba dos vueltas en círculo, de la cual, Izuku no estaba acostumbrado a subirse a tales atracciones, pero se animaba a desafiar sus miedos en una salida de amigos bastante comprometedora para aliviar su tristeza.
Al verlo decaído en la cafetería de la universidad, Kirishima decidió invitarlo a salir, acción que sus amigos apoyaron medianamente al principio, dado que Uraraka pensaba que si él superaba a Katsuki de manera rápida, no sanaría como se debía, y además de eso, dañaría a Kirishima saliendo con él de forma egoísta.
No quería ser visto como alguien a quien le tuvieran lástima dadas las circunstancias un tanto críticas a las que se ha visto expuesto sin tener preparación alguna. Sin embargo, ahí estaba divirtiéndose a lado de su amigo, pese a que su pelea estaba tan cerca que podía sentir el correr de los días crisparle la sangre con una adrenalina indescriptible. Era una sensación curiosa que se arremolinaba en él, mas no cesaba de dejarlo que pasara bien el rato en buena compañía.
Constaba de esas veces en que le convenía relajarse de tanto estrés emocional, pues estar en un estado sumamente vulnerable no le permitiría ganar su tan esperada pelea. Al contrario, lo perjudicaría.
Y para nada quería que sus sentimientos de inutilidad le perjudicaran.
Ya faltaba tan poco para dar con el peso requerido en la pelea, sólo bastaban un par de gramos y daba con la talla.
Se subió a un montón de atracciones en el parque terminando con un helado de vainilla cubierto de jarabe de chocolate y Kirishima comiendo sundae de frutos rojos. Era un día espectacular, con un clima fabuloso. Lo único que no era fabuloso era que sus sentimientos pudieran estar inclinados en la balanza de lo positivo que en lo negativo. Y sí, sus amigos alimentaban la idea de que priorizara su salud mental saliendo con Kirishima en un día como ese, o que mínimo conviviera más con su soledad que instigarse en las divagaciones de si haber tirado la toalla por Katsuki era del todo lo mejor que ha hecho desde que vive en esa casa. Sin embargo, sabe que fue lo mejor que ha hecho.
Mira a Kirishima con una sonrisa sincera, resaltando más el brillo de sus ojos al decir «gracias» implícitamente a través de su gesto. Tal vez Kirishima no capte la intención de su cometido, pero comprende que inmiscuirse en los asuntos de otros como el si entendieron o no su mensaje debe quedar en segundo plano.
Ha pasado mucho tiempo dándole vueltas a las mismas cosas, a los sentimientos del contrario, sin caer en la noción de que también existe él, de que también está bien ponerse un alto y decir «Hasta aquí llegué. No debo darle más prioridad a cosas que me lastiman»
De alguna manera, siente un peso menos en su pecho. Cabe resaltar que no le incomoda, ni le genera algún sentimiento de culpabilidad respecto a ello, lo cual es un regalo propio. Es la forma en que la vida le da las gracias por una acción que hizo por él.
Si bien, el amor no se acaba de un día para otro. Lo sabe. Sería una coincidencia despertar y que no deseara a toda costa ver a Katsuki, pero es una gran mentira si se inmiscuye en sus asuntos pese a tener conocimiento de su compromiso con otra persona e Izuku no quiere remover ese respecto. Se convence diciéndose que debe pasar página y cerrar el capítulo anterior en sus propios términos. No en los de Kirishima, o en los de la tía, su madre, o sus amigos, sino él.
Degusta de su helado, tan fresco que se embalsama en su lengua, enfriando su garganta en un restringido movimiento. Percibe a Kirishima mirarle, aun cuando éste devora su pedido e Izuku pasea sus ojos por el derredor. Niños y niñas llevados de la mano por sus padres, parejas jóvenes tomadas de la mano. Nadie a quien ha visto por ese día viene solo. Supone a que se debe a una situación unánime de la sociedad; y en su defecto, lo instiga a asumir que de haber sido una situación foránea que no dependiera de la amable invitación del pelirrojo, él sería el único asistente hombre solitario en ir a un parque de diversiones.
De igual manera, agradece muchísimo estar acompañado de tan fantástico compañero.
Por lo tanto, vuelve a mirarlo, esta vez con una tangible sonrisa a su acompañante, quien al percibir su mirada, suelta la cuchara, centra sus ojos en los suyos, su atención aflorando desde sus poros.
—¿Por qué me miras tanto?—Su voz suena nerviosa.
—Estoy contento de que me hayas invitado— Agradeció.
Las mejillas de Kirishima se tornaron rojizas.
—Pronto será tu pelea. Necesitas distraerte de los entrenamientos y el estrés de estar en forma. Yo sé lo difícil que es prepararte para un evento deportivo, en tu caso una pelea. Quiero que te diviertas, aunque sea un día.
—Gracias—Emitió emotivo. Las lágrimas amenazaban con salirse, en tanto el conflicto interior respecto a su situación con Katsuki, la cual le drenaba la energía y el espíritu de alegría reinando en sus venas.
Sin embargo, no buscaba tocar tanto el tema de su vida emocional. No era el propósito de la ida al parque de diversiones. La intención era de promover una mejora en su humor. Tal vez no una mejora abismal, pero sí notoria.
—Has pasado por tantas cosas…—Inició la oración, pero se frenó de golpe, como si fuera un tema delicado, intocable. Izuku no dejó escapar su intento, mas asintió por reflejo, sopesando con desmesura el torrente de su cortada comunicación, sabiendo demasiado bien a quién se refería con la etiqueta estipulada de «Has pasado por tantas cosas». Sí, Izuku sabe aquello, no necesita que se lo recuerden. Esas cosas las hizo porque él quiso, nadie lo obligó. Que se lo refieran lo hiere más a que lo compadezcan. Es indignante.
—Yo sé, Kirishima—Expresó con una nota de frustración en su voz. Hizo una pausa. —Es mi problema. Yo puedo con el. Pero agradezco mucho que te preocupes por mi, en serio. Estoy en ese proceso de superarlo pronto.
—No, sí, entiendo—Espetó rápidamente. —Es tu proceso, tus emociones, hermano. Esos asuntos no se cuestionan a menos que sea algo grave. No me meto, pero quiero que sepas que cuentas conmigo siempre que me necesites.
Izuku sonrió.
—Gracias por traerme a casa, Kirishima.
—No es nada— Replicó el pelirrojo con una sonrisa mostrando los dientes. —Además, me queda de camino a casa—Hizo una pausa entreviendo sus nervios. Llevó su mano a la nuca, rascándola. —Espero que te hayas divertido hoy.
—Sí, lo hice—Aseguró.
—Me preguntaba si querías, claro si tienes tiempo y si gustas, salir conmigo una segunda vez—Los ojos de Kirishima se clavaron en los suyos, ansiosos por una respuesta. Cabía decir que también poseían un brillo de esperanza trasluciendo sus intenciones.
Izuku lo miró con la cara en blanco.
—Hum, Kirishima—Soltó una risita abochornada.
Sí quería una distracción para lidiar con el asunto de sus turbulentos sentimientos, mas desconocía si inclinarse por el pelirrojo sería la mejor solución. Apreciaba y estimaba a su amigo, pero no sentía amor por él. Herirlo era inconcebible en su vocabulario.
—Agradezco que quieras que supere el tema de Kacchan haciéndome compañía—Explicó—Pero no creo que esté bien aprovecharme de tus buenas intenciones. Yo puedo superar esto por mi cuenta. Siempre lo he hecho.
—No, no me refería a eso—Los nervios se esfumaron de su semblante, adoptando un aspecto alarmado. —Me refiero a salir como amigos, Midoriya.
Ah. Amigos. Cierto, lo había olvidado. Kirishima lo invitó como amigos, no con otra intención.
La cara se le puso colorada de vergüenza.
—¡Lo siento!— Exclamó.—N-no sabía.
—No te disculpes. No fui muy claro hace un momento.
—Estuvo mal de mi parte. Fui tan desconsiderado—Expresó apenado.
—Está bien, Midoriya. ¿Y qué dices? ¿Te gustaría salir conmigo en otra ocasión?
No tuvo que meditarlo tanto para asentir.
—Sí, por supuesto.
Una sonrisa brotó de sus labios. Parecía más estar en las nubes que otra cosa, a lo que Izuku correspondió sonriendo amable.
Kirishima se fue corriendo dando saltos, gritando feliz. Izuku lo observó antes de entrar.
Tras eso no sabía cómo sentirse al respecto, aun cuando ingresó a casa y se quitó los tenis rojos. Exhaló apesadumbrado. El cansancio se abotonaba en su sistema y sus hombros caídos delataban ese hecho.
Haber salido con Kirishima lo distrajo de los pesares emocionales con los que llevaba cargando durante meses, todavía cuando se aferraba a la idea de que alejarse de Katsuki, la cual sostenía fervientemente, aludía a que la evasión por medio de distracciones implicaban a que no estaba listo para enfrentarlo solo.
Vio la sala de la casa con una luz tenue, preguntándose si había alguien en esa habitación. Sin embargo, atisbó la casa sola, por lo que asumió todos los Bakugo, incluyendo a su madre se encontraban fuera. Lo cual era extraño hallarla vacía.
No obstante, se dirigió a la cocina con hambre, ya que no había comido gran cosa en el parque de diversiones, mas que el helado con chocolate, debido a que sus emociones se dirigían hacia el disfrute del momento.
Abrió la cabineta de la alacena y sacó un paquete de ramen instantáneo. Y pese a saber que esas comidas no estaban en su plan nutricional, dijo que un día no le afectaría a su entrenamiento de la pelea.
Puso a calentar la tetera, mientras tarareaba para sí, moviendo la cabeza de un lado a otro. Cogió la tetera, removiendo la tapa del envase.
—¿Te divertiste hoy?
Izuku saltó espantado. El agua se vertió de la tetera en dirección a su pie, en lugar del ramen.
—¡Kacchan!
El líquido quemó su piel al instante, causando un notorio rubor rojizo. Izuku gritó, doblándose del dolor.
—¡Deku!—La leve alarma del contrario pasó desapercibido por él, quien estaba retorciéndose con los ojos llorosos. El rubio se hallaba detrás de él. Sintió las manos de Katsuki tomarlo por los hombros, girarlo y rodear uno de sus brazos en su cintura y elevarlo, pegando su cuerpo contra el suyo. El movimiento fue tan veloz que no tuvo tiempo de procesarlo.
No obstante, Katsuki se apresuró en llevarlo al baño del segundo piso. Izuku se removía, exclamando y gimiendo.
—Joder, ¡Cállate!
Katsuki, literal, lo lanzó en la tina, la cual se encontraba mojada, como si alguien se hubiera bañado recién. Es entonces que subió la mirada con lágrimas en los ojos y atisbó que, en efecto, el rubio se encontraba tapado por unos pantalones deportivos y el torso desnudo, todavía con gotas perladas del agua. Su tez siempre blanca, lucía ligeramente ruborizada. Tintes de rojo salpicaban su piel tersa.
Tragó saliva con las orbes desorbitadas ante tal vista.
—Quédate quieto y déjame curarte, imbécil.
—Kacchan…—Borbotó de sus labios con una dosis hipnótica.
Tomó el tubo de la regadera, la puso en frío y la echó sobre su piel.
—¿Esto funcionará?
Katsuki chasqueó la lengua.
—Confía en el tipo que iba a ser doctor—Sentenció.
Izuku asintió, tras después se le quedó mirando con gesto atontado, las lágrimas esfumadas de su juvenil y plano rostro, el ardor de la quemadura adormecido por la baja temperatura del agua.
«Pensé que si me distraía alejándome de ti sería lo mejor para mi, pero estando así contigo, Kacchan, no sabes lo mucho que me hacía falta verte, estar cerca y verte. ¿Sabes, Kacchan? Aún me sigues gustando»
Suspiró, bajando la cabeza, sin remover sus ojos del rubio, quien mojaba su pie, asimismo viendo el despegar de la capa de su piel quemada. Ni siquiera la sensación de perder una capa delgada de piel lo hizo despegarle la mirada de encima.
Haber salido con Kirishima fue bueno como las veces en que amanecía y veía el clima primaveral abanicar su ventana, pero ver a Katsuki nuevamente tras pasar unos días sin verlo, era equiparado a un día de verano. O el mismísimo oasis.
Soltó una risita interna.
En verdad no tenía remedio.
Sentado desde su posición, mantenía su postura erguida en la banca, mientras observaba el ir y venir de las olas del mar en esa tarde calurosa de septiembre, aunque se contemplaba el llegar del otoño en cuestión de semanas, en su caso, la pelea sería en épocas de lluvia. Eso fue lo que le previó Enji, quien lo traía de un lado a otro por el gimnasio, la playa, las montañas, en las mañanas antes de que salga el primer rayo de sol hasta entrada la noche. En escasas ocasiones le daba un respiro. Como en ese momento. Lo esperó con ansias durante toda la semana.
Su cuerpo se hallaba descansando de la dureza con que le exigía día con día rendir.
No obstante, la quemadura en su pie no había terminado de sanar, por lo que se colocaba cremas medicinales y se forraba el pie con vendas, con la finalidad de poder finalizar lo faltante del entrenamiento.
Ya casi daba con el peso. Sólo era cuestión de no pensar en ello, de no detenerse en cuidar esa zona de su cuerpo, la cual aún suplicaba por que le prestaran atención.
Shouto se preparaba supuestamente para otra pelea en un tiempo posterior al suyo. Y piensa en supuestamente, debido a que no se le veía tan entusiasmado por esto, dado que decía que su padre lo estresaba mucho con sus consejos y éste quería un entrenamiento más tranquilo, menos autoritario.
Izuku lo pillaba inclinarse por irse con Toshinori, quien ni percatado estaba por las miradas insistentes del bicromático.
Por otro lado, Kirishima le hablaba con frecuencia, y acto seguido le mandaba comidas a la universidad en sus descansos del trabajo en la cafetería, detalle que apreciaba, pero no se sentía cómodo de tener tales atenciones.
Parecía que con el compromiso de Katsuki las cosas se habían vuelto más claras entre el resto, pero no era así. Eran más difusas, como si fueran presos de una neblina densa que no dejaba ver lo que seguía.
Katsuki comprometido daba pie a que Izuku buscara a alguien más para rellenar ese vacío, mas Izuku aborrecía depender de los demás de esa manera. Lo veía como aprovecharse de las buenas intenciones de otro.
Lo que derivó en lo siguiente, tras descansar un momento en la banca, Kirishima lo llamó para que fuera a un lugar, ya que le tenía una sorpresa a lo que Izuku aceptó ir con el firme propósito de decirle que no le diera más lonches gratis, ni lo estuviera invitando a salir teniendo una pelea a tan pronto tiempo.
Resoluto a llevar a cabo su objetivo. Llegó en autobús a dicho lugar, sabiendo de antemano que se trataba del mismo en que tuvo su primera cita con Katsuki.
Una sensación punzante apareció en su pecho. ¿Por qué este lugar? Eran preguntas que rondaban por su mente. Preguntas que quizás Kirishima le respondería si se atrevía a solicitar explicaciones.
Hacía un viento fresco. Sus rizos revoloteaban traviesos, en tanto caminaba por el derredor en espera de encontrarse con su amigo.
No le tomó mucho encontrarlo, ya que el pelirrojo andaba sentado en una de las bancas de la parte sur del lago. Sus pasos se adelantaron toscos.
—¡Midoriya!—Exclamó éste al ubicarlo entre las personas.
—Kirishima— Saludó. No dejaba pasar ni un segundo de su saludo para cuestionarle por qué lo citaron ahí. El pelirrojo se sorprendió por la rapidez de su intrépida actitud y quiso tomar la ruta de llevarlo a comerse un helado o un café, a lo que Izuku negó, optando por ir directo al grano.
Estar en ese lugar es traer al presente los recuerdos. No era una sensación agradable, mucho menos asequible.
—¿Cuál es el apuro, Midoriya? Tenemos el resto de la tarde, hoy no entrenas.
—N-no, ninguno. ¿Cómo crees? Sólo quiero saber por qué me trajiste aquí. No es común de ti que me llames para ir a un lago.
—Ah, ¿No?— Soltó una risita nerviosa teniendo las mejillas sonrojadas. Llevó una mano a su nuca, rascándose. —Bueno, es que pasé por esta zona el otro día y me recordó a ti. Quise traerte—Izuku se le quedó mirando, abstracto. —¿Qué dices si damos un paseo?
Izuku dudó un instante, dado que la índole de la situación le provocaba incomodidad, pero aceptó. Se dijo que no tenía nada que perder.
Caminaron por el lago, viendo a las parejas remar en los botes, luego vislumbrar los puestos de helados y de algodones de azúcar.
—¿Cómo sigue tu pie?
Se sorprendió al escuchar la pregunta, ya que no recordaba que el pelirrojo sabía del incidente del pie.
—Está mejor— Aseguró con una sonrisa. —Ya no me duele. Puedo moverlo bastante bien.
—No lo forces. Es una parte importante de tu cuerpo.
—Lo sé. Tendré más cuidado.
Sin embargo, cuando llegaron a la zona donde se tomaban los botes en el lago, una voz los sobresaltó a los dos, tanto que Izuku se agarró del brazo de su amigo. No se trataba de nadie más que Katsuki y Camie. Su corazón se apretó.
—Ah, si es Midoriya y…—Se detuvo al ver la mata de pelo de Kirishima. —Su amigo— Atribuyó.
Izuku trató en vano de sonreír cortés, mientras observaba atentamente y nada disimulado a Camie sosteniendo el brazo de Katsuki con las manos adosadas. Un nudo se formó en su garganta resaltando su evidente cercanía. Algo que derivó en que no pudiera formular palabras por esos segundos en que escuchó a Camie hablar. Su mente era un hervidero burbujeante más caliente que el clima que ese día.
Ella vestía de una blusa de color negro pegado a su cuerpo, unos pantalones negros de cuero, una boina en su cabeza del mismo color y unos tacones negros de pico.
Katsuki lucía una playera de color negro, una camisa de color rojo a cuadros de mangas cortas, unos vaqueros adheridos a sus piernas.
—Su novio ha de ser— Bufó Katsuki, poniendo los ojos en blanco.
Izuku frunció el entrecejo, separándose de su agarra de Kirishima, quien en su defensa, se irguió lo mejor posible y pegó los brazos a los costados.
—Soy Eijirou Kirishima— Se presentó en tono formal. —Un gusto.
—Camie Ushihima—Dijo ella. —Un gusto.
Kirishima se inclinó a su oreja, nada discreto.
—¿Ella es la chica rica que está comprometida con Bakugo?
Izuku asintió sin mirarlo.
—Ah, entonces se cree mejor que los demás—Adujo.
Izuku no aseguró nada, sólo se mantuvo quieto, con una forzada sonrisa en los labios. Todo esta situación era muy dolorosa, pesada.
—Ya que nos encontramos, ¿Quisieran acompañarnos a un museo a ver una serie de pinturas de los impresionistas?
—¿Impresionistas?—Dijeron Kirishima y él al mismo tiempo.
Katsuki se rió con petulante arrogancia.
Camie miró al rubio con incredulidad.
—¿Katsuki?
—Son tan idiotas que no saben nada de pintura.
—¡Katsuki!—Exclamó ella, perpleja. —¿Cómo les hablas así?
—Les hablo con la verdad. Son unos idiotas. Se merecen.
—Cuidado con lo que dices, Bakugo— Advirtió Kirishima. —No te metas con nosotros.
—Sí, no te metas—Le siguió Izuku, habiendo salido de su trance.
Katsuki frunció fríamente el ceño.
En un arrebato, Izuku agarró el brazo de Kirishima, molesto por el trato indiferente del rubio, quien cuando lo curó no lo trató de esa manera, al contrario, fue demasiado amable. Este Katsuki distaba de ser el de esa ocasión.
Lo sabía. Debió aprender a distinguir que Katsuki nunca sería amable con él, ni mucho menos quererlo. Se lo tenía que repetir hasta el cansancio esa retahíla de cosas para evitar el desazón de su frialdad.
Deshacerse de la evidencia de sus sentimientos, ni de la certeza de guardarlos con la intención de no sacarlos a la luz suponían una tarea exhaustiva.
—Te mereces lo que tienes—Le dijo Katsuki en tono glacial.
Eso ocasionó que Izuku se marchara llevando a Kirishima del brazo. Sin querer escuchar las palabras de Katsuki dirigidas a él.
Era su día de descanso. Se suponía que lo era. Se suponía que no vería a Katsuki, que no lo vería hasta después de concretar su compromiso. Pero no fue así. El destino y las circunstancias de la vida se opusieron a lograr dicho objetivo, puesto a que a se encontró en una situación desafortunada, pese a estar habituado a vivir experiencias desafortunadas (perder su casa, quemarse el pie, su carta ser rechazada, ser el elegido del grupo en ser molestado), no estaba equiparado para encarar lo de Katsuki en ese respecto, refiriéndose a verlo en brazos de una mujer.
Sin embargo, su día no pudo haber ido en una dirección menos dificultosa, ya que tras marcharse, estuvieron caminando por el distrito Shibuya donde vio a un mar de parejas arrasar contra él y sus sentimientos se manifestaron en su semblante callado. Entonces, Kirishima lo tomó del brazo y lo llevó a una zona menos poblada. Las luces de los rascacielos iluminaban la ciudad con fuerza, claridad. Eran el reflejo vivo de la juventud.
—¿Kirishima?— Lo interrogó tras oírlo bramar a lo bajo. Se le oía enfadado.
El pelirrojo lo soltó y se giró a mirarle.
—Estoy cansado de verte sufrir—Espetó, sacudiendo las manos. Izuku retrocedió un paso, perplejo. —Cansado de saber que el idiota que se hacía llamar mi amigo te está causando que no sonrías plenamente, que no seas tú. Bueno, sigues siendo tú, pero entiendes mi punto—Izuku asintió confundido. —Y al ver a Bakugo con su prometida, entendí que puedo tomar cartas en el asunto por mi cuenta.
—Kirishima, no entiendo. ¿De qué estás…
—¡Cásate conmigo!—Balbuceó de un grito. Izuku enmudeció, a la par que no procesaba con entereza aquello. —Cásate conmigo—Repitió, viendo su obvia sorpresa. —Quiero hacerte feliz, quiero que te olvides de Bakugo y vayas adelante sin mirar atrás todo lo que te ha hecho pasar. Yo sé que tarde o temprano se va a arrepentir de rechazarte tantas veces, pero su tonto orgullo no lo dejará darse cuenta de lo valioso que eres—Cogió su mano y la apretó con las suyas. —Sé lo que te digo cuando te pido que te cases conmigo y dejes tu amor por Bakugo, al igual que sé que necesitarás un tiempo para pensarlo. No es varonil de mi parte presionarte a que seas mío, pero quiero te tomes en serio mi propuesta y después me des una respuesta.
—Kirishima, no sé—Murmuró dubitativo.
El pelirrojo apretó su mano con firmeza.
—No dejaré que sufras mientras estés conmigo. Me aseguraré de que nunca te vuelvan a lastimar de esa manera. Vales demasiado para estar sufriendo por alguien como Bakugo—Izuku bajó la mirada, entornando los ojos a los lados. El tumulto de emociones se apoderaban de él, poniéndolo en un momento complicado. —Estas salidas eran para distraerte, no fueron mentira, ni una forma de aprovecharme de ti. Pero viendo lo que pasó, no puedo aguantar más. Quiero estar contigo.
Izuku subió la cabeza, mirándolo a los ojos. Asintió.
—Entiendo—Fue lo único que borbotó de sus labios.
Lo vio sonreír.
Se suponía que era su día de descanso. Que el estrés no debía atormentarlo más de lo que ya estaba con el asunto de su pelea. Suficiente tenía con los pesares del entrenamiento liderado por Enji como para inmiscuirse de lleno en el campo de los sentimientos, los cuales lo despojaban de la libertad del contento.
La casa de los Bakugo nunca le pareció tan obscura como en ese momento, tan encerrada. Sorbía de su té de manzanilla con gesto pétreo. Al verlo, la tía le preparó un té, con la intención de que lo haría sentir mejor, (rejuvenecido, fue el término), algo que por unos instantes adormecieron sus síntomas, mas no sanaron el origen de su congoja.
Las luces tenues de la sala reflejaban un ambiente sobrio, en tanto que el silencio de la habitación lo inundaba en el rellano de sus pensamientos. Apenas si estaciona la turbulencia de superar su amor por el rubio como para sumirse en la tarea de darle solución a lo reciente.
Bebió otro sorbo del té humeante. Y suspiró.
Kirishima es un buen amigo, lo estima mucho, mas no siente el mismo grado de amor que siente por Katsuki. Puede distinguirlo: es un amor de amistad. Le queda claro que debe tomarse en serio la propuesta, aun cuando las cosas no están en su lado de la balanza, y él también ha estado en la misma situación a causa del rubio.
Kirishima lo ha apoyado en su carrera boxística, ha ido a sus peleas, le ha hecho comidas cuando no tiene tiempo para ir a comer a un lugar decente, le recuerda que debe valorarse por encima de los demás y después ver por el bien de los otros, le ha enseñado a que ser varonil es perseguir tus ideales, pese a los obstáculos, ha estado para él en sinfín de momentos difíciles, apoyándolo.
Izuku no puede darse el lujo de rechazarlo así por nomas. No cuando seguramente la propuesta requirió todo el valor del pelirrojo. Eso hablaba cosas maravillosas de un pretendiente; contando también su admirable persistencia.
No obstante, estaba confundido. Si aceptaba la propuesta era como mentirle a Kirishima y peor, mentirse a sí mismo, algo que estaba fuera de límites. Debía de ser sincero con él.
Pero si rechazaba la propuesta eso rompería el corazón de su amigo, algo que igual estaba fuera de límites.
Sin embargo, tampoco podía deslindarse de la situación al no responder, o al tomarse meses en decidirse. Sabía que Kirishima lo previó en que lo esperaría, pero no el tiempo en que contaba con hacerlo. El «puedo esperar» era relativo, no suponía un aspecto certero.
Hundió la cabeza en el cojín floral, debatiéndose entre mentir y sincerarse. Su consuelo actual era la taza de té. Es el perfecto indicio de que un hombre se quiebra en el silencio de una enorme casa, mientras el resto lo compadece por tan lamentables circunstancias.
Si Izuku fuera un poseedor del uso del sarcasmo, tomaría partido del asunto. Pero ni el sarcasmo, ni las bromas le iban. Bromear de las desgracias propias no le venía con facilidad, tampoco lo miraba práctico. Incluso ensimismado en sus reflexiones, no podía desligarse de lo atrapante que fue el discurso de Kirishima al proponerle matrimonio. Aunque no sintiera lo mismo que él, tuvo que admitir que su corazón se estremeció con tan sinceras declaraciones lloviendo sobre él.
Llevó la cabeza para atrás, cerrando los ojos. Por lo menos dejaría de pensar en Katsuki por una buena vez y pensaría en él. Se había abandonado en nombre de amar y resultó más herido que querido.
La puerta de la casa se abrió, llamando su atención. Según él, todos estaban en casa, menos una persona. Su corazón se acongojó.
Katsuki.
—Estoy en casa— Anunció.
—Bienvenido— Musitó, parándose del sofá, sin soltar la taza. Se aferraba a ella como si fuera lo único que lo acompañaba en esos momentos.
Escuchó al rubio quitarse los zapatos y ponerse las pantuflas sobrias de color azul oscuro. Creyó que subiría evitando dirigirle una mirada, pero no, se dirigió a la sala.
Katsuki usaba traje, como lo hacía ahora.
Izuku tensó su rostro, indeciso de qué expresión formar si ya no tenía relación alguna con éste, mas que vivir en su casa por razones que no valen la pena ahondar.
—¿Mis viejos están aquí?
Asintió lento.
—¿Mi hermano…?
Volvió asentir.
De pronto, los ojos del rubio se decidieron a verlo, debido a que durante ese breve interrogatorio no lo veían. En cambio, se asentaron en mirar las lámparas de la mesita de la sala que daba con el sofá en el que segundos antes estaba sentado.
Izuku tragó saliva.
—¿Y tú?
—Yo, ¿Qué?—Su voz salió cohibida. Se regañó mentalmente por su falta de compromiso a no reaccionar a nada relacionado con él.
—¿Qué haces aquí?
—Pensando—Dijo sin pensar. Hizo una pausa, retomando lo dicho—: Quiero decir, la tía me hizo una taza de té para relajarme, ya que estaba muy estresado. Tengo muchas cosas en la cabeza…
De nuevo, dijo tonterías. Katsuki cabeceó en asentimiento. Parecía no saber qué más decirle. Para Izuku era mejor que el rubio se retirara lo más pronto posible. No quería verlo, no podía verlo.
Sin embargo, su corazón lo traicionó.
—¿Cómo te fue hoy?—Preguntó.
Katsuki puso gesto parco.
—Bien—Contestó secamente. Metió ambas manos a los bolsillos. —Fuimos al museo y a cenar en un restaurante italiano que le gusta a los padres de Camie.
Izuku sonrió como pudo.
—Tu ya cambiaste de parecer muy rápido. Estás saliendo con Kirishima.
Su sonrisa se borró de su cara, cobrando un aspecto horrorizado.
—¡No es lo que crees!
—¿Qué es lo que creo? Estás saliendo con él. No me opongo a que salgas con alguien que ya no es mi amigo— Expresó amargamente.
—Kacchan, no es lo que crees.
—Cállate—Reprendió. Su voz cobraba un tono gélido.
Katsuki se dio la vuelta rumbo a las escaleras, no sin antes decir—: Es bueno que ya te hayas encontrado a alguien. Así no me molestarás nunca.
Izuku puso cara de dolor, mientras bajaba la cabeza hacia la taza. Las lágrimas cayeron de sus ojos como cascadas; era inevitable detenerlas.
Sentía un grave abismo cimentarse sobré el, aplastándolo. Una enorme impotencia consumirlo, en tanto diminutos sollozos escapaban de su garganta, sus hombros sacudirse.
Debía mudarse de esa casa cuanto antes. El hecho de convivir diariamente con Katsuki suponía un obstáculo para cumplir su objetivo de olvidarlo, porque si seguía en la mismo sitio que él, aunque sea su casa, no sería educado para su madre y él abusar de la amabilidad de los tíos con la excusa de hace dos años que bien podrían haberse mudado a los meses de estar viviendo ahí. Además, de que Camie se vendría a vivir con los Bakugo una vez finalizado el casamiento.
No tendría sentido quedarse, aun cuando no forma parte de la familia.
—Por fin llegas—La voz de la tía lo interrumpió de sus pensamientos. —¿Sabes cuánto tiempo estuve esperándote? Esa no es manera de respetar la casa de tus padres, mocoso malcriado.
Katsuki bufó.
—Se puede saber dónde carajo estabas.
—En una cita con mi prometida.
—Ah mira— Sopló la tía con fingida ironía, seguida de una carcajada. —Ten más respeto por Izuku que también vive aquí. Él te quiere, nunca se ha rendido contigo desde que ha estado con nosotros. ¿Acaso eso no te mueve algo? O es que ¿Te gusta tu prometida?
—Me gusta— Lo escuchó decir. —Además ¡Ta te lo dije, carajo! No me jodas con lo mismo. No me gusta ese idiota.
Un tortuoso silencio se formó entre ellos, dejando el sonido de su respiración ser su compañía en esos instantes de intriga. Por más que quisiera no escuchar su conversación se oía en cada rincón de la casa.
Apretó el agarre de la taza.
—Si dices que no te gusta, le confirmaré a Inko que se muden. Hoy por la tarde me comentó que había encontrado donde residir, obvio, se llevará a Izuku con ella. ¿No te molesta siquiera que los Midoriya se vayan?
Katsuki suspiró, haciendo una pausa, antes de responder—: No.
No le sorprendió su respuesta; al contrario, le parecía una normalidad. Una costumbre habitual en el rubio de manifestar su indiferencia hacia él, lo cual significaba que no logró ni un avance con él. Ni siquiera un poco.
—Buenas noches— Dijo Katsuki al abrir la puerta y encerrarse en su habitación, dejando a su madre sola en el pasillo del segundo piso y a él echo un mar de lágrimas.
Al cabo de unos minutos, la otra puerta se cerró, seguido de la soledad, la nostalgia; del saber que se iría de ese lugar que lo hizo sufrir.
De un arrebato, se dirigió a la cocina, depositó la taza en el lavabo, lo limpió y lo secó, para después subir a su habitación. Encendió la luz de la lámpara del techo. Sus cosas, su ropa, su cama, todo se encontraba en su sitio, intransigente, inmóvil.
Observó lo que ha sido su habitación por dos años y supo entre sus lágrimas, las heridas abiertas, que debía empezar a empacar, sino se morirá de la tristeza. Los recuerdos afloraban cual gas lacrimógeno en un nubarrón del que ansiaba poder enterrar.
Se dijo que no era el momento de obligarse a olvidar, sino que habría que actuar. Las acciones hablaban más que los pensamientos, eran la prueba externa de que un pensamiento o una idea se ponía en acción.
Sacó la maleta con la que llegó a esa casa, porque así como llegó se iría. Metió la ropa de invierno. Unos suéteres haraposos, las pijamas, sus playeras baratas que dicen «playera» o «playera para el gimnasio», lo que era uniforme de U.A. y cerró la maleta. Lo que quedó fue el conjunto deportivo que le compró Enji que se pondría al día siguiente, sus libretas de anotaciones, y la fotografía que guardaba en el retrato que le regaló la tía en navidad en su escritorio.
Se acercó a verla. Fue la vez en que Katsuki se burló de su trabajo y él salió con las manos en sus mejillas adoptando un gesto de perplejidad. Suspiró triste, derrotado. Esa fotografía había significado tanto para él, al contrario de Katsuki, del cual entiende que no significó nada para él.
La tocó con sus dedos, poco a poco, abarcando el marco con la mano. Asintió en gesto resignado y la bajó. A Katsuki le daría igual si se quedaba o no, por tanto, no se la llevaría consigo.
.
.
.
.
NOTA: Ha pasado mucho desde que subí un capítulo de esta historia.
Espero que les guste.
