Capítulo 23: Abrir una grieta
You may call it in this evening
But you'd only last the night.
Preserve all your pretty feelings
May they comfort you tonight.
And I'm climbing over something,
And I'm running through these walls.
I don't even know if I believe...
Everything you're trying to say to me
I had the strangest feeling
Your world's not all it seems
So tired of misconceiving
What else this could've been
I don't even know if I believe
Everything you're trying to say to me
So open up my eyes
Tell me I'm alive
This is never gonna go our way
If I'm gonna have to guess what's on your mind
(Esta noche podrías hacer que ocurriese,
pero durarías solo una noche.
Conserva todos tus preciosos sentimientos,
quizás esta noche te consuelen.
Y yo estoy escalando por encima de algo,
y estoy atravesando estas paredes.
Ni siquiera sé si creo...
todo lo que estás intentando decirme.
Tuve el más extraño de los sentimientos,
tu mundo no es todo lo que parece.
Tan cansado de malentendidos,
¿qué otra cosa podría haber sido esto?
Ni siquiera sé si creo...
todo lo que estás intentando decirme.
Así que ábreme los ojos de par en par,
dime que estoy vivo,
esto nunca va a ir como nosotros queremos
si yo voy a tener que adivinar qué es lo que sucede dentro de tu cabeza.)
Believe – Mumford & Sons.
Lo primero de lo que fue consciente fue del frío. La humedad sobre su cuerpo empapado. El viento arremolinándose en su cabello.
Lo segundo fue la oscuridad. La tormenta azotaba en la profundidad de la noche, como si quisiera arrasar con todo lo que se alzaba sobre la tierra.
Lo tercero fue la soledad.
Estaba de pie bajo la lluvia, y no podía sacudirse esa sensación de fatalidad de encima. Algo dentro de ella le decía que ese era el final. Allí, en lo alto de aquella torre, con las nubes negras escondiendo las estrellas y el sonido ensordecedor del viento sofocando cualquier otro sonido.
Había fracasado. Le había fallado a todos. Una vertiginosa desesperación le aceleró los latidos y le entrecortó la respiración. Sus propias lágrimas se entremezclaron con las gotas que caían sin clemencia desde un cielo sin estrellas.
Así era como terminaba todo. Éste era su final. Y estaba sola, en la cúspide de una torre, resistiendo contra una tormenta que parecía susurrar su nombre, invitándola a perderse en esa oscuridad de una vez por todas.
Abrió los ojos con un chasquido, jadeando por aire. Igual que solía sucederle cada vez que profundizaba en esa visión, la fría humedad de la tormenta permaneció con ella durante varios segundos.
—Estás en Hogwarts. Estás a salvo, Lily —le susurró Amadeus con su imperturbable tranquilidad. Los ojos de Lily se enfocaron en él y su respiración comenzó a ralentizarse.
—Una torre —dijo con voz ronca, la garganta todavía reseca.
—¿Qué? —preguntó Amadeus, la curiosidad filtrándose en sus ojos inquietos, dilatándolos con expectación detrás de las gafas. Su mano tomó de forma automática la pluma para escribir en su cuaderno.
—Estoy en una torre —explicó Lily de manera apresurada.
—Eso es nuevo —señaló Amadeus, y el esbozo de una sonrisa satisfecha apareció en su rostro adusto.
—Lo sé —coincidió Lily sin poder esconder la emoción.
No era mucho, pero era un progreso. La visión empezaba a tomar forma frente a ella. Después de meses infructíferos, por fin tenían algo nuevo de lo que aferrarse. Se sentía excitada, tal vez demasiado teniendo en cuenta de que era un simple detalle, y que la visión seguía sin tener mucho sentido. Pero Amadeus estaba escribiendo frenéticamente frente a ella, también envalentonado, y Lily se permitió disfrutar de aquella pequeña victoria.
—Una torre —repitió Relish, ensimismado en su escritura —. ¿Qué tipo de torre?
—¿Una de piedra? —respondió Lily en un tono sarcástico, encogiéndose de hombros.
Amadeus levantó la mirada para observarla por sobre el borde de los anteojos. La observaba con una expresión analítica mientras intentaba descifrar si Lily estaba bromeando con él o lo decía en serio. La pelirroja suspiró, meneando la cabeza.
—Era alta… En un día despejado supongo que podrías ver varios kilómetros a la redonda. Y era antigua, hecha de piedra maciza y gastada… —intentó explicar, esta vez adoptando un tono más serio.
—¿Hogwarts? —barajó Amadeus. Lily meneó inmediatamente la cabeza en un gesto negativo.
—No, no se parecía a ninguna de las torres de Hogwarts —afirmó con seguridad. Meditó unos segundos—. Parecía más una… fortificación.
—¿Un torreón? —sugirió Amadeus, mientras su pluma se movía de un lado al otro de la hoja.
—Sí… Sí —coincidió ella.
—Bien, bien. Has estado muy bien, Lily —masculló Relish, su atención nuevamente enfocada en sus notas, de forma que no se percató cuando Lily se sonrojó.
—Si tuviéramos la poción… —volvió a sugerir la pelirroja, intentando ser sutil.
—Has progresado mucho sin la poción —dijo Amadeus haciendo un gesto con la mano restándole importancia a la sugerencia.
—Pero con la poción podríamos avanzar aún más rápido —insistió con tono firme.
—Talvez —aceptó con su habitual indiferencia, revolviendo en su bolso buscando otro de sus anotadores.
—¿Qué estamos esperando, entonces? —perdió la paciencia Lily.
—Aún no está lista —le recordó Amadeus, frunciendo el ceño porque no encontraba lo que estaba buscando.
—Me prometiste que encontraríamos una forma de conseguir esos hongos —esta vez, Lily usó un tono intencionalmente recriminatorio. Amadeus dejó de buscar el libro y volvió su atención hacia ella.
—La encontraré… Sólo necesito tiempo —volvió a prometerle, avergonzado.
Lily se inclinó hacia delante, acortando la distancia que los separaba, y apoyó una de sus manos sobre la rodilla de Amadeus, que se encontraba sentado en el suelo con las piernas cruzadas. Los ojos de Relish se abrieron enormes y desorbitados, y un respigo escapó de sus labios ante el contacto físico cercano e íntimo.
—Gracias —susurró Lily, sonriéndole confidente.
Relish se sonrojó y desvió la mirada. Lily se apartó, liberándolo del contacto. Amadeus volvió a respirar con normalidad. Tras unos segundos recuperando el aliento, retomó la búsqueda de su libro, ignorando nuevamente a Lily.
—Esto es una mala idea —Molly lanzó una mirada nerviosa por sobre su hombro, escudriñando a las personas que se encontraban a su espalda, conversando entre ellas sin prestarle aparente atención—. No debería estar aquí —susurró, mientras giraba la cabeza de regreso hacia el frente, a pesar de que el escenario del teatro de Knockturn seguía vacío. Percibió por el rabillo de su mirada que Gweneth torcía una pequeña sonrisa, casi imperceptible.
—Eres una bruja, Molly. Tienes tanto derecho a estar aquí como cualquier otro espectador —chasqueó Rosier, manteniendo su postura erguida e impasible.
Una de las brujas ubicada a poca distancia de ellas soltó una estruendosa carcajada, sobresaltando a Molly. Instintivamente, su mano se aferró a su varita, escondida entre los pliegues de su capa.
—¡Mi foto está en todos los periódicos! Si alguien me reconoce… —insistió Molly, hablando sin prácticamente mover los labios.
—¿Tan importante eres, Molly Weasley? —dijo en tono sarcástico Gweneth, curvando las cejas. Molly resopló.
—Lo digo en serio, Gweneth —las palabras de Molly estaban impregnadas de gravedad.
—Esto es un acto público. Todo aquel que desee escuchar lo que el Partido tiene para decir, puede hacerlo —recalcó Rosier con testarudez.
—¿Incluso los aurores? —la desafió Weasley. Rosier frunció levemente los labios, un gesto que podría haber pasado desapercibido si no fuese porque Molly la estaba mirando atentamente.
—Tú ya no eres una aurora —le recordó con astucia la sanadora.
—¿Tú les explicaras la diferencia si nos descubren? —soltó Molly entre dientes. Gweneth dejó escapar una risita.
—Encantada —le devolvió con sarcástica insolencia. Sus ojos ambarinos chispearon divertidos, como si la situación de que la descubrieran en compañía de una ex aurora se le antojara graciosa. Molly se encontró sonriendo sin motivo alguno.
El público comenzó a inquietarse, la ansiedad vibrando entre los espectadores. En el escenario, las primeras personas vestidas con sus túnicas rojas empezaban a asomarse. Molly reconoció a Jolie Cartier encabezando la caravana, seguida detrás por Zafira Avery, y como siempre, cerrando el cortejo, entró Heros Morgan.
El público enloqueció en cuanto Zafira extendió los brazos hacia ellos en señal de bienvenida, y durante varios minutos, se quedó allí, regocijándose en el sonido de los aplausos.
Molly se acomodó la capucha de la túnica sobre su cabeza, asegurándose de que su cara se mantenía lo más oculta posible. Junto a ella, Gweneth Rosier observaba con imperturbable calma, los brazos pulcramente cruzados sobre su pecho, con genuino interés impregnando sus rasgos estilizados.
Apenas pudo prestar atención al contenido del discurso de Zafira Avery. Estaba demasiado tensa preocupada porque alguien la derribara y que la capa se le deslizara revelando su identidad. Demasiado ocupaba analizando el perfil elegante de Rosier, cuya mirada no se despegaba del escenario, y cuyo cerebro parecía estar absorbiendo y procesando cada palabra que pronunciaban.
Desde que Molly había renunciado, había concretado tres encuentros más con Rosier, aparte de aquel día en que le había informado que ya no trabajaba más para los Aurores. Siempre se encontraban en aquel bar ubicado frente al hospital de San Mungo. Los encuentros siempre seguían la misma rutina: Rosier siempre se sentaba el mismo lugar frente a la barra. Para cuando Molly llegaba, ella ya tenía una copa de vino en la mano. Weasley ocupaba el asiento junto a ella, que siempre estaba vacío, aguardándola. Rosier pedía una segunda copa para ella y otra para Molly. Bebían los primeros tragos sin hablar. Molly siempre era quien rompía el silencio con algún comentario. Y luego, la conversación transitaba en un delicado balance entre la intimidad y la desconfianza. La mayoría del tiempo era Molly quien hacía las preguntas. Rosier rara vez le respondía directamente. Sus respuestas siempre parecían esconder algo más entre líneas para que ella descifrara. Gweneth Rosier era en acertijo en todo el significado de la palabra. Pero en el último encuentro, Gweneth la había invitado a acompañarla al siguiente acto público de la Marea Roja. Y Molly había aceptado.
—¿Estás de acuerdo con el discurso del Partido por el Cambio? —le preguntó Molly, horas más tarde, en la comodidad del bar, después de la primera ronda silenciosa de vino.
Llevaba mucho tiempo queriendo hacerle esa pregunta. Pero hasta entonces no se había atrevido. Había esperado hasta alcanzar cierta confianza con Gweneth como para que la joven sanadora se permitiera ser franca al responder. Pero cuánto más tiempo pasaba en compañía de Rosier, menos deseos tenía de escuchar la verdadera respuesta.
—No coincido con todo lo que pregonan —respondió Rosier, evasiva como siempre.
—Pero coincides con la mayoría de lo que dice Zafira Avery —presionó al respecto Molly. Gwen torció una sonrisa gatuna.
—Zafira Avery es una mujer de política. La mitad de lo que dice esa hermosa boca suya son promesas vacías —dijo con aire casual y bebió un delicado sorbo de su copa de vino.
—¿Entonces por qué asistes a sus presentaciones? —le espetó Molly, frunciendo levemente el ceño, dejando que parte de su frustración se filtrara en su rostro.
Estaba convencida de que Gweneth le respondería con otra de sus clásicas evasivas, esquivando astutamente la pregunta, hablando sin decir nada. Pero cuando la bruja giró su rostro hacia ella, la sinceridad en su mirada miel la dejó helada. El aire se le atragantó en la garganta mientras aguardaba expectante a su respuesta.
—¿Sabías que antes de venir a estudiar a San Mungo trabajé durante poco más de un año en el Centro de Investigación e Innovación Mágico de París? —le preguntó de forma inesperada Rosier.
—Yo… no… ¿Qué..? —no era la respuesta que Molly se había esperado, y su aturdimiento debió de ser evidente, porque Gwen sonrió de manera condescendiente.
—Es un lugar muy prestigioso —aseguró Gwen, ignorando intencionalmente la expresión de desconcierto que le dedicaba Weasley en ese momento.
—No entiendo qué tiene que ver… —masculló Molly, empezando a irritarse. Pero Rosier le hizo un gesto con la mano, pidiéndole que tuviera un poco de paciencia.
—Durante un año completo me dediqué a investigar sobre núcleos mágicos. Siempre me pareció fascinante que algunas personas pudieran hacer magia y otras no… Y quería entender por qué. Así que revisé cientos de documentos, historias clínicas, antecedentes familiares… Recopilé toda la información sobre toda persona capaz de canalizar magia que habitara o hubiese habitado en París en los últimos 200 años —le explicó Rosier. Había algo en la cadencia de su voz, en la forma en que sus manos hacían girar la copa mientras hablaba, en la intensidad con que miraba a Molly, que resultaba hipnótico.
—¿Qué descubriste? —dedujo Molly, con un mal presentimiento.
—Nos estamos extinguiendo, Molly Weasley—le respondió Gweneth con gravedad—. La población mágica se ha reducido considerablemente en los últimos 200 años.
—Las guerras no ayudan, ¿no crees? —resopló la ex aurora. Gwen asintió suavemente con la cabeza, concediéndole la razón.
—Sí. Eso, sumado a una disminución en nuestra fertilidad, una reducción de nuestra longevidad y las enfermedades asociadas a la pureza de sangre, han reducido sustancialmente nuestra población —explicó Rosier de manera protocolar. Hizo una pausa, y Molly notó la vacilación en su mirada.
—Hay algo más —leyó en su expresión. Gwen dio otro sorbo a su copa, tomando coraje líquido.
—Nuestra salud, nuestra longevidad, incluso nuestra fertilidad... Todo está relacionado con el núcleo mágico. Y nuestros núcleos mágicos se están debilitando de generación en generación —respondió con brusca franqueza.
—¿A qué te refieres con eso? —Molly creía entender hacia dónde se dirigía aquello, pero aún así, necesitaba escucharlo de la boca de ella.
—Me refiero a que estamos perdiendo la magia, Molly. Nos estamos apagando —Rosier confirmó sus sospechas.
Molly recordó aquel primer encuentro que había tenido con Gwen en San Mungo, después del ataque a Hogsmeade. La joven sanadora se había sorprendido al examinar su núcleo mágico y la velocidad con que se había recuperado, casi como si le pareciera imposible que algo así fuese real.
Gwen se tomó su tiempo antes de continuar con su historia, y esta vez Molly no la apresuró. La dejó terminar la copa de vino y pedirle una nueva al mozo. Le permitió disfrutar del primer sorbo sin interrumpirla, sabiendo que Rosier degustaba cuidadosamente la copa apenas la recibía.
—Por supuesto le presenté los resultados de mi investigación a mi superior. Como era de esperar, me acusó de supremacista y sangre pura —continuó Rosier con los ojos todavía entornados mientras terminaba de saborear el vino—. Se negó a publicar mi trabajo diciendo que mi enfoque estaba sesgado. Me despidieron a los pocos días.
—¿Lo estaba? ¿Sesgado? —le preguntó Molly, intentando no sonar prejuiciosa al hacerlo. Gwen soltó una carcajada sarcástica.
—No todos los nacidos sangre pura son supremacistas, ¿sabes?
—Lo siento mucho, Gweneth —dijo Molly, con sinceridad. Podía notar la tensión y la angustia escondida en el tono de Rosier. Era evidente que ese trabajo había sido importante para ella, y perderlo le había resultado doloroso.
—Al poco tiempo me encontré con una amiga de Beauxbatons que se había mudado a Londres… Le conté sobre mi investigación, y ella me dijo que aquí había gente dispuesta a escuchar lo que yo tenía para decir. Dispuesta a hacer algo al respecto —remató la historia.
—Jolie Cartier —masculló Molly sin pensar. Gwen curvó una de sus elegantes cejas.
—Alguien ha estado investigando por su cuenta —dijo entornando los ojos. Molly se sonrojó y se maldijo a sí misma internamente. Se había dejado llevar por la intimidad de la conversación y había cometido un error de principiante.
—El departamento de Aurores investigó a todos los miembros de la Marea Roja —decidió decirle la verdad, o al menos, una parte de ésta.
Era una de las lecciones que había aprendido en Camelot y que Draco Malfoy le había reforzado en sus entrenamientos posteriores. Era más probable que la descubrieran si mentía. Siempre que pudiera, era preferible decir verdades a medias.
Gwen pareció complacida con la respuesta, porque sus facciones se suavizaron y su mano se relajó alrededor de la copa.
—Jolie y yo fuimos juntas al colegio. Ella fue quien me invitó a las reuniones de Knockturn —reconoció Gwen—. Ellos coinciden con que las limitaciones autoimpuestas por el mundo mágico son parte del motivo por el cual nos estamos extinguiendo.
—¿Y estás de acuerdo con los métodos que proponen para resolverlo? —volvió a preguntar Molly, retomando por fin la conversación por donde había comenzado.
Gwen cerró los ojos un instante, sus largas pestañas rozando sus mejillas sonrosadas a causa del alcohol. Cuando volvió a abrirlos, había recuperado su aire distante y sereno.
—Estamos atrapados en una jaula y nosotros tenemos la llave para salir de allí, Molly —otra vez eludía la pregunta con elegancia.
—¿Incluso si eso implica iniciar una guerra? —la siguió presionando Weasley.
—Soy una mujer de ciencia, no de guerra. Me dedico a salvar vidas, no a terminarlas —se defendió Rosier, alzando el mentón en un gesto orgulloso—. Pero como mujer de ciencia, debo advertirte que no puedes detener la evolución, Molly. Puedes demorarla, pero no detenerla. Talvez no sea nuestra generación, ni la siguiente. Puede que demore otros 200 años en suceder. Pero tarde o temprano, el mundo mágico saldrá a la luz… O desaparecerá para siempre.
Gweneth tenía razón. Los magos llevaban siglos ciclando entre épocas de paz y de guerra, en un eterno debate sobre su lugar en el mundo. Salir a la luz o desaparecer… Era un concepto fatídico, que apelaba a uno de los instintos más arcaicos de todos los seres vivos: la supervivencia.
"Talvez la magia debería desaparecer" pensó con cierta nostalgia Molly. Pero no lo dijo en voz alta.
—Tiene que haber una manera mejor —dijo en cambio, pensativa, con un codo apoyado sobre la barra y el rostro reposando sobre su mano.
—El cambio siempre es… caótico. Pero tú puedes ayudar a que sea menos caótico. A reducir el daño colateral —propuso Rosier, y una chispa de esperanza relampagueó en sus facciones.
Era una invitación indirecta. Una propuesta escondida. La puerta de ingreso para Molly.
Gwen comprobó el reloj que colgaba sobre su muñeca y chasqueó la lengua. Depositó un par de monedas sobre la mesa, lo suficiente como para cubrir las bebidas de ambas y la propina, y se puso de pie.
—Buenas noches, Molly Weasley —se despidió con una inclinación de cabeza, dando por terminada la velada de manera imprevista.
—Nos ve… mos…? —Antes de que Molly terminara de responderle, Gweneth ya había abandonado el bar.
Molly aguardó unos minutos más antes de colocarse la capucha sobre la cabeza y salir también del local. Afuera ya había anochecido, y la fría bruma de Londres sobrevolaba las calles prácticamente desérticas. Se escurrió por uno de los callejones y en un parpadeo se apareció a pocos metros de la entrada de la Mansión Yaxley.
Sus dedos apenas habían rozado el picaporte cuando Floki, el elfo que trabajaba para Jasper, la abrió invitándola a entrar.
—Los señores la están esperando, señorita Molly —le dedicó una bienvenida nerviosa el elfo. Jasper debía de haberle pedido que la recibiera al llegar, porque no era algo que acostumbraba a hacer. Debió de sospechar entonces que algo inusual estaba a punto de suceder.
—Gracias, Floki —le devolvió el saludo de manera cortés ella, mientras se sacaba la capa y la colgaba junto a la entrada de la casa.
La casa estaba inusualmente silenciosa. Por aquellas horas del día lo normal era escuchar la música proveniente de la sala de estar donde Hamilton se entretenía con la amplia discografía del hermano ausente de Jasper. El ambiente solía estar impregnado de exquisitos sabores y fragancias exóticas, señal de que Jasper ya estaba cocinando algo delicioso para la cena.
Esa noche, la casa parecía en pausa. Confundida, Molly chequeó el enorme reloj antiguo cuyo péndulo oscilaba rítmicamente en el vestíbulo de entrada. Era tarde.
—¡Hammer! ¡Jas! —llamó en voz alta Molly, desenroscando la bufanda de su cuello mientras caminaba hacia la sala de estar—. ¡Perdón por la hora! Se me pasó el tiempo… —empezó a excusarse antes siquiera de entrar en la habitación.
Sus disculpas quedaron interrumpidas a medio camino de la frase al comprobar que tenían visitas.
Jasper estaba sentado en la butaca junto al fuego, con las manos descansando sobre los apoyabrazos en una postura practicada que intentaba parecer relajada. Molly lo conocía lo suficiente como para saber que era todo lo contrario.
Frente a él, haciendo girar su sombrero entre dedos nerviosos, estaba Percy Weasley.
—Hola, Mol —la saludó con una sonrisa tímida.
Molly, aún sin lograr hablar, torció la cabeza hacia Jasper como buscando respuestas. El joven rubio se aclaró la garganta.
—Tu padre ha tenido la gentileza de acercarse para notificarnos que Knight se encuentra demorado en el trabajo y no llegará para la cena —habló Yaxley, curvando una ceja en un gesto mordaz, pero manteniendo un tono respetuoso en su voz.
—Pensé que podíamos aprovechar y conversar, hija —confesó sus verdaderas intenciones Percy.
Los ojos negros de Jasper la miraban atentamente en ese momento, esperando su respuesta. Molly hizo un gesto casi imperceptible de asentimiento. Fue todo lo que Yaxley necesitó para levantarse de su asiento y deslizar sus prolijas manos por sobre la tela de su traje, alisando cualquier arruga imaginaria que pudiese existir.
—Estaré en la cocina, si me necesitan —se despidió con una inclinación hacia Percy.
—Papá, lo siento, estaba esperando a que se calmaran un poco las cosas para ir a visitarlos… —empezó a excusarse Molly, aunque no era del todo verdad. Había demorado todo lo posible aquel encuentro porque sabía que la relación con su padre no volvería a ser igual después de esa charla.
—Fue una buena decisión —le concedió Percy en un tono práctico—. Los periodistas han montado un campamento en la entrada de la casa. Son como buitres a la espera de conseguir la primicia —agregó con cierto resentimiento.
El periodismo no había sido gentil con Percy en el pasado, y ciertamente no lo estaban siendo entonces. Molly había intentado ignorar los titulares que decoraban las portadas de prácticamente todos los periódicos y revistas, pero era imposible. Draco le había advertido que eso sucedería. De hecho, era uno de sus objetivos. Había sido él quien había sugerido filtrar la información de la renuncia de Molly antes de que ésta se hiciese oficial para generar mayor revuelo. "Hazme caso, niña. Tengo experiencia con los escándalos mediáticos" le había dicho con sobradora arrogancia.
Había dado en la tecla. La noticia se había esparcido como fuego diabólico, ocupando todos los medios de comunicación durante semanas. El efecto había sido el que habían deseado: sembrar la duda sobre los motivos ocultos de Molly para dejar el cuartel de Aurores. Crear una brecha entre ella y el resto de su familia.
—¿Cómo está mamá? —preguntó Molly, y su preocupación era genuina.
Su madre siempre se había mantenido al margen de los escándalos. Era la esposa ejemplar, siempre al pie del cañón junto a su marido. Sabía exactamente qué decir y cuándo hacerlo. Sin ella, su padre nunca habría logrado recomponer su imagen pública. Si la gente había vuelto a confiar en Percy Weasley era gracias a Audrey.
—Está… conmocionada —Percy eligió sus palabras con cuidado, como buen hombre de política que era. Hizo girar varias veces el sombrero entre sus manos antes de tomar coraje para preguntarle—. ¿Por qué no hablaste esto con nosotros antes, Molly?
—Lo siento, papá…
—Podríamos haberte aconsejado mejor —sugirió Percy, chasqueando las palabras, en un tono que Molly reconoció como desaprobatorio.
—Sabía que si te lo decía, intentarías hacerme cambiar de opinión —confesó Molly, encuadrando los hombros de forma refleja, mostrándose firme frente a su padre al decirlo. Percy suspiró.
—Por supuesto que habría intentado disuadirte, cariño. No puedes tomar estas decisiones de manera tan precipitada —empezó a regañarla.
—No ha sido precipitado —interrumpió Molly, cruzándose de brazos—. Llevo tiempo pensándolo.
—Creía que estabas contenta en el cuartel… Que te gustaba ser aurora —dijo Percy, curvando las cejas con sorpresa. Lucía desconcertado, y Molly no podía culparlo por ello.
—No es eso —masculló ella, desviando la mirada. Notó por el rabillo del ojo que su padre dejaba el sombrero sobre la mesa de café frente a él y se ponía de pie.
—He hablado con tus compañeros —dijo en un tono cauto Percy, colocando las inquietas manos en los bolsillos de su pantalón.
—¿Qué? —reaccionó Molly.
—El señor Yaxley y el señor Knight me han comentado que este trabajo te ha afectado mucho, sobre todo estos últimos meses —continuó su padre. Molly sintió un calor inesperado en el pecho, una mezcla de enojo e indignación.
—¿Has estado averiguando sobre mí a mis espaldas, papá? —lo acusó sin miramientos. Percy hizo un gesto con la mano, restándole importancia a la acusación.
—Por supuesto que voy a hacer mis averiguaciones si mi hija empieza a comportarse de forma errática —fue su respuesta.
No debería de haberla sorprendido. Menos aún lastimado. Después de todo, ya estaba familiarizada con la forma de actuar de su padre. Por supuesto que Percy Weasley no permitiría que su hija tirara por la borda su carrera profesional sin un buen motivo. La voz de Draco Malfoy dentro de su cabeza le decía que aquello era bueno. Era exactamente lo que necesitaban para terminar de separarla de su familia. Y sin embargo, habría deseado que no fuera así. Una parte de ella habría deseado que su padre respetara su decisión sin cuestionarla, sin tratarla como una niña que necesitaba ser supervisada.
—No puedo seguir haciendo ese trabajo, papá —le dio la misma respuesta que le había dado a Jasper y a Hammer. Una verdad que no era toda la verdad, pero tampoco era una mentira.
—Estás estresada, es comprensible —dijo Percy, apresurado—. Estoy seguro de que Harry puede reubicarte en algún sector más tranquilo del departamento, algún trabajo más administrativo y que no implique demasiado tiempo en el campo de batalla…
—No me estás escuchando, papá —volvió a interrumpirlo Molly—. No voy a volver al Cuartel de Aurores.
Percy guardó silencio. El aire dentro de la sala se condensó, cargado de sofocante energía. Molly se mantuvo firme en donde se encontraba de pie. Su padre le devolvía una mirada atónita, observándola como si no pudiese reconocer a su hija en ella.
—Molly… —dijo con voz ronca Percy, frotándose el rostro con una mano de manera nerviosa—. Nuestro gobierno se encuentra en una posición muy complicada. Se aproximan las elecciones y no podemos permitirnos más escándalos.
Las palabras de Percy se vieron interrumpidas por una carcajada sarcástica de Molly. Una actitud desafiante que nunca antes había tenido que adoptar con su padre.
—Por supuesto —masculló entre dientes Molly, riendo sin humor—. Lo importante aquí es no arruinar tu preciada reputación.
Se odió a si misma por decirlo. El rostro de su padre se torció en una mueca desagradable, como si hubiese tomado ácido. Molly había apuntado directamente hacia el punto débil de su padre, y había dado en el blanco.
—Esto es más importante que mi carrera política, Molly —se enojó Percy—. Estamos intentando salvar al país.
—¿Te has detenido a pensar que talvez esa no sea la mejor manera? —disparó la pregunta en el momento preciso. Los ojos de su padre se abrieron enormes, y sus labios gesticularon sin lograr articular las palabras.
—¿De qué estás hablando, Molly? —la voz de Percy se escuchó estrangulada, anormalmente aguda.
—Hablo de lo que sucedió en Hogsmeade, y en el Callejón Diagon, y en el Ministerio muggle… —empezó a enumerar Molly.
—¡Esos fueron todos ataques orquestados por la Rebelión! ¡Tú mejor que nadie lo sabes! —le reprendió Percy, su rostro enrojeciéndose a causa del enojo.
—Y todos podrían haberse evitado si hubiésemos estado más permeables al diálogo… —sugirió Molly, el estómago revolviéndosele al decirlo.
—¡No dialogamos con terroristas! —gritó Percy, escandalizado por la sugerencia.
—¡Que no estén de acuerdo con todo lo que hace el Ministerio de Magia no los convierte en terroristas! —siguió defendiendo Molly, abriendo con cada frase un poco más la grieta entre ellos dos. Estaban en el mismo salón, pero se sentía como si estuvieran a kilómetros de distancia. El aire entre ellos se había vuelto difícil de respirar.
—Oh, por todos los hechiceros —masculló Percy, entrelazando las manos detrás de la nuca y alzando la mirada hacia el cielorraso.
—Solo digo que no todos los que se oponen al gobierno de Shacklebolt quieren una guerra. La mayoría de las personas que asisten a las manifestaciones está buscando un cambio para beneficio de nuestra sociedad…
—¡Suficiente! —la calló Percy. Molly interrumpió su discurso de forma brusca, aturdida por el exabrupto de su padre. — Tendría que haber insistido en que tomaras el cargo disponible en el departamento de Ernie MacMillan cuando saliste de Hogwarts. Yo sabía que no era buena idea trabajar para el cuartel de Aurores… Ese trabajo te ha afectado demasiado. No eres tú misma en este momento.
—Papá… —intentó hablar Molly. Pero Percy negó con la cabeza, haciéndole un gesto con la mano para que guardara silencio.
—Mañana daremos una declaración oficial ante la prensa. Dirás que por cuestiones de salud has tenido que dejar el cuartel, pero que sigues confiando en el Ministerio de Magia. Sí, eso funcionará —Percy hablaba para sí mismo.
—No —susurró Molly. Cerró los ojos al decirlo. No se creía lo suficientemente fuerte como para ver la expresión de decepción en su padre al escucharla.
—¿Qué has dicho? —le preguntó Percy, su voz vibrando de forma grave, peligrosa.
—He dicho que no —Molly tomó aire antes de abrir los ojos—. No voy a hablar con la prensa.
—Soy el secretario del Ministro de Magia, Molly —le recordó Percy, dando un paso hacia ella con autoridad—. Esta familia no puede permanecer en silencio por más tiempo. Debemos dar una declaración pública antes de que todo esto llegue demasiado lejos.
—Haz lo que tengas que hacer, papá —dijo ella, manteniendo la frente en alto.
El rostro de Percy había adquirido un tono que mimetizaba su cabello de fuego. Molly nunca lo había visto así antes, no con ella al menos. Siempre había sido una hija ejemplar, un orgullo para su padre. Percy se había presentado en la mansión Yaxley convencido de que lograría hacer entrar en razón a Molly. Había pensado que para el día siguiente a aquella hora, todo el escándalo se habría resuelto favorablemente.
Tomó su sombrero con un resoplido de indignación, y abandonó la casa sin mirar a su hija. Molly tuvo que hacer un esfuerzo por contener las lágrimas mientras escuchaba la puerta de entrada cerrarse con violencia.
Le tomó más tiempo del esperado desarmar a Nina. Para cuando terminaron de entrenar, Albus estaba empapado en sudor, agotado y con varias magulladuras en el cuerpo a causa de los implacables ataques de Raven.
Se tumbó sobre el suelo de piedra helado intentando recuperar el aliento. A pesar de que era invierno, se arremangó la camisa y de desabotonó los primeros botones, intentando disipar el calor que emanaba de su cuerpo.
Torció la cabeza hacia un lado a tiempo para ver a Nina que se aproximaba con las botellas de agua. La chica le lanzó una de las botellas sin previo aviso, golpeándolo en el pecho con la misma, haciéndolo soltar una exclamación ahogada de sorpresa.
—Eso es por lanzarme esa maldición del final —se justificó Nina, sentándose junto a él. Albus se incorporó sobre los codos.
—¡La esquivaste! —se quejó el chico de Slytherin.
—¡Por poco! —insistió, pero una pequeña sonrisa empezaba a escabullirse en sus labios.
—Has estado excelente —la felicitó Albus. Nina se llevó la botella de agua a los labios para esconder el rubor que pigmentaba sus mejillas. —¿Has estado practicando?
—Sí —reconoció ella, encogiéndose de hombros como si no fuese gran cosa. —Tú también —agregó. No le estaba preguntando y Albus tampoco fingió humildad.
—Me habría venido bien tener a alguien con tus habilidades durante las vacaciones de invierno para entrenar —dijo mientras bebía de la botella.
Nina se removió incómoda en su lugar, enredando los brazos alrededor de sus rodillas, haciéndose pequeña. En el último tiempo, Nina había crecido mucho en altura, sacándole una clara diferencia a la mayoría de las niñas de su edad. Empezaba a desarrollar un físico similar al de su madre: alta y esbelta. Con la diferencia de que la simple presencia de Scarlet en un lugar imponía respeto, mientras que Nina intentaba encogerse y pasar desapercibida siempre que podía.
—¿Qué sucede? —la invitó a hablar Albus, incorporándose hasta quedar sentado. Nina se mordió el labio inferior.
—Lily sigue enojada conmigo —se lamentó Raven. Albus le dedicó un gesto empático.
—Mi hermana puede ser testaruda cuando quiere —la justificó Potter—. Tarde o temprano entenderá que fue por su bien —agregó, encogiéndose de hombros.
No se arrepentía de lo que había hecho. Incluso cuando eso le había costado a Nina y a Hugo su amistad con Lily, él seguía convencido de que su intervención había sido acertada. No veía muchas alternativas, tampoco. Era tarde para blanquear la situación con los adultos, y ellos ya tenían suficientes problemas como para lidiar también con los de su hermana pequeña. Él podía resolverlo por su cuenta.
Nina, sin embargo, estaba teniendo más dificultad en aceptar el distanciamiento con su amiga, aunque fuese transitorio.
—Esto de vigilar a Lily no me gusta, Al —masculló por lo bajo, enterrando el mentón entre sus rodillas, sus palabras amortiguadas contra la tela del pantalón.
—No estás vigilándola, Nina. Estás… ayudándola a no recaer —parafraseó Albus. Nina hizo una mueca.
—No creo que esté funcionando —dijo, mirándolo con sus preocupados ojos violetas. Albus se irguió en su lugar, adoptando una actitud de mayor atención.
—¿Crees que está consumiendo de nuevo? —la incentivó a continuar.
—No estoy segura, pero… —Nina vaciló. Inclinó su cara aún más hacia delante, prácticamente escondiéndola entre sus rodillas, sus manos todavía enroscadas alrededor de las piernas. —Le he visto un frasco de poción. No sé cómo lo ha conseguido, porque estoy segura de que descarté todos los que tenía escondidos entre sus cosas antes de que se fuera de vacaciones, pero… —empezó a decir de manera apresurada y cargada de culpa.
—Yo se lo di —la interrumpió Albus, con absoluta calma. Nina levantó la cabeza tan rápido que Potter creyó escuchar un chasquido en su cuello. —Más bien, se lo devolví. Lo había comprado de un estudiante de Ravenclaw después de que tú destruyeras todas sus reservas.
—Pero… dijiste que debíamos asegurarnos de que no tuviera más acceso a las pociones —le recordó Nina, confundida. Albus asintió.
—Ya me he encargado de hablar con Lang, el chico de Ravenclaw que trafica pociones entre los alumnos —le prometió Potter, dedicándole un gesto significativo—. Aunque él asegura que nunca le vendió a Lily…
—Lily es demasiado inteligente como para ir personalmente a comprarle. De seguro usó algún intermediario —dijo Nina, chasqueando la lengua. Albus torció una sonrisa de lado, dándole la razón.
—Como sea, Lang no volverá a vender nada ilegal dentro de este castillo, o yo mismo me encargaré de arruinar sus planes de seguir una carrera en comercio internacional cuando salga de aquí —dijo con desdén Potter.
—¿Por qué le devolviste el frasco? —lo cuestionó Nina, frunciendo el ceño.
—Porque en este momento, Lily se siente sola y traicionada por todos a su alrededor. Alguien podría aprovecharse de eso si no somos cuidadosos—respondió con simpleza.
—Es demasiado arriesgado, Albus. Lleva ese frasco con ella todo el tiempo, a todos lados. Es demasiada tentación —seguía sin estar convencida Raven.
—Le da seguridad tenerlo con ella —se mantuvo en su postura Potter. Nina frunció aún más el ceño.
—Es una adicta que lleva solo unas pocas semanas sobria, y tú le estás dando un frasco lleno de droga para… ¿su seguridad? —la indignación empezaba a teñir la voz finita de Nina, haciéndola un poco más aguda.
—No recaerá —le aseguró Potter, haciendo un gesto con la mano despreocupado.
—¡No lo sabes! —Nina se puso de pie, exaltada. Albus entendía su enojo. La sobriedad de Lily le había costado su amistad con ella.
—No recaerá porque ese frasco no contiene poción para dormir —le habló con mesura. Nina tardó varios segundos en comprender.
—Cambiaste el contenido —susurró, los rastros de su enfado todavía vibrando en su voz.
—Sí —le concedió Albus, poniéndose también de pie para quedar frente a frente con ella. Prácticamente tenían la misma altura.
—Si Lily decide beber el contenido del frasco… —barajó Nina con cautela.
—Se encontrará con una deliciosa, aunque un poco ácida, limonada —completó la frase Potter con una mueca astuta curvando sus duras facciones.
—¿Por qué…? —la pregunta persistía, la confusión todavía burbujeando en el violeta de sus ojos.
—Porque yo también necesito saber si puedo confiar en mi hermana, Nina.
—Lily está diferente, Albus —una sombra de turbación opacó la mirada de Raven—. La chica que ha vuelto de las vacaciones no es la misma que se fue. Está más… segura de sí misma.
—Estuvo entrenando —le confirmó Albus—. Se está volviendo más fuerte.
—Lo descubrirá, Albus —profetizó Nina, meneando la cabeza—. Descubrirá que le tendiste una trampa y… No va a perdonarnos.
Estaba preocupada. No, era más que eso. Nina Raven estaba asustada.
—Me dio su palabra de que no bebería ese frasco —intentó tranquilizarla Albus—. Ésta es una forma segura de saber si podemos creer lo que promete.
Quería creer que su hermana mantendría su palabra. Pero no era ingenuo. Sabía que existía la posibilidad de que recayera. De que rompiera la promesa. De que bebiera la poción.
Su vínculo con Lily se reducía a ese pequeño vial. A un diminuto frasquito, escondido en el bolsillo de la túnica de su hermana. Los unía un engaño. Una mentira. Una trampa. ¿En qué momento habían llegado a eso?
La campana de la torre del Reloj resonó, marcando las cinco de la tarde.
—Llegarás tarde al entrenamiento —señaló Nina. Hizo un gesto con la cabeza, señalándole la puerta de salida.
—No podría hacer esto sin ti, ¿lo sabes, no? —le recordó Potter.
Nina desvió la mirada mientras Albus se colocaba apresuradamente el uniforme de entrenamiento. Pero sus delgados labios temblaron con una breve sonrisa cargada de complicidad.
A pesar de que corrió por las escaleras y a través de los jardines congelados, para cuando Albus llegó al campo de quidditch, el entrenamiento ya había comenzado. El resto del equipo se encontraba montando en sus escobas y haciendo los primeros ejercicios para entrar en calor.
Albus trepó a su escoba con agilidad y se disparó hacia arriba, detectando el cabello platinado de su mejor amigo entre las nubes. La luz de la tarde estaba extinguiéndose, y la visibilidad de vuelo se encontraba disminuida. Pero Scorpius había reservado ese horario intencionalmente porque quería que practicaran con condiciones climáticas adversas. No era inusual que lloviera, o incluso nevara, en esa época del año, y debían estar preparados para cualquier eventualidad que pudiera acontecer el día del partido.
—Llegas tarde —fue la bienvenida que recibió tan pronto su escoba alcanzó la de Scorpius.
—Sí, lo sé. Perdí noción del tiempo —empezó a disculparse Albus, agitado.
—¡Otra vuelta! ¡Buen ritmo, Allegra! ¡Audrey, no te quedes atrás! —gritó la orden Malfoy, con la mirada fija en los jugadores, ignorando lo que Albus le había dicho.
—Scor… —lo intentó nuevamente Albus.
—Hablaremos más tarde —lo interrumpió Scorpius de manera tajante. Albus se tragó su orgullo, y con un gesto de asentimiento, se sumó al resto del equipo en su vuelo alrededor del campo.
Fue un entrenamiento intenso, y la frustración de Scorpius con Albus se hizo evidente durante toda la tarde. Le exigió mucho más que al resto, sin darle respiro siquiera para beber un sorbo de agua. Con los entrenadores anteriores, Albus había estado acostumbrado a hacer lo que mejor le salía: volar rápido y atrapar la snitch. Pero Scorpius le exigía más que eso. Le estaba pidiendo que se amoldara al resto del equipo, que apoyara las jugadas de los cazadores incluso si estas no influían en la captura de la snitch, que mantuviera los ojos abiertos por si las bludgers apuntaban en sus direcciones. Y en otra situación, Albus habría estado de acuerdo con la estrategia de su amigo.
Pero el equipo de Slytherin tenía demasiados principiantes y se encontraba muy inmaduro en su juego. La estrategia que Scorpius proponía suponía que Albus bajara su juego a un nivel por debajo del cual acostumbraba a jugar. Ni siquiera Othello Avery, el Buscador suplente, estaba a su altura.
La brecha era tan notoria que Albus se preguntó si Scorpius no se lo estaba haciendo a propósito, una manera de desquitarse con él por haber llegado tarde al entrenamiento. Una forma indirecta de establecer su rango dentro del equipo como capitán.
Hacia el final del entrenamiento, Albus sentía todos los músculos agarrotados y su temperamento burbujeando al borde de estallar. Se cambió muy despacio en el vestuario, esperando a que todos los jugadores abandonaran el lugar antes de acercarse a su mejor amigo.
Scorpius se había duchado y todavía tenía una toalla amarrada en la cintura mientras se secaba los cabellos rubios con otra. El vapor caliente del agua le había enrojecido la piel, haciendo que las cicatrices que recortaban su pecho y su rostro resaltaran aún más de lo habitual.
—¿Ahora es un buen momento para hablar, capitán? —le preguntó Albus con sarcasmo. Scorpius suspiró con pesadez, y tiró la toalla con que se había secado el pelo a un costado.
—Te escucho —lo invitó a hablar Malfoy, cruzándose de brazos expectante. Albus arqueó las cejas, sorprendido.
—Vamos, llegué diez minutos tarde… —trató de restarle importancia Albus.
—Siempre llegas tarde —le recordó Scor.
—¡Por Merlín, Scor! Tengo otras cosas de las cuales ocuparme, y lo sabes. Cosas importantes —chasqueó Albus.
—Esto es importante para mi, Albus. ¡Soy el Capitán! Estoy a cargo de este equipo, y soy el responsable de todos los jugadores. No puedo darte un trato preferencial solo porque eres mi amigo.
—También soy tu mejor buscador —respondió con prepotencia Potter. Scorpius se pasó una mano por los cabellos húmedos, intentando no perder el control.
—No eres el único —susurró con voz suave. Albus entornó los ojos.
—¿Me vas a reemplazar? —se burló Albus, con una sonrisa socarrona.
—No quiero hacerlo. Pero si no empiezas a comportarte como un jugador responsable, no tendré otra opción —le advirtió Scorpius, sus ojos grises mirándolo con determinación.
—Pff… ¿Por Othello Avery? Ese chico no podría atrapar la snitch ni aunque se la pusieras sobre la mano. Encontraría alguna forma de perderla —dijo Albus despectivamente.
—Solo te estoy pidiendo que te tomes en serio tu puesto como Buscador, Albus. Perdimos el partido contra Gryffindor porque tú estabas castigado…
—Fue una trampa de Cargidan —se intentó defender, pero la expresión escéptica de Scorpius le dijo que no lo había convencido.
—Sabías que ellos irían detrás de ti para provocarte. Tú simplemente no pudiste mantener la boca cerrada y la varita enfundada —lo regañó Malfoy, dejando a la luz algunos resentimientos que no habían sanado completamente de aquella ocasión.
—No volverá a suceder —prometió Albus. Scorpius asintió e hizo un gesto a Albus para que tomara asiento junto a él.
—La derrota contra Gryffindor ha dejado un poco desalentado al equipo. Y enfrentarnos en segunda ronda contra Hufflepuff no ayuda. El equipo de Caldwell está en su mejor momento, mientras que nosotros… a duras penas somos un equipo. —le explico Scorpius, en un tono confidencial—. Necesito mejorar el espíritu general del equipo, reforzar la confianza entre nosotros, en nuestro juego, en nuestras capacidades. Pero para conseguir eso necesito a mi jugador estrella se presente a todos los entrenamientos, dando el ejemplo.
—Lo siento —balbuceó Albus, con la cabeza baja. Se sentía avergonzado de su comportamiento. Scorpius no estaba desafiando su autoridad. Le estaba pidiendo ayuda para poder afianzar la suya como capitán.
—Bien… Ahora, ¿vas a contarme por qué llegaste tarde esta vez? —le preguntó Scorpius, mientras se terminaba de vestir y se cargaba el bolso a la espalda.
—Estaba entrenando —respondió con absoluta sinceridad Albus. Scorpius le dedicó una mirada de soslayo.
—¿Con Nina Raven? —Albus percibió el destello juguetón en la pregunta, pero no le dio importancia.
—Es la única capaz de seguirme el ritmo —se justificó. Scorpius hizo una mueca de dolor.
—Ouch, eso le dolió a mi ego —bromeó el rubio.
—No sabía que tuvieras un ego tan delicado, Malfoy —se burló Albus, sonriendo con divertida malicia. Scorpius le dio un empujón, golpeándolo con el bolso cargado de equipo de quidditch, haciéndolo tropezar y caer en la nieve fresca y fría.
—¡Oh eres un maldito hijo de…! —empezó a insultarlo Albus, las palabras entrecortadas por las risas, mientras Scorpius salía corriendo disparado hacia el castillo, sus carcajadas haciendo eco en la oscuridad de los jardines.
Le tomó varios minutos secar la ropa húmeda frente a la chimenea de la sala común, y aún más tiempo recuperar la temperatura corporal normal. Mientras Albus se frotaba las manos sobre el fuego, intentando ablandar la rigidez de los dedos, Hedda entró en el salón y ocupó su asiento habitual, el más alejado de las llamas encendidas.
—¿Han tenido un buen entrenamiento? —intentó deducir Hedda mientras observaba a Scorpius y a Albus de forma alternativa. El rubio se encontraba tumbado en un sillón de dos cuerpos con las piernas estiradas ocupando todos los lugares. Albus continuaba secándose junto al juego.
—Ha sido un pésimo entrenamiento —le informó Scor, encogiéndose de hombros con resignación—. Pero estoy seguro de que Albus nos deleitara ahora con una excelente justificación al respecto.
Albus giró sobre sus talones, retirando las manos del fuego y dándole la espalda a la chimenea. La sala común de Slytherin todavía se encontraba demasiado concurrida como para que ellos pudieran conversar con tranquilidad.
Buscó con la mirada a Allegra Finnigan. La localizó en la mesa que normalmente usaba junto a sus amigas de curso. Ya no hacía falta que Albus le enviara una nota secreta para comunicarse con ella. Bastaba solo una mirada para que Allegra entendiera lo que esperaba de ella.
En pocos minutos, la joven Finnigan se las había arreglado para escoltar a prácticamente todos los alumnos rezagados de la sala común hacia sus dormitorios. Solo persistía un grupo pequeño de alumnos de quinto que estaban practicando para sus TIMO. Allegra sabía lidiar a la perfección con sus compañeros y con los alumnos de años más chicos, pero intimidar a estudiantes de quinto año era más complejo.
—Estuviste muy bien hoy en la cancha, Samuel —Allegra saludó a uno de los chicos, sonriéndole con excesiva dulzura. Samuel Twight era uno de los Golpeadores nuevos del equipo de Slytherin. Tanto él como Allegra eran los novatos del equipo.
—¿Eso crees? —se sorprendió Samuel, aunque su sorpresa parecía originarse más bien del hecho que una chica le estaba hablando que por el halago en sí. Samuel era un muchacho corpulento, pero bastaba con escucharlo hablar para saber que no había nada intimidante en él más allá de su físico. Era un chico tímido que hablaba poco, menos aún con mujeres.
—Ese desvío que lograste a último momento fue… ¡Wow! Me salvaste la cabeza —insistió en el tema Allegra, mientras se inclinaba sutilmente hacia él, acortando la distancia entre ambos.
—Albus, ¿qué diablos…? —susurró Scorpius, enderezándose en su sillón para observar mejor.
—Shh —lo calló Albus, sonriendo—. Ella sabe lo que hace, Scor.
Allegra había acortado la distancia entre ella y Samuel lo suficiente como para que sus rostros estuvieran tan cerca que ahora se susurraban halagos al oído, y soltaban risitas cómplices. Unos minutos más tarde, Samuel y Allegra abandonaron la sala común, escapándose hacia los pasadizos de las mazmorras en búsqueda de un lugar más privado.
Los otros dos estudiantes de quinto años, posiblemente intimidados por la presencia de Albus, Scorpius y Hedda, juntaron sus cosas y decidieron continuar sus estudios en la comodidad de sus habitaciones.
—No sabía que Allegra podía hacer eso —dijo Scorpius con expresión sorprendida.
—Todas las mujeres pueden hacer eso, Scor —le refregó Hedda, haciendo su voz aterciopelada y seductora. Scorpius se sonrojó inmediatamente, provocando una carcajada mágica por parte de Hedda.
—Por Morgana, tú y Rose necesitan dar el siguiente paso de una vez —lo dijo como si fuese una orden. Malfoy abrió la boca para defenderse, pero no encontró las palabras correctas, y volvió a cerrarla.
—Hemos estado practicando unas nuevas maldiciones con Nina estas últimas semanas. Es magia un poco más avanzada a lo que acostumbramos a enseñar en la Hermandad, pero creo que es un buen momento para subir la exigencia —explicó Albus en cuanto estuvo seguro de que nadie podía escucharlos, tras lanzar unos hechizos rápidos sobre el lugar.
—¿Qué tipo de maldiciones? —preguntó Malfoy con cautela. Albus le deslizó el trozo de pergamino donde había escrito los principales maleficios que quería incorporar al entrenamiento de la Hermandad.
Scorpius levantó la mirada del pergamino y clavó sus ojos grises en él, midiéndolo. Hedda se tomó unos minutos más para leer toda la lista antes de hablar.
—Muchos de estos maleficios no están aprobados para el uso en menores de edad, menos aún dentro Hogwarts —señaló con aplomo Hedda.
—No están aprobados porque la mayoría de los niños no son capaces de dominarlos —chistó Albus, haciendo un gesto desdeñoso con la mano—. Nuestra gente puede hacerlo.
—Rose podrá el grito en el cielo cuando se lo muestres. Dirá que estamos rompiendo otras 20 reglas como mínimo… —suspiró Scorpius, dejando caer la cabeza sobre el apoyabrazos y cerrando los ojos pensativamente.
—Confiaba en que ustedes me ayudarían a explicarle la necesidad de incluir este tipo de magia en nuestros entrenamientos —sostuvo Potter. Hedda arqueó una ceja.
—Los Hijos de la Rebelión nunca han estado tan tranquilos como en este momento. No hay roces en los recreos, no hay peleas en las salas comunes, no hay duelos ilegales en los pasillos… Ni siquiera se escuchan insultos susurrados por la espalda —puntualizó Hedda.
—¿Y eso no te llama la atención? —sospechó Albus. Giró su atención hacia Scorpius, con quien siempre acostumbraban a tener ese tipo de debates—. Cuando comenzó el año, Cardigan y Zabini no podían aguantarse las ganas de refregarnos en la cara que la Rebelión estaba sacándole ventaja al Ministerio. Se pasaron los primeros meses haciendo falsas amenazas, creyéndose los reyes de este colegio y convenciendo a los demás alumnos de que lo eran… Y hora, cuando el Ministerio de Magia se encuentra en su momento más frágil, ellos vuelven de las vacaciones como buenos e inocentes corderillos. Dime que no soy el único que ve un patrón aquí.
—No, no eres el único —reconoció Scorpius, sus ojos abriéndose repentinamente con un destello de emoción, mientras se reincorporaba hasta quedar sentado en el sillón. Albus conocía esa expresión en el rostro de su amigo. Estaba entusiasmado. Desentrañar misterios siempre lo había entusiasmado. —Están manteniendo un perfil bajo, intentando pasar desapercibidos y no atraer la atención hacia Hogwarts. Igual que lo hicieron el año pasado antes de…
—Del ataque a Hogsmeade —completó la frase Hedda. Albus asintió, dándole la razón.
—¿Otra ataque? ¿Contra Hogwarts? —barajó opciones en voz alta Scorpius.
Albus se pasó una mano pensativa por el mentón, sopesando las posibilidades. Todas las opciones le parecían igual de imposibles. Pero si un año atrás le hubiesen dicho que Hogsmeade podía ser atacada y que la directora de Hogwarts podía ser asesinada durante ese ataque, él también lo habría creído imposible.
—No lo se. Pero sea lo que sea que están planeando, es algo grande —les aseguró Albus.
Y así cerramos este nuevo capítulo con muuuucha información para procesar.
*Lily: empezamos a decodificar un poco la visión de Lily, y vemos cómo va ganando confianza en sí misma, en sus capacidades, pero también se siente presionada por descifrar el significado de la misma.
*Molly: esta es un escena fundamental en el plan de Molly. La vemos asistir a su primera reunión de la Marea Roja sin ningún tipo de disfraz y en compañía de Rosier, y por primera vez desde que apareció este personaje, empezamos a tener un poco de insight sobre ella. Cuáles son sus motivaciones, qué es lo que piensa de la Marea Roja. Hay muchos detalles en la conversación entre ellas dos para profundizar, pero no quiero agobiarlos ahora con ello... Esperaré a sus comentarios para profundizar en el tema.
*Percy: si bien no tenemos un POV de él, sí tenemos una participación importante del personaje, donde vemos un poco quién es él ahora, cómo ha crecido en los años desde la Segunda Guerra Mágica, y cuales son los "demonios" contra los que sigue batallando... El deber y la familia.
*Albus y Nina: a pesar de que esta interacción está relatada desde la perspectiva de Albus, es en realidad a Nina a quien estamos "viendo". Vemos que, efectivamente, Lily no estaba tan errada con lo que decía: Nina idolatra a Albus. Lo admira y lo sigue. Pero también vemos la otra cara de la moneda. Vemos cuánto le pesa la "traición" que cometió contra Lily, cuánto sufre haber perdido esa amistad, y lo mucho que se preocupa por su bienestar. Y vemos algo más... Un detalle al final, algo que se desliza sutilmente, pero que es importante. ¿Lo notaron?
*Albus y Scorpius: por supuesto que no estaba todo dicho sobre estos dos y esa "pelea" por la autoridad que está teniendo lugar de manera inconsciente (y no tanto) entre ambos. Y finalmente... Vemos un poco dónde está parado Albus en todo esto. Cuáles son sus planes. Qué es lo que ha estado haciendo con su tiempo libre.
Muchas otras cosas para resaltar, pero no quiero extenderme más de lo necesario. Espero sus comentarios para eso ;)
Gracias por la paciencia.
G.
