"Decisiones difíciles de tomar"
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La sorpresa y desconcierto de los acontecimientos de los recientes eventos pesaron en él más que hacerlo unirse al festejo, terminando así con un síncope de algunos minutos que transcurrieron lentos entre las voces de Katsuki, los tíos, Kota y su madre, tratando de hacerlo reaccionar, pero ni la voz de su querido Katsuki lo hicieron despertar de la fantasía que se sentía demasiado real.
Al abrir los ojos, se encontraba con nada más que su habitación. Se despejó los mechones de cabello de las pestañas con el dorso de las manos, del mismo modo en que se alejaba de la modorra.
—Vaya espectáculo que hiciste pasar a mis viejos, idiota.
Lo que antes eran movimientos lentos se convirtieron en una rapidez que lo hizo levantarse cual resorte de la cama, hallándose con los bellos ojos de Katsuki, mirándolo con un ligero aire de indiferencia, aunque denotaba que la frialdad no habitaba en sus facciones.
—¡Kacchan!—Chilló despavorido.
Éste usaba sus pijamas de siempre. Un set de pantalón y camisa de manga larga de color azul marino que ensalzaba el tono rojizo de sus orbes a un nivel esplendoroso. Izuku los vio y su velocidad se frenó afectada por la belleza del contrario, quien a su vez, se cruzaba de brazos adoptando una actitud seria.
—¿Q-qué haces aquí?— Apenas pudo conjeturar esas palabras.
Katsuki enarcó una ceja, soltando un gruñido.
—Cuidando tu estúpido trasero— Espetó.
—Lo siento— Murmuró cabizbajo.
Katsuki chasqueó la lengua, sacando un sonoro bufido.
—Ya vi que estás bien—Se paró de la cama y se encaminó hacia la puerta. Izuku se apresuró en ir tras él, y lo tomó del borde de la camisa. —¿Qué quieres?— Se volteó a él.
—Me preguntaba si…—Ruborizó. Miró los ojos de Katsuki y la emoción se apoderó tanto de su rectitud que bajó la mirada hacia el suelo. —Si te quedarías a dormir conmigo— Al comprender el significado de su petición, la alarma se asentó en su rostro. Katsuki enarcó una ceja. —¡No, no me refería a eso! Es que… me da miedo que si te vas a tu cuarto regresarás a ser el mismo Kacchan frío de siempre.
Izuku removió su mano.
—¿Quieres que durmamos juntos?
Abrió los ojos fuera de sus cuencas. Negó con la cabeza rápidamente.
—¡No, no! Es muy apresurado. Necesito estar preparado.
Su boca se calló de golpe cuando Katsuki lo empujó en reversa colocando ambas manos en su pecho. Sorprendido, vio a Katsuki abordarlo por encima, con el peso de su cuerpo sobre el suyo. Ese color rojo distinguido de sus orbes lo embelesaban.
—Kacchan—Suspiró.
Katsuki estrelló sus labios en los suyos.
Tomado sin previo aviso, miró con los ojos abiertos que Katsuki unía sus labios a los suyos. Su cuerpo, su textura. No podía creer que Katsuki lo había elegido luego de tanto estar intentando ser el más cercano a él. Es igual a tener un pie dentro del oasis y besar el agua tras días de no beberla.
Katsuki separó sus labios y lo observó por unos instantes, taciturno. Izuku no sabía si estirar los brazos y enredarlos en su cintura, si besarlo de nuevo, si acariciar su piel, si expresarle que lo quiere, pero Katsuki tomó la palabra, diciéndole—: Te amo.
Izuku suspiró, azorado.
No creyó que en sus muchos intentos por obtener su amor escucharía tan profundas declaraciones de su parte constatando así, que sus sentimientos eran definitivos respecto a él y que no eran un invento por retenerlo de rendirse.
Entonces Katsuki prosiguió a rodear sus brazos alrededor de su cintura, escondiendo su rostro en la abertura de su cuello.
Izuku, con los ojos humedecidos, correspondió su abrazo, sus emociones volviéndose visibles, enriquecidas por el atrevimiento del contrario.
Lo positivo no acostumbraba a frecuentar su vida; al contrario, la mala vibra lo acompañaba. Era su fiel compañera, incluso cuando quería deshacerse de su pésima suerte en lo más simple, ocurría algo que lo dejaba desazonado consigo mismo.
Ahora, estando en brazos de Katsuki, podía congratularse por traspasar un poco ese trecho y sonreírle a la fortuna de tenerlo.
Abrió los ojos con el sentimiento de plenitud rodeándolo. Tanto que no podía encasillarlo, puesto a que distaba de imitar la esencia de su felicidad.
Sin embargo, tras levantarse de la cama esa mañana, Katsuki no estaba con él. Una sensación de rareza ante los recientes cambios en su vida arrasó contra su buen juicio, trastocando recuerdos de su memoria que le hicieron ver que lo ocurrido la noche anterior bien pudo haber sido una tontería, mas de alguna manera intuía que no era así. Que las declaraciones hechas por Katsuki eran, en efecto, reales.
Izuku no quería dudar, ya que esas dudas parecían más que aclaradas.
Por otro lado, los tíos parecieron bastante convencidos de las declaraciones del rubio ante el resto.
Sin embargo, ponerlo en cuestión era algo que no alcanzaba con sólo divagarlo. Debía creer en Katsuki, en sus palabras. Tal vez durante muchos meses lo engañó escondiendo sus verdaderos sentimientos, poniendo los falsos en primer lugar con tal de convencerse de que quererlo era una tontería.
Pero esas eran sólo suposiciones, él quería escuchar la versión del rubio cuando conversaran, dado a que anhelaba conocerlo más. Y si lo que había oído en la sala era cierto (refiriéndose a la propuesta de matrimonio) quería entender más a fondo las razones de Katsuki para llegar a su casa y que lo primero que saliera de su boca fuera «Quiero casarme con su hijo».
Entusiasmado por las rutas que tomaban sus suposiciones, salió disparado de la cama, dirigiéndose al comedor, donde seguramente encontraría al rubio. Sin embargo, cuando entró no lo vio; estaban solamente la tía y Kota.
Sin ocultar su decepción, tomó asiento en su habitual lugar en la mesa.
La tía, al verlo, sonrió y se fue a la cocina.
—Buenos días— Dijo.
Kota asintió.
—¿Dónde está Kaccha-
—Si buscas a mi hermano, salió— Informó, tras interrumpirlo. Cogió con el tenedor un trozo del panqueque con miel de Maple, se lo metió a la boca, masticándolo.
—Fue a cancelar el compromiso con los Utsushima—Comentó la tía con una sonrisa. —Masaru fue con él. Ese hijo malcriado le dijo a Masaru que quería cancelarlo lo más pronto posible. ¿No es maravilloso, Izuku?
Sin saber qué decir, asintió.
La alegría se esparcía en su interior cual tintineo de estrellas despegar por el cielo nocturno. Por otro lado, depositó sus pensamientos en torno a la idea de que la prontitud con que las cosas se dieron con Katsuki superaron las que él tenía respecto a su capacidad de traspasar una meta.
Una capacidad extraña, sin duda.
Es esa capacidad que tienen los boxeadores, los cuales había visto pelear en la televisión que decían venir de hogares humildes y que a través del esfuerzo constante y la fe de que la vida les daría lo que más anhelaban pasaba, le otorgaban una certeza ineludible de que su suerte en algún momento cambiaría para bien. Eso sí, claro está, no siempre le pasarían cosas buenas, pero tendría en mente que aparecería lo negativo cada tanto.
Sin embargo, cada dosis de felicidad que llegara, la aprovecharía mientras pueda.
—¿Debo ir a acompañar a Kacchan? Ha de ser algo muy importante para él.
—No aportarás nada si vas— Espetó Kota.
—¡Kota!—Fulminó la tía, molesta. —Izuku sólo lo sugería porque es el hombre de tu hermano y quiere lo mejor para él—Kota hizo una mueca. —Me parece una buena idea que quieras acompañarlo, pero Masaru lo ayudará en todo lo que pueda.
Izuku acordó con lo mismo y retomó el desayuno.
En la universidad una serie de eventos magníficos dieron pie a que las dudas que mantuvo aquella mañana se disiparan, a través del apoyo de sus amigos, que alzaron el valor de su incertidumbre.
—¡¿Te vas a casar con Bakugo?!—Ambos amigos exclamaron al unísono.
Ruborizado, les indicó que bajaran la voz. Algo difícil, mas no aplicable en una situación igual a esa. Érase un evento jamás creído concebible.
—¿Cómo es eso posible?—Susurró ansiosamente Uraraka. —Creíamos todo este tiempo que Bakugo-kun te odiaba.
—Lo que pasa es que yo tampoco sé cómo es que se dio así— Confesó Izuku con gran asombro. —Simplemente, pasó que cuando venía de regreso a casa anoche, Kacchan estaba esperándome en la estación con una sombrilla. Platicamos un rato, o en su defecto, discutimos. Preguntó por Kirishima, si me iba a casar con él, a lo que dije que sí.
—¿Y qué le dijiste a Kirishima? Sé que lo rechazaste, porque aceptaste casarte con Bakugo-kun. Es claro que no lo olvidaste.
—Eso no nos concierne—Reprendió Iida.
—Nos concierne, porque Kirishima es nuestro amigo.
—No le podemos estar sacando tanta información cuando ni siquiera sabemos por qué se rehusó a dárnosla.
Izuku alzó la mirada, cogiendo valor para no perderse en el péndulo de sus palabras; o más bien, de los hechos.
—Entiendo que estén molestos conmigo.
—No estamos molestos—Aclaró Iida, ajustándose los lentes con el índice. —Nos sentimos desplazados por ti, porque no nos tuviste la confianza suficiente para decirnos lo que estaba ocurriendo en tu vida. Si nos hubieras dicho, las cosas no se debieron haber complicado tanto. Fuiste prisionero de tu propia buena voluntad. Conociéndote debiste haberte sentido en un aprieto y buscaste la manera en la que nadie saliera lastimado, revirtiéndose en el rechazo de Kirishima, en la inesperada confesión de Bakugo y en esconderte de tus amigos.
—Es verdad—Le tembló la voz.
Uraraka se había acercado a él en señal de apoyo, mas se abstuvo de hacerlo, pues se encontraba inclinada por el lado de Iida, que por el suyo. Izuku comprendía la índole de tal conducta y sin mayores reproches, optó que la mejor opción en la situación en la que se había metido por guardarse sus dudas, que no les debía cuentas a sus amigos por no haberles dicho nada, pese a quererlos tanto. Tenía la elección de decir lo que quería. Así que sentirse mal por ello no era razón suficiente para suplicar por su entendimiento en el asunto.
Izuku estaba cansado de lidiar con conflictos relacionados a sus problemas amorosos; de años de desamor, de amor unilateral. Debía empezar a tomar las decisiones por su lado y no depender de cada uno de sus conocidos por consejo.
—Me ha quedado muy claro que les molestó el no decirles—Inició en tono solemne.—Pero, si no les dije es porque quería encargarme de resolver mis problemas. Y me disculpo profundamente por ello. Sin embargo, no me culpo por no hacerlo en primer lugar.
Lo miraron por fracción de segundo que, para él, duró más de un siglo.
—Esto es insólito—Expresó Iida bajo su aliento, cruzado de brazos en gesto perplejo.
Uraraka se quedó pensativa.
La entera situación se había tornado extraña. Sin embargo, no suponía ser un error haberse abierto al diálogo entre ellos, pues sus amigos no sabrían lo que siente si no habla. Tal vez en un momento les tuvo temor por sus reacciones, mas el miedo parecía ser sólo un tropiezo más.
—Entiendo tu postura— Espetó Iida, así sin más. —Y comprendo que nuestro comportamiento no ha sido el mejor, porque es nuestro trabajo saber lo que pasa contigo cuando no nos hablas.
Izuku curveó sus labios en una sonrisa aliviada.
Uraraka le dedicó una rápida mirada a Iida, denotando su apoyo.
—Gracias—Dijo.
—Y bien, cuéntanos un poco más sobre la boda. ¿Bakugo-kun se ve que está dispuesto a casarse pronto?
Izuku mostró un evidente rubor y desconcierto imprimido en su rostro. A decir verdad, no había tocado, conversar con Katsuki acerca de ese tema, puesto a que lo que tocaron la noche anterior no fue otra cosa que sus sentimientos.
Sus amigos no tardaron en ver su indecisión, por lo que forzaron callarse a sacarle mayor información respecto a aquello.
—Yo espero que esté dispuesto—Admitió, en voz baja. —Pero dispuesto a quererme—Se obligó a sonreír.
—No hay que subestimarlo—Comentó Uraraka. —Además, si te rompe el corazón de nuevo, esta vez no le tendremos compasión.
—¡¿Eh?!
—La violencia no es la mejor solución—Instó Iida.
—No importa.
Entonces, formando puños con ambas manos, le dejó en claro a Izuku la reciente advertencia de defenderlo a toda costa.
Esto le generó una inmensa felicidad.
Sin embargo, no todo fue alegría. A eso del mediodía al termino de la clase de historia de la literatura japonesa, el coordinador de la licenciatura le hizo llegar sus calificaciones del parcial pasado bajándole por completo la moral.
Había reprobado todas las materias de la universidad. No había salvado ni una. Y todo por estar distraído en su dolor por Katsuki y el estrés de la pelea. Soltó un vasto suspiro que bien podría contagiar a las plantas de gripe.
Sólo este tipo de desgracias podían pasarle a él. Y por eso mismo, no le sorprendía.
Guardó en el bolsillo del pantalón la boleta que acarreaba su distracción emocional, y que por obvias razones, obstaculizaron su eficiencia académica.
Llegó a la casa con el rostro pétreo, pues llorar ya no era una opción. Había derramado demasiadas lágrimas por Katsuki que su tristeza secó el lagrimal de sus ojos por una incierta temporada. Saludó a los tíos, a Kota, prosiguiendo por ver la fría seriedad de Katsuki bajando de las escaleras con la taza vacía.
Enseguida, la tía se levantó rumbo a su hijo mayor, pasándole un brazo alrededor de los hombros.
—Izuku, ¿Qué crees?—Izuku la miró, instándola de que continuara. —Katsuki ya resolvió lo del matrimonio. El compromiso ha sido disuelto. ¡Ya podrá haber boda! Debemos pensar qué fecha es la mejor para que se casen, aunque el matrimonio igualitario no es aceptado en Japón podemos viajar a otro país donde sí lo sea para que se puedan casar.
Katsuki gruñó, quitándose el brazo de su madre.
—¿Quién dijo que tenía prisa en casarme?
—Lo diste a entender cuando pediste la mano de Izuku anoche.
Katsuki rodó los ojos, dirigiéndose a la cocina. Entonces, la tía le habló de que no se preocupara por el aparente desinterés de Katsuki respecto al casamiento de ellos, mencionando que ella se encargaría de encontrar el sitio adecuado para desposarlos lo antes posible, como si eso resolviera el hecho de que tenía una pelea la próxima semana y haber reprobado el semestre entero no fuera suficiente para solventar su angustia.
Suspiró cabizbajo.
No era por hacer a un lado los sentimientos de Katsuki, pero resolver su futuro académico y deportivo era, por mucho, más importante.
Sin embargo, a la primera oportunidad en que atisbó a Katsuki irse rumbo a las escaleras, no dudó en seguirlo.
—Kacchan—Lo retuvo en el resquicio de la puerta.
Éste no le dirigió la mirada, sino más bien, le indicó con un movimiento de su mano que fueran a su habitación.
Una vez adentro, el contrario, cruzado de brazos, miraba el vaciado alrededor con una expresión indescifrable. Izuku se sentó en el suelo acolchado.
Si no fuera por lo que Izuku estuviera a punto de hacer, estaría besándolo sin querer separarse de sus labios.
—¿Tienes prisa?
—¿Eh?
Lo que Katsuki dijo recién tenía que ver con lo que mencionó su madre.
Entonces, Katsuki giró un poco su mirada hacia su posición.
—Lo que dijo la vieja. Esas cosas de casarse. ¿Tienes prisa?
—No—Replicó. Hizo una pausa. —¿Y tu?
—No me interesa casarme mañana, ni en quince días, pero sí me gustaría hacerlo cuando mi futuro se haya solucionado.
—Hum. ¿A qué te refieres con eso?
Katsuki chasqueó la lengua.
—Necesito dejar la compañía del viejo en buenas condiciones.
—Pero, el tío se puede encargar. Está mejor.
—Aún no se ha recuperado, idiota. Además, lo que te estoy diciendo es que si quieres casarte ya, estúpido. Tienes cara de que algo te pasa.
—¡No!—Exclamó en una octava arriba. —¡No quiero, Kacchan!
—¿Entonces?¿Qué te pasa, estúpido nerd?
Izuku con el corazón acongojado, sacó del bolsillo la boleta. La extendió ante la dura mirada de Katsuki, quien en un segundo se la arrebató de la mano como si fuera una rápida ventisca.
La vio; y, por consiguiente, Izuku supo que el rubio parecía estar a punto de expulsar fuego de la boca.
Él apretó los dientes.
—¿Qué es esto? Reprobaste todo.
Izuku se mordió los labios, bajando la cabeza.
—Oi, responde. ¿Qué carajos es esto?
Katsuki sacudió molesto la boleta.
—Mi-mis calificaciones.
—A poco. ¡No seas idiota, Deku!
—Lo siento.
—¿Por qué te disculpas? ¿Por ser tan imbécil?
Él sopesó ambas manos.
—¡Responde, Deku!
—N-no lo sé—Tartamudeó. —Estuve distraído. El entren-
—¡Con un carajo, Deku!—Lo interrumpió. —Me amenazaste con que te enseñara a organizarte. Lo hice y ahora me sales reprobando. Te mataré, idiota.
Tenía empuñada la boleta, arrugada.
—Perdóname, Kacchan. Tuve muchas cosas en la cabeza.
—Pensando en estupideces que no te conciernen, ¿No es así?
Frente al gesto derrotado de Izuku, siguió—: Reprobaste porque te metiste en donde no debiste, ya que no dejas de pensar en mi por un maldito segundo. No tienes decisión, careces de pensamiento propio.
—¿Eh? Kacchan, no es así.
—¡Cállate!—Espetó. —Te pasa porque decidiste una estúpida carrera deportiva para ganar dinero. Golpear costales no te lo dará. Y esta actitud que tienes ahora es deplorable. Has perdido tu encanto, y sabes por qué, porque no lo tienes.
—Kacchan…
—Si dejaras de perseguirme, no fueras el perdedor que tengo en frente.
Las palabras de Katsuki lo perforaban como cuchillos. En consecuencia, empezó a llorar.
—No sé qué quieres que haga.
Las venas de la sien de Katsuki palpitaban. Cerró el puño que contenía sus lamentables calificaciones y se la aventó al piso, a unos centímetros de él.
—Ya lo hiciste al perder tu único atractivo. Sin tu perseverancia no eres nada.
Izuku se levantó de resorte, sus puños temblando, sus lágrimas caían lentamente por el trazo endeble de sus pómulos, sus ojos se hallaban clavados en la hoja convertida en bola de su boleta.
—No sabes cómo me siento, Kacchan. He tenido que pasar por mucho para llegar hasta donde estoy. No ha sido fácil para mi.
Katsuki resopló ronco.
—¿Y qué vas a hacer? ¿Me vas a amenazar para que te vuelva a ayudar?
Izuku sacudió la cabeza. Las lágrimas repiqueteaban en su entristecido rostro. No podía asimilar que este Katsuki era el mismo que le dijo que lo amaba. Tenía la impresión de que habían avanzado en su relación, mas al parecer habían regresado al cuadrante uno.
—Lo que tienes que hacer es largarte de esta casa.
—¡Qué…!—Sus ojos se abrieron de par en par. —¿Irme de la casa?
Izuku no podía creer lo que escuchaban sus oídos.
—Sí, Deku. No quiero a perdedores en mi casa.
—Pero, no es así.
—Sólo quiero que te salgas de la casa y no regreses hasta que logres pensar por ti mismo.
Acciones como gritar, sollozar, abrazar, besar, estaban lejos de ser reacciones que en su anterioridad hubiera hecho. Sin embargo, ver la dualidad que desplegaba Katsuki a causa de un desliz de su parte. Sí, un desliz, pues sus demás fracasos los consideraba huecos en comparación.
—Si eso es lo que quieres…—Dejó la frase flotando, colgando de las esquinas de las paredes caerles encima con el abatimiento gestando en su voz. La tonalidad de los ojos de Katsuki bañó el silencio pasmoso que se instaló en la habitación.
De un veloz movimiento, sacó la maleta que había empacado aquella vez, tomó la chaqueta que tenía tirada desde la mañana en el borde de la cama y salió, sabiéndose observado por Katsuki.
Musitó un leve «nos vemos» y desapareció tras las escaleras.
Atisbó las miradas atentas de los tíos y Kota al verlo bajar con lágrimas en los ojos y el ruido de las llantas de la maleta chocar con la madera.
—¿Izuku?
El tono de pregunta de la tía, colmó el vaso de sus emociones acumuladas y se esparramaron en lo siguiente—: Me voy.
Los tíos exclamaron a la par, mientras que Kota lo miraba con un deje de desconcierto.
Lo difícil fue presenciar los interrogatorios de su decisión, demandando una explicación de la misma. Una explicación que Izuku no estaba dispuesto dar.
Con cara triste, salió corriendo tras la puerta, oyendo a los lejos los gritos de incredulidad de los tíos entremezclado con los sollozos que borbotaban del fondo de su garganta.
—¿Midoriya? ¿Qué haces aquí a esta hora?
El tono de desconcierto de Shouto al ver los rastros de sus colmadas lágrimas, su voz ronca al saludarlo, la maleta detrás de sus piernas.
—En una situación normal diría que hui de casa—Explicó, obviando los hechos. —Pero en una atmósfera en donde Kacchan esté involucrado, te digo que me ha echado.
Shouto hizo una mueca de extrañeza.
—¿Por qué?
—Por reprobar el semestre.
Las cejas de Shouto hicieron un movimiento de no sorprenderse y lo invitó a pasar adentro. Fuyumi terminaba de lavar los platos de la cena, Natsuo había regresado de vivir por su cuenta a pasar una corta temporada con ellos por solicitud de su madre para estar más cerca de Shouto y apoyarlo, Enji se encontraba en el estudio poco antes de irse a dormir.
La casa se encontraba silenciosa, salvo por el ruido del agua correr del grifo. Shouto lo guió por los pasillos que conocía en un rincón muy lejano de sus recuerdos.
Entraron a una de las varias habitaciones que integraban el estrecho pasillo. Fue invitado a sentarse en el suelo, dejó su maleta a su lado, en lo que Shouto cerraba con meditada calma las cortinas de la ventana. La noche se reflejaba en la escasa iluminación de la luna ingresar su presencia en los bordes de la alfombra.
Su amigo se situó a frente a él, con la corta mesa rectangular de baja altura, siendo el objeto que los separaba.
—¿Cómo estás?
—¿Eh?
—¿Cómo estás con lo que te dijo Bakugo?
—Ah.
Procesó la intención de su pregunta. No era algo extraordinario, ni nada que se le asemejaba en cuanto a entender que la forma en que Katsuki dialogó con él había sido, si no contando con que fue inadecuada, hiriente. El lenguaje empleado en contra de su profesión fue parecido, por no decir que el mismo, que usó cuando aún estaba comprometido con Camie.
Era insulto tras insulto tras insulto tras insulto al deporte que tanto ama, que tolerarlo había supuesto una tarea dificultosa.
—No te voy a mentir—Replicó agrio. —Me ha sentado mal.
—Supongo que le ha estado molestando tu presencia con esto del compromiso.
A Izuku se le abrieron los ojos, estupefactos.
«Ah, cierto… él no lo sabe» Recordó, diciéndose con un tono cargado de reprimenda.
Entonces, Izuku se dedicó a explicarle las recientes modificaciones que acontecieron. El rechazo a Kirishima (del cual no se ha disculpado por huir del restaurante), la discusión con Katsuki, el beso bajo la lluvia, la repentina propuesta de matrimonio, la boleta, la siguiente discusión Katsuki que terminó en éste corriéndolo de la casa.
Al rememorar lo contado, no se había percatado de la inmensa carga emocional implicada en el asunto y, que repercutía en su mentalidad.
—Ya veo—Fue la respuesta de Shouto luego de escucharlo.
Izuku sopesaba los dedos, angustiado.
—Así que Bakugo gusta de ti.
Asintió.
—Y si gusta de ti, ¿Por qué razón te correría de la casa? No tiene sentido, incluso para él.
—¿Eso crees?
—Sí, no veo el punto de que te corra por reprobar el semestre. Se repite y ya.
—Yo tampoco le vi mucho el sentido— Acordó. —A decir verdad, creo que lo hizo porque no se siente a gusto conmigo, o sea ha de ser difícil para él aceptar lo que nos pasa.
—Le pasa— Corrigió.
—¿Eh?
—Aceptar lo que le pasa—Enfatizó. —Que viniendo de Bakugo será una espera más larga aceptar que le gustas. Te acaba de sacar de su casa. No creo que será la primera vez que lo haga a partir de ahora.
—Puede ser…
—Es el entorno que elegiste tener. Eso es lo que dice mi terapeuta.
Al ver el gesto de confusión de Izuku, dijo—: Ella dice que aunque queramos cambiar algo de nuestra vida actual, lo que nos impide hacerlo correctamente es el entorno que tenemos. Y a mi punto de vista, tu elegiste estar en el mismo entorno que Bakugo, sabiendo que eres un adulto y que puedes vivir por tu cuenta. Apretado en dinero, pero manteniéndote lejos, en otro entorno, otra gente distinta a él. Créeme que notarás la diferencia.
—Es raro oírte hablar mucho—Sonrió con notoria melancolía.
—Lo hago porque te quiero ayudar. Y… te quiero.
—¿Qué?
No era ni pregunta ni afirmación. Era una indecorosa sorpresa.
Sus orbes se abrieron, su respiración se aceleró, sus pensamientos centrados en Katsuki y sólo en él, se vieron detenidos, sus labios se separaron ligeramente.
Estaba ruborizado.
—S-Shouto, ¿Qué has dicho?
Ver el leve color rosado refulgir en los pómulos del contrario, detonaba aún más su aturdido sentir.
—Recuerdas lo que pasó aquí, ¿No?
Para esos instantes, el rostro de Izuku se asemejaba al betabel.
Si pudiera retroceder unos minutos previos a su llegada a la casa de los Todoroki, lo haría. Definitivamente, lo haría, pues la profunda agitación que alimentaba su preocupación y nerviosismo amenazaba con poner su corazón en un aprieto.
—No. Lo siento.
—Me lo imaginé. Me gusta saber que al menos lo recuerde.
Izuku guardó silencio. Quebró con sus principios, sus ansias, el saber que el acontecimiento en el que sufrió su primera borrachera, no tuviera noción de lo que hizo en brazos de Shouto. En los secretos escondidos debajo de sus ropas, en el contacto de sus pieles. Tenía imágenes nubladas de sus pieles entremezclarse cual néctar derretirse bajo el sol abrasador.
—Pero, no te diré hasta dónde llegamos—Sonrió picarón frente a la mirada incrédula de Izuku. —Al menos, le llevo a Bakugo esa ventaja.
—¡Shouto!—Exclamó avergonzado. —Mejor vayamos a dormir. Mañana hay entrenamiento. En tres días es el cierre de la preparación y tengo que estar fresco.
Shouto le siguió la corriente dejando el tema de lado, ya que mencionarlo suponía un sentimiento parecido a la culpa fusionarse con lo presente. Aunque, tomando en cuenta lo que ocurrió con Katsuki, ya no estaba, en su totalidad, seguro de que era el novio de Katsuki.
Es más, ¡Ni siquiera sabía si realmente lo era!
Durmió en el colchón que le prestaron a lado del de su amigo con la mente dispersa, los ojos rojos de llorar, las mejillas secas de recoger la sal de sus heridas, y el pecho acongojado.
Sentado desde su lado de la mesa, veía con actitud distante y temblorosa a esos dos pares de ojos que lo observaban inquisitivos.
Lo habían pillado, al atisbar sus orbes hinchadas, su nítida expresión de desaliento, el ambiente circulando sus movimientos.
—¿Qué te pasó?—Esa había sido Uraraka. —Ayer estabas feliz con tu casamiento.
—No me lo recuerdes.
Se encontraban en la cafetería, luego del termino de las clases de la mañana.
—¿Qué pasó?—Insistió su amiga.
Iida parecía lívido ante su cambio de actitud, pues no decía nada, ya que sólo se limitaba a verlo.
Izuku les contó lo que había pasado y su estancia en la casa de los Todoroki, omitiendo la comprometedora conversación con éste, de la cual aún no tenía noción de que tanto hizo, de manera que intentó dejar ese episodio de su vida sepultado en los confines de sus recuerdos. Sin embargo, su atrevimiento de haber metido sus manos a su amigo (cuando eran novios) lo coloraba en demasía; era algo que, sin duda, lo comprometía y que no quería que nadie, más que Shouto y él, supieran.
—¿Qué vas a hacer ahora?
—No sé. No puedo regresar a casa. Kacchan no me quiere cerca… le he dado una mala impresión de mi al reprobar.
—¡Basta con esta lamentación!—Estalló Iida, dando un sonoro manotazo en la mesa, sobresaltándolos.
—¿I-Ida…?
—Estoy harto de ver que alguien de la inteligencia de Bakugo sea capaz de tratarte de esa manera tan indigna. Se suponía que ustedes debían estar felices planeando su boda, conociéndose. Es una falta de respeto que te haya corrido de la casa siendo que tu también vives ahí. Yo en tu lugar, no perdonaría a semejante imbécil.
—¡Iida!
La exclamación mezclada con el tono de pregunta de Uraraka, la furia de su amigo. Izuku había provocado eso.
—¡Es la verdad!
—¿Sabes? Yo igual estoy harta. Es hora de que Bakugo-kun tenga su merecido por lastimarte.
—¡Chicos, no!—Izuku agitó las manos en negación. —N-no es para tanto.
—¿Cómo de que no?—Bufó su amiga. —Sí es para tanto.
—Yo lo puedo resolver.
—Llevas cincos años tratándolo de resolver—Dijo ella, con sarcasmo.
—Es mejor que dejes esta idea de que tienes que sufrir en el amor—Le restregó con franqueza Iida en la cara. —Lo óptimo es que no regreses. ¡Y ni se te ocurra buscarlo! Ten dignidad, Midoriya.
«Dignidad»
Es el término que vienen diciéndole por meses. Tanto que desconoce el significado de este.
Es tan frecuente su reproducción que ha logrado hacerle un rasguño en la piel hasta convertirse en un salpullido que portaba por todo el cuerpo cual si fuera un castigo por amar sin condiciones. Aunque, viniendo de quienes se lo decían era un amar «sin condiciones».
Para empezar a esas alturas no sabe qué es tener dignidad, ni por qué es tan requerida en el asunto del amor, pero ya le sabe tanto al cuento que es un mensaje implícito que le dice que es momento de no dejarlo pasar, que lo tome en cuenta para evitar el sufrimiento de verse en la tarea de de que Katsuki haga un acto humanitario al hacerlo su novio.
Izuku encorvó la cabeza en un aire de derrota. Iida tenía razón. Uraraka intentó amenizar la situación, mas concluyó en el irrefutable argumento de su amigo.
Sin embargo, quien tomaría la decisión en el tema de la relación con Katsuki era Izuku.
Divagaba por el área de Katsushika sin mucho éxito en su búsqueda de un lugar donde hospedarse, pues no conocía en su totalidad la zona.
Esa tarde había ido a visitar a su madre, quien preocupada por enterarse tras llegar del restaurante, de su huida de la casa, a lo que él muy renuente, le explicó que no huyó, sino que fue Katsuki quien lo expulsó. Su madre, sin entender mucho, lloriqueó. Expresó repetidas veces cuán mortificada estaba, ya que no contestaba las llamadas, y es que Izuku no tenía cara para verla; luego de pensárselo mucho (demasiado, para su gusto), decidió ir al restaurante al terminar su entrenamiento, del que Enji igualmente estaba enterado de su situación, y explicarle el por qué.
Sin embargo, teniendo a su madre frente a él, pidiéndole la razón de lo que llevó a Katsuki a hacer lo que hizo, no supo qué decir, puesto a que ni siquiera sabía qué contestar. En cambio, le dijo que no regresaría de la casa hasta que Katsuki se disculpara y que buscaría un cuarto de renta por Arakawa, pero ella no acordó en que debía de ir ahí, debido a las pésimas condiciones de la zona, por lo que le sugirió irse a Katsushika, que era una municipalidad más cerca y menos peligrosa para él.
Así que, henos ahí. Paseando por las calles con su maleta de ruedas y cara de haber sido arrollado por el carro de los sentimientos dejándolo indefenso, vulnerable.
Eran las nueve. Personas borrachas, el intenso aroma a licor, las voces cantando canciones a todo pulmón, alguna que otra pareja tomadas de la mano. Una extraña variedad demográfica en un sólo espacio.
Agotado de tanto caminar en círculos, tomó asiento en una de las bancas vacías.
¿En qué momentos las cosas se descarrilaron? ¿Era caso por la dignidad que sus conocidos decían que no tenía? O ¿Era porque Katsuki no lo quería realmente?
Una punzada se originó en su pecho ante la última pregunta. Constaba de ser una dolorosa, pero verdadera posibilidad que no descartaba.
Suspiró.
No tenía ganas de dirigir su energía entera en Katsuki. Por primera vez desde que se enamoró no quiere tenerlo en sus pensamientos, mucho menos en su corazón.
Las palabras de Katsuki lo habían herido, le perforaron el alma al insultar su profesión, lo subestimaron. No. Katsuki es quien lo subestima. Y lo hace porque no le tiene fe en que puede ser el número uno en el rango de libra por libra.
Soltó un respingo, parándose de golpe. Ambas manos empuñadas, acudiéndose de la vibración de sus músculos contraerse.
Se lo demostrará.
Le hará ver a Katsuki cuán equivocado estaba respecto a su pasión.
Cogió la maleta y siguió buscando. Se hicieron las diez y nada. Se hicieron las once y nada. Se hicieron las once y media y encontró un sitio que llamó su atención.
Un modesto restaurante de apenas cuatro mesas de cuatro sillas, solicitando empleados y estancia. Una sonrisa triunfadora se formó en sus labios. Sin dudarlo, arrancó el anuncio y entró.
La persona que lo recibió era una señora de unos setenta años, de cabellos blancos alborotados, una sonrisa prominente y una actitud enérgica que le quitaba años.
Conversaron un poco, mientras Izuku resaltaba sus puntos buenos lo mejor que podía y la dueña del restaurante le daba de comer en lo que escuchaba.
—Ya veo—Dijo la dueña.—No tienes dónde quedarte y por eso has venido aquí
Izuku asintió.
—Por lo que me cuentas, cumples con lo que necesito. Este es un trabajo de estar de pie muchas horas, saber preparar lo básico, atender clientes, repartir comida. ¿Estás seguro que puedes hacer todo eso?
—Sí. He ayudado en el restaurante de mamá varias veces.
La dueña esbozó un ligero cabeceo. Izuka la vio, dubitativo.
—Bien, ¡Estás contratado! Empiezas ahora.
—¿En serio?
A Izuku se le iluminaron las facciones.
—¡Se lo agradezco mucho!—Hizo una reverencia y volvió a estar en su postura. —¿Con qué empiezo?
—Puedes ayudarme a limpiar las mesas. Abriremos temprano.
—¡Sí!
Llevaba cuatro días trabajando. Y cuatro días porque la pelea lamentablemente se pospuso a una semana de diferencia. Hubo una discusión entre las promotoras en la que no se ponían de acuerdo del peleador Mustard, quien estaba en la cartelera estelar y quería pelear en su día, sin respetar que él tenía fecha desde hace casi tres meses para dicha pelea. Lo que las promotoras acordaron era en posponer la pelea por una semana, ya que Mustard y el peleador con el que él se enfrentaría pertenecían a la misma promotora y como ambos entrenaron en el mismo campamento no les pesaba intercambiar las fechas.
Era ridículo, sí, pero no tuvieron más opción que aceptar el cambio.
Por su parte, intensificaron las sesiones de sparring y de sombra, reduciendo notoriamente el uso de las pesas, debido a que Enji consideraba que estaba más que preparado para rendir todos los doce rounds. Le dijo «Te he condicionado para presionar, no para huir»
Toshinori no formó parte del campamento de cierre ni de esos días en que incrementaron los rounds de sparring a doce cada tercer día, dado que que se había adelantado en ir a Macao, con el fin de llevar a Ojiro a la pelea contra Tokoyami en la misma cartelera que Mustard.
Evidentemente, se encontrarían allá. Izuku no tenía apuro. Bueno, ya no tenía apuro por muchas cosas últimamente.
Lo único que le interesaba era ganar la pelea.
—Izuku, tienes otro pedido.
La dueña, que se llamaba, Chiyo. Lo traía de mesa en mesa, yendo con varios paquetes de comida para llevar en el hombro recorriendo las calles de Katsushika, lavando platos, sirviendo raciones de las sopas.
—¡Sí!
De alguna manera, se había acoplado a esta nueva rutina. Le gustaba. No le causaba dolor. No lo hería sobremanera.
—En quince sales a dar los otros pedidos.
—¡Sí!
Cabía mencionar, que sus amigos estaban enterados de su trabajo y la vivienda de escasos ocho metros cuadrados del piso de arriba era su nueva normalidad. Al principio, no les pareció la mejor decisión, pero tras escuchar su resolución de abandonar esta idea de no tener dignidad frente a Katsuki evitando volver a la casa hasta que mínimo Katsuki se disculpara con él, se la pensaría en si aceptar retomar nuevamente en su hogar. Pero mientras tanto, viviría en su cuartito de las paredes descascaradas, los ruidos de la habitación de Chiyo y la vida nocturnal, y el agua fría de la tubería a la hora de bañarse en la mañana.
Al verlo conforme, concluyeron en que constaba de ser algo positivo para él.
Transcurrieron los quince minutos, justo cuando Izuku estaba por retirarse, Chiyo lo retuvo.
—¿Qué ocurre, Chiyo-san?
—Cuando regreses, estarás encargado de servir las raciones del Udon. Me iré a comprar más pescado. Nos quedamos sin el. Los clientes se enfadarán si lo piden y no lo tenemos.
Izuku asintió y se marchó.
Esta resolución le devolvía una pizca de la alegría que durante tantos meses se perdió por andar tras un ideal que no existía.
El clima le parecía más fresco, las personas más cálidas, los sentimientos más livianos, la vida menos dura.
Es cierto que se cansaba demasiado, pero el brío que pasar ratos con Chiyo, convivir con los clientes, le traían mucha paz.
Regresando de entregar los pedidos, se dirigió a la cocina, se colocó el mandil y preparó las raciones a como Chiyo le instruyó aquella noche en que lo contrató. Atendió a los clientes, contándoles sus recomendaciones del menú, sonriendo.
El día iba fantástico, de maravilla.
Entregó un plato de Nabeyaki Udon y se fue a la cocina.
—Este plato sabe mal—Oyó una voz dura venir del cliente de recién.
Alarmado, emergió de la cocina.
—¿En serio? ¡Lo siento! Me disculpo por ello. Déjeme lo vuelvo a hacer.
Justo cuando estuvo por agarrar el Udon, lo vio. Atisbó una cabellera rubia de pelos puntiagudos, las facciones afiladas, el conjunto bien combinado, y ese porte egocéntrico.
Cómo es que no lo vio dentro de la gorra y las gafas.
Palideció, con las manos en el aire, entre sus costados y el Udon.
—¿Qué haces aquí?—Acusó, aun muy sorprendido para parecer compuesto.
Katsuki removió la gorra y las gafas.
Sus ojos rojos se encontraron con los suyos. A Izuku le recorrió un escalofrío. Por vez primera, no quería verlo.
—Vine a recogerte—Sentenció.
—¿Qué? ¿A recogerme?
—Tus tontos amigos me dijeron que estabas aquí. Así que vine por ti.
—¿Por qué?
Katsuki se levantó, dirigiéndose rumbo a la puerta. Apenas sin mirarlo detenidamente.
—Te espero afuera.
Izuku empuñó las manos, se disculpó con los clientes y siguió a Katsuki. Éste se encontraba reposando su cuerpo en el barandal que daba frente al restaurante. Los brazos cruzados le otorgaban una actitud altiva.
—¿Qué has pensado de tus calificaciones?
Izuku hizo una mueca de enfado.
—Iida dijo que cumplo con los créditos para hacer los exámenes de regularización para subir mi calificación. No perdí el semestre.
Katsuki dio un gruñido de asentimiento. Izuku lo veía con ojos duros, su expresión neutral.
—¿Qué más?
¿Quiere más? Izuku se asegurará de darle el gusto.
—Entrenaré muy duro para ser el número uno libra por libra.
Katsuki esbozó una mueca de desaprobación, estimulando su valor.
—He decidido que dejaré la carrera que estoy estudiando y elegiré ir por una que tenga que ver con mi pasión. Pensaba ser entrenador o fisioterapeuta. Siento que son profesiones más afines a mi y que puedo ayudar a quienes me necesitan. Quiero hacerle saber a la gente que estoy para ellas.
El contrario sonrió con suficiencia. Izuku contuvo los miembros para no agitarse como una perilla golpeada.
—Puedes volver.
Entonces, se acercó a él como para abrazarlo. Izuku se tensó.
—No voy a regresar.
Katsuki se detuvo en mitad de su gesto. Sus brazos colgando, igual a los suyos cuando intentó agarrar el Udon.
Sus impasibles ojos se abrieron.
—Qué.
—No voy a regresar—Repitió.
—¿Deku?
Volvió los brazos a los costados y se mantuvo en la misma distancia. Su sorpresa cobraba vida en su indiferente rostro.
—Me maltrataste con mis calificaciones, me dijiste que no tengo pensamiento propio cuando toda mi vida he estado haciendo eso mismo y…—Contuvo el aliento para no quebrarse. Inhaló hondo y soltó.—¡Insultaste mi carrera! ¡Mi pasión! Eso Kacchan, es imperdonable.
El silencio se instaló en la estática expresión de sorpresa de Katsuki. No le dio chance para defenderse, ni para mezclar los silencios por el ruido de sus gritos. Motivo suficiente para regresar y seguir con lo que estaba haciendo.
Esa noche rompió en llanto.
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NOTA: Me costó escribir este capítulo, porque no sabía qué dirección darle, pero elegí esta y le seguí. Quise darle más confianza a Izuku en sí mismo, a no perdonarle a Katsuki todo.
Espero que les guste el capítulo.
