"Confesión de amor bajo la lluvia"
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—Izuku, llegaste— Dijo su madre tras verlo arribar al restaurante.
Ella lo había citado con la finalidad de hablar de un tema importante. Izuku sabía que se trataba de la mudanza, pero ambos no habían entrado en discusión de ello. No se negaría a la mudanza, al cabo que tenía la maleta lista y nomas requería de comprar una caja para meter las cosas materiales.
No hacía falta más.
Tomó asiento en la barra, la cual estaba vacía. El restaurante se encontraba medio lleno, detalle que lo alegró, dado que en otras épocas al restaurante no le iba tan bien, pero al cambiarse de zona en Tokio resultó beneficioso para la economía de ambos. Depender del techo que les ofrecían los Bakugo distaba mucho de ser factible. Y él estaba dispuesto a afrontar la platica con su madre.
Su madre se acercó del otro extremo de la barra, con la cara un tanto nerviosa.
—¿Cómo van tus clases?
—Bien. No he tenido problema con ninguna de ellas.
Apareció una sonrisa en ella.
—Me alegró—Su expresión cambió, tornándose seria. —Izuku. Hay algo de lo que quería hablarte—Se preparó para la inminente llegada del tema. —Pero antes, quisiera saber. ¿Qué piensas de los Bakugo?
—¿Qué?
—Sí, ¿Qué piensas de los Bakugo?, En general. Son buenos contigo, te han tratado bien, te respetan, si te han hecho sentir mal…— En lo último puntualizó sus palabras.
Izuku pestañeó un par de veces.
—Son buenos conmigo, sí. Pero las cosas con Kacchan— Remarcó denotando la incomodidad y penuria que le provocaba traerlo a colación. —Sabes que no han ido por buen camino. Mamá, él me odia.
Su madre hizo cara de «lo sé»
—Kota, es indiferente conmigo, pero no es un mal niño. Tiene su lado amable, no me lo ha mostrado, sin embargo sé que está ahí en algún lugar—Aclaró. —Los tíos siempre me han tratado bien, me hacen sentir bienvenido en casa cuando sus hijos no me han dado el mismo trato. Eso no quiere decir que me desagraden o que los odie.
—Sí, Izuku, está bien. Lo entiendo—Lo cortó su madre, de pronto. La vio darse la vuelta en la barra y sentarse a su lado con el rostro pétreo. Sabía lo que venía. —Izuku—Articuló.
—Lo sé—Interrumpió. Ella lo observó desconcertada.
—¿Qué sabes?
—Sé que quieres que nos mudemos—Obvió.
—¿Cómo lo sabes?—Parecía perpleja.
—Lo escuché de la tía anoche. No fue mi intención escucharla, pero estaba ahí. Habló de la mudanza.
—¿Y qué piensas de eso?
—Que sí—Afirmó. —Estoy de acuerdo.
Entonces las lágrimas cayeron de sus ojos a cuestas de la firmeza presente en su voz, contradiciendo su afirmación, aun cuando sabía que debía estar en la misma página que lo que anteriormente había pensado durante la noche anterior y lo que pensaba en ese momento. No contempló la ruptura que le devenía a aceptar el cambio.
—¿En serio, Izuku?— La cara de su madre se iluminó.
Izuku asintió, pese al torrente de lágrimas sumiéndose en la tristeza. Katsuki era a quien quería.
—Sabes que es lo mejor, ¿Verdad?
Izuku volvió a asentir, sus hombros temblaban, su entero cuerpo se sacudía, pero ansiaba contenerse. Contener las emociones que se desbordaban.
La mirada de su madre no era nada halagüeña, por lo que sus sentimientos se manifestaron sin control.
—Lo entiendo, lo entiendo es sólo que no puedo— Lloriqueó. —He pasado por tanto, Kacchan no me quiere, debo tener el peso para la pelea, entreno día y noche sin parar, no puedo concentrarme en las clases apenas puedo hacer las tareas, no puedo vivir en esa casa. He tenido suficiente.
—Lo mejor es que nos tenemos que ir— Remarcó ella con vehemencia. —Lo más pronto posible.
Izuku daba inclinaciones afirmativas con la cabeza sin detener su llanto desmedido. El desaliento cobraba voz y voto en su semblante.
Le disgustaba la sensación que se vertía en su cuerpo, mas no borraba con ningún remedio lo que pasaba en su interior; sin embargo, entendía que formaba parte de una experiencia que debía afrontar aunque le pesara más que cualquier otro reto con el que se pudiera enfrentar.
—Ya tengo mis cosas listas—Informó. Su madre abrió un poco los ojos, asombrada. —Empaqué anoche en cuanto me enteré.
—Izuku…—Parecía preocupada por él.
No la culpaba. Él metió a varias personas en sus problemas sin considerarlos primero. Su incesante ingenuidad perjudicó a otros, lastimándolos y lastimándose, resultando esto en convertirse su peor compañero, su peor amigo. Se volvió en el amigo que se pone el pie encima, con el que se tropieza mil veces y no aprende. Es el amigo que carece de la capacidad de comprender cuando alguien no te quiere o no acepta tus sentimientos; es un amigo que no sabe aconsejar y que en lugar de enderezarse se pierde más en el camino.
Se limpió las lágrimas con el dorso de las manos. Inhaló y exhaló para calmarse. No estaba funcionando debidamente, mas se consolaba con saberse escuchado por su madre.
—Lo voy a superar. Lo tengo decidido—Afirmó.
Su madre asintió.
—No te obligas a desechar tus sentimientos—Aconsejó. —Son especiales, únicos. Atesóralos. El tiempo los va a sanar, de eso no lo dudes.
—Sí—Movió la cabeza en asentimiento.
—Tus sentimientos nunca estuvieron mal— Siguió, a medida que las lágrimas de Izuku no paraban de caer y no había indicios de que se detuvieran. —Así como lo que sentiste por Katsuki no fueron malos; fue real, Izuku—Apoyó su mano sobre la suya. —Y al ser real, tildarlos de malos no harán que sanes más rápido, harán que te sientas peor. Ya sufriste demasiado, Izuku. Y honestamente, estoy cansada de ver cómo mi hijo sufre por el hijo de mi mejor amiga— Para esos momentos su madre lloraba. —Tu te mereces a alguien que te quiera, que te cuide y te respete, alguien que no te haga llorar.
Izuku bajó la cabeza, devastado.
La realidad se cernía sobre él, las palabras de su madre eran verdaderas. Era doloroso, pero debía aprender a lidiar con ello por su bien y por el de aquellos que se preocupan por él.
Las lágrimas dejaron de caer, mientras su madre le cocinaba Katsudon con tal de animarlo un poco. Los clientes se iban retirando a medida que los minutos transcurrían y la noche se asentaba tenuemente.
Izuku comió como nunca había comido en meses. Pidió otra ración de Katsudon y dejó el plato vacío.
Quizás tener el estómago lleno sanaría parte de su tristeza.
Se recostaba en el borde de la cama. Su cabeza se hundió en la almohada, en lo que sus rizos mojados ensopaban el forro que cubría la almohada. Se acababa de bañar, luego de haber saludado a la tía y a Kota. Katsuki no estaba con ellos. Supuso estaba con su prometida, porque ¿Dónde más puede estar? No sale con amigos y el tío aún sigue en el hospital, lo que significa que no puede salir hasta que le den el alta; además, que Katsuki no suele salir por su cuenta a menos que sea necesario. Y en ese caso, ha de ser necesario para él el conocer a fondo a su prometida, aunque ha de destacar, que es bastante poco, lo que no alcanza para comprender la personalidad de la persona.
Sin embargo, Izuku se atrevía a decir que él conocía a fondo al rubio, pero no lo suficiente para ser el indicado. Lo que significaba un plano de cero a nada entre ellos.
Igual, no podía compararse a Camie, a Yaoyorozu, ni a cualquier otra chica enamorada de Katsuki.
Veía la pared pero la aludida no le dirigía el mismo trato, si no más bien, burlándose de él. En verdad, era despreciable. Su persistencia, su conducta, sus palabras, su actitud. Todo estuvo mal desde el principio, sólo que bastó con verlo en brazos de otra para detenerse. Frenar sus acercamientos que no dieron frutos, más que lugar al odio del contrario.
No obstante, su mente le trajo a colación la propuesta de Kirishima de la tarde anterior. Cada que enfocaba su atención en olvidarse de Katsuki, le venía a la cabeza la imagen de la propuesta del pelirrojo. No se la había esperado. Lo había tomado con la guardia baja para darle un cruzado de derecha en la quijada que lo noqueó. Simplemente, lo tiró a la lona.
Kirishima hizo uso de su coraje para plantársele en frente y escupirle a la cara cuán entregado estaba en demostrarle su cariño; algo que en medio de su dolor, llegó a acelerarle el corazón. Creyó que los sentimientos ajenos no harían mella en él luego de tantos desalientos, pero estuvo equivocado.
Sí que hicieron mella en él. Lo sacudieron de pies a cabeza.
Sus reflexiones se vieron interrumpidas por el tocar de la puerta.
—Pasa— Dijo, enderezándose.
Era su madre.
—¿Qué ocurre?
Ella tomó asiento a su lado. El silencio se coló entre ellos, mientras Izuku la observaba estático, con los nervios creciendo en su interior. Además, no se encontraba demasiado animado para contar lo de la propuesta de matrimonio echa por Kirishima. Su mente rondaba en diferentes puntos de su cabeza justo cuando su madre abrió la boca y él apretó los labios con la piel erizada y los latidos mancillar su pecho.
—He movido el día de la mudanza—Anunció. —Como se me complicaba acompañarte en la camioneta de la mudanza, Kirishima se ofreció en ir por los ingredientes del restaurante. Es después de tu pelea.
—¡Qué!— Exclamó. —¿No puede ser antes?
—Eh, no dijo—Rechazó con un dejo de pena. —La empresa de mudanza no tiene esa disponibilidad hasta a finales de septiembre. Me falta comprar las cajas, pero fuera de eso, es la fecha lo que me preocupa. Yo también quería mudarme antes, lastima que no se puede. Izuku— Dirigiéndose a él. —Intenta soportar un poco más.
—No lo sé—Dudó.
—Podrás hacerlo. Confío en que lo podrás hacer. Katsuki no será más capaz que tu para superarlo. Eres fuerte, Izuku. Mira hasta dónde has llegado y lo que te falta. Esto es sólo un obstáculo que debes concretar.
Izuku asintió repetidas veces.
—Has podido con cosas peores—Resaltó su madre.
Izuku sonrió un poco.
—Tienes razón—Reconoció. Luego hizo una pausa, diciendo—: Mamá, hay algo que te he querido preguntar, pero no he sabido cómo decírtelo, así que lo diré—Tomó aire, en tanto su madre puso cara de preocupación. —¿Qué pensarías si me casara con Kirishima?
—¡Qué!, Pero, ¿Cómo?
—Es una posibilidad, no es una realidad— Trató de ocultar con la cara muy roja y el corazón en la mano. —T-tómalo en cuenta, por favor.
Su madre parecía sorprendida. Izuku perdía la valentía del coraje que momentos antes había tenido.
—Vaya, Izuku—Suspiró anonadada. —No me imaginé que me fueras a preguntar eso— Llevó una mano a su pecho, retomando la compostura. —¿Te pidió matrimonio Kirishima?
—No, no no, no, es una suposición—Aclaró.
—Ah—Su madre lucía aliviada. —Viéndolo por ese lado, yo creo que Kirishima te quiere verdaderamente y él nunca haría algo que te hiciera daño.
Izuku movió la cabeza en reconocimiento.
Kirishima no lo lastimaría.
—Pero—Se detuvo con una nota severa. —Lo que más me importa es tu felicidad, Izuku. No quiero que estés con él si lo que no sientes por él es amor. Te lastimarás más. No te apresures en enamorarte, eres joven. Disfruta la juventud que me costó tanto darte.
Sí, se dijo, eso es lo que debería de hacer en lugar de concentrarse en lo que era obvio que podía resolver. Reprimir sus sentimientos no era ser sincero consigo mismo ni con Kirishima.
Previo a tomar una decisión necesitaba ponerse en primera fila.
Acomodó con firmeza las agujetas de los tenis, revisando si llevaba agua, toalla, paquete de proteínas y el contador kilómetros y calorías que le obsequió Shouto. Asegurándose que tenía lo esencial, salió del porche, motivado a su corrida matutina.
Los rayos del sol aún no salían, faltaba casi una hora para prescindir del privilegio de contemplar su despertar.
No obstante, se vio sorprendido por Kota, quien apareció detrás de la puerta a un instante de cerrarla.
Izuku no ocultó su desconcierto al ver al menor de los Bakugo con ropa deportiva, su distintiva gorra roja, el ceño fruncido y un cierto dejo de duda aparecer en su rostro.
—Kota, ¿Qué haces despierto a esta hora? ¿No puedes dormir?
—Qué te importa—Refunfuñó el menor.
Izuku apabulló las cejas, extrañado con la conducta de Kota, mas no se atrevía a confrontarlo. Capaz y lo insultaba, como siempre lo hacía Katsuki.
De sólo recordarlo, le recorría un escalofrío en el cuerpo.
—Me iré a correr—Avisó cortés.
—Sí, te acompaño—Dijo Kota, haciendo que él lo mirara, ojiabierto.
—¿Cómo? ¿Acompañarme?
«Pero, si no le gusta el boxeo por sus padres. Será acaso que intenta acercarse al deporte que practicaban sus padres a nivel profesional. De ser ese el caso, no se lo puedo negar»
Resoluto a conceder el deseo del menor de los Bakugo, accedió a que éste lo acompañara.
Una vez realizados los estiramientos, procedió a correr en la ruta que Enji le había trazado con especial énfasis en las subidas de las calles, quitando las bajadas, porque según él, lo harían volverse flojo con el ejercicio matutino. Izuku no veía necesario tal hazaña, puesto a que el entrenamiento mañana o noche, él lo haría de igual forma. Es lo que mejor se le da: boxear.
Kota iba tras suyo en bicicleta, mientras él comenzaba a sudar al llegar al primer kilómetro completado del ejercicio. Le restaban cuatro más.
Bordearon las bajadas, tomando únicamente las subidas las calles, ingresando al terreno de la costa, donde explayó enteramente los sprints en el extenso derredor, teniendo clara noción de que Kota se había cansado (no lo mencionaba por el orgullo copiado de Katsuki), y tomó asiento en una de las bancas, dejando la bicicleta en el suelo.
El sudor se extendía por su cuerpo, ramificando las zonas distales de su cuerpo. El entrenamiento lo estaba calmando demasiado de los síntomas del desamor. Le sentaba como un tranquilizante natural, aun cuando sabía que era un efecto efímero. Por eso no se entregaba de lleno a la sensación, o quizás, mejor dicho, el sentimiento.
Se veía cual prófugo que escapaba por fracciones de tiempo de sus conflictos internos, mas se escuchaba a sí mismo decirse que fuera fiel y sincero con lo que fuera que pasara en su mundo personal.
Desconocía si permitiría que demás individuos ingresaran a su interior en el futuro. El temor le invadía (incluso) en esas ocasiones, pese a que se distraía con saber que Kota por voluntad propia quiso ir con él, lo que suponía que se desencajaba de asociar el deporte con la muerte de sus padres.
Izuku entendía perfectamente bien los peligros que perseguían al boxeador. Sin embargo, desde que se le instruyeron las reglas y las consecuencias que varios boxeadores han tenido, no venía al caso hacer el que no pasaba nada con recibir golpes en la cara sin protección más que de sus habilidades de bloquearlos y de un simple bucal.
Las medidas de seguridad del pugilista no estaban exentas de liberarlo de sufrir consecuencias en el cuadrilátero.
Si bien, era consciente de que un mínimo descuidado, podría convertirse en error, mas este deporte era lo que mayor satisfacción y placer le producían. El profundo afecto que le generaba era tal que llevando a cabo los requerimientos de cuidado, que le dijeran que era peligroso, no le importaba, puesto a que era su pasión.
Nadie debe aplastar dicho sentimiento.
Kota lo observaba de reojo, mientras terminaba de hacer los sprints. En cuanto finalizó se dispuso a hacer abdominales frente a la banca donde Kota estaba sentado, quien evadió tener conversación con él, pese a sus intentos por sacarle un tema de platica. Hizo una gran variedad del ejercicio con tal de llegar a las 500 que Enji le había dicho que hiciera por las mañanas. Los músculos del abdomen le ardían, producto del esfuerzo al que lo sometía, aunque eso ya no le tomaba demasiada importancia debido a la costumbre. Una vez terminado, tomó la ruta de regreso, no sin antes avisarle al menor que debía regresar. Sin embargo, apresuró el ritmo del trote.
La ropa la tenía mojada, sintiendo una humedad refrescante, pese a la disminución gradual de la temperatura. Sacó el termo que contenía el batido con proteína y bebió unos cuantos sorbos.
El primer rayo de sol salió del horizonte.
—¡Kota, mira! Está amaneciendo—Exclamó alegremente.
El pedaleó del menor se aceleró.
—Ya lo vi, idiota—Refunfuñó.
Emocionado, aceleró el trote tanto que estaba corriendo a máxima velocidad por el último tramo de la calle que daba con la casa de los Bakugo. Oía los gritos de Kota diciéndole que bajara el ritmo, porque se estaba alejando mucho, a lo que Izuku le aclaró que no había necesidad, ya que se verían en la casa.
La luz esclarecía el panorama, que, viéndolo desde la perspectiva de los recientes acontecimientos era como un momento de esclarecimiento ante su propia mentalidad, a su vez de obtener una resolución al estrés de no saber decidir lo conveniente, aun cuando estuvo consciente todo ese tiempo en serle fiel a sus principios.
Pero, ¿Cuáles? ¿Con qué propósito se aseguraba de no haberse salido del camino?
Eran preguntas insolubles asociadas a un tema sinsentido del amor, o en su caso, el desamor.
De igual manera, no se desalentaba tanto cuando la adrenalina se instalaba en él a tan tempranas horas de la mañana, mas que en cuanto se evaporaba la sensación, rápidamente se tornaba en incertidumbre.
—¡¿Kirishima te propuso matrimonio?!
Los gritos de sus dos amigos resonaron por el aula de clases. Tenso y temeroso, Izuku retrocedió.
La sorpresa se cimentaba en sus semblantes. Había evitado decirles aquello, puesto a que no quería enfrentarse a los eventos recientes, los cuales lo estresaban más allá de darle tregua.
Como pudo, asintió, confirmando lo previamente mencionado.
El asombro no abandonó sus rostros. Podía palparlo.
—Estas son excelentes noticias— Escapó de la boca de Iida.
—¡Iida!—Regañó Uraraka. —Eso no se dice.
—Pero, por supuesto que sí— Objetó en tono reticente. —Kirishima es quien ha estado siempre contigo en el inicio, nunca te ha dejado, o dado un mal trato. Deberías considerar su propuesta en serio. Él te quiere. Sería una falta de respeto tomártelo como una broma.
—No me lo tomo como una broma— Aclaró Izuku.
—Yo tampoco— Agregó Uraraka. —Creo que al verte solo y triste, quiso hacer algo al respecto.
Iida asintió.
—Por eso mismo es que decidió pedirte que estés con él— Acordó su amigo. —Él no te dejará solo, ni te hará sufrir como lo ha hecho Bakugo.
—No menciones su nombre— Reprendió Uraraka con el ceño fruncido. —No ves que le haces daño a Deku-kun.
—Chicos, no me hace daño escuchar su nombre. Estoy más que consciente que entre Kacchan y yo no va a pasar nada.
—Pero, no estamos hablando de él—Remarcó ella. —Lo que sí queremos saber es qué piensas decirle a Kirishima.
Se instaló el silencio entre los tres, en lo que Izuku veía a sus amigos mirarle con inquietud pintada en sus caras. La contrariedad de su decisión lo abrumaba, pese a conocerla. O creer conocerla. Era lo que mejor le convenía, pero igual quería intentar enfrentarse a su propia situación misma en la que él se metió.
—No tenemos que saber lo que piensa—Irrumpió Iida. —Lo que Midoriya tiene que hacer es ir por la propuesta. Aceptarla. Pero en este caso, deberías de pensarlo bien, tomarte tu tiempo, aunque reitero que no lo hagas esperar. Sabes lo que se siente esperar por algo o alguien, así que mejor piénsalo rápido.
—Sí, entiendo. Gracias— Manifestó Izuku, agradecido, mas no pensaba que la solución a su problema era que la aceptara, pero tampoco que la negara. Estaba en un punto en el que lo que estaba bien y lo que estaba mal colisionaban.
La indecisión se burbujeaba en su interior en una sensación desagradable.
Sin embargo, apenas podía procesar del todo la propuesta, aun cuando se disponía a resolverlo con la mayor prontitud.
—Podría ser bueno que aceptaras— Dijo Iida con actitud pensativa. —No le veo nada de inmoral querer recibir amor, a pesar de que no es de la persona que amas. En temas de amor, nada es eterno.
Uraraka le restregó un codazo en el costado derecho, con un mohín.
—Tenías que meter la pata con lo de la moral—Resopló.—Iida eso es herir a la otra persona y a uno mismo. Es injusto. Además, Deku-kun aún quiere a Bakugo-kun.
—De todas maneras, está en Midoriya su respuesta.
—Cambiando de tema— Lo abordó Uraraka. —¿Cómo te sentiste cuando te propuso? ¿Acaso no se te saltó el corazón?
Izuku se ruborizó.
—Un poco, sí—Admitió.
—Significa que sientes algo por él— Asumió Iida.
—¡No!—Negó con los ojos saltones. Al percatarse de su error, se tranquilizó. —N-no es eso. Lo que quiero decir es que no estoy listo para enfrentarlo, porque no es algo que no haya experimentado. Estuve con Shouto, pero no ocurrió nada. He salido con Kirishima como amigos, pero no esperé que se hubiera atrevido a más. Jamás estuve con Kacchan… nunca sabré lo que es salir con él.
—No te atormentes con eso—Lo consoló Uraraka. —Es algo que sabes que se puede resolver. No te rindas.
Sus ojos se humedecieron a punto de convertirse en lágrimas. El sentimiento de preocupación por su futuro crecía y crecía sin parar, aun cuando se encontraba en un conflicto de dos puntas.
—Es cierto que intenté por todos los medios de olvidarme de Kacchan, siendo aún muy pronto para hacerlo. Y sin embargo—Su voz se cortó, sonando demasiado aguda. —Mi corazón no late por Kirishima. Sólo he podido verlo como amigo, no más. Tienes razón, Uraraka, no me rendiré. No me rendiré nunca en intentarlo.
Sus amigos asintieron, sin emitir palabra.
Sí, se quedó con el palpable mensaje de «no te rindas».
Y no lo haría.
Veía con reticencia la casa de los Bakugo en lo que llevaba parado algunos minutos. Ya no se hacía a la idea de que todavía vivía en un lugar donde la pasaba mal. Podía hacerse a la idea de que los hermanos lo aborrecían, mas no de que Katsuki estuviera ligado a una bella dama en cuestión, en tanto él los eventos emocionales que lo tenían preocupado.
Sin embargo, debía entrar. Se dijo que necesitaba disfrutar lo que quedaba estando bajo el cuidado de los tíos, a quienes tenía en alta estima, y de los cuales no quería separarse, pese a saber que se mantendría en contacto con ellos por vía telefónica y que aunque fuera una buena solución a dicho alejamiento, no sería lo mismo.
Su corazón se acongojaba de sólo pensarlo, imaginarlo siquiera. Así que con un sonoro suspiro, entró a la casa, se quitó los zapatos notando inmediatamente una voz extraña venir de la sala, junto con la inconfundible voz de Katsuki.
Ingresó con el pulso en la mano, la intriga a flor de piel. Cuál fue su asombro cuando vio que era nada menos que Camie, sentada en el sofá donde la noche anterior se deshacía en una profunda melancolía.
—Oh— Salió de sus labios previo al procesamiento de la imagen de la chica rubia conversando animadamente con el antipático semblante de Katsuki. —H-hola.
La chica lo miró y sonrió, pasando a los saludos y demás cortesías provenientes de una dama de mejor educación que la suya.
—Izuku, ¿Verdad?— Lo señaló con un dejo de confusión.
Asintió mecánico. Katsuki ni siquiera lo miraba.
—Me dijo Katsuki que eres boxeador profesional—Comentó, como queriendo tener una conversación con él, algo impensable a su punto de vista, si fueran otras circunstancias, ya que la vería cual rival que lo separaría de él, mas ahora que no la considera una rival, puede permitirse esto.
—Lo soy—Afirmó. —Llevo más de dos años de serlo.
—¿Y qué te motivo a ser boxeador en primer lugar?
Izuku se dirigió a la sala, tomando asiento en el sillón que solía ocupar Masaru, puesto a que sentarse con ella o con Katsuki suponía un estado de incomodidad de ambos lados.
—Querer salir de la pobreza y tener el reconocimiento y afirmación hacia mí mismo que logré triunfar en las dificultades que he vivido.
—¡Oh, vaya!— Exclamó Camie.
Katsuki gruñó por debajo de su aliento, captando la atención de su prometida.
—Katsuki, no me habías contado eso. Sólo me dijiste que se dedicaba a boxear para ganar dinero.
—No es mentira— Contestó fríamente. —Es un idiota pobre que se aprovecha de mis viejos para vivir bajo un techo.
—¡Katsuki!.
—Qué grosero, hijo malcriado—Apareció la tía cargando una bandeja de té y galletas. —Izuku es boxeador por elección.
—Elección de salir de la pobreza—Puntuó. —Él mismo lo dijo. No es más que un miserable bastardo.
Izuku arrugó el ceño, ofendido. Katsuki era cruel con él, pero no a ese nivel. ¿Qué ocurría con él? Tal vez se debía a que quiere que se salga de su casa. Es lo único que puede sacar de su actitud.
La tía parecía querer darle una cachetada, mas se contuvo, ya que pilló el puño temblando del extremo de la bandeja, de la cual depositó en el centro de la mesita de la sala y miró con la vena palpitando de su sien dirigida a su hijo.
Izuku quiso intervenir, decirle que no se enojara por algo de esa índole, puesto a que estaba acostumbrado a las muestras de indiferencia de Katsuki, pero no sería del todo verdad, debido al trato más frío de parte de éste, del cual rayaba en lo no habitual.
—Traje unos cuantos tés, ¿Cuál quieres? Hay de manzanilla, tila, cardamomo, negro—Ofreció la tía con forzada amabilidad.
Luego de escucharla, su mente se perdió en el amplio espectro de sus divagaciones, por consiguiente murmurando su creciente incomodidad ante la situación.
—No debería de estar aquí en primer lugar. Se supone que estaría entrenando a esta hora en lugar de estar en la casa, pero no podía evitar venir porque aún conservo mi ropa. Además, soy una intromisión estando en el mismo sitio que la prometida de Kacchan. Explica por qué está tan molesto conmigo. Sí, eso debe ser, porque, ¿Por qué me estaría tratando de esa manera? Sí, Izuku, tienes razón, por algo mamá dice piensa mal y acertarás.
—Izuku.
Posaba una mano debajo de su barbilla, arrugando visiblemente el entrecejo, formando un mohín con los labios donde salía el aire de sus palabras.
—Regresando en materia. Endeavor mencionó que el pesaje sería en menos de dos semanas, a lo que si me salto la colación de hoy en la tarde no lograré dar con el peso.
—Izuku.
—Si me pongo a pensarlo desde este ángulo, las semanas del programa de entrenamiento se pasaron volando. Y mi mente ha estado en otra parte recientemente que la concentración se me escapa de las manos.
—¡Izuku!
Sus pensamientos se vieron interrumpidos de golpe por el grito de la tía. Sus ojos botaron de sus cuencas, rebobinando lo que momentos previos a soltar el flujo de sus neuronas trabajando lo llevaron a recurrir a sus métodos de evasión.
Ruborizado, agachó la cabeza preso de una vergüenza inconmensurable.
—Lo siento. No era mi intención incomodarlos.
«Más de lo que ya me incomodaron a mi» Añadió para sus adentros.
—Ya lo hiciste, idiota—Remarcó Katsuki.
—No seas grosero—Esa fue la tía. Ella estaba situada a un lado suyo, en tanto Izuku se disponía a irse.
Katsuki chasqueó la lengua.
—Katsuki…— Camie se veía extrañada con el comportamiento de su prometido, e Izuku no la culpaba. Katsuki la trataba demasiado bien, mientras a él le daba la peor indiferencia, si es que todavía podía considerarse una posible atención. Notaba el tono de «¿Ese eres tú?» Proveniente de ella.
—Katsuki es así de mal educado con la gente—Advirtió la tía. —Es lo que te depara si te casas con él.
—¡Oi!—Gruñó el rubio.
—A parte de mal educado, no tiene en claro el tipo de gente que le gusta. Ya ves, anda insultando a todo el que se le cruce. Querida, no tendrás suerte con él.
Katsuki se levantó del sofá con la cara enfurecida. Izuku se detuvo en su huida.
—¿Podemos hablar en la cocina? Y tú también—Dirigiéndose a Izuku, quien se señaló confundido, al cabo que el rubio le indicó a él y a su madre que avanzaran.
Una vez, los tres se encontraban ahí, habló.
—Lo que dijiste en la sala es una estupidez. Me estás haciendo quedar en ridículo frente a mi prometida.
La tía puso los ojos en blanco.
—No son mentiras, Katsuki. Además, es una imprudencia traer a esa chica teniendo a Izuku aquí. Lastimas sus sentimientos.
—Tía, estoy bien—Aclaró.
—Ya ves, no le molesta—Confirmó Katsuki.
La tía lo miró a él, luego a su hijo, sin dar señas de que le creía.
—Aunque lo digas, no significa que te tienes que estar aguantando a los caprichos de mi hijo. Izuku nunca ha traído a nadie a la casa.
—Lo que no sabes es que este nerd es un facilito—Le dedicó una mirada glacial, que lo hizo enfriarse en su sitio. Katsuki sí que tenía coraje contra él.
—Me puedo retirar, no quiero ser una impertinencia—Manifestó Izuku externando sus claros deseos de marcharse.
—Ya lo eres—Apuntó Katsuki con cizaña.
—¡Katsuki! ¡Basta con tu actitud! ¿Qué te pasa?
—Estoy harto de que este imbécil viva en mi casa. Es un maldito aprovechado.
—Izuku puede quedarse el tiempo que necesite.
—Se quedó lo suficiente. Dos años. Es hora de que se largue, mierda.
—Y yo he tenido suficiente de tu insolencia, mocoso. Traes a esa chica a la casa sabiendo que el hijo de mi mejor amiga, que te quiere, podría venir en cualquier momento. Decides comprometerte con una mujer que ni siquiera conoces.
—Para tu conocimiento, esa mujer que mencionas, me gusta—Reiteró. —Pienso casarme con ella.
—Si te casas con ella, el que se irá de esta casa, no será Izuku, sino tu—Sentenció. La sorpresa de Izuku fue enorme, incluso atisbó la turbación socorriendo a Katsuki. —No quiero ver a un hijo que destruye su vida por sus malas decisiones.
—Tía, no es necesario que corra a Kacchan. Yo me iré.
—El que se largará es este imbécil—Señaló a Izuku con los ojos.
—A Izuku no lo vas a correr.
—Él no merece estar aquí.
—Si él está aquí, es porque se lo permito.
Izuku decidió que lo mejor que podía hacer era salirse. No había lugar a su participación ni opinión en el asunto, salvo que entendía perfectamente bien que Katsuki no lo quería cerca, sino lejos. Muy lejos.
En pocas palabras, es lo que va a hacer.
Por la noche, después del entrenamiento en el gimnasio, se encontraba sentado con las piernas extendidas en el borde de la cama con la angustia palpable en sus facciones.
Se imaginaba toda clase de escenarios donde Katsuki estaría en brazos de Camie. Su pecho se apretujaba cada vez que lo pensaba. No podía evitarlo. Su imaginación navegaba en diversos lugares cuando se le ocurría que lo loable era darle el permiso de fluir en el río de sus dudas.
Enji le expuso su distracción cuando al estarle pegando a las manoplas, falló en las combinaciones más sencillas. Las de uno, dos; las de cuatro golpes y sus variaciones, etc. Cuando debía esquivar se quedaba plantado y el auxiliar de Enji le ensartaba un golpe en la cabeza, o en momentos en que requería cubrirse con la guardia, una cachetada aterrizaba en su mejilla.
La molestia de su entrenador era visible y cada vez que lo cambiaba de ejercicio, ocurría un error en la ejecución, acción que cabreó tanto a Enji que le pidió que terminara y que regresara cuando su mente estuviera en el gimnasio y no situada en tonterías.
De pronto, sonó su celular. Era Kirishima.
—Kirishima, ¿Qué ocurre? Es tarde.
—Midoriya—La efusividad de su voz lo sacudió. —Espero no haberte importunado, pero quería invitarte a probar mis platillos en el restaurante mañana por la tarde. Elaboré un menú diferente que quiero que pruebes. ¿Podrías venir?
—Sí, sí puedo. Después de entrenar.
—No, sí, luego de que entrenes vienes y pasamos la tarde juntos. ¿Qué te parece?
—Está bien.
—Bueno, entonces te dejo descansar. Nos vemos mañana. Te quiero.
—Sí, nos vemos.
Colgó, suspirando.
Estaba listo.
«Esto no puede seguir así. Le tengo que poner un alto»
Le daría su respuesta.
Las manos le temblaban en el veloz jugueteo de sus dedos. Había ido a la universidad, sin tener un atisbo de su amigo en la cafetería. Estuvo un rato con sus amigos a quienes les comentó que iría a ver a Kirishima luego del entrenamiento; estos lo miraron con preocupación, y dentro de lo que cabía con resguardo en sus miradas.
Izuku podía sentir las muestras de apoyo que le proferían; sin embargo, las mantendría en su mente para agarrarse de valor.
Venteaba fuerte, el clima era nublado, las nubes estaban tan oscuras que parecía que llovería en cualquier momento.
Con su juego de ropa deportiva caminaba, echo bolita para darse calor.
El pulso le vibraba los nervios, lo sacudían de pies a cabeza en una especie de movimientos vertiginosos enrarecidos por la apariencia de concluir una etapa de su vida y avanzar a otra. Es básicamente lo que intentaba realizar por su cuenta, dado a su hartazgo de la situación en la que lo inmiscuyeron sin preguntarle.
No sabía lo que le deparará después de su conversación con Kirishima, pero estaba dispuesto a enfrentarse a lo que sea que ocurriera.
Llegó al restaurante en cuanto menos lo creyó, puesto a que sus pensamientos lo distrajeron de lo que tomaba en arribar.
El estómago se le apretó en un nudo tumultuoso de emociones. Inhaló tembloroso.
«Relájate, Izuku. Tu puedes, tu puedes» Se afirmaba.
Entró.
El restaurante se encontraba vacío. Lo sabía previamente, ya que el restaurante cerraba los lunes. Esto con la finalidad de que su madre tuviera un día de descanso luego del atareado fin de semana en el que se llenaba de clientela hasta entrada la noche..
La luz que alumbraba el recinto constaba de los focos de la cocina dejando entrever la escasa iluminación, dándole un ambiente solemne.
Enseguida, se dio a notar, nombrando a su amigo.
—¡Llegaste!—Kirishima apareció de la cocina con una sonrisa dientona. —¿Pudiste venir bien? Escuché de los otros que llovería. ¿Trajiste tu paraguas?
—No—Respondió apenado. —No sabía que iba a llover.
—No te preocupes, te llevaré a casa. Tu madre me dejó el carro con el que pasamos a recoger los ingredientes.
—Ah… gracias—Sonrió. Después tomando asiento en la barra, dijo—: ¿Qué lo que querías mostrarme? Un nuevo menú, ¿No?
—Sí, quiero que lo pruebes. Me dediqué mucho a modificarlo y probar nuevas recetas con otras proteínas. Pero el propósito es que siempre tengan la esencia de ser comidas caseras. Hay un montón de restaurantes con platillos de renombre, caros, con poca porción. Nada prácticos. Mi intención es que las personas que pasen el día entero sin probar comida de casa tengan esa experiencia, que la revivan.
—Suena bien. Ya quiero probarlos—Manifestó con una sonrisa genuina.
—A la orden—Dijo, llevando su mano como saludando a un jefe.
Izuku aguardó.
Los platillos vinieron, y con ello, los minutos transcurrieron sigilosamente en el tren de pensamiento de Izuku en el cual soltaba halagos y sonreía con la exquisita comida que fue a dar en su paladar. Decía sinceramente lo que pensaba de cada combinación, expresando la buena mezcla de sabores.
Fue en esos instantes en que estuvo contento.
Al terminar el último bocado de lo que le trajo Kirishima, descansó su estómago y mente del arduo estrés en el que lo sometió, pero parecía que su amigo tenía otros planes para él, puesto a que traía un frasco de vidrio alargado con lo que aludía era el postre. El contenido blanco con crema y frutos rojos en la cima dio a parar frente a él.
—Kirishima— Se dirigió con pesar. —No me cabe más. Estoy lleno.
Éste se sentó a su lado, sus ojos lo veían expectantes.
—Prueba un bocado— Incitó. —Te va a encantar, te lo aseguro. Lo hice pensando en ti.
Izuku lo miró indispuesto por un segundo, pero se recuperó del cansancio y tomando la cuchara, la embarró en el frasco recogiendo bastante porción del postre cremoso y se lo llevó a la boca.
Sus ojos brincaron, brillando.
—¡Está delicioso!
—¿Verdad? Anda come más.
—Pero…
—Una cucharada más.
Izuku lo hizo. Kirishima insistió con mayor fervor que siguiera vaciando el frasco. Cabía decir que no le encontraba el sentido a la presión infundada por terminar.
—¡Vamos, otra más!
Frunciendo el entrecejo, hacía lo que se le pedía, mas en cuanto en su boca paladeó un objeto de metal, lo escupió en su mano, consternado.
—¡¿Qué es esto?!—Exclamó. Pero cuál fue su sorpresa cuando vio que el objeto de metal era nada más que un anillo. Su aspecto sencillo y benevolente denotaban las intenciones sinceras que albergaba un corazón tierno. —Kirishima…—Musitó perplejo.
Éste se acercó, cauteloso. La seriedad invadiendo sus facciones.
Tragó saliva.
—Ese anillo es el símbolo de que mi propuesta por ti fue en serio. Totalmente en serio—Manifestó motivado. —Quiero que me veas como el hombre que te quiere por ser quién eres, que ha estado al pendiente de ti, que quiere que no sufras más por Bakugo.
—Kirshima, aprecio mucho esto, pero no sé responder a esto…
—No importa, te dije que te podía esperar lo que fuera necesario.
Izuku suspiró, distendiendo su pecho.
—Kirishima—Articuló fuerte y claro. Lo vio tensarse.
—No me tienes que responder ahora.
—Kirishima, eres un buen amigo, te aprecio muchísimo. Has estado conmigo en todo, me has acompañado y dado tu atención y cariño—La expresión del contrario era de temor. —Pero no me gustas. Lo siento mucho pero no me gustas— La voz de Izuku se cortó. —Perdóname, por favor, pero no puedo mentirme. Menos a ti.
—Y no lo haces— Protestó. —Sé que eres incapaz de mentirme.
—Lo siento, no puedo darte falsas esperanzas.
—No puedes olvidarlo, ¿Verdad?— Los ojos de Kirishima traslucían una inmensa tristeza. —¿Todos mis esfuerzos han sido en vano? ¿Acaso no tengo oportunidad? ¿Eh, Midoriya?
Izuku tenía la cabeza baja.
De pronto, se sorprendió cuando lo agarró por los hombros, apretando sus manos con fuerza. Izuku alzó la cabeza con los ojos abiertos.
Kirishima lucía visiblemente agitado. Se acercó sin mesura a él, donde recibió un sonoro puñetazo que lo tumbó de la silla, atemorizado con su repentina y peligrosa cercanía.
Kirishima se removió estando en el suelo, llevándose una mano en la zona de su mejilla que recibió el golpe. Estaba roja. Pasó del desconcierto a la desolación en un instante. Agachó la cabeza, derrotado.
—Veo que aún lo quieres a él…
—Lo siento, lo siento tanto— Lamentó, sus ojos se humedecieron.
Salió corriendo.
La lluvia caía a cántaros del cielo oscuro.
Lo cubrían entero, mojando su ropa, sus zapatos, su corazón y su alma.
Se sentía fracasado, patético. Se sentía todas las cosas que Katsuki le había dicho.
Un cuadro obsoleto con la pintura desgastada de tanto prestarse a la máscara social de sonreír cuando no tiene ganas de hacerlo, de aceptar cuando no quiere aceptar.
Subió al metro con dirección a casa, si es que a ese lugar le podía llamar «casa», porque no le encontraba nada de acogedor.
Sus lágrimas existían acuosas en sus ojos, mas no salían de los lagrimales, recorrer sus mejillas, consumirse en la piel.
«En verdad soy patético, ¿No? Nunca debí de haberle dado esperanzas a Kirishima al aceptar salir con él. Hice lo mismo que viví con Kacchan. No tengo remedio»
Llegó el metro a la estación. Bajó con pasos lentos, ampliando las distancias.
Perdió el tiempo en un imposible, su juventud en tontas ilusiones. Se arrastró con el ritmo de la corriente, navegando en contra del flujo, en lugar de ir por su curso.
Pasó por las escaleras siendo recibido por la lluvia.
«Ya está» Se dijo convencido de su reciente resolución. «No estaré con nadie más y cuando llegue mi momento, tendré una foto de Katsuki en mi regazo»
Apenas terminó de decidir aquello, cuando divisó la figura de Katsuki con una sombrilla parado en la estación de autobuses.
—¿K-Kacchan…?— Su voz sonaba desconcertada. Al verlo, serio. —¿Qué haces aquí?
—Esperándote.
—¿Eh?
—Ven— Indicó, abriendo un espacio para que cupiera. Izuku se escabulló bajo la protección de la sombrilla y emprendieron el camino de regreso.
El silencio se instaló sobre ellos.
—¿Estuviste con él?—El rubio preguntó repentinamente.
—¿Qué?
—Kirishima.
—Ah…—Se pausó, luego asintió.
Su voz cobraba un tono gentil. Le extrañaba aquello.
—Escuché que se te propuso.
Izuku insufló aire de su pecho.
—Sí, al parecer no soy tan odiado como pensé—Resopló. —Dirás que soy un tonto, pero hay personas que ven mi valor.
Katsuki gruñó, dando un asentimiento.
Izuku lo miró confundido.
—¿Y qué le respondiste?
—¿Qué te importa?— Espetó Izuku. El supuesto interés que Katsuki manifestaba no era algo propio de éste. Éranse actitudes impropias. Además, Izuku no tendría que estarle contando sus asuntos a alguien que aparentemente no le importaba.
—Sí, tienes razón—Replicó en tono resignado.
Izuku lo observaba, boquiabierto. ¿Quién era ese Katsuki?
—Mamá y yo nos mudaremos en unos días— Informó tratando de crear una conversación más amena y menos anormal. —Me casaré con Kirishima y tu con Camie. Así cada uno estará feliz con su decisión.
Katsuki se frenó, girándose a él, lo encaró.
—¿Lo amas?
Izuku pestañeó.
—Kirishima me quiere desde el primer año. Ha sido muy persistente en querer estar conmigo.
—Pero, ¿Lo amas?—Insistió.
—Sí, además ¿Qué te importa, Kacchan? Es mi decisión. Ya me cansé de vivir este amor unilateral contigo. Necesito mi final feliz.
—Ah, entonces admites que te gusta el infeliz de Kirishima sólo porque él te ama a ti. Eres patético, Deku— Despotricó.
Izuku se mordió el labio, sintiéndose ofendido. Se puso en posición de defensa, extendiendo sus hombros para darse mayor seguridad, aunque en esos instantes no la tuviera.
—Por qué no mejor te vas con tu prometida. No pierdas tu tiempo conmigo.
Se vio sorprendido por las manos de Katsuki aferradas a sus hombros, sacudiéndolo. La sombrilla cayó de su agarre, empapándolo también.
—¡Tu me amas!—Gritó a todo pulmón.
Sus ojos rojos poseían un aspecto singular, casi como si estuviera alarmado.
—Al que amas es a mi. No puedes amar a nadie más.
—Tu siempre tan seguro de ti mismo— Lamentó, reprimiendo los sollozos que amenazaban con escapar de su boca. Contuvo el aire y lo expulsó.—Sí, sí, tienes razón—Admitió, llorando. Las lágrimas pudieron salir. —Pero, ¿Qué puedo hacer? Tu no me amas.
Sus labios sintieron un contacto acallar sus palabras. Abrió más los ojos. Era Katsuki, ¡Besándolo! Su sensación era húmeda, mojada, entremezclada con el sabor de almíbar tan dulce de su boca.
Katsuki se separó de él y para su asombro, no dejaba de mirarlo con un mensaje claro de una afirmación existente en su rostro.
—No digas que amas a otra persona que no sea yo.
Katsuki lo acogió entre sus brazos e Izuku, sin hacer acopio de lo que pasaba, asentía con el cuerpo entero palpitando.
—Es el segundo beso—Musitó.
—¿Hm?
—Es el segundo beso que me das.
Katsuki se apartó unos centímetros.
—Es el tercero.
—¿Qué?
—No tienes que contar a partir de ahora— Se acercó y besó su mejilla, regresando de nuevo a abrazarlo.
Estaba tan sacado que no podía ni siquiera hacer que su cuerpo reaccionara a la aproximación. Por dentro estaba cual si fuera la carne asarse en el asador con el crepitante fuego del carbón.
—Tenemos que volver— Katsuki lo agarró de la mano, y lo guió de regreso.
El resto pasó borroso para su mente. El intercambio entre Katsuki y su madre fue un entrar y salir de su oreja. Izuku asentía cada tanto, sonreía otro poco, se secaba con la toalla que le dio la tía y apremió su decisión en cuanto oyó que Katsuki pidió su mano a su madre.
«Quiero casarme con su hijo» Fueron las palabras de Katsuki.
Todos en la habitación jadearon.
Es entonces que se percató que estaban los tíos, Kota y su madre desplazados en la sala.
—¿Lo dices en serio?
—Sí—Manifestó el rubio con total seguridad.
—Pero, Katsuki, tu sabes que Izuku no es muy bueno para organizarse.
—Lo sé.
—A veces es impulsivo y no se cuida.
—Lo sé.
—Pone primero a los demás y luego a él.
—Lo sé.
—Pero, es amable, honesto y tiene un corazón enorme. Nunca te traicionará—Su madre lloriqueaba con una sonrisa resplandeciente.
—Lo sé—Se dirigió a Izuku con una mirada solemne. —¿Qué dices? ¿Aceptas?
Le tomó unos segundos reponerse del impacto de lo que ocurría.
Asintió.
Estar a lado de Katsuki, en el regocijo de sus brazos, de su aroma, su calidez, ha sido lo que ha querido desde hace años. Tenerlo a su disposición era igual a buscar una palabra en el diccionario y no encontrarla.
La tía festejó sumida en una inmensa alegría que contagió a todos los presentes de la habitación. Su madre lo abrazó, después a la tía. Había gritos, afirmaciones.
E Izuku no entendía cómo se suponía que debería de estar procesándolo, porque vaya que no lo hacía.
Que Katsuki lo quisiera era por lejos inimaginable.
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NOTA: Quería hacerlo un capítulo más largo, pero así lo quise dejar. El romance acaba de florecer entre ellos.
Espero que les haya gustado el capítulo.
