Capítulo 20: Locura sagrada

When the days are cold
And the cards all fold
And the saints we see
Are all made of gold.
When your dreams all fail
And the ones we hail
Are the worst of all
And the blood's run stale.

I wanna hide the truth
I wanna shelter you
But with the beast inside
There's nowhere we can hide.
No matter what we breed
We still are made of greed.
This is my kingdom come,
This is my kingdom come.

(Cuando los días son fríos,
Y las cartas ya han sido puestas sobre la mesa,
Y los santos que vemos
Están todos hechos de oro.
Cuando todos tus sueños fallan,
Y por los que nos entusiasmamos
Son los peores de todos
Y la sangre se ha secado.

Quiero ocultar la verdad,
Quiero protegerte,
Pero con la bestia en mi interior
No hay donde podamos escondernos.
No importa lo que cultivemos,
Aún estamos hechos de codicia.
Esta es la llegada de mi reino
Esta es la llegadaa de mi reino.)

Demons, Imagine Dragons.


Arlene Domich no siempre había estado sola. Tiempo atrás, había tenido una hermana gemela.

Su nombre había sido Mave. Habían crecido juntas en las afueras de Belfast, y durante mucho tiempo, habían sido felices. Habían compartido sueños y planes. Eran mejores amigas. Así que era de esperarse que cuando Mave conoció a Alexander, Arlene fuese la primera en enterarse.

Se enamoraron con abrumadora rapidez, para gusto de Arlene. Tendría que haber sospechado entonces que algo no estaba bien con Alexander. Vestía con ropa de colores demasiado llamativos, y cosas extrañas sucedían cuando él estaba cerca. Pero a Mave no le importaba. Siempre había sido más impulsiva que ella.

Se casaron una mañana de otoño en una ceremonia íntima, donde sólo estuvieron presentes una docena de personas, principalmente amigos de la pareja. A pesar de que Mave lucía radiante, Arlene no podía sacarse de la cabeza la idea de que Alexander escondía algo. Conocer a sus amigos solo reforzó esa sensación: eran aún más excéntricos que el propio Alexander.

Tenía razón. Alexander escondía un secreto. Arlene no lo supo hasta que fue demasiado tarde.

Sucedió durante la noche, poco después de que se casaran. Arlene se despertó a la mañana siguiente con un mal presentimiento, una opresión en el pecho que le dificultaba la respiración. La sensación de que algo verdaderamente malo había sucedido.

Intentó llamar a su hermana por teléfono, pero nadie le atendió. La opresión se intensificó. Mave siempre atendía a sus llamadas. Arlene se subió inmediatamente al auto. Le tomó pocos minutos llegar hasta la casa a la cual se habían mudado Mave y Alexander. Pero ya era demasiado tarde.

El cadáver de Alexander fue lo primero que vio. Estaba desplomado sobre la alfombra que cubría el piso de la sala de estar, su rostro desfigurado a causa de múltiples heridas, su ropa manchada con sangre oscura y espesa, su mirada vacía y apagada.

Mave estaba a pocos metros, tumbada boca abajo, un rastro de sangre detrás de ella que indicaba que se había arrastrado hasta allí en un intento desesperado por llegar junto a su esposo.

Arlene corrió hacia ella, cayendo sobre las rodillas junto a su cuerpo. Su hermana yacía inmóvil, con el vestido rasgado y el cuerpo magullado, su rostro oculto debajo del cabello oscuro y enmarañado. Se le revolvió el estómago, un sabor ácido y quemante subiendo por su garganta mientras estiraba una mano temblorosa para tocar el cuerpo de Mave.

Mave jadeó, un sonido gorgoteante y agónico que escapó de sus labios, una inspiración dificultosa, un estertor que hizo vibrar apenas su pecho. Estaba viva.

La ambulancia llegó a los pocos minutos después de que Arlene la llamara. Mave pasó dos semanas internada en la terapia intensiva del hospital, recuperándose de las impresionantes heridas que había recibido.

La policía local investigó el caso, llegando a la conclusión de que había sido un intento de robo que había salido mal. Pero a Arlene no le convenció la explicación. Nadie había forzado la entrada a la vivienda, y no había señales de que se hubieran llevado algo valioso de la misma.

Por lo visto, ella no era la única que dudaba de las conclusiones que había sacado la policía local. Dos hombres aparecieron un día en el hospital para conversar con Mave. Se identificaron como miembros de una unidad de investigación especial, que se dedicaba a casos poco habituales. Mave habló con ellos en privado durante horas.

Transcurrieron otras dos semanas más antes de que su hermana finalmente se decidiera a hablar con ella también. Para entonces, ya había recibido el alta hospitalaria. Arlene se la había llevado a vivir al apartamento con ella, considerando que volver a la casa donde habían asesinado a su esposo sería demasiado traumático para ella.

Estaban tomando un té en la cocina cuando Mave comenzó a hablar de esa noche.

No había sido un ataque común y corriente. No había sido simplemente una banda de delincuentes ordinarios asaltando una vivienda al azar. Eran criminales peligrosos, prófugos de guerra, con un objetivo puntual: iban específicamente tras Alexander. El esposo de su hermana había sido un mago. No uno de esos que sacaban conejos de galeras o largos pañuelos de las mangas de sus sacos. Un mago de verdad. Capaz de hacer magia real.

Por un momento, Arlene pensó que Mave había perdido completamente la cabeza. El ataque la había dejado trastornada, y en su dolor, había inventado una realidad alternativa que diera sentido a todo aquello. Lo que estaba diciendo era completamente absurdo. Y sin embargo…

Siguió escuchando la historia sin interrumpirla. Alexander era el hijo mayor de una importante familia de magos irlandeses. Sus padres habían estado en desacuerdo con que se casara con una mujer que no podía hacer magia, y por lo tanto, no formaba parte de su sociedad. A Alexander no le había importado. Había renunciado a su familia, a su herencia, a su mundo, por ella.

Al hermano menor de Alexander no le había gustado esa decisión. Consideraba una vergüenza para su familia y un deshonor por parte de Alexander. Más importante aún, le preocupaba que la futura descendencia de su hermano mayor pudiese reclamar en algún momento parte de la herencia familiar. Había decidido tomar cartas en el asunto y eliminar todo riesgo a futuro. Se había contactado con un grupo de magos radicales, prófugos de la ley, que habían participado en una especie de guerra mágica que había tenido lugar en Inglaterra, y los había contratado para asesinar a Alexander.

El líder de este grupo había accedido gustoso al encargo. Para él, no se trataba simplemente del dinero. El hombre estaba desquiciado, obsesionado con mantener lo que llamaba "pureza de sangre" entre los magos. La simple idea de que uno de los suyos hubiese elegido casarse con una mujer como Mave le resultaba repugnante y digna de ser castigada.

Habían entrado durante la noche a la casa, mientras Mave y Alexander dormían. No les habían dado tiempo a escapar. Los habían arrastrado hasta la sala de estar a la fuerza, y allí, el líder del grupo había violado a Mave mientras sus compañeros torturaban a Alexander. Mave todavía recordaba los gritos de su esposo entremezclados con las risas sádicas de los torturadores. Continuaron golpeándolos durante horas, hasta que Alexander finalmente dejó de respirar. Dieron a Mave por muerta también, y ella incluso llegó a pensar que lo estaba. Perdió el conocimiento y cuando volvió a recuperarlo, ya se encontraba en el hospital.

Los investigadores que la habían visitado durante su internación formaban parte de un grupo de magos entrenados específicamente para perseguir y atrapar ese tipo de criminales. Llevaban años persiguiendo al líder de ese grupo y a otros como él. Le habían mostrado una serie de fotos, entre las cuales ella había reconocido a su agresor.

El motivo por el cual Mave le estaba contando todo eso era porque estaba embarazada. Tras varios días de atraso, esa mañana, se había hecho un test. Le había dado positivo. Ella y Alexander habían estado buscando un bebé durante meses antes del ataque. Mave tenía esperanzas de que fuera suyo.

Arlene volvió a sentir ese vacío asfixiante en el pecho mientras la escuchaba. El recuerdo de aquel día volvió a su mente: el rostro irreconocible de Alexander a causa de los golpes, la sangre que manchaba la alfombra, su hermana al borde la muerte.

Le creyó. A pesar de que la historia parecía inverosímil, Arlene supo en su interior que era verdad. Su hermana no estaba loca. No estaba delirando.

Los meses que siguieron fueron difíciles para ambas. Arlene no sabía cómo acompañar a Mave en su embarazo. Y su hermana no sabía cómo lidiar con todo lo que le había sucedido.

Cuando la barriga de Mave comenzó a crecer, Arlene decidió que había llegado el momento de mudarse. Los rumores en torno a Mave se habían vuelto incesantes: era un pueblo pequeño, donde todos se conocían, y el ataque no había pasado desapercibido a los vecinos. Arlene los escuchaba susurrar a sus espaldas, los veía señalarlas cuando paseaban por el barrio. Podía sentir la lástima que emanaba de sus miradas.

Mave transitaba todo con una desapegada indiferencia. La mitad del tiempo, era como si no estuviera allí. Deambulaba por la casa con una expresión perdida. Por las noches, gritaba en sueños. Se estremecía ante cualquier ruido o movimiento inesperado. Hablaba poco y nada. Arlene pensó que trasladarse a Londres la ayudaría a estar mejor. Sería un nuevo comienzo, lejos de todos los recuerdos que la atormentaban en Belfast. Pero Mave no mejoró. Algo en ella se había apagado esa noche en que mataron a Alexander, y Arlene no sabía cómo volver a encenderlo.

El bebé nació durante una tormenta. Un niño sano de tres kilos y medio. Mave lo llamó Alexander, en honor a su esposo. Pero prefirió no averiguar si el niño era de él o no. Arlene no le insistió. Pensar que el pequeño podía ser el fruto del amor era más fácil para su hermana que la alternativa. Arlene, por su parte, se enamoró del pequeño Alex en cuanto lo vio por primera vez. No le importó quién era el padre. Era el hijo de Mave, y eso era todo lo que necesitaba saber.

Después del parto, Mave empeoró. Apenas si se levantaba de la cama. Dejó de comer y enfermó. Al mes falleció. Arlene quedó sola con el recién nacido y la responsabilidad de cuidar de él, en todos los sentidos en que se podía cuidar de alguien.

—Hice lo creí mejor para ti, Alex —masculló en medio del silencio que había engullido la casa. Alex la observó con ojos desenfocados.

—Entonces… Tú no eres mi madre —fue todo lo que pudo articular, la voz rasgándole la garganta.

—¡Te he amado como una madre! —aulló Arlene Domich dolorida.

Alex no quería escucharla. No podía mirarla siquiera. Sólo podía pensar en la mentira que le había alimentado toda su vida. Encaró a Scarlet con determinación, pero también con temor. No era Raven quien lo asustaba. Eran las respuestas que ella conocía lo que verdaderamente lo aterraba.

—Dijiste que Shadow sólo responde a los descendientes de una familia en particular —habló con sorprendente entereza.

—Así es —respondió ella. Los ojos violetas de Raven se sentían penetrantes sobre él. Aún así, no apartó la mirada.

—¿Qué familia? —preguntó, estremeciéndose sin poder contenerlo.

—Lestrange —respondió Scarlet sin preámbulos.

Alex se tambaleó, sus pies perdiendo momentáneamente la noción de dónde estaba el suelo. Una desagradable sensación de vértigo lo invadió. Tuvo que sujetarse de la pared más cercana para no caer.

—Mi padre… —masculló Alex con aturdimiento, su piel de un color verde enfermizo.

—Existe la posibilidad de que tu padre fuese Rabastán Lestrange —confirmó Dominique.

—Necesito salir de aquí —dijo mientras avanzaba hacia la puerta tropezando con sus propios pies, balanceándose de un lado al otro como un borracho. La abrió con un movimiento torpe y salió al exterior antes de que alguien pudiese detenerlo.

La señora Domich se levantó detrás de él. Scarlet se interpuso en su camino, evitando que lo siguiera hacia el exterior.

—Déjelo ir —le sugirió Raven, y a pesar que su expresión era dura, sus ojos destilaban una calidez inusual en ella.

—Me odia —se lamentó la señora Domich.

—No la odia —le aseguró Scarlet—. Usted es su madre —remarcó.

Alex podía escucharlas a través de la puerta entreabierta. Estaba agazapado en el jardín delantero, con las manos apoyadas sobre sus rodillas y la cabeza inclinada hacia abajo. Las arcadas llegaban de forma imprevisible, le sacudían el estómago y lo hacía vomitar un líquido bilioso y amargo.

—¿Un poco de agua? —sugirió Dom, agachándose a su lado y extendiéndole una botella. Alex la bebió entera, sin detenerse siquiera para respirar. Cuando terminó, se dejó caer sentado en el césped, derrotado.

—¿Puedes sacarme de este lugar? —le pidió.

—¿A dónde quieres ir? —le preguntó Weasley con cautela.

—A cualquier lado, lejos de aquí —suplicó.

—De acuerdo —aceptó Scarlet, saliendo también de la casa. La señora Domich estaba con ella. Alex se reincorporó con dificultad, intentando mostrarse lo más entero y orgulloso posible.

—No puedes simplemente irte, Alex… Debemos conversar sobre esto —le pidió su madre, atormentada. Alex negó fervientemente con la cabeza.

—Yo… no puedo hablar contigo en este momento. No puedo, lo siento —se negó Alex.

—¿A dónde irás? Eres sólo un muchacho —se preocupó la señora Domich.

—Soy mayor de edad para la Ley Mágica —la corrigió Alex con arrogancia. Ella se limitó a fruncir los labios y a contener cualquier posible respuesta que amenazara con escapar de los mismos.

—Lo llevaremos a un lugar seguro. Me aseguraré de que se comunique con usted en cuanto esté instalado allí —le dio su palabra Scarlet.

La madre de Alex no pudo más que aceptar las nuevas condiciones, y dejarlo ir. Observó con impotencia el momento en que Alex se aferraba al brazo de Scarlet Raven para desaparecer frente a sus ojos, sin dejar rastros de su presencia allí.

—Aquí le dejo mi teléfono —agregó Dominique, entregándole una tarjeta—. Puede llamarme cuando quiera, por lo que sea.

La señora Domich tomó la tarjeta y leyó el número de teléfono escrito en la misma con evidente desconcierto. Seguramente pensaba que los magos no usaban teléfonos celulares, y en gran parte, tenía razón. Pero Dominique siempre había sido un poco diferente a la mayoría de los magos, y compartía con su abuelo Arthur el interés por los objetos de invención muggle. Habían alterado varios celulares para que funcionaran cerca de la magia juntos.

—Envíale mis cariños a tu hermano Louis… Es un buen muchacho. Todos ellos lo son. Han sido muy buenos amigos con Alex… Sólo espero que esto no lo arruine todo —suspiró Arlene. Dominique chasqueó la lengua.

—A mi hermano y sus amigos no les importa en lo más mínimo quién puede ser el padre de Alex —la tranquilizó. Y luego, desapareció igual que como lo habían hecho Scarlet y Alex.


Scarlet Raven los apareció en el Valle de Godric. Alex ya había estado allí antes, durante las vacaciones visitando a James. Los techos a dos aguas de la mayoría de las viviendas estaban cubiertos de nieve, y el agua de la fuente central se había congelado. Se escuchaban villancicos que se cantaban en algunos de los locales comerciales, y las calles estaban decoradas con guirnaldas de luces de colores navideños.

Caminaron sin detenerse hasta la casa de los Potter, y Scarlet golpeó con insistencia a la puerta. Alex notó que el extremo de su varita asomaba del puño de su manga, lista para deslizarse entre sus dedos si era necesario. Se preguntó si esa mujer siempre andaba por la vida en un estado de alerta permanente. Debía de ser extenuante vivir así, pero a Raven no parecía afectarla. Nada parecía afectarla demasiado.

Una oleada de viento cálido los envolvió cuando la puerta de la casa se abrió, mostrando a un confundido y envejecido elfo doméstico.

—¿Dama Raven? —la llamó Kreacher. Sus ojos inquisitivos notaron la presencia de Alex.

—Buenas noches, Kreacher. ¿Se encuentra el señor Potter en casa? —preguntó con prisa, abriéndose paso hacia el interior de la vivienda sin esperar a que la invitaran.

Alex la siguió con timidez, haciendo una inclinación de cabeza hacia el elfo, a modo de saludo y disculpa al mismo tiempo. No había planificado en detalle su huida. Simplemente había necesitado salir de su casa y alejarse de su madre, o de lo contrario, habría corrido el riesgo de hacer o decir algo de lo cual pudiese arrepentirse más tarde. Había permitido que Scarlet lo Apareciera sin importarle el destino, agradecido de una forma rápida de escape. Pero ahora que estaba allí, una inquietante ansiedad comenzaba a invadirlo.

Raven caminó hasta la puerta que correspondía al despacho del señor Potter y la abrió sin golpear a pesar de que el elfo doméstico le dijo que el amo Potter no deseaba ser interrumpido.

Harry Potter se encontraba sentado detrás de su escritorio, inspeccionando con el ceño fruncido un recuerdo en el interior de su Pensadero. Levantó la cabeza inmediatamente, su rostro iluminado de forma ominosa por la luz que resplandecía desde el Pensadero.

—He traído al chico conmigo —graznó la mujer con su habitual dureza. Los ojos verdes de Harry se deslizaron veloces hacia Alex, que permanecía rezagado a una buena distancia detrás de Raven.

—Ya veo —dijo Harry, sonriendo con afabilidad, mientras se ponía de pie y se acercaba a la puerta. —Hola, Alex.

—Lo siento mucho, señor Potter. No sabía que vendríamos aquí… —se disculpó Alex, sintiéndose terriblemente avergonzado. La sonrisa del padre de James se acentuó, y una suave risa escapó entre sus labios, mientras le palmeaba el hombro de forma amistosa.

—¿Tienes hambre? —le preguntó con aire casual, mientras que caminaba hacia la cocina.

Alex no tenía hambre. No se sentía capaz de tolerar algo sólido sin vomitar. Pero no se atrevió a decirlo en voz alta. En cambio, ocupó una de las sillas que había frente a la mesa de la cocina y aguardó en silencio mientras el señor Potter encendía una hornalla y batía unos huevos, todo sin usar magia. Scarlet permaneció de pie, reclinada contra la entrada de la cocina.

—Los chicos están cenando en casa de los abuelos —le explicó Harry, a pesar de que Alex no se había atrevido a preguntar, mientras depositaba un plato de huevos revueltos frente a él. El aroma era exquisito—. Regresarán mañana por la mañana. Mientras tanto, puedes dormir en la habitación de James si lo deseas.

—Gracias, señor Potter —balbuceó Alex, mientras pinchaba un pequeño trozo del plato para pretender que comía.

—Bien… Estaré en mi despacho si me necesitan —se despidió mientras lanzaba una mirada hacia Scarlet que no pasó desapercibida para Alex. Quedaron a solas, los aromas de la comida recién preparada todavía flotando en el aire de la cocina.

—Entonces… —rompió el silencio Alex, al ver que los minutos se prolongaban sin que Raven pronunciara sonido alguno—. Tú eres una Lestrange —dijo lo primero que se le vino a la mente. Scarlet se despegó con lentitud de la pared y caminó hacia la mesa para sentarse frente a él.

—Mis antepasados lo fueron —respondió con astucia—. Mi abuelo renunció a la familia cuando se casó.

—¿Puedes renunciar a una familia? —se sorprendió él. Raven torció una sonrisa sutil, casi imperceptible.

—Puedes renunciar al apellido. Pero no puedes deshacer lo que está grabado en tu sangre —explicó ella, las palabras amargas en su boca.

—¿Es posible que… estés equivocada? ¿Qué yo no sea… quien crees que soy? —Alex no se atrevía siquiera a decirlo en voz alta. Scarlet tardó en responder. Sus ojos violetas parecían rayos X, escaneándolo.

—Hay una forma de comprobarlo —le respondió.

—¿Un examen de ADN? —inquirió Alex, intrigado. Una risa corta, casi una exhalación, se filtró por los labios delgados de Scarlet, provocando que Alex se sonrojara.

—Algo así —aceptó ella—. Existe una bóveda en Gringotts que pertenece a la familia Lestrange. Fue una de las primeras cámaras que se construyeron, y a diferencia de otras cámaras, no necesita de una llave para abrirse.

—¿Y cómo se abre? —preguntó Alex, frunciendo el ceño. Un gesto divertido se dibujó en el rostro de Raven.

—Las huellas de la mano del dueño la abren —explicó, inclinando la cabeza hacia él y mirándolo por encima de la nariz—. Si eres el hijo de Rabastan Lestrange, eso te convierte en el último varón de la familia… Y por lo tanto, en el dueño de la bóveda —concluyó. Alex tragó saliva, sintiendo la garganta más seca de lo normal. Solo escuchar el nombre de Lestrange lo hacía sentirse enfermo.

—Hagámoslo —aceptó, mirando a Raven a los ojos. Ella aceptó con otro movimiento seco.

—Te buscaré temprano por la mañana. Intenta descansar —determinó con brusca practicidad.

Raven se puso de pie y se marchó de la cocina. Alex se inclinó en la silla para asomarse y seguirla con la mirada. La vio entrar en el despacho de Potter y cerrar la puerta detrás de ella. Se quedó un rato más allí sentado, mirando el plato frente a él todavía intacto, aguardando por si la mujer volvía a salir. A medida que transcurrían los minutos, el cansancio de aquel largo día empezaba a pesar sobre sus párpados. Luego de casi una hora, se dio por vencido y se marchó a la habitación de James para intentar dormir.

Al pasar junto al despacho, creyó ver el destello blanquecino del Pensadero escurriéndose por la rendija inferior de la puerta.


A la mañana siguiente, Scarlet buscó a Alexander por la casa de los Potter temprano en la mañana. Los hijos de Harry todavía no habían regresado de la casa de sus abuelos, pero Alex lo prefería así. No se sentía listo para enfrentarse a uno de sus mejores amigos y contarle la verdad. Ni siquiera estaba seguro de cuál era la verdad.

Pronto lo averiguaría.

Diagon Alley estaba atestada de gente, como era habitual en esa época del año. El invierno no evitaba que las personas salieran de compras navideñas. Alex recordó con una puntada dolorosa cómo él y su madre acostumbraban a pasar las fiestas juntos, mirando películas navideñas en la televisión mientras comían golosinas. Se quedaban despiertos hasta las doce de la noche para brindar y entregarse los regalos. Su madre siempre ahorraba dinero para un regalo en Navidad, y desde muy pequeño, Alex se las había ingeniado para retribuirle con alguna sorpresa hecha a mano.

Era la primera Navidad que pasaban separados.

Nunca antes había entrado a Gringotts. De familia muggle y sin dinero, a Alex le había sido otorgada una beca para poder estudiar en Hogwarts. Todos los años, junto con el listado de libros y útiles que debía comprar para la cursada, le llegaba una bolsa de galeones para cubrir los gastos. Intentó disimular su asombro ante la imponente recepción del banco mágico e hizo todo lo posible por no quedarse mirando con fascinación a los duendes mientras contaban las pilas de dinero. A su lado, la comisura de los labios de Scarlet se elevaron al percatarse de su estupefacción.

—Tuvieron que reconstruir todo este salón después de la Segunda Guerra Mágica… De alguna forma, se las arreglaron para hacerlo todavía más ostentoso que antes —le comentó Raven, chasqueando la lengua.

—¿Atacaron Gringotts durante la guerra? —inquirió Alex, curvando las cejas.

—Algo así —dijo enigmáticamente Scarlet, y Domich creyó notar una vez más una chispa divertida en sus ojos. Duró sólo unos segundos. Al llegar frente al escritorio principal, su expresión había vuelto a adquirir la misma dureza de siempre—. Buenos días. Venimos por la bóveda Lestrange —anunció como si fuese algo de rutina. El duende, en cambio, abrió los ojos con extrañeza, como si Raven le hubiese hablado en un idioma que él no comprendía.

—¿La bóveda Lestrange ha dicho? —repitió, acomodándose los anteojos y abriendo un cuaderno enorme que yacía sobre el escritorio, pasando las hojas con frenetismo. Levantó la mirada varias veces del libro para posarla en Raven y luego volver a inspeccionar las escrituras, sin éxito. Alex empezaba a sentirse observado e impaciente, pero Scarlet se mantenía imperturbable, erguida como una estatua orgullosa en medio del salón.

—Señorita Raven —intervino otro duende, después de que el primero terminara de revisar el libro sin éxito y mandara a llamar a su supervisor—. Pensé que habíamos sido claros con respecto a la bóveda Lestrange la última vez que nos visitó… —había cierto reproche en su voz y observaba a Scarlet con evidente desconfianza. La mujer le dedicó una sonrisa fría y sobradora.

—Muy claros —coincidió Raven, y sus ojos relampaguearon—. Pero no soy yo quien desea acceder esta vez. Es él —agregó, haciendo un movimiento con la cabeza para señalar a Alexander.

—¿Y quién es él? —preguntó el duende, mirando a Alex por encima de los anteojos.

—El heredero —respondió Raven antes de que Alex pudiese decir su nombre. El duende abrió los ojos con aturdimiento, y posiblemente, también un poco de miedo.

—Por aquí, señor —dijo finalmente, haciendo una imperceptible inclinación en su dirección, y señaló con la mano el camino a seguir.

Les tomó una eternidad llegar hasta la bóveda de la familia Lestrange. Se encontraba sepultada kilómetros debajo de la tierra, y para acceder a la misma primero tuvieron que atravesar múltiples barreras de seguridad cuya intención era atrapar impostores y ladrones.

—Es esa, señor —le indicó el duende con escepticismo, señalando una de las puertas que daba a un hall central, empotrada en la piedra.

Alex no podía culparlo. Él también se sentía un impostor, pretendiendo ser alguien que no era. Un actor en una obra de muy mal gusto. Pero ninguna sirena había sonado durante su descenso, ninguna barrera se había activado debido a su presencia. ¿Era posible?

Su mano derecha se sacudió de forma descontrolada cuando Alex la extendió frente a la puerta. Junto a él, Scarlet contenía el aliento mientras aguardaba a ver el veredicto. Cuando su piel tomó contacto con la fría piedra, Alex sintió el inconfundible cosquilleo de la magia recorriéndole el cuerpo, una energía electrizante que lo hizo estremecerse de pies a cabeza.

La puerta se abrió, revelando el interior de una cámara repleta de oro y reliquias, pilas de monedas que llegaban hasta el techo, objetos de incalculable valor amontonados unos sobre otros.

—¡Por las orejas de Gringotts! —jadeó el duende.

Alex sintió que el lugar, lejos de abrirse para él, se encogía, sus paredes de piedra cerrándose, el aire volviéndose espeso e imposible de respirar.

—Respira —le recordó Scarlet, apoyando una de sus manos de dedos largos y delgados sobre su hombro.

—¿Esto significa…? —tartamudeó Alex, hiperventilando. Scarlet asintió.

—Es tuyo —dijo la mujer, señalando hacia el interior de la cámara, donde la luz de las antorchas arrancaba destellos dorados por todas partes.

—No lo quiero —dijo Alex, sacudiendo la cabeza y dando un paso hacia atrás—. No quiero nada de todo eso.

—Te pertenece por derecho —insistió Raven.

—¡Es el oro de un violador y asesino! —gritó él, y las palabras retumbaron en la cámara de piedra, haciendo eco. Se giró hacia el duende—. ¡Ciérrala! —le ordenó, fuera de sí.

No esperó a comprobar si efectivamente cerraban la cámara. Retrocedió por el mismo camino que habían recorrido a la ida, de regreso al carrito que los había transportado desde la superficie. Fue una vuelta silenciosa, donde ni el duende ni Scarlet se atrevieron a dirigirle la palabra. Alex prácticamente saltó del carrito cuando se detuvieron, y salió de Gringotts sin esperar a Raven. La mujer lo siguió con paso tranquilo e inesperada paciencia.

El frío del exterior contrastaba brutalmente con la calidez sofocante del banco. Alex tomó varias bocanadas grandes de aire, enfriando sus pulmones y sus pensamientos. En la calle, un grupo de magos vestidos con túnicas rojas repartían canastos navideños a los peatones, mientras uno de ellos, subido en una pequeña plataforma, predicaba su discurso a todo aquel que se detenía a escucharlo.

—¡HERMANOS Y HERMANAS! ¡EN ESTAS FIESTAS, RECUERDEN LO QUE VERDADERAMENTE IMPORTA: NUESTRA COMUNIDAD! ¡AYÚDENNOS A PROTEGER A LOS NUESTROS DE LOS PELIGROS DEL MUNDO MUGGLE! ¡NO PERMITAN QUE EL MINISTERIO SIGA ENGAÑÁNDOLOS! ¡ES MOMENTO DE UN CAMBIO! —vociferaba el muchacho, con una expresión fanática en su cara delgada.

Aquellas palabras no hicieron más que encender un fuego colérico dentro de él. Eran pensamientos como esos los que habían llevado al ataque contra su madre biológica. Su mano se movió por iniciativa propia hacia el bolsillo de su campera, donde guardaba la varita. Un deseo desagradable se apoderó de él, encegueciéndolo durante una fracción de segundos. Quería silenciarlo…

—He dicho que respires —lo frenó Raven, sus dedos cerrándose como una garra alrededor de su muñeca. No la había visto acercarse, pero la mujer se había movido con ágil velocidad, previniendo que Alex hiciera algo estúpido en plena vía pública.

Alex soltó su varita, su mente todavía abotagada y confundida. Esta vez, Scarlet lo empujó de manera poco gentil, obligándolo a caminar y alejarse de la manifestación de la Marea Roja. Apenas llegaron a la zona habilitada para Aparecerse, Raven los trasladó de regreso al Valle de Godric.

Lejos del Callejón Diagon, Alex empezó a sentir que la claridad volvía a su mente. Con ella, llegó también la desolación de saber la verdad.

—¿Por qué lo hiciste? —articuló Domich, con vos estrangulada.

—¿Evitar que hicieras un escándalo en pleno callejón? —resopló Raven, con evidente enojo.

—Me refiero a porqué forzaste a mi madre a contarme la verdad —la corrigió Alex, liberándose por fin del agarre.

Scarlet se detuvo en seco, y torció la cabeza con cuidado para mirarlo por encima del hombro. La furia que refulgía en su mirada dio lugar a una de condolencia.

—Nuestra familia tiene un historial muy… particular —dijo Raven en un suspiro de resignación—. Una tendencia hacia la locura.

—No intentes justificar lo que hizo Lestrange —gruñó Alex, irreconocible. Scarlet soltó una risa sin gracia.

—Créeme, Alex. No siento ningún tipo de compasión hacia Rabastan Lestrange —dijo con sorna.

—Destruyó a mi familia —insistió él.

—También a la mía —retrucó Raven, dejándolo momentáneamente sin palabras.

Scarlet suspiró, y empezó a caminar hacia la casa de los Potter. Alex la siguió, lanzándole miradas de reojo mientras lo hacía. Había caído en cuenta de que no sabía nada sobre Scarlet. No conocía su historia. Pero si ella era verdaderamente una Lestrange, entonces no podía ser una historia feliz.

—Le llaman la "locura sagrada", en honor a los Sagrados Veintiocho. Los sanadores creen que es consecuencia de la obsesión de algunas familias por mantener sus linajes puros, que los llevó a casarse con sus hermanos y primos —retomó la charla Raven tras unos minutos de caminar sin decir palabra. Hablaba sin mirarlo, como si encontrase más interesantes las vidrieras de los locales.

—¿Qué significa? —se animó a preguntar él.

—Significa que nuestra familia tiende naturalmente hacia la oscuridad —explicó Raven, en ese tono desapegado que la hacía parecer inmune a todo sentimiento—. Es como una voz susurrándote al oído, incitándote a cometer actos de violencia y maldad…

—Pero tú estás con la Orden del Fénix —recordó confundido.

—No digas ese nombre en voz alta —le espetó Raven severa. Alex se sonrojó una vez más. —Eres grande, Alexander. A esta altura ya deberías de saber que pelear del lado de los buenos no te convierte necesariamente en una buena persona.

—No me pareces una mala persona —susurró Alex, encogiéndose de hombros.

—No me conoces. No tienes idea de las cosas que he hecho —dijo crípticamente la mujer a su lado. Una sombra nubló sus ojos, y Domich se estremeció.

—Así que no sólo mi padre era un psicópata, sino que yo también voy a convertirme en uno —dijo con amargo sarcasmo Alex. Para su sorpresa, Scarlet sonrió.

—Tal vez no —le dio esperanzas Raven—. Tal vez tu generación sea la que le ponga fin a nuestra locura.

—¿Cómo? —la pregunta se escuchó más desesperada de lo que Alex habría querido sonar.

—Es posible que aquello que nuestra familia más aborrecía sea, irónicamente, la cura que necesitamos. Quizás, la sangre muggle que heredaste de tu madre sea la respuesta —barajó Raven, mientras volvía a detenerse.

Habían llegado a la casa de los Potter.


Había vuelto a soñar con Hogsmeade. Se había despertado en mitad de la noche, jadeando y sacudiéndose entre las sábanas. Le había tomado varios minutos recobrar la calma. Había buscado debajo de la almohada hasta dar con un pequeño frasquito de vidrio, y lo había aferrado con fiereza entre sus manos hasta volver a conciliar el sueño.

Cuando Kreacher golpeó a su puerta en la mañana, Lily todavía conservaba el frasco lleno entre sus dedos. Era la última dosis de poción para dormir que le quedaba. La conservaba intacta, escondida debajo de su almohada, para recordar que debía mantenerse sobria. Era fundamental que no volviera a consumir. Amadeus había sido muy claro en ese punto.

—Ama Lily —la llamó con sorprendente delicadeza el elfo—. Tiene visitas —anunció.

—Estoy enferma, Kreacher —le recordó ella, escondiéndose entre las sábanas aún más.

Había sido otra brillante idea de Amadeus. Pocos días antes de tomar el Expreso de Hogwarts de regreso a Londres, Lily se había presentado en la Enfermería del colegio con escalofríos y vómitos. Le había dicho a Cho Chang que una doxy la había mordido mientras empacaba su baúl. Relish le había hecho dos pequeñas lesiones en el antebrazo para que pudiese exhibir como evidencia ante la sanadora.

Cho le diagnosticó fiebre de doxy. La tranquilizó diciéndole que no era grave, y que los síntomas solían remitir en pocas semanas. Le dio un medicamento para controlar la fiebre y le indicó que hiciera reposo durante las vacaciones.

Su mentira había sido efectiva. Los síntomas de la fiebre de doxy se parecían mucho a los de la abstinencia. Había engañado a toda su familia. A todos, excepto a Albus. Podía sentir las miradas de desconfianza, casi acusadoras, que le lanzaba su hermano cada vez que el tema de su enfermedad salía a colación. Pero una vez más, Amadeus había estado en lo cierto: su hermano no parecía tener planes de delatarla. Hacerlo suponía reconocer su responsabilidad frente a Harry. Y su padre tenía problemas de sobra como para lidiar además con los dramas de sus hijos.

—El señor Malfoy insiste en verla, ama Lily —le respondió Kreacher, sin moverse del sitio donde se encontraba junto a la puerta. Lily se enderezó en la cama.

—¿Draco está aquí? —se sorprendió. Kreacher asintió con un movimiento enérgico de cabeza, sus orejas sacudiéndose.

—La está esperando en la oficina del amo Harry —dijo en un tono exceso ceremonial.

—Oh, mierda, mierda, mierda —exclamó Lily, saltando de la cama y revolviendo entre el caos que era su habitación intentando localizar algo decente para vestirse.

—Le diré que estará con él en unos minutos —comprendió Kreacher con resignación.

—Gracias, Kreach —le gritó Lily mientras el elfo cerraba la puerta para que pudiese cambiarse.

Se peinó el cabello lo mejor que pudo en un rodete para esconder los nudos. No se atrevió a mirar su reflejo en el espejo. Ya sabía que se veía terrible: llevaba días en cama sin bañarse ni cambiarse. Apenas se había levantado en un par de ocasiones para comer con sus hermanos y su padre, y la mayoría de las veces Kreacher le subía la comida a la habitación. Ni siquiera la inesperada llegada de Alexander Domich, un par de días atrás, la había motivado lo suficiente como para abandonar la cama. Al igual que el resto de las personas que rodeaban a Lily, Alex parecía tener sus propios problemas con los cuales lidiar.

La puerta del despacho estaba abierta. Draco Malfoy había colocado dos sillas enfrentadas y se encontraba sentado en una de ellas, con las piernas cruzadas de manera elegante, uno de sus codos apoyado en el escritorio, sus largos dedos tamborileando la superficie con impaciencia. Sus ojos grises la observaron de forma analítica a través de sus párpados entornados.

—Me dijo tu padre que estabas enferma —comentó Malfoy, a modo de saludo.

—Sí… Fiebre de doxy —respondió ella, encogiéndose de hombros. Por algún motivo que desconocía, mentirle al señor Malfoy le resultaba más difícil que al resto de la gente. Instintivamente, reforzó las barreras de su mente.

—¿Puedes sostener una varita? —le preguntó el hombre, en ese tono desdeñoso al que Lily se había acostumbrado a no tomar como personal.

—Ehm… Sí —masculló un tanto confundida.

—Entonces puedes entrenar —razonó de manera astuta Draco, señalando con un movimiento grácil hacia la silla frente a él.

Lily titubeó. Había imaginado que su enfermedad sería una excusa suficiente para evitar los encuentros con el señor Malfoy, pero se había equivocado. No le preocupaba tanto que descubriera la mentira sobre su enfermedad como que se enterara de la investigación que estaban realizando con Amadeus. Draco carraspeó.

—No tengo todo el día, Lily —la apresuró, alzando una ceja en su dirección. Lily no tuvo más opción que ocupar la silla. Las manos le empezaron a temblar. Se aferró al borde del asiento con los dedos, cerrándolos con fuerza para evitar que se sacudieran como cascabeles. —Tengo entendido que has progresado mucho durante los últimos meses —dijo Draco. Seguía sentado en una postura relajada.

—Un poco —respondió ella en un susurro nervioso.

—¿Un poco?—repitió Draco, descruzándose de piernas e inclinándose hacia delante lo suficiente como para poder descansar los codos sobre sus rodillas. — White dice que le resulta imposible acceder a tu mente —un destello de admiración se filtró en la voz de Malfoy.

—Dudo poder hacer lo mismo hoy, señor Malfoy —argumentó ella, sonrojándose. Draco volvió a reclinarse contra el respaldo.

—Supongo que tendremos que dejar la Legeremancia para otro día, entonces —dijo de manera casual.

—¿Legeremancia? ¿Lo dice en serio? —no pudo esconder su emoción. Draco sonrió complacido con su reacción.

—Parte de ser un buen oclumente implica conocer las formas en que tu mente puede ser vulnerada —explicó Draco, adquiriendo una vez más una expresión seria—. Algunas cosas, no alcanza con explicarlas… Necesitas experimentarlas tú misma para entenderlas.

—¿Quiere que yo… use Legeremancia? —dudó Lily.

—Sí.

—¿Con quién? —Lily giró sobre la silla para mirar hacia su espalda, casi esperando que hubiese otra persona en la habitación.

—Conmigo —respondió escuetamente Draco.

—Pero… Pensé que la Legeremancia era magia peligrosa —titubeó ella. Draco movió la cabeza en señal afirmativa, un gesto lento y parsimonioso.

—Lo es —coincidió Malfoy—. La mente humana es algo muy frágil.

—Entonces, puedo lastimarlo —se aterró Lily. Una expresión felina se dibujó en el rostro de Draco.

—Difícilmente me lastimes en tu primer intento —la tranquilizó. Hizo una pausa antes de continuar, sus ojos grises duros e indescifrables—. Pero con el entrenamiento correcto, un legeremente habilidoso es capaz de introducirse en los rincones más ocultos de tu mente, tergiversar tus recuerdos, convertir tu propia cabeza en una cámara de tortura… Podría matarte sin ponerte un dedo encima en el proceso.

—¿Qué clase de psicópata haría algo así? —dijo Lily, asqueada. Una mueca extraña torció los rasgos afilados de Draco.

—Te sorprenderías —murmuró más para sí mismo que para ella—. Saca tu varita —dijo de forma imprevista, sobresaltándola. Lily obedeció. —Te dejaré acceder a mi mente sin resistencia, así que no es necesario que presiones… Haz el hechizo con delicadeza. Intenta familiarizarte con él —le indicó, mientras se acomodaba en su asiento, preparándose.

Lily se sintió nuevamente invadida por los temblores. Sus manos estaban húmedas e inestables. Temía que la varita se le escurriera entre los dedos en cualquier momento.

Legeremens —dijo el hechizo sin pensarlo, cerrando los ojos mientras invocaba. Al principio, no vio nada. Era como mirar un lienzo vacío. De a poco, los colores empezaron a tomar vida frente a ella.

Estaba al aire libre. Era un día soleado. Frente a ella, un campo cubierto de espigas doradas que danzaban al ritmo del viento. Escuchó risas.

Un niño pasó corriendo junto a ella. El sol arrancó destellos dorados de su cabello, mientras su diminuta figura se escurría entre las espigas. Detrás de él, una muchacha de cabellos oscuros lo seguía.

¡Draco! ¡Pansy! ¡Espérenme! —exclamó un tercer niño. Era significativamente más grande que los otros dos, pero el timbre de su voz delataba que debía de tener la misma edad. No podían tener más de diez años.

¿Dónde está Crabbe? —preguntó el muchacho rubio, deteniéndose un instante para mirar hacia atrás, entornando los ojos grises y usando su propia mano para protegerse de los rayos del sol. —Goyle, ¿volviste a perderlo? —regañó al otro niño, a pesar de que este lo doblaba en peso.

¡Draco! ¡Me quedé atorado! —gritó un cuarto muchacho. Lily logró divisarlo unos metros más atrás. Su cuerpo estaba atrapado entre las maderas de la tranquera.

Ve a ayudarlo, Goyle —suspiró el pequeño Draco.

¡El último que llega al puente es un squib! —gritó la niña llamada Pansy, riendo mientras reiniciaba la carrera.

¡No quiero ser un squib! —gimió Crabbe, mientras Goyle tiraba de sus hombros para ayudarlo a desatascarse.

¡Entonces apúrate! —dijo Draco, y sonriendo con petulancia, salió disparado hacia el puente.

Las figuras se desvanecieron en humos de colores, evaporándose frente a sus ojos. Una fracción de segundo después, se encontró de regreso en el despacho de su padre, tambaleándose inestable en la silla. Frente a ella, Draco tenía una expresión agria en el rostro.

—¿Lo lastimé? —se preocupó Lily de inmediato.

—No —dijo de manera tajante Malfoy—. Es solo que detesto la sensación de alguien metido en mi cabeza —confesó.

—¿Ese era… usted? —preguntó Lily, cautelosa, a pesar de que ya sabía la respuesta.

—Sí —dijo, pasándose una mano por los cabellos rubios, peinándolos innecesariamente hacia atrás.

—¿Esos niños…? —a pesar de las respuestas monosilábicas y reticentes, no pudo resistir la tentación de seguir preguntando.

—Creí decirte que fueras delicada en tu invocación —la interrumpió Draco.

—¡Lo fui! —se defendió ella. Draco resopló.

—¿A eso llamas delicadeza? Un mazazo en la cabeza habría sido más sutil —se burló con sorna Malfoy, desviando efectivamente el tema de conversación—. Inténtalo de nuevo. Esta vez, tendrás que esforzarte un poco más para entrar.

Lily resopló, pero volvió a levantar la varita y, esta vez, se concentró en hacerlo con mayor suavidad. Con la oclumancia había aprendido que había un arte detrás de ese tipo de magia. Había que saber exactamente cuándo resistir y cuándo ceder, qué esconder y qué mostrar. Era otra forma de batirse a duelo. Una mente luchando contra la otra.

Tal como Draco había prometido, Lily se encontró una vez más con el lienzo en blanco, una mente vacía. Presionó con cuidado, tanteando las barreras de Draco.

—Sigue presionando —escuchó que decía la voz de Malfoy.

Obedeció con reticencia. Un destello del recuerdo que había vislumbrado la vez anterior se asomó frente a ella. Pero era una imagen fragmentada, sus colores menos nítidos, las figuras de los niños borroneadas, los sonidos lejanos.

Sin importar cuánto presionara, no podía acceder a la misma imagen que había obtenido la primera vez. Draco sólo le dejaba ver lo que quería que viera: una imagen difusa, imposible de interpretar. Como mirar a través de un vidrio esmerilado. Sus barreras eran demasiado fuertes para que ella las doblegara. Era una batalla perdida, pero él seguía insistiendo en que continuara presionando.

"Intenta desgastarme" comprendió en un momento de sorpresiva lucidez. Ella también lo había hecho en varias ocasiones con Thomas White, sobre todo al principio de sus entrenamientos. Mostrar un recuerdo insignificante y hacer que el legeremente se entretuviera intentando acceder a él hasta agotarse… Era una estrategia que el propio Draco le había enseñado.

Lily se dejó guiar más por sus instintos que por verdadero conocimiento. Desvió bruscamente su atención, hurgando a ciegas en la mente de Draco. Todas las barreras tenían un punto débil… Solo había que encontrarlo. Dejó olvidado el recuerdo de los niños, y siguió buscando.

Un hombre gritaba y se contorsionaba de dolor en el suelo de un calabozo. Una mujer reía de manera desquiciada de fondo.

Mátalo —gritaba la mujer una y otra vez.

Fue apenas un destello, como espiar por el cerrojo de una puerta. Solo llegó a vislumbrar un fragmento del recuerdo antes de que Draco la descubriera. Su mente se selló con tanta violencia que Lily se tambaleó en la silla, al borde de colapsar contra el suelo. En un abrir y cerrar de ojos, Malfoy la había expulsado del recuerdo y de su cabeza.

—Lo siento, señor Malfoy. Yo… —no sabía cómo disculparse. No necesitaba ser Legeremente para darse cuenta de que había visto algo que Draco no deseaba que viera. Por la expresión pálida de su rostro, era sin duda un recuerdo que lo atormentaba al día de hoy.

—¿Cómo lo hiciste? —la interrumpió Draco, con la garganta áspera y la mirada un tanto desenfocada.

—No… No lo sé —tartamudeó Lily—. Usted me dijo que todas las barreras mentales tienen grietas…

—Me tomó meses aprender a encontrar grietas. Y años saber cómo usarlas a mi favor —señaló él. Había algo en su voz, algo en la forma en que la miraba. Era como si el señor Malfoy tuviese miedo. Lily no sabía si se debía al recuerdo que ella había desbloqueado… O a ella. —Lo dejaremos aquí por hoy —carraspeó Draco mientras se ponía y se alisaba el traje con sus estilizadas manos.

A ella. Le tenía miedo a ella.


Hacía tiempo que Draco se había acostumbrado a vivir nuevamente en la mansión de Wiltshire. La Orden del Fénix había hecho un trabajo excelente regresando el lugar a su antiguo esplendor, y la presencia constante de gente habitando sus múltiples salones llenaba de calidez una casa que históricamente había sido fría. Sin embargo, esa noche Draco tardó varios minutos en tomar coraje y cruzar la entrada. Se quedó paralizado frente a la puerta, la mano suspendida sobre el picaporte, los fantasmagóricos recuerdos resonando en su cabeza. Su entrenamiento con Lily había traído a la superficie cosas que Draco prefería olvidar. Recuerdos que habría deseado poder arrancar para siempre de su memoria.

—Siempre será nuestro infierno —recordó con amarga ironía las palabras que Theodore Nott le había dicho décadas atrás, cuando la guerra había terminado y ambos habían evitado Azkaban. Pero una parte de ellos había quedado prisionera en ese pasado. Una cadena perpetua de remordimientos y errores que no podían subsanar.

Una parte de él prácticamente esperaba encontrarse con Bellatrix en la sala principal al cruzar la puerta. Si cerraba los ojos, creía escuchar los gritos de los prisioneros. Sacudió la cabeza intentando despejar sus pensamientos. Tenía que conservar la compostura. No podía permitirse perder la cabeza. No todavía.

Entró al despacho que alguna vez había pertenecido a su padre sin golpear. Nunca golpeaba. Al principio se había negado a hacerlo porque odiaba la idea de tener que pedir permiso en su propia casa. Ahora, simplemente lo hacía para fastidiar a Potter y a Weasley.

Pero el despacho estaba vacío. No había rastro de ninguno de sus viejos enemigos. Resopló un tanto decepcionado, y fue directo hacia la botella de whisky que había sobre una pequeña mesa contra una de las paredes.

—Escocés, mi favorito. Buen ojo, Potter —murmuró en la soledad del despacho, mientras destapaba la botella nueva de Whisky de fuego de Blishen. Se sirvió una medida abundante y la bebió de un solo trago. —Ahg —jadeó, cerrando los ojos, mientras la bebida quemaba su pecho.

Se sirvió una segunda ronda y esta vez no la bebió de inmediato. Se paseó con el vaso en mano por la habitación, curioseando el lugar. No se veía en absoluto como el antiguo despacho de Lucius Malfoy. Carecía de la elegante y fría pomposidad de éste. Draco no sabía si sentirse nostálgico o agradecido de que fuera así. Cada vez que pensaba en su padre, era inevitable tener sentimientos encontrados. Lucius había estado lejos de ser un hombre perfecto, pero había amado a su familia con devoción, y eso era algo con lo que Draco podía identificarse.

A pesar de que se había colado dentro del despacho sin pedir permiso, no se atrevió a ir tan lejos como para sentarse en la silla que había detrás del escritorio. En cambio, ocupó uno de los sillones que había frente a la chimenea, su mirada centrándose en el mapa que ocupaba una de las paredes. Perdió noción del tiempo analizando los colores con los que estaban señalizados los distintos países. Había adquirido una preocupante tonalidad roja con el avance de sus enemigos sobre tierra continental.

—Ese whisky fue un regalo de Arthur Weasley para mi cumpleaños —comentó Potter desde la puerta.

—Felicítalo de mi parte, entonces —dijo de manera pedante Draco y le dio un sorbo intencional a su vaso. Harry suspiró cerrando la puerta detrás de él, para luego servirse también un trago.

—Pensé que estarías ocupado hasta más tarde —dijo, lanzándole una mirada de reojo. Malfoy se encogió de hombros. Había suspendido sus últimas reuniones de la tarde debido a que le resultaba imposible concentrarse en negocios.

—Tu hija se coló en mis recuerdos —confesó repentinamente. Potter se enderezó en su asiento, el vaso suspendido a mitad de camino hacia sus labios. —En su primera clase de Legeremancia… Logró acceder a mis recuerdos —masculló.

—¿La dejaste ver dentro de tu mente? —preguntó Potter, confundido. Draco chasqueó la lengua y le lanzó una mirada desdeñosa.

—Claro que no, Potter. Se suponía que practicaríamos con un recuerdo inofensivo. Pero de alguna forma, se las arregló para ver más… —en su tono de voz era evidente que estaba a la defensiva. La mirada de Potter era pesada sobre él.

—¿Qué fue lo que vio, Draco? —exigió saber.

—Un recuerdo de mis entrenamientos durante la guerra… Con Bella —confesó Malfoy, intentando mantener una expresión neutral, su cara mitad escondida detrás del vaso de whisky.

—Mierda, Draco. Tiene catorce años —gruñó Potter, frotándose el rostro con una mano—. Dijiste que estaba lista para avanzar en sus entrenamientos… —empezó a regañarlo.

—Creo que no lo estás entendiendo, Potter —empezó a exasperarse Malfoy—. Tu hija logró acceder a un recuerdo que se encuentra profundamente guardado en mi mente. Un recuerdo al que tú, ni entrenando durante años, podrías acceder jamás —dijo arrastrando las palabras como cada vez que perdía los estribos con Potter.

—¿Cómo? —preguntó éste, y entre el aturdimiento de la noticia se vislumbraba también la preocupación propia de un padre.

—No lo sé… Talvez esté relacionado con que es una Vidente —sugirió Draco como posible explicación. Apoyo el vaso sobre la mesa y se inclinó hacia delante en su silla, acortando la distancia que había entre él y Potter.

—¿Crees que podrás seguir entrenándola después de esto? —le preguntó Harry con vacilación.

—No por mucho tiempo. Ella está avanzando a pasos agigantados. No tardará en alcanzarme… Y superarme —reconoció Draco con una mueca de molestia.

No le gustaba reconocer que una niña de catorce años podía llegar a ser mejor en algo en lo que él siempre había resaltado. Pero nunca antes había visto algo como Lily. Algo se había destrabado dentro de la hija menor de Potter, habilitándola a hacer magia que Draco habría considerado imposible para alguien de su edad.

Golpearon a la puerta, interrumpiendo la conversación. Draco comprobó la hora en el reloj de pared. Las nueve en punto. Harry se incorporó para abrir. Su discípula entró apresurada por la puerta. Tenía el cabello revuelto, los anteojos torcidos y el rostro perlado de sudor. Draco rio internamente: la muchacha había corrido para llegar en hora. Ni un minuto antes, ni uno después.

Se detuvo en seco al darse cuenta que ella y Harry no estaban a solas. Sus ojos escudriñaron a Draco con confusión.

—¿Sucede algo, Weasley? —la provocó Draco, alzando una ceja descarada. Molly encuadró los hombros.

—Creí que estaríamos nosotros solos, tío —comentó en evidente tensión, su mirada desviándose hacia Potter.

—Vamos a necesitar de la experiencia de Draco en este asunto —sugirió éste, volviendo sobre sus pasos con serenidad para ocupar su asiento nuevamente.

—¿Por qué? —soltó Molly, sin moverse del lugar donde se había quedado congelada. Draco resopló entre dientes y Harry le dedicó una mirada de advertencia.

—Si vamos a hacer esto, necesitarás que alguien te ayude a entrenar —le recordó Potter. Molly se sonrojó, pero mantuvo la frente en alto, sin amedrentarse.

—Pensé que Raven se encargaba de nuestro entrenamiento —retrucó la joven aprendiz.

—En este momento, Raven está demasiado ocupada limpiando los trapos sucios de su familia como para preocuparse por tu delirante plan —siseó Draco. Los ojos de Molly se abrieron grandes. Potter exhaló con pesadez, mientras se masajeaba la sien, armándose de paciencia para lidiar con ellos.

—¿Está confirmado? ¿Alexander es… hijo de Rabastan Lestrange? —preguntó Molly aturdida, y un tanto asqueada.

—Sí —confirmó Harry.

—Todos estos años… ¿Cómo es que nadie lo supo antes? —la muchacha estaba indignada.

—El departamento de Seguridad Mágica habló con la madre de Alex después de ataque. Ella identificó a Lestrange como uno de los agresores… Pero no dijo nunca nada sobre un posible embarazo —respondió Harry, encogiéndose de hombros con abatimiento.

—¿Has revisado el expediente en los archivos del departamento de Seguridad Mágica? —preguntó Molly, insistente.

—No es necesario —le aseguró Potter.

—Pero puede ser que quienes la interrogaron escribieran algo allí… —siguió presionando Weasley.

—No necesito revisar el expediente porque fui yo quien la interrogó, Molly —confesó Potter con expresión torturada. Molly se quedó boquiabierta, sin palabras—. Mi mentor y yo estábamos a cargo de la operación para capturar a Lestrange, así que fuimos personalmente al hospital cuando recibimos la notificación de que habían asesinado a un mago sangre pura en las afueras de Belfast, pero que su mujer había sobrevivido. He revisado una y otra vez mis recuerdos en el Pensadero... Hablamos con ella durante horas, y le dijimos cómo contactarnos si necesitaba algo, o si recordaba algo más del ataque. Pero ella nunca nos volvió a contactar.

—Aún así, ¿cómo es que nadie relacionó el apellido de Alex con ese ataque? —preguntó con incredulidad la chica.

—Porque la madre de Alex se llama Arlene Domich… Y la mujer que interrogamos se identificó como Mave Fawley, esposa de Alexander Fawley, heredero de la familia Fawley —Harry hablaba con serenidad. De forma gradual, la realidad fue decantando frente a los ojos de Molly.

—Por Morgana y todas las brujas después de ella… —susurró la chica.

—Es un buen momento para que te sirvas un trago, niña —sugirió Draco, señalando con su propio vaso hacia la botella de whisky.

—Yo… No, gracias. No acostumbro beber —balbuceó una estupefacta Molly. Draco chasqueó la lengua y se levantó para servirse una vez más. —Entonces, ¿Harry le ha contado mi plan?

—Lo que tú tienes, no es un plan. Es un suicidio —dijo Malfoy, mientras volvía parsimoniosamente hasta su sofá. Molly adquirió una postura alerta, casi desafiante.

—No tengo miedo a morir —dijo de manera arrogante. Draco le dedicó una sonrisa petulante.

—Créeme, niña, el menor de tus preocupaciones debería ser morir —habló Malfoy mientras hacía girar el líquido en el interior de su vaso y sus ojos grises no se despegaban de ella—. Para que este plan tuyo tenga éxito, tendrás que hacer cosas que ni siquiera puedes imaginarte… Tendrás que darle la espalda a tu familia, traicionar a tus amigos, renegar de todos tus principios y olvidar tu moral… Estarás sola, rodeada de enemigos; vivirás en constante peligro, preguntándote todos los días si ese será tu último día… Así, hasta que esta guerra termine o bien ellos descubran que eres una espía. Y reza a todos los dioses que existen porque no sea la segunda opción, porque entonces vas a desear estar muerta.

Molly tragó con pesadez, su garganta moviéndose involuntariamente mientras digería lo que Draco le había dicho. En sus ojos, reconoció el brillo inconfundible del miedo. Un terror visceral, casi instintivo. Había visto ese mismo pavor en sus propios ojos incontables veces. Lo había visto en los prisioneros que Bellatrix había torturado. Que él mismo había torturado.

—Sé que piensas que estás haciendo algo heroico aquí —suspiró Draco, compadeciéndose de ella—. Pero si esta gente te descubre, te torturaran hasta hacerte perder la cabeza. No se detendrán hasta sacarte el último trozo de información que tengas sobre la Orden, sobre el cuartel de Aurores, sobre tu familia…

—No me quebraré —aseguró Molly, pero la voz le tembló, traicionándola.

—No sabes de lo que hablas, niña —dijo Draco.

—No soy una niña —susurró Molly por lo bajo, tomándolo por sorpresa—. Así que le agradecería que no me trate como una. Soy demasiado inteligente como para ser subestimada de esa forma. Entiendo los riesgos perfectamente, porque yo misma ideé este plan. Y es un excelente plan.

Draco acentuó su sonrisa.

—Me agrada tu sobrina, Potter —respondió mientras brindaba en dirección a ella y bebía lo que quedaba del trago. Molly exhaló el aire que había contenido en sus pulmones, relajándose.

El plan entraba en marcha.


Ha sido un capítulo de muchos sentimientos encontrados para mí. La historia de Alex era algo sobre lo que existían muchas especulaciones. Desde el inicio de esta historia, muchos me preguntaban por el padre de Alex... Si era posible que fuese un mago. Durante mucho tiempo, dudé si incluir esta historia en Rebelión. No es una historia bonita, pero no todas las historias tienen que serlo.

A veces, la vida es una mierda.

Podemos hacer dos cosas: podemos dejar que nuestros demonios internos nos aplasten, o poder transformar todo ese dolor en otra cosa. Y esa es la historia de Alex: una metamorfosis. (Para los que preguntaban porqué su patronus es una mariposa ;)

Algunas cosas a mencionar:

*La locura sagrada: siendo médica, no puedo evitar pensar que tantos matrimonios entre parientes tienen que tener alguna consecuencia genética, jajaja. Así que esta es mi versión de ello, y un poco una explicación de por qué algunas familias sangre pura tienen tantos integrantes que están locos. Y también, una forma de reivindicar el mestizaje :)

*No estoy segura de si es completamente fidedigno lo que digo sobre la bóveda de los Lestrange, pero me pareció un poco ridículo que una bóveda familiar tan antigua necesitara de una llave para abrirse. Me pareció que necesitaba de algo más... significativo. Que sólo sus dueños (y los empleados de Gringotts, por supuesto) puedan abrirlo... Y no cualquier miembro de la familia, sino los herederos directos.

*Muchos me preguntaron cómo haría Lily para esconder su abstinencia, y si Albus la delataría o no. Bueno, aquí tienen la respuesta. Por supuesto que Amadeus iba a encontrar una forma de continuar engañandolos a todos. (o a casi todos).

*Lily puede parecer frágil, y en general, es subestimada por el resto de los personajes. Pero en este capítulo nos damos cuenta de que ha crecido mucho en el último tiempo, y que tiene una habilidad natural para la magia "mental".

*Sí, Molly y Draco van a estar trabajando juntos ahora, jeje. Y sí, ya sé que la gran duda es "cual es el maldito plan?", pero habrá que esperar un poco más para eso. (no mucho, lo prometo).

*Esperaba poder incluir una escena más en este capítulo relacionada con la Navidad, pero no me ha parecido que quedase bien, así que quedará pendiente para el próximo capítulo (sí, la idea es finalmente llegar a la Navidad).

Gracias por todos los reviews. Los leo todos, y pronto estaré respondiendo. He estado con poco tiempo últimamente, y he priorizado escribir el capítulo para no demorar demasiado... Pero hay unas teorías muy buenas de las cuales pronto estaremos hablando. :)

Saludos,

G.