Capítulo 8: Whisky, miedos y verdades


"And the most terrifying question of all may be just how much horror the human mind can stand and still maintain a wakeful, staring, unrelenting sanity."

(Y tal vez la pregunta más aterradora sea cuánto horror puede soportar la mente humana y aún así mantener una cordura firme e implacable.)

Stephen King, Cementerio de Animales.


Draco abrió la puerta del despacho sin golpear, como solía hacer siempre. Al principio, lo había hecho simplemente para molestar a Potter. Y tal vez, una parte de él también sentía que estaba habilitado a hacerlo, dado que ese despacho le había pertenecido en otra época a su difunto padre Lucius, y por herencia, le correspondía a él. Pero con el paso de los años desde que la Orden del Fénix se había instalado en la Mansión Malfoy, aquella conducta se había convertido más en una costumbre que en una provocación.

Acostumbraba a visitarlo por las noches, cuando el resto de la casa descansaba después de un día agitado de entrenamientos, maquinaciones, investigaciones e interminables visitas. Era uno de los pocos momentos en que Draco podía encontrar a Potter a solas, sentado en el despacho contemplando el mapa de Europa que había colgado de una de las paredes y en donde los distintos países iban coloreándose en función de la evolución de la guerra. Había sido testigo de cómo, gradualmente, el mapa había ido virando de color hacia tonalidades rojas a medida que el enemigo avanzaba desde el este e invadía uno a uno los países limítrofes, acercándose peligrosamente hacia las potencias continentales… Y hacia ellos.

—Dime que has comprado un whisky como la gente, Potter, porque necesito un trago —exclamó mientras entraba a la sala sin prestar demasiada atención al interior.

Se detuvo en seco al comprobar que había más personas allí además del propio Potter. Como era costumbre, Ronald Weasley lo miraba con cara de pocos amigos, el ceño fruncido y los dientes apretados, prácticamente rechinando a causa de las palabras que de seguro se estaba conteniendo de decir. Junto a él había un muchacho joven de cabello cobrizo que tenía casi la misma altura que el propio Weasley, pero el doble de músculos. Tenía la nariz torcida producto de algún golpe que había recibido y le había desviado el tabique.

No eran los únicos. Zaira Levington le sonrió de forma educada desde una de las sillas colocadas frente a Potter. De pie, detrás de ella, se mantenía otro chico joven cuyos rasgos Draco encontró extrañamente familiares. Era esbelto y mantenía una postura erguida que denotaba que venía de alta cuna. Tenía el cabello rubio peinado hacia atrás impecablemente, y sus ojos negros eran indescifrables. A diferencia de Zaira, llevaba una expresión más seria, aunque sus labios tenían una leve expresión arrogante, cuasi burlona, como si se estuviese riendo de un chiste que solo él entendía.

Por último, sentada al otro costado de Potter se hallaba una de las múltiples crías que habían tenido los Weasley. A diferencia de la mayoría de sus familiares, su cabello no era colorado, sino castaño. A pesar de que llevaba puestas unas gafas, se podía distinguir la misma mirada azul que su tío Ronald.

Todos ellos vestían todavía sus uniformes de Aurores y había una serie de documentos esparcidos sobre el escritorio. Ronald se apresuró a cerrar una de las carpetas, obstruyendo los papeles contenidos en su interior del campo visual de Malfoy.

—¿No te enseñaron a tocar antes de entrar, Malfoy? Estamos en medio de algo aquí —espetó Ron. Draco revoleó los ojos.

—¿No hay suficiente gente ya en esta casa como para que también traslades tu departamento de aurores aquí? —retrucó defensivamente Malfoy, arrastrando las palabras con desgano, fingiendo una indiferencia que no le era real.

—Te presento a los nuevos integrantes de la Orden del Fénix, Draco —intervino Potter en su tono más conciliador, señalando con la mano a los dos muchachos. A veces, Draco extrañaba al viejo Potter de Hogwarts. Era más fácil de molestar que a la versión adulta. La versión joven de Potter lo habría mandado a la mierda tan pronto cruzar la puerta.—Hamilton Knight y Jasper Yaxley —siguió hablando Harry, señalando alternativamente a ambos muchachos.

Yaxley. El apellido resonó como un eco en la memoria de Draco. Necesitó de toda su habilidad como Oclumente para contener los recuerdos que amenazaban con resurgir a la superficie.

La mirada de Draco se detuvo inevitablemente en el rostro del muchacho rubio a quien Harry había llamado Jasper. Durante una fracción de segundo, el chico le devolvió la mirada con petulancia.

—Apenas tienen edad para dejarse crecer la barba —recuperó finalmente el discurso Malfoy, desviando su mirada hacia Potter.

—Han completado su entrenamiento en Camelot —argumentó a su favor Zaira. Draco resopló.

—¿En serio? Porque parecen niños que se han robado el uniforme de trabajo de sus padres para jugar a que son adultos —siguió provocando Draco.

—Más respeto, Malfoy. Estos muchachos se han ganado esos uniformes —le advirtió Ron entre dientes apretados.

—Lo dices como si eso fuera garantía de algo —una sonrisa desdeñosa se dibujó en el rostro afilado de Malfoy.

—Se da cuenta de que nosotros podemos escucharlo, ¿verdad? —susurró el muchacho llamado Hamilton a su compañero Jasper, con el ceño levemente fruncido, evidentemente ofendido por el destrato de Draco. Pero Yaxley contemplaba el intercambio de palabras con una expresión divertida.

—Si he de ser honesto, el uniforme te queda espantoso, Knight —dijo Jasper, encogiéndose despreocupadamente de hombros, todavía sin despegar los ojos de Draco.

—Estos chicos tienen mucho más para ofrecer que tú —gruñó Ron, su rostro adquiriendo un tono rubicundo que anunciaba peligro. Draco acentuó su sonrisa. Siempre podía contar con Weasley para divertirse un rato.

—Oh, no lo sé, Weasley. Si no fuera por mi generosa colaboración, la Orden del Fénix no tendría siquiera un cuartel donde poder ocultarse y evitar ser masacrados como insectos —las palabras salieron filosas como flechas ponzoñosas de los labios de Draco. Era reconfortante poder meterse, aunque fuera tan solo por unos minutos, en ese terreno que le resultaba tan conocido y familiar. Y Weasley lo acompañaba a la perfección.

—¿Generosa colaboración? Maldito hurón arrogante, deberías agradecernos de rodillas que todavía sigues vivo siquiera —se enfureció Ron, dando un paso amenazante hacia él. Harry se puso de pie y estiró un brazo para apoyar una mano sobre el pecho de su amigo, conteniéndolo.

Draco aguardaba firme en su lugar, expectante, ansioso. Sentía ese cosquilleo debajo de la piel que le erizaba los vellos, anunciándole la cercanía de un posible peligro. Una parte de él se sintió decepcionada de que Potter interviniera. Ansiaba la reacción de Weasley. Prácticamente se había preparado para recibir el impacto. Casi que lo había deseado. Lo había buscado. Quería sentir algo, aunque simplemente fuese el dolor de un golpe.

—Podemos continuar con esto mañana —dijo Potter lanzando una mirada de advertencia a Ron. El pelirrojo estaba furioso. Soltó un fuerte resoplido, alzando las manos hacia arriba en un gesto de derrota.

—Vamos, muchacho. No toca la guardia de la noche —exclamó sombríamente Ronald y le hizo un gesto a su discípulo para que lo siquiera.

No se despidió del resto y al pasar junto a Draco se aseguró de chocarlo con el hombro, haciendo que Malfoy perdiera el equilibrio y se tambaleara levemente. Harry suspiró y se llevó una mano al rostro, restregándose los ojos detrás de los anteojos.

—Zaira, ¿ustedes pueden…? —dijo Harry mientras volvía a sentarse, exhausto.

—Le echaremos un ojo por la mañana —prometió Levington, tomando una carpeta de la mesa y entregándosela a Yaxley.

El muchacho la agarró con un ademán elegante y la enrolló para guardarla en el bolsillo de su túnica, seguramente hechizado para poder contener algo tan grande como un legajo entero. Pero incluso mientras obedecía las órdenes que se le daban, Draco podía sentir que Jasper lo miraba de reojo, con irreverente curiosidad. En cierta forma, le recordó a él mismo cuando era joven y lo suficientemente arrogante como para mirar al mundo de esa forma.

—Un placer conocerlo, señor Malfoy —dijo con fingida cortesía Jasper y una leve inclinación de cabeza que a Draco le recordó a los saludos formales que acostumbraban a intercambiarse en las pomposas reuniones de la aristocracia londinense.

—Nos vemos mañana, Harry —se despidió Zaira, poniéndose de pie—. Señor Malfoy —agregó hacia él, siempre correcta.

—Yo voy a repasar estos informes y ver qué más puedo extraerles —dijo expeditivamente Molly, recogiendo el resto de papeles apresuradamente al ver que era la última que quedaba en el despacho del equipo. Salió de la sala con los brazos repletos de documentos que mantenían un precario equilibrio. Pero Draco notó el gesto de reproche que lanzó en su dirección antes de cerrar la puerta y dejarlos a solas.

Draco caminó hasta la barra y levantó una de las botellas transparentes para examinar el líquido en su interior más de cerca. Luego la destapó, la hizo girar con movimientos circulares y la aproximó a su nariz para apreciar el perfume que emanaba de la misma.

—Mmm… Escocés. Estacionado por… Déjame adivinar. ¿18 años? —preguntó mirando a Potter por encima de la boca de la botella. Uno de los extremos de la boca del auror tembló, dejando escapar una media sonrisa.

—Veinte —lo corrigió. Draco chasqueó la lengua mientras servía dos vasos de boca ancha.

—Y yo que creía que corregir tus atroces modales y tu paupérrimo paladar sería una tarea imposible… —suspiró sarcásticamente y extendió uno de los vasos hacia Potter.

Harry lo aceptó pero no bebió inmediatamente, todavía rumiando dentro de su mente algún pensamiento pendiente. Draco ocupó la silla frente a él donde minutos atrás había estado Zaira y dio un sorbo a su propia bebida. Lo saboreó en la boca durante unos segundos antes de tragarlo. Había que reconocerlo: era un buen whisky.

—Debes dejar de provocar a Ron —habló finalmente Harry.

—No es mi culpa que Weasley sea tan susceptible —dijo Draco, revoleando los ojos.

—Sí que lo es cuando te comportas como un idiota —retrucó su antiguo némesis—. Cielos, Draco. Es como si quisieras recibir una paliza —agregó, mirándolo fijamente con sus penetrantes ojos verdes. Efectivamente, había dado en el clavo.

—Por suerte existe San Potter para salvar el día —siseó con cinismo. Harry meneó la cabeza.

—Tal vez la próxima vez lo deje golpearte en esa bocaza que tienes, a ver si así aprendes a cerrarla de vez en cuando —sugirió levemente irritado, dándole un largo sorbo a su whisky.

—¿Y por qué no lo haces? ¿Por qué lo detienes si crees que me lo merezco? —estalló Draco, perdiendo también la paciencia. Harry entornó los ojos, examinándolo con cuidado.

—Tenemos suficientes enemigos intentando matarnos como para también hacerlo entre nosotros —le recordó Potter con voz sombría. Draco desvió la mirada, removiéndose incómodo en su asiento.

—¿Era eso de lo que estaban hablando? —se atrevió a preguntar. Harry exhaló y se masajeó la sien con una mano.

—Las presentaciones públicas de la Marea Roja son cada vez más frecuentes. El discurso de Zafira Avery está llegando a un porcentaje importante de la población, sobre todo entre los más jóvenes —explicó Harry, visiblemente preocupado.

—Es porque ellos no han tenido que vivir una guerra. No saben lo que significa —argumentó Draco con practicidad. Harry asintió, dándole la razón.

—Ha sido una jugada inteligente del Mago de Oz —dijo Potter con amargura—. Avery ha logrado convencer a la gente de que el Partido de la Rebelión por el Cambio no ha tenido nada que ver con los ataques que ocurrieron en Hogsmeade y en el Callejón Diagon.

—Es aún peor que eso, Potter —aclaró Draco—. El Mago ha logrado inspirar temor en la gente sobre el futuro. Y no hay nada más peligroso que una multitud asustada. Seguirán a cualquiera que les prometa seguridad con tal de sobrevivir.

Potter frunció el ceño y apretó fuertemente los labios. Era evidente que no le gustaba lo que Draco acababa de decir, pero lamentablemente, sabía que tenía razón.

—El Partido de la Rebelión por el Cambio está ganando muchos seguidores, tanto dentro como fuera del Ministerio —reconoció finalmente, apoyando el vaso de whisky vacío sobre la mesa.

—Si esa chica Avery ha heredado al menos un tercio de la inteligencia política de su abuelo, con la gente adecuada apoyándola, puede llegar a convertirse en una persona muy peligrosa, Potter —le advirtió Malfoy astutamente.

—Desde el cuartel hemos estado vigilando la actividad del Partido durante los últimos días. Mañana parece que Avery tiene planeado dar un discurso en el Callejón Knockturn… Zaira y Jasper se encargarán de vigilar la zona… —le reveló el jefe de los aurores. Draco negó con la cabeza inmediatamente, antes siquiera de terminar de escuchar lo que estaba diciendo.

—No es suficiente —dijo mientras se inclinaba hacia delante en su silla, apoyando los codos sobre la mesa y acercándose más a Harry—. Necesitas a alguien adentro.

—Cualquier auror quedaría demasiado expuesto a ser reconocido… —explicó Harry.

—Envía a alguno de los más jóvenes de incógnito —propuso encogiéndose de hombros.

—¿Te has vuelto loco? —dijo Harry alzando las cejas. Draco se encogió de hombros.

—Tú mismo lo dijiste, Potter. Los discursos de Zafira Avery tienen llegada principalmente hacia la población más joven… Aquellos que no han vivido la guerra en carne propia, pero que tienen hambre de gloria. Uno de los discípulos jóvenes llamará menos la atención que alguien mayor —insistió Draco. Harry se quedó mirándolo con la boca abierta. —No me mires así, Potter. Solo estoy diciendo lo que todos piensan pero ninguno se anima a pronunciar en voz alta.

—¿No se te ha ocurrido pensar que el motivo por el que nadie se anima a pronunciar en voz alta algo así es porque supone exponer a alguno de los más jóvenes e inexpertos a una situación sumamente riesgosa, con pocas probabilidades de éxito? —lo reprendió Harry—. Estamos hablando de una multitud de personas enfurecidas con el Ministerio de Magia reunidas en un contexto completamente legal. Si llegaran a enterarse de que hay un Auror espiándolos, nos acusarían de persecución política, violación de la libertad de expresión y pensamiento...

—No tienen por qué enterarse. Podrías modificar su aspecto físico…

Harry soltó un gruñido fatigado y encerró la cabeza entre las manos, hundiendo los dedos entre su cabello negro, alborotado y crecido, claramente sobrepasado por la insistencia de Malfoy. Draco reconoció eso como una señal para detenerse. Silenciosamente, volvió a llenar el vaso de Potter. Éste lo tomó y lo bebió de un solo trago.

—Lily esconde algo —Draco soltó finalmente lo que había ido a decirle. Inmediatamente Harry levantó la cabeza para mirarlo.

—¿Qué cosa? —preguntó con brusquedad. Draco torció una mueca.

—Si lo supiera no te estaría diciendo que lo esconde, cabeza rajada —espetó, dejando entrever su propia frustración.

—Pensé que eras bueno leyendo mentes—gruñó el moreno. Draco curvó una ceja desdeñosa.

—¿Leer mentes? ¿Eso crees que es lo que hago? —exclamó ofendido. Harry tuvo la decencia de sonrojarse.

—Sabes a lo que me refiero —masculló por lo bajo. Draco se recostó sobre el asiento, inspirando para calmarse.

—No cabe duda que tu hija heredó el cerebro de su madre —dijo Malfoy. Hizo una pausa antes de continuar—. Ha progresado mucho desde que comenzamos el entrenamiento un año atrás.

—¿Lo suficiente como para superarte? —fue el turno de mofarse de Potter. Draco resopló e hizo un movimiento despectivo con la mano.

—No, pero es lo suficientemente astuta como para saber que no necesita superarme. Solo tiene que asegurarse de que yo no pueda acceder a lo que no quiere que vea —explicó Malfoy. Harry frunció el ceño.

—¿Qué es lo que has logrado ver? —preguntó con cierta reticencia. Le incomodaba tener que hacer esa pregunta. Después de todo, estaban hablando de la mente de su hija.

—Muy poco. Cada vez que intento acercarme a esos recuerdos inmediatamente me desvía hacia otros sitios irrelevantes. Te lo digo... Se está volviendo buena oclumente —respondió Draco. Harry se quitó los anteojos con una mano para poder masajearse el puente de la nariz con la otra. —He visto a un muchacho —decidió revelarle Malfoy.

—¿Un muchacho? —repitió Potter, colocándose nuevamente los anteojos para poder verlo mejor.

—De Ravenclaw —continuó—. Lily confía en él.

—¿Quién es?

—No lo sé.

—¿Eso es todo? —Potter no se gastó en esconder su decepción.

—Sí.

—¿No puedes averiguar más? —se impacientó el auror. Draco se cruzó de piernas.

—No, a menos que desees que me abra paso a la fuerza por la mente de tu hija, Potter —fue la respuesta impasible del rubio. Potter se dejó caer completamente contra la silla, la cabeza colgándole hacia atrás.

—No, claro que no —reconoció finalmente, abatido.

Un silencio tenso se abrió paso entre ellos durante largos segundos. Draco no necesitaba usar Legeremancia para saber lo que Potter estaba pensando. Él también había considerado la opción de forzar las barreras de la mente de Lily para revelar lo que fuera que estaba ocultando. Pero lo había descartado inmediatamente. Conocía bien el sentimiento de violación que implicaba introducirse de esa forma en la cabeza de alguien. Lo había sufrido incontables veces a manos de Bellatrix durante la última guerra. No se sentía capaz de hacerle algo semejante a Lily. La muchacha había depositado su confianza en él. No podía traicionarla de esa forma.

—¿Te ha dicho algo de alguna nueva visión? —retomó la charla Harry.

—No. Dice que no ha tenido ninguna desde la visión de Felicity —respondió Draco en un tono metódico. Harry suspiró.

—Ha vuelto a tener pesadillas —le reveló.

—¿Ella te lo ha contado? —inquirió Malfoy, entrecruzando los dedos sobre su regazo. Potter soltó una risa amarga.

—No. Lily prácticamente no habla conmigo —se lamentó—. Pero su prima Roxie la escucha gritar algunas noches y balbucea en sueños.

—Y tú crees que son nuevas visiones —dedujo Draco. Potter se encogió de hombros.

—Siempre se le presentaron en sueños en el pasado —barajó el moreno.

—En el pasado no sabía oclumancia —puntualizó Draco. Harry lo miró esperanzado.

—¿Crees que ha progresado lo suficiente como para poder bloquear las visiones?

—Solo digo que es posible que simplemente sean pesadillas —intentó tranquilizarlo Draco, aunque en el fondo no creía que fuera así. Él también sospechaba que Lily podía estar ocultándoles algo relacionado a sus visiones.

—Tiene catorce años —susurró Potter apesadumbrado, hablando más consigo mismo que con Malfoy.

—Tú ganaste el Torneo de los Tres Magos a esa edad —recordó Malfoy.

—Y casi muero en el camino... Varias veces —dijo Potter sombríamente—. Nadie a esa edad debería tener que lidiar con semejante responsabilidad —se lamentó.

Draco no supo qué responder. Esta nueva relación de camaradería con Potter todavía le resultaba extraña. Nunca había tenido muchos amigos. Nunca había tenido mucha gente con quien hablar sobre cuestiones profundas. A excepción, por supuesto, de Theodore y Astoria. Pero ahora ambos estaban muertos.

Sonrió internamente al caer en cuenta que tanto Nott como Astoria habrían sabido qué responder en ese momento. Siempre habían sido más hábiles con las palabras, y mucho más empáticos que él.

En cambio, Malfoy volvió a servir otra copa de whisky para ambos. Y una vez más, Potter la aceptó en silencioso agradecimiento.

—Lily tiene que aprender a controlar esas visiones, Draco —volvió a hablar Potter tras varios minutos—. O las visiones terminarán controlándola a ella.

Draco asintió y bebió de su vaso. Ya lo sabía. Posiblemente, lo comprendía incluso mejor que el propio Potter. Había visto dentro de la mente de Lily. Había visto sus inseguridades. Sus miedos. Su fragilidad. Conocía sus dificultades y debilidades.

Pero también sus fortalezas. Había visto los recuerdos de una infancia feliz. Había sentido el calor del amor de su familia. Había vibrado con las risas de sus hermanos y sus amigos. Conocía la bondad de su corazón.

La mente de Lily era un huracán desenfrenado, girando a una velocidad vertiginosa. Las visiones la habían desestabilizado al comienzo. Pero lentamente, la muchacha había empezado a reacomodarse. Estaba progresando en su entrenamiento con Draco, aprendiendo a entender y organizar su propia mente. Y a pesar de que a Malfoy no le gustaba que la chica le ocultara cosas, tenía que reconocer que suponía un verdadero logro de su parte que pudiera hacerlo.

También significaba que, fuera lo que fuera lo que estaba ocultado, era lo suficientemente importante para Lily como para poner todo su empeño en que Draco no lo pudiera ver.


Las voces se escuchaban incluso detrás las puertas cerradas de la biblioteca. Albus frunció el ceño mientras pasaba otra hoja del libro intentando concentrarse. Una explosión seguida de las carcajadas de James, Louis y Lorcan le anunció que su hermano y sus amigos habían empezado a hacer de las suyas. Escuchó la voz de su abuela Molly elevándose por encima del alboroto, intentando seguramente mantener cierto orden y fracasando estrepitosamente.

Resoplando, Albus retomó la lectura. Inconscientemente, su mano libre jugueteaba con el fragmento del Amuleto que pendía de su cuello. Estaba frío. Uno esperaría que un colgante de oro fuese templándose con el contacto contra la piel humana. Peor aquel no era un colgante común y corriente. No obedecía a las reglas de la física.

Albus lo hizo girar entre sus dedos pensativamente. No dejaba de sorprenderlo e inquietarlo. Era una pieza de magia magnífica que él no terminaba de comprender. Pero por más que Potter había revisado en casi todos los libros de la biblioteca de la Mansión Malfoy, no había encontrado suficiente información que lo ayudara a comprender en profundidad aquel objeto mágico.

Había encontrado un par de textos que hacían referencia a objetos como el Amuleto, pero las descripciones eran demasiado vagas e inespecíficas. Y ninguno de ellos explicaba qué eran, cómo se fabricaban ni hasta dónde llegaba su poder.

Escuchó la puerta de la biblioteca rechinar a su espalda, anunciando que alguien estaba entrando.

—Estaré afuera en unos minutos… Sólo necesito terminar de revisar este libro… —habló Albus adelantándose a lo que de seguro era alguno de sus amigos que venía a buscarlo.

—Tienes una forma muy extraña de festejar tu cumpleaños —comentó repentinamente la voz de Zaira a su espalda. Albus se giró en la silla sobresaltado. De todas las personas que podrían haber estado allí, era la que menos se habría imaginado encontrarse.

—Profesora Levington —masculló sin poder esconder su sorpresa. Zaira sonrió, sus ojos miel brillando con esa calidez tan familiar.

—¿Cuántas veces tengo que repetirte que ya no soy tu profesora, Albus? —se rió ella, avanzando con paso tranquilo hacia la mesa donde Albus estaba estudiando.

—Siempre será mi profesora—confesó Albus, sonriendo también.

Le resultaba agradable hablar con Zaira. Era inteligente, y a pesar de ser joven, tenía algo en la mirada que la hacía parecer antigua, como una persona que ha vivido mil años y atravesado cientos de contratiempos. Le transmitía paz… Y sí, también esperanza. Albus no olvidaba que Zaira había sido la primera persona en ver potencial en él. Había sido la primera persona en confiar en su capacidad como mago. En creer en que él estaba destinado a convertirse en alguien con nombre propio.

—Afuera están organizando una fiesta por tu cumpleaños —comentó la aurora al pasar, mientras tomaba uno de los libros de la mesa y leía la portada. Albus creyó ver un destello de intriga en sus ojos miel.

—Sí… lo sé —reconoció él, haciendo una mueca de incomodidad. Zaira volvió a dejar el libro sobre la mesa para prestarle toda su atención. —Es sólo que no me siento de humor para festejar.

—¿Puedo preguntar por qué? —inquirió respetuosamente Zaira, sentándose en una de las sillas frente a él.

Albus se percató de que llevaba puesto su uniforme de Aurora, lo que quería decir que venía directamente de alguna misión. Últimamente era frecuente verla a ella y al resto de los aurores que formaban parte de la Orden del Fénix desfilar por los pasillos de la mansión en sus uniformes, demasiado apresurados y ocupados como para tener siquiera tiempo de cambiarse la ropa.

—Se me hace extraño festejar un cumpleaños en medio de una guerra —confesó Albus, encogiéndose de hombros.

—Es precisamente por eso que debemos hacerlo —le explicó con su habitual serenidad y su amable sonrisa—. Para recordar porqué es que peleamos.

—¿Para poder comer pastel? —bromeó sarcásticamente Albus.

—Para poder vivir un año más —lo corrigió ella inmediatamente. Albus se sonrojó, avergonzado.

—¿Cómo supiste que estaba aquí? —preguntó, intentando cambiar de tema.

—Te busqué primero en la sala de entrenamiento —confesó Zaira en un tono cómplice—. Supuse que si no estabas entrenando tu cuerpo, entonces estarías entrenando tu mente —agregó guiñándole un ojo. Albus soltó una risa baja.

Zaira volvió a tomar el libro de la mesa y lanzó una mirada significativa hacia él. Instintivamente, Albus se tensó en la silla.

—Estás buscando información sobre el Amuleto —dedujo Levington.

—Sí —no tenía sentido mentirle. Después de todo, había sido ella quien se lo había regalado. Para su sorpresa, Zaira sonrió complacida.

—Está empezando a resultar útil, ¿no? —comentó la aurora, invitándolo a hablar. Albus aprovechó la oportunidad.

—Profesora, ¿por qué me lo regaló? —hizo la pregunta que llevaba años guardándose. Zaira inclinó la cabeza hacia un lado.

—Fue un regalo de cumpleaños —respondió con simpleza.

—¿Pero por qué a ? —insistió Albus—. Llevo semanas leyendo sobre el tema. Su fabricación es terriblemente compleja, implica el uso de magia oriental milenaria. Son muy pocos los magos capaces de fabricar algo así. El valor de algo como esto… —dijo mientras tomaba su pieza del Amuleto y la mostraba frente a ella—… es simplemente incalculable. Entonces… ¿por qué dármelo a mí?

Zaira permaneció en silencio, meditando sabiamente lo que respondería a continuación. Albus sentía que su corazón latía veloz en su pecho, expectante. Cuando Zaira le regaló aquel objeto en su cumpleaños número doce, Albus no había sido verdaderamente consciente de lo que implicaba.

Pero conforme habían pasado los años, el Amuleto había mostrado una y otra vez su poder y su incalculable fuente de ayuda. Les había alertado de peligros. Incluso les había anunciado la muerte. Los había protegido. Los había mantenido conectados. Los había ayudado a comunicarse entre ellos en formas que ni siquiera terminaban de comprender.

—Ese Amuleto fue un regalo que recibí en una de las primeras misiones internacionales que hice como Aurora después de terminar mi Mentoría —le contó Zaira, y había una nostalgia en su voz—. Habíamos rastreado a una traficante de objetos ilegales hasta Petra, en Jordania. La acorralamos mientras intentaba saquear la casa de un coleccionista de reliquias mágicas. En agradecimiento, el dueño de la casa me regaló el Amuleto… Para que me protegiera a mí y a mis compañeros en futuras misiones.

—¿Por qué nunca lo usó? —se sorprendió Albus. Una sonrisa triste tembló en los labios de Zaira.

—Iba a hacerlo —respondió. La luz de sus ojos se había apagado. —Pero entonces, uno de mis mejores amigos y compañero murió durante una misión… Otra resultó gravemente herida y ya no pudo seguir en equipo... Y después yo misma fallé… Dejé el cuartel después de eso, como ya sabes. Sentí que ya no tenía sentido usarlo… Era demasiado tarde para mi grupo.

—Pero no para el mío —comprendió Albus. Zaira asintió con un gesto solemne.

—No para ustedes —repitió.

—Crees que estaremos en peligro —no era exactamente una pregunta, pero aún así, Albus aguardaba una respuesta.

—Tú y tus amigos… Esa unión que hay entre ustedes… Me recuerdan a mi equipo antes de… todo —confesó la aurora.

Albus bajó la mirada hacia su pieza. Dudó antes de volver a hablar.

—Zaira... ¿es posible romper esta conexión? —le preguntó.

—No —respondió Levington sin dejar lugar a dudas—. Una vez realizada la ceremonia, los dueños de las piezas quedarán conectados para siempre.

—¿Y qué pasa si una de las personas no desea seguir… conectada? — se odió a sí mismo por lo vulnerable que se escuchó su propia voz.

—Puedes ignorar la conexión. Puedes incluso bloquearla al resto de los dueños del Amuleto. Pero no puedes romperla —le aseguró—. ¿Por qué lo preguntas? —agregó, perceptiva.

—Tuve una discusión con Elektra… un malentendido —intentó explicar Albus, rascándose nerviosamente la nuca. Zaira lo escuchaba atentamente y en silencio. —Se fue de la Mansión al día siguiente… Y no ha regresado a pesar de que había prometido venir para mi cumpleaños.

—Ya veo… —dijo empáticamente Zaira, invitándolo a continuar.

—He intentado comunicarme con ella a través del Amuleto… Pero lo único que recibo es… frío —terminó de explicar, cerrando la mano fuertemente sobre el metal. Seguía helado.

—Y quieres saber si es posible que ella haya elegido romper la conexión entre ustedes —dedujo Zaira. Albus asintió. —Como te he dicho, no puede romperla. Pero si he de ser sincera, tampoco creo que Elektra desee eso.

—Fue una discusión fuerte —argumentó Albus. Zaira le sonrió condescendientemente.

—Los he visto juntos. A ti y a Elektra, y al resto del grupo. No creo que una discusión sea capaz de romper con tanta facilidad la amistad que existe entre ustedes —intentó consolarlo. Albus chasqueó la lengua.

—¿Entonces por qué no puedo comunicarme con ella? —se exasperó.

—Es posible que ella no quiera hablar contigo… O es posible que se haya quitado el Amuleto —barajó opciones—. No es posible comunicarse con los dueños del Amuleto si no llevan sus piezas con ellos.

—Me preocupa… —Albus balbuceó, algo inusual en él. Tragó saliva y se obligó a terminar la frase—. Me preocupa que algo malo le haya sucedido.

—Te habrías enterado —le aseguró ella, apuntando con su dedo índice hacia el sitio en su cuello de donde colgaba el Amuleto.

—No si ella no lleva puesta su pieza—refutó astutamente Albus.

—Si algo le hubiese pasado a Elektra, nosotros lo sabríamos —insistió Zaira, haciendo alusión a la Orden del Fénix—. Pero si te deja más tranquilo, puedo chequearlo.

—Gracias —aceptó Albus, sintiéndose súbitamente aliviado.

—Ahora, ve a disfrutar de tu cumpleaños —le dijo mientras se ponía de pie y le palmeaba amistosamente el hombro al pasar a su lado camino a la salida.

—Zaira… ¿Qué sucede con la pieza del Amuleto cuando su dueño muere? —la pregunta escapó inesperadamente de los labios de Albus. Zaira se detuvo en seco, y giró a mirarlo por sobre el hombro, una expresión turbada en sus ojos ambarinos.

—La pieza muere con el dueño —respondió sombríamente.


El aire de la mazmorra estaba repleto de un humo gris y espeso que dificultaba la visión. A pesar de ello, las manos de Hedda se movían rítmicamente, de forma ensayada y memorizada, casi automática, la filosa navaja cortando las raíces de jengibre a una velocidad inverosímil. A su lado, James llevaba adelante la misma tarea milimétrica de cortar rodajas de espesores prácticamente idénticos.

Hedda lo miró de reojo. James lucía inusualmente serio, completamente absorto en la tarea que estaba realizando, mientras repasaba sus propias anotaciones en el libro de pociones antes de pesar en una pequeña balanza los trozos de jengibre que había cortado para luego agregarlos al caldero de bronce que calentaba a fuego medio. Una nueva bocanada de humo gris brotó del caldero y una sonrisa satisfecha se dibujó en el rostro del muchacho. Recién entonces, giró a mirarla.

—¿Impresionada? —comentó con sorna, recuperando esa expresión habitual despreocupada. Hedda elevó una de sus cejas de manera irreverente, y tomando entre sus dedos blancos el jengibre que había picado, los volcó en su propio caldero. Otra nube de humo gris se elevó sobre sus cabezas.

—¿Debo felicitarte porque has logrado realizar todos los pasos sin cagarla? —se burló de él Hedda, mientras revolvía suavemente su caldero con movimientos envolventes. James soltó una risa suave que le erizó el cabello de la nuca.

—Vamos, reconócelo. He fabricado una poción Crecehuesos soberbia —insistió James, apuntando hacia su caldero. Hedda se acercó para inspeccionar su contenido con ojo crítico.

—No está mal —tuvo que reconocer, y a pesar de que intentó sonar indiferente, los extremos de sus labios temblaron hacia arriba. James se cruzó de brazos y sonrió todavía más.

—Es perfecta. Dilo —no se dio por vencido.

—Es decente —dijo Hedda poniendo los ojos en blanco, pero sus labios ya estaban sonriendo en contra de su voluntad.

—Te gusta—aseguró James, dando un paso hacia ella—. Reconócelo. Piensas que es lo mejor que has visto en mucho tiempo —susurró en un tono descarado, mientras sus ojos avellana chispeaban provocadoramente. Hedda contuvo el aliento, en un intento inútil por no respirar el aroma de James. Alguien carraspeó sonoramente detrás de ellos.

—¿Interrumpo algo? —preguntó la voz de Victoire, observándolos desde las escaleras que conducían a las mazmorras, con los brazos cruzados y el ceño fruncido.

—Sí —dijo James con su habitual insolencia, sin despegar los ojos de Hedda.

—No —se apresuró a contradecirlo Le Blanc, dando un paso hacia atrás—. Ya hemos terminado con las pociones Crecehuesos… Falta tan solo que reposen durante cinco días en la oscuridad, y estarán listas para el consumo —le informó de forma protocolar. Quería impresionar a Victoire. Después de todo, Hedda aspiraba a convertirse algún día en una sanadora como ella.

—Esas son buenas noticias. Necesitamos armarnos de una buena reserva de pociones —le concedió Victoire, aunque todavía contemplaba sospechosamente a su primo James—. Necesitamos también reponer poción para dormir —les informó.

—Pensé que todavía quedaban varios frascos en el depósito —comentó Hedda, sorprendida. Victoire frunció el ceño.

—Sí, yo también. Pero parece que han tomado algunos frascos sin asentarlo en el libro de registros, a pesar de que se los recuerdo en todas las reuniones de la Orden —suspiró con irritación la rubia.

—¿Sabes quién fue? —preguntó Hedda. Tenía un mal presentimiento al respecto. Victoire chasqueó la lengua negativamente.

—No, pero ya van a escucharme en la próxima reunión —aseguró la sanadora.

—Hedda y yo nos pondremos inmediatamente a trabajar en ello —dijo James, excesivamente emocionado ante la perspectiva de continuar trabajando en aquel subsuelo húmedo y aislado.

—A Hedda la buscan arriba. Pero tú puedes ir empezando mientras tanto, Jamie —le dijo Victoire con cierta malicia. James se quedó mirándola con la boca abierta.

—¿Quién me busca? —preguntó Hedda mientras se removía el delantal protector que llevaba puesto y lo colgaba de uno de los percheros. Para su sorpresa, Victoire le guiñó un ojo.

—Alguien ha venido a visitarte desde Francia —le reveló.

Hedda salió corriendo escaleras arriba, impulsada por la emoción de la noticia. Entró como una avalancha a la sala de reuniones que había en la planta baja y se detuvo en seco, paralizada, al reconocer a su padrino Jaques Le Blanc.

Apenas lo había visto ese verano. Había vuelto a su casa en St. Jean Baptiste después de Hogwarts, pero había permanecido allí apenas tres semanas antes de enterarse de la muerte de Astoria y de su traslado hacia la Mansión Malfoy. Desde entonces, no se habían vuelto a ver. Jaques había estado demasiado ocupado en Francia para visitar.

Ma petite fille —dijo Jaques, sonriendo detrás de su barba blanca, marcando aún más las arrugas de su rostro afable. Aquel apodo fue como una corriente eléctrica que encendió nuevamente a Hedda, despegándola del suelo y haciéndola avanzar rápidamente hacia él, envolviéndolo en un fuerte abrazo que casi lo derriba.

Mon cher oncle —respondió ella con voz estrangulada. Jaques le acarició dulcemente el cabello negro. —¿Qué haces aquí?

—Quería verte una vez más antes de que volvieras a Hogwarts—respondió Jaques.

—¿Seguro que no tiene nada que ver con la noticia de hace unos días en Dijon? — preguntó Hedda, separándose lentamente para poder mirarlo a la cara. Su padrino suspiró, derrotado bajo la mirada inquisitiva de ella.

—No se te escapa nada, ma petite —la felicitó Jaques, sentándose en uno de los sillones. Hedda se sorprendió de lo anciano que parecía.

Hacía tan solo dos días atrás, Dijon había sido testigo de un nuevo ataque por parte de magos italianos. De una forma muy similar a como había sucedido meses atrás en la ciudad de Lyon, Francia había sido víctima de un segundo acto de terrorismo por parte del gobierno de Borgio. El ataque había resultado menos destructivo que el anterior, sin ninguna pérdida mortal registrada, aunque el número de heridos había superado la docena de muggles, y algunos de ellos se encontraban en estado crítico.

Había sido un ataque veloz, y los magos italianos no habían perdido tiempo en intentar escapar nuevamente hacia Suiza, como lo habían hecho en la ocasión anterior. Los aurores franceses habían logrado interceptarlos a pocos kilómetros de la frontera, y dos de los terroristas habían sido derribados. Pero no lograron apresar a ninguno con vida, y una vez más, el enemigo se les escapaba entre los dedos, dejando al gobierno francés completamente desconcertado y al pueblo enfurecido.

—¿Crees que están intentando derribar a Francia? —preguntó Hedda, sentándose frente a su tío. El viejo francés apoyó sus manos sobre los apoyabrazos del asiento, tamborileando pensativamente con los dedos.

—No… Aunque están causando un importante alboroto entre la gente, eso no cabe duda —reconoció Jaques—. Pero no pienso que ese sea su principal objetivo. Si así fuera, habrían atacado a lugares mágicos en ciudades estratégicas, como París.

—¿Qué es lo que intentan hacer, entonces?

—Pues Dominique Weasley ha compartido cierta información con Madame Delacour que nos hace creer que están usando estos ataques para encubrir otra cosa… —le dijo Jaques, inclinándose hacia delante y prácticamente susurrando las palabras.

—Y esa es información confidencial que no deberíamos compartir con gente fuera de la Orden del Fénix, Monsieur Le Blanc —interrumpió Gabrielle Delacour, entrando en la sala.

Hedda y Gabrielle no tenían una relación demasiado amigable. La última vez que se habían visto, Hedda había intentado atacarla. Gabrielle no parecía haberlo olvidado porque miraba a la muchacha con suspicacia y desde una distancia prudente.

—¿Y la compartirán con el gobierno de Francia? —le preguntó descaradamente Hedda.

—El pueblo mágico está pidiendo la renuncia del gobierno de Francia —le anunció Gabrielle con una sonrisa autosuficiente. Una opresión dolorosa le atenazó el pecho a Hedda.

—Pero si eso sucede… Habrá elecciones —comprendió la muchacha. Jaques asintió con un gesto significativo.

—Si jugamos bien las próximas cartas, tu tío podría convertirse en Ministro de Francia en cuestión de semanas —vaticinó Gabrielle, sin poder esconder el orgullo que sentía de que eso fuese a cumplirse. Pero lo único que Hedda podía sentir en ese momento era pánico.

—Es eso lo que has venido a hablar conmigo, ¿no es así? —comprendió finalmente la pálida adolescente. Jaques suspiró.

—Si asumimos el gobierno de Francia podremos trabajar mejor con Kingsley para prevenir el avance de Rusia hacia Occidente… —intentó explicarle su padrino.

—Pero también supondrá exponerte a un mayor riesgo —señaló Hedda, sintiendo que le quemaba la garganta y le ardían los ojos.

—Yo estaré bien —le prometió Jaques, sonriéndole con la misma indulgencia con la que solía hacerlo cuando ella era pequeña y se asustaba con las tormentas.

—Esperaré afuera mientras se despiden —anunció Gabrielle, respetuosamente, mientras abandonaba la sala.

—¿No puedo ir contigo? —le pidió Hedda en cuanto estuvieron a solas, prácticamente suplicando. De golpe, cada segundo con su padrino adquiría más valor. Pudo ver el gesto de dolor que desfiguró el rostro del anciano al escuchar la pregunta.

—Es mejor que te quedes aquí, Hedda —le respondió él, incapaz de mirarla a los ojos mientras lo decía. Hedda tuvo que hacer un esfuerzo para contener las lágrimas.

Jaques Le Blanc se puso de pie y Hedda lo imitó. Esta vez, se dejó envolver por los brazos de su tío. Hundió el rostro contra el pecho del hombre e inspiró profundamente ese perfume tan familiar que siempre le inspiraba serenidad.

—Tenemos que ser valientes, ma petite. Como lo fueron tus padres —le susurró al oído.

Las palabras que quería decir se le atragantaron en la garganta. No supo qué responder. Su padrino la soltó, rompiendo finalmente el reconfortante abrazo, y el dolor en el pecho de Hedda se intensificó.

—Por cierto… —agregó Jaques antes de irse—. Intenté averiguar sobre el paradero de Lancelot, como me pediste.

—¿Y? —preguntó, dejando que una pequeña gota de esperanza se filtrara e su voz. La mirada piadosa que le dedicó su padrino terminó por aplastarla.

—Sea donde sea que está escondido, no desea que lo encuentren —le respondió el anciano—. Y tal vez, eso sea lo mejor para ambos, cariño. ¿Te has detenido a pensar que sucederá si vuelven a encontrarse? —la hizo recapacitar.

No sabía siquiera por qué le había pedido a su tío que intentara localizarlo. Lancelot no estaba perdido. Había elegido voluntariamente ese camino. Hedda había tenido la oportunidad de seguirlo si así lo hubiese querido. Pero había elegido diferente. Su tío tenía razón.

Cuando volvió a bajar a las mazmorras, James y Victoire ya habían avanzado con los primeros pasos en la fabricación de la poción. James la recibió con una amplia sonrisa de bienvenida que se desvaneció en cuanto percibió el aura sombría que rodeaba a Hedda.

—¿Estás bien? —le preguntó mientras se quitaba los guantes protectores de piel de dragón y se limpiaba el sudor de la frente con el dorso de su brazo.

Por un instante, se sintió tentada de contarle todo. Revelarle el terror frío que la atravesaba de tan solo pensar en el peligro al que expondría su padrino si se convertía en Ministro. Contarle sobre el dolor que sentía en el corazón cada vez que pensaba en Lancelot colaborando con la Rebelión. Quería pedirle que la sacara de allí en su moto voladora. Quería perderse entre las nubes.

—Creo que necesito descansar —fue todo lo que pudo decir, tragando saliva con dificultad. Notó la decepción en los ojos de James ante su respuesta.

—Tranquila, tenemos todo bajo control aquí —dijo James apuntando con la cabeza hacia la mesa sobre la que Victoire estaba trabajando—. Vete a descansar —le ordenó gentilmente.

Hedda escapó de allí tan rápido como pudo. Se tambaleó por los pasillos hasta llegar a su habitación, y cerró la puerta con un golpe, apoyando la espalda contra la misma y deslizándose hasta quedar sentada en el suelo. Le costaba respirar. Sentía que se estaba ahogando. Tiró el cuello de la remera que llevaba puesta, desgarrándolo. Pero a pesar de ello, el mundo seguía moviéndose vertiginosamente a su alrededor, girando y difuminándose. Su corazón parecía la locomotora de un tren, latiendo a toda velocidad, golpeando violentamente contra su pecho.

Flexionó las rodillas y las rodeó con sus brazos, escondiendo la cabeza entre los mismos y cerrando los ojos para tranquilizarse. En la oscuridad que siguió, pudo sentir cómo la criatura dentro de ella se desperezaba. Cómo arañaba las paredes de la cárcel que Hedda le había construido y gruñía exigiendo liberación. Estaba perdiendo el control.

Se arrastró por el piso de la habitación, aferrándose a los objetos que encontraba a su paso para intentar ponerse de pie. Pero el piso se tambaleaba debajo de sus pies, y el equilibrio le fallaba. Llegó hasta su baúl y lo abrió con dedos inusualmente torpes. Le temblaban las manos mientras revolvía buscando la reserva de sangre que guardaba para casos de emergencia.

Sintió que la boca se le llenaba de saliva simplemente de pensarlo. ¿Cuánto había pasado desde la última vez que se había alimentado? No se había salteado ninguna dosis nocturna, de eso estaba segura. Era muy meticulosa al respecto. Entonces, ¿por qué sentía tanta sed?

Se bebió la botella de a enormes sorbos, vaciándola en segundos, tan apresurada por beberla que parte de la sangre se desparramó por la comisura de sus labios y por su mentón, manchándole la ropa.

Lentamente, la bestia dejó de gruñir y volvió a acurrucarse en un rincón de su jaula. El corazón de Hedda se apaciguó. Podía respirar con normalidad de nuevo.

Se quedó tumbada en el suelo, manchada en sangre, el olor metálico todavía impregnado en su nariz. Cerró los ojos, abatida por un inexplicable cansancio, como si verdaderamente hubiera peleado contra la bestia. Cayó rendida a un sueño profundo, repleto de sombras, gritos y gruñidos.


He caído en cuenta que ya vamos por el capítulo 8 de esta historia, y todavía ni siquiera hemos llegado a Hogwarts, jajaja. Y ya me imagino lo que se están preguntando: ¿cómo va a hacer para meter más de un año escolar en un solo libro? Yo me pregunto lo mismo ;)

Pero habían quedado muchos cabos sueltos y muchas preguntas inconclusas del libro anterior, y era indispensable darle un cierre o una continuación a algunas de ellas antes de volver a Hogwarts. No se preocupen, dentro de poco estaremos de regreso en el castillo.

*Harry y Draco: estoy muy satisfecha con lo que he logrado con estos dos. Me gusta esta nueva relación que han establecido... No sé si podemos llamarla amistad propiamente, pero sí una mutua confianza. Varias cosas para resaltar de esta parte: las novedades que nos cuentan sobre lo que está sucediendo en el ámbito político de Inglaterra... Y la charla sobre Lily. He recibido muchos reviews donde me dicen que nadie le presta atención a Lily, pero eso no es cierto. Están más atentos a ella de lo que se imaginan, y en este capítulo vemos un poco de eso. Entendemos también la dificultad de Draco ante la idea de "forzar" su paso en la mente de Lily, y creo que eso habla de un gran progreso por parte del personaje, y lo hace muy humano... Pero también supone un problema, porque los sentimientos de Draco podrían terminar interfiriendo con el futuro de Lily.

*Albus: vengo cinco libros ansiando poder llegar a este momento con el personaje. Cuando empecé a imaginar esta historia, tenía una "idea mental" de cómo quería que fuera Albus Potter... El gran desafío era: ¿cómo puedo hacer para que el personaje llegue a convertirse en esa persona que yo imagino? Los primeros cinco libros han sido ese "proceso", ese lento desarrollo para poder llegar hasta aquí. Este Albus ya no se siente interesado en las cosas triviales de la vida... el quidditch, los festejos de cumpleaños... Está demasiado ocupado intentando descifrar poderes mágicos... Y que empieza a plantearse preguntas que antes no se había planteado. Como la posibilidad de "perder" a algún amigo, en todos los sentidos posibles.

A pesar de que últimamente las interacciones entre Albus y Zaira no son frecuentes, cada una de sus charlas tiene un alto impacto, y son fundamentales para el personaje de Albus. Él la ve como una referente... Y ella ve todo el potencial que hay en Albus y quiere ayudarlo a tomar las decisiones correctas.

*Hedda: nos da también un vistazo político a lo que viene sucediendo en Francia también con la visita de Jaques. El pueblo francés es mucho más... "revolucionario" que el inglés. Son exigentes con sus gobernantes, y no van a tolerar más errores por parte del actual gobierno... Se vienen cambios en Francia, y Hedda teme lo peor. Y aquí vemos algo particular del personaje... Su mitad animal pareciera alimentarse de esos miedos, fortalecerse cuando ella se quiebra.

Hay otro detalle también "escondido" (pero no tanto) en la escena de Hedda. Ya me dirán ustedes.

Estaré respondiendo los nuevos reviews cuanto antes. Para los que no saben, actualicé el capítulo pasado para cargar las respuestas a los reviews anteriores. Así que pueden pasarse por ahí a leerlos si les interesa.

¡Gracias por su apoyo incondicional! Espero sus comentarios. ¿Creen que lleguemos a los 150 reviews antes del próximo capítulo? Mmm...

Saludos,

G.