Capítulo 24: La trampa
"Never attempt to win by force what you can win by deception"
(Nunca intents ganar por la fuerza lo que puede ganarse mediante el engaño)
El Príncipe, Nicolás Maquiavelo
—¿Estás seguro de que quieres hacer la reunión de hoy? —sugirió Rose con cautela.
—¿Por qué no habría de querer? —la respuesta de Albus fue prácticamente un gruñido.
—No es una mala idea posponerlo, compañero… Creo que todos en la Hermandad lo entenderán si lo haces —Lysander se puso del lado de su prima Rose. Albus resopló mientras arrugaba el periódico entre sus manos, en evidente molestia.
—Esto es simple propaganda de la Rebelión —les dijo, sacudiendo el diario matutino frente a ellos, sus ojos verdes relampagueando con advertencia.
—Es El Profeta —señaló Elektra, el ceño fruncido en señal de confusión—. Pensé que estaba de nuestro lado.
—Lo estaba —le dio la razón Hedda, sosteniendo en una mano la taza de café caliente y en la otra un libro de pociones avanzadas titulado "Los mil y un venenos y sus antídotos".
—Sin la madre de Albus la cabeza del Profeta, no podemos descartar que el periódico haya modificado su… —Scorpius, con su habitual diplomacia, hizo una pausa buscando la palabra correcta.
—¿Lealtad? —sugirió Lysander.
—¿Ideales? —lanzó de manera mordaz Le Blanc.
—¿Honor? —les siguió el juego Ely, con una sonrisa traviesa.
—Iba a decir postura… Pero sí, supongo que también son válidos —aceptó Malfoy, encogiéndose de hombros.
—Envía el mensaje, Rose. Los espero a todos hoy, después del partido de Gryffindor contra Ravenclaw —le ordenó Albus.
—¿Qué hay de Lucy? —inquirió Lysander.
—Todos, sin excepción —repitió Albus, sin que le temblara la voz.
Sus ojos, sin embargo, se desviaron una vez más hacia la hoja arrugada de El Profeta donde todavía podía distinguirse la foto de Percy Weasley que encabezaba el titular principal. La habían tomado en la entrada de la casa familiar del tío de Albus, y en ella se podía ver que Percy intentaba hablar mientras los flashes de las cámaras lo encandilaban.
Era la primera declaración pública que hacía en relación a la renuncia de su hija Molly al cuartel de Aurores. En la misma, el secretario del Ministro Shacklebolt aseguraba que Molly Weasley se había distanciado de forma transitoria del departamento de Seguridad Mágica por cuestiones de salud, pero que mantenía su apoyo incondicional hacia el Ministerio de Magia.
El periodista que escribía la nota, por su parte, deslizaba la duda sobre esta afirmación, recalcando la ausencia de Molly en la conferencia de prensa. La prima de Albus, y ex discípula de Harry Potter, se había vuelto un fantasma. Y su silencio no hacía más que acrecentar los rumores sobre un posible distanciamiento no sólo con su familia, sino también con las políticas de gobierno actuales.
Albus se negaba a creerlo. Conocía a Molly. Su prima podía ser muchas cosas, pero no era una traidora. Sí, a veces podía resultar un poco pedante, pero parte de eso se debía a su absoluto respeto por la ley y el orden. La única vez que Albus la había visto hacer algo en contra de las autoridades había sido durante su último tiempo en Hogwarts cuando aceptó unirse a la Hermandad. Había sido por una buena causa. Sin duda debía de haber una explicación lógica a su renuncia.
—¿Listos para ver jugar quidditch de verdad, niños? —comentó la voz jocosa de James, mientras su hermano se abría lugar en el banco del comedor entre Albus y Hedda. Manoteó una de las tostadas que Albus había dejado sobre su plato sin tocar, y le dio un gran mordisco, sonriendo complacido mientras lo hacía.
—Se refiere a Ravenclaw, por supuesto —la respuesta ácida de Le Blanc no se hizo esperar.
—¿Te pondrás los colores de Gryffindor para esta ocasión, Nívea? —siguió provocándola el capitán de Gryffindor. Hedda revoleó los ojos y pasó de página el libro.
—Jamás —le respondió sin mirarlo, aunque Albus creyó notar que la comisura de sus labios temblaban, esforzándose por no sonreír. James se inclinó para plantarle un beso en la mejilla. Hedda se tensó en su asiento, ruborizándose desconcertada.
—Odio interrumpir este momento de melosa intimidad, pero tenemos un partido que ganar, Potter —apareció Louis a su espalda, su rostro encendido con picardía.
—Debo irme. Nos vemos después del partido —dijo mientras terminaba de devorar la tostada y se reincorporaba. Ya tenía puesto su uniforme de Cazador.
—Ojalá pierdas de forma humillante, Potter —le dijo Scorpius, burlón. James soltó una carcajada.
—Presta atención, Malfoy. Tal vez consigas aprender un par de cosas sobre quidditch hoy —respondió palmeándole de forma amistosa el hombro al capitán de Slytherin. Una risa suave escapó de la boca de Scorpius, como si estuviera aceptando una especie de desafío.
—¡Buena suerte! —exclamó Elektra, con su habitual sonrisa radiante. Estaba vestida con los colores de Gryffindor, y como era costumbre, también llevaba el rostro pintado de escarlata y dorado.
—La suerte es para los que carecen de talento —masculló Albus con cierta malicia.
—A Slytherin le vendría bien un poco de ambas —se rió Louis, guiñándole un ojo provocador. Lysander escupió el jugo de naranja en un intento de contener la carcajada.
—¡Intenten no terminar en la Enfermería! —les previno Rose, su voz resonando con fuerza mientras ellos se alejaban.
—¿Por qué te empeñas en quitarle lo divertido a las cosas, Rosie? —le gritó James, por encima del hombro, mientras salía del Gran Comedor junto con el resto de su equipo, acompañado de los vítores de la mesa de Gryffidor.
—Dime la verdad: vas a alentar a Gryffindor, ¿no?—preguntó en un susurro Lysander, inclinándose por encima de la mesa de manera confidente hacia Hedda, como si se tratase de un secreto.
Hedda apenas levantó la mirada de su libro de pociones. Sus ojos celestes resplandecieron con complicidad, y finalmente, sus labios violáceos dibujaron una sonrisa afilada. Con cuidado, se arremangó la túnica para mostrarle apenas un extremo del pañuelo rojo y dorado que estaba enroscado alrededor de su muñeca. Volvió a bajarse la manga con la misma rapidez con que se había descubierto, y retomó la lectura como si nada.
—Eres terrible —meneó la cabeza Lysander, su voz tintineando con la risa.
La Sala de Menesteres rebosaba una vez más de alegría, mientras los miembros de la Hermandad se deleitaban con las cervezas de manteca que de alguna manera inexplicable los Caballeros de la Mesa Redonda siempre parecían tener a disposición de forma ilimitada. Conversaban con animosidad, sus voces avivadas por el calor del fuego que crepitaba en las chimeneas y la adrenalina del partido que acababan de presenciar.
Había sido una partido excepcional para Gryffindor. Como era de esperar, James se había lucido una vez más sobre su escoba, haciendo alarde de una combinación de talento y temeridad en partes iguales. El público de Gryffindor había explotado en aplausos con cada jugada maestra del capitán de los leones, indiferentes al frío glaciar que impregnaba el aire aquella mañana de invierno. Secundado por Louis Weasley, ambos cazadores se habían mostrado imbatibles. Los cazadores de Ravenclaw, Tessa incluida, no habían logrado contener los ataques constantes por parte de los leones. Para cuando finalmente Caspian Volts atrapó la snitch dorada, Gryffindor ya sacaba una diferencia de 130 puntos sobre las águilas.
De nada había servido que Albus le recordara a su hermano y a sus amigos que aquella no era una reunión para festejar su victoria, sino para entrenar pues la guerra se avecinaba. Todos parecían agradecer las bebidas gratis, las risas despreocupadas y las conversaciones amistosas. Nadie comprendía lo delicada de la situación en la que se encontraban. La frágil estabilidad en que la subsistían. Lo efímera que era la paz en que aún vivían.
Cada día que pasaba era un día más que perdían y que sus enemigos ganaban. En ese mismo instante, era posible que una reunión similar a aquella se estuviese gestando en algún otro lugar de Hogwarts, liderada por Portus Cardigan y Taurus Zabini. Con la diferencia que ellos de seguro no estaban perdiendo el tiempo reviviendo los mejores momentos de un torneo escolar de quidditch.
Una mano apareció frente a él, sosteniendo una botella de cerveza de manteca en su dirección. El destello de bronce de su piel, salpicado con manchas de pintura escarlata y dorada, delató la identidad de la persona antes incluso de que Albus girara su mirada hacia ella.
Elektra se había acercado sigilosamente hacia el rincón donde Albus se había refugiado para rumiar solitariamente sus oscuros pensamientos. Lo observaba con sus enormes ojos negros a la espera de que aceptara la botella.
—Estoy bien —trató de resistirse a la oferta, levantando una mano para denegar la botella. Pero incluso a sus propios oídos, las palabras se escucharon indecisas. Una parte de él quería aceptar aquella ofrenda de paz tan solo porque venía de ella.
Elektra ignoró sus palabras, y en cambio, empujó la botella un poco más en su dirección. Albus se percató de que la bebida se encontraba abierta y que le faltaba parte de su contenido. Elektra había estado bebiendo de ella. Le estaba ofreciendo su propia bebida. Era un gesto simple y desprendido, algo que alguna vez le habría resultado insignificante y cotidiano. Pero eso había sido antes de la fuerte pelea que habían tenido durante el verano. Antes de que se distanciaran. No recordaba cuándo había sido la última vez que habían estado a solas, tan cerca uno del otro...
"El expreso de Hogwarts, cuando volvimos de las vacaciones" recordó Potter, sintiendo que el pecho se le contraía con una punzada dolorosa ante ese recuerdo.
Estiró su propia mano y aceptó la botella sin decir nada. Sus dedos rozaron los de Elektra al hacerlo, y una corriente cálida y electrizante le recorrió los pulpejos, extendiéndose por su brazo y anidándose en su estómago. Se apresuró a beber un sorbo de la cerveza para esconder el inusual nerviosismo que lo invadió.
Cuando bajó la botella, se encontró con que Elektra le regalaba una sonrisa suave, apenas una curvatura de sus labios, pero que Albus la aceptó agradecido. Le gustaba hacerla sonreír. Se había vuelto algo infrecuente en los últimos años. Pero cuando lo conseguía, cuando lograba robarle una sonrisa, Albus se sentía inexplicablemente satisfecho.
—Gracias —masculló Potter, intentando que su voz sonara lo más firme posible. Elektra se encogió de hombros.
—Te veías como alguien que necesitaba tomar algo dulce. Por la expresión de tu rostro, parecía que te habías tragado un limón —bromeó Cameron, intentando suavizar la evidente tensión que había entre ellos. Albus chasqueó la lengua, y su mirada se desvió de regreso hacia el salón. Hacia los miembros de la Hermandad.
—Le dije a James que esta reunión era importante —se quejó sin poder contenerse Albus—. Pero es como si no fuese consciente de lo que está sucediendo en el mundo… Ni aquí en Hogwarts…
—Tu hermano es más inteligente de lo que le concedes, Al —lo interrumpió Elektra.
—¿Tú crees? —resopló de manera ácida.
Elektra se acercó un poco más a él. A esa distancia, Albus podía sentir el calor que emanaban su piel cobriza, como si el mismísimo sol estuviese anidando debajo de su piel. Incluso podía sentir la fragancia ahumada que flotaba a su alrededor: como una fogata en el bosque, encendida con leña fresca y hojas de pino secas; a malvaviscos derritiéndose bajo sus lenguas de fuego; a flores silvestres y café recién molido.
—Presta atención a la gente que está aquí, Albus… Míralos bien —le susurró por la bajo, su voz rozándole la oreja y haciéndolo estremecer. Con un gesto sutil de su cabeza, señaló hacia el grupo que se encontraba cerca de una chimenea a su izquierda—. Lucy lleva semanas angustiada por los rumores sobre su familia, el padre de Circe está en Azkaban, los padres de Tessa están muerto, Lily no se habla con Hugo ni con Nina... Aunque creo que eso tú ya lo sabías —agregó significativamente.
Albus abrió la boca para excusarse, pero Elektra meneó la cabeza, indicándole que no la interrumpiera.
—En los últimos meses, Lorcan y Lysander también han perdido a sus padres, Alex se ha enterado que su padre era un criminal de guerra, y Louis ha tenido que lidiar con el resurgimiento de los estigmas de sangre mestiza… Scorpius casi muere en Hogsmeade el año pasado, Hedda ha perdido a Lancelot, Rose está haciendo malabares para mantener a este grupo a flote… —continuó enumerando con infinita paciencia Elektra. —James no ha organizado esto porque no entiende lo que está pasando, Albus, sino porque lo entiende demasiado bien —hizo una pausa, y la tristeza se filtró en su frágil sonrisa—. Cada tanto, las personas necesitan recordar por qué están luchando. Necesitan saber que hay algo más que guerra, y muerte, y traiciones y dolor. Necesitan esto.
Las palabras de Elektra cayeron sobre él como una bolsa de piedras, colapsando sobre sus hombros. Volvió a observar al grupo, esta vez con una nueva mirada.
Detrás de las sonrisa y las risas, detrás de las bromas y los brindis, podía sentir lo que Elektra intentaba decirle. Podía sentir una fuerza ominosa sobrevolando la Sala de Menesteres. La certeza de que el peligro se expandía entre ellos como una criatura con vida propia, amenazando con devorar sus vidas, sus familias, su mundo. En mayor o menor medida, todos ellos estaban batallando sus propias guerras personales.
—Tú también lo necesitas, Albus —habló la voz suave de Elektra, dotada de una pureza abrumadora.
—Ustedes son mi gente, Ely —la voz de Albus se escuchaba ronca, las palabras raspando con dificultad al salir de su garganta—. Si algo llegara a pasarles, a cualquiera de ustedes… —se sorprendió al descubrir que le costaba terminar la frase. No se atrevía siquiera a decirlo en voz alta. Era una realidad que no estaba dispuesto a contemplar. —Necesito saber que si algo sucede, podrán defenderse.
—No puedes protegernos a todos —Cameron expuso lo obvio. Pero Albus no deseaba aceptarlo.
—Puedo intentarlo —Él podía hacer más que el promedio de los magos. Podía hacer mucho más.
La mano de Ely se apoyó sobre su mejilla, un movimiento cargando de aprehensión, como si estuviese acariciando a un animal impredecible. Con un movimiento suave, como el rozar de una pluma, le torció la cabeza en su dirección, forzándolo a mirarla a la cara.
—Si estás en lo cierto, si una guerra se avecina… Entonces nos esperan muchos días difíciles. Y cuando esos días lleguen, extrañaremos días como hoy. Cuando todavía podíamos compartir una cerveza y reírnos sobre un simple partido de quidditch —dijo con una sonrisa cargada de significado.
Albus siempre había pensado en Elektra como una criatura inocente, demasiado pura como para comprender la capacidad destructiva de los humanos. Provenía de otro mundo, otra realidad ajena a la magia. ¿Cómo podía entender los peligros que implicaba un poder como el que tenían los magos?
Se había equivocado. Elektra no era ajena a la maldad del mundo. Elektra sabía con exactitud lo que les esperaba en el futuro, si es que dicho futuro siquiera existía para ellos. Y talvez porque venía de otro mundo, carente de los privilegios con los que habían crecido jóvenes magos como Albus, es que comprendía mejor que él el valor del presente. De aquel momento, terriblemente mundano. Era capaz de apreciar las cosas pequeñas y cotidianas, como una ronda de póker, una tarde junto al lago bajo la sombra de los árboles… Una cerveza de manteca compartida al resguardo de una chimenea crepitante en pleno invierno.
—Si se lo permites, yo creo que James es capaz de pasarse semanas enteras bebiendo cerveza y riéndose sobre este partido—se encontró bromeando Albus, sus labios torciéndose en una expresión burlona. Ely tiró la cabeza hacia atrás y una carcajada brotó de sus labios.
El sonido vibrante de su risa volvió a arrancarle escalofríos. Se sintió curiosamente orgulloso de sí mismo por ser el causante de ese carcajada.
Le gustaba verla sonreír. Mucho.
Le tendió de regreso la botella de cerveza. Elektra la aceptó con una inclinación de cabeza, y bebió lo que quedaba en el interior. Albus se quedó mirándola fascinado mientras su garganta se movía, tragando el líquido. Su cuello tenía restos de pintura en los colores de Gryffindor, y Potter tuvo que resistir a la tentación de estirar una de sus manos para limpiarle la piel con sus propios dedos.
Desde los sillones, la voz de Lysander se elevó llamándolos a que se unieran al resto del grupo. En ese momento, se encontraban debatiendo qué equipo era el mejor de la historia del quidditch en Reino Unido: James aseguraba que había sido el equipo de las Hollyhead Harpies del 2002 y prometía que nada tenía que ver con que su madre hubiese sido la capitana del equipo entonces.
Elektra lo tomó de la mano y lo guió hasta los sillones. En cuanto su mano se cerró sobre la de él, Potter volvió a sentir esa descarga eléctrica emocionante. Al llegar junto al resto del grupo, sin embargo, Ely lo soltó para ubicarse en un hueco que asomaba entre Rose y Hedda. Su mano se le apeteció fría ahora que Elektra no lo estaba sosteniendo.
Scorpius le hizo un lugar en su butaca, y apenas Albus estuvo sentado junto a su mejor amigo, percibió que éste lo mirada de una forma particular. Era una mirada que Albus asociaba a cuando Scorpius jugaba al ajedrez. Sus ojos grises estaban analizándolo, calculándolo. Cuando Malfoy abrió la boca para hablarle, Albus estaba casi seguro de que le haría un comentario sobre Ely.
—¿Has tenido tiempo de revisar las notas que te dejé sobre las estrategias de Hufflepuff? —le preguntó de manera casual, desconcertándolo. Albus habría preferido que le preguntara por Ely.
—No, aún no he podido mirarlas —confesó Potter. Scorpius frunció el entrecejo.
—¿Cuándo planeas hacerlo? El partido es la próxima semana —le criticó con justa razón.
—Lo leeré para entonces —le aseguró Albus. El rostro pálido de Malfoy se torció en una mueca que evidenciaba su descontento mucho más que sus palabras.
—El resto del equipo ya está familiarizado con la mayor parte de las jugadas que suele usar Pipa Caldwell —dijo con astuta intencionalidad. El comentario le dolió en el ego a Albus.
—Teniendo en cuenta que el resto de nuestro equipo se encuentra por debajo de la calidad de juego de Pipa Caldwell, eso es una excelente noticia —no pudo contener su lengua filosa. Scorpius arqueó una ceja, el gesto asemejándose de forma asombrosa a los modismos un tanto desdeñosos de su padre.
—¿Necesito recordarte que estarás enfrentándote a Sophie Dixon por la snitch? —lo pinchó su amigo.
Sophie Dixon se había ganado toda una reputación desde que se había incorporado al equipo de Hufflepuff. Hasta la fecha, jamás había perdido una snitch. La joven hija de muggles iba en camino a convertirse en una de las leyendas de Hogwarts. Como su padre. Y como su abuelo antes de él.
—Lo leeré. Lo prometo —fue la promesa de Albus. El brillo determinado en los ojos de Scorpius le dijo que su amigo quería insistir en el asunto, pero se limitó a suspirar y asentir con diplomacia.
El partido contra Hufflepuff llegó en medio de una tormenta de nieve. Al despertarse esa mañana, Albus y Scorpius se encontraron que varios centímetros de nieve habían caído durante la noche, enterrando los jardines y congelando aún más el agua del Lago. Y por el aspecto endemoniado de las nubles que escondían el sol, tenía toda la apariencia de que continuaría así el resto del día.
—No vamos a jugar con este clima, ¿o sí? —preguntó Allegra, mirando con expresión preocupada hacia el paisaje que se extendía fuera del vestuario de Slytherin.
Isadora Warrington, una de las bateadoras del equipo, soltó una risa desdeñosa por lo bajo, y revoleó los ojos mientras continuaba ajustándose los paneles protectores sobre el cuerpo.
—Esto es quidditch. Nada lo frena —le respondió Samuel Twight, el otro bateador, de manera más gentil, encogiéndose de hombros como si estuviese disculpándose con ella por tener que darle esa noticia.
—Están todos dementes —masculló por lo bajo Allegra, pero a pesar de ello se arrodilló para terminar de amarrar las agujetas de sus canilleras.
—Déjame ayudarte —se ofreció Samuel, sus mejillas tiñéndose con un encantador rubor, mientras se arrodillaba frente a Allegra para asistirla. La chica le dedicó una sonrisa felina, significativa, que solo hizo que el rubor se extendiera por el resto del rostro de Bateador, alcanzando su cuello. Le tomó más de la cuenta terminar de ajustar las canilleras, pero Finnigan no puso objeciones.
Scorpius los observaba con aire ausente. En realidad, no estaba prestando atención a lo que decía Allegra. Sí, la muchacha estaba en lo cierto con lo del clima. Pero en ese momento, la nevada era la menor de sus preocupaciones.
Se restregó las manos nervioso, intentando disipar el frío que le agarrotaba los dedos. O talvez era solo su propio nerviosismo, entumeciéndole las manos. Era un partido decisivo para el equipo, pero aún más para él. Después de todo, él era el capitán. Él había tomado la decisión de ensamblar ese equipo. Si fracasaban… Él sería el responsable.
Respiró profundo, cerrando los ojos brevemente para calmarse. Aún no se había subido a su escoba y ya sentía el corazón a punto de estallar en su pecho, latiendo a un ritmo que no podía ser considerado saludable. Agradeció para sus adentros el haber tomado un desayuno ligero. De lo contrario, corría riesgo de expulsarlo todo tan pronto despegara del suelo y levantara vuelo.
Cuando volvió a abrir los ojos, notó que el resto del equipo lo miraba, como si aguadaran algo. Albus lo codeó y le hizo un gesto sutil con la cabeza, invitándolo a que se pusiera de pie.
Quieren que les dé un discurso de aliento, comprendió Malfoy, cierto pánico gatillándose dentro de él. ¿Qué estaba haciendo allí? Él no era el tipo de persona que daba discursos. Él no era un líder. ¿En qué había pensado al aceptar el puesto de Capitán?
"Deberías darte más crédito, Scorpius. Vales mucho más de lo que imaginas" le había dicho Rose la noche anterior, cuando Malfoy le había confesado sus inseguridades respecto a su desempeño como capitán del equipo.
Su novia se había mostrado indignada ante la sola sugerencia de que él no estaba capacitado para ocupar ese lugar. Pero había cosas que Rose no sabía… Scorpius no había hablado ni siquiera con ella sobre la complicada y delicada situación en la que Albus lo había colocado.
Pero la situación se había vuelto más y más evidente durante los últimos meses, sobre todo entre los propios jugadores de Slytherin. El trato especial con que contaba Albus había generado ciertas asperezas dentro del equipo, sobre todo con Audrey Flint e Isadora Warrington, quienes habían formado parte del equipo de Lancelot Wence y pensaban que el trato diferencial hacia ellas era alguna especie de represalia por parte de Scorpius. Tampoco lo hacía quedar bien entre los novatos: Malfoy les había exigido más que al resto del equipo durante los últimos meses, haciéndolos entrenar horas extra, dándoles ejercicios para que practicasen en sus horas libres. Allegra Finnigan, Boris Lockhart y Samuel Twight se habían pasado horas revisando los archivos de Recuerdos de Pensadero sobre viejos partidos de Hogwarts, analizando las jugadas en detalle junto a Scorpius. Mientras Malfoy parecía exigirle al máximo a todos sus jugadores, el Buscador brillaba por su ausencia. Incluso después de ausentarse al primer partido (el cual habían perdido de forma humillante) Albus seguía gozando de beneficios que los demás jugadores no podían permitirse si deseaban conservar sus puestos. Acostumbraba a llegar tarde a los entrenamientos o bien abandonarlos temprano, con diferentes y variadas excusas que sólo compartía con Malfoy.
El hecho de que fuese Albus Potter no ayudaba. Los rumores en torno a él solo habían colaborado en convertirlo en una figura enigmática, que incitaba respeto y temor en partes iguales. Era consciente de los susurros que corrían entre los alumnos de Slytherin, diciendo que Scorpius no se atrevía a plantarse frente a Potter, y que éste lo manejaba como una marioneta. También sabía que habían sido Zabini y Cardigan quienes habían iniciado dichos susurros como venganza hacia él.
Lo cierto era que Scorpius encontraba muy difícil ejercer su autoridad como capitán sobre su mejor amigo. Y éste lo sabía. Y muchas veces, se abusaba.
Necesitaban ganar. Nadie lo cuestionaría si conseguían una victoria. Nadie tampoco cuestionaría la decisión de colocar a su mejor amigo en la posición fundamental que implicaba el puesto de Buscador.
Necesitaba esa victoria. Necesitaba el respeto de sus compañeros de equipo.
Tal vez el no fuese un líder nato, pero su familia y sus años en Hogwarts (junto a Albus) le habían enseñado un par de cosas. No necesitaba ser un líder, solo necesitaba aparentar que lo era. Porque si el capitán titubeaba, no quedaban esperanzas para el resto. Pero si él se mostraba seguro de sí mismo, los demás lo seguirían.
—Hufflepuff lleva una buena racha de victorias —blanqueó con practicidad, levantando el mentón en un gesto confiado que le había visto hacer a su padre cientos de veces.
Era una expresión que Scorpius había memorizado en detalle: la tenue elevación de una ceja, la tensión justa en los labios, la mirada entornada de forma crítica… Tenía la dosis justa de arrogancia y seguridad. Ese gesto bastaba para acallar los murmullos de las personas al reconocer a Draco Malfoy en las calles. Ese gesto era capaz de amedrentar a los comerciantes más embusteros que intentaban aprovecharse de la debacle de su apellido para hacerse con los negocios familiares. Scorpius la había practicado con meticulosidad frente al espejo, pero nunca se había animado a esgrimirla.
El efecto fue inmediato. Sintió como el aire se electrizaba en el vestuario a la espera de que siguiera hablando. Incluso Isadora Warrington le estaba prestando atención.
—Eso los ha llevado a confiarse —agregó, encogiéndose de hombros de forma despreocupada. Una sonrisa ladeada curvó los labios de Audrey Flint. —Mejor así. No nos verán venir cuando les arrebatemos este campeonato de las manos —les prometió Scorpius, sus ojos grises chispeando con intensidad.
Sus palabras fueron seguidas por las exclamaciones envalentonadas del equipo. El pecho de Scorpius se infló lleno de orgulloso.
—Flint, Finnigan —llamó a sus compañeras Cazadoras. Ambas mujeres torcieron de inmediato sus miradas hacia él, reaccionando de forma casi refleja a sus nombres. —Recuerden respetar sus marcas… —empezó a decirles Scorpius.
—Yo me encargo de Brigton, Finnigan cubre a Weasley, y tú lidiarás con Caldwell —repitió Audrey de forma mecánica, conteniéndose para no revolear los ojos. Scorpius asintió. Quería asegurarse de que ambas tuvieran en claro lo que debían hacer, a pesar de que lo habían repasado múltiples veces con anteriorirdad.
—No debemos dejar que abran el juego para los laterales —puntualizó Malfoy, mientras se ajustaba su antiparras para tormenta de nieve.
Era una estrategia bastante básica, pero efectiva. Tras analizar el último partido de Hufflepuff, Malfoy se había percatado de que Pipa Caldwell tenía una tendencia a jugar por los laterales del campo de quidditch, donde la persecución era más difícil, aprovechando que tanto Robert Brigton como Hugo Weasley eran delgados y veloces.
Mientras se preparaban para salir al campo de quidditch, Scorpius aprovechó para dar unas últimas instrucciones.
—Warrington y Twight, manténganse alertas sobre Sophie Dixon. Quiero siempre a uno de los dos cerca de ella —les ordenó.
—Tranquilo, Malfoy. La golpearé con mi bate si es necesario —le aseguró Isadora, guiñándole un ojo cómplice.
—No, eso no es lo que quise… —dijo el rubio, alarmado. Pero se interrumpió al ver la sonrisa maliciosa en los labios de la Golpeadora. Samuel Twight intentó disimular su risa con un acceso de tos.
—Usaremos las bludgers —intercedió Samuel de forma diligente.
Las puertas que comunicaban el vestuario con la cancha de quidditch se abrieron. Un viento huracanado se introdujo por la misma, haciendo ondear sus túnicas de quidditch. Las antorchas que iluminaban el recinto titilaron sobre las paredes, amenazando con apagarse. Scorpius se estremeció ante ese primer contacto con la tormenta. La nieve se arremolinó de forma acelerada alrededor de los cuerpos de los jugadores, y a pesar de que habían encantado sus uniformes con hechizos repelentes de agua, igual se podían sentir los copos de nieve helados contra sus pieles.
—¿Ninguna instrucción para mi, capitán? —bromeó la voz de Albus Potter a su lado. Lucía tranquilo, cómodo incluso. Si la tormenta lo inquietaba, no lo aparentaba.
—Atrapa la snitch —le dijo Scorpius con un dejo sarcástico, y acomodándose el cuello del uniforme para que lo cubriera lo mejor posible, saltó a su escoba y pateó el suelo.
El viento rugía contra sus oídos. Le era difícil reconocer la voz del nuevo relator. Apenas si llegaba a divisar las gradas. Reconoció a la figura del profesor Wood flotando no sin cierta dificultad en el centro del campo. Desde el extremo opuesto, Pipa Caldwell avanzaba también en su escoba.
—¡YA CONOCEN LAS REGLAS! ¡UN JUEGO LIMPIO! —Wood no era un hombre de muchas palabras, pero sí uno con sólidos principios. Pipa y Scorpius estrecharon las manos frente al profesor. Y con el sonido de su silbato, las bludgers y la snitch fueron liberadas, y la quaffle fue arrojada al aire.
Scorpius fue el primero en reaccionar, sus reflejos agudizados por el frío y la adrenalina. En cuanto su mano se cerró sobre la quaffle, se lanzó velozmente hacia abajo. Podía sentir la presencia de Pipa detrás de él, y una mirada de reojo hacia su lateral derecho le indicó que Hugo Weasley lo había alcanzado.
No perdió tiempo. Lanzó la quaffle hacia arriba, en una jugada que habían practicado hasta la perfección con Allegra. La muchacha apareció de la nada, como si la tormenta la hubiese escupido encima de él, y cogió la pelota con su mano hábil, mientras con la otra desviaba la escoba hacia el lado donde estaba Hugo, obligándolo a agacharse para evitar la colisión. Hugo perdió velocidad, y Allegra aprovechó el momento de desconcierto para avanzar contra los postes de Hufflepuff.
La quaffle atravesó el aro central, arrancando un grito eufórico de las gradas de Slytherin que logró escucharse por sobre el bramido de la tormenta. Scorpius exhaló el aire que había estado conteniendo mientras aguardaba el desenlace de la jugada. Sonrió con cierto alivio.
Durante la siguiente media hora, el equipo de Slytherin continuó desorientando a los jugadores del equipo contrario. El espíritu entre las serpientes empezó a envalentonarse conforme los puntos se acumulaban a su favor. La exasperación entre los de Hufflepuff también comenzó a hacerse evidente.
Horas más tarde, Scorpius recapacitaría sobre ese punto de quiebre en el partido, ese momento en que tendría que haber sospechado que algo estaba a punto de suceder. Tendría que haber previsto que Pipa Caldwell no resignaría su categoría de invicta con tanta facilidad.
En cambio, Malfoy se dejó llevar por la euforia intoxicante la victoria transitoria. Se dejó apabullar por los vitores y aplausos provenientes de los estudiantes de Slytherin, que coreaban su nombre. Y comentió el único error que no podía permitirse cometer: subestimar al enemigo. Menos cuando éste contaba con una jugadora como Sophie Dixon.
Scorpius acababa de encestar otra quaffle, poniendo el marcador 60 puntos a favor de Slytherin, cuando la Buscadora de Hufflepuff, que hasta el momento había estado sobrevolando el campo a una distancia prudencial buscando sin éxito un destello dorado entre la blancura de la nieve, cobró vida de forma repentina. Giró su escoba con un movimiento brusco y decidido, y se lanzó a la cacería hacia las gradas que correspondían al equipo de Ravenclaw. A pesar de que Albus se encontraba a varios metros de distancia, no se tardó en alcanzarla. En tan solo unos segundos, sus escobas estuvieron a la misma altura, zigzagueando entre la mampostería de las gradas.
Pero Scorpius no lograba distinguir la snitch. Su primer pensamiento fue que Dixon estaba amagando, pretendiendo haber divisado la pequeña pelota dorada para desgastar a Albus o distraer al resto de los jugadores. Pero unos segundos más tarde, logró distinguir el destello dorado que aleteaba frenéticamente frente a ellos, aunque a varios metros de distancia.
Demasiado lejos de ellos.
—¡ALBUS, DETENTE! —gritó Scorpius, sintiendo un terror frío deslizarse por su espalda al caer en cuenta de lo que estaba pasando—. ¡DETENTE! —volvió a gritarle, pensando que talvez su amigo no lo llegaba a escuchar a causa de la tormenta.
Pero Albus no daba señales de querer obedecer la orden. Sus ojos verdes estaban fijos en la snitch, mientras su cuerpo se inclinaba todo lo que podía contra la escoba para reducir la resistencia al viento y acelerar.
—¡WARRINGTON! —llamó entonces a la Golpeadora, quien respetando la orden inicial de Malfoy, se había mantenido durante todo el partido en las cercanías de Sophie Dixon.
Isadora notó la urgencia en la voz del capitán, y de inmediato, torció su escoba para perseguir a Albus. Por lo general, los Golpeadores no solían ser muy veloces. El peso del equipo que cargaban para protegerse de las bludgers, sumado al bate que ocupaba una de sus manos de manera constante, los volvía más lentos a la hora de moverse. Ese no fue el caso de Warrington ese día, quien trazó una diagonal con una agilidad asombrosa, atravesándose justo a tiempo frente a la bludger dirigida hacia Potter. Logró desviarla, no sin cierto esfuerzo, intentando apuntarla hacia Dixon sin éxito.
—¡POTTER, ALTO! —volvió a gritar Scorpius, perdiendo por completo la paciencia, mientras él mismo abandonaba el partido en pos de la persecución. Era inútil. No iba a alcanzarlo. Al menos, no a tiempo.
No había nadie para prevenir la siguiente bludger que voló directamente hacia Albus. Concentrado como estaba en acercarse lo suficiente a la snitch, el buscador de Slytherin tardó más de la cuenta en percibir el peligro. Le tomó tan solo unas milésimas de segundo reaccionar, inclinando su escoba en un intento por esquivar el ataque. No fue suficiente.
La bludger golpeó contra su brazo, un chasquido desagradable cortando el aire, seguido por un grito ahogado, casi un gruñido, proveniente de los labios de Albus. Era una expresión de dolor y enfado por igual, de seguro al caer en cuenta de lo que había sucedido.
La snitch apuró su aleteo, alejándose de Albus y perdiéndose en la tormenta. Sophie Dixon no continuó la persecución. Era ridículo intentar perseguir una snitch a tanta distancia y en medio de una tormenta como esa. Ella nunca había tenido el objetivo de agarrarla, al menos no en esa jugada. Solo necesitaba que Albus creyera que iba a intentarlo. Necesitaba que él también se lanzara hacia la snitch.
Albus había caído en una trampa.
Scorpius tuvo que contener el enojo que amenazaba con nublarle la capacidad de razonamiento. Oliver Wood había pausado el partido para comprobar si Albus se encontraba en condiciones de continuar. Los ojos de Potter ardían encolerizados, furioso consigo mismo por no haber evitado la lesión. El buscador aseguró que se encontraba bien y que podía continuar jugando. Scorpius estaba convencido de que estaba mintiendo. Estaba casi seguro de que esa bludger había roto algún hueso de su brazo. Pero Allegra Finnigan ya se encontraba allí, entablillándolo para que pudiese seguir volando.
Scorpius sabía que era inútil. Si alguna vez habían tenido una posibilidad de derrotar al equipo de Hufflepuff, esta acababa de desvanecerse con esa jugada que le habían tendido a Albus. Sin importar cuánto Albus afirmara que podía seguir volando, Malfoy sabía que era imposible que pudiese seguirle el ritmo a Sophie Dixon. Incluso en un día despejado y sin viento, le habría sido difícil controlar la escoba con una sola mano a la velocidad inhumana en la que corrían los buscadores. Pero con una tormenta de invierno como esa… Era simplemente imposible.
La teoría de Scorpius quedó demostrada la siguiente vez que la snitch entró en escena. Por más que lo intentó, Albus apenas si pudo seguirle el ritmo a Sophie. Dixon cerró sus dedos alrededor de la snitch mientras una exclamación de absoluto deleite brotaba de sus labios, acompañada por los festejos del resto de los estudiantes de la casa del tejón.
Malfoy aterrizó sintiendo el suelo algo inestable debajo de sus pies. Todavía podía escuchar la tormenta resonando en su cabeza. El hechizo repelente había empezado a desvanecerse, y su ropa se sentía pesada y húmeda. Se retiró las gafas y se bajó el cuello protector del uniforme, dejando que el frío crudo lo golpeara en el rostro.
Se introdujo en el vestuario, pero no se dirigió inmediatamente hacia las duchas. En cambio, se sentó en uno de los bancos a esperar. El resto del equipo empezó a entrar detrás de él. Ninguno parecía capaz de hablar. Albus fue el último en entrar, con su brazo sano enroscado sobre los hombros de Allegra Finnigan, quien lo asistía para caminar. Estaba pálido, y su rostro estaba contraído en un esfuerzo por disimular el dolor que pulsaba en su brazo roto.
—Todos afuera —ordenó Scorpius en cuanto lo vio entrar.
Nadie se animó a cuestionarlo. Uno tras otro, en el mismo silencio derrotado con que habían entrado, los jugadores dejaron el vestuario. La última en obedecer fue Allegra, quien se aseguró de que Albus estuviese sentado en uno de los bancos antes de salir. Scorpius y Albus se miraron en silencio durante largos segundos. El rubio podía sentir el enojo crepitando debajo de su piel, pero Albus no se dejó amedrentar.
—Mira, Scor, sé que estás molesto porque perdimos el partido… —rompió el silencio Potter en un tono mesurado.
—Te pedí que te detuvieras, y no lo hiciste —lo interrumpió Malfoy, su voz gélida. Otro se habría estremecido bajo su mirada gris penetrante y sus palabras filosas. Pero no Albus.
—Estaba en medio de una carrera por la snitch. No podía detenerme —señaló Albus, arqueando las cejas con sorpresa como si no pudiese creer que Scorpius le estaba planteando aquello.
—Eso es exactamente lo que deberías haber hecho—dijo Scorpius entre dientes apretados, sus manos cerrándose en forma de puños mientras intentaba canalizar su ira de alguna forma, conteniéndose de golpear a Albus en la nariz.
—Soy el Buscador, Scorpius —respondió con prepotente arrogancia Albus.
—¡Y yo soy tu capitán, Albus! —estalló Malfoy, poniéndose de pie mientras lo decía, su voz tronando entre las paredes vacías del vestuario. Nunca antes se había sentido tan enfurecido con su amigo. Nunca antes le había hablado de esa forma. Los rasgos de Albus se tensaron. —Pero tú no puedes lidiar con eso, ¿verdad, Albus? No puedes soportar que alguien te diga lo que tienes que hacer.
—Si hubiese atrapado la snitch no estaríamos teniendo esta discusión —predijo Potter, resoplando irritado.
—¡Jamás podrías haber atrapado esa snitch! —exclamó Scorpius, llevándose las manos a los cabellos en un gesto de exasperación, sin poder creer la testarudez de su amigo. —Si hubieses leído mis notas sobre el equipo de Hufflepuff, lo sabrías. Pero no lo hiciste —comprendió Malfoy con una certeza arrolladora.
—Claro que las leí —se defendió pobremente Albus.
—Siempre has sido un pésimo mentiroso, ¿lo sabías? —se burló Malfoy, una risa sin humor escapando sus delgados labios. El sonido tenía un sabor amargo en su boca.
—¡Por Merlín, Scorpius! ¡Le eché un vistazo rápido! ¡No me pareció que fuese información útil para un Buscador! —reaccionó Albus, incorporándose también del lugar donde Allegra lo había depositado. Su rostro se contrajo a causa del dolor al movilizar de forma tosca su brazo herido. Scorpius no se compadeció en lo más mínimo.
—¡Pues si lo hubieses leído con más atención te habrías dado cuenta que Dixon te estaba tendiendo una trampa! —le gritó Scorpius, apuntándolo con un dedo acusador.
—¿Qué? —Albus parecía descolocado. Malfoy resopló, aún más enfurecido.
—No es la primera vez que hacen una jugada así, Albus. La intentaron contra Ravenclaw el año pasado. Dixon se lanza tras la snitch cuando ésta se encuentra demasiado lejos como para que cualquiera de los buscadores pueda atraparla, pero consigue que su contrincante la persiga, y lo guía en dirección a los Bateadores con la esperanza de que alguna de sus bludgers logre derribarlo, al menos aturdirlo un poco —le explicó Malfoy, su voz resonando con una inusual malicia. Lo complació comprobar cómo la mirada verde de Albus se turbaba al comprender que Malfoy tenía razón.
—Bajo iguales condiciones, Dixon no habría podido conmigo —insistió Potter con el ceño fruncido.
—¡Mierda, Albus! ¿Eres incapaz de reconocer que te equivocaste? —dijo Scorpius, meneando la cabeza.
—¿Crees que no tengo cosas más importantes que hacer con mi tiempo que estudiar las posibles trampas que puede tenderme una niña durante un partido de quidditch? —dijo de manera despectiva Potter.
—Tal vez lo mejor sea que no sigas jugando para Slytherin. No quisiera privarte de hacer todas esas cosas tan importantes que tienes —soltó Malfoy, levantando el mentón y adoptando una postura solemne.
Albus entornó los ojos, atravesándolo con sus ojos como si fuesen espadas. Su rostro se había crispado. Scorpius podía sentir la magia que emanaba desde Albus en su dirección, una fuerza invisible e intangible que latía con la cólera contenida de su dueño.
—¿Me estás expulsando del equipo? —le preguntó Albus, su voz grave y peligrosamente serena.
—Sí —respondió Scorpius sin titubeos. Los ojos de Albus relampaguearon, una tormenta similar a que había sacudido sus escobas durante el partido arremolinándose ahora en su interior.
—Bien —aceptó de manera orgullosa Albus, y a pesar de que tenía el brazo fracturado e inflamado, se quitó la camiseta de Buscador y la arrojó al suelo frente a Scorpius—. Buena suerte encontrando a alguien que pueda reemplazarme —le dijo una sonrisa ladina.
Scorpius esperó a que la puerta del vestuario volvió a cerrarse detrás de Potter para tomar la camiseta del suelo y arrojarla con un movimiento violento hacia una de las paredes.
—Maldito hijo de puta egoísta y arrogante —gruñó fuera de sí mismo, mientras se paseaba por el vestuario como un animal enfurecido.
No regresó a la Sala común de Slytherin. No se sentía capaz de enfrentarse las miradas decepcionadas de sus compañeros del equipo, ni los gestos burlones de Taurus y Portus. Menos aún deseaba cruzarse con Albus.
Sus pies lo guiaron sin que se diera cuenta hasta la torre de Astronomía. El viento se había apaciguado, pero todavía caían algunos copos de nieve de manera dispersa. Las cargadas nubes le impedían ver el cielo. Aún si hubiese estado despejado, era demasiado temprano como para divisar alguna estrella. Pero a pesar de ello, a Scorpius le gustaba estar allí. Lo tranquilizaba la quietud y la soledad del lugar. Los alumnos evitaban subir allí. Albus Dumbledore había encontrado su muerte en esa Torre. Se rumoreaba que el lugar estaba maldito.
A él le recordaba en cierta manera a su infancia en Versalles. Habían sido unos años bastante solitarios. Sus padres habían cortado lazos con prácticamente todas las personas que habían conocido en Inglaterra. La mitad aborrecía a Draco Malfoy por tener la piel marcada con el símbolo de los Mortífagos. La otra mitad lo odiaba porque lo consideraba un traidor de sangre, habiéndose librado con demasiada facilidad de Azkaban para su gusto.
Durante aquella primera infancia, Scorpius había pasado gran parte de su tiempo en compañía de su abuela Narcisa, uno de los pocos familiares vivos (y en libertad) con que contaba. Había sido ella quien le había enseñado a leer las estrellas. Ella le había explicado el significado de su nombre, y el de su padre Draco.
Pero había sido Astoria quien le había enseñado la magia de las estrellas fugaces.
—Puedes pedirle un deseo —le había informado su madre, una noche cuando una brillante estrella atravesó el oscuro firmamento.
—¿Cualquier cosa? —le había preguntando la versión diminuta de Scorpius de cinco años. Astoria le había sonreído con calidez.
—Lo que quieras —le susurró, mientras guiñaba un ojo. Scorpius había cerrado fuertemente sus ojos grises mientras pedía su deseo.
—Listo —había dicho mientras volvía a abrir los ojos, esperanzado. La estrella fugaz había desaparecido. Su madre lo seguía observado con curiosidad.
—¿Qué fue lo que pediste? —le había preguntado intrigada. Scorpius le había dedicado una sonrisa misteriosa.
—¡Si te lo digo, no se cumplirá! —la había regañado el pequeño Scorpius. Astoria había soltado una risa alegre y fresca. El sonido había iluminado la noche más que cualquier estrella fugaz.
—Tienes razón —se había mostrado de acuerdo, mientras le acariciaba cariñosamente el cabello.
Scorpius había deseado tener un amigo.
Escuchó los pasos que subían por las escaleras, pero no se giró a mirar en su dirección. El calor que emitía la pieza del Amuleto contra su pecho le anunció quién era.
—¿Cómo supiste que estaba aquí? —preguntó Scorpius en un suspiro, permaneciendo sentado sobre el borde De la Torre, con las piernas colgando hacia el vacío.
—No es muy difícil. Siempre vienes aquí, Scorpius —le respondió Rose, y a pesar de que su tono mantenía esa aura de sabelotodo, también se podía percibir la dulzura en sus palabras.
—Si vienes a decirme que debo hacer las paces con Albus… —le advirtió el rubio.
—No, no vengo a eso —le aseguró ella, sentándose junto a él.
—Puse mi propio cuello en juego por él. Lo defendí frente al resto del equipo, frente a todos en Slytherin. Incluso después de que lo castigaron para el primer partido —siguió despotricando Malfoy.
—Es verdad —le dio la razón Rose, sin oponer resistencia. Scorpius frunció el ceño.
—Este partido era importante para mí —remarcó.
—Sí, lo era —su novia volvió a estar de acuerdo con él.
—Ni siquiera fue capaz de disculparse, Rose —esta vez, su voz estuvo más cargada de tristeza que de enfado. Le costó reconocer el sentimiento que revoloteaba en su pecho: estaba decepcionado.
—Ya sabes que Albus a veces puede ser un poco… obtuso —dijo con estricta diplomacia Weasley—. Pero tú eres su mejor amigo, Scor. Terminará por darse cuenta que se ha comportado mal, y volverá a pedirte perdón.
—Lo expulsé del equipo, Rose —confesó Scorpius, sus mejillas sonrojándose con cierta vergüenza. Los ojos de la pelirroja se abrieron sorprendidos.
—Oh… —fue todo lo que pudo articular.
—Y lo habría golpeado en la cara si no fuese porque ya tenía un brazo roto —agregó. Rose hizo una mueca grave y Scorpius hundió la cabeza entre sus manos, una exhalación agobiada escapando de su boca.
—Todo va a estar bien —le prometió Rose, mientras colocaba uno de sus brazos alrededor de sus hombros para abrazarlo.
Pero Scorpius no estaba seguro de que fuese a ser así. Nada parecía estar bien últimamente.
Estuve ausente durante varias semanas porque estuve de viaje. Ya me encuentro de regreso, y espero poder actualizar con mayor frecuencia.
Por el momento, les dejo este capítulo breve para compensar la larga espera. No responderé los reviews ahora para no demorar aún más la actualización. Pero decirles que he leído todos sus mensajes, y prometo ir respondiendolos en las próximas actualizaciones.
Gracias por la paciencia, y por esperar junto a esta historia.
Saludos,
G.
