Capítulo 25: Uno de ellos

Welcome to the room of people
Who have rooms of people that they loved one day,
docked away.
Just because we check the guns at the door
Doesn't mean our brains will change from hand grenades.

You'll never know the psychopath sitting next to you.
You'll never know the murderer sitting next to you.
You'll think: How'd I get here, sitting next to you?
But after all I've said, please, don't forget…

All my friends are heathens, take it slow.
Wait for them to ask you who you know.
Please don't make any sudden moves
You don't know the half of the abuse.

(Bienvenidos a la sala de la gente
Que tiene salas con gente a la que una vez amaron,
Encerrados lejos de ellos.
Solo porque comprobemos las armas en la puerta
No significa que nuestros cerebros dejen de ser granadas.

Nunca conocerás al psicópata que se sienta a tu lado,
Nunca conocerás al asesino que se sienta a tu lado,
Pensarás: ¿Cómo llegué hasta aquí, sentado a su lado?
Pero después de todo lo que he dicho, por favor, no olvides…

Todos mis amigos son unos bárbaros, tómalo con calma.
Espera hasta que ellos te pregunten a quién conoces.
Por favor, no hagas ningún movimiento brusco
No sabes ni la mitad de los abusos.)

Heathens, Twenty One Pilots.


Para alguien como Katya Danilova, que había vivido toda su vida en una cabaña en medio de un bosque, recluida de toda forma de civilización, la simple existencia de una vivienda como la Mansión Malfoy era un despropósito y un despilfarro innecesario de espacio y dinero.

Las habitaciones se sucedían una tras otra, enormes salones abriéndose frente a ella en cada esquina, impresionantes vitrales cubriendo sus desproporcionadas ventanas, las cuales mostraban un jardín aún más ostentoso que el interior de la vivienda.

También la desconcertaba la cantidad de personas que entraban y salían de la mansión de manera cotidiana. No estaba acostumbrada a la compañía. Desde que su familia había muerto, Katya siempre había estado sola. Hasta Ted. Ted Lupin había puesto su mundo al revés, en todos los sentidos posibles. Con su partida, Katya había retornado a su reclusión, refugiándose en la seguridad de la soledad.

Hasta Rick.

Rick, con su sonrisa radiante, con sus ojos verdes eléctricos, con su suave piel morena, con su risa despreocupada y su lengua descarada. Otro mago. Como si Katya no hubiese tenido suficiente con los de su tipo.

Pero había caído en la tentación, una vez más. La había tomado desprevenida y con la guardia baja esa noche de Navidad. El encierro no le sentaba bien a ninguno de los dos, aunque por motivos completamente opuestos. Katya extrañaba la libertad del bosque. Rick extrañaba la libertad de la ciudad.

Él se le había acercado, provocándola, midiéndola con cada palabra, desafiándola con cada sonrisa. Y ella había caído en cada uno de sus trucos. Se había dejado seducir por el suave ronroneo de la voz de Richard, y por el aroma salvaje que exudaba su cuerpo. Olía a naturaleza. Y a fuego. Olía a los dragones que se encontraban resguardados en los límites con el bosque. Olía a libertad.

Se había prometido que sería solo una noche. Pero aquel encuentro aislado se volvió a repetir a la mañana siguiente, cuando despertó en la cama de él. Y al día siguiente. Y al otro.

Rick era como una droga, y Katya se estaba volviendo adicta. Algunas veces, no llegaba siquiera a contener su deseo hasta alcanzar la habitación. Lo acorralaba en algún pasillo desértico de esa enorme y deshabitada casa, sus dedos corriendo presurosos por su cuerpo, desvistiéndolo ansiosa. Rick nunca se oponía. Siempre la recibía con una sonrisa cómplice, sus fuertes brazos sosteniéndola contra él, comprimiéndola contra su cuerpo fibroso, sujetándola con firmeza mientras Katya enroscaba sus piernas sobre su cadera.

Habían aprendido a moverse en sincronía, adelantándose a lo que cada uno necesitaba para alcanzar el clímax. Rick tenía la experiencia necesaria para saber dónde besarla, dónde acariciarla, para que Katya perdiera la poca cordura que todavía le quedaba.

En esos momentos, Katya se permitía liberar su lado más salvaje. No había tardado en darse cuenta que eso volvía loco a Richard. Un mordisco administrado en el momento justo, sus uñas clavándose en su musculosa espalda… A veces bastaba con eso para lanzarlo por la cornisa, haciéndolo arder de satisfacción. Era un juego peligroso que ambos disfrutaban jugar.

Pero conforme pasaban las noches (y los días), esos encuentros que al principio habían sido casuales empezaban a convertirse en rutina. Y con ellos, empezaban a llegar otras cosas. Las caricias despreocupadas después del orgasmo con las que se arrullaban hasta caer rendidos al sueño, las charlas en la mañana al despertar juntos, las miradas que se dirigían cada vez que se cruzaban por la mansión cuando pensaban que el otro no estaba prestando atención, las bromas internas que empezaban a gestarse. La intimidad que ambos siempre habían evitado. La aterraba.

—¿Quién es Kobu? —le preguntó Rick una mañana, mientras Katya se terminaba de vestir. El brujo continuaba tirado en la cama, los ojos entornados y una expresión de grata satisfacción relajando sus facciones. Formuló la pregunta de manera curiosa y casual, pero Katya se congeló en su lugar, empalideciendo aún más de lo habitual.

—¿De dónde sacaste ese nombre? —lo increpó con inesperada brusquedad. Rick abrió los ojos y la observó confundido.

—Te escuché decirlo mientras dormías —respondió él encogiéndose de hombros de manera despreocupada. Una sonrisa traviesa se cruzó en sus labios carnosos, enrojecidos a causa de los furiosos besos que se habían dado tan solo minutos antes. —¿Es un ex novio del cual deba preocuparme? —la provocó de manera juguetona.

Era mi hermano —respondió secamente Katya, dándole la espalda mientras volvía a retomar la tarea de colocarse la ropa.

—Oh… —escuchó que decía Rick. La cama crujió bajo el peso de su cuerpo cuando el muchacho se sentó en el borde—. No sabía que tenías un hermano —confesó. El tono de su voz había adquirido un aire demasiado solemne para su gusto. Katya no estaba acostumbrada a tener conversaciones tan serias con Rick.

—Ahora lo sabes —siguió respondiendo de forma cortada, mientras terminaba de abrocharse los pantalones.

—¿Qué… qué pasó con él? —insistió en el tema Rick.

—Murió —dijo desapasionadamente Katya.

Se hizo un incómodo silencio. Katya intentó cerrar los botones de su túnica sin éxito. Las manos le temblaban. Rick se puso de pie y caminó hasta quedar frente a ella. Sus manos cálidas se enroscaron alrededor de las de ella, conteniendo su temblor.

—Lo siento mucho, Kat —se disculpó él, sus ojos verdes de un tono claro que resaltaba de forma absurda contra la oscuridad tersa de su piel. Ella desvió la mirada y se encogió de hombros.

—Fue hace mucho tiempo —intentó restarle importancia. Nunca antes habían tenido una conversación así. No solían hablar sobre temas serios. No solían hablar sobre sus vidas antes de la Orden del Fénix. De hecho, no solían hablar sobre nada que fuera demasiado personal.

La puerta de la habitación de Rick se abrió sin previo aviso.

—¡Oh, por las pelotas de Salazar! Díganme que no estaban a punto de tener sexo. No tengo tiempo para esperar a que terminen —exclamó la voz pedante de Jasper, irritado. Pero Rick mantuvo su mirada expectante en Katya, aguardando.

—No. Ya terminamos —respondió Katya, liberándose de las manos de Rick—. Es todo tuyo —le ofreció a Jasper al pasar junto a él, con una sonrisa torcida.

—¿Cuál es tu problema, Fox? ¿Acaso no tienes pantalones que siempre que vengo estás en pelotas? —escuchó que lo criticaba Yaxley justo antes de que ella abandonara la habitación y cerrara la puerta a su espalda.

Ya estaba familiarizada con el extraño vínculo entre esos dos. La tensión sexual que existía entre ellos era algo que no le pasaba desapercibido tampoco. Estaba al tanto de que habían tenido sexo en el pasado, y una parte de ella deseaba que volvieran a hacerlo. La idea de que Rick sólo mantenía relaciones con ella le resultaba aún más perturbador que la posibilidad de que estuviera con otras personas.

Pero Jasper y Richard no habían vuelto a tener sexo desde aquella primera y última vez. En cambio, habían desarrollado un vínculo mucho más profundo. Katya se había acostumbrado a que el joven auror irrumpiera en la habitación de Rick a horas impensadas. Habitualmente, Katya tomaba su llegada como una señal para abandonar la cama de Rick. Era la oportunidad perfecta para escapar.

Kobu.

El nombre de su hermano resonó en su memoria mientras bajaba las escaleras camino a la habitación donde Dominique Weasley había instalado su base de operaciones como Rastreadora.

Victoire Weasley le había dado por fin el alta médica. Físicamente, había terminado de recuperarse de su penosa estadía en manos de la Rebelión. Psiquicamente, la sanadora consideraba que a Katya aún le quedaba un largo camino por recorrer. Pero la hermana de Vicky había insistido en que era mejor empezar el trabajo de rastreo lo más pronto posible, antes de que la frágil memoria de Katya empezaba a borrar algunos datos importantes.

Habían programado la primera reunión para esa mañana, y la noche anterior, Katya había vuelto a soñar con su hermano Kobu. O al menos ella creía que era un sueño. Después de las torturas sufridas a manos de Duncan Ford, le resultaba muy difícil reconocer aquellas imágenes que correspondían a viejos recuerdos de los que eran producto de su imaginación… O aún peor, identificar recuerdos falsos, implantados en su mente de forma artificial por el enemigo para quebrarla.

Le había tomado décadas enterrar los dolorosos recuerdos de su familia. Duncan los había traído de regreso a la superficie, los había manoseado y adulterado. Había violado la privacidad de su mente, la intimidad de su memoria.

La oficina de Dominique era grande y caótica. Cada rincón se encontraba abarrotado de objetos cuya función Katya desconocía. Las paredes estaban cubiertas de mapas y recortes de periódicos, fotografías de diferentes personas y criaturas mágicas. Había un espejo enorme en una esquina, cubierto por una tela oscura. La atención de Katya se vio inmediatamente atraída hacia éste. Como si el espejo la estuviese llamando.

—Créeme, no quieres ver ese reflejo —comentó la voz jocosa de Dominique, mientras hacía girar su silla sobre el eje para quedar de frente con ella.

Llevaba puesto un par de jeans muggles varios talles más grandes de lo que le correspondía. Los sujetaba con un cinto decorado con tachas plateadas. Tenía la capucha del buzo colocada sobre su cabello pelirrojo indomable, y saboreaba una paleta de fresa de manera infantil.

La Orden del Fénix estaba poniendo toda sus esperanzas en una adolescente rebelde y en una híbrida psíquicamente inestable.

—¿Qué es esto? —preguntó Katya, interesada, apuntando al espejo.

Dominique se descruzó de piernas y saltó de la silla, avanzando hacia ella mientras le daba otra lamida a su paleta.

—Es un espejo de doble sentido. Tenemos éste aquí y su espejo gemelo está… —golpeteó con las palmas de las manos sobre la mesa que tenía a un costado, simulando el redoble de tamores—. A que no adivinas, ¿eh? —le dijo en ese tono juguetón suyo, mientras le guiñaba un ojo.

—Lo tienen ellos —Katya escupió las palabras con veneno.

—¡Bingo! —la felicitó Dom, palmeándole la espalda. Katya se encogió ante el contacto como si la hubiesen golpeado. —¿Quieres una? —le ofreció, señalando la mesa frente la cual había estado sentada tan solo unos instantes atrás. Estaba repleta de golosinas.

—Estoy bien —dijo Katya haciendo una mueca.

Dom se encogió de hombros, y con un gesto de mano le indicó que la siguiera. Con una sacudida de su varita, la pelirroja despejó una de las mesas cercanas a donde estaba colgado el mapa con las fotos.

Katya prestó más atención a las imágenes. Un escalofrío le recorrió la espalda al reconocer el rostro de Heros Morgan entre las fotos de los más jóvenes. Su mirada recorrió con más detalle al resto. Identificó a varios más. No sabía sus nombres, pero recordaba sus caras. Era imposible olvidarlas. Estaban unidas de forma inseparable a los recuerdos dolorosos y humillantes de sus torturas.

—Ellos son algunos de los miembros de la Rebelión que hemos logrado identificar. Aún no tenemos evidencia suficiente como para poder tomar acciones legales pero… —esta vez el tono de Dominique no se escuchó tan alegre como antes.

—¿Qué necesitas que haga? —la interrumpió Katya. No quería escuchar sus excusas. Los magos nunca pagaban por sus crímenes. Siempre lograban salirse con la suya, sobre todo si éstos eran cometidos contra seres como Katya. No había justicia para personas como ella.

Dominique se aclaró la garganta, intentando adoptar una actitud más profesional.

—Llevo un tiempo intentando rastrear la base de operaciones de la Rebelión —le explicó Dominique mientras sacudía la varita hacia uno de los mapas enrollados en un costado. Éste se desplegó frente a ellas.

Katya no tenía experiencia con mapas como ese. Nunca había necesitado un mapa en el Bosque. Habían sido sus instintos los que la habían guiado siempre. Pero Dominique había dibujado marcas y trazado líneas por todo el mapa, y en los márgenes del mismo podían leerse cálculos matemáticos y coordenadas aisladas.

—He descartado Londres, lo cual es bastante… Y según mis cálculos, el cuartel central se encuentra en algún lugar al norte del país —explicó de manera acelerada los garabatos que circulaban en la parte inferior del mapa.

—¿Cómo llegaste a esa deducción? —preguntó Katya, alzando las cejas en señal de genuino interés. Dominique se mordió el labio inferior. La mirada de la pelirroja se desvió de forma inconsciente hacia el enorme espejo oculto en la esquina.

—Rastreamos una… llamada —le respondió de manera evasiva, su atención volviendo al mapa—. Duró demasiado poco como para poder localizar el sitio de origen —sus ojos celestes le dedicaron una mirada de soslayo a Katya. Una vez más, la pelirroja se mordió con nerviosismo el labio.

—Pierdes tu tiempo conmigo si crees que yo puedo ayudarte con eso —comprendió de inmediato Katya.

—Pero…—trató de insistir Dom.

—Ya se los dije mil veces: no sé dónde me tuvieron prisionera. Me capturaron en el Bosque y cuando volví a despertar ya estaba atrapada en un calabozo —repitió una vez Katya. Empezaba a cansarse de tener que repetir la historia una y otra vez. Dominique no era la primera en querer saber sobre la prisión donde la habían tenido cautiva. Varios miembros de la Orden del Fénix habían intentado hablar el tema desde que había llegado a la mansión. Pero Katya no tenía idea de cómo la habían llevado hasta allí.

—Pero de seguro tienes algún recuerdo de cuando escapaste. Una descripción que puedas darme de la edificación, algún cartel que leíste en algún lugar… —sugirió Dom. El rostro de Katya se ensombreció.

—No te explicaron cómo escapé, ¿verdad? —la voz de Kat se escuchó rasposa, como si le costara pronunciar las palabras. Dominique se balanceó incómoda sobre sus talones, rascándose la nuca con una mano en un gesto inconsciente.

—A grandes rasgos —dijo la rastreadora con una mueca nerviosa.

Una sonrisa afilada tiró de las esquinas de la boca de Kat. Era un gesto cargado de amargura, y no se condecía con lo apagado de su mirada. Era curioso ver como hasta los más desvergonzados de entre los magos se mostraban dubitativos, podría decirse incluso tímidos, cuando había que hablar sobre un tema tabú como la condición de híbrida de Katya.

—Ataqué a uno de mis carceleros y me bebí su sangre —explicó con crudeza Danilova. Dominique hizo un esfuerzo por controlar el estremecimiento que le recorrió la espalda, y Kat aprovechó para dar un paso hacia ella, haciéndola retroceder con cierta torpeza. Con qué poco podía intimidar a los magos.

Pero intimidar a Dominique no le generó la satisfacción que Katya había esperado. La joven bruja no era como los otros magos a los que Danilova estaba acostumbrada. No la estaba desafiando ni criticando. No la miraba con desprecio ni con reproche.

Era tan solo una chica a la cual Katya estaba asustando innecesariamente.

El recuerdo de la noche en que había bebido la sangre de Lancelot tampoco la ayudaba a sentirse mejor. Le pesaba en la memoria, como un ancla que la arrastraba a la oscuridad. Todavía podía saborear sus sangre tibia escurriéndose por su garganta. Podía sentirlo agitándose entre sus brazos, debilitándose conforme ella se fortalecía a su costa. Todavía recordaba la forma en que su cuerpo había caído al suelo cuando ella finalmente lo había soltado, como una marioneta inerte y sin vida.

—Nunca antes había bebido sangre humana —se disculpó Katya, retrocediendo y encogiéndose a causa de la vergüenza—. No lo habría hecho si hubiese tenido otra opción.

—Entiendo —tartamudeó Dominique, aunque la miraba con cautela. Una risa ácida salió de los labios púrpura de Kat.

—No, no lo entiendes —le aseguró la híbrida, desplomándose en una de las sillas, sus manos repletas de tatuajes enredándose en su cabello.

—Iban a matarte —intentó consolarla Dom.

—A veces creo que hubiese sido mejor que lo hicieran —se encontró confesando de manera imprevista. Sintió que una mano se apoyaba con sigilo sobre su espalda, acariciándola con extrema suavidad.

—Pero no lo hicieron. Y ahora tú puedes ayudarnos a encontrarlos, y evitar que le hagan a alguien más lo que hicieron contigo —era una forma extraña de consolar a alguien. Pero Dominique era una bruja extraña. A Katya le caía bien la gente extraña.

—Quisiera poder ayudarte, pero tengo muy pocos recuerdos de esa noche. Al beber la sangre, perdí bastante el control de mí misma —dijo Kat, encogiéndose de hombros a modo de disculpa.

—Todo sirve —le aseguró la rastreadora, mientras que tomaba un anotador y ocupaba la silla junto a ella.

Katya exhaló con pesadez, vaciando los pulmones. Cerró los ojos, concentrándose por recordar.

—Había más guardias en el pasillo… Creo que los maté antes de que llegaran a dar la alarma de que me había soltado —fue lo primero que vino a su mente.

Era una imagen borrosa, teñida de color escarlata. Había derribado al primero de ellos antes de que éste siquiera supiese que lo estaban atacando. Sus garras se habían hundido en la carne de su espalda, atravesando músculos y fracturando costillas, abriéndose paso hacia sus pulmones, ahogándolo en su propia sangre.

El segundo mago había llegado a levantar la varita en su dirección. Los tatuajes negros que cubrían los brazos de Katya se habían encendido con la magia que le había robado a la sangre de Lancelot, protegiéndola del ataque y expandiéndose hasta impactar contra el enemigo. No volvió a levantarse.

—Había una torre. No era muy alta. Salté desde allí —siguió reviviendo en su mente los pocos destellos de aquel escape. Tal como Lancelot había predicho, el escape de Katya había coincidido con el cambio de guardia. A excepción de los dos brujos con quienes se había encontrado al salir del calabozo, el resto del camino hasta la torre había estado despejado.

—¿Algo más que puedas decirme de la construcción? —la guió Dominique, mientras tomaba notas con un trazo rápido y desprolijo, pero efectivo.

—No me detuve a contemplarla. Estaba demasiado ocupada intentando salvar mi pellejo —se enojó Kat, abriendo de vuelta los ojos para enfocarlos de manera furibunda en Dominique. La pelirroja se sonrojó.

—Lo siento. ¿Qué hiciste después de que escapaste? —dijo con una risita baja, e hizo un ademán con la mano indicándole que continuara.

—Me escondí —respondió como si fuese obvio. Pero Dominique detuvo sus anotaciones, su cabeza inclinándose con interés para mirarla con atención.

—¿En dónde? —preguntó con impaciencia, sus ojos relampagueando con un brillo que delataba su anhelo por conocer la respuesta. Por fin estaba cerca de conseguir información útil.

—No lo sé… —Katya se esforzó por recordar.

Recordaba haber pensado que tenía que ocultarse. La euforia que le había provocado beber la sangre de Lancelot todavía burbujeaba bajo su piel. No estaba segura de poder controlarse si se cruzaba con otro ser humano en ese estado. El subidón que le había generado consumir la sangre era difícil de resistir. Cada célula de su cuerpo le pedía más.

Su parte animal quería correr. Ansiaba la libertad después de meses de encierro y dolor. Pero Katya sabía mejor.

Había encontrado un lugar solitario, pequeño y seguro. Se había escondido entre el cargamento.

—Un vagón —recordó de golpe, abriendo los ojos con sorpresa. —Había un tren de carga detenido en una estación abandonada.

Dominique le sonrió y se puso de pie como impulsada por un resorte. Su varita comenzó a sacudirse sobre el mapa una vez más, y distintos elementos volaron desde todas las direcciones hacia ella.

—Trenes de carga… Trenes de carga… —repetía Dominique para sí misma, mientras que uno de los aparatos calculaba coordenadas y otro se movía sobre el mapa marcando distintos puntos—. ¿Dijiste que la estación se encontraba abandonada? —chequeó la pelirroja, sin desviar la mirada de su trabajo.

—Eso creo —dudó Katya, haciendo una mueca—. Pero el tren estaba en buen estado, y el cargamento parecía reciente.

—¿Tienes idea qué llevaba el cargamento?—inquirió Dom, ilusionada, inclinándose de forma inconsciente hacia adelante. Kat meneó la cabeza.

—No lo revisé...

—Esta bien. Esto es bueno. Me sirve —reforzó positivamente Dominique—. Reduce mucho las opciones —mientras que lo decía, uno de los aparatos eliminó varios de los puntos marcados previamente.

—Siguen siendo muchas —comentó Danilova al espiar el mapa donde estaban señaladas todas las terminales de tren comprendidas entre las afueras de Londres y Hogsmeade.

—Demasiados —coincidió la Rastreadora, mientras se acariciaba pensativamente el mentón con una mano.

Pero lejos de lucir desmotivada, Dominique tenía los labios curvados en una sonrisa divertida. Katya le había dado algo en lo que pensar. Un nuevo desafío para resolver.


Llamó al portero del departamento 7 "A", tal como Gweneth Rosier le había indicado el día anterior. Se sorprendió al escuchar la voz de la sanadora por el pequeño parlante junto a los botones.

—¿Si? —preguntó la voz expeditiva de Rosier, sin rodeos.

—Soy Molly —respondió ella, tragando saliva para humedecerse la boca y jugueteando con sus manos enguantadas.

—Sube —le ordenó Rosier, y un zumbido proveniente de la puerta le inidicó que había abierto la entrada.

Molly empujó la pesada puerta de madera e ingresó al edificio. Era un complejo de departamentos típico de Londres. Tenía un ascensor en el centro del vestíbulo y las escaleras en los laterales. Todo propulsado por energía eléctrica.

Molly tomó el ascensor hasta el séptimo piso. Observó la pantalla digital del mismo con impaciencia mientras los números que señalaban los pisos se sucedían uno detrás del otro. Una musiquita le anunció que había llegado a su destino, y las puertas se abrieron automáticamente frente a ella.

Todo era desconcertantemente muggle.

Se detuvo frente a la puerta que sostenía la letra "A" colgada en su marco superior. La misma se encontraba entornada, pero sin cerrar. Molly sacó su varita y empujó sigilosamente la puerta, escurriéndose en silencio hacia el interior del departamento.

Era un departamento austero y pequeño. La entrada del mismo desembocaba en el ambiente principal, conectado con la cocina. Había una mesa con una sola silla. Un único sillón colocado junto a una lámpara de pie. Lo único llamativo del mobiliario era la biblioteca, la cual desentonaba a causa de su tamaño descomunal. Estaba cargada de libros, apilados de todas las formas posibles para aprovechar hasta el más pequeño espacio. Aquellos que no habían logrado entrar en los estantes, se hallaban apilados a los costados en el suelo.

Y papeles. Cientos de hojas, repletas de notas. Desparramadas por todas las superficies posibles. En la mesa. En el sillón. En la barra que dividía el comedor de la cocina. En el piso.

Molly tomó una de las hojas al azar, su curiosidad siendo más fuerte que su prudencia.

—Dudo que entiendas algo de lo que dice —comentó la voz impasible de Gweneth a su espalda, tomándola por sorpresa. Molly giró sobre sus talones con la varita en alto.

Rosier se encontraba de pie en el marco de la puerta que seguramente comunicaba con su habitación. Alzó una de sus cejas en un gesto presuntuoso mientras contemplaba la varita que le apuntaba en ese momento. Molly bajó la mano de inmediato, avergonzada.

—La puerta estaba abierta. Pensé que talvez alguien se había metido en tu… casa —explicó de manera innecesaria Weasley. Sus ojos recorrieron una vez más el departamento. Le costaba imaginar a una mujer como Gweneth viviendo en un departamento como ese.

Rosier sonrió con suavidad, indulgente.

—Y decidiste entrar a salvarme. Que galante de tu parte, Molly —se burló Rosier, sus ojos titilando con diversión. Molly sintió que se le encendían las mejillas.

—Todo esto es… ¿tu investigación? —intentó cambiar el curso de la conversación, mientras volvía a dejar la hoja que había tomado sobre la mesa.

—Una parte de ella —respondió la sanadora.

—¿Y dónde guardas el resto? —le preguntó Molly, abrumada. Rosier se golpeteó con suavidad la sien.

—Aquí adentro —le respondió—. Es más difícil de destruir de esa forma —agregó en un tono despreocupado, mientras comprobaba la hora en el reloj que colgaba de su muñeca—. Espérame aquí mientras termino de prepararme. Intenta no revisar en mis cosas mientras tanto —agregó con un gesto felino, disfrutando de incomodarla.

No esperó a que Molly respondiera. No era como si Molly esperara que lo hiciera. Estaba acostumbrada a que Gwen se marchara sin despedirse, sin dar explicaciones y sin mirar atrás. Obediente, Molly se sentó en la única silla, las manos apoyadas sobre sus rodillas para no caer en la tentación de volver a mirar las notas de Rosier.

Era la primera vez que visitaba su casa, y eso la ponía nerviosa. Le costaba relajarse en compañía Rosier. Una parte de ella se mantenía en constante alerta, pendiente de cualquier señal que pudiese indicar que Gweneth había descubierto sus verdaderas intenciones de infiltrarse en la Rebelión. Hasta entonces, siempre se habían reunido en el bar frente al hospital de San Mungo, o en el callejón Knocturn para asistir juntas a alguna de las manifestaciones de la Marea Roja.

En su último encuentro, Gwen la había invitado a una fiesta que se celebraría en la casa de la familia Ponce. Molly había vacilado por primera vez. Aceptar la invitación implicaba introducirse de lleno en la boca del lobo. Pero rechazarla habría levantado demasiadas sospechas. Sintiéndose entre la espada y la pared, Molly había accedido. Gwen le había pasado la dirección de aquel apartamento. Iban a asistir juntas.

Draco Malfoy le había dado todo tipo de advertencias. Su último encuentro, concretado en una casa segura abandonada en las afueras de Londres y registrada a nombre de Dobby Evans, había consistido en una larga y agobiante charla sobre los posibles invitados que asistirían a la fiesta. Draco estaba familiarizado con gran parte de los miembros de la elite mágica de Londres. Conocía sus secretos más turbulentos y las miserias más oscuras. En el mundo en el que había crecido, esa información era la moneda corriente de comercio. Después de la Segunda Guerra Mágica, incluso desde el exilio, Draco había conservado los viejos contactos de su padre en Londres que le brindaban periódicas actualizaciones sobre la situación de las familias más importantes e influyentes del mundo mágico inglés. Él sabía que la información era poder.

—Estoy lista —la voz de Gwen la hizo volver a la realidad.

Molly agradeció estar sentada. De lo contrario, habría trastabillado con sus propios pies, mareada por la impactante visión que era Gweneth Rosier. Su cuerpo estilizado se encontraba enfundado en un sobrio vestido negro que la cubría desde el cuello hasta los pies, pero el delicado escote que ascendía por el lateral de su pierna izquierda y la espalda al descubierto que descendía hasta la curvatura de sus glúteos dejaban suficiente a la imaginación sin perder la grácil y característica elegancia. Sus brazos estaban cubiertos por largos guantes negros que se prolongaban hasta por encima de sus codos, y por primera vez desde que la había conocido Gwen llevaba el cabello castaño suelto, cayéndole de forma inexplicablemente controlada por uno de sus hombros, dejando al descubierto la oreja contraria, de la cual colgaba un arete de aspecto pesado y costoso.

Todo en ella destilaba lujo, y Molly se quedó mirándola con la boca abierta, sin poder articular palabra, deslumbrada por su fría belleza, por su esplendor inalcanzable.

—¿Te encuentras bien? —inquirió Gwen, frunciendo levemente el entrecejo al ver que Molly no atinaba a levantarse.

—S-sí —tartamudeó Weasley, intentando disimular su estupor. Se puso de pie, de golpe demasiado consciente de sí misma. —No sabía que sería un evento tan elegante… No me he vestido para la ocasión —confesó, sonriendo con nerviosismo. Pero incluso si lo hubiese sabido, ella no tenía ningún vestido como el que llevaba Gwen. Se había puesto un modesto vestido que llegaba justo por debajo de las rodillas. Era de color negro como el de Gwen, pero eso era todo lo que tenían en común.

—Déjame verte —le dijo Rosier, en ese tono imperativo con el que acostumbraba a hablar, y acompañó sus palabras con un gesto de su mano dándole a entender que se retirara el abrigo y le mostrara su vestimenta.

Molly se removió el abrigo con agonizante lentitud, la mirada analítica de Gwen examinando cada movimiento que realizaba. Contuvo el aliento cuando Gwen caminaba a su alrededor, sus ojos escaneándola de pies a cabeza.

Se detuvo frente a Molly con la cabeza levemente inclinada hacia un costado y una mano en el mentón, meditativa. Chasqueó los dedos, y un delicado y simple collar se materializó en sus manos. Un único dije colgaba del mismo: una perla encastrada en una arandela de plata. Gwen deslizó el collar en torno al cuello de Molly, sus dedos demorándose en la nuca mientras ajustaban los eslabones, apenas rozándole la piel y haciéndola estremecerse.

—Mejor —dictaminó Gwen, dando un paso hacia atrás para apreciar su trabajo. Molly soltó el aire que había estado conteniendo—. Tienes un cuello muy bonito como para no lucirlo —agregó a modo de justificación. A pesar de que las palabras de Gwen simulaban tener toda la intención de un halago, habían sido pronunciadas con un desapego práctico que hacían dudar a Molly. Se llevó una de las manos al cuello de forma refleja, acariciando la perla.

—Gracias —masculló Molly, no del todo convencida sobre cómo interpretar a Rosier. Ésta se encogió de hombros.

—Es tarde. Será mejor que nos marchemos ya —cambió de tema de forma radical.

Le tendió una de sus manos, con la palma enguantada hacia arriba. Molly estiró la suya en su dirección. Los dedos de Gwen se cerraron en torno a su muñeca, sujetándola con fuerza. Molly sintió el inconfundible tirón que provocaba la Aparición conjunta, y segundos más tarde, se encontró con que estaban frente a la entrada de la casa de campo de los Ponce.

Había muchos invitados, más de los que Molly jamás hubiese imaginado. Gwen no le había especificado la razón del evento, pero por los presentes envueltos con los que llegaban los invitados, se le hizo evidente que se trataba de un cumpleaños.

Gweneth debió de percibir su reticencia porque su mano, lejos de soltarla, se enroscó entre sus dedos, dándole un suave apretón para darle confianza. Molly le lanzó una mirada de soslayo. La sanadora curvó el extremo de uno de sus labios, una sonrisa ladeada apenas reconocible, pero mucho más cálida de lo habitual.

—No me dijiste que era un cumpleaños —gruñó Molly mientras se dejaba arrastrar al interior de la casa por Gwen. La sanadora hizo un gesto de indiferencia con la mano.

—El hijo de los Ponce. Estuvo contigo en Hogwarts, tengo entendido —aclaró en un tono aburrido, como si el cumpleaños de Frederick Ponce le resultase insignificante.

—No te cae bien, ¿verdad? —Molly se estaba volviendo muy buena en leer lo que Gwen decía entre líneas. Rosier revoleó los ojos.

—No es mi… estilo de persona —respondió con su clásica evasividad.

—¿Cuál es tu estilo de persona? —se atrevió a preguntar Molly. Los ojos miel de Gwen se clavaron en ella sin pestañar.

—Tú —le dijo con brutal sinceridad. Molly sintió que la garganta se le secaba.

Pero ya habían cruzado la entrada de la casa y el bullicio de la fiesta invadió el aire entre ellas, interrumpiendo esa breve conexión. La atención de Gwen se desvió hacia un grupo de mujeres que estaba a pocos metros de ellas. —Ven, quiero presentarte algunas personas —le indicó, arrastrando nuevamente a Molly con ella.

Gwen se movía con fluidez entre la multitud, con la naturalidad de quien ha asistido a cientos de fiestas como aquella. Molly intentaba seguirle ritmo como podía. No era completamente indiferente a aquellos eventos. Después de todo, ella también había asistido a un buen número de celebraciones, inauguraciones, actos políticos y demás acontecimientos a lo largo de su vida. Era parte de los gajes de ser la hija de una importante figura política dentro del gobierno. Pero había que reconocer que la clase alta de Inglaterra podía ser un tanto abrumadora cuando se lo proponía.

Estrechó manos con incontables personas, bebió controlados tragos de costoso champagne, asintió de manera condescendiente en múltiples conversaciones, y hasta rió educadamente a chistes que no le causaban gracia. Rosier se mantuvo toda la velada a su lado. Cruzaban pocas palabras entre ellas, pero Molly podía sentir su constante compañía. Cada tanto, Gwen le rozaba el brazo con sus dedos enguantados para darle la señal de que continuaran moviéndose hacia el siguiente grupo. Molly se despedía con una suave inclinación de cabeza y se dejaba guiar hacia la siguiente presentación.

No fue hasta entrada la noche, cuando ya llevaban varias horas en la fiesta, que Gwen finalmente la guió hasta un salón más apartado, donde la gente descansaba de la agitación recostándose en cómodas butacas frente a las chimeneas.

El corazón de Molly dio un vuelco al reconocer a uno de los grupos que conversaba animadamente en un extremo del salón. Recordaba sus rostros de los encuentros en callejón Knockturn. Eran miembros del Partido por el Cambio.

—¡Gwen, querida! Estás preciosa —le dio la bienvenida Jolie Cartier, levantándose del sitio donde estaba sentada y recibiéndola con brazos abiertos. Gwen aceptó el abrazo, y Molly se sorprendió de la familiaridad con que se trataban ambas mujeres. —Oh… Has traído compañía —Jolie se percató de su presencia.

Le había hablado en un tono jovial, casi amigable. Pero Molly no se dejó engañar por su aspecto inofensivo. La había estudiado durante suficiente tiempo como para saber que no había nada de inocente de Cartier. Sus ojos eran los de una depredadora.

"Esta gente puede oler el miedo a kilómetros de distancia. No puedes mostrarte débil frente a ellos, o te comerán viva" le había advertido Draco.

—Gweneth me ha hablado mucho de ustedes —decidió interrumpir Molly, dando un paso al frente y extendiendo una mano en dirección a Cartier—. Me llamo Molly Weasley. Es un placer finalmente conocerlos —aguardó imperturbable, con la mano aún sostenida en el aire entre ellas.

Escuchó el suave murmullo que recorrió al resto del grupo, esparciéndose más rápido que un incendio forestal. Jolie mantenía la misma expresión calma de antes, pero sus ojos brillaban ahora con mayor interés.

—Yo también he escuchado hablar de ti, Molly —habló con voz acaramelada, mientras estrechaba por fin su mano. Molly cayó en cuenta de que había estado conteniendo el aliento, y se recordó a sí misma respirar con normalidad. —Ven, siéntate con nosotros —la invitó, apuntando con su mano hacia las butacas.

No quedaba ninguna libre, pero no había terminado de decir la frase que uno de los muchachos se había puesto de pie para cederle el asiento junto a ella.

—Gracias —dijo Weasley, haciendo un esfuerzo por mostrarse inmutable a las miradas mal disimuladas que le dedicaba el grupo.

—Te has convertido en toda una celebridad, Molly —rompió el hielo Jolie, sin rodeos, mientras se cruzaba de piernas y se recostaba sobre el respaldo aguardando la reacción de Molly como una reina sobre un trono. Molly aprovechó que un mozo pasaba por allí para tomar una de las copas de champaña, y fingió que bebía de la misma, prolongando la pausa.

—No ha sido de manera intencional —afirmó, las burbujas del vino espumante todavía revoloteando en su paladar. Una de las chicas sentada en la ronda soltó una risita escéptica. Gwen la fulminó con la mirada, y la muchacha bajó la cabeza de manera dócil.

"Presta atención a la dinámica que hay en el grupo" le había explicado Draco. "La jerarquía lo es todo en la clase social alta". Gwen ocupaba un puesto alto. La respetaban lo suficiente como para tolerar la presencia de Molly. Pero Jolie… Jolie Cartier estaba en la cima de la pirámide. Su palabra era la ley.

—Los periódicos dicen muchas cosas sobre ti —insistió Jolie, tamborileando sus largas uñas pintadas de rojo sobre el apoyabrazos. Hizo una pausa, como si esperara que Molly dijera algo, pero ésta guardó silencio de manera intencional, la tensión entre ambas elevándose de forma peligrosa. Los ojos de Gwen saltaban de una a otra, aguardando a ver quién hacía el siguiente movimiento. —Hace que uno se pregunte qué de todo lo que dicen es cierto —Una vez más, no era una pregunta, y sin embargo, exigía una reacción por parte de Molly.

—Los medios de comunicación tienen una tendencia a exagerar las cosas —Molly tenía que ser muy cuidadosa con sus palabras. Era consciente de que todo eso era una prueba. Gwen no la había llevado hasta allí simplemente para disfrutar de una velada juntas. No estaba allí sentada con Jolie simplemente para compartir una charla frívola. La estaban midiendo.

—¿Exageraron cuando publicaron tu renuncia al Cuartel de Aurores? —disparó sin advertencia. Un silencio anormal se posó sobre el grupo, mientras todos contenían el aliento a la espera de su respuesta.

—No, no exageraron —respondió Molly con voz tensa. "No es mentira" se recordó mentalmente. Jolie entornó los ojos.

—¿Entonces te has distanciado de forma definitiva del gobierno? —preguntó el muchacho que se había levantado para cederle el asiento.

—Sí —continuó dándoles respuestas concisas.

—Eso no es lo que dice tu padre —se animó a hablar la chica que se había reído de ella antes. Pronunció sus palabras con cierto desdén.

—Mi padre está teniendo algunos problemas en aceptar mi decisión —explicó sin entrar en detalles Molly, pero se aseguró de que su voz resonara con suficiente autoridad como para intimidar a la chica.

—Ya lo creo —se burló una nueva voz. Molly tuvo que girar en su silla para observar al recién llegado.

Frederick Ponce vestía una extravagante y costosa túnica gris con ribetes plateados y diamantes incrustados en los lugares donde habitualmente uno llevaría botones. Mantenía la misma expresión arrogante que Molly recordaba del colegio, y sus ojos conservaban el mismo destello malicioso de siempre. Con la diferencia que ahora, aferrada a su brazo como un deslumbrante trofeo, se encontraba nada menos que Zafira Avery.

La bruja había tomado como costumbre vestir de rojo para todos los eventos públicos. Aquella fiesta no era la excepción. Su cuerpo estaba enfundado en un voluptuoso vestido de terciopelo, que se extendía varios centímetros por detrás de ella. Una elfa doméstica cargaba con el final de la cola, asegurándose que la misma no se arrastrara por el suelo. Su escote estaba decorado con un deslumbrante colgante de rubíes que iban a juego con los aretes. En su mano izquierda, resaltaba un anillo de oro macizo en cuyo centro brillaba una piedra también roja. Cualquier persona lo habría confundido por otro rubí. Pero Molly lo reconoció de inmediato como uno de los anillos de la Rebelión. Era la primera vez que se lo veía puesto. "Debe sentirse muy confiada aquí adentro como para usarlo de manera tan pública" comprendió.

Molly se puso de pie para estrechar la mano de Frederick. Zafira apenas si rozó su mano, intentando disimular el desprecio de su rostro.

—Me temo que no sabía que se trataba de un cumpleaños. No traje ningún regalo —se disculpó de forma protocolar Weasley. Una sonrisa codiciosa se perfiló en el rostro afilado de Ponce.

—Puedes compensarlo dándome una entrevista exclusiva para El Oráculo —sugirió de forma casual, riendo mientras lo decía. Pero la forma en que la miraba le dijo que no se trataba de una broma.

—No creo que a nadie le importe lo que tengo para decir —bromeó Molly, en el mismo tono despreocupado que había usado su interlocutor.

—A la gente le importa lo que nosotros les decimos que es importante —susurró Frederick en un tono de fingida confidencialidad, ya que todos pudieron oírlo sin problemas. Le guiñó un ojo con un gesto desagradable, y luego le golpeteó el hombro a uno de los que estaba sentado para que le dejara su lugar. El joven se puso de pie como propulsado por un resorte, y la chica que lo acompañaba lo siguió, cediéndole el lugar a Zafira para que pudiera sentarse junto a su actual pareja.

—Lo que mi prometido intenta decir —intervino Zafira con dientes apretados —es que El Oráculo se ha convertido en una plataforma para que la oposición al actual gobierno pueda hacerse oír entre el pueblo. Una forma de cuestionar la situación actual, y plantear una alternativa mejor —corrigió de manera muy correcta, adoptando una actitud solemne. "Han hecho maravillas con Avery" pensó Molly, admirando a su adversaria.

—Exacto —coincidió Frederick, quien no contaba con la lengua hábil y la actitud encantadora de Zafira.

—¿Por qué no les cuentas sobre la noticia que publicarán mañana, cariño? —le propuso Zafira con una sonrisa forzada. Frederick se acomodó en el asiento con aires de importancia.

—El Ministro Shacklebolt entregará el próximo lunes un informe al gobierno muggle sobre la cantidad de personas mágicas que habitan en el Reino Unido, y la distribución de las mismas —reveló Ponce, escupiendo las palabras con ira mal contenida. La reacción fue instantánea. Todo el grupo estalló en quejas e insultos, la indignación impregnando no solo sus palabras sino también sus miradas.

—¡Esto es inaudito! —gritó la chica que se había reído de Molly.

—¡Pensé que habíamos presentado un reclamo para evitar esa medida! —exclamó otro de los jóvenes.

Ni Gweneth Rosier ni Jolier Cartier parecían sorprendidas por la noticia. Ambas permanecían en tranquilo silencio, observando las reacciones del resto del grupo.

—Nuestros abogados presentaron las medidas correspondientes, pero solo pudimos contenerlos durante unos meses —explicó Zafira, con un suspiro exagerado.

—¿Eso es todo? ¿Nos quedaremos mirando de brazos cruzados mientras nuestro gobierno le entrega información confidencial a los muggles? —continuaron las quejas.

—Shacklebolt ha perdido el norte. Nos está entregando en bandeja al ministro muggle. Lo siguiente que escucharemos es que debemos reportarnos ante la pocilía —la muchacha frente a Gwen continuaba despotricando.

—Policía. Se llama policía —la corrigió Rosier por lo bajo, poniendo los ojos en blanco. La chica fingió no escucharla.

—No lo entiendo. ¿Por qué permitimos esto? ¡Somos magos!

—¿Qué alternativa propones, Olivia? —la escuchó Zafira, girando su hermoso rostro hacia ella, su codo apoyado en la butaca y la cabeza reposando de manera delicada sobre la mano, en un gesto contemplativo.

—Deberíamos levantarnos y actuar —sugirió Olivia, alzando el mentón con altivez. Varios de los que estaban a su alrededor asintieron por lo bajo. Aquello pareció darle coraje, porque se enderezó aún más en su silla para continuar—. Todas estas reuniones en Knockturn son muy lindas, pero todos sabemos bien que la forma más efectiva de protegernos es tomar el primer paso. Atacarlos antes de que ellos lo hagan.

—Entiendo tu frustración, Olivia. Pero nuestro querido gobierno no coincide contigo —puntualizó con sarcasmo Zafira.

—Entonces deberíamos tomar el poder por la fuerza —insistió Olivia, soberbia.

—No funcionará —intervino Molly, sin aguantarse más.

Todos giraron a mirarla. Olivia destilaba el más crudo de los odios, ofendida porque Weasley se había atrevido siquiera a interrumpirla. Zafira mantuvo un gesto neutro, aunque sus labios estaban apretado en una sonrisa incómoda y sus ojos claros chispeaban de manera peligrosa. Era evidente que la bella y astuta mujer había direccionado de forma intencional la conversación hasta aquel punto y no disfrutaba de que de Molly estuviese arruinando su cuidadoso trabajo.

Pero Jolie Cartier sonreía con expresión divertida, un renovado interés haciéndose evidente en ella. Molly intentó no mirar hacia donde estaba Gwen. Temía que si lo hacía, se distraería y perdería el control.

—¿Perdón? —espetó Olivia, alzando las cejas atónita.

—No es una buena idea ir a la confrontación directa con los muggles —se mantuvo firme Molly. Aquello solo consiguió arrancar exclamaciones de asombro entre el grupo y varias miradas de reproche. Pero no se dejó intimidar. Molly siempre había sido de opiniones fuertes, muchas veces controversiales. Estaba acostumbrada a que las personas no estuvieran de acuerdo con ella. Y si siempre se mantenía firme detrás de sus palabras, era porque tenía suficiente conocimiento al respecto para respaldarlas.

—¿Crees que no podemos ganarles si vamos a una guerra? —inquirió Ponce, chasqueando despectivamente la lengua.

—No, no lo creo. Estoy segura de que no podemos —confirmó Molly, sin vacilar. Notó que varios se disponían a contradecirla, así que se apresuró a continuar antes de que pudieran interrumpirla—. Yo he visto lo que los muggles son capaces de hacer… Las armas con las que cuentan… —hizo una pausa, humedeciéndose los labios resecos—. Yo estuve ahí el día que tuvo lugar el ataque contra el Ministro muggle: estuvieron muy cerca de matar a una de las mejores auroras que conozco, y muchos resultamos heridos. Y solo eran un puñado de muggles con armas de fuego.

—Nosotros tenemos la magia para contrarrestar sus estúpidas armas de fuego —se defendió de manera orgullosa Zafira.

—No se trata solo de las armas de fuego. Cuentan con armamentos capaces borrar toda la ciudad de Londres del mapa en un abrir y cerrar de ojos —le advirtió Molly. Notó que varios empalidecían levemente, y sus miradas se turbaban, inquietas.

—De seguro nuestras barreras mágicas pueden contener sus ataques —Olivia se negaba a creer lo que Molly decía.

—¿Y cuánto tiempo crees que les tomará encontrar la forma de neutralizar nuestros escudos mágicos? ¿O bloquear los campos energéticos que usamos para teletransportarnos de un lugar a otro? —habló Gwen, en un tono tan sereno que hizo que a Molly se le erizara el vello de los brazos.

—¿Pueden hacer eso? —susurró otra chica por lo bajo a su compañera, temerosa.

—Lo que los muggles carecen en talento mágico lo compensan con una enorme creatividad —respondió Jolie, encogiéndose de hombros.

—Si atacan ahora los tomaran por sorpresa. Con un poco de suerte, derrocarán a su ministro actual. Pero será una victoria efímera. Incluso si tuvieran el apoyo de todos los magos del país, na hay suficientes de nosotros para pelear una guerra abiertamente —sentenció Molly—. Lo único que conseguirán será nuestra aniquilación.

—En cambio, crees que debemos quedarnos escondidos como ratas, viviendo de las sobras que los muggles nos dejan, apagándonos gradualmente, perdiendo lentamente nuestra magia —siseó Zafira, inclinándose peligrosamente hacia Molly. "Sabe de la investigación de Gwen. Sabe que nos estamos apagando".

—Creo que existe una forma fácil de conseguir las cosas… Y una forma inteligente —fue la respuesta mordaz de Molly.

A su lado, Jolie Cartier soltó una risita divertida. El rostro de Zafira se enrojeció enfurecido. El resto de los presentes retrocedieron en sus asientos, intimidados. Molly no se movió ni despegó la mirada de Avery.

—Una teoría de lo más interesante, sin duda —la voz ondulante de Heros Morgan atravesó el aire como una serpiente, enroscándose alrededor de su cuerpo y enfriándole la sangre. La última vez que lo había escuchado hablar, había sido a través de los labios de un adolescente muggle a quien Dudley Dursley se había visto obligado a dispararle en la cabeza. La suavidad con que pronunciaba sus palabras se contradecía con la insensibilidad de sus ojos oscuros.

Se acercó hasta quedar de pie frente a Molly, y se inclinó, casi arrodillándose, para tomar una de sus manos entre las de él, en un gesto de galante bienvenida. Para Molly, fue como si una criatura peligrosa hubiese cerrado sus garras sobre ella. Contuvo el impulso de retirar la mano.

—Una grata sorpresa tenerte aquí entre nosotros, Molly Weasley —susurró Heros, con una sonrisa filosa, cargada de significado. Molly le devolvió un gesto cortés.

—El placer es todo mío, señor Morgan —respondió ella, sin necesidad de fingir que no sabía quién era él. La sonrisa se acentuó en el peligroso rostro de Morgan.

—Por favor, llámame Heros —dijo de manera educada, mientras finalmente le soltaba la mano y se enderezaba a su estatura completa.

Heros Morgan no era un hombre particularmente fornido. Era delgado, alto y de hombros estrechos. Pero se movía con fluidez, cómodo en su propia piel, y cuando se plantaba sobre sus pies con esa seguridad irreverente, resultaba intimidante.

A pesar de que el resto del grupo había reiniciado la conversación en un tono medido, Molly podía sentir que los ojos de varios de ellos estaban puestos en ese momento en Heros y ella. Zafira Avery tenía las manos apoyadas sobre los reposabrazos de la butaca y las uñas de sus dedos se estaban clavando en la tela. La máscara diplomática que habituaba usar empezaba a desvanecerse, mostrando el verdadero rostro de la chica. Su ceño estaba fruncido en evidente señal de molestia, sus labios sellados en una línea severa, y sus ojos claros destilaban una furia peligrosa. Frederick Ponce, en cambio, seguía recostado de forma relajada. Había cierto estupor en su expresión, como si encontrara curioso que Heros se estuviese tomando el tiempo de hablar con Molly.

Estaba muy atenta a lo que sucedía a su alrededor como para no darse cuenta de la mirada fugaz, casi inexistente, que cruzó Jolie Cartier con Gwen Rosier, tras la cual, Gweneth se puso de pie con parsimonia, en un acto perfectamente ensayado para pretender que solo quería alisar las arrugas de su vestido negro. Pero no volvió a sentarse, sino que permaneció de pie, expectante, mientras terminaba lo que quedaba de vino en su copa sin despegar su atención de Molly.

—Me gustaría poder continuar esta conversación en un sitio más… privado, si estás de acuerdo, Molly —sugirió Heros, examinándose sus manos con falsa indiferencia, como si Molly realmente pudiese negarse a la oferta.

Instintivamente, Molly buscó a Gwen con la mirada. La sanadora hizo un gesto apenas perceptible con la cabeza, indicándole que aceptara la invitación. Molly dejó la copa que había estado bebiendo a un lado y se puso de pie.

Fue todo lo que Heros necesito como respuesta. Sin dar más explicaciones, sin saludar al resto de los invitados, sin decir siquiera una palabra, empezó a caminar hacia una de las puertas laterales de la sala de estar.

De forma inesperada, Molly sintió los dedos recubiertos en fina seda de Gwen enroscarse alrededor de los suyo, dándole coraje. Con un pequeño tirón, la sanadora la incentivó a avanzar.

Por el rabillo del ojo, espiando por encima de su hombro, Molly comprobó que Jolie Cartier también se ponía de pie y las seguía, a una distancia prudente como para que el grupo no llamara demasiado la atención. Ahora tenía a Heros al frente, a Gwen a su costado y a Cartier por su espalda. "Estoy acorralada" comprendió con una opresión en el pecho.

Los elfos domésticos de la casa abrieron el primer juego de puertas en cuanto Heros estuvo frente a ellos. Entraron a un largo pasillo, enmarcado a ambos costados por columnas de madera talladas en cuidadosos espirales, y ventanales inmensos que permitían espiar hacia la noche despejada y sin luna. El corredor se encontraba vacío, a excepción de otra par de elfos que custodiaban una de las puertas ubicadas al final del mismo.

Esta vez, Heros se detuvo frente a la puerta y aguardó a que sus acompañantes le dieran alcance. Todavía tenía dibujada esa sonrisa astuta que resultaba intimidante, un gesto que no alcanzaba sus ojos calculadores. Molly creyó ver que sus pupilas se dilataban, ansiosas y sedientas, mientras que la veía avanzar hacia él.

—Voy a tener que pedirte que, antes de entrar al siguiente salón, dejes tu varita mágica aquí, Molly —le explicó Heros, mientras aguardaba con ambas manos metidas en los bolsillos del pantalón a que Molly obedeciera.

Una descarga de pánico recorrió a Molly. No le gustaba la idea de separarse de su varita. Menos le gustaba la perspectiva de introducirse indefensa a una habitación desconocida con un puñado de sus enemigos. "Puede ser una trampa" le dijo su lado más precavido. Casi seguro era una trampa. Toda esa noche era una trampa.

Pero Heros Morgan no daba señales de moverse o ceder. Continuaba esperando con las manos cómodamente colocadas dentro de los bolsillos, y una mueca que indicaba que podía seguir así todo el tiempo que fuese necesario. Como si tuvieran todo el tiempo del mundo. Como si no le estuviese pidiendo que renunciara a su única protección.

—Hazlo —le susurró Gwen al oído imperativamente.

Molly suspiró y sacó la varita que llevaba escondida en la manga de su vestido. Jolie Cartier se la arrebató de los dedos en un parpadeo. Acto siguiente, la empujó contra la pared, obligándola a apoyar ambas manos sobre la piedra.

—¡Ey! —se quejó Molly, intentando girar para colocarse de frente a su agresora. Pero Cartier la sujetó con más fuerza, apoyando su brazo contra la espalda de Molly, inmovilizándola a nivel de los omóplatos, comprimiéndole el cuerpo contra la pared.

—Tengo que revisarte. Ya sabes, para asegurarme que no traes ninguna de esas armas escondidas que llevan los aurores a todos lados —le explicó Jolie con marcado acento francés, un aire socarrón en la forma en que lo dijo.

—¡No tengo ningún arma escondida! —resopló Molly con indignación. Era verdad. Draco le había advertido que no llevara otra cosa más que su varita. "Si esta fiesta es una trampa, no podrás escapar tú sola aunque lleves contigo cinco varitas de repuesto. Pero si no lo es, ellos no confiarán en ti si vas vestida como si estuvieses yendo a una guerra en vez de a un baile" había sido la práctica explicación de Malfoy.

Aún así, Molly se dejó revisar sin oponer resistencia. Las manos de Jolie le palparon todo el cuerpo, buscando concienzudamente cualquier posible escondite donde cupiera una varita de repuesto, una bomba de fuego, un traslador ilegal, o cualquier otra cosa que pudiese ser utilizada como arma.

—¿Qué es esto? —le preguntó al llegar a su cuello, donde colgaba la perla le que había dado Gwen.

—Un collar —respondió Molly de manera petulante. Jolie sonrió, y acto seguido, tiró del colgante con un movimiento seco, rompiendo la cadena y arrancándolo del cuello de su propietaria.

—Está limpia —anunció Cartier, mientras guardaba el inofensivo colgante en un bolsillo de su traje.

—Bien. Quédate aquí vigilando —le ordenó Heros, mientras hacía un ademán con la mano para que los elfos abrieran las puertas. —Nadie más entra hasta que terminemos —agregó de forma significativa. Jolie asintió, plantándose junto a la puerta en una postura militar, de guardia. Gwen volvió a darle un empujón a Molly para que reaccionara y se moviera.

Era una habitación común y corriente, mucho más austera que el resto de la casa. En cierta forma, le recordó al apartamento de Gwen. Había una chimenea en una de las paredes, la cual se encontraba apagada en ese momento, una cama arrumbada en un rincón, y una mesa con dos sillas en el centro.

Pero la habitación no estaba vacía. Había alguien esperándolos adentro. A Molly le tomó varios minutos reconocer a Lancelot Wence.

Su último recuerdo del chico era muy distinto al que tenía en ese momento frente a ella. El heredero de la familia Wence que ella había conocido en Hogwarts había sido un muchacho inmenso, fuerte y arrogante, con una mirada verde salvaje y una energía intimidante. Había sido el tipo de chicos al que temían los más pequeños. Un muchacho que no acostumbraba a pedir permiso ni perdón, porque nunca había tenido la necesidad de hacerlo.

Poco quedaba de ese chico abusivo que había sido capitán del equipo de Quidditch de Slytherin y novio de Hedda Le Blanc.

Seguía teniendo un porte imponente, con brazos gruesos y un pecho amplio, pero algo en él se había apagado. Ya no irradiaba esa seguridad que Molly había aprendido a asociar con las personas ricas y exitosas, que creen que pueden llevarse el mundo por delante sin ninguna consecuencia. Su piel tenía una coloración cetrina, enfermiza, como si hubiese pasado mucho tiempo bajo tierra y lejos del sol. Sus ojos verdes estaban opacos, sin brillo, rodeados por profundas y oscuras ojeras, y la tonalidad se asemejaba más al color del musgo que al de las esmeraldas.

Lo más impresionante era la cicatriz que le recorría todo un lateral del cuello. La herida tenía la forma de una media luna que al curar se había retraído de forma errática, dejando una marca impresionante, como si le faltara un trozo de carne. Desde la misma se extendían pequeños capilares azulados, como arañas bajo su piel. "Veneno" pensó Molly de inmediato.

—Gwen, cariño, ¿me harías el favor de traerle algo de beber a nuestra invitada? —le pidió Heros, mientras que se sentaba en una de las sillas y se cruzaba de piernas con un aire relajado. Antes de dejar la habitación, Rosier lanzó una última mirada rápida hacia Molly. Le pareció leer preocupación en sus ojos dorados.

—¿Qué hago aquí, Heros? —se atrevió a cuestionar Molly. El brujo chasqueó la lengua de manera despreocupada.

—Eso mismo me pregunto yo —dijo Heros con sorna. La invitó a ocupar el otro asiento que había frente a él. Molly se sentó con cautela, su atención siempre puesta en Heros, temiendo que si le quitaba la mirada aunque fuese solo por un segundo, éste se lanzaría sobre ella como una serpiente con los colmillos abiertos.

—Gwen me invitó —respondió de forma escurridiza Weasley. Heros soltó una risa baja, como un ronroneo felino.

—Gwen está convencida de que tú podrías ser de ayuda a nuestra causa —Morgan aprovechó que había nombrado a la sanadora—. Lleva meses insistiendo en tu… potencial —sus ojos relampaguearon al decirlo—. Pero... Gwen no es de aquí. No ha crecido en Inglaterra, como tú y como yo. No conoce nuestra historia… Nuestro pasado.

—Tal vez eso la convierte en una observadora más imparcial, ¿no, crees? —la defendió Molly con ferocidad. Heros hizo un gesto de asentimiento.

—Es posible —coincidió—. Pero de seguro que tú entiendes mi reticencia a incorporar dentro de mi selecto grupo de amigos a la hija de uno de los políticos más importantes de nuestra oposición, quien además, resulta ser una aurora.

—Renuncié al cuartel de Aurores —lo interrumpió Molly. Heros entornó la mirada, analítico.

—Sí, eso es lo que se dice —habló con esa serena fluidez, como si nada pudiese perturbarlo. Se inclinó hacia delante, apoyando los codos sobre sus rodillas y acortando la distancia que lo separaba de Molly—. Pero los dos sabemos que eso no significa que sea real.

Gwen volvía a entrar a la habitación, cargando con ella una bandeja que sostenía un único vaso cuyo contenido era negro y viscoso. De su superficie brotaba un vapor espeso. Depositó la bandeja sobre la mesa junto a Molly y dio un paso atrás, tomando prudente distancia.

—¿Qué es esto? —exigió saber Molly de inmediato. Cada fibra de su cuerpo le advertía que esa bebida no podía ser nada bueno. La sonrisa de Heros Morgan no hizo más que confirmar sus sospechas.

—Esa es una receta especial de nuestra querida Gwen aquí presente. La ha fabricado específicamente para ocasiones como ésta —le facilitó la respuesta Morgan, regodeándose en sus propias palabras, disfrutando de la tensión anticipatoria que generaban—. Esta poción nos permitirá saber si estás diciendo la verdad, Molly Weasley.

No era Veritaserum. De eso, estaba segura. Estaba familiarizada con la poción de la verdad. La habían usado en múltiples ocasiones durante su entrenamiento en Camelot. Era la única forma de preparar la mente y el cuerpo para enfrentarse a los efectos de la misma.

Esto era algo diferente. Algo que Molly nunca antes había visto. Algo que hacía que se le erizaran los vellos de la nuca.

—¿Y si me niego a tomarla? —continuó, desafiante, midiendo la situación. Heros levantó las manos en el aire, una expresión de resignación.

—No eres mi prisionera. No te he traído aquí obligada. Tú sola quisiste venir —le recordó con astucia Heros—. Pero si deseas continuar, ése es el camino —apuntó hacia el vaso negro y humeante. Molly tragó saliva.

—¿Qué sucederá si lo tomo? —preguntó, y esta vez, en lugar de mirar a Heros, buscó a Gwen.

La sanadora evitó intencionalmente encontrar sus ojos. Se mantenía con las manos cruzadas en la espalda, la mirada fija en un punto aleatorio en la pared, una expresión distante y profesional en el rostro que le recordó a sus primeros encuentros en San Mungo.

—Es una poción diseñada para agudizar los sentidos. Disminuirá tu umbral de percepción y serás más permeable a los estímulos externos —explicó de manera técnica. Sus ojos se encontraron brevemente con Molly, para luego desviarse a toda velocidad—. Sentirás todo con mayor intensidad a la habitual —agregó, su voz algo áspera al decirlo.

"Van a torturarme" supo leer entre líneas Molly. Se había imaginado que algo así sucedería en algún punto de su misión. Draco le había advertido que no sería tan sencillo infiltrarse. "Tendrás que pagar un precio doloroso para ser uno de ellos" le había dicho, aferrándose de forma inconsciente el antebrazo izquierdo donde todavía podían distinguirse los restos de la Marca Tenebrosa.

No, no era la perspectiva de atravesar alguna especie de prueba desagradable lo que la había tomado por sorpresa. Sino que Gwen fuese una pieza fundamental en ello. Que fuese ella, entre todas las personas, quien había preparado esa poción que aguardaba frente a ella. Se sintió extrañamente traicionada. Durante las últimas semanas, había llegado a creer que ella y Rosier estaban desarrollando una especie de vínculo cercano. Se había permitido confiar en la sanadora, y ésta la había guiado hasta allí para que la torturaran. "No seas tonta. Ella no es tu amiga. Nunca lo fue, y nunca lo será" se recordó mentalmente.

Estiró una mano hasta el vaso y lo tomó con decisión. El recipiente se encontraba tibio.

—Salud —dijo, alzando el vaso hacia Gwen, y sin dejar de mirarla, bebió todo el contenido. Una sombra cruzó el rostro de Rosier, pero la sanadora no atinó a moverse o siquiera a hablarle. Si sentía algún tipo de culpa o remordimiento, no lo exteriorizó en forma alguna.

Se había esperado que la poción tuviese un sabor espantoso, así que fue toda una sorpresa cuando no le sintió ningún sabor en absoluto. El líquido descendió con lentitud por su garganta, tibio y espeso. Se sentía como si se estuviese adhiriendo a los tejidos a medida que avanzaba.

—Átala —le ordenó la voz de Heros a Lancelot, haciendo un gesto con dos dedos en dirección a Molly.

No tuvo tiempo de quejarse. Lancelot había estado esperando la orden con varita en mano, y las sogas se enroscaron de inmediato en torno a los tobillos y las muñecas de Molly, sujetándola a la silla en un abrir y cerrar de ojos.

—Es por tu propia seguridad, cariño —le informó Morgan, guiñándole un ojo con malicia.

La poción terminó de recorrer su cuerpo, el calor que había generado disipándose gradualmente. Por una fracción de segundo, Molly creyó que no había funcionado. Todo se sentía exactamente igual que antes.

—Pruébalo —ordenó Heros. Incluso antes de que Lancelot hiciera algo contra ella, Molly supo que había funcionado porque la voz de Morgan llegó hasta sus oídos con una potencia inusual, resonando en el interior de su cabeza como si le estuviese gritando al oído.

Y entonces, llegó el golpe. Lancelot ni se gastó en usar magia contra ella. Su enorme puño impactó contra el abdomen de Molly como una roca, arrancándole el aire de los pulmones y quebrándola al medio.

Molly creyó que iba a perder el conocimiento con solo ese golpe. Se le nubló la vista, los ojos se le llenaron de lágrimas, y todo su cuerpo tembló con el eco de ese puño.

—Funciona —confirmó innecesariamente Lancelot, en un tono apático y vacío, haciéndose a un lado para que Molly quedase nuevamente cara a cara con Heros.

—Voy a hacerte algunas preguntas, preciosa —empezó a hablar Heros, poniéndose de pie y tronándose los dedos de ambas manos, como si estuviese a punto de ponerse a trabajar—. No me mientas. Voy a darme cuenta si lo haces, y no va a gustarte —le advirtió agachándose hasta que sus caras quedaron separadas a pocos centímetros.

Molly jadeó, intentando recuperar el aliento. Transcurrieron varios segundos hasta que su vista volvió a enfocarse y su cuerpo recuperó la tensión necesaria para sostenerse erecta en la silla. Levantó la mirada con una expresión desafiante, y Heros hizo una mueca complacido, retrocediendo un paso para que Lancelot pudiera acercarse una vez más.

Molly ya sabía que esperarse esta vez. Aún así, cuando el segundo golpe asestó en su costado izquierdo, un gemido de dolor rasguñó su garganta sin que pudiese evitarlo, mientras que una corriente de afilada agonía le atravesaba el tórax.

—¿Qué sabes de la Rebelión de los Magos? —preguntó Heros, sin esperar a que se recuperara. Tiró de su cabello hacia atrás, forzándola a levantar el rostro para mirarlo a la cara.

—Es un grupo de magos que quieren derrocar el Estatuto de Secreto Mágico —resolló Molly, debatiéndose por hablar y respirar al mismo tiempo. Cada inspiración que tomaba se sentía como una navaja clavándose en su costado izquierdo. —Los… los dirige un hombre que se hace llamar Mago de Oz. Son los responsables de los ataques en Hogsmeade y en Callejón Diagon… Y también en el Ministerio muggle —siguió hablando a través del dolor. Heros entornó los ojos. No se gastó en fingir sorpresa sobre el ataque al Ministro muggle.

—¿Qué más? —la presionó, tirando con más fuerza de su cabello. Molly gruñó, conteniendo las ganas de gritar. Se sentía como si le estuviesen arrancando el cuero cabelludo, despegándolo del cráneo con cada tirón que daba.

—Sé que tú eres parte de la Rebelión. Y también Zafira Avery. El Partido por el Cambio no es más que una fachada política —soltó con la esperanza de que eso fuese suficiente para que Morgan aflojara la tracción sobre su cabeza.

—Bien… Bien… —Heros mascó las palabras conforme. Le soltó el cabello, y la cabeza de Molly cayó hacia atrás, incapaz de sostenerse. Se balanceó con inestabilidad, intentando enderezarse.

Lancelot la volvió a golpear, esta vez con magia. El hechizo impactó sobre ella como una descarga eléctrica que la hizo convulsionar y curvarse de forma anormal, su espalda despegándose del respaldo de la silla y sus manos retorciéndose entre las ataduras.

No podía pensar. No podía respirar. No podía controlar su cuerpo. Las imágenes, los sonidos, todo a su alrededor se desvaneció. En su lugar, sólo quedó el más cegador de los dolores. Cada fibra de su cuerpo gritaba agónicamente, contrayéndose en espasmos eléctricos. Apenas era consciente de que sus muñecas y sus tobillos tironeaban de las ataduras provocando profundos cortes allí donde las sogas se aferraban a la carne. El dolor era tan intenso e incapacitante que enmascaraba incluso sus propios gritos desgarradores, que raspaban su garganta y retumbaban en sus oídos.

Incluso cuando el hechizo cedió, el dolor persistió como un fantasma sobre ella. Su cuerpo quedó temblando de forma involuntaria, desparramado sobre la silla como una muñeca de trapo. Las sogas que la sostenían a las patas y a los apoyabrazos eran lo único que evitaba que Molly se desplomara en el suelo.

—¿Eres una espía? —le preguntó Heros en un tono acaramelado. En medio de aquel desierto de agonía, la voz de Morgan se escuchaba como un oasis de salvación.

—N-no—graznó Molly. Le costaba hablar. Tenía la garganta en carne viva. Rogó porque su mentira se escuchara convincente.

Otro maleficio cayó sobre ella. Sus pulmones empezaron a sentirse pesados, húmedos. Molly jadeó, buscando un poco de aire. Pero no podía respirar. El agua inundaba sus pulmones, y trepaba por su tráquea, llegando hasta su boca. Escupía el agua, pero sin importar sus esfuerzos, el agua seguía brotando desde el interior de su pecho. Se estaba ahogando.

—¿Quién te envía? —le preguntó Heros, su voz un siseo, y esta vez Lancelot mantuvo el maleficio sobre ella, sin darle tregua, mientras aguardaban a que respondiera.

—Nn-nadi-ie… —intentó hablar Molly, entre gorgoteos sofocantes. El aire volvió a entrar en sus pulmones, y Molly inspiró entre accesos de tos con desesperación.

—Te estás excediendo, Heros —escuchó la voz de Gwen desde algún lugar de la habitación.

—Estoy haciendo mi trabajo. Te advertí que no sería algo lindo de ver, pero tú insististe en quedarte —fue la respuesta risueña de él. "Se está divirtiendo" cayó en cuenta Molly, en medio del terror.

—Vas a matarla —la voz de Rosier era apremiante. Esta vez, Morgan soltó una franca carcajada.

—Gwen, cariño, si fuese tan fácil matar a los Aurores, ya nos habríamos deshecho de todos ellos hace tiempo —le dijo de forma condescendiente—. No... Ellos son difíciles de romper —agregó de manera ansiosa. Para él, esto era un juego. Cuanto más se resistía Molly a quebrarse, más se divertía.

—Ya te ha dicho lo que querías saber —insistió Rosier.

La cabeza de Molly colgaba en ese momento hacia delante, su mentón rozándole el pecho, el cabello cayéndole por los costados desordenados, su frente empapada en frío sudor. Hizo un esfuerzo descomunal por torcer la cabeza hacia el sitio de dónde provenían las voces, cada músculo de su cuello quejándose al hacerlo.

Apenas podía vislumbrar la figura esbelta y elegante de Rosier entre la bruma de dolor que opacaba sus ojos. La sanadora se encontraba de brazos cruzados frente a Heros. Tenía el ceño fruncido en esa expresión que Molly le había visto en varias ocasiones cuando discutían sobre algún tema controversial, señal de que se estaba debatiendo internamente con algo.

—Tranquila. Pronto terminaré con ella —le prometió Morgan, desestimando su preocupación. —Solo necesito ver si lo que dice es verdad.

Algo en la forma en que dijo aquello último hizo que una corriente de puro terror recorriera el cuerpo de Molly. Había llegado el momento de la verdad. La prueba que definiría su futuro. Si lograba pasarla, sería uno de ellos. Si fallaba, la matarían.

—Haz tu mejor demostración, Lancelot —solicitó Heros, su voz cargada de sádica euforia.

Lancelot ni siquiera miró a Molly a la cara cuando disparó. La atacó con la indiferencia con la que se aplasta una cucaracha. Y si Molly había creído que los ataques anteriores habían sido dolorosos, aquel le demostró que todavía existían niveles de mayor sufrimiento para alcanzar.

Había cometido un error. Había creído que podía soportarlo todo. Que estaba lista para esto. No lo estaba. No había forma de estarlo. El dolor era incapacitante. Deseó morir.

—Mírame, Molly. Mírame a los ojos, y todo terminará —le prometió la voz dulce y seductora de Heros Morgan.

Apenas era consciente de la mano que le sostenía el mentón, manteniendo su rostro levantado. Abrió los ojos, y se encontró con la mirada victoriosa de Heros frente a ella.

El brujo se introdujo en su mente de forma violenta, haciéndole experimentar otro tipo de dolor completamente nuevo. Heros me metió dentro de ella como lo haría un intruso, sin pedir permiso y sin ningún reparo. Le daba lo mismo si destruía todo a su paso, con tal de encontrar lo que estaba buscando. Envuelta en una manta de agonía, agotada y resignada, a Molly le parecía imposible poder detenerlo. No podía resistirse al brutal frenesí que era el poder legeremente de Morgan. En el estado en que se encontraba, no tardaría en derribar todas sus barreras y acceder a todos sus recuerdos.

No.

No podía permitírselo. No se trataba simplemente de su vida. Si ella fracasaba, otras personas morirían por su culpa. Personas a quienes amaba. Personas inocentes.

No podía morir. No todavía. Tenía una misión que cumplir.

Reunió la poca fuerza que le quedaba, relegó el dolor a un segundo plano, y se concentró en Heros Morgan, hurgando dentro de su cabeza. Si Morgan quería ver, entonces ella le iba a mostrar.

Los recuerdos se desdoblaron uno tras otro, como una película en cámara rápida. Le mostró quién había sido ella: la hija del secretario del ministro de magia, la estudiante ejemplar, la duelista prodigio, la promesa del cuartel de aurores. Lo dejó ver sin limitaciones la privacidad de su vida familiar, la intimidad de sus amistades, las inseguridades de su adolescencia. Lo dejó recorrer cada rincón de la Molly Weasley que ella había sido hasta entonces.

Y después, le mostró la persona que podía ser: le mostró el dolor de las muertes que había presenciado, la incertidumbre del futuro que se avecinaba, el miedo a perder a las personas que amaba y el mundo en el que vivía. Le mostró la noche en el Ministerio muggle, cuando había cometido su primer asesinato, y cómo ese momento lo había cambiado todo.

Le mostró a Gwen Rosier. Le mostró el recuerdo de la primera vez que se habían conocido. Cómo la había revisado con delicado cuidado, cómo se habían sorprendido mutuamente. Le mostró la vez que se reconocieron en medio de una manifestación, entre cientos de rostros desconocidos. Le mostró las charlas que habían tenido en privado. Las miradas que habían cruzado. Las miradas que Molly le había dedicado cuando Gwen no le prestaba atención.

Gweneth Rosier era la razón por la que Molly Weasley estaba ahí. Ella había encendido la duda dentro de Molly, como una vela en medio de la oscuridad, y la había alimentado hasta convertirla en una gigantesca fogata.

El recuerdo de esa misma noche, de Gwen saliendo de su habitación llevando puesto un vestido negro, perfecta e inalcanzable, fue lo último que Molly vio antes de perder el conocimiento.


Un nuevo capítulo, para compensar que demoré mucho con el anterior.

¡No puedo explicarles cuánto me emociona haber llegado hasta este punto de la historia! En este capítulo interaccionan y se ensamblan personajes que tuvieron sus orígenes en el primer libro, allá por los Guardianes Negros, con otros que llevan años esperando pacientemente en mi mente a que yo les de forma. Poder juntarlos a todos en un mismo capítulo significa que finalmente, la historia que llevo años planificando, empieza a ensamblarse. Las pequeñas subtramas se van encontrando, alimentando a la historia central.

*Katya: este segmento generará mucho que hablar, lo sé. Me han preguntado mucho por Katya, y Rick... Y Jasper. Y Ted. Y sé que a muchos les gustaría que las tramas amorosas fueran más... ¿claras? Pero en mi humilde experiencia, las relaciones amorosas/sexuales rara vez son claras. Nos enamoramos de quienes no debemos, nos encontramos en momentos equivocados, nos reencontramos años más tarde y nos volvemos a separar. Nos amamos y nos odiamos. Y el amor no siempre significa sexo. Y el sexo no siempre significa amor. Y eso se ve un poco reflejado en este capítulo, donde vemos todo desde la perspectiva de Katya. ¿Hasta dónde podemos aislarnos de nuestros propios sentimientos? Los vínculos entre seres humanos exigen cierto grado de vulnerabilidad... En la amistad, en el sexo, en la pareja... ¿no creen? (Qué filosófica me puse). Volviendo a Katya, he intentado aclarar un poco cuál es su situación con Rick, y cuál también la situación entre Rick y Jasper. No sé si lo he logrado, ustedes me dirán jaja.

Podemos dividir esta escena en dos. La primera parte, de la cual ya hablé, y una segunda parte, donde entra en juego Dominique y su habilidad para rastrear. Y ustedes se preguntarán... G, ¿por qué decidiste incluir esta escena que no parece aportar demasiado en este momento particular de la historia? A lo que yo responderé: porque está relacionado con otro personaje que aparece más tarde en el capítulo, y de quién no teníamos noticias desde que Katya se escapó (cof cof Lancelot cof cof). Pero si aún con eso siguen sintiendo dudas, jugaré la carta que siempre juego: lo entenderán mejor en un par de capítulos.

*Molly: A estas alturas de la historia, creo que ya todos se han dado cuenta de que a Molly le pasan cosas con Gwen, ¿no? Por si quedaban dudas, creo que este capítulo termina de aclararlas. Sí, Molly es lesbiana. Lo cual confirma una vez más que ella y Jasper NUNCA tendrán una historia romántica (lo aclaro porque cada tanto surge alguien que me vuelve a preguntar si entre ellos hay algo, jeje).

Más allá de los pequeños guiños románticos que puede haber, esta escena está dirigida a otra cosa. Y es uno de los puntos claves en el desarrollo de este personaje. Diría que es el primer punto de quiebre para Molly.

Aparecen muchos personajes aquí, y empezamos a entender un poco el rol que juega cada uno dentro de la Juventud Rebelde. Confirmamos lo que ya sospechábamos: Zafira Avery y Heros Morgan ocupan lugares de prestigio dentro de este selecto grupo. Ponce ha tomado un nuevo rol junto a Zafira, y es una jugada política y estratégica más que romántica. ¿Recuerdan cuando Lancelot le dijo hace muuuucho tiempo a Hedda que había más de un motivo por los cuales él estaba de novio con Zafira? ;) Conocemos un poco más a Jolie Cartier (y créanme, no quieren joder con esta chica). Tenemos un vistazo rápido de Lancelot, desde la perspectiva de Molly (Sí, sobrevivió al ataque de Katya. Sí, sigue estando con la Rebelión. Sí, sigue torturando gente para ellos).

Y confirmamos que Gweneth Rosier es parte de la Rebelión. Y es una parte activa. Muy activa.

Dejaré de comentar porque creo que ya he dicho suficiente. Pero espero ansiosa a leer lo que ustedes tienen para decir.

Saludos,

G.

P.D 1: Los invito a escuchar la canción completa de "Heathens", por Twenty One Pilots. Aplica en un 100% a este capítulo.

P.D 2: Muy bien los chicxs de Telegram que se sintieron intimidados por mis amenazas y finalmente subieron sus reviews, jajaja. En serio, son los mejores lectores. :)