Capítulo 21: Cambiando las reglas del juego
Blackbird singing in the dead of night
take these broken wings and learn to fly.
All your life,
you were only waiting for this moment to arise.
(Mirlo cantando en el silencio de la noche,
toma estas alas rotas y aprende a volar.
Toda tu vida,
sólo estuviste esperando este momento para despegar.)
Blackbird, The Beatles.
Los hospitales nunca le habían gustado. No podía decir qué era exactamente lo que le desagradaba. Posiblemente porque era un conjunto de cosas: el olor aséptico que inundaba sus interminables pasillos de reluciente blancura; los sanadores, caminando a paso vivo en sus uniformes verde lima, hablando en un idioma indescifrable para el común de la gente; los enfermos, que se paseaban en sus batas gastadas con aspecto abatido y pisadas inestables.
Le costaba asociar ese lugar con su madre. En su mente, Ginny era una mujer imbatible. La Cazadora de las Harpies que había llevado al equipo a ganar múltiples copas. La editora que trabajaba incansablemente por mantener a El Profeta en la cúspide. La flamante esposa del Auror Harry Potter. La madre cariñosa de tres niños. No había nada que ella no pudiera lograr. Nada que no pudiera superar.
O al menos, eso había creído hasta el ataque de Hogsmeade.
Su familia no había vuelto a ser la misma después de ese día. Ella no había vuelto a ser la misma. Empezaba a creer que nunca volverían a ser los de antes. Enfrentarse a su madre lo volvía aún más real. Más permanente.
James caminaba un paso por delante de ella y de Albus. Estaba ansioso por llegar. Está contento, pensó Lily un poco culpable por no sentirse igual. Sus ojos relampagueaban con entusiasmo contenido. No veía la hora de volver a encontrarse con su madre.
A su lado, Albus tenía una expresión más recatada. De los tres, él siempre había sido en más frío. A diferencia de James, que mantenía una esperanza ciega en la capacidad de recuperación de su madre, Albus comprendía que la maldición que la había golpeado era difícil, sino imposible, de sanar. Lo había sabido desde antes de las vacaciones, desde antes de que su padre los sentara para explicarles la delicada situación de Ginny. De alguna forma, Albus siempre sabía las cosas antes que el resto de sus hermanos. Siempre había sido así. El más maduro, el más inteligente.
James entró a la habitación sin pensarlo dos veces. Para su sorpresa, Albus la tomó de la mano. Posiblemente porque notaba la reticencia con que Lily observaba la puerta de la habitación de su madre. Lily le sonrió, un agradecimiento implícito en sus labios.
Las cosas no habían estado bien entre ellos dos las últimas semanas. No desde que Albus se había enterado que lo había engañado. A su hermano no le gustaba que lo engañaran. Lily había descubierto mucho tiempo atrás que Al era demasiado orgulloso para su propio bien. Aún así, había elegido mentirle. No se arrepentía de hacerlo. Jamás habría logrado el dominio que tenía ahora de la oclumancia de no haber sido por las pociones. Y Albus debía de saberlo también, muy dentro de él. Tal vez por eso no había expuesto su engaño sobre la fiebre de doxy. Tal vez por eso no la había delatado con su padre.
No habían hablado al respecto, pero Lily sentía su mirada de halcón sobre ella, vigilándola constantemente. Si trastabillaba, si recaía en su adicción, él lo sabría. Pero Lily había sobrevivido a los primeros días de abstinencia, tumbada en la cama abrazada a su último frasco de poción para dormir, temblando y delirando a causa de la fiebre. No había sucumbido cuando las pesadillas volvieron. Podía lidiar con la ansiedad, con la desesperación, con las pesadillas. Podía soportarlo. Porque no era el miedo a ser descubierta lo que la impulsaba a mantenerse limpia. Ni siquiera era su propio bienestar. Era la certeza de que, si lograba engañar a todos durante un poco más de tiempo, podría volver a Hogwarts con Amadeus. Podría continuar su investigación, y finalmente, encontrar una forma de controlar su poder.
Albus le dio un apretón a su mano, un último incentivo, antes de ingresar a la habitación. Lily quería seguirlo, pero sus pies estaban congelados sobre el mármol frío. No podía moverse. Le aterraba lo que podía ver al cruzar la puerta. No era valiente como James, ni inteligente como Albus. Ella era… diferente.
—No tienes que entrar si no lo deseas —susurró su padre, como si fuese capaz de leerle la mente—. Podemos volver otro día —sugirió con una sonrisa complaciente.
Se esforzaba por parecer relajado, por fingir que no era gran cosa que Lily tuviese miedo de enfrentarse a su propia madre. Pero detrás de la sonrisa, detrás de las palabras reconfortantes, ella podía leer la preocupación en sus ojos verdes. Era un libro abierto para ella.
—Estoy bien —mintió, mientras se obligaba a sonreír. Las mentiras fluían ahora con sorprendente facilidad. A veces, incluso se llegaba a engañar a sí misma. Estoy bien, repitió internamente. Tomó aire y se preparó para cruzar el umbral de la habitación.
Lo primero que le llegó fueron las risas. Su madre estaba riendo. Era un sonido alegre y danzante, que fluía como agua que corre por el río, inundando todos los rincones con su frescura. Reía de algo que James le había dicho, y su hermano mayor la acompañaba en un coro de carcajadas que parecía no tener fin.
Los ojos de Lily se llenaron de lágrimas al escucharla.
Ginny estaba sentada en la cama de la habitación, con varias mantas cubriéndole las piernas, y el cuerpo envuelto en otra. Estaba más delgada que lo habitual, y las pecas resaltaban contra el color pálido de su piel, consecuencia de varios meses sin salir al exterior.
Pero su rostro conservaba ese brillo tenaz que siempre la había caracterizado. Se había cortado el cabello bien corto, posiblemente para facilitar la limpieza del mismo a los cuidadores. Pero lejos de otorgarle un aspecto enfermo, el nuevo peinado le daba un aire osado y rebelde, casi desafiante.
A pesar de todo, Lily la encontró hermosa.
—¡Mi pequeña dragona! —le dio la bienvenida su madre, su voz todavía vibrando con los ecos de las risas.
Lily corrió hacia ella y se enterró entre sus brazos abiertos, hundiendo la cabeza en su pecho, abrazándola con más fuerza de la necesaria, respirando ese perfume que le resultaba tan familiar. Las manos suaves de su madre la envolvieron como una manta, brindándole un calor que solo ella era capaz de darle. Durante unos segundos, se quedaron así, sin moverse ni hablar.
La charla se reinició con plácida fluidez, con Lily recostada en la cama junto a su madre mientras sus dedos, como plumas, acariciaban su cabello. James continuó hablando con ese aire relajado y despreocupado que lo caracterizaba, hamacándose sobre las patas traseras de su silla. Incluso Albus lucía inusualmente tranquilo, una sonrisa suave perfilada en su rostro. Él también había cargado con el peso de ese reencuentro sobre sus hombros. Había visto a Lily desmoronarse en los últimos días bajo los efectos de la abstinencia, la había escuchado mentirle a todos a su alrededor, la había controlado de forma meticulosa, buscando la más mínima señal que pudiese anticipar una recaída.
Volver a ver a su madre tranquilamente podía haber sido un detonante para volver a las pociones. Pero Ginny parecía estar bien. Y Lily también. Y Albus podía respirar en paz al menos por unas horas.
—Supongo que si estamos hablando de quidditch, eso significa que ya le contaste a mamá las cosas más importantes… como tu nueva novia —soltó Lily con una sonrisa impregnada de picardía, sus ojos brillando con diversión al comprobar que su hermano James se quedaba momentáneamente sin palabras, la mandíbula desencajada. El rubor coloreó su rostro de una manera muy poco habitual.
—Yo… Es algo muy reciente… No sé si se puede decir que somos novios todavía… —balbuceó James, y su aspecto nervioso arrancó carcajadas de Ginny y de Lily. —Eres imposiblemente entrometida, ¿sabías? —cayó en cuenta demasiado tarde el mayor de los Potter. Lily le sacó la lengua, una burla infantil que solía cabrear a James cuando eran pequeños.
—James finalmente invitó a salir a Hedda —explicó Albus haciendo un gesto con la mano para remarcar lo evidente.
—Ya era hora, ¿no? —fue la respuesta de Ginny, siguiendo el juego de sus hijos.
—¡Mamá! —se quejó James, levantando ambas manos con las palmas hacia arriba, sin poder creer el complot que estaba experimentando.
—Por favor, cariño. Llevas años enamorado de esa chica. ¿Verdad que sí, Harry? —Ginny buscó complicidad en su padre. Harry, que se encontraba recostado contra la pared, se encogió de hombros, dándole la razón a su mujer.
—¿Tú también? —se quejó James, llevándose una mano al rostro y meneando la cabeza con resignación.
—Es que tú y yo somos parecidos, hijo. No nos enamoramos con facilidad, pero cuando lo hacemos, no sabemos esconderlo —señaló Ginny, guiñándole un ojo.
—Tiene los ojos verdes como un sapo en escabeche… —canturreó Harry por lo bajo.
—Nunca vas a dejarlo ir, ¿verdad? —Ginny puso los ojos en blanco.
—Es una canción maravillosa —siguió pinchándola Harry, con una sonrisa torcida.
—¡Tenía once años! —reclamó su esposa, lanzándole una de las almohadas que tenía en la espalda.
— …y el pelo negro como una pizarra cuando anochece… —siguió tarareando Harry, ignorando sus quejas y esquivando la almohada.
—Quisiera que fueras mío, porque es glorioso. El héroe que venció al Señor Tenebroso —se le sumaron sus hijos, cantando a coro. El grupo estalló en carcajadas, y ni siquiera Ginny fue capaz de mantener la compostura.
—Me alegro que finalmente te animaras a invitarla a salir —dijo su madre, el eco de su risa todavía flotando en el aire.
—Gracias, mamá —aceptó James, con las mejillas todavía encendidas y un brillo cómplice en su mirada avellana.
Era como zambullirse en una cápsula del tiempo, de regreso a una época más simple, cuando James aún no había caído en el Lago, cuando ella aún no sabía que era una Vidente, cuando Albus no había intentado ayudarla a controlar su poder sumergiéndola, sin darse cuenta, en un mundo de pociones y rituales del cual ahora no parecía haber escapatoria.
Le resultó sencillo ignorar que se encontraban en una habitación de San Mungo, y en cambio pretender que estaban de regreso en el Valle. En casa. Cuando ese lugar todavía se sentía como un hogar. Cuando su madre se paseaba por la casa despotricando contra los editores del Profeta, y su padre era escupido por la chimenea todas las tardes cada vez que usaba la red flú para volver del Ministerio. Cuando la casa estaba repleta de risas, y gritos, y vida.
Era una Navidad como cualquier otra. Pero Lily no podía sacudirse la sensación de que la Madriguera no era la misma. Tampoco podía señalar qué era lo que parecía fuera de lugar. La casa se veía igual que siempre, sosteniéndose en un mágico e inexplicable equilibrio contra el perfil de la colina, con su chimenea humeando rítmicamente como una locomotora. Su abuela Molly había colocado las luces navideñas a lo largo de la entrada, enmarcando puertas y ventanas, y desde el interior de la vivienda llegaba el sonido sofocado de múltiples voces.
Como era costumbre, la familia Weasley se reunía en la Madriguera para festejar la Navidad. Así había sido siempre, desde que Lily tenía memoria. La misma casa, la misma gente. Y sin embargo… No era la misma casa. Y su familia no parecía ser la misma tampoco.
Había una energía poco habitual entre los Weasley esa festividad. Todos intentaban disimularlo detrás de forzadas sonrisas y conversaciones demasiado enérgicas. Pero Lily podía ver más allá de la farsa. Desde pequeña, siempre había tenido una facilidad innata para leer a las personas. Su entrenamiento con Draco había ayudado a perfeccionarlo en cierta forma.
Ni siquiera la presencia de Charlie Weasley, quien se encontraba de visita en Inglaterra, lograba compensar el aire taciturno que sobrevolaba el ambiente. Lily no era tonta. Sabía que la visita de Charlie no era una simple casualidad. No era el espíritu navideño lo que lo había impulsado a trasladarse desde Rumania hasta su tierra natal. Estaba relacionado con la guerra. Últimamente, todo estaba relacionado con la guerra.
La ausencia de su madre en la mesa se sentía como una fuerza opresiva. Nadie lo decía en voz alta, pero todos lo pensaban. Estaban preocupados. Y así sin más, en el silencio desgarrador de un almuerzo, Lily sintió que toda la felicidad que había acumulado durante la visita a San Mungo se escurría entre sus dedos como diminutos granos de arena. Esa era la realidad. Una silla vacía. Una abuela asustada por perder a otro hijo. Sus hermanos extrañando a la única mujer entre ellos. Un esposo que no podía tolerar mirar hacia su derecha y no ver a su mujer. Una familia de luto por alguien que aún no había muerto.
La tarde transcurría con penosa lentitud para Lily. Era como si alguien hubiese retirado el velo que cubría sus recuerdos navideños infantiles para mostrarle la cruda realidad. No podía borrarse el sabor amargo de la boca, esa sensación de que todo era una burda pantomima, un intento por continuar con la rutina y fingir que todo estaba bien, cuando en realidad, el mundo se estaba desmoronando sin que ellos pudieran hacer nada al respecto.
James, Alex y Louis tocaban música junto al piano que había pertenecido a su bisabuela. Roxanne repartía una nueva ronda de galletas que había horneado con la ayuda de su prima Lucy. Por primera vez en mucho tiempo, Victoire y Dominique conversaban civilizadamente, mientras la joven Molly asentía sin escucharlas verdaderamente. Estaba demasiado cansada como para notar siquiera que su primo Fred le estaba hechizando el cabello para teñirlo de un color verde furioso. Ron jugaba una ronda de ajedrez con Percy. Su padre y su hermano Albus comentaban con Teddy y Angelina los últimos resultados del torneo de Quidditch. Hermione leía un libro junto a la chimenea con una gesto de extrema concentración y el ceño levemente fruncido. Andrómeda le contaba a Rose historias sobre la Ancestral Familia Black y su vinculación con la astronomía. Bill y Fleur relataban a Audrey, la mujer de Percy, su última visita a Francia. La hermana de Fleur, Gabrielle, ocupaba ahora un cargo importante como asesora del nuevo Ministro de Magia de Francia.
Lily sintió deseos de gritar.
En cambio, se puso de pie y balbuceando una excusa rápida, salió de la casa por la puerta de la cocina y se abrió paso entre la nieve hacia le jardín trasero. Sus pies se empaparon de inmediato, y el frío le atravesó la piel, calándosele en el huesos, haciéndola tiritar. Su mano hurgó de forma casi instintiva en su bolsillo, aferrándose al pequeño frasco de poción que aún conservaba con ella, como un talismán. No estaba segura de si temblaba a causa del frío o del irrefrenable deseo por consumir esas última dosis.
Bajo la luz, el líquido en el interior del frasco danzaba hipnóticamente, meciéndose entre las paredes de cristal, arrojando destellos de colores contra la nieve.
Lily solo quería dejar de sentir, aunque fuese tan solo por unos segundos.
—¿De dónde has sacado eso? —la increpó de manera sorpresiva la voz de Hugo, haciéndola estremecerse.
El frasco se tambaleó entre sus dedos y cayó sobre la nieve. Su primo reaccionó con más rapidez que ella, sus largas piernas acortando la distancia en una fracción de segundo, sus manos atrapando el frasco como si de una quaffle se tratara.
—Devuélvemelo —exigió Lily, e hizo un intento inútil por arrebatárselo de entre los dedos. Hugo levantó la mano hacia arriba, inalcanzable.
—No deberías de tener esto —el tono acusador de Hugo no hizo más que enfurecerla.
—Es mío —remarcó ella, saltando para alcanzar la mano de su primo. Pero Hugo era más alto y más fuerte que ella. Una parte de Lily consideró seriamente patearlo para hacerlo caer.
—Pensé que habías dejado de consumir —señaló él, y algo en el tono que usó para decirlo hizo que Lily dejara de saltar y se detuviera para mirarlo a la cara. La decepción en sus ojos fue como un puñal en el pecho.
—No estoy consumiendo —le prometió ella. Pero era evidente que Hugo no le creía. Y Lily no podía definir qué era más doloroso: que pensara en ella como una adicta, o que no confiara en su palabra.
—¿Entonces qué haces con este frasco? —dijo su primo, sacudiendo el frasquito sobre su cabeza de manera ominosa.
—No iba a tomarlo —dijo Lily, aunque sabía que estaba desperdiciando saliva. La expresión desconfiada, casi incrédula, de Hugo empezó a parecerle ofensiva—. ¿Me seguiste hasta aquí para vigilarme? ¿Es eso lo que haces ahora?
—Estamos intentando ayudarte, Lil —suspiró Hugo, aunque esta vez tuvo la decencia de sonrojarse avergonzado.
—¿Tú también vas a tirarme esa mierda, Hugo? —dijo ella con una risa sarcástica tiñendo sus palabras—. Puedo entenderlo de parte de Nina… Pero tú… —dejó la frase inconclusa, las implicancias sobrevolando entre ellos. Hugo frunció el ceño.
—Nina también es tu amiga —la regañó.
—Los amigos no hacen lo que hizo ella —siseó Lily, desafiante.
—¿Evitar que te mueras de una sobredosis? —la respuesta de Hugo fue brusca y certera.
No estaba acostumbrada a que su primo le dijera las cosas de esa forma. Sobre todo, no estaba acostumbrada a que su primo la contradijera. La sangre comenzó a hervirle en las venas, sus manos sacudiéndose mientras cerraba los dedos en forma de puños, conteniendo su ira.
—¿Realmente piensas que lo hizo por mi? —masculló entre dientes apretados, sus ojos chispeando con un fuego peligroso que hizo retroceder a Hugo—. ¿Por qué no me confrontó antes si tanto le preocupaba mi bienestar? ¿Por qué no intentó hablar conmigo al respecto? ¡Eso es lo que yo habría hecho por ella! Pero no. La pobre y desequilibrada de Lily es una adicta estúpida que no puede hacer nada por su cuenta y necesita que su hermano Albus y su amiga Nina la rescaten —dijo con una expresión irónica y un tono amargo.
Ahora que había comenzado a desahogarse, no era capaz de detenerse. Llevaba semanas rumiando aquellos pensamientos. Dándole vueltas al asunto. Horas que había pasado desvelada en su cama, sacudiéndose en agonía a causa de la abstinencia, culpando a Nina. Y a Albus. Y ahora, también Hugo.
—No lo hizo por mí, Hugo. Lo hizo para impresionar a Albus. Siempre lo ha admirado, y esta ha sido la oportunidad perfecta para demostrárselo. Ahora por fin ha conseguido al Potter que siempre quiso tener a su lado… Uno que está a la altura de la brillante y prodigiosa Nina Raven —la voz se le atragantó a causa del resentimiento que destilaba su lengua.
Llevaba mucho tiempo alimentando su enojo y envidia hacia Nina. Y durante las últimas semanas, esa ira irracional le había servido para ocultar otros sentimientos que no quería confrontar. Pero al poner todo aquello finalmente en palabras, el enojo empezó a diluirse de manera gradual, dejando lugar para algo todavía más corrosivo: el desencanto y el vacío que genera la traición.
Hugo la contemplaba en silencio. El arrebato verborrágico de su prima lo había tomado desprevenido. Ahora, la miraba de una forma que nunca antes lo había hecho. Como si la estuviese viendo por primera vez. Como contemplar a una serpiente después de que ha mudado su piel. Como si no la reconociera…
—No piensas eso de verdad —se negó a creer su primo, meneando la cabeza como si quisiera sacudirse las palabras que había escuchado y fingir que nunca habían sido pronunciadas.
—No puedo creer que te pongas de su lado —susurró ella. Los ojos empezaban a humedecérsele.
—Estoy de tu lado, Lily —le aseguró él, dando un paso hacia ella, haciendo un movimiento inseguro con los brazos, como si quisiera abrazarla pero no se animara del todo a hacerlo. Como si temiera el rechazo de su parte.
Lily quería que la abrazara. Quería llorar junto a su primo favorito. A su mejor amigo. Quería hablar con él sobre las visiones y las pesadillas nocturnas. Sobre el pánico que la invadía cada vez que una nueva imagen del futuro la asaltaba y ella era incapaz de encontrarle sentido. Sobre la inseguridad que le generaba la guerra. Sobre la poción que ella y Amadeus estaban preparando en secreto.
Quería enterrarse en su pecho y contarle todo. Hugo siempre había sido muy bueno escuchando. Siempre había sido compasivo y paciente con ella.
Pero habían crecido, y en algún punto, se habían distanciado. Ya no podía recostarse contra su hombro y hablar con él. No era el mismo Hugo de antes. Y ella definitivamente no era la misma Lily de antes.
—No, no lo estas. Nadie lo está —dijo ella en un tono de absoluta derrota. Hugo se encogió como si lo hubiese golpeado. En cierta forma, lo había hecho.
—Lamento mucho que pienses así —dijo él con voz ronca, desviando la mirada incapaz de seguir enfrentándola—. No puedo devolverte esto. Lo siento —dijo a continuación, guardando el frasco de poción en su bolsillo.
—Vas a decirle a Albus, ¿verdad? —comprendió Lily. Hugo se removió incómodo sobre sus pies.
—Ahora no puedes verlo, pero es lo mejor para ti —le prometió él.
Lily torció una sonrisa cínica. Le dio la espalda y volvió al interior de la casa.
Hannah Longbottom había decorado la Mansión Malfoy para las festividades a pesar de que ella no pasaría la Navidad allí. Su esposo, el actual director de Hogwarts, no podía permitirse alejarse durante tanto tiempo del castillo. Así que su mujer había decidido viajar a la casa que todavía conservaban en Hogsmeade, y había llevado a su hija Hope con ella.
Rick extrañaba la presencia tranquila y amable que representaba la señora Longbottom. Era completamente opuesta a lo que había sido su propia madre. Anya Donovan-Fritz nunca había sido una persona cariñosa, ni siquiera con sus hijos.
No tenía recuerdos enternecedores de las fiestas en familia. Sus padres acostumbraban a discutir gran parte de la velada. Su madre terminaba llorando y golpeando las puertas de la casa, y su padre se quedaba lamentándose junto a la chimenea, con la mirada vacía y triste.
Cuando Richard y Felicity empezaron Hogwarts, dejaron de volver a su casa para las fiestas. Permanecían en el castillo, disfrutando de la compañía de sus amigos y de ellos mismos. Y en una ocasión, lo habían pasado con la familia de Ted Lupin.
Eventualmente, sus padres se divorciaron. Él terminó Hogwarts. Y la Navidad pasó a convertirse en una buena excusa para salir a bailar y tomar hasta que la realidad se difuminaba, volviéndose un recuerdo brumoso y vertiginoso. Despertaba a la mañana siguiente enredado entre las piernas de alguna muchacha o muchacho (y en algunas ocasiones, de más de una persona), con una intensa cefalea y el estómago revuelto. Todos los años, se prometía que ese sería el último. Y todos los años, rompía la promesa.
Aquel año, no tenía opción. Estaba atrapado en la Mansión Malfoy. Era demasiado peligroso para él vagar por las calles de Londres, donde alguien de la Rebelión podía identificarlo y capturarlo. La ironía de que nunca antes había sido más buscado y codiciado que en ese momento no se le escapó.
Semanas atrás, Charlie Weasley se había presentado inesperadamente en la Mansión, con novedades que lo involucraban. Habían identificado una cría de dragón vagando por Escocia. Su madre había muerto, asesinada por cazadores ilegales. Si se apresuraban, Charlie creía que podía rastrear a la cría, y entonces podrían poner finalmente a prueba a Rick como Domador.
Así que habían partido inmediatamente, y Rick apenas había tenido tiempo de despedirse de su hermana Felicity antes de salir rumbo al norte. El viaje se había prolongado durante más tiempo del que había imaginado originalmente. Se habían internado por tierras silvestres, alejadas de todas civilización. Habían evitado usar su magia para no ser detectados por los animales que habitaban en esas tierras. Habían acampado en la oscuridad impenetrable de los bosques, acompañados únicamente por el crepitar de los insectos y el aullar de los lobos. La nieve caía de forma copiosa en esa época del año, borrando sus huellas tan rápido como se formaban. Por momentos, el frío era insoportable.
Pero había valido la pena. Porque ese camino lo había guiado hasta Pira.
Cuando la encontraron, la pequeña cría de Ridgeback Noruego se encontraba acurrucada y escondida entre un montículo de piedras. Habría pasado desapercibida a primera vista, salvo porque la nieve a su alrededor se derretía con asombrosa velocidad. Se encontraba hecha un ovillo, su cola rodeando su cuerpo, y tenía un aspecto adelgazado y frágil.
Pero en cuanto Charlie se asomó entre los árboles, dando un paso en su dirección, la criatura levantó inmediatamente su hocico marrón y una pequeña bocanada de fuego, como una chispa, brotó de sus fosas nasales.
—Ten mucho cuidado, Rick. Los ridgeback son capaces de escupir fuego desde muy pequeños —le advirtió Charlie, extendiendo una mano cauta hacia él, como si quisiera contenerlo.
Richard no lo estaba escuchando. Sus ojos verdes se habían encontrado con la mirada ambarina de la pequeña criatura. Y lo supo. Supo que era un Domador de dragones.
La llamó Pira, porque esa misma noche la dragoncita encendió una fogata para ellos, protegiéndolos así del inclemente invierno. Rick se quedó dormido con la criatura enroscada alrededor de su cuello, sus escamas desprendiendo un calor reconfortante. Al despertar a la mañana siguiente, los ojos amarillos de Pira fueron lo primero que vio.
—Creo que estoy enamorado —comentó con una sonrisa radiante, mientras su mano acariciaba la cabeza de Pira. Escuchó que Charlie Weasley soltaba una risita.
—Es hermosa —le reconoció el pelirrojo mientras levantaba el campamento.
Richard nunca había visto una criatura más hermosa. Lucifer, el dragón de Felicity, era imponente. Pero Pira era simplemente arrebatadora. Podía quedarse horas mirándola, apreciando la forma en que sus escamas cambiaban sutilmente de color según como les incidía la luz. Aprendiendo el significado de cada uno de sus gruñidos y movimientos. Sintiendo cómo la conexión entre ellos crecía y se fortalecía.
Al regresar a la Mansión, Rick había esperado que su hermana y sus amigos lo recibieran exultantes de felicidad por su exitosa misión. Pero por lo visto, en su ausencia, el mundo había colapsado dejando a la Orden del Fénix en una situación crítica. La incorporación de una bebé dragón a la misma pasó completamente desapercibido en medio del caos general. Su hermana lo puso al corriente rápidamente. Había tenido lugar un ataque contra el ministro muggle, y ahora éste culpaba a los magos a pesar de que había sido Harry y su equipo quienes le habían salvado la vida. El vínculo entre ambos mundos se debilitaba día a día, mientras que la Rebelión iba ganando lugar dentro del Ministerio de Magia y apoyo por parte de la comunidad mágica.
—Será mejor que Pira crezca rápido, porque vamos a necesitarlos —dijo Felicity en tono ácido, mientras apuntaba con el mentón en dirección a la pequeña dragona que jugueteaba alrededor de Lucifer.
Pira todavía no podía volar. En cambio, saltaba en torno al dragón de Felicity, mordisqueándole amistosamente la cola y las alas, escurriéndose entre sus patas y lanzando pequeñas bolas de fuego que Lucifer ignoraba pacientemente. Rick sonrió, pensando que los dragones se parecían mucho a él y Feli.
Era una tarde inusualmente silenciosa en la Mansión Malfoy. Se había acostumbrado al barullo constante que generaba el transitar de personas por la casa. Siempre había alguien allí, ya fuese notificando sobre alguna noticia a Potter, entrenando con Scarlet, o realizando alguna peligrosa investigación con Hermione.
A pesar de que la familia de Dominique vivía en Inglaterra, ella había elegido instalarse de forma definitiva en la Mansión. Ella y Felicity se habían hecho amigas rápidamente. De hecho, Dominique los había invitado a pasar la Navidad con su familia en la Madriguera, pero Felicity se había negado. No quería perturbar el momento de intimidad entre ellos. Los Weasley se merecían tiempo de calidad juntos.
Pero la casa Malfoy se sentía tan vacía ese día que Richard deseó que su hermana hubiese aceptado la invitación. No se le daba bien lidiar con la soledad. No estaba acostumbrado a estar solo. Y aunque Felicity quisiera pretender lo contrario, él sabía que a ella también la inquietaba.
Ansiaba escuchar villancicos. Quería visitar bares decorados con muérdago y besarse con extraños. Brindar por las cosas buenas, y también por las cosas malas. Bailar hasta que las piernas se le entumecieran. Era Navidad, y quería alguien que le hiciera compañía. Alguien en cuya calidez poder hundirse para olvidarse del mundo al menos por unos minutos.
Los ruidos provenientes de la sala de entrenamiento lo tomaron por sorpresa. Abrió la puerta de la sala con cautela y escudriñó el interior con curiosidad. Efectivamente, había alguien entrenando. En Navidad.
Desde que Katya Danilova había llegado a la Mansión Malfoy, Rick Fox no había tenido oportunidad de cruzarla. Los primeros meses, por su propia seguridad y la del resto de los habitantes de la casa, Katya había permanecido resguardada en las mazmorras. El lugar había sido refaccionado un año atrás para albergar a otra híbrida, aunque Hedda parecía una versión amistosa al lado de lo que había sido Katya. Sus gritos y golpes habían trepado desde el subsuelo hasta las plantas más altas de la mansión, haciendo vibrar las paredes de manera escalofriante. Para cuando lograron estabilizarla lo suficiente como para que pudiera salir de las mazmorras y participar de los entrenamientos de la Tercera Orden, Rick ya se había marchado a buscar su dragón con Charlie.
Se quedó embelesado observándola. La muchacha se movía con velocidad inhumana, golpeando con sus manos a los muñecos de entrenamiento, desgarrando con sus uñas la tela que los cubría, esparciendo por el suelo el relleno acolchonado. Había una naturalidad en sus movimientos que lo hipnotizaba, como mirar los colores que se entremezclan en el fuego que crepita en un fogata. Era peligrosa, y Richard tenía la sensación de que si se acercaba demasiado se quemaría, pero aún así no podía apartar la mirada de ella.
—¿Me estás espiando? —la voz de Katya cortó el aire como una navaja, filosa y certera. Giró para mirarlo, y sus ojos amarillos lo atravesaron.
—Sí —respondió con descarada sinceridad él, atinando a sonreírle de esa forma que siempre solía encantar a la gente. Pero Katya arqueó una ceja y se cruzó de brazos, inmune a sus encantos. —No nos han presentado como es debido… —intentó nuevamente Rick, extendiendo una mano hacia ella. Katya no la estrechó.
—Sé quién eres —dijo Danilova con su marcado acento del este europeo—. Estabas con Ted el día que visitó el Bosque Oscuro.
—Me recuerdas, ¿eh? —dijo Rick, complacido. La comisura de los labios de Katya temblaron, la sombra de una sonrisa amenazando con dibujarse.
—Tengo buena memoria —fue la respuesta mordaz de ella—. ¿Te puedo ayudar en algo? —le preguntó en tono burlón, y sus ojos ambarinos titilaron divertidos, provocadores. Lo estaba poniendo a prueba. O al menos, eso sentía Rick.
—Tal vez —su voz vibró de manera misteriosa—. Sabes, se me ocurren mejores formas de festejar la Navidad —sugirió, haciendo un gesto con la cabeza hacia los muñecos destrozados detrás de Katya. Fue el turno de ella de torcer una sonrisa sobradora.
—No me digas —masculló en un tono suave, casi un susurro, con fingida inocencia. Katya entornó los ojos adquiriendo una expresión felina, y Rick sintió que se le erizaba el cabello de la nuca.
—Ambos estamos aquí atrapados. Bien podemos aprovechar el rato —continuó Fox, intentando mantener la compostura. No recordaba cuándo había sido la última vez que una mujer lo había puesto nervioso.
Ella dio un paso hacia él, el espacio entre ellos contrayéndose como un resorte, el ambiente volviéndose denso y cargado de una expectante energía. Los ojos de ellas se deslizaron sobre él, contemplándolo de arriba abajo, como si estuviese sopesando la propuesta.
—Dime, Richard —susurró, dando otro paso hacia él. A esa distancia Rick podía apreciar en detalle el color de sus hechizantes ojos. El tono ambarino del iris se oscurecía a medida que se acercaba a la pupila, formando un halo de un amarillo más oscuro, como el trigo tostado. Y si prestaba mucha atención, podía ver el veteado escarlata que titilaba de forma alternante entre los tonos amarillos—. ¿Tienes idea de lo que podría hacerte? —inquirió, torciendo la cabeza hacia un costado, intrigada.
Era consciente de que la pregunta estaba destinada a asustarlo, pero sólo consiguió que Fox se sintiera aún más excitado. Su deseo debió de verse reflejado en su rostro, porque la sonrisa de Katya se acentuó, y sus ojos relampaguearon con un destello salvaje, las pupilas dilatándose hasta prácticamente absorber todo el color, volviendo sus ojos cuencas negras y profundas.
Se había equivocado. Katya no era una fogata. Era un maldito incendio.
La casa de los Potter del Valle de Godric tenía un pequeño altillo que nadie utilizaba. Era más bien un escondite entre el tejado y el cielorraso de la segunda planta. Era demasiado bajo como para que una persona adulta pudiese estar de pie allí.
Pero Lily había descubierto ese lugar cuando tenía cinco años. Había escalado con la ayuda de Albus y de James. Y lo habían convertido en su guarida. Con los años, Albus y James habían dejado de visitarlo. Era demasiado pequeño y contaba con una única ventana en uno de sus extremos que estaba trabada y era imposible abrir. El polvo se acumulaba con sorprendente velocidad allí, y no era infrecuente encontrar insectos y arañas anidando por los rincones y entre los tablones de madera.
Pero Lily seguía visitándolo. Había sido su refugio después que sus hermanos se fueran a Hogwarts, cuando aún era muy pequeña para acompañarlos, y la casa se le antojaba abrumadora y vacía sin ellos. E incluso después, todos los veranos subía al menos en una ocasión para despejar las telarañas y barrer la suciedad acumulada.
La última tarde antes de volver a Hogwarts, Lily trepó por la trampilla sin que su familia se percatara, buscando un lugar donde poder estar un rato tranquila, sin sentirse observada.
Pero su guarida ya estaba ocupada. Alex Domich se encontraba sentado en un rincón, con las piernas flexionadas sobre su pecho y la cabeza apoyada sobre el mugroso cristal de la ventana. Afuera estaba nevando y el vapor de su aliento generaba nubecillas frente a él, empañando el cristal por breves segundos, para luego evaporarse.
—Espero que no te moleste que viniera aquí —se apresuró a disculparse Alex al ver la cabeza de Lily asomando por el hueco en el piso donde se encontraba la trampilla—. Necesitaba un lugar donde pensar un rato a solas y…
—¿Cómo sabías de este lugar? —le preguntó Lily, todavía sorprendida de verlo allí. Su pregunta hizo sonrojar a Alex.
—Te vi subir aquí durante el verano que pasamos aquí antes de empezar nuestro cuarto año… El verano antes de que entraras a Hogwarts —respondió con simpleza, encogiéndose de hombros con evidente incomodidad. Se removió en el estrecho espacio que había, amagando con levantarse—. Puedo irme si lo prefieres.
—No. Quédate —lo detuvo Lily, mientras terminaba de subir al altillo y cerraba la puertilla detrás de ella—. Podemos estar a solas juntos —sugirió a modo de broma.
Alex se relajó y sonrió aliviado, volviendo a recostarse contra la pared. El altillo de la casa era como una cámara aislada del resto. Al cerrar la trampilla, el ensordecedor ruido proveniente de las plantas inferiores quedó amortiguado, distante y casi imperceptible.
Estaban teniendo lugar los últimos preparativos antes del regreso a Hogwarts, las vacaciones de invierno finalmente llegando a su fin. Eso siempre implicaba un gran movimiento en la casa. Ese año, era particularmente agitado porque su madre no estaba allí para ayudarlos, como siempre hacía. En cambio, James había dilatado el momento de armar su valija hasta última hora. Kreacher, a quien Harry había dejado a cargo de los chicos mientras trabajaba, le había advertido en varias ocasiones que debía de empacar, pero James lo había ignorado intencionalmente. Finalmente, Kreacher había tomado drásticas medidas: había interrumpido la llamada de James con Hedda, quien estaba en Francia, y lo había encerrado dentro de su habitación, con la amenaza de que no lo dejaría salir hasta que no terminara su equipaje.
Habían pasado tres horas desde ese incidente. Al principio, Albus y Alex habían intentado ayudarlo, probando todo tipo de hechizos y encantamientos sobre la puerta para liberarlo. Pero Lily les había advertido que era inútil: la magia de los elfos operaba de formas diferentes a la de los humanos, especialmente sobre las viviendas donde habitaban. Había una extraña simbiosis entre los elfos y las casas familiares. Era más fácil que James obedeciera la orden de Kreacher.
Por supuesto que James no pensaba obedecer. En cambio, llevaba horas gritando y golpeando contra la puerta, amenazando a Kreacher con que, si no abría la puerta ahora mismo, le regalaría un calcetín.
Harry había llegado finalmente a su casa y le había pedido con mucha gentileza a Kreacher que lo soltara. El elfo doméstico gruñó algo sobre amos caprichosos e irresponsables, pero chasqueó los dedos obedientemente, y la puerta de James finalmente cedió. El mayor de los Potter se abalanzó hacia Kreacher echo una furia, pero antes de que sus manos pudieran siquiera rozarle las puntas de las orejas, el elfo se desapareció.
James se había estado quejando con su padre desde entonces. Su equipaje seguía sin estar listo.
Lily ni siquiera se había gastado en desempacar su propio equipaje durante las vacaciones. Los primeros días había estado en cama, retorciéndose entre las sábanas a causa de la abstinencia, vestida todos los días con el mismo piyama. Pero incluso cuando se recuperó y logró salir, no terminaba de encontrar la voluntad para desarmar las valijas. Era extraño, pero su casa se había convertido en un lugar de tránsito para ella. Estaba allí de paso.
—¿James ya se ha dado por vencido abajo? —le preguntó Alex, después de unos minutos de quietud en los que pareció que finalmente las cosas se habían calmado en la casa de los Potter. Lily chasqueó la lengua.
—Cada día está un paso más cerca de desatar una guerra entre elfos y magos —bromeó la pelirroja. Alex soltó una carcajada fresca que reverberó en el pequeño espacio. Era un sonido tan espontáneo y sincero que Lily se encontró devolviéndole la sonrisa.
—¿Es por eso que subiste aquí? —le preguntó él, y a pesar de que todavía había ecos de la risa en su tono, Lily sabía que la pregunta implicaba mucho más.
—Sé que mi familia se preocupa por mí, y que todos intentan ayudarme pero… A veces desearía que no lo hicieran. Desearía que simplemente me dejarán en paz —se encontró confesando inesperadamente—. Eso me hace sonar como una persona terrible, ¿no? —agregó luego, lanzando una mirada de reojo hacia Alex, expectante.
—Solo un poco —le respondió él, guiñándole un ojo. Lily soltó una risita aliviada. —Te entiendo. A veces la familia puede ser… demasiado —suspiró el chico, una tormenta asomando en su mirada.
A Lily le gustaba hablar con Alex. Él era una de las pocas personas que la seguían tratando como una persona normal. Desde que las Visiones habían comenzado, toda su familia y amigos habían empezado a tratarla diferente. Se movían alrededor de ella con una cautela inusual, como si estuviesen caminando sobre cáscaras de huevo, como si temieran hacer un mal movimiento y que algo terrible pasara. Los había visto preocupados por ella. Había visto el miedo en sus miradas. Y en algunos casos, como Hugo, había visto incluso la decepción. Cuando la miraban a Lily, lo único que veían era a una niña pequeña e insegura con un poder aterrador.
Y talvez fuera porque Alex tenía sus propios demonios con los cuales estaba batallando, pero él era el único que la había tratado con absoluta normalidad durante todas las vacaciones. Seguía hablándole con la misma liviandad con la que siempre lo había hecho. No le preguntaba por las Visiones ni por sus entrenamientos con Draco. En cambio, conversaban sobre trivialidades, y se reían de guerras ficticias entre elfos y humanos. Para Lily, eso era como salir a la superficie a tomar aire fresco después de aguantar la respiración bajo el agua durante demasiado tiempo. Era liberador.
—Lo siento. Yo aquí quejándome sobre mi familia cuando tú… —Lily se interrumpió a mitad de la frase, sonrojándose.
—¿Cuándo mi padre es uno de los peores criminales del país, mi madre biológica murió por su culpa, y la mujer que toda mi vida pensé que era mi madre en realidad no lo es y me ha mentido todo este tiempo? —completó la frase Alex. Lily empalideció. Pero para su sorpresa, Alex sacudió la mano como alejando las palabras, en un intento por pretender que no lo afectaba. Lily era demasiado buena leyendo a las personas como para creérselo, pero se lo dejó pasar.
—¿Es eso lo que viniste a meditar aquí? —inquirió Lily, con una sonrisa vacilante, mientras apoyaba el mentón sobre sus rodillas. No tenía sentido pretender que todo estaba bien. Ella no lo estaba, y era evidente que Alex tampoco. Él suspiró, un sonido sibilante y largo, que le vació los pulmones y lo dejó encogido contra la pared, vulnerable.
—He decidido que voy a reclamar la herencia de los Lestrange —confesó de manera abrupta. Torció su mirada hacia ella en cuanto lo dijo, una expresión desafiante y temerosa al mismo tiempo.
—Me parece bien —le dijo Lily, encogiéndose de hombros. Alex no se esperaba esa respuesta, pues sus ojos se dilataron con estupefacción.
—¿En serio? —quiso cerciorarse—. ¿No piensas que es… nose, dinero sucio?
—Oh, sí, definitivamente es dinero sucio —reconoció ella con picardía—. Pero eso no quiere decir que no te lo merezcas. Solo tendrás que encontrarle un… uso limpio —propuso la pelirroja.
—Es mucho dinero, Lily —masculló Alex, pasándose una mano por los cabellos.
—Entonces podrás hacer muchas cosas con él —se mantuvo en su postura Lily.
Alex meditó sus palabras. Era un muchacho inteligente y con una enorme iniciativa. Su cerebro había estado detrás de los incontables inventos y bromas que los Caballeros de la Mesa Redonda habían ideado durante sus años en Hogwarts. Más importante aún, Alex tenía un buen corazón. Lily estaba convencida de que se le ocurrirían mil maneras de hacer un buen uso de esa fortuna.
—Hay algo más —las palabras de Alex fueron pronunciadas en un tono tan suave que Lily casi no las llegó a escuchar. El chico tragó saliva, cambiando el cuerpo de posición, girando para quedar cara a cara con ella, como si estuviese a punto de confesar algo terrible. Lily contuvo el aliento. —Quiero reclamar también el apellido.
Esta vez, Lily no respondió de inmediato. Necesitó varios segundos para terminar de darle sentido a lo que Alex acaba de decir. E incluso entonces, seguía sin terminar de entenderlo.
—¿Quieres… quieres cambiarte el apellido a… Lestrange? —pronunció Lily, como si ponerlo en palabras lo hiciese más verosímil.
—Sí —confirmó Alex.
—¿Por qué? —no había prejuicios en su pregunta, sino genuina curiosidad.
—Porque ha llegado el momento de poner un fin a las castas —sentenció Alex, la determinación arremolinándose en su mirada—. Todo esto de la pureza de sangre, de las familias sagradas: tiene que terminar.
—Alex —susurró Lily, entre conmovida y preocupada—. Es muy noble de tu parte pero…
—No crees que pueda conseguirlo, ¿verdad? —torció una sonrisa triste.
—No es eso —lo contradijo rápidamente Lily—. Pero estás hablando de enfrentarte a siglos de creencias profundamente arraigadas. La comunidad mágica se encuentra fragmentada a causa de la pureza de sangre… ¡Se han librado guerras a causa de eso, Alex! Las familias sangre puras te repudiarán por intentarlo, y las familias mestizas no confiarán en ti porque… bueno, porque tu apellido será Lestrange —fue brutalmente sincera.
—Nosotros podemos ser la generación que cambie las reglas del juego, Lily —dijo él, y sus facciones se iluminaron con ese fuego que Lily conocía demasiado bien. Era un fuego que no se podía apagar con palabras. Era el fruto de una idea que había echado raíces dentro de la mente de una persona.
—La generación que cambie las reglas del juego, ¿eh? —repitió la pelirroja, saboreando las palabras. La sonrisa en los labios de Alex se ensanchó, radiante.
¿Era tan distinto lo que Alexander proponía a lo que la propia Lily estaba haciendo? ¿No estaba ella también intentando alcanzar lo imposible? ¿Dominar un poder que nadie creía que podía dominarse? Ambos estaban eligiendo caminos poco ortodoxos y peligrosos, pero que si funcionaban, los beneficios valdrían todos los sacrificios. Si Alex lograba poner fin a la guerra entre las castas… Si Lily lograba controlar el futuro… El mundo mágico nunca volvería a ser el mismo.
Morgana Winchester entró rengueando a la Sala Oval de Camelot. Había recibido una grave herida en su pierna durante la Guerra en la Frontera, mientras defendía el último eslabón de la Resistencia Rusa en la ciudad de Mahiyamist. Los sanadores habían logrado salvarle la pierna, pero ésta no había vuelto a ser la misma desde entonces. El invierno tampoco ayudaba. El frío inclemente y la humedad hacían estragos sobre sus huesos lastimados. A pesar de todo, Morgana lucía inquebrantable como siempre.
—Me dijo Agamenon que querías hablar conmigo —Morgana siempre había sido una persona práctica. No perdía tiempo en conversar sobre trivialidades. Iba directamente a lo importante.
Harry le indicó con una mano que cerrara la puerta. Ella obedeció sin cuestionarlo, aunque era evidente que la situación la tenía desconcertada. No era habitual reunirse allí. Aquella sala albergaba dos de las reliquias más importantes de Camelot: La Mesa Redonda y Excalibur. Se reservaba para reuniones importantes, relacionadas con el futuro de Camelot o al cuartel de Aurores que requerían de absoluta privacidad.
—Siéntate, por favor —le pidió amablemente Harry, apuntando hacia la Mesa Redonda. Morgana titubeó. Tardó unos segundos elegir una de las sillas y ocuparla. —Hemos encontrado una forma de combatir el Anima Tenebris —suspiró finalmente el jefe de Aurores. Morgana parpadeó varias veces mientras incorporaba la información. Contrario a lo que cabría esperar, no parecía entusiasmada.
—¿Cuál es la trampa? —le preguntó. Harry sonrió con tristeza.
—¿Cómo supiste que había una trampa? —retrucó con curiosidad. Morgana se encogió de hombros.
—Es demasiado bueno como para ser tan fácil —respondió con simpleza.
Harry le explicó lo que Hermione y los demás habían descubierto sobre el Anima Solaris. Fiel a su palabra, Potter les había concedido un par de semanas para que investigaran a fondo el encantamiento, en un intento desesperado por encontrar una forma de utilizarlo sin que supusiera un peligro mortal. Pero los días habían transcurrido sin progresos. Y Potter no se podía permitir seguir escondiendo esa información por mucho más tiempo. En su interior, lo había sabido desde el comienzo: no existía una forma segura de hacer ese tipo de magia. La magia tenía un precio.
—Hay que reconocerlo: hay cierta poesía en este hechizo. Maquiavélico, sí. Pero poético de todas formas —susurró Morgana, con la mirada perdida.
Sí, a Harry tampoco se le había escapado la dulce ironía que encerraba el encantamiento: perder la vida intentando destruir la oscuridad. Morir intentando salvarse. Entregar parte de tu alma por un poco de luz.
—Esto podría marcar un antes y un después en Europa Oriental… Podría emparejar las cosas en Rusia —vaticinó Winchester.
—O causar una masacre —temía Harry. Se frotó los ojos por debajo de los anteojos. —¿Crees que es posible hacerle llegar esta información a la Resistencia? —le preguntó, yendo finalmente al grano. Morgana se acomodó en la silla, sopesándolo.
—Es posible —dijo la aurora.
Harry exhaló todo el aire que tenía en los pulmones y tiró la cabeza hacia atrás, sus ojos contemplando el techo de la sala sin mirar realmente. Algunas veces, odiaba su trabajo.
—No puedo enviarte de manera oficial a Rusia —explicó Potter el conflicto, volviendo a bajar la mirada hacia Morgana—. Linus Cavenger no puede enterarse de que hemos dado con el Anima Solaris, o hará todo lo posible por detenerte. Si decides hacer esto, no puedes hacerlo como Aurora.
—Entiendo —dijo Winchester con sorprendente aplomo. Sus manos se movieron con tranquilidad hacia la insignia que colgaba en su pecho, desprendiéndola del traje de Aurora que vestía, y colocándola sobre la Mesa Redonda. —Ha sido un placer trabajar para el Cuartel de Aurores, señor —se despidió.
Ante todo, pido perdón por la inusual espera. La idea era actualizar para las Pascuas, pero estuve con algunos problemas personales y no tuve tiempo de escribir. Recién esta semana pude retomar la escritura. Estoy bastante conforme con el capítulo, a pesar de todo. Tiene algunos detalles para mejorar, y cosas que tal vez podrían plantearse diferentes, pero en términos generales (y recordando que esto es un fanfic y la idea es divertirnos) creo que está muy bien.
Dedicarle este capítulo a Meli junior, la más pequeña del grupo de Telegram que cumplió 15 años! Feliz cumple Meli! Los mejores deseos y espero que disfrutes la historia.
Tengo entendido que hay muchos cumpleaños en Abril, así que también mando un saludo general para quienes cumplieron años este último mes. Y como siempre, estoy abierta a propuestas para one shots de regalos.
PARA LOS QUE NO ESTAN EN TELEGRAM: les propuse un juego en el chat para divertirnos un rato. Les dije que me dejen un review con las teorias que tienen sobre cómo va a hacer Molly para infiltrarse en la Rebelión. Y quien responda correctamente o se acerque más, les responderé una/as preguntas. Si quieren participar: solo tienen que dejar su teoría escrita en un review, junto con 2-3 preguntas que quieran hacerme sobre la historia (como aclaración: no voy a responder sobre quienes mueren, ni tampoco sobre cómo terminan las parejas).
¡Los estoy leyendo!
G.
