Capítulo 14: Revelaciones

Tell me somethin', girl
Are you happy in this modern world?
Or do you need more?
Is there somethin' else you're searchin' for?

I'm fallin'
In all the good times, I find myself longin' for change
And in the bad times, I fear myself.

Tell me something, boy
Aren't you tired tryin' to fill that void?
Or do you need more?
Ain't it hard keepin' it so hardcore?

(Dime algo, chica,
¿eres feliz en este mundo moderno?
¿O necesitas más?
¿Estás buscando otra cosa?

Estoy cayendo.
En todos los buenos momentos, me descubro ansiando un cambio,
y en los malos momentos, me doy miedo a mí mismo.

Dime algo, chico,
¿no estás cansado de intentar llenar ese vacío?
¿O necesitas más?
¿No es difícil hacer que siga siendo tan intenso?)

Lady Gaga, Shallow.


A medida que se acercaba el partido contra Gryffindor, el clima dentro de la casa de Slytherin se iba agitando y caldeando, presagiando una verdadera tormenta.

Scorpius había convocado a las pruebas para entrar al equipo a mediados de septiembre, y al igual que el año anterior, los resultados de las mismas dieron mucho que hablar.

Albus recuperó su puesto como Buscador del equipo, aunque Othello Avery le dio una noble batalla, demostrando que había entrenado durante el verano y mejorado su técnica. A pesar de que Othello tenía la misma mirada arrogante que su hermana Zafira, se mostró mucho más recatado que ella al recibir la noticia de que no sería titular para el equipo. Scorpius, en cambio, le ofreció un lugar como suplente. Avery aceptó.

Definir los Cazadores había sido todo un desafío. Scorpius volvía a ocupar su antiguo lugar, lo que dejaba dos puestos libres. Portus Cardigan y Taurus Zabini eran posiblemente los mejores entre los candidatos, pero ahora Malfoy entendía un poco mejor por qué Wence lo había dejado fuera en su momento: sin importar que tan buenos fueran individualmente, jamás funcionarían como un equipo.

Así que Malfoy terminó optando por conservar a Audrey Flint, quien había tenido un desempeño aceptable la temporada previa, e incorporar a una nueva jugadora que prometía mucho: Allegra Finnigan.

Tal como Scorpius se había esperado, Taurus y Portus pusieron el grito en el cielo al quedar fuera del equipo, y amenazaron con tomar represalias. Mientras los observaba abandonar el campo de quidditch, Malfoy supo que eso no sería lo último que vería de ellos.

También conservó su lugar como Golpeadora a Isadora Warrington, y sin Derek Adams para ocupar el otro puesto, Scorpius terminó seleccionando a un muchacho de quinto año llamado Samuel Twight.

El puesto más difícil de cubrir fue el de Guardián. Scorpius no deseaba reconocerlo, pero Lancelot Wence había dejado la vara muy alta para sus sucesores. Ninguno de los postulantes demostró estar a su nivel de desempeño, y Scor terminó decantándose por Boris Lockhart, un chico de segundo año inexperto pero que prometía tener potencial.

Como capitán, Scorpius era consciente de que todavía les faltaba un largo camino para poder considerarse verdaderamente un equipo. Había muchos nuevos integrantes, y la mayoría de ellos no había jugado con el resto. No se conocían y si las asperezas eran evidentes. Así que durante las siguientes semanas, Malfoy programó entrenamientos diarios. No siempre salían al campo de quidditch a volar. Algunas veces, se pasaban la hora en el vestuario, discutiendo estrategias y repasando jugadas.

Lentamente, el equipo se fue conociendo. Fueron ganando confianza entre ellos. No se podía decir que fueran amigos, pero al menos había una química de juego. Todos deseaban ganar, y eso ya era un comienzo.

Había previsto que se encontraría con contratiempos y dificultades entre sus jugadores, y la amenaza de Cardigan y Zabini todavía sobrevolaba en su memoria. Pero lo que no había previsto era a Albus.

Su mejor amigo nunca había sido bueno obedeciendo órdenes. Albus no estaba acostumbrado a que la gente le dijera lo que tenia que hacer. La capitana Chelsea Whitestone le había dado mucha libertad como jugador, y en esa época, Albus era todavía un novato que tenía mucho que aprender.

Pero ese ya no era el caso. Potter contaba ya con varios torneos encima y muchos años volando sobre una escoba. Era ahora una versión más adulta de sí mismo, y también más arrogante.

La íntima relación que existía entre Scorpius y Albus tampoco ayudaba. Scorpius se daba cuenta que Albus lo veía como un amigo y no como el capitán del equipo. Y él encontraba muy difícil plantarse frente a alguien con la personalidad de Potter. Albus no estaba acostumbrado a obedecer, y Scorpius no estaba acostumbrado a dar órdenes.

Pero la verdadera prueba sucedería a tan solo un día del partido, a la salida de la clase de Herbología. Scorpius se había esperado algún tipo de truco por parte de Cardigan y los Hijos, y había advertido a todos los jugadores del equipo de que no debían caer en las provocaciones. Pero tendría que haber previsto que, si alguien era capaz de desobedecerlo y reaccionar, ese sería Albus.

—¡Potter! ¿Has leído las noticias de esta mañana? —le gritó Cardigan, abriéndose paso entre sus compañeros a base de codazos para llegar hasta él. Sostenía en alto la última edición de El Oráculo.

—No lo escuches —reaccionó inmediatamente Rose, lanzando una mirada de alarma hacia Hedda.

Tanto ellas como Albus estaban al tanto de las novedades. El Oráculo había lanzado una edición especial enumerando los últimos "éxitos" alcanzados por el ERIC, y recopilando los mayores fracasos del cuartel de Aurores de los últimos veinticinco años.

Potter se había pasado todo el desayuno leyéndolo con el ceño fruncido. Había sido un momento por demás incómodo. Scorpius y Rose habían intentado disuadirlo de que abandonara la lectura. Incluso Hedda le había asegurado que era propaganda infundada por parte de la Rebelión. Elektra había probando distrayéndolo con la sección de deportes de El Profeta, sin éxito. Para sorpresa de Malfoy, Lysander se había mantenido extrañamente silencioso, garabateando en su cuaderno de dibujo e ignorando la conversación de sus amigos. Hacía ya varios días que su amigo de Gryffindor se mostraba distante y más absorto en su mundo de lo habitual.

—Parece que la era de los aurores está finalmente llegando a su fin. Tu padre está a punto de quedarse sin trabajo —se burló Zabini.

No era casualidad que hubiesen elegido ese momento para provocar a Albus. Scorpius no se había anotado para cursar los EXATISIS de Herbología, lo que significaba que no estaba allí para contener a su amigo.

Los músculos de la espalda de Albus se tensaron adquiriendo una postura erguida y alerta. Rose le tomó el brazo en un gesto desesperado. Esos dos tenían un talento para meterse debajo de la piel de Potter.

—Hablando de padres, ¿cómo está el tuyo, Zabini? ¿Le permiten mandarte cartas desde Azkaban? —respondió Albus, girando a mirarlo desafiante. Hedda meneó la cabeza.

—Al menos mi padre todavía puede hablar. He escuchado que tu madre es un vegetal en San Mungo —la respuesta mordaz de Taurus salió tan veloz de sus labios que Rose estuvo convencida de que la había planificado.

La reacción de Albus no se hizo esperar. Su varita estaba afuera en una milésima de segundo. Los alumnos a su alrededor soltaron un jadeo y retrocedieron asustados. La varita de Albus soltó chispas.

—¡Señor Potter! —lo llamó una voz autoritaria, deteniéndolo justo a tiempo. La varita de Albus salió despedida de su mano para ir a parar a las manos de la profesora Cruz. —Si mal no recuerdo, no está permitido hacer magia fuera de las clases… —lo reprendió con severidad la mujer, con su marcado acento español.

—Yo sólo… —intentó mentir Albus.

—Menos aún, para atacar a un compañero —continuó diciendo Cruz, entrecerrando los ojos significativamente. Albus guardó silencio, aunque se podía percibir su ira por la forma en se contraía un músculo de su mandíbula. —Me temo que tendré que descontarle veinte puntos a Slytherin. Hablaré con el profesor Slughorn para decidir vuestro castigo, señor Potter. Mientras tanto, me quedaré con esto —dijo mientras guardaba la varita de Albus en su túnica .

No hubo forma de convencer a la profesora Cruz de que le devolviera la varita. Incluso intentó el argumento de que la necesitaba para estudiar. Pero tras diez minutos de insistentes e inefectivos argumentos, y perder otros diez puntos para su casa, Albus se tuvo que resignar a que no recuperaría la varita en el futuro próximo.

Pero las consecuencias de ese momento de descontrol de parte de Albus resultarían en peores consecuencias que perder la varita. Aquella noche, después de que terminara la cena, el profesor Slughorn citó a Scorpius y a Albus a su oficina.

—Albus, mi querido muchacho… Eres tan parecido a tu padre que por momentos creo que estoy de regreso en el pasado dándole consejos al mismísimo Harry Potter —comentó el profesor con una sonrisa indulgente una vez que estuvieron en la privacidad de su despacho. Se sirvió una copa de jerez y le dio un pequeño sorbo.

Albus y Scorpius cruzaron una mirada sigilosa pero se mantuvieron en respetuoso silencio, aguardando a escuchar el veredicto. Potter estaba ansioso porque el profesor le devolviera su varita, pero Scorpius se encontraba algo desconcertado. No entendía bien qué hacía él allí.

—La profesora Cruz me dijo que has estado haciendo magia en los pasillos, ¿eh? —siguió hablando en el mismo tono fraternal—. Dice que se vio forzada a quitarte la varita. Planeaba retenerla durante todo el fin de semana…

—¿¡Qué!? —estallaron Albus y Scorpius al mismo tiempo. Albus nunca había estado tanto tiempo sin su varita desde que la había adquirido por primera vez a los once años.

—Oh, no te preocupes, he logrado disuadirla de lo contrario —se apresuró a decir Slughorn con una expresión satisfecha, mientras buscaba en su túnica y le devolvía la varita a Albus.

—Muchas gracias, profesor —respondió Potter en un tono excesivamente humilde. Horace parecía complacido.

—Lamentablemente, no pudo librarte del castigo —explicó con un gesto de mano. Albus asintió, todavía demasiado agradecido por tener su varita de regreso como para preocuparse por un castigo. —La profesora ha solicitado tu colaboración recolectando unos especímenes muy inusuales de hongos mágicos que crecen hacia el norte en el Bosque Prohibido. Son muy difíciles de encontrar, y aún más difíciles de arrancar de la tierra… Tenemos suerte de contar con la mismísima Ainhoa Cruz con nosotros. No hay muchos que sepan cómo hacerlo. Yo mismo podría ayudar, pero estos huesos ya no están para esos trabajos… —continuó hablando el viejo profesor de Pociones.

—Profesor, disculpe pero, ¿cómo se relaciona esto conmigo? —preguntó un impaciente Scorpius, consultando su reloj. Ya era tarde, y al día siguiente tenían un importante partido por delante.

—Oh, sí, claro… Bueno… —empezó a balbucear, removiéndose incómodo en si asiento—. La cosecha comenzará mañana. Lamentablemente Albus no podrá jugar el partido.

—No lo dice en serio, ¿verdad? —el primero en reaccionar fue Albus. Scorpius estaba demasiado sorprendido como para poder decir algo.

Eso no podía ser cierto. Malfoy miró alternativamente a Albus y a Slughorn, quien lucía notoriamente incómodo.

—Lo siento, muchacho. Pero estos hongos son muy quisquillosos. Solo pueden ser cultivados en días muy específicos del mes, o de lo contrario, pierden su valor… Es decir, sus propiedades mágicas —explicó Slughorn.

—Pero profesor… Es el partido contra Gryffindor, y Albus es nuestro Buscador… —intentó razonar Scorpius, quien lucía aún más pálido que lo habitual. Slughorn meneó la cabeza.

—Tendrás que jugar con el buscador suplente, Malfoy —dijo el profesor de Pociones, aunque no parecía particularmente afectado. Scorpius frunció el entrecejo, molesto. Nunca había sido uno de los favoritos del profesor, y por lo visto, seguía sin serlo.

—Tiene que haber algo que usted pueda hacer —fue el turno de pedir de Albus.

—Convencí a la profesora Cruz de que no te suspendiera, Albus —explicó en un susurro cómplice—. Tenemos al Consejo Escolar respirándonos en la nuca, muchacho. Hay una política de cero tolerancia a la violencia entre estudiantes. Esto podría haber ido a parar a tu legajo.

—Gracias, profesor —dio por terminada la conversación Scorpius de improvisto, poniéndose de pie para abandonar el despacho. Albus lo contempló con evidente aturdimiento.

Antes de que pudiera decir algo más, Scorpius estaba saliendo de la habitación, con Albus siguiéndolo desconcertado.

—¡Scor! —lo llamó Albus, trotando detrás de él a paso rápido. Malfoy avanzaba a grandes zancadas, sacándole una importante distancia. —¡Scorpius! —volvió a llamarlo, esta vez con más fuerza.

Su amigo se detuvo a mitad del pasillo y giró a mirarlo. Albus se sorprendió de la dureza en su mirada gris. Tenía los labios apretados y los músculos contraídos.

—¿Qué quieres, Albus? —masculló entre dientes apretados, esforzándose por no perder la poca paciencia a la que se había sujetado durante la charla en la oficina de Slughorn.

—De seguro hay algo más que podemos hacer… —respondió Potter. Pero Scorpius meneó enérgicamente la cabeza.

—Ya has hecho suficiente, Albus —le dijo con evidente resentimiento. Albus frunció el ceño y se cruzó de brazos, a la defensiva.

—¿Qué se supone que quiere decir eso? —lo increpó Potter con altivez. Scorpius suspiró con resignación y se llevó una mano al rostro, frotándose la frente.

—No tengo tiempo para discutir ahora —evadió la discusión Malfoy —. Tengo que reunir al equipo y planificar un nuevo plan de juego para mañana.

—Bien. Le explicaré a Avery las jugadas que estuvimos practicando y… —sugirió Albus.

—No, Albus. No hablarás con nadie —volvió a frenarlo Malfoy, su irritación volviendo a filtrarse en el tono de su voz.

Estaba peligrosamente cerca de perder completamente las riendas y decir algo de lo que probablemente se arrepentiría más tarde. Tomó aire para calmarse.

—Yo soy el capitán del equipo, ¿recuerdas? Yo hablaré con los jugadores —le recordó Scorpius.

Albus alzó las cejas en un gesto de estupefacción que delataba que no se había esperado eso. Por primera vez en mucho tiempo, Scorpius lo vio luchando con las palabras que quería decir y no parecía encontrar.

—No es mi culpa, ¿sabes? —dijo finalmente. Scorpius soltó una risa irónica sin poder resistirlo.

—¿De quién sino?

—¿Cómo iba a imaginar que Cruz aparecería?

—Por Merlín, Albus. ¡Te advertí que Cardigan y Zabini intentarían algo para boicotear al equipo! —se exasperó Malfoy.

—¿Y qué se supone que debía hacer, Scorpius? ¿Quedarme callado mientras insultan a mi familia? —estalló también Potter.

—¡Sí! ¡Eso es exactamente lo que deberías haber hecho! —finalmente, había perdido el control.

—¡Fácil para ti decirlo! Nunca dices nada de lo que piensas —las palabras escaparon de los labios de Albus sin control.

Los ojos de Scorpius se abrieron enormes ante el impacto inicial, para luego entrecerrarse en una expresión indescifrable para Albus. Pero en lugar de reaccionar y responderle, Malfoy se dio media vuelta y se alejó rumbo a la sala común.

Enfurecido, Albus pateó la pared de piedra, gatillando un dolor electrizante que ascendió por su pierna, opacando provisoriamente el enojo que sentía.


El silencio del bosque se percibía aún más omnipresente aquella mañana mientras Albus seguía a la profesora Cruz. Ainhoa Cruz no era una mujer de muchas palabras. Pero sin duda era una bruja que sabía moverse entre los árboles.

Albus no podía más que apreciar la sutileza y la naturalidad con que Ainhoa se deslizaba por bosque, prácticamente sin emitir sonido con sus pies al pisar los restos de hojas y ramas que había en su camino. Sus particulares ojos inspeccionaban analíticamente cada nueva planta que se cruzaban por el camino. Algunas veces, se detenía para hacerle algún comentario a Albus, o bien darle una advertencia. Otras, simplemente examinaba la flora sin darle absolutamente ninguna explicación. Olfateaba alguna flor, tomaba muestras de algunas hojas, sacudía la varita por aquí y por allá. Una par de veces, le pareció verla sonreír satisfecha. El resto del tiempo, simplemente caminaban sin ningún rumbo aparente.

Pero Ainhoa seguía avanzando, como guiada por algún sexto sentido que Albus carecía. Y cuánto más progresaba la mañana, la intriga sobre el partido de Slytherin contra Gryffindor crecía dentro de él.

No había tenido oportunidad de hablar de nuevo con Scorpius. Después de la discusión tras salir del despacho de Slughorn, Albus había regresado a la habitación solo para descubrir que su mejor amigo no se encontraba allí. Cuando despertó a la mañana siguiente, Malfoy ya se había ido para reunirse con el resto del equipo.

La discusión le había dejado un sabor amargo en la boca a Albus, y mientras caminaba entre los árboles del bosque, sin otra cosa en que pensar, se encontró revisando cada palabra que habían dicho. Él y Scorpius habían tenido discusiones en otras ocasiones, y varias veces habían opinado de forma distinta respecto a algo. Pero esta vez, Albus lo sentía diferente. Talvez era porque hacía tan solo unos meses había estado a punto de perder a Scorpius. O talvez fuese porque no quería reconocer que había caído en la trampa de Cardigan. Pero la realidad era que aquella conversación se había clavado dentro de él como una espina que no podía sacarse.

—Presta atención —le espetó Ainhoa, poniendo su brazo extendido frente a él para contenerlo, y haciéndolo volver a la realidad justo a tiempo. Había estado muy cerca de pisar una colonia de hongos silvestres de un color azul iridiscente que crecían alrededor de un roble.

—Lo siento —masculló Albus, aunque su tono no resultó el más convincente.

—¿Acaso tienes idea de lo que implica pisar este tipo de hongos? —le dijo con cierta petulancia Ainhoa. Albus no pudo evitar adoptar una postura defensiva y orgullosa.

—Por el color del sombrero, asumo que al pisarlos habrían liberado unas escamas con efectos somnífero —respondió Potter con más arrogancia de la esperable para alguien que había estado muy cerca de cometer un error. Para su sorpresa, Ainhoa sonrió.

—Me refería a los galeones perdidos. Estos hongos carecen de valor en el mercado si no se encuentran intactos —lo corrigió todavía sonriendo—. Pero sí, supongo que tu respuesta también es relevante —agregó, mientras se arrodillaba junto a la colonia y extraía una navaja alargada y filosa, y se disponía a cosechar los hongos.

La hoja de acero centellaba cada vez que Ainhoa la movía, rebanando el tallo de los hongos con destreza y suavidad, asegurándose de no romper las copas en el proceso. Albus todavía seguía aturdido a causa de la inesperada respuesta que había obtenido de la profesora. Después de recolectar varios hongos, Ainhoa levantó la cabeza para contemplarlo, expectante. Hizo un movimiento seco con el mentón, apuntando hacia los hongos que aún restaba recolectar. Reaccionando, Albus extrajo su propia navaja de Herbología y se dispuso a colaborar.

—Debes asegurarte de chequear siempre las láminas debajo del sombrero —le dijo Ainhoa, mientras giraba el hongo que acababa de cortar para que Albus pudiera ver la parte de abajo—. La mayoría tienen un laminado del mismo color azul que el sombrero, ¿lo ves? —levantó apenas la mirada para comprobar que Albus efectivamente lo estaba viendo—. Sin embargo, de vez en cuando, te encontrarás con un intruso… Un hongo que pretende ser un somnífero, pero en realidad es algo mucho más letal —seleccionó un hongo de entre todos los que todavía aguardaban a ser recolectados—. A simple vista, es muy difícil distinguirlo del resto. Por eso siempre hay que observar con atención… —le indicó mientras lo cortaba y lo giraba para que Albus pudiera ver.

Efectivamente, aquel hongo que a primera vista era idéntico a todos los demás, cuando se miraba el laminado debajo del sombrero se podía percibir una sutiles líneas negras entremezcladas en el color azul vívido.

—Nunca sabes cuando te encontrarás un hongo paralizante escondido entre un montón de hongos somníferos —concluyó la profesora.

—¿Cómo lo supo? ¿Cómo supo que ese hongo era diferente a los demás antes de darlo vuelta? —quiso saber Albus, intrigado. Ainhoa volvió a sonreír y extendió el hongo hacia él para que lo examinara de cerca.

Albus lo sujetó con extremo cuidado. Una cosa era liberar escamas que le indujeran en un sueño profundo, y otra distinta era sufrir una parálisis capaz de provocarle la muerte.

Al principio, no fue capaz de percibir ninguna diferencia en el aspecto externo del sombrero que le sirviese para reconocerlo del resto. Pero a medida que pasaba el tiempo, empezó a verlo.

—Es más alto… El tallo es más largo —notó Albus. Ainhoa asintió.

—No pueden evitarlo: necesitan sobresalir del resto —bromeó Ainhoa, recuperándolo con suavidad de entre las manos de Potter y guardándolo en una canasta por separado.

Continuaron recolectando en silencio, separando los hongos somníferos de los peligrosos paralizantes. Ainhoa trabajaba de forma veloz y experta, su navaja cortando los tallos con movimientos automáticos.

Transcurrió otra hora antes de que la profesora se diera por satisfecha con la colecta y emprendieran el camino de regreso. Para entonces, el sol se encontraba alto en el cielo, indicándole que ya había pasado el mediodía. Caminaron por el linde de bosque hacia los invernaderos cargando con las canastas. Albus agudizó el oído para detectar algún sonido proveniente del campo de quidditch, pero no fue capaz de escuchar ni el más mínimo murmullo.

—Tengo entendido que juegas para el equipo de Slytherin —comentó repentinamente Ainhoa despreocupadamente. Albus se limitó a asentir. —Supongo que lamentas haberte perdido el partido de hoy —agregó con la misma entonación casual.

—Es solo un partido —respondió Albus, encogiéndose de hombros e intentando aparentar indiferencia.

—Sí, lo es —coincidió con dureza Ainhoa. Era evidente que no sentía ningún tipo de remordimiento por el castigo que le había impuesto.

Entraron en un pequeño galpón que había junto al invernadero número 4. Habitualmente, allí guardaban los equipos de jardinería, los guantes para manipulación de plantas peligrosas, los fertilizantes y pesticidas, y todo aquello que pudiera utilizarse para el cuidado y mantenimiento de los invernaderos.

Pero Ainhoa lo había convertido en un reconfortante refugio. Había despejado y ordenado el lugar. Aún persistía cierto aroma en el aire que recordaba a la tierra mojada después de una tormenta, pero Albus lo encontró extrañamente agradable. Los equipamientos estaban clasificados y agrupados en las estanterías de las paredes, las palas estaban colocadas a un costado junto a la puerta, los fertilizantes y pesticidas habían sido trasladados a algún otro sitio, y en su lugar la nueva profesora había colocado una larga mesa que iba de una pared a la otra, y sobre la cual yacían varias macetas con pequeños brotes de algún extraño espécimen en crecimiento y varios de libros sobre Botánica Avanzada, y en el extremo opuesto, una serie de pergaminos y periódicos apilados.

Ainhoa dejó la canasta sobre la mesa, junto a los libros, y Albus la imitó. Estaba a punto de darse la vuelta y regresar al castillo, cuando la profesora le habló.

—Yo era como tú, ¿sabes? —dijo en ese tono mesurado, mientras movía su varita sobre las macetas para regar con sumo cuidado los brotes germinados. Albus torció la cabeza para mirarla por sobre el hombro. —Solía meterme en muchos problemas cuando estaba en el colegio.

—¿Dónde estudió? —no pudo resistirse a preguntar Albus. Notó que la profesora torcía una sonrisa ladeada.

—Empecé en Beauxbatons, pero me expulsaron en tercer año por… problemática —respondió chasqueando la lengua y haciendo un movimiento con la mano que daba a entender que desestimaba aquel evento—. Pero mis padres entendieron que el verdadero problema era que no estaba aprovechando todo mi potencial —giró a mirar a Albus y sonrió, el recuerdo de sus padres endulzando su expresión. —Así que me enviaron a estudiar Botánica a Brasil. Cuatro años más tarde, me recibí con honores —hizo una pausa, sus ojos de diferentes colores fijos en Albus—. Talvez no son los alumnos los problemáticos… sino las instituciones que no son capaces de brindarles lo que verdaderamente necesitan. ¿Alguna vez te has sentido así, Albus?

Albus tragó saliva. Las palabras de Ainhoa resonaron dentro de él, provocándole un cosquilleo en la espalda. Midió con mucho cuidado las siguientes palabras.

—Gran parte de lo que he aprendido, lo he hecho aquí, en Hogwarts —dijo de forma correcta. Notó como los ojos de Ainhoa se entornaban, adquiriendo una expresión casi cómplice.

—Sí, por supuesto —aceptó ella con un gesto cordial de cabeza, retomando el cuidado de las plantas sobre la mesa.

Albus soltó el aire que había estado reteniendo. Mas relajado, se permitió examinar con mayor detenimiento el lugar. Su mirada vagó por la superficie de la mesa hasta llegar a los periódicos acumulados en el otro extremo. Le llamó la atención la fecha de la edición que se encontraba al frente de la pila: era un ejemplar viejo, del año anterior. Estaba escrito en otro idioma, y a pesar que Albus no sabía hablarlo, pudo reconocer que se trataba del de la tierra natal de Ainhoa: España.

No necesitaba leer el artículo de la portada para saber de lo que trataba. La foto que acompañaba el texto era suficiente. Albus conocía esa historia demasiado bien.

El rostro de la chica asesinada por un hombre lobo en Hogsmeade sonreía en la primera plana. Albus recordaba perfectamente a Dalia Cruz; después de todo, Ted había pasado una desagradable temporada en Azkaban inculpado por la muerte de esa muchacha. Pero nunca había hecho la conexión entre la Dalia y la profesora de Herbología, una conexión que ahora se volvía evidente.

Tenían los mismos ojos heterocromáticos. El mismo rostro redondeado. Y las pocas veces que había visto sonreír genuinamente a Ainhoa, sus labios se habían curvado de la misma forma que los de Dalia en la foto.

—¿Conoces el caso? —le preguntó una voz a su espalda, sobresaltándolo. Miró por encima del hombro hacia donde la profesora Cruz continuaba atendiendo a sus plantas.

—Sí —dijo escuetamente Albus. Ainhoa inspiró profundamente y soltó el aire despacio, por la nariz.

—Era mi hermana pequeña —confirmó Ainhoa, mientras hacía girar la varita sobre las plantas, pequeñas gotas de agua cayendo desde la punta de la misma.

—Lo siento mucho —no sabía qué decir exactamente. Ainhoa dejó de mover la varita y las gotas se detuvieron.

—Ella es la razón por la que estoy aquí —susurró con el rostro tenso, perdiéndose en algún pensamiento al que Albus no podía acceder. —Hemos terminado por hoy. Yo me encargaré a partir de aquí. Puedes volver al castillo —Albus reconoció la despedida en esas palabras.

El camino hacia el castillo se le hizo sumamente corto mientras pensaba en lo que acaba de escuchar. Quería llegar a su habitación para poder escribir en su diario. La llegada de Ainhoa a Hogwarts no era casualidad. Lo había abandonado todo para ir al lugar donde su hermana había perdido la vida. Estaba allí por Dalia Cruz.

La nueva información le resultaba reveladora y misteriosa al mismo tiempo. El caso de Dalia estaba cerrado. Habían capturado al asesino. Lo habían encerrado en Azkaban. Se había hecho justicia. ¿Qué era entonces lo que buscaba Ainhoa?

—¡Por fin llegas! —exclamó la voz melodiosa de Hedda cuando giró en el pasillo que llevaba a la sala común de Slytherin. Estaba agitada, las mejillas levemente sonrosadas, señal de que había corrido hacia él. Se detuvo frente a él y tomó varias bocanadas de aire para recuperar el aliento antes de volver a hablar: —Hemos perdido.

—¿Qué? —por unos segundos, Albus no comprendió de qué le estaba hablando. Y luego recordó: —El partido…

—Sí, Albus. El partido —repitió Hedda con dureza, sus ojos celestes examinándolo de forma analítica.

—¿Dónde está Scorpius? —fue su primera reacción, casi instintiva. Le pareció ver que las comisuras de los labios de Hedda se suavizaban, esbozando una débil sonrisa.

—Con Rose. En la torre de Astronomía —respondió escuetamente. Albus no esperó a escuchar más. Inmediatamente giró sobre sus talones y emprendió el camino en ascenso hacia la torre.

Sintió un calor tibio en el pecho, allí donde colgaba su fragmento del Amuleto. De alguna forma, supo que era Rose. La podía sentir, llamándolo. Y si presionaba aún más en la conexión, podía sentir también a Scorpius. Podía sentir su tristeza. Apresuró el paso, convirtiéndolo en un trote.

Su prima lo aguardaba en la puerta de la torre. Jugueteaba con su pieza del Amuleto, tironeando del cordel que lo mantenía atado a su muñeca. Albus pudo ver el alivio en sus ojos castaños cuando lo vio llegar.

—¿Cómo está? —preguntó Potter, jadeante. Rose hizo una mueca triste.

—No está bien —le adelantó ella. Albus asintió e intentó abrirse paso hacia Scorpius. Rose lo retuvo, tomándolo de la muñeca. —No creo que esto se trate simplemente de un partido de quidditch —agregó.

Hizo una pausa, y Albus supo que se estaba conteniendo de decir más. Tras debatirse unos segundos, finalmente le soltó la muñeca y se hizo a un lado para dejarlo pasar.

Scorpius se encontraba sentado contra una columna, todavía con el uniforme de quidditch puesto, y la mirada perdida en el horizonte. Aún había demasiado luz como para poder vislumbrar las estrellas. Pero tal vez él se supiera las constelaciones de memoria, pensó Albus. Tal vez no necesitaba de la noche para verlas.

Apenas desvió la mirada hacia él cuando escuchó los pasos. Sus labios temblaron en señal de reconocimiento, pero no llegaron a formar una sonrisa. Albus se sentó a su lado, flexionando las rodillas para poder apoyar los brazos sobre los mismos.

—Perdimos contra Gryffindor —la voz de Scorpius estaba ronca, posiblemente de tanto gritar indicaciones durante el partido.

—Sí, eso escuché —respondió con simpleza Albus. Dejó que su mirada también vagara por el cielo, a pesar de que él no veía nada allí—. Lo siento —susurró. Sintió que Malfoy contenía la respiración unos segundos junto a él.

—El partido me importa una mierda, Albus —dijo Scorpius en un tono tranquilo que discordaba con la dureza de lo que decía.

—Lo sé —aceptó Albus, tirando la cabeza hacia atrás hasta tocar contra la columna—. Aún así, tendría que haber estado allí para jugar en tu primer partido como capitán —reconoció Potter. Scorpius suspiró.

—No me habría venido mal tenerte ahí para compartir la humillación pública —lo escuchó decir en un tono sarcástico. Albus torció la cabeza para mirarlo.

—¿Tan mal estuvo? —se animó a preguntar. Una suave sonrisa atravesaba los labios delgados de Malfoy.

—Ni te imaginas —dijo Scorpius, riendo por lo bajo. Albus sonrió.

—Cuéntamelo todo —le pidió, acomodándose contra la columna.

Scorpius le relató el partido con lujo de detalles. Le explicó cómo habían logrado contener a Gryffindor durante los primeros treinta minutos, hasta que una bludger había dejado fuera de juego a Audrey Flint, inclinando el juego a favor de los leones. A partir de allí, el equipo de Slytherin se había desmoronado lentamente, desalentados por las embestidas contantes de un Gryffindor que con cada punto que anotaba se envalentonaba todavía más.

Para cuando la snitch se hizo presente, ya era evidente que Slytherin tenía las de perder. James contaba con un equipo sólido formado en su mayoría por jugadores que se conocían de la temporada anterior. El equipo de Scorpius, en cambio, se mantenía ensamblado a duras penas, con jugadores que todavía no terminaban de aclimatarse y conocerse. Era un equipo novato, y se hizo dolorosamente evidente.

Othello Avery hizo lo mejor que podía hacer en esas circunstancias, a pesar de que se le notaba desmotivado a causa de la marcada diferencia de puntos entre ambos equipos. Finalmente, Caspian Volts había atrapado la snitch, dando así por terminada la tortura de Scorpius.

Albus estalló en carcajadas cuando Scorpius imitó una de las muchas jugadas fallidas que había resultado en Allegra Finnigan haciendo un firulete en el aire y Scorpius dejando caer la quaffle para atajarla. Y mientras Scorpius le contaba el resto la historia, Potter fue notando que la tristeza se disipaba en su mejor amigo, y la experiencia se volvía una anécdota tragicómica.


Al igual que cada año desde que Hedda había llegado a Hogwarts, el 31 de octubre los Caballeros de la Mesa Redonda organizaron una fiesta clandestina en la Sala de Menesteres. Solo que esta vez, sería la última. Aquel era su último año en el castillo, y planeaban despedirse a lo grande.

Cuando cruzó la puerta aquella noche, Hedda quedó momentáneamente boquiabierta. Aquellos muchachos no dejaban de sorprenderla. Cuando uno creía que ya no quedaba nada que pudieran hacer, ellos sacaban una jugada secreta. Se superaban a sí mismos año tras año.

En lugar del habitual salón que acostumbraban a usar para los festejos, la Sala de Menesteres había adoptado el aspecto de un bosque silvestre. A pesar del aspecto salvaje y agreste, la distribución de los árboles se encontraba estratégicamente diagramada, dejando un claro en el centro. Los troncos estaban decorados con pequeñas lucecillas como las de los árboles de navidad, iluminadas con fuego mágico de un tono dorado que le daba un aspecto encantado. La música parecía brotar de las copas de los árboles, pero por más que se esforzara, Hedda no lograba detectar ningún parlante.

Sus ojos celestes recorrieron el lugar lentamente, deleitándose silenciosamente en todos los pequeños detalles: el aroma a tierra húmeda que sobrevolaba el aire, el suave "cri cri" de los grillos de fondo, cómo el césped se hundía como un colchón natural debajo de sus pies.

Pero lo que cautivó su atención fue el cielo. Por encima de la cúpula de los árboles, cubriendo el cielorraso como un manto oscuro, se abría sobre ellos una noche estrellada y de luna llena.

—¿Te gusta? —le preguntó James Potter, surgiendo entre la multitud a su lado. Su imbatible sonrisa encandiló momentáneamente a Hedda.

—Es… muy bonito —reconoció Le Blanc, aprovechando para desviar la cabeza nuevamente hacia el techo, escondiendo el rubor que amenazaba con pigmentarle las mejillas. —Alex verdaderamente se lució con este encantamiento —agregó, mientras espiaba por el rabillo del ojo hacia James. Por un segundo, James pareció desconcertado por el comentario.

—Claro, Alex… —balbuceó, balanceándose sobre los talones mientras se pasaba una mano por los cabellos oscuros, revolviéndolos todavía más—. Sí, ha hecho un buen trabajo.

—Me gustan las noches de luna llena —comentó Hedda, haciendo un movimiento con la cabeza hacia la esfera blanca que brillaba en el cielorraso. James recuperó su sonrisa.

—Sí, lo sé —dijo en un tono cómplice. —Esta será mi última fiesta de Halloween en Hogwarts —agregó luego, lánzandole una mirada significativa.

—Sí, lo sé —Hedda imitó sus palabras—. ¿Alguna sorpresa preparada para tu público? —preguntó con divertido sarcasmo. James rió entre dientes.

—No, esta noche quiero pasarla con las personas que voy a extrañar cuando me vaya de aquí —confesó Potter, y luego, extendió una mano en su dirección con la palma abierta hacia arriba. —¿Quieres bailar? —la invitó sin preámbulos.

Hedda sintió que el corazón le daba un vuelco en el pecho. Era una pregunta tan simple, y sin embargo, la respuesta le resultaba inesperadamente compleja. Pero James torció una sonrisa provocadora, casi desafiante, como si estuviese midiéndola.

Tomando coraje, Hedda apoyó su mano sobre la de él. Inmediatamente, los dedos de James se cerraron, sujetándola. Sintió ese cosquilleo eléctrico que experimentaba cada vez que su piel tocaba la de él. El contraste entre la calidez de él y su propia frialdad la hizo estremecer. Por supuesto que James lo notó y sus ojos castaños centellearon alegres.

Sabía que tenía que moverse, pero por algún extraño motivo, su cuerpo no parecía querer responder. Estaba inmóvil, con su mano entrelazada con la de James.

Sintió que la otra mano del muchacho se acercaba a ella y le tomaba la otra mano para colocarla sobre su hombro, para luego apoyarse con mucha cautela en su cintura. Y luego, dándole un suave empujón, James empezó a moverse, arrastrándola con él.

No era la primera vez que bailaban juntos. Pero esta vez, no había obstáculos entre ellos. Eran simplemente dos adolescentes moviéndose acompasadamente al ritmo de una melodía lenta y dulce, bajo la luz de una luna llena artificial.

Al igual que aquella noche de verano en la motocicleta, Hedda tuvo la sensación de que sus pies despegaban del suelo y que ambos flotaban lejos de allí.

—Felicitaciones por la victoria del otro día —comentó Hedda, sorprendiéndose de que le temblaba la voz. La sonrisa de James no cabía en su rostro.

—¿Te gustó el partido? —le preguntó él, curvando una ceja. Hedda sintió que la sonrisa tiraba de sus labios violáceos.

—Tuvieron suerte —lo provocó ella. James tiró la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada fresca.

—Ganamos en buena regla —dijo James.

—Ganaron porque a Flint la derribó una bludger.

—No debería jugar quidditch si no sabe esquivar una bludger —sentenció con desfachatez. Hedda soltó una risita baja, sorprendiéndose a sí misma. Los ojos de James se abrieron enormes, fascinados. —Tú deberías jugar.

—Sabes bien que no puedo hacerlo —se lamentó Hedda. James se encogió de hombros despreocupadamente.

—¿Qué es lo peor que podría pasar? —dijo restándole gravedad a la conversación. Hedda revoleó los ojos, pero la sonrisa seguía plantada en su rostro.

—A veces no estoy segura de si eres valiente o simplemente imprudente —respondió ella, con un suspiro.

—O ambas —sugirió James.

Sus ojos se posaron en ella, chispeantes y llenos de vitalidad, y el aroma de su piel le llegó como una marea embriagadora. Era una fragancia familiar y deliciosa, y el impulso de acercarse todavía más a él se apoderó de Hedda.

Instintivamente, lo soltó y dio un paso atrás, reaccionando como si hubiese recibido una descarga eléctrica. James quedó desconcertado.

—Debo irme —masculló Hedda, nerviosa. Tenía la boca seca.

Intentó abrirse paso entre la gente, escapando lo más rápido que le era posible de allí. Pero James logró alcanzarla mientras cruzaba los últimos árboles que conducían a la salida.

—No te vayas —le dijo mientras se interponía en su camino.

—James… —suspiró Hedda, evitando el contacto visual. Hedda cerró los ojos, como si así fuese más fácil decir lo que quería decir. —Ya tuvimos esta conversación una vez —dijo Le Blanc con dureza.

—Lo recuerdo. También recuerdo haberte dicho que no te tenía miedo —retrucó él, con la misma firmeza.

El perfume de James era reconfortante y al mismo tiempo desquiciante. Hedda no podía pensar claramente cuando estaba demasiado cerca de él. Le temblaban las manos mientras intentaba controlar el impulso de volver a tocarlo, de acercarse todavía más.

—Una cita. Eso es todo lo que te pido —volvió a hablar James. Hedda abrió nuevamente los ojos, sorprendida por la inesperada invitación. —Dame una oportunidad, y si después de esa salida, no quieres saber nada conmigo, prometo no volver a molestarte.

—¿Una cita? —repitió Le Blanc, anonadada. James asintió con la cabeza.

—Una sola —confirmó él.

—¿Si acepto tengo tu palabra de que no volverás a insistir con el tema? —exigió ella. James se enderezó, adoptando una postura solemne.

—Tienes mi palabra de Caballero —prometió. La comisura de la boca de Hedda tembló.

James se hizo a un lado para dejarla pasar. Hedda pasó junto a él, inspirando su aroma una vez más. Todavía embriagada con su perfume, salió del salón sintiendo los pies livianos y un cosquilleo en la boca del estómago.

Sus reflejos se activaron al distinguir una figura recortada en una de las ventanas al final del pasillo. Estaba sentado en el alfeizar, con una pierna flexionada a nivel de la rodilla y la cabeza tirada hacia atrás, apoyada contra el marco de la ventana. Una de sus manos descansaba sobre la rodilla flexionada en una posición relajada, y entre sus dedos yacía un cigarrillo encendido que liberaba un hilo de humo ondulante.

Al escucharla, la figura giró la cabeza hacia ella.

—¿Lorcan? —lo reconoció Hedda, acercándose.

—¿Abandonando la fiesta tan temprano, Hedda? —comentó el mayor de los Scamander, mientras apagaba el cigarrillo contra la pared de piedra.

—Las fiestas no son lo mío —respondió con sarcasmo ella. Lorcan chasqueó la lengua.

—James va a sentirse muy decepcionado —le dijo mientras bajaba la pierna y se sentaba en el marco de frente a ella—. Lleva semanas trabajando en el encantamiento del techo.

Hedda se quedó unos segundos sin palabras.

—Pensé que había sido trabajo de Alex… —susurró con evidente confusión. Lorcan alzó las cejas.

—¿Alex? —se rió Lorcan, meneando la cabeza—. Alex le dijo que era una ridiculez. Demasiado trabajo para una sola noche. Pero James insistió en hacerlo. Incluso le pidió ayuda a los elfos domésticos.

—¿Por qué? —preguntó Hedda.

—Bueno, los elfos se encargan de mantener el encantamiento del Gran Salón, así que le pareció lógico buscar su consejo...

—No —se apresuró a interrumpir Hedda, ansiosa. —¿Por qué insistió en hacerlo? —volvió a preguntar, aunque creía adivinar la respuesta. La sonrisa cómplice de Lorcan terminó por confirmárselo.

—Quería sorprenderte —le dijo Scamander. El cosquilleo en el estómago de Hedda se incrementó al escucharlo.

—No me dijo nada —titubeó ella.

—Yo sé que a veces James puede ser un poco… —dijo Lorcan, encogiéndose de hombros.

—¿Arrogante? ¿Engreído? —sugirió Hedda de manera burlona. Lorcan la miró con picardía.

—No eran precisamente las palabras que pensaba usar —rió con ella—. Pero también es una de las mejores personas que conozco —aclaró Scamander, clavando sus ojos azules en ella de forma significativa—. Y si le das una oportunidad, te aseguro que no te decepcionará.

El rubor trepó por las mejillas de Hedda, delatándola.

—Quién te dice… Tal vez lo haga —dijo enigmáticamente.

Los ojos de Hedda se desviaron hacia las cenizas esparcidas en el suelo de piedra frente a Lorcan, para luego dedicarle una mirada inquisitiva. Lorcan se removió en su lugar, incómodo bajo los ojos penetrantes de Le Blanc.

—No sabía que fumabas —presionó en el tema ella. Lorcan se mordió el labio en un gesto que le recordó mucho a Lysander.

—Me ayuda a distraerme… A relajarme —explicó el muchacho. Hedda frunció el entrecejo.

—¿De qué necesitas distraerte? —preguntó preocupada. Lorcan soltó el aire de los pulmones, desinflándose, su pecho hundiéndose pesadamente.

—Mis padres me escribieron esta semana. Planean viajar a Alemania en los próximos días —respondió Lorcan, una sombra de preocupación turbándole su rostro habitualmente risueño.

—Y tú piensas que está relacionado con la guerra —dedujo Hedda. Lorcan asintió.

—Por supuesto que no pueden ponerlo por escrito en una carta… Nunca sabes quién puede interceptar el correo. ¿Pero qué otro motivo podría llevarlos de regreso a ese país, justo ahora cuando se encuentra bajo amenaza de invasión por parte de Rusia? —razonó de forma inteligente el muchacho.

Hedda no estaba acostumbrada a verlo tan serio. Le costaba asociar esa versión adulta y racional con el joven alegre y despreocupado que había conocido años atrás. Hasta entonces, no había caído en cuenta de que Lorcan, al igual que James, ya eran mayores de edad.

—Aún no le he contado a Lysander —siguió sincerándose, el peso de aquella responsabilidad haciéndose evidente en sus palabras.

—Deberías hacerlo —sugirió Hedda en un tono calmo.

—Lo sé… Es sólo que aún no se recupera de la ruptura con Keith… No quiero sumarle más preocupaciones… —balbuceó Lorcan, restregándose la cara con una de sus manos. —No puedo dejar de pensar que si algo le sucede a mis padres… Seremos él y yo solos.

Hedda se sentó en la cornisa a su lado.

—Tu madre ya pasó una guerra antes. Peleó en este mismo lugar donde estamos nosotros hoy. Es una sobreviviente—le recordó Hedda—. Deja que ella y tu padre hagan lo que saben hacer —hizo una pausa, tomando aire para continuar. Lorcan tenía la mirada clavada en sus propias manos—. Pero si algo les sucede… Tienes que saber que tú y Lysander nunca estarán solos.

Scamander levantó la cabeza, sus ojos húmedos encontrándose con la mirada turquesa de Hedda. Tragó saliva con dificultad, las palabras atoradas en su garganta.

—Ahora entiendo porqué James está loco por ti —logró articular finalmente, una risa débil escapándose por lo bajo—. Detrás de todo esa imagen dura que das, en realidad se esconde un tierno puffskien.

—Oh, cállate, ¿quieres? —retrucó Hedda, empujándolo suavemente. Esta vez, Lorcan soltó una auténtica carcajada.


Aquella noche, Tessa tuvo una verdadera revelación. Fue como si un telón se corriera delante de sus ojos y la realidad se le hiciera evidente. Lo vio con mayor claridad de la que había visto las cosas en mucho tiempo. Y entonces, ya no pudo seguir pretendiendo. En ese momento, sólo le quedó un camino por recorrer.

Llevaba meses engañándose a sí misma. En algún punto, se preguntó si no llevaba toda la relación así. Ignorando la verdad que yacía frente a sus ojos, optando por otra realidad que se adaptara más a lo que deseaba. Se rió de sí misma, de su ingenuidad y su testarudez. Se había aferrado a Albus como un náufrago a los restos del naufragio, convencida de que era la única forma de no morir ahogada en el mar de desesperación en el que estaba envuelta, sin darse cuenta que podía nadar hasta la orilla y salvarse sola.

Pero aquella noche de Halloween, finalmente lo vio.

Llevaba largo rato buscando a Albus. Lo había perdido de vista al poco tiempo de llegar a la fiesta, y no lo había vuelto a cruzar durante horas. La noche estaba avanzada, y lo único que Tessa quería era poder volver a su habitación para dormir. Al día siguiente tenían clases, y no estaba dispuesta a sacrificar su rendimiento este año. Ahora más que nunca, necesitaba dar lo mejor de ella misma. Su futuro como Aurora se definiría en unos meses, cuando rindiera los TIMO.

Lo encontró finalmente en el extremo opuesto del bosque mágico. Rose y Scorpius estaban con él. Pero Albus permanecía ajeno a la conversación, sus ojos verdes fijos en otro lugar. Había un brillo particular un su mirada y sus labios estaban curvados en una cálida sonrisa, de esas que la gente esboza cuando cree que nadie los está mirando.

Tessa siguió la dirección de sus ojos y sintió que corazón se le caía al suelo.

Nadie más pareció notarlo, y unos segundos más tarde, Albus había vuelto a sí mismo. La expresión maravillada se había borrado de su rostro. Volvía a ser el mismo de siempre, con su mirada inteligente y su gesto astuto. Un adulto atrapado en el cuerpo de un adolescente.

—Albus —anunció su presencia Tessa al llegar junto a él. La voz le tembló de forma casi imperceptible. Albus giró a mirarla y al reconocerla, sonrió. Pero en nada se parecía a la sonrisa que había decorado su cara un instante atrás. Solo recordarlo le dolió profundamente.

—¡Tess! —le dio la bienvenida Albus de manera alegre, mientras su mano buscaba la de ella. Tessa le permitió entrelazar sus dedos con los de ella, pero no le devolvió el apretón. Albus percibió inmediatamente que algo sucedía, porque la alegría se borró de sus ojos.

—Necesito hablar contigo —le pidió Nott, armándose con todo el coraje que pudo encontrar. La mano de Albus la soltó lentamente a medida que asimilaba el pedido.

—Sí... claro —aceptó Potter, visiblemente descolocado.

Ni Scorpius ni Rose hicieron preguntas. Percibieron en el aire que aquello era algo que no los involucraba, y silenciosamente, se alejaron hacia donde se encontraba el hermano menor de Rose junto a Nina y a Lily.

Tessa se alejó de la multitud, con Albus caminando a su lado y lanzándole sospechosas miradas de reojo. Ella se obligó a no mirarlo directamente a la cara hasta que estuvieron lo suficientemente lejos de la gente como para que nadie pudiera escucharlos. Temía que si lo hacía, entonces se arrepentiría de todo aquello y se tiraría hacia atrás. Y ya no podía retroceder. Necesitaba seguir avanzando.

—Tess... Me estás asustando. Dime qué te sucede —le pidió Albus con inusual gentileza. Su preocupación era real y palpable, y eso lo hacía todavía más dificil para Nott.

—Creo que tenemos que romper —soltó tan de golpe que las palabras se le pegaron unas a otras. Albus tardó unos segundos en terminar de entenderle.

—Si es porque no hemos pasado mucho tiempo juntos en lo que va de la fiesta... —se apresuró a disculparse él, en su particular forma.

—No... y sí —tuvo que reconocer Tessa—. No se trata simplemente de hoy.

—Las cosas han estado complicadas estos últimos meses, Tess... —le recordó innecesariamente. Tessa le sonrió con tristeza.

—Las cosas siempre son complicadas contigo, Al —señaló ella.

—Pensé que lo entendías —dijo él, confundido.

—Lo entiendo —confirmó ella con serenidad. Albus frunció el entrecejo.

—Entonces, ¿qué es lo que ha cambiado?

—Yo —respondió ella con simpleza.

Su respuesta dejó a Albus boquiabierto. Ella le dedicó un gesto indulgente mientras se acercaba para tomarle la mano.

—Eres un mago excepcional, Albus, y estoy convencida de que estás destinado a grandes cosas... Pero no eres quien yo necesito. Y yo no soy tampoco a quién verdaderamente quieres.

—¿Qué estás diciendo? ¡Claro que lo eres! —se quejó él. Tessa meneó la cabeza.

—He visto cómo la mirabas hoy mientras bailaba con Louis... Nunca me has mirado de esa forma a mí —señaló con resignación la chica de Ravenclaw. Por segunda vez, Albus se quedó sin palabras.

—Ella es sólo una amiga —insistió Albus, pero la voz le salió más ronca de lo habitual, traicionándolo.

—Estás enamorado de ella —le dijo Nott con sorprendente entereza.

—Estoy contigo —fue la primera reacción de Albus. Tess alzó las cejas, como si aquello fuese prueba de que tenía la razón. Albus resopló, frustrado.

—Quiero más, Al —confesó ella, y una corriente liberadora le recorrió el cuerpo al decirlo en voz alta—. Quiero alguien que me ponga a mí primero, que esté dispuesto a ir hasta lo imposible por mi... Quiero alguien que me mire de la forma en que tú mirabas a Elektra hoy. Llevo meses convenciéndome a mí misma de que, tal vez, un día, tú serás esa persona... Pero tú no puedes ser esa persona para mí. Y lo entiendo.

El silencio de Albus fue toda la respuesta que necesitaba. Ahora que la verdad estaba sobre la mesa, ya no había forma de regresar a la ignorancia o negarla, ni siquiera para él.

—Lamento no poder darte lo que necesitas —susurró Albus, verdaderamente apenado.

Pero ella no lo lamentaba. Era precisamente eso lo que la había enamorado en un principio. Ese espíritu fuerte, que arrasaba con todo a su camino. Esa determinación en su mirada. Esa ambición por alcanzar lo inalcanzable. Era lo que lo hacía único. No podía pedirle que renunciara a eso. En el fondo, sabía que él tampoco lo haría.

Pero él ya no era su salvavidas. Y ella no estaba sola.

—Entenderé si ya no quieres que vaya a la reuniones de la Hermandad...—habló Tessa al ver que Albus no decía nada más.

—¿Por qué habría de querer eso? —le preguntó con serenidad. Nott chasqueó la lengua, un suave rubor coloreándole el rostro.

—Pensé que tal vez ya no me querrías ahí —confesó la parte más insegura de Tessa, y contuvo la respiración mientras aguardaba la respuesta.

—Eso nunca —le dijo Albus con escalofriante seriedad—. Te di mi palabra de que te ayudaría a encontrar a los culpables por la muerte de tus padres. Pienso cumplir esa promesa —agregó.

Tessa lo conocía lo suficiente como para saber que verdaderamente planeaba llevar adelante su palabra. Había una determinación en su mirada que le hizo creer que, si alguien podía lograrlo algún día, ese era él.

—Ahora más que nunca debemos permanecer unidos —dijo Potter. Tessa asintió.

Albus podía no ser el amor de su vida. Pero era todo lo que Tessa esperaba de un líder. Eran promesas como esas las que hacían que las personas lo siguieran ciegamente, incluso si eso significaba su propia destrucción. Esa era su verdadera revelación.


Creo que esto es el mayor tiempo que he tardado en actualizar desde que retomé la historia. Han sido un par de semanas complicadas en más de una manera. Me costó mucho encontrar el momento y las ganas de sentarme a escribir... Y lo cierto es que estas eran una serie de escenas muy importantes para la historia, y no quería hacerlo con desgano.

¡Gracias a todos los que han aguantado conmigo estas semanas! Y perdón si es que los asusté un poco (de seguro algunos ya se imaginaban otra pausa de 10 años jaja).

A los que dejan comentarios, ¡Gracias! Los leo todos y cada uno. ¡Así que sigan comentando! Siempre es una alegría leerlos. Publicaré las respuestas en el próximo capítulo.

Me ha quedado una escena pendiente para este capítulo... Originalmente había planeado incluirla aquí, pero a último momento me ha dado algunas dudas. Terminé decantándome por usar la escena de Tessa y Albus para cerrar el capítulo.

Saludos,

G.