Partitura XVI

No podía dormir. Liam yacía recostado en su cama observando la luz de la luna que se colaba por su ventana y repasando mentalmente todo lo ocurrido. El día había sido como una montaña rusa. Y toda tenía que ver con Sherlock. Desde su sesión de besos por la mañana, hasta su encuentro con William al atardecer.

Por fortuna, William seguía aun en shock y no mostraba señal de hacer algo. Al menos no por ese día. Era una cosa menos con la cual lidiar. Sus remembranzas pasaron por alto su temprana retirada del parque, luego de los piques de Sherlock y se centraron en su regreso sigiloso.

Cuando arribaron a casa, William se mantuvo con el ceño fruncido, pero en silencio. La práctica de piano que tuvieron, se percibió mecánica. Realmente, ninguno de los dos quería estar en la misma habitación que el otro en ese momento.

Fue Lewis quien, al percibir los sonidos tan mecánicos y desagradables del piano, los interrumpió. Por supuesto, lo hizo más por su hermano que por William o "el hijo de los Moriarty" como lo llamaba. Les había llevado un poco de té y algo para comer. Sabía que William no aceptaría, pero fue la mera cortesía la que lo había impulsado a llevar algo para él también. Cuando les sugirió el breve descanso, ambos aceptaron su propuesta. Aunque Lewis se desconcertó cuando vio que William tomó uno de los emparedados que había preparado y los empezó a comer ahí mismo.

Detalle que no pasó de ser percibido tampoco por Liam. Era extraño. Supuso por qué, pero no restaba lo inusual de la escena. No dijeron nada, los tres comieron en silencio, sintiendo la tensión. No era que Liam y Lewis no tuvieran de qué hablar, simplemente, no tenían ganas de hacerlo. Siempre habían sido cómplices el uno del otro, incluso en el silencio. Y gracias a los constantes ataques que les hacía William, nunca se habían integrado con él.

Poco después de terminar, William se levantó en silencio y dejó solos a los hermanos. Tan pronto abandonó la sala, escuchó sus voces. Eso le hizo rabiar. Él nunca había sido parte de esas conversaciones. Ni con ellos, ni con su propio hermano, Albert. Siempre se había sentido hecho a un lado por parte de los tres. Pese a que se consideraba el favorito de sus padres, siempre sintió que no había lugar para él entre sus hermanos. Suspiró cansinamente. Sabía que no tenía el suficiente talento para seguir por la carrera que complacería a sus padres. Tenía la educación, él dinero y el renombre. Pero el tiempo en convivencia con su hermano sombra, le habían hecho notar que, fuera de eso, no tenía nada. No tenía talento, no tenía pasión, no tenía amigos que dieran la cara por él, no tenía pareja, ni una relación fraternal que lo respaldara. Y cada día, se percataba más y más de la insoportable diferencia entre ellos.

Por su parte, Liam y Lewis llevaban una charla amena en el comedor.

— Fue una deliciosa merienda, Lewis.

— Gracias. A pesar de que los últimos días has estado inusualmente contento, hoy sonabas tenso. ¿Sucedió algo?

— He hecho un amigo muy interesante — le confió.

— ¿El del otro día? ¿El que tocó capriccio de Paganini?

— Sí. Me agrada mucho — mantuvo sus manos empuñadas, descansando sobre sus muslos luego murmuró una confesión — Probablemente más de lo conveniente.

Lewis estuvo en silencio escuchándolo y entendiendo lo que esa confesión tímida significaba. Notó con facilidad lo tenso que estaba su hermano, así que permaneció callado, alentándolo a continuar.

— Quizá a ti te desesperaría su forma de ser tan laxa, pero creo que no lo odiarías tampoco — una sonrisa suave se dibujó en su rostro.

— Si a ti te agrada, no puede ser tan malo — lo apoyó, esperando a que continuara.

— El día de hoy, William fue a conocerlo — hizo una pausa y después, agregó apresurado, como si se hubiera arrepentido de su anterior comentario — Quería presentártelo apropiadamente a ti primero.

La expresión de Lewis cambió. No por el orden en que conocieron al amigo de Liam, sino, por la movida de William. Ya antes había sucedido algo similar. No había sido con una persona significativa para Liam, pero no restaba que William había tratado de aislar a su hermano, saboteando sus relaciones.

— Dudo que suceda lo mismo que esa vez — le animó.

— Opino igual. Sherlock Holmes es un hombre muy interesante que piensa por sí mismo.

— ¿Holmes? — hizo un breve silencio por la impresión— Es muy diferente del rector Holmes.

Al notar cómo su hermano pudo resolver, a diferencia de William, que Sherlock era hermano de Mycroft Holmes, se sintió orgulloso de él.

— También le agradarías, aunque imagino que al inicio no sabría cómo tratarte — rio — Son de caracteres muy diferentes.

Ese último fragmento de su memoria, le trajo una sonrisa que lo hizo finalmente conciliar el sueño.

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La preciada melodía y el anhelado sonido que tanto había extrañado escuchar, pudo percibirlo al fondo de su casa, en el estudio musical que tenía la familia Holmes. Se encaminó hacia allá, dificultándosele el mantener la compostura.

Sonrió al divisar la espalda perfectamente erguida y las hebras de sol de su pianista ya no tan misterioso. Un cosquilleo cálido se esparció desde su abdomen hasta el resto de su cuerpo. Llevaba el violín en sus manos y sin vacilación, se unió a él.

La exquisitez del piano y el violín fusionándose para construir la melodía, lo llenaron de un éxtasis que solo sentía con Liam. Su respiración se agitó mientras sus dedos evocaban su fascinación en forma de música.

Al cabo de los restantes dos minutos en las que los sonidos de sus instrumentos se aparearon, Sherlock bajó su violín.

— Sabía que eras tú.

Se sentó a su lado en el banquillo del piano y sujetó el rostro de Liam para besarle.

— Sherly — su voz salía entrecortada por los besos — Te escuché… a través de… la…ventana.

Entre ósculos, se las arregló para pasar su pierna por debajo de la de Liam, y comenzó a acariciar desde la rodilla, subiendo y bajando por el muslo interno del muchacho, para después, terminar jalándolo y sentándolo en su regazo.

Las manos de marfil se unieron en acariciar la piel lunar, mientras se amalgamaba a la boca del violinista. De repente, el pianista se alejó y se puso de pie con la mirada encendida y los labios nacarados por la saliva. Su respiración estaba igual de agitada que la de su compañero. Su equilibrio era tan pobre que hizo sonar las teclas del piano cuando terminó medio sentado en ellas.

Liam abrió un poco las piernas y con una mirada seductora, lo invitó. Sherlock volvió a hacer posesión de sus labios mientras tallaba su virilidad con la de su pareja. El rubio anudó una de sus piernas a la del azabache.

— Sherly…

— Liam…

Las manos pasearon por debajo de la camisa. Entre caricias, y antes de notarlo, el rubio yacía desnudo, medio sentado en el piano, haciéndolo sonar con cada leve movimiento.

Sherlock se sintió aún más despierto al enfocar su vista en la forma en la que el vello dorado resaltaba entre el blanco y negro del enorme instrumento. Su mirada descansaba ahí o en carnosidad marfil que reposaba sobre las teclas.

Despertó sobresaltado cuando sintió la humedad en sus pantalones. Su respiración seguía agitada y se encontraba como un carbón encendido. Los sueños húmedos eran algo normal, sin embargo, el contenido de los suyos solía ser sobre sí mismo resolviendo un enigma. Nunca había sido algo así.

Suspiró.

Este sueño había sido tan nítido, que se sintió abrumado. Todo ese día había sido muy diferente. Lo que había sucedido a primera hora en la academia había despertado algo en él, era evidente gracias a la mancha en su pantalón.

— Mira nada más cómo me pongo por ti, Liam — dijo dejándose caer de nuevo en la cama con cansancio — Y aun no compruebo que seas tú.

Luego de observar el techo por breves segundos y con la sensación de incomodidad en sus pantalones, se levantó.

— Tu supuesto hermano interrumpió.

Aún tenía fresca la imagen del rubio invitándolo con el cuerpo y con la mirada. El semblante de travesura se adueñó de él. Se cambió la ropa, tomó su violín y su teléfono; y salió de la casa.

Su destino: el parque.

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Despertó por el cosquilleo que sintió en la parte baja del abdomen. Se cubrió el rostro con su mano, un tanto avergonzando. Aunque era algo normal en un hombre joven, no menguaba el bochorno que le daba pensar en el tipo de sueño que acababa de tener. No solo por la naturaleza del mismo, sino que, él era quien principalmente invitaba a Sherlock en el sueño.

Nunca se había considerado una persona del tipo sexual. Quizá porque nunca se había enfocado en el tema o nunca había conocido a alguien que lo hiciera considerar el tema como una realidad cercana para él. Sin embargo, ahora que estaba en su puerta, se sentía impactado. Se levantó de la cama y fue al baño azarado para asearse, aun se sentía algo agitado por su sueño y necesitaba una ducha.

Se desnudó tan rápido como pudo, templó el agua a un punto que le ayudara a bajar el fervor de su cuerpo y se hundió en el líquido. Los recuerdos de su ensoñación se presentaron como una llamarada que volvió a colorear su piel y a despertarlo.

Suspiró.

Observó su mano con incomodidad. No es que le desagradara el sexo, ni mucho menos que le asustara. Sin embargo, a veces, le era difícil pensar en sí mismo como en un pedazo de carne con terminales nerviosas. Dos razones se le ocurrían: la primera, la ausencia de deseo que había tenido hasta ahora y la segunda, le avergonzaba admitirla…

— Es algo natural — justificó en un murmullo, cortando sus pensamientos al tiempo en que dirigía su mano para autosatisfacerse.

Un mensaje en su teléfono le esperaba al salir de su ducha. Una invitación nocturna.