Partitura XVIII

Despertó con el cálido cuerpo de su amante a su lado, quien aún continuaba durmiendo. Lucía cansado, pero también, sumamente plácido. No pudo conformarse únicamente con la vista, acarició su mejilla con el dorso de su mano y bajó su mano para recorrer una vez su pecho y abdomen.

Sin respuesta.

Le dio un beso en la frente y le removió algunos cabellos del rostro.

Aun sin respuesta.

— Liam — susurró en su oído.

Dio más besos en su rostro y el hijo del sol se removió apenas, tratando de prolongar su sueño envuelto en el aroma lunar.

— Liam, despierta.

Sherlock siguió meciéndolo con suavidad y repartiendo besos ocasionales en su rostro, conteniendo lo más que podía, las caricias al cuerpo solar. Con suma dificultad, los rubíes se abrieron paso y se asomaron con parsimonia.

— ¿Sherly…?

— Es hora de despertar, Liam.

Liam se apoyó en sus brazos para intentar despertar, sin mucho éxito. Sherlock sonrió.

— Iré por algo para desayunar — comentó levantándose de la cama y vistiéndose.

El tiempo pasó veloz, Sherlock fue y volvió de una tienda cercana con un par de vasos con café y dos rebanadas de pastel, un strasbourg y un shortcake. Por alguna razón desconocida para él, se le había antojado algo dulce.

Liam estaba medio sentado en la orilla de la cama, todo el cuerpo le dolía un poco, pero más la cadera, su mente aún estaba nublada por Morfeo. De repente, sintió a Sherlock sentarse a su lado, rodear sus hombros con un brazo y presionar algo contra sus labios, pidiéndole entrada.

Por inercia abrió sus labios, receptivos de lo que fuera que Sherlock tuviera que darle. La dulzura ácida de una fresa derritió su boca. Y percibió una nueva presión, esta vez de unos labios contra su mejilla.

Una sonrisa somnolienta se abrió paso en el rostro solar y susurró el nombre del lunariano.

— Sherly…— susurró terminando de comer aquella frutilla.

El beso se escurrió desde su mejilla hacia el cuello, donde se demoró entre besos, succiones y leves mordidas.

— Nnh…

La mano intrusa de Sherlock se deslizó por la cara interna del muslo de Liam, de arriba abajo, desde la rodilla hasta la ingle, donde apretaba levemente la zona, despertando en más de un sentido al dueño de los ojos escarlata.

El rubio sintió el cosquilleo propiciado por aquella caricia, qué, junto al ósculo en su cuello, le hicieron perder fuerza y terminó recostado de nuevo en la cama, permitiendo a su depredador servirse de él.

— Liam…

Las manos de rubio bajaron para mantenerse en conexión, abriendo las prendas y consintiendo al moreno que parecía aun insaciable.

— Debo dejarte ir, Liam… — susurró aun libando del cuello lechoso y palpando cada extensión de piel.

— Llegaremos tarde… — coincidió, aumentando la velocidad con la que masajeaba sus miembros, impidiendo toda intensión de Sherlock por alejarse.

Percibieron sus músculos tensarse y un calor abrasador extenderse desde dentro de ellos, el aroma que percibían era conocido y nuevo al mismo tiempo.

Los cabellos largos de Sherlock rozaban la piel enrojecida de Liam, quien ante el mínimo estímulo reaccionaba dilatando sus pupilas de manera involuntaria.

Descansaron sus cuerpos nacarados en sudor por unos minutos, hasta que, Liam dejó atrás su plácido espacio entre los brazos de Sherlock y se dirigió desnudo al baño, ante la mirada del moreno, quien no perdía de vista el apetitoso melocotón que adornaba sus caderas.

En el baño, el hijo del sol se enfrentó a su reflejo que, portaba en la piel alba, algunas galaxias nebulosas e irregulares de color rojizo. La más llamativa era la que recién se había generado en su cuello.

Tan impactado estaba con la imagen que lo tomó por sorpresa sentir los brazos de Sherlock envolverlo desde atrás.

Otro beso en su mejilla.

Las manos traviesas volvían a recorrer su abdomen y trataban de dirigirse una vez más, al miembro del pianista.

— Sherly, debemos irnos — dijo un poco más serio.

Sherlock suspiró y apoyó su frente, en el hombro de su amante por unos momentos.

— Lo sé.

Liam se liberó de sus brazos, y se dirigió a abrir la regadera para templar el agua. Tan pronto estuvo templada, invitó al violinista a bañarse con él.

Se bañaron juntos, cada uno ocupado con su propio aseo, pero con la tentación constante de tocar al otro. Ocasionalmente, sus miradas se encontraban, pero intentaban romper el contacto pronto. De otro modo, sabían que no se irían nunca. El eclipse estaba llegando a su fin.

Se vistieron, tomaron el ligero equipaje que llevaban y entregaron la llave en recepción.

Una vez en el parque donde se habían encontrado en la madrugada, un silencio dramático se hizo presente. Ninguno de los dos quería separarse, sin embargo, era el momento. Cualquiera que los viera podría notar rápidamente que se habían escabullido para tener un encuentro nocturno, así que, conscientes de la atmósfera entre los dos, no perpetuaron su despedida y cada uno volvió a su respectivo hogar.

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Sherlock entró por la ventana a su habitación, así que no lo vieron ingresar o salir de la casa. No obstante, sabía que el aroma de una marca distinta de jabón lo exhibiría cuando bajó al comedor y se encontró con la sorpresa de que su hermano había ido a desayunar.

— Sherly — lo llamó su madre — Ya está el desayuno.

Sherlock lo sabía, lo estaba poniendo a prueba. Ser parte de una familia con habilidades de deducción tan desarrolladas, complicaba el mantener secretos. Definitivamente debía mudarse pronto.

— No gracias, no tengo hambre.

Se limitó a aceptar lo que su madre y su hermano ya sabían. Una parte de él esperaba una reprimenda. No obstante, se relacionaba tan poco con las personas, que su familia no le riñó. Al contrario, le celebraron el que hubiese salido con alguien, para variar las cosas. Más por incomodidad que sed, se sirvió un vaso con agua y comenzó a beber de ella.

— ¿Y quién es la afortunada, Sherly? — preguntó su madre.

Mycroft dio una pequeña mirada a la expresión de su hermano, mientras se echaba un bocado y agregó sin mayor revuelo:

— ¿O afortunado?

Sherlock comenzó a toser. Había sido totalmente descubierto. Frunció el ceño. Si Mycroft ya sabía que no era una mujer, no veía el caso en orillarlo a decir su nombre, porque probablemente ya lo sabría también. Era casi como si buscara avergonzarlo. Nunca había entendido lo que pasaba por la cabeza de su hermano.

— Invítalo a cenar un día — pidió su madre.

— Tiene toque de queda — rebatió.

Un silencio se prolongó. Había sido una excusa realmente tonta, considerando que habían pasado la noche fuera.

— Te pegó fuerte — comentó la dama llevando una de sus manos a su mejilla, enternecida por el romance de su asocial hijo — Hasta tu habilidad para mentir ha descendido, Sherly.

— El amor entorpece hasta al más listo — comentó Mycroft sonriendo, contento por su hermano.

Sherlock desvió la mirada avergonzado. Lo último que quería era compartir su reciente intimidad con otras personas. ¡Era privado! No obstante, agradecía la aceptación de su familia. Lo cual, lo llevó a pensar en Liam ¿cómo estaría?

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Por su parte, Liam ingresó con cuidado a la casa. Nadie lo recibió en la puerta, pero se topó con su padre adoptivo de camino a su habitación.

— ¿En dónde estabas?

— Salí a caminar desde temprano al parque — mintió. El silencio de su tutor le instó a continuar — Necesitaba hacer algo de ejercicio.

El hombre no le prestó mayor atención, parecía satisfecho con la explicación, por lo que, siguió su camino, ignorándolo. Liam se alegró de haberse encontrado con él. Sus padres adoptivos estaban tan ensimismados que no le prestaban atención suficiente como para saber cuándo mentía. Siempre y cuando él no fallara en su acuerdo, ellos ni volteaban a verlo.

Por otro lado, la historia era diferente con sus hermanos. William podía percibir sus mentiras, pero era incapaz de descubrir la verdad sin hacer trampa, en cambio Lewis y Albert tenían un mejor ojo y habilidades deductivas. Con solo verlo podrían deducir que no había salido a caminar.

Con eso en mente, llegó hasta la puerta de su habitación y ahí se topó con Lewis, quien venía caminando por el pasillo y que, al verlo, su expresión se relajó lo suficiente para saludarlo. Y cuando Liam abrió un poco la puerta de su habitación ambos notaron que William estaba dentro, pero fingieron ignorarlo y charlar fuera de la pieza.

— ¿Disfrutaste tu caminata? — cubrió a su hermano.

Para Lewis, era obvio que Liam no había pasado la noche en casa, el olor diferente del shampoo y el jabón, que no estaba sudando luego de "ejercitarse", que no llevaba ropa deportiva, el chupetón en su cuello, la confesión de su hermano del día anterior.

— Sí, gracias Lewis. Hice la ruta que me recomendaste mientras seguía oscuro. Tenías razón, fue muy relajante.

— Me da paz que te lo permitas de vez en cuando, aunque no esperaba que fueras desde tan temprano.

— Lo siento. Aunque, precisamente por eso te envié el mensaje, para que no te preocuparas al despertar.

Liam estaba consciente de las inseguridades de William. Y decidió explotarlas. Era más sencillo predecir patrones llenos de ira que aquellos envueltos de indiferencia. Así que hacerle ver lo armoniosa que era su relación con Lewis, era una forma de sacudirlo mentalmente.

Terminó de abrir la puerta invitando a su hermano a pasar, sabiendo ambos, lo que encontrarían en el interior.

— No te molestes. Sé que no fuiste a caminar — atacó de inmediato.

— William ¿Estabas ahí? Buenos días — pretendió notarlo.

— Sé que no pasaste la noche en casa.

El hijo del sol estaba consciente de eso. Era el motivo por el cual había estado volteando hacia atrás de camino al hotel, sabía que William lo había estado siguiendo. Además, su hermano adoptivo no era tan bueno como se creía para fanfarronear y mentir. Así que Liam se divertiría mezclando mentiras con verdad, avanzando y retrocediendo para romper su ritmo.

— ¿Leíste mis mensajes mientras me bañaba? — le intimidó Liam.

William se sintió descubierto. Sí había leído el mensaje, aunque no pensó que fuera importante, solo había sido una canción. Su silencio era una admisión por sí misma, que llevó a Liam a presionar más.

— Así que eras tú quien me estaba siguiendo durante mi caminata.

El desconcierto de William por los avances y retrocesos de Liam en cuanto a la información que admitía y negaba, era notorio en su rostro. Con lo que recién le acababa de decir, recordó la canción del mensaje a la cual, no le dio sentido hasta escuchar el ruido de Liam al salir de la propiedad, eso había sido lo que lo habían orillado a seguirlo en primer lugar. Debía concentrarse y no caer en las distracciones que tan sinuosamente le tendía.

— ¿Cómo estás tan seguro de que fui yo? Este, estuvo inquieto desde muy temprano, si viste a alguien, seguro que ha de haber sido él — dijo señalando a Lewis, para descontento de Liam. El acusado solo frunció el ceño.

— Porque a Lewis le había mandado un mensaje para que no se preocupara. Él sabía en donde estaba, así que no tenía necesidad de seguirme — apoyó su mano en el hombro de Lewis, intentando tranquilizar a su hermano menor— Si estaba inquieto debía ser por el examen que tiene hoy.

William apretó la mandíbula. ¡Otra vez esa diferencia! ¡¿Por qué todos adoraban a este chico?! Se las había arreglado para hechizar a su hermano con su música, a sus maestros ¡a todos! Incluso había conseguido ser adoptado y registrado con el mismo nombre que él ¡Listo para ser reemplazado! ¡Como si todos estuvieran esperando para deshacerse de él! Sabía que ese chico con el que ahora compartía identidad no lo odiaba y eso mismo lo frustraba. ¡Volvía más difícil todo porque realmente parecía agradable!

Pero no, no debía dejarse engañar. Su sombra seducía a todos con su manera de hablar, llamando la atención, y por eso, terminaban dejándolo solo ¡Como si no valiera nada! ¡Hasta su propio hermano lo veía con repudio! Sus padres no confiaban en su habilidad. Simplemente no podía dejar que siguiera la situación. No podía seguir siendo "nadie".

Por parte de Liam, lo que había dicho no era del todo mentira. Sí le había enviado un mensaje a Lewis, pero se lo había enviado cuando salió del hotel esa mañana. Y Lewis sí tenía un examen ese día, pero nunca se ponía nervioso. Todo eso, no era más que su forma de entrampar a William, aprovechando su envidia y la ignorancia sobre sus vidas. Al juzgar por la expresión facial de William, lo había logrado.

— Te vi salir y te seguí — admitió.

— Debió aburrirte solo verme caminar por el parque.

Apretando la mandíbula, William sacó su teléfono y le mostró unas fotos.

Aunque estaban muy oscuras, Liam sabía que eran de él mismo y Sherlock besándose en el parque, otra de ellos caminando muy acaramelados y otra más de ellos entrando al hotel.

Liam mantuvo su expresión serena, por otra parte, Lewis parecía molesto. No por el contenido de las fotos, sino, por el descaro de William.

— Tienes un pasatiempo muy extraño. Tomar fotos de parejas por la noche. No creo que haga feliz a papá — presionó los celos del castaño.

De pronto, la expresión de William cambió, como si hubiese tenido una epifanía que se convertía una esperanza a la cual aferrarse como un náufrago a una tabla en el mar.

— Ya entiendo por qué alguien de la familia Holmes preferiría asociarse contigo, antes que conmigo.

De pronto recordó a su hermano Albert y un sin número de cosas se desarrollaron en su cabeza, saliendo sin filtro por su boca.

— ¡Te revuelcas con él! ¡Por eso has avanzado tanto en esta carrera! ¡Te vendes como una prostituta barata a cambio de posiciones! ¡Con mi hermano! ¡Con el hermano del rector! ¡Con todo el que se cruce por tu camino!

La expresión de Liam y Lewis no cambió, pese al shock mental. Estaban conscientes de que William diría toda clase de cosas e intentaría toda clase de humillaciones mientras pudiera. Pero, aun así, eso era demasiado. Trataban de procesar lo que estaban escuchando.

Por parte de William, se sentía a desbordar. A su mente la rebosaban toda clase de cosas. Mientras recordaba a su hermano y cómo se comportaba con esos dos, fue que cayó en cuenta que esa supuesta deducción, era una mentira. Esa esperanza era una luz falsa.

Lo sabía, pero no podía tolerar la otra realidad. Su sombra no necesitaba acostarse con nadie por posiciones. Siempre lo había demostrado. Su talento por sí mismo le abría las puertas. Era por eso que en primer lugar estaba tan frustrado. Porque él no tenía nada, ¡ni siquiera un sueño propio! En ese punto, no podía confiar ni siquiera en sus pensamientos. Pero no podía mostrar debilidad cuando había llegado tan lejos.

Su estado mental estaba en caos, fue tal, que lo llevó a escupir lo primero que tenía un mínimo sentido gramatical.

— Este es el trato: guardaré tu secreto — dijo señalándolo— Pero quiero que Holmes lo sepa y me deba un favor. Asegúrate de decirle que soy más listo que tú, que así te descubrí.

— ¿Te escuchas cuando hablas? — inquirió Lewis incrédulo.

Liam tuvo que reprimir sus ganas de reír. De verdad William se sintió afectado por las palabras de Sherlock. Era bueno saberlo. Pero este trato ¿cuál era la trampa? Quería dejarle en claro algo, a él podía hacerle lo que quisiera, pero no aceptaría ninguna clase de maltrato a su hermano o a Sherlock Holmes. Era algo fuera de negociación.

— ¡Por supuesto que me escucho! ¡Tú no te metas! — se defendió. Lo último que quería era volver a quedar como tonto. Había sido muy humillante siempre estar por debajo de todos.

— Acabas de decirle a mi hermano que…

— No pasa nada, Lewis — lo detuvo.

Aunque Liam no lo admitiría con William, estaba considerablemente más molesto de lo que aparentaba. Pero no por ello menos lúcido, debía resistir un poco más en esa casa. Solo era cuestión de tiempo. Por lo pronto, le demostraría que no estaba en posición de negociar.

— Esas fotos no prueban nada— dijo sujetando el teléfono y haciendo un acercamiento.

— Están tan oscuras que no se distingue mucho — secundó Lewis.

— Tal vez dos personas besándose, probablemente hombres. Pero podría ser cualquiera.

Le devolvió el teléfono.

— Sabes que son él y tú.

— Esas fotos dicen mucho más de ti que de mi hermano. — intervino Lewis, jugando el papel que Liam le había encomendado en el mensaje de la mañana.

— ¿Te gusta ver hombres besándose y fotografiarlos? — fue el turno de Liam para atajar — Ya antes me habías mostrado algo similar.

La expresión de William se enturbió, palideciendo. Se refería a las fotos que le había tomado antes, fotos que no salían tan mal como estas, pero sin duda, más nítidas.

— No te juzgo, pero ¿Eso le dirás a papá? ¿o al rector Holmes? — su mirada escarlata parecía dos lagos de sangre, su piel estaba tan destellante por su previa actividad que le daba un aspecto demoniaco y angelical al mismo tiempo — Qué tarjeta de presentación tan extraña y poco conveniente.

La inusual confrontación de Liam, le había hecho notar a William su estado defensivo y pudo verlo también en él mismo. Entonces, llegó otra revelación. Había entendido algo. Por primera vez desde que lo conocía, sintió que había hecho un descubrimiento relevante sobre el muchacho que había robado su identidad.

Al parecer, de verdad sentía algo por el hermano del rector Holmes. Después de todo, no lo había confrontado con tanta… ¿violencia? para defender a alguien que no fuera su hermano menor. Y más aún, nunca antes había lucido tan temible. Era una expresión que jamás había visto en nadie, una feralidad disfrazada de sonrisa.

— ¿L-lo estás defendiendo? — tartamudeó, maldiciéndose internamente.

— Creo que ayer en la tarde, comprobaste que, él no necesita que yo lo defienda.

Liam había notado algo en William, esa expresión de temor en su rostro, era diferente. Incluso si las fotos de anoche no podían ser usadas, William aún no se percataba que Lewis había sustraído las fotografías que le había tomado la ocasión anterior que intentó amenazarlo. De modo que, él aun pensaba que tenía con qué sostener su postura, y pese a ello, no manifestaba intención de mostrarlas ¿lo había olvidado? No. Ni él podía ser tan descuidado. No cabía duda que debía observarlo más.