Red Velvet

Capítulo 73: Reconciliación

Cuando Klein golpeó la puerta, agradeció que fuese en ese instante.

Unos minutos antes y se hubiese desmayado.

Se apresuró a abrir, no sin antes darle una mirada a Ruby, la cual llevaba tirada en su cama alrededor de unos minutos, sujetando un de los tantos libros que había en su estante, ni siquiera sabía de qué era, pero había llamado la atención de la mujer.

Cuando abrió la puerta y se topó con su mayordomo, Ruby ya estaba de pie, su postura despreocupada cambiando y el libro ahora sobre la cama, abandonado.

Un cambio rápido, sin duda.

"Su padre me dijo que la señorita Rose estaba con usted."

Klein parecía curioso y sorprendido, no es como que dejase entrar a personas en su habitación, al menos no que no fuesen de la servidumbre. Se hizo a un lado, para que Ruby pudiese presentarse, aunque imaginaba que ya se habían hablado, él debiendo llevarla personalmente al despacho de su padre.

"Hola de nuevo."

Si, esa así.

Ruby se había asomado, sonriendo tranquilamente. No parecía tener problema con él, se veía relajada. Bueno, le gustaba verla relajada, y sentía que era eso mucho mejor que verla con esa mueca falsa e incómoda.

Le gustaba no ser la única que se había relajado en su casa.

Le gustaba sentirse así.

Klein carraspeó antes de sonreírle de vuelta a Ruby, su rostro imitando el ajeno. Siempre que este se ponía así, tan despreocupado, le recordaba a su infancia, cuando solía acercársele mientras cocinaba o hacía sus rondas, y este no tenía problema en hacerla reír o mantenerla distraída de los problemas que existían en la familia.

Su madre era el principal problema en ese entonces.

"Se que trajo a mi copo de nieve a casa el día de ayer, pero no alcancé a agradecerle, señorita Rose."

Se quedó unos momentos en su mente, pero pudo volver a la realidad al escuchar a Klein hablar, o más bien llamarla así. No solía darle vergüenza, pero ahora con Ruby, sí. Probablemente sus mejillas se tiñeron de rojo.

Sintió los ojos plateados observándola por un segundo, y no tenía duda que esta había notado su vergüenza.

"Puede llamarme Ruby, y no se preocupe, Weiss es una gran amiga, haría lo que sea por ella."

Y sabía que eso era verdad.

Oh, Klein siempre fue como un padre para ella, así que se sentía agradable verlo hablar con Ruby.

Realmente su mente se había relajado, lo cual era un alivio. Adoraba a Ruby, y quería que esta la acompañase en esa vida. Creía que el que conociese a su familia iba a ser algo realmente imposible, pero ahora era diferente.

Ruby no tenía familia aparte de su hermana, o al menos debía de sentirse así, así que se alegraba de poder traerla para que tuviese al menos una.

Una familia rota, pero era lo que podía ofrecerle.

Esperaba que pudiese volver, y no en semejante situación.

En algo mejor, en algo agradable.

No en una reunión para arreglar un caos ajeno.

Se vio caminando por los pasillos, observando la espalda de Ruby, esta caminado frente a ella, moviendo sus manos así que se notaba que estaba entusiasmada hablando de algo con Klein, y Klein parecía igualar el ánimo de su compañera.

No estaba escuchándolos, su mente de nuevo vagando.

Ver a Ruby caminando en su casa era algo que le traía una mezcla de sensaciones.

Tal vez no era el momento de pensar en eso, en su relación, porque estaba segura de lo que quería, pero ya no estaba segura de que era lo que Ruby quería.

No quería atar a Ruby a su vida, a su nombre, a su apellido, no quería cometer ese error de nuevo, ni quería que las cosas cambiasen. Le gustaba que Ruby pudiese tener su independencia, su vida como una nueva persona, el poder forjar su existencia lejos de las manos de alguien más, sin que nadie se entrometiese. Ruby debía de estar aburrida de eso, de no poder avanzar por su misma y tener que depender de alguien más, y ahora al fin tenía la oportunidad de hacerlo, sin depender más de Coco o de su hermana.

Así que no quería que fuese algo así, el amarrarla no solo a una familia, si no que a una de las más importantes de Atlas.

Eso sin duda le cortaría las alas.

El matrimonio en esa ciudad era un despropósito, y no quería hacerlo, no quería volver a verse en esa tesitura, a introducir a alguien en su familia, el hacerlo parte de su familia, el verse ella misma amarrada a una familia ajena, a un apellido ajeno. Amaba a Ruby, si, lo hacía, pero estaba segura de que algo cambiaría, el mundo se metería en medio, y ya no sería algo para ambas, si no que sería algo ajeno, algo Schnee incluso.

Y si se casaba, le estaría dando en el gusto a Atlas, a la sociedad.

Porque para ellos solo el matrimonio existía, no por nada las relaciones empezaban con un compromiso, y sin eso no eras nada, no tienes validez frente a los ojos ajenos.

Quería ser diferente, quería ser libre, no volver a ser amarrada a otra persona y sentir lo que sintió antes, ni quería sentir presión ajena, y si la sentía, no quería darles en el gusto. No iba a hacer eso de nuevo. No iba a volver a convertirse en la heredera que debía casarse porque o si no, su trabajo, ni su vida, tendrían validez.

Pero, Ruby, ¿Ruby quería eso?

Temía que fuese así, que esta quisiese esa vida, y que las cosas se rompiesen entre ambas por desear cosas diferentes.

No soportaría eso.

No se le había pasado por la mente, pero creyó que en algún momento tendría que cuestionárselo, pero eso era solamente si es que ambas empezaban a llamar la atención de los medios, lo que no creyó que sería tan pronto.

Se vio apretando los labios.

Todo por su maldito ex prometido.

Esa palabra estaba maldita, el solo pensar en compromiso la hacía sentir enferma. Se sentía tan ajeno, era una prisión más, y no quería volver a eso, no quería que la relación que tenía con Ruby se convirtiese en eso, en una definición de prisión, de esposarse.

Pero si Ruby lo quería…

¿Era capaz de dejar de lado todo eso por Ruby?

La amaba, también haría todo por Ruby. Mancilló muchos de sus valores por Ruby.

No, se equivocaba.

Mancilló los valores que la sociedad y su familia le impusieron.

Pero estos, estos eran propios.

"¿Weiss?"

Levantó el rostro, topándose frente al comedor, la servidumbre moviéndose, llevando platos a la mesa sin demora. Klein la miraba, confuso, pero era la voz de Ruby la que la había sacado de su mente, como siempre. Los plateados la miraban, preocupados, notando rápidamente la razón de su silencio. Probablemente esta pudiese notar como los pensamientos avanzaban rápidamente, dejándola confusa, dejándola preocupada.

"¿No prefieres comer en tu cuarto?"

La voz de Ruby sonó como un susurro, probablemente solo Klein de todos los presentes debieron escucharla. Pero sus ojos, estos brillaban, se veían intensos y no entendió del todo lo que significaba. ¿Había podido leerle la mente o estaba intentándolo?

Negó.

"Solo me dolió un poco la cabeza, estoy bien."

Klein fue el primer en asentir y dirigirse a la mesa para ver que todo estuviese en orden, pero Ruby no se movió. Obviamente no se había creído eso, y se mordía la lengua para no preguntar algo inoportuno.

Solo pudo mirarla, intentando convencerla, para que dejase de preocuparse, y lo consiguió luego de segundos eternos.

Ruby soltó un suspiro, y se acercó, lo suficiente para susurrarle en el oído.

Luego me cuentas, cariño.

Se vio sonrojándose, y esperaba que nadie de los presentes se diese cuenta.

Ruby le sonrió mientras avanzaba y miraba alrededor.

Al parecer si se sonrojaba era porque no era nada grave, y por una parte tenía razón. Buena técnica, Ruby.

Su padre y su hermano llegaron unos minutos después, animándolas a sentarse, así que eso hicieron.

Ruby se sentó a su lado, y parecía algo inquieta sin saber qué hacer con sus manos. Ya le había enseñado etiqueta básica algunas veces, así que no debía tener problema. Creyó que tal vez la cantidad abrumante de comida en la mesa debió dejarla estupefacta.

Normalmente no era así, ninguno de los tres era realmente bueno para comer, así que si la servidumbre cocinaba tanto más de algo terminaría desperdiciado, pero su padre debió de decirles que tenía una invitada y ellos se animaron para dejar una buena impresión.

Miró a su padre, el cual parecía orgulloso como buen dueño de casa, su postura más recta de lo usual. No se relajaba si es que había alguien ajeno a la familia presente, obligándose a mostrarse como el patriarca Schnee.

Al parecer todo estaba saliendo como él quería.

Y era agradable verlo así. No se sentía como antes. No se sentía aterrada, no se sentía una víctima de sus planes, o una presa de su acto.

Ahora solo podía ver la realidad, sus ojos solo le mostraban a su padre, a un hombre humano que cometía errores, pero ya no era más ese asesino. Ese sádico. Ese abusador.

Era solo una persona más, ya no más un monstruo.

¿Cuántos años perdió viendo esa imagen turbia en su cabeza? ¿Cuánto tiempo perdió por su estúpida imaginación?

"Estás muy callada, Weiss, ¿Estás segura de que estás bien?"

La voz de su padre la tomó por sorpresa, de nuevo debió quedarse en su cabeza, tal vez por demasiado tiempo, ya que todos parecían estar terminando de comer. Miró a los presentes, notando miradas preocupadas tanto de su hermano como de Ruby, los ojos plateados brillando, de nuevo, como si intentasen leerle la mente.

Bajó la mirada, topándose con su plato lleno, sin tocar.

Sus manos estaban sobre su regazo, firmes, sus dedos prácticamente enterrándose en sus jeans.

Sintió un roce ajeno, la mano de Ruby avanzando hasta su cuerpo, hasta su brazo. Era un acercamiento directo que todos pudieron notar, un acercamiento íntimo. Ruby evitaba esas cosas, pero debió notarlo, debió notar sus dudas, y no pudo aguantarse, debió acercarse, debió apoyarla de esa forma que tan solo ella podía.

Notó como Klein se removió de su lugar inerte, dándoles privacidad, y lo apreciaba.

No era el momento, se lo había dicho a sí misma, no era el momento de hablarlo, pero tal vez solo en ese instante podría hacerlo, porque tenía a Ruby y con Ruby tenía las fuerzas para lograr lo que sea, para ser quien quisiera ser, sin dudar, sin temer.

Levantó el rostro, mirando a su padre de nuevo, este parecía confuso, sus ojos se habían ido hacia Ruby, pero rápidamente volvieron a ella. Los ojos de ambos eran tan similares ahora, y había olvidado lo similares que eran. Había perdido eso, esa conexión. Se dijo durante años que su padre había arruinado a su familia, y no era así, era esa sociedad asquerosa la que lo había causado, su padre solo era un afectado más, así como el resto. Y también fue ella misma quien había asumido que todo se había acabado, que jamás tendría un padre, que jamás tendría un hermano, pero era solo ella, solamente ella quien creía eso, quien pensaba eso, quien se negaba a ver la realidad ante sus ojos.

No podía culparse por eso, se lo dijo Ruby, se lo dijo su terapeuta, aun así, no tenía a nadie más a quien culpar por todos esos años viviendo en una mentira.

Abrió la boca, pero no logró decir nada.

Ruby lo notó, sintió la mano ajena moviéndose por su brazo, de arriba abajo, suavemente, animándola en silencio.

Respiró profundo, y volvió a intentarlo.

"Lo recuerdo todo, padre."

Notó los ojos semejantes a los suyos abriéndose en sorpresa, en una expresión que no había visto en ese hombre, una expresión llena de sentimiento.

Este también quería decir algo, pero no tuvo la fuerza para hacerlo.

Podía ver a su hermano de reojo, confundido.

Sintió el agarre en su brazo de nuevo, mientras escuchaba la silla a su lado moviéndose. Se giró, para ver como Ruby se levantaba de la mesa, los plateados sin dejar de mirarla, mientras su sonrisa crecía.

Le estaba dando espacio.

Los ojos plateados de Ruby se fueron a los celestes de su hermano, el cual parecía doblemente confundido.

"Con permiso, fue una cena agradable. Whitley, ¿Crees que puedas darme un tour por la mansión?"

Whitley parecía sorprendido porque Ruby lo llamase, y también que lo llamase por su nombre, luego sus ojos la miraron a ella, y luego a su padre, el cual aún la miraba a ella, su rostro tan envuelto en sentimientos que no parecía mostrar ninguno. Al final, su hermano se levantó de la mesa y se acercó a Ruby, ambos saliendo por la puerta.

Tenía a la mejor novia.

Su padre soltó un suspiro cuando se vieron a solas, sus hombros cayendo, soltando un poco de la tensión que tenía encima.

Dejando la máscara, la tensión de su postura rígida que le fue impuesta desde que era un niño.

Cuando los ojos de su padre la miraron, se veían doloridos.

"¿El accidente?"

Este le preguntó, su voz a punto de romperse, y no creía que pudiese llorar en una situación así, no creía que podía siquiera llorar ni sentir algo así por quien era su padre, sin embargo, se le escapó una lagrima. Verlo así, luego de no ser nada más que una bestia detestable, era sin duda algo que la dejaba acongojada en más de un sentido.

Asintió en respuesta, y su padre se llevó una mano al rostro, para luego subirla por su cabello, peinándolo. Estaba tenso, pero sobre todo se veía confundido, sin saber que hacer ni que decir.

No lo juzgaba.

Ella misma no sabía que hacer ni que decir.

Volvió a mirar sus manos sobre sus piernas, sus nudillos estaban blancos, sus puños apretados al sentirse contenida, al querer contenerse, contener las lágrimas.

No quería llorar, no quería llorar más.

"Lo recordé todo cuando lo vi a él. Se puso brusco, se puso agresivo, y volví a tu oficina aquel día. Siempre estuve aterrada de ese momento, siempre sentía que algo horrible había ocurrido, veía imágenes distorsionadas que me hacían temer incluso más. Pero ahora, ahora todo estaba tan claro."

Cuando levantó la mirada, su padre estaba apoyado en el respaldo del asiento, una mano firme en su quijada, ocultando parte de su rostro, y sus ojos miraban la nada. Se veían brillosos, y no sabía si su padre podía llorar, si era físicamente capaz, pero temió que llorase, temió verlo tan diferente al hombre que recordaba, incluso el hombre que recordaba cuando era niña.

Nunca se rompía, y se sentía angustioso verlo llorar.

Este cerró los ojos un momento, respirando profundamente.

"No supe que hacer cuando despertaste ese día, cuando intentaste con todas tus fuerzas alejarte de mí, cuando había nada más que miedo en tu rostro."

Su padre apretó los dientes antes de seguir hablando.

"No quería perderte a ti también. Ya había visto a tu madre mirándome con rencor, a Winter mirándome con odio, para que ahora tú me mirases con miedo."

Su padre seguía firme, pero ella no pudo.

Sintió las lágrimas caer, más y más, manchando la tela de sus pantalones.

Su padre se acomodó en la silla, esta chirreando con el movimiento. Este puso los codos en sus rodillas, y nunca había visto una postura tan desesperada en él, tan impropia, tan humana.

"Nunca quise tener hijos, te lo dije antes, nunca quise una responsabilidad así, aun así, son mis hijas, mi sangre. Me habían obligado a ser un hombre sin corazón, sin sentimientos, una maquina más, pero se me rompía el alma cada vez que pensaba en ustedes, en como de un segundo a otro ya no era su padre, era un enemigo. Me convencía cada día de que no merecía amor por parte de ustedes, no merecía amor por parte de nadie, aun así, me dolía…"

Su padre soltó un gemido, un quejido, y se vio inerte, mirándolo, buscando en él una prueba, hasta que lo notó, hasta que vio como una gota avanzaba por su rostro gacho y caía al suelo.

Una gota, luego otra.

Podía ver sus hombros temblando, y se sintió culpable de hacer a su padre llorar.

No era un buen padre, pero ¿Quién lo era? No conocía a ninguno.

"Estaba tan estresado por no poder ayudar a tu madre, tan frustrado de que Winter no quisiera arreglar las cosas, que verte a ti peleando en mi contra solo me hizo desesperarme. Solo quería que acabase, solo quería morir y no tener que aguantar más el peso de la familia, de la empresa, de la sociedad. Pero cuando la sangre manchó toda la oficina, no supe que hacer. Te sujeté como pude, empecé a gritar, no quería perderte, no quería perder a nadie más de mi familia, no quería tener que pasar por eso de nuevo."

Su padre se quedó en silencio, y solo escuchaba lo fuerte de su respiración y los temblores en su cuerpo, y por su parte no quería siquiera mirarlo, porque recordaba aquellos gritos frescos en su memoria, esos gritos desesperados, esos gritos desgarradores, su padre sosteniéndola con fuerza, los brazos delgados enterrándose en su cuerpo inerte.

Podía recordarlo tan bien.

Podía ver el verdadero terror, el verdadero miedo en el rostro de su padre, de quien considero un enemigo, un villano. Cuando solo era un hombre que veía como su familia se rompía y no podía hacer nada para evitarlo, no sabía cómo evitarlo. Un hombre que veía la sangre resbalarse por sus dedos sin poder retenerla, sin poder controlarla, sin poder evitar una posible muerte.

Otra muerte.

Se levantó, sin poder quedarse ahí.

Había aprendido, ahora sabía que debía hacer, ahora sabía que era lo mejor.

Ruby le había enseñado.

Se acercó y se dejó caer de rodillas frente a su padre, rodeándolo con sus brazos, y sintió como el cuerpo ajeno temblaba con el tacto.

Ella misma no sabía qué hacer, en aquellos días, cuando Ruby la abrazaba, y ahora sabía que era lo mismo con su padre.

¿Quién había abrazado a ese hombre?

Luego de unos momentos los brazos delgados de su padre la abrazaron, y notó como este también estaba delgado, demasiado. Su cuerpo era frágil, se estaba haciendo viejo, era evidente, pero no era excusa para estar en ese estado.

Al parecer, en esa familia todos estaban viviendo su propio infierno.

Nunca había abrazado a su padre, nunca en la vida, ni siquiera recordaba haberlo hecho cuando niña.

Pero más vale tarde que nunca.

Pudo sentir el aroma a Whisky en él, exudando de su cuerpo, también olía a tabaco, casi imperceptiblemente, y nunca lo había visto fumar, así que debía de hacerlo a escondidas. También podía sentir el aroma a perfume, pero no era lo que imaginó.

Ese aroma, era el de su madre.

Podía recordarlo, la esencia vivida en su cabeza, en sus recuerdos, en su olfato. El aroma que tenía su madre cuando la abrazaba cuando era niña, el aroma que tenía su habitación, el aroma que poco a poco fue siendo reemplazado por el aroma a alcohol.

Su padre aún usaba el perfume de su madre.

No la amaba, le dijo que nunca la amó, aun así, si lo usaba era porque la extrañaba, porque extrañaba su esencia, su aroma, su existencia a su lado.

Él la extrañaba.

Se vio llorando más fuerte, más fuerte que antes, y desesperadamente se aferró al cuerpo de su padre, a sus ropas en particular, sujetando la tela entre los dedos.

Las manos de su padre, temblorosas e inexpertas, pasaron por su espalda, lentamente, como si temiese hacerle daño, de hacerle daño una vez más, de romper lo que estaba roto.

Y en un momento así, solo podía agradecer de que sus recuerdos llegasen, y que no se hubiesen quedado olvidados por siempre, que no hubiese sido capaz de devolverlos a su mente, o que fuese demasiado tarde y no quedase el menor vestigio bueno en su memoria.

Agradecía el poder estar así, el poder empezar de nuevo.

El poder tener a su familia una vez más.


Capitulo siguiente: Incomodidad.


N/A: Capitulo de mierda, me hizo llorar de nuevo. ¿Por qué escribí esto si me hace daño? Pues porque me gusta sufrir, eso está claro, ay señor. Pero debía suceder, y mejor temprano que tarde, era lo que esa familia necesitaba para sanar y voy a hacer lo que sea para mantener las pocas uniones que tienen, porque ya he destrozado todo en otras ocasiones y en mi momento de redención.

Creo.

Nos leemos pronto.