Red Velvet

Capítulo 38: Taller

Se quedó inerte durante varios minutos, sin saber si debía irse a casa o simplemente quedarse ahí, en su silla, en su oficina, por el resto de su vida.

No sabía nada.

El documento sobre su escritorio parecía burlarse de ella.

Giró la silla, para mirar de nuevo por la ventana, hacía ese seductor afiche en el edificio vecino. Ruby incluso decidió pasar por la vergüenza de una sesión fotográfica, y el que su rostro estuviese a la vista de todos, ¿Solo para llamar su atención? Es que no podía creerlo, era demasiado irreal. De hecho, se sentía atrapada entre la realidad y la ficción. ¿Lo que había ocurrido era real siquiera?

Escuchó un leve golpeteo, y giró de nuevo, guiando su mirada a la puerta aun abierta. Su secretaria se asomaba, sus orejas gachas ante la preocupación, o la simple duda si acercarse o no.

"¿Esta bien, Señorita Schnee?"

Se le quedó viendo, y honestamente, no tenía idea de cómo contestar eso.

"No lo sé."

Los ojos ámbar miraron al suelo, parecían buscar palabras. Era una buena secretaria, una mujer inteligente, pero esas situaciones parecían no ser su fuerte, y para ser sincera, tampoco eran el suyo.

"Si necesita algo puede decirme."

Llevaban trabajando juntas ya más de tres años, y realmente apreciaba sus palabras. Recordó su mirada cuando estaba cerca de Ruby, y tal vez aquello revoloteaba más en su cabeza de lo que creía.

"De hecho, sí, quiero preguntarte algo. ¿Como conoces a Ruby? Parecían cercanas."

Esta pareció sorprendida con la pregunta, y claramente tensa, incomoda incluso.

"No sé si deba decirle algo así a mi jefa."

Por un segundo creyó que su secretaria se acostó con Ruby en alguna oportunidad, y sintió un golpe de celos en su interior, pero intentó con todas sus fuerzas el mantener una mueca amigable para que esta siguiese hablando. ¿Sentir celos? No estaba en posición para hacer algo así luego de dejarla. Luego de abandonarla de esa forma. Luego de huir de ella cuando estaba siendo perseguida.

La mujer se mordió el labio y se acomodó un par de cabellos, sacándolos de su rostro.

"Estoy saliendo con la hermana de Ruby, desde hace años. Así que nos conocemos hace tiempo."

Oh.

Su cerebro se demoró unos momentos en hilar la frase.

El mundo era diminuto.

Cuando la contrató esta venía de una buena familia fuera del país, pero su currículum no era del todo admirable, parecía haber tenido muchos problemas cuando joven, pero cuando hizo las entrevistas, se dio cuenta que la mujer era muy capaz, y también consideró el hecho de que fuese un fauno para elegirla. Tener a un fauno trabajando a su lado era significativo para la empresa, el tenerlos en altos puestos, no en puestos esclavistas como en el pasado.

Lo siguiente que pasó por su cabeza, era el hecho de saber lo que la hermana de Ruby hacía para sobrevivir, y también recordó todas las dudas que tenía sobre la relación que ella misma tenía en el pasado con la pelinegra. Que su secretaria pudiese estar con alguien que trabajaba en algo así demostraba la confianza que tenían, que no la juzgaba como ella lo hizo con Ruby, tantas veces. Tal vez la mujer había pasado por situaciones difíciles en su vida, y entendía la posición de la rubia, tal vez hablaron de eso, como personas adultas, analizando su situación, modificándola, para que ambas tuviesen paz.

Algo que ella misma no fue capaz de hacer.

No, ni siquiera fue capaz de decirle a Ruby lo que sentía, el ser honesta. No lo hizo hasta que se aseguró que no se volviesen a ver nunca más.

Las cosas tal vez habrían sido diferentes si no hubiese intentando controlar lo que sentía. Tal vez así la voz en su cabeza se habría callado de una maldita vez, o tal vez era solo su felicidad la que la hacía aparecer, cuando tenía fe, esta retumbaba en su cabeza, tal y como solía retumbar la voz de su padre. Obligándola a seguir el camino que su familia escogió por ella.

Sintió a su secretaria moverse, apoyándose de un pie a otro con cierta incomodidad.

"Si me permite decirlo, Ruby es una buena persona. Siempre intentando hacer lo correcto, el pensar en la bondad del resto a pesar del pasado que tuvo. Y en este último tiempo, a pesar de ya no poder verla, pude notar como había tomado una decisión y estaba luchando. Ahora entiendo el porqué. Quiso cambiar, quiso ser alguien más, alguien mejor."

Quiso ser su mejor versión, por mí.

Estaba claro.

¿Y ella que hizo?

Nada. Huyo.

Porque era una cobarde, al igual que su padre.

"Cuando conocí a Yang, yo tenía muchos problemas, y ella fue mi luz, gracias a ella me animé a encontrar algo mejor para mi futuro, gracias a ella encontré este trabajo. Al principio, lo único que hice fue huir, pero mientras más lo hice, ella más me buscaba. Lo que parecía mejor para mí, fue el motivo de mi dolor, y aquello que parecía poder lastimarme, fue lo que más me hizo crecer como persona."

Se quedó ahí, escuchándola. Sintió las lágrimas queriendo salir por sus ojos. Sentía eso, sintió eso. Ruby iba a ser su condena, se decía, todo va a caerse a pedazos si sigo con ella, una y otra vez, un pensamiento peor apareciendo en su cabeza. Pero, honestamente, lo único que quería era ser feliz, y con el tiempo se dio cuenta que Ruby conseguía eso, le daba felicidad.

No necesitaba nada más.

Y si bien intentó mantenerse fría, sus pensamientos negativos la inundaban, el miedo…

Pero ahora, cada día, Ruby trabajó para que ese futuro que su mente había creado no existiese, que no fuese ese apocalipsis que se decía a sí misma. Ruby trabajó duro para poder darle estabilidad a su mente. Ambas hermanas no se rendían fácilmente…

Tal vez las cosas no habían cambiado del todo, pero era evidente que Ruby había dado un gran paso para que su relación fuese más aceptada que antes. Con menos tabú, con menos baches.

Se levantó de su escritorio, y notó un par de lágrimas cayendo en el documento. Lo tomó, lo dobló, y lo guardó en su bolso. Cuando levantó la mirada, ya no había lágrimas. Tomó sus cosas y se dirigió a la puerta, la pelinegra aun en su posición firme. Miró a la mujer a los ojos, sin importarle que esta notase la rojez de su rostro y el claro llanto que logró abrumarla.

"Contratarte fue la mejor decisión de mi vida."

Le dijo a la pelinegra y avanzó rauda hasta el elevador.

Ahora tengo que tomar otras buenas decisiones, se dijo.

Se subió y marcó el piso subterráneo, y mientras las puertas se cerraban notó aun clara sorpresa en el rostro de su secretaria.

Iba a darle un aumento sin duda.

A penas las puertas se abrieron, avanzó directo hasta su auto, sin demora alguna. Lo encendió y partió. No llegó lejos, solo se tomó un momento para pararse justo frente a aquel afiche. Era enorme al ser visto desde la calle, ya que desde la altura solo era un afiche normal. Vio el horario, y el lugar, y aceleró.

Tuvo cierto deja vu mientras avanzaba por las calles, el día anterior habiendo recorrido las mismas. No era lejos de su edificio, solo a un par de cuadras, y seguía estando en un lugar céntrico.

Se detuvo en el mismo exacto lugar que el día anterior, y miró alrededor, a la edificación en particular, la cual no había visto hasta ahora. Parecía una automotriz desde afuera, con ventanales que dejaban mirar hacia adentro. Ahí había un vehículo estacionado, de aquella misma marca que el nombre del lugar. Podía ver un montón de neumáticos apilados, una estantería en el fondo con variedad de piezas. A los costados del recinto había dos entradas de autos, una decía entrada, y la otra salida. Podía asumir que por esa zona se llegaba al taller.

Se bajo del auto, y entró por la entrada principal a través de unas puertas de vidrio que se abrieron automáticamente.

Un hombre estaba en la entrada, lucía bien vestido. No sabía si era un guardia o un promotor, porque parecía estar a la altura de ambos trabajos.

Este le preguntó de inmediato que necesitaba, y no pareció reconocerla, o tal vez acostumbraba a gente conocida por la zona en la que se encontraban, y lo apreció.

Por su parte, miró alrededor.

El lugar se veía elegante, el piso estaba brilloso y había un aroma a cuero nuevo en el ambiente, incluso el olor a neumático le resultaba agradable. Notó un módulo pegado a una de las paredes donde había varios repuestos para comprar, ahí había una joven atendiendo, debía de ser más joven que ella. Había dos clientes observando una estantería con botellas de líquidos, junto con otro chico bien vestido. Podía notar otro set de puertas que llevaba a la parte trasera del recinto, donde estaba el taller. A la derecha del todo había una escalera de caracol que llevaba a un segundo piso.

Le dio otra mirada al auto que estaba ahí estacionado, y el chico comenzó de inmediato a hablarle de la marca, tal vez estuvo hablándole desde mucho antes, pero ahí recién puso atención. Era un descapotable de un color burdeo brillante, un deportivo, y luego le dijo una serie de otras cosas que realmente no entendía del todo. Lo que le llamó la atención era el lugar donde en el futuro estaría la patente del auto, ahí había un cartel que decía "Red Velvet".

Claro, era de esperarse.

¿Coco era capaz de forzar a una compañía a hacer un modelo de automóviles cuyo nombre hacía reseña al antiguo trabajo de la dueña del nuevo taller? Pues, sí.

Ver el nombre ahí, le dio algo de nostalgia.

"¿Hay algo más que le pueda mostrar? Estamos abastecidos, si necesita alguna pieza también la podemos encargar a nuestro proveedor."

Miró al chico, buscando que otra excusa darle, o que decirle, lo que sea, porque no encontraba la fuerza para decirle a quien buscaba, y pensándolo un poco, era difícil que Ruby estuviese ahí, pensando que hace solo unos minutos estaba en su oficina, no creía que esta fuese tan rápida o haya vuelto de inmediato al trabajo.

Pero ver ese lugar era suficiente para pensar en ella. El lugar, parecía un lugar para Ruby. Los colores, e incluso el aroma, era casi como si hubiesen tomado la personalidad de Ruby y la hubiesen convertido en un lugar físico. Lo único que había que parecía ajeno a Ruby, era el suelo, que era blanco brillante, mármol.

Eso le recordaba a sí misma.

"Jefa, buenas tardes, ¿Como estuvo su descanso?"

Escuchó de la nada decir a la chica del mostrador, su voz animada, y sintió como la boca de su estómago se contraía.

Ruby era la jefa.

Miró hacía la entrada, donde las puertas acababan de abrirse.

Aquella mujer, a la que tanto añoró, entró.

Con las luces claras del lugar, parecía aún más irreconocible que en su propia oficina. Esta caminaba sin prestar demasiada atención a su alrededor, sus ojos enfocados en su corbata roja, la cual parecía intentar soltar como si su vida dependiese de ello. Sus pasos retumbaron en el lugar, y todos ahí parecieron girar para mirar a la que hacía resonar sus zapatos. No era cosa suya, Ruby realmente pisaba con fuerza, y había aprendido que era en su mayoría cuando estaba nerviosa. Lo oía en el piso alfombrado del Red Velvet, así como en el piso flotante de la casa de esta, y ahora con aun más fuerza de lo usual en ese mármol brillante.

"Todo bien, ¿Queda alguien más atrás?"

Nunca había escuchado esa voz en Ruby. Parecía otra persona.

Era otra persona.

No, ahora eran iguales, una versión para cada mundo, y este era el mundo de Ruby Rose, la dueña.

Se mantuvo fuera de la vista de Ruby, gracias al gran sujeto que seguía ofreciéndole todos los productos en oferta, pero, aunque no estuviese aquel hombre, probablemente Ruby no la habría visto, ni siquiera la vio levantar la mirada para mirar a la chica que tan amigablemente la saludó.

La conocía, sabía que eso de tener la mirada de muchas personas a la vez le incomodaba, así que, si podía evitarlo, lo iba a hacer, y al parecer lo lograba muy bien con aquel símil de desinterés. Ambas tenían mascaras ahora, por una parte, la hacía sentir tranquila, pero por otra, extrañaba a la Ruby de actitud burbujeante. La sentía demasiado rígida, incomoda consigo misma.

Aun así, no era quien para juzgarla.

Ruby desapareció por las puertas dobles que llevaban a la parte trasera.

Quería ir.

El hombre que estaba a su lado se quedó callado de la nada, cuando lo miró, notó como este había seguido su mirada. Este ahora parecía menos formal, más divertido.

"¿Viene por la señorita Rose? Muchos conductores traen su auto con la esperanza de que la dueña lo revise, se hizo realmente popular estas últimas semanas."

Había mucho orgullo en los ojos del chico, que parecía tener unos treinta años o más. A pesar de ser claramente mayor que su jefa, no parecía celoso, para nada. Por su parte no supo que decir, ahora simplemente por vergüenza. Que ese chico pudiese notar su claro interés no hablaba bien de su capacidad para ocultar sus deseos.

"Si quiere puede ir y mirar usted misma, agendar una cita si lo necesita."

Este solo le sonrió y le dio el paso indicándole con una de sus manos en un gesto muy cordial.

Por su parte, ir, parecía significar el aceptar todo eso. Pasar por esas puertas era una acción tan simple, pero no lo era. ¿Porque su mente debía complicar todo? No, no, había ido ahí para solucionar todo esto, para hablar con Ruby, para dejar que esta se explicase, para que hablaran. Para hacer aquello que por su parte no fue capaz de hacer.

Avanzó, sus pies resonando tal vez más que los de Ruby.

Pasó por las puertas y se topó con varios lugares para dejar los autos, unos estacionamientos con maquinarias, y atrás de estos veía diferentes herramientas. No sabía nada de esas cosas, pero le impresionaba lo enorme que era, incluso podía entrar ahí un camión, y todo esto estaba techado para que ni los autos quedasen a la merced del clima o los mismos mecánicos.

A ambos costados había un gran espacio vacío y por las marcas del suelo, debían ser para estacionar autos que bien podrían ser de los trabajadores o los mismos clientes que esperaban ser atendidos. A la izquierda, pegado al edificio, había unas oficinas al parecer, cuyas ventanas daban para el taller, y a su derecha, había una especie de tienda con sillas y sillones, cubiertas con unos toldos. Había un sujeto ahí sentado leyendo el periódico, y una señora le traía una taza de café.

Al parecer en ese lugar lo tenía todo.

Ni siquiera recordaba el haber tenido que ir a un taller, pero en su cabeza jamás se los imaginó así.

No le molestaría el esperar pacientemente y descansar un poco. Se veía cómodo, seguro, y elegante. Incluso los trabajadores se veían refinados. Sus trajes se veían bien cuidados a pesar de estar en medio del trabajo. Había un aire agradable en todo el lugar.

Por primera vez notó a Ruby desde que salió.

Esta tenía la camisa negra arremangada, y tenía una mano en la puerta del capó, mientras parecía concentrada mirando el motor. Había una mujer de unos cuarenta, al parecer la dueña del SUV, que era usualmente un auto familiar. Esta estaba apoyada observando a Ruby.

Respiró profundo.

Ruby no era suya, calma, solo es una señora que está mirándola, nada más.

Al parecer, realmente era popular, y no lo dudaba, mujeres en ese rubro era algo muy poco usual, sobre todo en Atlas. Ruby parecía seria, apenas y miraba a la mujer mientras le mostraba que parecía estar mal con su auto, luego se sacudió las manos y se giró, lo suficiente para que los plateados se posaran en la entrada, o sea, donde estaba ella ahí parada como una estatua.

Pudo notar de inmediato como la actitud de Ruby cambió, como quien prende y apaga una luz, un cambio radical. Sus ojos cambiando, su expresión cambiando.

Su mascara desapareciendo.

Estaba lo suficientemente lejos para no escuchar la palabra que dijo Ruby casi como un susurro, pero sí pudo leer sus labios. Esa era una palabra que muchas veces la había visto decir, en diferentes ocasiones, en diferentes momentos, en diferentes escenarios.

Weiss.

Lo siguiente que dijo, fue un 'Lo siento', lo cual se lo dijo a la mujer, mientras le hacía una seña a otro de sus trabajadores para que fuese a atender a la señora que había abandonado.

Sintió un golpe de ego, y disfrutó de aquello.

Los ojos de Ruby brillaban, mientras se acercaba a ella, poco a poco, sus pasos más tímidos, a la defensiva, pero no parecía estar en su intención el detenerse. Quizás también debía de verse como una ilusión.

"¿Weiss? ¿Qué haces aquí?"

Tragó pesado, sin saber que decirle. No quería sonar desesperada, ni quería sonar como una imbécil.

Carraspeó, sintiendo su garganta extraña.

"Quería preguntarte algo acerca del documento."

Le dijo, y tal y como imaginó notó sentimientos divididos en la expresión de la mujer, por una parte, alivio, y por otra, decepción. Y honestamente, habría reaccionado exactamente igual en su posición. Esta rápidamente se compuso, y caminó hacia la izquierda, hasta una puerta que no había visto, abriéndola, dándole la pasada. Se sintió algo avergonzada, pero no era la primera vez que Ruby usaba ese gesto con ella.

Se vio dentro de una pequeña oficina, pequeña comparada con la propia, pero seguía siendo considerablemente grande. Había un escritorio y un mueble largo que parecía tener archivadores. Había una silla al otro lado de la mesa, que daba vista directa al taller, y dos sillas al otro lado. No había muchas cosas, pero si notaba al lado derecho de la computadora que estaba lleno de fotografías y objetos personales, y curiosamente al centro del escritorio había una figurita a escala del auto de la entrada, el Red Velvet.

Ruby al parecer notó su mirada inquisidora observando el auto, y la escuchó soltar una leve risa. Levantó la mirada, esta estaba arreglando sus mangas, mientras se limpiaba las manos con una toalla húmeda.

El sonido de su risa era algo agradable que creyó no volver a escuchar.

"Coco quería dejarme un recuerdo. A veces creo que ella quiere más el Red Velvet que yo."

Bueno, desde que conoció a Coco, está ya estaba interesada en lugares así, luego se le hizo común el escucharla hablar de eso.

Si, le causaba nostalgia el ver ese nombre, de todas formas, en ese lugar fue donde conoció a Ruby, así que siempre sería algo importante, estaría marcado en su corazón por siempre.

Ruby se sentó en su asiento, y le hizo una seña para que hiciera lo mismo.

Era una sensación extraña, impersonal.

Hace unos minutos, estaban en el lado contrario del escritorio, y casi parecía que habían cambiado completamente de papeles. Con Ruby las cosas jamás fueron así, separadas, siempre estuvieron en un mismo lugar y al mismo nivel, lo más cerca posible, una al lado de la otra, compartiendo palabras, compartiendo historias, compartiendo caricias, ¿Pero eso? No se le parecía a nada, era casi como un muro entre ambas.

Un muro que ella misma había creado.

¿No podía ser como su secretaría? Pues al parecer no.

Sacó el documento de su bolso, y lo observó, las cinco marcas de sus lágrimas borrando la tinta en el lugar donde cayeron. Sintió ese dolor en su pecho de nuevo. Simplemente no se le ocurrió una excusa, o algo acerca del documento para comentarlo, nada. No podía hacerlo. Le costaba. Había aprendido a ser honesta con Ruby. A ser diferente con ella.

"Este lugar...es maravilloso."

Dijo, en un susurro, y vio los ojos plateados mirándola, como si lo supiese, como si tuviese completo conocimiento del sufrimiento que estaba invadiéndola en ese instante, ese nerviosismo, esa completa desesperación. Pero Ruby no dijo nada, no le sacó en cara, no le dijo nada de lo que ella diría si estuviese en sus zapatos.

¿Con que cara te sientes así luego de dejarme?

¿Ahora te acercas a mi cuando ya no trabajo en un prostíbulo?

¿Acaso ahora valgo más que antes?

Pudo haberle preguntado cualquier cosa, pero no. No lo hizo, solo se quedó en silencio, mirándola, con una leve sonrisa en su rostro. Ruby tenía todo el derecho de enojarse, de llorar, ¿Pero ella? No, no merecía sufrir siendo ella misma quien ocasionó todo eso.

Tal vez su odio por si misma fue suficiente para hacer que las palabras salieran de su inmutable boca.

"No merezco que hicieras todo esto para poder estar conmigo."

Se quedó ahí, apretando los dientes, frunciendo las cejas, sintiendo rabia. Había destruido a esa mujer, haciéndola dejar a su familia, solo para poder estar con ella, la forzó a hacerlo. ¿Qué más esperaba? ¿Que esta se quedase sin hacer nada? ¿Olvidándola? Ruby era diferente, ella no haría eso, ella lucharía, ella no se rendiría. Esa era Ruby.

Ruby apoyó sus antebrazos en el escritorio, sus ojos observando algún lugar en la oficina.

"Tal vez no, tal vez si, quien sabe, pero no me importa, lo haría de nuevo."

Levantó la mirada, observándola, su rostro tan maduro, tan seguro, tan determinado.

Ruby.

Se quedó mirando aquellos ojos plateados, hasta que estos se enfocaron en sus celestes, y ahí se quedaron mirando, tal vez una eternidad. Había solo una cosa que podía decirle, y no pudo evitar decirlo.

Tenía que hacerlo. No podía callárselo, no luego de los sacrificios que Ruby hizo.

"Lo siento, Ruby."

De inmediato notó un cambio en los plateados, como brillaron, como se humedecieron. Cambiando de inmediato su persona. Ruby lo entendió, Ruby podía entender sus sentimientos tras sus palabras. Como estaba llenando esas simples disculpas de todo su sentir.

"Fui una idiota al dejarte, creí que estaba haciéndolo para protegernos, pero mi vida se vino abajo, todo lo que crecí a tu lado volvió a como estaba antes. Volví a ser quien era, me desagradaba esa persona. Tal vez estaría viva, sin mi padre molestándome, pero me sentí sin vida. Y hacerte eso a ti, no me pude perdonar jamás. Lo que menos quería en la vida era que alguien te lastimase, que alguien te quitase la sonrisa del rostro, y fui yo quien más daño te hizo."

Se desahogó.

Lo dijo, y espero con todas sus fuerzas no estar llorando de nuevo. No quería llorar, nunca le había gustado llorar, verse débil, pero no quería llorar con Ruby porque era Ruby quien debería llorar, quien debería sentirse mal a cerca de todo lo que ocurrió. Sus lágrimas no eran merecidas, la que debía llorar era Ruby, no debía ser esta quien la consolaba de nuevo. Debía permitirle ese momento. Fue quien más sufrió, por ende, debía recompensarla, debía tomar responsabilidad.

Se levantó, su bolso cayendo al suelo en el proceso, pero no le importó, solo le dio la vuelta al escritorio, y se acercó a la pelinegra, cuyos plateados se esforzaban por mantenerse secos. Necesitaba darle ese momento a Ruby, y al mismo tiempo hacer lo que quiso hacer desde el primer momento que la vio romperse en llanto.

Verla llorar, la destruía por dentro, y ser ella la culpable, la hacía sentir malvada.

Vil.

Un asco de persona.

Una Schnee.

Se paró a su lado, y llevó una de sus manos a la nuca de la mujer, y en un simple movimiento, le guio el rostro a su abdomen.

Ruby no dudó.

Las manos de Ruby se aferraron a ella, los brazos fuertes rodeándola, y poco a poco comenzó a sentir las lágrimas humedeciendo su vestido, pero no le importó. Comenzó a acariciar los cabellos cortos con sus dedos, intentando que aquello fuese suficiente, intentando hacer algo, hacer lo que no pudo hacer ese día cuando cometió el peor error de su vida.

Consolarla.

Ruby lloró en silencio, su llanto amortiguado por su cuerpo.

"Creí que jamás te volvería a ver."

Su voz salió grave, dolorida, rasposa, y le dolió el escucharla así.

Bajó lo suficiente para dejar los labios sobre los cabellos rojizos, sin dejar de acariciarla ni por un momento. Ni siquiera comprendía como fue capaz de mantenerse lejos de ella, ahora ni siquiera podía asimilar el no besarla, el no acariciarla. El no tenerla pegada al cuerpo.

"Menos mal resultaste ser más terca que yo."

Por suerte sus palabras fueron exitosas al hacer que la chica soltase una risa.

Cuanto extrañaba esa risa.

Cuanto extrañaba esos ojos.

Cuanto extrañaba a esa mujer.

Sentía que aquel pedazo faltante había vuelto a encajar en su ser, tal y como encajó la última vez. ¿Podría Ruby perdonarla? Si, pero no se lo merecía. Al menos podía recompensarla por todo lo que hizo, por todo el sacrificio. Ruby merecía el mundo entero.

E iba a dárselo.


Capitulo siguiente: Verdades.


¿Lo arreglé? ¿Me redimí de mis pecados?

Creo que ellas dos tienen mucho de qué hablar, y esperemos eso sea para mejor, que ya han sufrido demasiado para seguir haciéndolas sufrir. No prometo no caer en pecado en un tiempo más, pero por ahora, dejémoslas descansar de tanto caos.

Nos leemos pronto.