Red Velvet
Capítulo 10: Cita
…
Se cruzó de brazos, luego se cruzó de piernas, y repitió el proceso una y otra vez. Movió el pie, golpeó la mesa con sus uñas, y se apoyó con los codos. Pasaron unos segundos y cambió su posición de nuevo, pegando su espalda al respaldo de la silla, balanceándose levemente.
Odiaba estar así de inquieta.
¿Pero que más podía hacer?
Nada en realidad.
Había decidido que su abogado sería el que hablaría, que ella no tenía pensado decir ninguna cosa, ni referirse a su ex ni dirigirle la más mínima mirada.
La ley del hielo. La indiferencia.
"...Por ende, este contrato que ha sido firmado no tiene ningún tipo de validez respecto a la herencia de mi representada. Los requerimientos estaban especificados desde un comienzo, y teniendo en cuenta la separación entre ambas partes, el documento queda descartado."
Su abogado dio su punto, y luego lo escuchó a él levantar la voz, sin dejar que fuese su abogado quien tuviese la palabra. Solo escupió palabras, y tan poco le importaba lo que dijese, que ni siquiera le puso atención alguna. El abogado de este carraspeó cortando sus balbuceos, dándole solidez a su débil argumento.
"Lo que mi representado quiere decir, es que la relación no está completamente rota. Aun se puede llegar a un acuerdo y remediar el vínculo roto."
¿Que?
¿Había...escuchado mal?
Se levantó por inercia del asiento, haciendo que los tres hombres en la mesa diesen un salto al haberla visto tan silente durante toda la reunión.
No se iba a quedar callada. No ahora.
Simplemente se salió de sus casillas.
"¿Qué quieres que?"
Dijo, con fuerza, con rabia, con hielo en su voz.
Por primera vez miró a su ex prometido a la cara. Seguía siendo el mismo tipo guapo y galante con el que decidió casarse, pero era clara la desesperación en sus facciones, y no había nada más decepcionante que un hombre desesperado. Le daba asco, sin duda. Ahora sentía pena de sí misma por haber vivido con él, por hacer un teatro de la familia feliz. Luego de lo que ocurrió jamás, pero jamás cometería el error de volver con él.
Este se levantó también de su asiento, dándole un símil de sonrisa. Antes habría caído ante semejante expresión, pero ahora, no iba a ser así. Ahora era clara la manipulación, y podía reconocer la manipulación con precisión. ¿Con cuantas había usado la misma sonrisa para llevarlas a la cama mientras estaba con ella?
Quería vomitar.
"Por favor, Angelito. Lo nuestro es algo diferente. Hemos pasado por mucho juntos, no puedes dejar que todo eso, todo lo que tuvimos, sea desechado así de fácil. Nuestra relación merece una segunda oportunidad."
Su sonrisa no duró mucho, tal vez por su propio rostro hirviendo. Él aún no había visto nada.
"¿Que no lo deseche? ¿Yo?"
Él solo asintió, nervioso. Él jamás había tenido que toparse de frente con ella, con este lado de ella misma. Solo unos pocos lo habían registrado, y se sentía orgullosa de poder ser ese tipo de mujer que era capaz de enfrentar a cualquiera. Años enfrentando a su padre la hicieron fuerte. No tenía miedo de nadie.
Había pasado por tanto…
"¿Acaso tengo que recordar aquí quien fue el que destruyó nuestra relación? Tu eres guapo, y eres de buena familia, pero eso es lo único que importa de ti. No eres nadie aparte de eso. Eres un cobarde, un infiel, y eres un hijito de papá que no sabe hacer las cosas por sí mismo, y necesitas que él te organice la vida entera, pero ni para seguir un guion eres capaz. Pudiste haberlo conseguido todo, pero fuiste débil y un estúpido. Yo no destruí esto, fuiste tú."
Él le habría dicho algo, pero de nuevo, insistía, era un cobarde. Solo se sentó de nuevo en la silla, intentando que esta lo tragase.
Lo odiaba por haberla hecho sentir así, destrozada y claramente pasada a llevar. Su reputación, su dignidad.
Pero se alegraba de una cosa…
"Me alegro que hubieses sido un infiel de mierda y te hubieses acostado con la primera mujer barata que encontraste. Solo quería casarme para obtener lo que por herencia era mío, y lo conseguí. Así que no te necesito más, gracias por ayudarme y por destruir nuestra relación falsa. Me ahorraste una molestia."
Tomó el documento, tan bien conservado y liso para romperlo en mil pedazos.
"Esto se acabó, no quiero volverte a ver nunca más en mi vida, y si te veo por aquí, te meteré tras las rejas. No importa lo que tenga que hacer para destruirte por completo. No puedes meterte con un Schnee."
Eres igual a ellos.
Hace mucho que no usaba su apellido como amenaza, pero al menos un uso podía darle a aquello que tanto dolor le dio.
Este abrió la boca para decir algo, para refutar, pero fue el abogado de este quien le puso la mano en el hombro, negando. No había caso, no había forma, había perdido todo en el momento que decidió que Weiss Schnee no era suficiente mujer para él.
Él no era suficiente hombre para ella, punto.
Y así, luego de dos horas de reunión, esta al fin se dio por terminada.
No podía creer como había sido capaz de estar tanto tiempo con ese hombre en un mismo lugar. Se sorprendía de sí misma. Tal vez por la misma razón por la que estuvo cerca de su padre por tanto tiempo. Simplemente estaba acostumbrada a vivir en la incomodidad, presa en su piel.
Te lo mereces.
Él y su abogado comenzaron a salir por la puerta, dejándola a ella con su abogado, este ordenando unos documentos en su maletín, y botando los pedazos de ese estúpido contrato en la papelera. Por su parte, se quedó con los codos en la mesa y sus manos en las sienes, mirando hacia abajo. Sentía las venas de su frente palpitar contra sus dedos. No creería que no le habían salido arrugas nuevas en esas dos horas, porque estaba segura que sí.
"¿Todo bien, señorita Schnee?"
Su abogado preguntó, con su voz calma, monótona.
"Si, puedes retirarte."
"Con su permiso."
Sin más, este comenzó a caminar a la salida y se quedó sola en esa sala de reuniones. Tenía aun trabajo pendiente en su oficina, pero no quería salir de ahí con esa carga, pero no había otra forma. Su cabeza retumbaba.
Negó con el rostro y se levantó, saliendo, dirigiéndose a uno de los pasillos, hasta uno de los ascensores de esa planta. Subió dos pisos y caminó hasta su oficina. Su secretaria levantó la cabeza, la cual parecía estar concentrada en la pantalla mientras sus dedos escribían sin parar. La había escuchado desde lejos, era claro, aun así, está la miró, tal vez para averiguar su condición emocional que sus oídos no podían adivinar.
"¿Necesita algo, Señorita Schnee?"
Se detuvo, mirando la puerta de su oficina, con su nombre en la placa dorada.
Levantó el dedo índice, y luego lo repensó, levantando otro dedo.
"Aspirina."
"En un segundo, Señorita Schnee."
Retomó su caminar y entró en su oficina, mirando de reojo el papeleo y la pantalla de su computador. Lo ignoró todo lo mejor que pudo y se sentó en su asiento de cuero, dejando caer su peso en el respaldo, incluyendo su cabeza. Se quedó ahí unos momentos, mirando el techo, y luego simplemente cerrando sus ojos. Pasó sus dedos por su rostro, por su cicatriz notoria ante el poco maquillaje que se había puesto ese día. Quería que él la viese con su cicatriz. Era intimidante, ¿no? Eso había dicho él.
Se quedó ahí unos buenos minutos, masajeando sus sienes levemente.
Escuchó dos golpeteos suaves en la puerta.
"Pasa."
Dijo, sin prestar demasiada atención, pero abrió los ojos para mirar a su secretaria que entraba con sus aspirinas y un vaso de agua. Le dio las gracias y esta salió sin decir nada más. Le gustaba que ella no hiciese demasiadas preguntas o hablase mucho, lo justo y necesario. No podría soportar a una secretaria chillona y parlanchina después de ese tipo de reuniones que le dejaban la cabeza como un globo terráqueo.
Uhm.
La imagen de Ruby llegó de inmediato a su cabeza, y luego miró su reloj pulsera.
Aún tenía mucho trabajo, pero al menos había reservado.
Ya quería que pasaran las horas.
Y esa voz si la quería oír.
…
Le pidió a su secretaria un café. Ya había pasado tiempo desde que tomó el medicamento para su jaqueca, así que no le preocupaba que hiciese un efecto adverso. Siempre decían que juntar bebidas fuertes y pastillas podía generar algún problema en el cuerpo.
No es que a su madre le importase eso.
Ni a ti.
Soltó un suspiro, y se acomodó en su asiento, respirando el aroma a café.
Al menos no eran los granos baratos que su padre tenía cuando estaba al mando. A él no le gustaba beber café, era agua sucia, decía. Así que tenía lo más barato para sus empleados. Cuando llegó, lo primero que hizo fue tomar un café, la clara solución para todo su estrés, y bueno, lo escupió. Era asqueroso. Ese si era agua sucia sin duda. Fue la primera reforma que hizo, y fue gracioso como muchos en la empresa se lo agradecieron, fue tan importante para ellos como si les hubiese subido el sueldo. Cosa que también aumentó. Algunos tenían unas pagas asquerosas. Su padre dándose lujos inútiles y algunos de sus trabajadores vivían en la más profunda pobreza.
A algunos ayudó antes de subir al mando, haciendo lo que su posición le permitía.
Obviamente, no iba a ser tan estúpida para entrar en una empresa de la cual no conocía nada. Necesitaba aprender de la gente, de los trabajadores. Hizo lo que pudo, creó reformas meses antes, y cuando entró, ya tenía todo planificado para que la empresa Schnee fuese lo que una vez fue.
Estaba orgullosa.
Estresada, pero orgullosa.
Era su sueño de niña, y si bien antes fue solo por costumbre, por hacer lo que sus padres querían de ella, lo que se esperaba de ella, se dio cuenta que esa era su herencia. La familia Schnee se destruyó con su padre y su madre, pero ahora no iba a ser así. Si alguien merecía estar ahí, en esa silla, en ese escritorio, era ella, nadie más.
Se dio la vuelta, mirando la ciudad a su espalda. Esa visión siempre la calmaba. Se sentía que estaba sobre todos los otros edificios, que estaba más alto que el resto. Fue criada para ser la mejor, así que era un hábito que era difícil de cambiar. Pero al final del día lo que más le importaba era estar más alto que su padre, que su hermano, que su madre.
Al fin, luego de tantos años, no se sentía en el suelo, en la miseria, bajo sus sombras.
Soltó un suspiro pesado.
Pensar en su familia, siempre le traía angustia, y luego de esa mañana, no quería seguir teniendo angustias.
Se tomó el resto del líquido y se dio la vuelta, para apagar su computadora.
Ya había terminado sus quehaceres, y podía marcharse.
Miró la hora, aún estaba a tiempo.
Se levantó, tomó su bolso y su abrigo, y caminó hacía la puerta.
Su secretaria hablaba por el teléfono, anotando algo en una libreta. Esta levantó la mirada levemente y le hizo un gesto con su rostro, asintiendo levemente. Esa era la despedida que le daba cuando estaba ocupada, otras veces levantaba la mano sin quitar sus ojos ámbar de la pantalla. Le impresionaba. A veces la había encontrado leyendo en sus descansos, y parecía tan concentrada que cuando escuchaba su voz llegaba a saltar de la sorpresa. Eran esos pocos momentos donde dejaba de parecer una estatua. Sigilosa, eficiente y eficaz. Mujer de pocas palabras.
Nunca ha dejado de agradecer el contratarla, y la empresa necesitaba más variedad e inclusión.
Se subió al ascensor y bajó hasta el estacionamiento subterráneo. También había un estacionamiento en la superficie, bastante grande para tener la capacidad suficiente para resguardar cien vehículos, incluso más si se preocupaban de generar más espacio o de dejarlos más apegados. Por su parte, y de todos los miembros más altos de la empresa, tenían ese estacionamiento subterráneo. No había mucha diferencia, ambos lugares tenían cámaras y seguridad, pero ahí al menos no se verían los vehículos dañados por el medio ambiente. Y no le gustaba que su auto estuviese o muy caliente o muy frio.
Le gustaba entrar y sentirse tranquila, no estar sufriendo por el ambiente.
Era su herramienta de escape. Ahí dentro podía huir de todos.
Cobarde.
Le aterraba un poco conducir al principio, y siempre estuvo acostumbrada a tener conductores, así que era normal que entrase un poco en pánico al manejar. Fue enseñada por muchas personas, inclusive Klein. A su ex le gustaba beber en las fiestas a las que asistían, así que al final de la noche, era ella la que tenía que llevarlos a los dos sanos y salvos a casa.
Una estupidez como una casa. ¿Arriesgar su seguridad al volante por su ex? Dios.
Al menos, ahora podía agradecerlo. No podría ir al Red Velvet siendo llevada por su chófer. Qué vergüenza. No sería capaz de mirarlo a los ojos, y también tendría que pagarle una buena suma por su silencio. No le gustaría que todos supieran sobre su pequeña entretención, ni cuánto tiempo pasaba ahí dentro.
Al menos, aunque llegasen a enterarse, con quien estaba ahí dentro era un misterio confidencial.
Se estacionó y salió del auto.
Pensar en manejar, le hizo mirar los otros autos estacionados por la zona, y a pesar de lo suburbano del lugar, la mayoría de autos lucían costosos. Lo entendía, el Red Velvet no era para cualquiera.
Entró al lugar, y la mujer de siempre la saludó con más animo que la última vez. Estaba despierta esta vez. Le habló de la reservación que había pactado hace unos días, y esta comenzó a hacer el trámite de siempre. Por su parte, comenzó a revisar el menú. Tenía un poco de hambre, tal vez pediría una ensalada. ¿Ruby habrá comido?
Los tecleos de la mujer detrás del mostrador se detuvieron, ya ahí se dio cuenta que la pregunta había salido de sus labios. Intentó no mirar a la mujer, para que no asumiese que la pregunta era para ella, sin embargo, la mujer lo asumió de todas formas.
Cuando la miró, notó como tenía un teléfono en su rostro.
"Hola Ruby, tu cita llegó, y pregunta si has comido algo."
Su cita.
Se sintió avergonzada. Quería esconderse, aunque ahí la visión fuese reducida.
Escuchó a la mujer hacer un sonido grave, algo fastidiado. Lamentablemente no podía distinguir sus facciones en la oscuridad. No la imaginó haciendo un ruido similar.
"Han pasado horas desde eso. Le diré a tu hermana que no te estás cuidando."
La mujer colgó, pero pudo escuchar claramente un chillido desde el otro lado de la línea.
Ruby no se estaba cuidando, típico. La imaginaba metida en algún juego en sus ratos libres y olvidándose de comer.
Negó con el rostro.
"Que sean dos ensaladas."
La mujer soltó una leve risa, y asintió. Se notaba que ella se preocupaba por los trabajadores.
Entró al pasillo de terciopelo y caminó hasta su habitación, y abrió la puerta.
Que gusto era llegar ahí.
Colgó sus cosas y se sentó en la cama, sacándose los zapatos. Se estiró, dejando caer su cuerpo en la cama. Se quedó ahí unos segundos, mirando el techo y los patrones elegantes que tenía. Era analgésico ese lugar, uno privado, donde nadie la conocía, donde todo lo que ahí hacía era un completo secreto. Si, estaba encerrada, pero sentía cierta libertad de hacer lo que quisiera sin tener las miradas de su familia y la sociedad.
Mejor que un hotel.
Se levantó cuando sonó la puerta, así que fue a abrirla.
Notó la emoción en el rostro de Ruby a penas la vio. Sus ojos brillaban.
Estaba en casa.
Nunca has tenido casa, y nunca la tendrás.
Normalmente su cabeza se mantenía en silencio cuando entraba ahí, pero al parecer el día fue más estresante de lo que creyó.
Ruby le dio una sonrisa, mientras la saludaba, para luego entrar y dejar la bandeja con dos botellas de agua en la mesita.
"Tu comida se demorará un poco, vendrán a dejarla pronto."
Esta le dijo, mientras se dirigía hacia ella. Su voz animada. Por su parte, solo asintió, mirándola. Se sentía tan bien estar ahí, y al mismo tiempo se sentía tan mal. Como si estuviese haciendo algo malo o indebido, y sentía culpa de sentirse bien. Era un sentimiento extraño que no podía lograr superar. Lo sintió desde la primera vez que pisó el lugar, y al parecer, iba a sentirlo por mucho más tiempo.
Hasta la muerte.
Dio un salto cuando las manos de Ruby llegaron a su rostro. Pudo notar como esta pasó su pulgar por la punta de su cicatriz, ahora visible. Sus ojos plateados parecían buscar algo, pero sin encontrarlo. Pensó que era algo malo, pero no.
"Te ves cansada, pero tranquila al mismo tiempo. ¿Las cosas fueron bien entonces?"
Podía leerla tan fácilmente. Se sentía avergonzada de eso, de sentirse así de cómoda, de feliz, incluso ahora aún más ya que la mujer parecía un poco más alta que ella, haciéndola sentir pequeña, y ese detalle la hizo enrojecer, al menos esperaba que su maquillaje lo ocultase, o las manos ajenas en la zona.
Cerró los ojos, concentrándose en el tacto tibio en sus mejillas.
"Un poco caótico, pero ya está arreglado. No va a volver a acercarse a mí, y no podrá conseguir nada de mí. Nunca más."
Cuando abrió los ojos, notó una mueca en los labios de Ruby, una mueca un poco más madura para lo que conocía normalmente de ella. Madura en un sentido diferente al usual. Estaba ante ella una expresión de Ruby que no había visto, y tal vez le sorprendió más de lo que debía, estando donde estaban.
"Eso sonó súper sexy."
Sintió su rostro sonrojarse y no pudo evitar dar un salto, alejándose un poco.
"¡Ruby!"
Esta simplemente comenzó a reír, poniendo sus manos tras su nuca como si se tratase de una chiquilla despreocupada.
"Lo siento, lo siento. Pero es la verdad."
Negó con el rostro, intentando que el color disminuyese, y probablemente era muy notorio. Eso era malo, muy malo, además de que tenía la sensación de que Ruby iba a aprovecharse de lo mucho que le afectaban sus palabras. No iba a encontrar malicia en ella, pero tal vez otras cosas que no estaba segura como su cuerpo reaccionaría ante eso.
Ruby levantó los hombros, y se volvió a acercar, ahora con el objetivo de tomar una de sus manos. Con cuidado, con suavidad, y de esa forma la llevó a la cama. No podía evitar sentirse avergonzada en anticipación, cada vez que la mujer hacía eso, llevándola a la cama, aunque no tuviese ningún tipo de doble sentido.
Ahora que le dijese sexy, igual la desestabilizó un poco.
Ruby la sentó en la cama y esta se sentó en el suelo alfombrado, justo frente a ella.
Le llamó la atención por qué había elegido ese lugar para sentarse, y mientras intentaba pensar en cual podía ser la razón, dio un salto al sentir la mano de Ruby en uno de sus pies.
Intentó controlar la risa que se le escapó, en vano.
"¿Eres cosquillosa, Weiss?"
"...No."
Ruby levantó una ceja y luego puso una sonrisa maliciosa. Supo de inmediato que iba a comprobar si eso era cierto, así que antes de que pudiese hacer algo, tuvo que hablar.
"De acuerdo, si, así que no hagas nada tonto."
Esta solo le sonrió, divertida, pero a la vez con una mueca tan madura en su expresión, que le hizo olvidar las cosquillas. Ruby estaba cambiando rápidamente, mostrándole otro lado de ella.
Ruby siguió con lo suyo, tomando sus pies y poniéndolos en su regazo. Lentamente comenzó a masajear. Era curioso, porque nunca había dejado que nadie hiciese algo así, y claramente tenía pensado negarse, pero los ojos plateados no dejaron de mirarla a los ojos ni por un segundo. Conectando con ella, hipnotizándola.
Luego, poco a poco, comenzó a olvidar todo, simplemente disfrutando de los movimientos.
Se sentía muy bien.
No supo cuando cerró los ojos, y no tenía claro si era por estar relajada, o porque ya no podía seguir mirando la intensidad en los ojos plateados. Era demasiado.
No supo cuánto rato estuvo Ruby trabajando en sus pies, en sus pantorrillas, en sus rodillas. Pero recién fue consciente de todo cuando las manos de Ruby parecían subir cada vez más, y se sentía hirviendo. Cuando Ruby le había hecho un masaje por primera vez, pensó que iba a hacer algo indebido, y se convenció de que esta no sería capaz de hacerle algo así, pero no sabía porque, pero ahora parecía ser diferente.
Si sentía eso... ¿Por qué no la detenía?
¿Por qué no ejercía su derecho como cliente y le ordenaba que parase?
No lo tenía claro...pero…
¿Tal vez quería que Ruby se aprovechase?
Dios, estaba volviéndose completamente loca, era oficial.
Capitulo siguiente: Recompensa.
Ay Weiss, por Dios, ¿Qué te está pasando? A alguien le están aflorando los instintos más básicos alksdjas Como sea, al mister infiel 2021 no lo veremos más ya que debe de estar un poco asustado, quizás vuelva, quizás no, pero ojalá que no.
Espero hayan disfrutado.
Nos leemos pronto.
