Partitura XIV
El beso no escaló tanto a como lo percibieron. Con la nula experiencia que tenían, ese eclipse labial se había sentido como una conexión cósmica que los dejó sin pensamientos y sin aliento. Como si en ese nuevo mundo no existieran las palabras ni las dudas.
Sin notarlo, se sonrieron el uno al otro, mientras sus pupilas seguían conectadas. Y de la nada, la realidad cayó sobre ellos con los destellos de los inflables luminosos. Habían recuperado la noción de estar en un lugar público y que debían seguir su camino.
Casi con pesar, tomaron sus instrumentos, los guardaron en sus respectivos estuches y continuaron aquel paseo de cuento de hadas. Una conversación serena y sincera continuó flotando entre la complicidad de los susurros que denotaban la cercanía de sus corazones.
— Después de que te dije lo que sentía en el bar, no respondiste. — buscó respuesta.
El pianista guardó silencio. Su violinista tenía razón, no respondió. Aunque por supuesto, no había sido por que no quisiera, era solo que su cabeza no dejaba de darle mil razones por las cuales debía irse con cuidado. Pero no lo dejaría ganar la conversación tan fácilmente.
— No es como si me hubieras preguntado algo.
El razonamiento de Liam lo dejó perplejo. Tenía razón. No preguntó nada, solo le dio una confesión aleatoria sobre algo que sentía a menudo. Otro silencio se hizo entre ellos.
Sherlock exhaló pesadamente y se atrevió a responderle.
— Una conversación consiste en dos personas hablando ¿sabes?
Liam tuvo una sonrisa de travesura y posterior a eso, quiso desviar la atención a algo importante, no respondía del todo la pregunta, pero ayudaba a que pudieran entender lo que estaba pasando con ellos:
— Hoy… ¿Por qué luciste tan confundido? Primero no te vi en todo el día, luego viniste por mí y después te mostraste dudoso. Era yo quien no sabía qué hacer — sin quererlo, reclamó Liam, avanzando por el sendero luminoso.
— Estaba nervioso porque no me respondiste — admitió — Así que al llegar a casa… — sentía que la siguiente parte no quería confesársela.
El silencio se prolongó de nuevo, esta vez, fue Liam quien, percibiendo la duda en el otro, se obligó a hablar.
— Al verte tan dudoso, yo... Pensé que te habías arrepentido.
Sherlock se sorprendió de lo que escuchaba, ¿de verdad, Liam había pensado que se había arrepentido de su confesión?
— Te dije que sentía que, alguna vez había cruzado el infierno solo para estar contigo. ¿Cómo iba a arrepentirme? — arqueó una ceja mientras sonreía con incredulidad.
— Por eso mismo.
— Y, también te dije que: lo haría de nuevo. Es imposible que alguna vez me arrepienta de elegirte. Pero, si lo que quieres es escucharlo de nuevo… — presionó acercándose, dispuesto a recordárselo.
— ¿Entonces por qué estabas tan volátil? — desvió el tema más por vergüenza al seguir en un espacio público, que por querer saber.
— Sí… eso. Tomé algo que en resumen…me noqueó.
— Es decir que tú…
— Sí.
— No puedo decir que no sabía que tenías ese hábito, Sherly — negó con una sonrisa — Lo supe desde que te conocí. El color en las puntas de tus dedos y tu ropa despedía cierto aroma.
— Desde que hablo contigo que no… espera ¿me llamaste Sherlock?
Volteó atónito con una enorme sonrisa. Liam correspondió sonriendo de lado.
— ¿Y no recordabas nada de lo que pasó después? — intentó retomar.
— Olvida eso, ¿me llamaste Sherlock? — le sujetó la muñeca.
— No — colocó su mano sobre la del violinista — Te llamé Sherly.
Otro beso se descargó en sus labios, como un barco arribando a un puerto después de meses en altamar. Tan deseado. No obstante, aún se leían algunos enigmas en ambos pares de ojos, de los que no se atrevieron a hablar.
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Llegó a casa con paso relajado. Incluso si recibía otra bofetada u otra reprimenda, no podía importarle menos. Nada amargaría esa noche.
No vio autos aparcados, significaba que sus padres adoptivos y Albert no estaban. Aunque no sabía sobre William y Lewis. Abrió la puerta con cuidado y al entrar, todas las luces estaban apagadas. Deseó apostar por que nadie había notado su ausencia, sin embargo, estaba seguro que lo habían hecho.
Subió la escalera y se dirigió con paso satisfecho a su habitación. Al entrar, se encontró un sobre que antes no estaba en su mesa de noche. Obviamente dejado ahí para ser visto. Guiado por la curiosidad, su mano reticente abrió el sobre, donde encontró unas fotografías que oscurecieron su mirada y enfriaron su sonrisa. Seguido de ello, una voz maliciosa a su espalda.
— Tu sabes lo que significa. Lo que podría pasar.
— No creo que quieras enemistarte con él — respondió con una chispa ardiendo en sus iris, contrastando con el vacío de sus pupilas.
— ¿Me amenazas? — inquirió serio, pero con un leve temblor en su voz — ¡Sabes que no puedes hacer nada sin que…
— No… — lo interrumpió.
Liam caminó hacia su ventana con las fotos en mano. Del bolsillo de su pantalón sacó una caja de fósforos y mientras veía hacia la calle, encendió uno.
— …Solo que, de verdad, no creo que quieras enemistarte con él — replicó incendiando las fotografías.
William chistó molesto ante la afrenta que su "sombra" imponía con fuego. Su ceño fruncido más que amenazante, demostraba lo amenazado que se sentía, lo cual, lo llevó a lanzar otra advertencia.
— ¡Esas no eran las originales! ¡Y si tanto te preocupa, sabrás lo que te conviene y seguirás manteniendo un perfil bajo!
— No digas que no te lo advertí — comentó Liam tranquilo, soltando las fotografías para evitar quemar sus dedos.
William salió de la habitación de su sombra musical y se fue azotando la puerta.
Por su parte, Liam permaneció observando por la ventana, esperando haber revocado los deseos de William por perjudicar a Sherlock. No le importaba mucho otra reprimenda, pero no podía permitir que se descargaran contra su hermano o el violinista.
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Esa noche, en dos habitaciones distintas, un sueño sincrónico se había teñido en llamas, miedo y esperanza. El hijo del sol se veía a sí mismo en un puente, colgando de la mano de alguien que lo inspiraba a desear más de la vida. El hijo de la luna se veía aferrándose a un alguien amado, muy amado que la muerte amenazaba con arrancarle.
¿Sería válido desear más?
La gravedad de una caída libre y el abrazo acuático que los envolvió los hizo sentir el ahogo y la irrealidad que los orillaba a elegir entre ese "más" o el fin. Posterior al agua, un día soleado en una azotea. Esa segunda parte no era clara del todo, pero dejaba mucho: luz, color, dolor, amor, resolución.
Un sueño que incluso dentro de su mundo onírico, los dejó pensativos. Les dejaba una sensación de despedida muy extraña, como un encuentro, una despedida. Como si tuvieran que soltar algo que no querían soltar ¿Qué era eso?
Cada uno en su mente tocó una misma canción: "I wanted more" de Hania Zdunek, tan sincrónicos que de haber sabido que eso mismo pasaba con el otro, no habrían podido creerlo.
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A la mañana siguiente, Liam se mantuvo imperturbable ante la vista de William. Salió a la academia, donde volvió a encontrarse con Sherlock, quien lo recibió con una sonrisa y se afianzó a su muñeca con un toque firme y delicado, como sus manos de músico le permitían. Era una convocatoria a la que no pudo negarse.
— ¿Se cayó de la cama sr. Holmes? Aún es muy temprano. Creo que aquí solo estamos el conserje, el director, usted y yo.
— Exacto, así que deja el lenguaje formal de lado. Sé natural. Dime "Sherly". Me gusta cuando tú lo dices.
— No quiero acostumbrarme demasiado — confesó.
— ¿Por qué no? — arqueó una ceja mientras lo escrutaba con la mirada.
— ¿No es más divertido si es un secreto? — cambió el tema.
Sherlock leyó en su mirada algo. Por supuesto, pensó en las repercusiones que podría traer para la carrera de Liam y estaba consciente de lo poco que le importaban, era más bien, la consecuencia de la consecuencia lo que le preocupaba. Habían sido milésimas de segundos, pero lo entendió todo, por qué Liam prefirió no responder su pregunta y en su lugar hizo otra pregunta. Le dio la razón. Comenzó a jalarlo de la muñeca, guiándolo a un espacio más privado.
— ¿Qué tal solo "Sherlock"?
— Es más razonable, Sherlock — cedió, dejándose llevar al aula con piano.
Una vez dentro, el violinista lunar robó sus labios. Una sensación que no supo definir de otra forma que "cálida" llenó su pecho. Como si durante su sueño hubiese anhelado tanto ese contacto.
Sin saber precisamente qué hacer y manejándose con la naturalidad que sus encuentros les permitían, se dirigió al piano, donde una partitura lo esperaba ansiosa por ser acariciada por sus dedos.
Liam posicionó sus manos y comenzó a deslizarlas con suavidad por las teclas en un movimiento jactancioso que evocó un cosquilleo en la nuca y el abdomen de Sherlock.
La melodía se escurría a los oídos del hijo de la luna, como una caricia que lo calmaba. La misma sensación de encuentro y despedida que sintieron por la noche estaba en el ambiente gracias Osorezan Revoir.
El violinista sentía algo manar de su pecho y desbordarse casi incontrolable, era el sonido de Liam el que le provocó que reptara sus dedos por la quijada del pianista e inclinarse hacia él. Le convidó otro beso suave y sin segundas intenciones. Simplemente era satisfacer la invitación que la música reverberaba.
Fue entonces que notaron algo: esa misma sensación siempre estaba presente en el sonido de ambos, cuando tocaban juntos. Era como si hubieran resuelto uno de tantos enigmas entre ellos. Liam cerró sus ojos y permitió que sus labios tocaran una melodía distinta con los de Sherlock. Había sonidos sencillos e irónicos, llenos de deseos y aún envueltos en castidad.
