Capítulo 29: Reescribir las estrellas

You think it's easy
You think I don't wanna run to you.
But there are mountains
And there are doors that we can't walk through.
I know you're wondering why because we're able to be
Just you and me within these walls.
But when we go outside, you're gonna wake up and see
That it was hopeless after all.

No one can rewrite the stars
How can you say you'll be mine?
Everything keeps us apart
And I'm not the one you were meant to find.
It's not up to you,
It's not up to me,
When everyone tells us what we can be.
How can we rewrite the stars?
Say that the world can be ours
Tonight.

(¿Crees que es fácil?
¿Crees que yo no quiero correr hacia ti?
Pero hay montañas,
Y hay puertas que no podemos atravesar.
Yo sé que te preguntas por qué si somos capaces de ser
Solo tú y yo dentro de estas paredes.
Pero cuando salgamos, vas a despertar y ver
Que todo era inútil después de todo.

Nadie puede rescribir las estrellas.
¿Cómo puedes decir que serás mío?
Todo nos mantiene separados
Y yo no soy la persona que estabas destinado a encontrar.
No depende de ti,
No depende de mi,
Cuando todos nos dicen lo que podemos ser.
¿Cómo puedes rescribir las estrellas?
Decir que el mundo puede ser nuestro
Esta noche.)

Rewrite the stars – James Arthur, Annie-Marie


Rick la guió por los jardines cubriéndole los ojos con sus enormes manos morenas. A pesar de refunfuñar en varias ocasiones, Katya se dejó arrastrar por el brujo. Últimamente se había vuelto muy permisiva con él. A veces, incluso se olvida de que pertenecían a dos mundos incompatibles. Él tenía esa capacidad de hacerla olvidar muchas cosas con solo un beso.

Pero mientras caminaba con sus pies descalzados por la hierba reseca a causa del invierno, sus dedos hundiéndose en la tierra lodosa y fría, Katya volvió a recordar. Los recuerdos la envolvieron como una avalancha, asfixiándola transitoriamente.

La conectaba con su pasado, uno que por momentos le resultaba tan lejano que parecía pertenecerle a otra persona. Un pasado en el que sus pies siempre se habían movido descalzos sobre la tierra porque su madre le había enseñado que esa era la mejor forma de conectar con la fuerza que fluía desde el centro del mundo. Un pasado en el cual había aprendido a reconocer las vibraciones del suelo e identificar las amenazas y las bienaventuranzas. Un pasado en el que habían sido sus instintos los que la habían guiado, manteniéndola viva en un bosque que podía ser mortal para quien no lo conocía.

Su padre le había enseñado cada recoveco de ese bosque. Había corrido junto a su hermano por entre los árboles, trepando y saltando, intentando alcanzar las copas más altas y así conseguir la visión más panorámica. Se habían escabullido entre las chozas de la gente del Bosque, haciendo enojar a algunos de los mayores, pero siempre consiguiendo una sonrisa consentida de parte de la Reina Jazmín.

Katya había crecido, había perdido, había amado y había vuelto a sufrir sin despegar los pies del bosque.

Ahora, ese bosque no era más que humo y cenizas. Una tierra muerta donde nada volvería a crecer jamás. Manchada con la sangre de cientos de criaturas inocentes. Traicionada por su propia gente.

Sintió el olor a azufre antes de escuchar a las criaturas, menos aún verlas. Pero era un aroma inconfundible. Provenía de gargantas de fuego y humo, capaces de desatar el propio infierno en la tierra.

Como buena hija de un vampiro, Katya sentía respetuoso pavor al fuego. Ella no era inmortal, eso estaba claro. Pero tampoco era como el resto de los humanos, ni siquiera como los brujos. Ella podía resistir y persistir allí donde los demás perecían. Pocas cosas podías matarla en el acto.

El fuego era uno de ellas.

—Rick… dime que no estamos donde creo que estamos —le advirtió ella con cautela. Rick soltó una risita cómplice a su espalda.

—No te lo diré si no quieres escucharlo —evadió la verdadera intención de Kat.

Impaciente, Katya se removió la venda que le cubría los ojos. Efectivamente, Rick la había llevado hasta la Guardia de los Dragones. Así era como llamaban ahora a la parte del bosque que Charlie Weasley había adaptado para Lucifer y Pira, los dragones de los Fox.

—¿Esta es tu sorpresa? —exclamó Kat, sin poder mantener a raya su temperamento, y también su terror. La última vez que había visto a un dragón, éste había destruido su hogar con una bocanada de su enorme boca.

—Vamos, ven. Quiero que conozcas a Pira —le pidió él, ignorando su reticencia. Pero Kat se reusaba a moverse.

—¿P-por… por qué querrías eso? —lo miró anonadada. Rick volvió a reír, una carcajada amplia que lo obligó a tirar la cabeza hacia atrás, mostrando su cuello esbelto. Kat sintió un hormigueo extraño en la boca del estómago al verlo reír de forma tan abierta, sin restricciones.

El suelo tembló bajo sus pies, anunciando que algo inmenso se acercaba hacia ellos. Kat se agazapó, adoptando una postura instintiva de ataque. Una enorme cabeza de dragón surgió entre las ramas altas de los pinos, partiéndolas mientras avanzaba.

La criatura posó sus ojos amarillos sobre Rick y una bocanada de humo escapó de su boca inmensa mientras se acercaba a una impresionante velocidad para su gigantesco tamaño.

Katya estuvo a punto de gritarle a Rick que tuviese cuidado, paralizada por el terror que le había causado ver al dragón. Pero el animal, lejos de atacar a Richard, se desplomó frente a él con las alas plegadas y el pecho al descubierto para que Fox le hiciera caricias.

—¡Pero que hermosa está mi chica! —la felicitó Rick, sacudiéndole la región del abdomen con ambas manos, apenas haciendo que el dragón se meciese. —Ven, acércate —la llamó a Kat, haciendo una seña con la mano para que acortara la distancia.

—No, gracias. Estoy bien aquí —vaciló Kat, mirando a la dragona con cara de pocos amigos.

Pira se enderezó, irguiéndose sobre sus cuatro patas, sus ojos ambarinos observándola con curiosidad. Soltó una bocanada de humo que flotó hasta donde estaba Kat haciéndola toser.

—Pira, muéstrale a Kat lo que sabes hacer, ¿quieres? —sugirió Rick, frotándose las manos ansioso.

La dragona soltó un rugido juguetón y desplegó las alas. Kat volvió a retroceder, encogiéndose y cubriéndose el rostro con los brazos cuando el brutal animal sacudió las alas generando un viento huracanado a su alrededor. Pira se alzó en vuelo majestuoso, la figura de su cuerpo recortándose contra los últimos destellos de luz del día. Siguió elevándose hasta perderse de vista en las alturas, entre los picos de los árboles más antiguos y las nubes más bajas.

—¿No tienes miedo de que no regrese? —le preguntó Kat, aunque una parte de ella se sentía aliviada si eso sucedía. Los dragones seguían poniéndole los pelos de punta. Rick chasqueó la lengua de manera socarrona, burlándose de la sugerencia.

—Puedo sentirla —le aseguró Fox, y algo relampagueó en sus ojos verdes, una calidez especial que Kat solo le veía cuando hablaba de los dragones. —Pira no se irá sin mí.

Tenía razón. Tan solo unos segundos más tarde, la figura elongada e imponente de Pira descendió de entre las nubes para aterrizar con poca gracilidad junto a ellos, haciendo que el suelo bajo sus pies temblara.

Rick se acercó para acariciarle cariñosamente el hocico. Espirales de humo brotaron de los orificios nasales de la dragona mientras se deleitaba en el cariño de su domador. Kat observaba la interacción con indisimulable curiosidad.

De repente, Rick se aferró a las escamas más altas en el cuello de Pira, y apoyándose sobre su pata delantera, saltó hasta colocarse a horcajadas sobre el cuello del animal, como si se trata de un caballo.

—Charlie dice que Pira está lista para llevar jinetes —anunció Fox, su voz impregnada de paternal orgullo. Extendió una mano hacia Kat, quien lo miró con expresión desencajada.

—No se supone que salgamos de la Mansión —repitió Katya, lanzando una mirada de reojo hacia su espalda, como si esperara ser descubierta por alguien en cualquier instante.

—Será un vuelo rápido. Nadie notará nuestra ausencia —quiso convencerla, pero Kat movía la cabeza en señal de evidente negación —. Vamos, hay algo que quiero mostrarte.

—Richard… —intentó advertirle ella.

—¿Confías en mí? —le preguntó Rick con una sonrisa amplia y juguetona. Una invitación y una provocación al mismo tiempo. Kat maldijo por lo bajo, pero aceptó la mano extendida de Fox.

El fuerte muchacho tiró de ella con facilidad, colocándola a su espalda. De inmediato, Kat notó que no había mucho lugar del cual aferrarse. Las escamas de Pira era sedosas y estaban selladas de forma tal que parecía imposible despegar algún espacio entre ellas. En la parte alta de su cuello, allí donde comenzaba la cabeza, se distinguían una pequeños cuernos propios de un espécimen joven, pero lo suficientemente grandes como para que Rick pudiese sujetarse de ellos.

—Será mejor que te tomes de mi cintura —le advirtió Rick, guiñándole un ojo por sobre el hombro, justo antes de palmearle el cuello a Pira, dándole al señal de despegue.

Katya enredó ambas manos alrededor del torso de Richard, exprimiendo cada mínimo espacio que quedaba entre ellos, pegándose a su espalda aterrada. Cerró los ojos de manera instintiva al sentir que la dragona desplegaba sus alas una vez más y se alejaba del suelo.

Delante suyo, Rick se mostraba a gusto sobre el dragón. Kat podía oír cómo latía su corazón, enérgico y joven, en sintonía con el de Pira. Rick no necesitaba hablar para que Pira supiera lo que tenía que hacer. Era como si sus mentes estuviesen conectadas.

—Abre los ojos, Kat —le dijo Rick, una de sus manos tibias entrelazándose con los dedos rígidos de ella, aferrados como garras a su tórax.

Kat obedeció, parpadeando con lentitud. La imagen frente a ellos le robó el aliento.

Cientos de pequeños destellos, como luciérnagas, brillaban a sus pies, esparcidos a ambos lados de un inmenso río, marcando una ciudad como ninguna de ella hubiese visto antes.

Embelesada por la visión, Kat se olvidó momentáneamente que se encontraban a miles de metros por sobre el suelo, volando sobre el lomo de una criatura de fuego, salvaje y temperamental. Su cuerpo se relajó, suavizando la tensión con la que se había pegado a Rick, sus ojos abiertos enormes para captar todo el paisaje frente a ella.

Pira enderezó su curso, planeando con parsimonia sobre las nubes, apenas moviendo las alas lo necesario para mantenerse en la altura. Rick le acarició el cuello, una sonrisa complacida decorando sus carnosos labios. Pocas veces lo había visto tan a gusto como en ese instante. Ese era su lugar en el mundo, allí en los cielos, volando sobre un dragón. No en las claustrofóbicas paredes de la mansión.

Perdió noción del tiempo, y también del miedo. En algún punto entre una nube y la siguiente, entre una vuelta vertiginosa y un bajada brusca, Katya se encontró sonriendo.

—Es hermosa —comentó Kat, fascinada con la ciudad bajo ellos.

Rick torció la cabeza por sobre su hombro para mirarla. Una sonrisa suave se abrió paso en su rostro alegre.

—Sí. Es hermosa —repitió sin quitar sus ojos de Katya. La híbrida mantuvo su atención intencionalmente en el paisaje, fingiendo no percatarse de la punzante mirada de Rick.

A Kat le habría gustado quedarse allí toda la noche. A pesar de que siempre se había sentido más conectada con la tierra que con los cielos, apreciaba la libertad que acompañaba aquel vuelo. Una libertad que hacía mucho no experimentaba.

—¿Cómo es… sentir a un dragón? —le preguntó cuando volvieron a aterrizar en la mansión. Kat no sabía siquiera cómo llamar al inusual poder de los mellizos Fox.

—Es difícil de explicar —confesó Rick, rascándose la nuca—. Ella es parte de mí, y yo soy parte de ella. Somos uno, los dos —razonó de forma pensativa, el ceño apenas fruncido en un gesto de concentración que rara vez se apreciaba en su hermoso rostro. Sacudió la cabeza, alejando los pensamientos y recuperando su sonrisa—. Debes de pensar que he perdido la cabeza —se burló de sí mismo.

Pero Kat no se estaba riendo. En su lugar, lo miraba con renovado interés. Habitualmente, su vínculo con Rick se mantenía en un plano físico, ella siendo la principal responsable de que así fuera. Pero cada tanto, él se las arreglaba para mostrarle una faceta nueva que era incluso más encantadora que la que ya conocía. Y la barrera que los separaba se resquebrajaba, acercándolos un poco más.

—Todo lo contrario —le dijo Kat, la mirada perdida en el cielo allí donde minutos antes habían estado volando—. Creo que es una de las cosas más coherentes que te he escuchado decir desde que te conozco —Kat suspiró de forma acompasada, exhalando el aire e inhalando nuevamente con pausa y calma—. Con los años, los magos han crecido en arrogancia y han renegado de la naturaleza que les convierte en lo que son —explicó ella, manteniendo a raya la acidez que solía teñir su voz cuando hablaba de los magos—. Se han olvidado de que todos estamos conectados mediante la magia. Tú y Pira, no son la excepción. La misma magia que corre por tus venas fluye dentro de ella.

—Pero tú no lo has olvidado —puntualizó él.

—Yo soy una híbrida del bosque —señaló ella. Rick le dedicó una sonrisa socarrona.

—Y yo un domador de dragones —retrucó. Kat alzó una ceja desdeñosa.

—Háblame cuando hayas convivido con tu naturaleza el mismo tiempo que yo lo he hecho con la mía—lo desafió con una sonrisa afilada.

—Lo dices como si hubieses vivido décadas en el bosque —se rió Rick. Pero al ver el semblante impertubable de la muchacha, se quedó de piedra—. No me jodas —masculló, anonadado—. ¿Cuántas? ¿Tres? ¿Cuatro décadas? —atinó Rick, entornando los ojos para contemplarla con mayor detalle, como si quisiese predecir su edad por su aspecto físico.

—Intenta mejor seis —lo corrigió Danilova.

—Mierda —Rick estaba boquiabierto. Kat rió por lo bajo—. Me encanta escucharte reír —le reveló él de forma inesperada—. Deberías hacerlo con más frecuencia. Hay algo en tu risa… Algo…

—¿Mágico? —completó la frase Katya, con sorna. A pesar de que intentó mostrarse indiferente, no pudo esconder la triste nostalgia de su voz. —Una de las ventajas de ser mitad vampiro. Tu voz tiene la capacidad de hechizar a las criaturas que la escuchan, atontándolas para volverlas presas más fáciles —explicó de forma práctica.

—Cómo me gusta cuando me hablas sucio —bromeó Rick con su habitual despreocupación.

Kat chasqueó la lengua, intentando mostrarse seria. Era importante que él lo entendiera. Que fuera consciente de quién era ella. De qué era ella. Porque las barreras que los habían distanciado en un comienzo empezaban a difuminarse, y Kat temía que Rick estuviese perdiendo el norte. Más grave aún, temía estar perdiéndolo ella también.

—¿Por qué me llevaste a volar contigo? —disparó, rompiendo el clima relajado y alegre con el que habían aterrizado. Rick se encogió de hombros.

—Quería mostrarte Londres desde una perspectiva diferente —respondió con simpleza.

—¿Diferente a la que yo tengo de la ciudad? ¿O de ti? —leyó astutamente entre líneas. Rick le dedicó una mirada de reojo.

—No todos los magos somos malos, ¿sabes? —dijo Fox, inusitadamente vulnerable—. Si me dieras la oportunidad, podría demostrártelo.

Kat se mordió el labio, una corriente de culpa envolviéndola. Suspiró, sintiéndose repentinamente agotada. Cansada de los conflictos, de las guerras y los prejuicios. De los años de persecución y temor. De las muertes y los resentimientos. El peso de aquellas seis décadas se sentía enorme sobre sus hombros, imposible de olvidar aunque quisiese hacerlo. ¡Y cómo quería olvidar! Cada mañana cuando despertaba junto a Rick, deseaba poder olvidar todo aquello que los hacía tan diferentes, que los distanciaba y los diferenciaba.

—Eres un buen hombre, Rick —le aseguró Kat.

—¿Entonces por qué sigues alejándome de ti? —la interrumpió el moreno, las palabras amargas en su boca.

—Porque esto no es real —estalló Kat, sus palabras filosas cortando el aire nocturno, silenciando a Fox como un cachetazo—. Tú y yo… No somos reales. Solo existimos aquí, en esta Mansión, aislados del mundo. Pero jamás sobreviviríamos allí afuera —dijo apuntando con la mano en dirección hacia donde sabía que se encontraba la ciudad que tan solo minutos atrás habían sobrevolado.

—¿Por qué eres una híbrida? —preguntó Fox con frío sarcasmo, una risa sin humor haciendo ondular las palabras.

. Porque soy una híbrida —confirmó Kat con fiereza. Sus ojos centellaron con el escarlata de su mitad animal, pero Rick no se amedrentó.

—Empiezo a creer que eso no es más que una excusa para aislarte de las personas que te quieren —retrucó él, alzando el mentón desafiante.

—No tienes idea de lo cruel que puede ser el mundo con personas como yo —siseó Katya, enfurecida.

—¿Crees que eres la única? —era la primera vez que veía a Richard enojado—. Mira a tu alrededor, Kat. El mundo puede ser una puta mierda para todos por igual. Pero si tienes un poco de suerte, en el camino te cruzarás con personas que harán que todo se sienta un poco menos mierda… Solo porque ellos están allí contigo —Rick le hablaba con un fervor que iluminaba su mirada—. Y cuando eso sucede, no las alejas, sino que te aferras a esas personas. Y las cuidas con tu vida si es necesario. Porque son quienes hacen que todo valga la pena, Kat.

—¿Vas a decirme que yo soy una de ellas? —exclamó en un tono excesivamente sarcástico, rozando lo cruel. Lo supo por la forma en que el rostro de Rick se contrajo, herido.

—Si no estuvieras tan pendiente de aquello que nos hace diferentes, sabrías la respuesta —le dijo con frialdad.

Katya no supo qué responder, y Rick tampoco se quedó a esperar su respuesta. Se marchó antes de que ella tuviera tiempo de procesar lo que le había dicho, dejándola aturdida y sintiéndose más vulnerable de lo que se había sentido en años.

Decenas de respuestas se le vinieron a la mente, y una a una las fue desechando. Porque dentro suyo, sabía la verdad. Porque sabía que en algún punto, entre aquella primera vez en Navidad y el vuelo sobre Pira de esa noche, el vínculo entre ellos había mutado. Y sin importar cuanto se repitiera que lo suyo con Rick era solo algo físico, hacía tiempo que había dejado de ser simplemente sexo. Había ignorado las señales, y había escapado tanto como había podido de ello.

Pero de forma gradual, a base de sonrisas socarronas y comentarios picantes, de caricias nocturnas y de besos robados, de vuelos sobre dragones y charlas insignificantes, Rick se había abierto paso a través de todas sus murallas.

"No hay forma de que esto termine bien" se dijo mentalmente, mientras caminaba sola de regreso a la mansión.

A lo lejos, escuchó el rugido de uno de los dragones. El recuerdo de Londres titilando a sus pies, diminuta e inmensa al mismo tiempo, volvió a su memoria, acompañado por un sentimiento de vértigo que nada tenía que ver con la reciente experiencia de vuelo.


Había esperado toda su vida para ese momento. O al menos, desde que tenía recuerdos. Había montado su primera escoba de juguete antes de cumplir el año de edad. Había alentado a su madre desde las gradas del estadio de las Hollyhead Harpies cuando todavía usaba pañales. Y había estado obsesionado con el quidditch desde entonces. Se había pasado su primera infancia jugando con sus primos en el patio trasero de la madriguera. Se había caído incontables veces de su escoba, y siempre se había vuelto a levantar.

Ese día no sería la excepción. Era su oportunidad de mostrar lo que era capaz de hacer sobre una escoba, y no pensaba desperdiciarla. Había muchas cosas que James Potter ya no podía hacer, sobre todo después de caer en el Lago. Era consciente de que su poder como mago estaba limitado, y que sin importar cuánto se esforzara, eso nunca cambiaría.

Pero todavía podía volar. Y era condenadamente bueno haciéndolo.

La final con Hufflepuff llegó para los últimos días de Febrero. Para entonces, el clima invernal había comenzado a menguar, y la mañana del partido amaneció con un cielo despejado y un sol tibio sobre Hogwarts. Un día perfecto para jugar quidditch.

Tal como Oliver Wood les había anunciado a principios de la temporada, un grupo de reclutadores del Puddlemore llegaron para ver la esperada disputa del Torneo de Quidditch de Hogwarts, en lo que prometía ser un partido para el recuerdo.

El equipo de Pipa Caldwell llegaba a la final en la cumbre de su desempeño, invictos y confiados en el impecable desempeño de su jugadora estrella: Sophie Dixon. La buscadora de Hufflepuff había demostrado su habilidad no solo sobre la escoba, sino también como estratega al derrotar al hermano de James en el último partido, eliminando definitivamente a Slytherin de la competencia de forma humillante.

Pero Hufflepuff todavía tenía que jugar contra Gryffindor para poder declararse como campeón, y James no estaba dispuesto a entregarle esa copa sin antes pelear con uñas y dientes.

Lo cierta era que Caspian Volts, el buscador de Gryffindor, no estaba a la altura de juego en que se encontraba Sophie Dixon. Pero Caspian era solo un jugador. James contaba con otros seis jugadores para hacer una diferencia. Y planeaba aprovecharla al máximo.

Así que esa mañana, salieron a jugar el último partido de la temporada con un objetivo claro: retrasar la captura de la snitch el tiempo suficiente para que los cazadores de Gryffindor marcaran los puntos necesarios para ganar, incluso perdiendo la esfera dorada.

Era una estrategia compleja, sobre todo porque el equipo de Hufflepuff contaba con cazadores decentes, incluido su propio primo Hugo. Pero James se sentía confiado en que él y Louis podían superarlos. Llevaban años jugando juntos. No necesitaban siquiera hablar para saber qué esperar del otro. Ese era un tipo de conexión que tomaba mucho tiempo desarrollar, y que sin importar cuánto esfuerzo Pipa Caldwell pusiera en su equipo, no podía alcanzarlo en tan solo un par de temporadas.

Y durante la primera mitad del partido, dio toda la apariencia de que conseguirían llevar su plan adelante. Gryffindor arrasó con los puntos, dejando el marcador en 200 puntos contra 40 a su favor, un punto idea para empezar a rastrear la pelota dorada y liquidar el juego.

Pero Pipa Caldwell no era fácil de timar. No iba a caer tan fácilmente en la trampa de Potter. Esperó con cautela hasta que James y Louis se sintieron confiados de sus jugadas, y entonces, lanzó a sus dos Golpeadores contra ellos.

James se pasó la siguiente media hora intentando librarse de las brutales bludgers que le llegaban sin cesar, interrumpiendo todas sus jugadas, bloqueándolo cada vez que intentaba asestar, obligándolo a hacer jugadas ridículamente peligrosas para seguir sumando puntos.

Era difícil contener a Sophie Dixon y al mismo tiempo asegurarse de proteger el juego. El equipo de Gryffindor comenzaba a sufrir las consecuencias de su estrategia. Sus Golpeadores se vieron obligados a retroceder para proteger a los cazadores, y Caspian Volts quedó mano a mano contra Sophie.

La diferencia que habían obtenido en las primeras horas se recortó durante las siguientes jugadas de Hufflepuff, dejando el puntaje lo suficientemente cerca como para que, si Sophie atrapaba la snitch, entonces el partido fuera de ellos.

James contuvo el aliento cuando reconoció a Dixon lanzarse en picada por el campo, un mancha amarilla y negra avanzando a una velocidad inverosímil hacia las gradas inferiores. Caspian Volts la seguía varios metros por detrás. Los Golpeadores, demasiado entretenidos intentando proteger a los cazadores para que sigan marcando puntos, habían dejado descubierta a la principal amenaza.

No se atrevió a mirar. No tenía el estómago para verlo. Aún sostenía la quaffle en su mano, y la lanzó contra los aros de Hufflepuff, pero su Guardián poca atención le prestó. Marcó un gol sin la menor resistencia. Todos estaban pendientes de la verdadera estrella de ese partido: Sophie Dixon, la joya de Hufflepuff.

Escuchó el estadio estallar en aplausos y vítores cuando finalmente sucedió lo que James sabía que era inevitable: Sophie había atrapado la snitch. Levantó la cabeza hacia el marcador que señalaba los puntos acumulados por ambos equipos.

¡VENITE PUNTOS! ¡HUFFLUFF LE ARREBATA EL TORNEO AL EQUIPO DE LOS LEONES POR UNA DIFERENCIA DE SOLO 20 PUNTOS! —comentaba el nuevo relator, un chico de Ravenclaw con una tendencia de remarcar con particular entusiasmo datos que era evidentes.

James voló de regreso a tierra firme sintiéndose extraño, como si todo aquello fuese simplemente un mal sueño en el que él era un espectador. Pipa Caldwell festejaba con el resto del equipo que la sostenía en el aire mientras ella mostraba la copa bien en alto para que todos pudieran verla, y luego se la entregaba a Sophie Dixon, no sin antes llamarla "mi jugadora estrella sin quien nada de aquello habría sido posible".

Oliver Wood caminaba en ese preciso momento en dirección hacia el equipo de Hufflepuff, acompañado por lo que seguramente era la comitiva de reclutadores del Puddlemere. Como era de esperar, querrían hablar con los jugadores del equipo ganador. Uno de ellos observaba a Sophie Dixon con expresión codiciosa, como quien acaba de descubrir un diamante en bruto.

Sintiendo que cada segundo que seguía allí se le clavaba como un aguijón venenoso y doloroso, James decidió abandonar el campo y refugiarse en la tranquilidad de los vestuarios.

Se metió dentro de uno de los cubículos todavía con la ropa colocada y abrió el grifo, dejando que el agua, aún fría, le cayera sobre la cabeza y sobre las prendas, empapándolas y adhiriéndolas aún más a su piel, haciéndolo tiritar. Se quedó allí, con las manos apoyadas contra los azulejos blancos y la cabeza gacha, el agua escurriéndose por su ropa, sin moverse ni hablar, hasta que finalmente alguien se atrevió a interrumpirlo.

—¿Planeas flagelarte mucho tiempo más? —le habló Louis, del otro lado de la puerta.

—Lo he echado a perder. Era mi única oportunidad de demostrar lo que soy capaz, y la arruiné, Lou —gruñó James, aunque su voz sonó más parecida a un lamento.

Su primo abrió la puerta de la ducha, sin importarle si su amigo se encontraba vestido o no. Caminó hasta el grifo y lo cerró. Luego, colocó una toalla alrededor de sus hombros y lo guió hacia uno de los bancos para que se sentara. Se arrodilló frente a él, mientras le desenredaba los cordones del seguridad del equipo que protegía sus piernas.

—No lo has echado a perder —lo regañó Louis con amabilidad, mientras terminaba de sacarle el equipo de una pierna y se disponía a liberarle la otra—. Nunca antes te había visto jugar de la forma en que lo hiciste hoy, James. Estabas volando a otro nivel, muy por encima de cualquiera aquí.

—Pero no pudimos ganar el partido —siguió quejándose Potter. Louis se encogió de hombros.

—Algunas veces nos toca perder. Pero eso no quiere decir nada. Esta no es tu primera derrota, y no será la última tampoco. Las Ligas Profesionales tendrían que estar locas para no reclutarte como parte de sus equipos —le prometió Weasley, con absoluta fe.

—Gracias, colega —James intentó sonreír, pero no sentía la misma confianza que su primo. Louis se enderezó frente a él y le palmeó el hombro de manera fraternal.

—¿Quieres un rato más a solas? —le ofreció Weasley con complicidad. James aceptó la oferta.

—Dile al equipo que estoy orgulloso de ellos, ¿quieres? —agregó Potter antes de que Louis abandonara los vestuarios.

James suspiró y comenzó a desvestirse. Se colocó la ropa seca con parsimoniosa lentitud, prolongando al máximo cada segundo allí adentro. Sabía que una vez afuera, tendría que enfrentarse con la cruda realidad de su incierto futuro.

Estaba terminando de atarse las zapatillas cuando sintió que la puerta del vestuario volvía abrirse detrás de él. Meneó suavemente la cabeza pensando que se trataba de Louis, que otra vez volvía para insistirle en que se uniera al resto del equipo como solían hacer después de cada partido.

—No vas a darte por vencido, ¿eh? —masculló James hacia la habitación, sin girar a mirarlo.

—Mi reputación no me lo permite, señor Potter —le dijo una voz que no se correspondía con la de Louis, pero que le resultó extrañamente conocida.

James se enderezó de inmediato y giró para enfrentarse al recién llegado. Un hombre de mediana edad, alto y robusto, con el cabello castaño salpicado de mechones blancos, vestido con ropa deportiva y pulcra, le devolvió la mirada. Una expresión risueña decoraba sus rasgos surcados de finas arrugas consecuencia de exposición prolongada a la intemperie propio de quien se ha pasado mucho tiempo al aire libre, bajo las inclemencias del sol y el viento.

Había un motivo por el cual James reconocía esa voz: se trataba nada menos que de uno de los miembros de la comitiva del Puddlemere United que había llegado esa mañana. Su nombre era Sebastian Casco, ex cazador del equipo y comentarista de los partidos de la Liga de Quidditch de Gran Bretaña e Irlanda. Y mucho más importante, Sebastian era un reconocido reclutador de jóvenes y nuevas promesas del quidditch. Él había estado detrás del fichaje de Chelsea Whitestone con las Hollyhead Harpies, y por lo poco que sabía James, aún seguía siendo su representante.

—Señor Casco, disculpe. Pensé que era mi primo Louis… —se apresuró a justificarse James, sintiéndose repentinamente nervioso.

—El chico pelirrojo —identificó velozmente el ex cazador—. Menudo dúo ustedes, ¿eh? —agregó, guiñándole un ojo.

—¿Gracias? —James no estaba seguro de comprender lo que estaba sucediendo. Casco chasqueó la lengua, restándole importancia con la mano.

—He estado esperándote un largo rato, pero al ver que no salías, me tomé el atrevimiento de venir a buscarte, y de paso comprobar que no te habías ahogado en las duchas —aclaró Sebastian en un tono jocoso.

—Oh —fue todo lo que pudo decir James, todavía de pie con las agujetas de una de sus zapatillas sin anudar y la boca abierta.

Al ver que Potter no daba señales de moverse, Sebastian avanzó para sentarse en uno de los bancos cercanos e hizo un gesto para que él lo imitara. James sentía el cuerpo extrañamente entumecido y lento.

—Supongo que sabes quién soy —dijo Sebastian. James asintió con la cabeza, tragando saliva con dificultad.

—Su último campeonato con los Puddlemere fue uno de mis favoritos, señor —confesó James con voz un tanto áspera. Sebastian arqueó las cejas.

—Perdimos ese campeonato contra las Harpies —recordó Casco.

—Lo sé, señor —una pícara sonrisa curvó la boca de James. Su comentario descarado arrancó una carcajada de Casco, todo su cuerpo temblando mientras reía, ambas manos aferrándose el abdomen.

—Me gusta tu actitud, Potter —reconoció Casco una vez que cedió el acceso de risa—. Se necesita tener carácter si quieres triunfar en este deporte —continuó. Hizo una pausa para dedicarle una mirada significativa—. ¿Has pensado alguna vez en dedicarte al quidditch de forma profesional?

—Desde que tengo memoria, señor —confesó con absoluta sinceridad James.

La sonrisa en el rostro de Casco se ensanchó. Se llevó una mano a la chaqueta y sacó una tarjeta para entregársela a James. El nombre de Sebastian Casco brillaba en elegante caligrafía violeta sobre la misma, seguida de una dirección para llamadas flú.

—Dile a tu representante que se comunique conmigo para conversar sobre tus opciones —sugirió Sebastian, mientras se ponía nuevamente de pie.

—No tengo representante —esta vez, James reaccionó veloz. Notó cómo los ojos de Casco lo escudriñaban aún con mayor interés, casi relamiéndose en el descubrimiento.

—Eso tiene fácil solución —le prometió el ex jugador y reclutador, sus ojos chispeantes de anticipación—. Voy a convertirte en una legenda del quidditch, Potter.

—Lo llamaré en la semana, entonces —aceptó la oferta James, encantado. Casco hizo una inclinación de cabeza a modo de despedida.

James no caía en lo que acababa de sucederle. Tan solo unos minutos atrás, había estado convencido de que su futuro como jugador de quidditch había llegado a su fin. Y ahora, Sebastian Casco no solo se ofrecía a ser su representante, sino que le prometía un lugar en la liga y en la historia del quidditch.

Abrumado por la montaña rusa de emociones, y todavía rumiando mentalmente la conversación que acaba de tener lugar mientras daba vueltas a la tarjeta de Casco entre sus dedos, James salió del vestuario sin prestar demasiada atención a sus alrededores. No se dio cuenta de que había alguien más aguardándolo hasta que estuvo a pocos metros de ella.

Hedda Le Blanc se encontraba en el camino lateral que comunicaba el campo de quidditch de regreso con el castillo. Estaba acurrucada debajo de uno de los árboles que lindaba el camino, con la cabeza inclinada hacia atrás apoyada contra el tronco y el rostro apuntando hacia el cielo, sus ojos celestes cerrados. El árbol había perdido todas sus hojas durante el invierno y el sol si filtraba con facilidad entre sus ramas raquíticas, alcanzando la blanca e impoluta piel de la muchacha, iluminándola. Vestía una túnica simple, y cualquier otra persona habría estado tiritando con tan poco abrigo en la intemperie. Pero no ella. Ella lucía a gusto allí, bajo el sol de finales del invierno, sola y en paz. Una estatua de mármol imperecedera y hermosa. Una criatura tan humana, y al mismo tiempo, tan diferente.

Le gustaba contemplarla cuando ella creía que nadie la miraba. Se quedaba mirándola como hechizado, olvidado de todo. Y ese día no era la excepción. El quidditch. La derrota. Las victorias. Sus frustraciones e ilusiones. El futuro. El pasado. Todo quedó momentáneamente en el olvido, relegado por la presencia mágica que era Hedda para él.

Los labios purpúreos de Hedda se torcieron en una suave sonrisa mientras su pecho se inflaba con una profunda inspiración. Torció la cabeza hacia James y abrió los ojos. James le sonrió de regreso.

—¿Has estado aquí todo este tiempo? —articuló Potter con voz ronca, caminando hacia ella. El sol había empezado su camino de descenso por el cielo, lo que significaba que estaba atardeciendo. Habían pasado horas desde que el partido había llegado a su fin.

—Ven conmigo —le dijo ella con una expresión enigmática en el rostro, y al ponerse de pie James la vio extender frente a ellos su propia Capa de Invisibilidad.

—¿Cómo has conseguido eso? —exclamó con ojos enormes, pero Hedda se limitó a acentuar si misteriosa sonrisa y a sacudir la capa invitándolo a acercarse.

James obedeció con docilidad, intrigado y fascinado por aquella versión de Le Blanc. La chica los envolvió a ambos bajo la capa, ocultándolos así de cualquier posible mirada curiosa. La última vez que habían estado ocultos bajo la capa había sido durante su primera cita, cuando se habían escabullido en escobas para conversar en la tranquila soledad de las afueras de Hogsmeade.

No tomaron el camino de regreso al castillo. En su lugar, Hedda se encaminó hacia la primera línea de árboles del Bosque Prohibido, en la zona donde habitualmente tenían lugar las clases de Cuidados de Criaturas Mágicas. Hagrid había hecho un excelente trabajo con aquella región del Bosque, y con la colaboración de los centauros, la habían convertido en una pequeña reserva de animales mágicos y zona de cultivo para plantas medicinales. El Bosque Prohibido seguía estando fuera de los límites que los estudiantes podían explorar sin la compañía de un adulto responsable, pero al menos aquella primera línea no suponía un peligro mortal para los alumnos curiosos, como James… Y por lo visto, también Hedda.

Los pies de Hedda se deslizaban sobre el césped reseco sin emitir sonido alguno. A veces, James sentía que podía pasarse horas enteras apreciando la sutileza que existía en la magia de Hedda. Deleitándose con la forma en que se movía, la velocidad de sus reflejos, la palidez casi traslúcida de su piel, el brillo rojizo que adquirían sus ojos cuando las emociones la desbordaban…

—Llegamos —dijo por fin Le Blanc, tirando para descubrirlos y permitiéndole ver lo que se abría frente a ellos.

Había montada un pequeña tienda en medio de los árboles, una estructura improvisada con algunas maderas, una sábana y un poco de magia. La mirada de James saltó de la tienda hacia Hedda, y de regreso a la tienda. Su novia le hizo un gesto con la mano invitándolo a entrar, sus ojos celestes sobrecargados de ansiosa expectativa.

En el interior de la tienda ardía una pequeña lámpara con fuego mágico. Había varias mantas abrigadas colocada sobre el suelo a modo de alfombras, y sobre la misma había apoyados varios platos con la comida favorita de James. Había pastel de carne, emparedados de queso, cerveza de manteca, golosinas de Honeydukes…

—¿Tú hiciste todo esto? —se sorprendió Potter, girando a mirarla. Las mejillas de Hedda se tiñeron de rosado, dándole un aire encantador.

—Iba a ser una sorpresa para festejar si ganabas… Pero también es una buena opción para escaparte cuando tienes ganas de estar a solas. Más cómodo que los vestuarios —dijo Hedda, peinándose el largo cabello negro detrás de la oreja, en un movimiento inusualmente nervioso para ella.

—Es perfecto —le aseguró James, caminando de regreso hacia ella y entrelazando sus brazos alrededor de su cintura. Notó cómo Hedda se relajaba entre sus manos, un suspiro silencioso de alivio escapando su pecho.

James se inclinó hacia delante para besarla. Sin importar cuántas veces sus labios se encontraran con los de Hedda, siempre se sentía como algo nuevo y excitante. Helados al primer contacto, James sentía cómo lentamente cobraban vida para acomodarse a los suyos, absorbiendo su calor. Le gustaba recorrerlos con su lengua, morderlos suavemente con los dientes, descubrir cada rincón de ellos.

Animada por la positiva reacción de James, Hedda lo guió hacia el interior de la tienda. Se sentaron sobre las mantas y probaron todo lo que había en el interior. Durante varios minutos, se limitaron a disfrutar de la mutua compañía, olvidados del partido de quidditch que acaba de tener lugar. Se desafiaron a comer las grageas más desagradables de la caja, compartieron uno de los emparedados de queso, persiguieron a una rana de chocolate que se escapó de su caja, e intercambiaron tarjetas de magos famosos para sus respectivas colecciones.

James se sintió de regreso en aquella primera cita con Hedda. Alejados de la civilización de Hogsmeade. Solos en el bosque, conversando y riendo, conociéndose el uno al otro, descubriendo nuevas cosas de las cuales enamorarse. Y pensó que podía pasarse toda la vida así, en una tienda con Hedda, compitiendo por ver quien se terminaba más rápido su cerveza de manteca o discutiendo sobre quién merecía el premio a mejor Jugador de la Liga de Quidditch este año.

—Lamento que perdieran el partido —dijo de repente Hedda, rompiendo la burbuja de aislamiento en la que habían flotado hasta entonces. James tragó saliva. El fracaso seguía siendo algo con lo que le costaba lidiar. Pero no todo había sido malo aquel día.

—Ya habrá otros partidos —le respondió con autosuficiencia.

—Claro que habrá. Estoy segura de que surgirán nuevas oportunidades en el futuro —coincidió Hedda, mientras le daba un mordisco a una rana de chocolate.

—Como tener a Sebastian Casco de representante, por ejemplo —sugirió James de manera casual.

—Sí, claro, como tener a… —empezó a repetir Hedda, pero se interrumpió de forma brusca a mitad de la frase, levantando la mirada atónita para enfocarla en él.

James le sonrió de forma significativa y Hedda soltó un chillido de emoción, llevándose ambas manos a la boca. Potter metió la mano en el bolsillo de su ropa y sacó la tarjeta de Sebastian Casco para mostrársela. Los ojos de Hedda se abrieron inmensos, sorprendidos y emocionados en partes iguales.

—Oh, James —fue todo lo que pudo decir, la voz quebrada, mientras se abalanzaba hacia él para envolverlo en un firme abrazo.

—Lo conseguí, Nívea —susurró él contra su cabello, también emocionado—. Voy a jugar quidditch profesional —dijo en voz alta, probando cómo sonaban esas palabras pronunciadas por su propia boca.

—Jamás dudé de que fueras a hacerlo —le respondió ella con fiereza.

James le tomó el rostro con ambas manos y volvió a besarla. Su boca todavía tenía sabor a chocolate. Y de todo lo que había dentro de esa tienda, no había nada que James ansiara más que a ella.

Hedda le devolvió el beso con igual energía, sus labios buscándolo cada vez con más ahínco, recorriendo no solo su boca sino también su cuello, deslizándose suavemente hasta el hueco de su clavícula, arrancando un gemido ronco de la garganta de Potter.

Sus labios volvieron a encontrarse, mordisqueándose con suavidad. Sus respiraciones aceleradas chocaban a medio camino, formando pequeñas nubes de vapor frente a sus rostros. Sus manos ansiosas empezaban a deslizarse por debajo de sus ropas, buscando tocarse. James sintió los dedos fríos de Hedda abrirse paso por su espalda y se estremeció de placer.

Hedda despegó su boca de él, recuperando el aliento, aprovechando la pausa para mirarlo a los ojos. Tenía las pupilas dilatadas, el azul de su iris apenas de línea delgada en el borde. James podía leer el deseo en esa mirada, y aquello sólo consiguió acelerarle aún más la sangre.

Consciente del efecto que estaba teniendo sobre él, Hedda retrocedió unos centímetros, manteniéndose al alcance de James pero consiguiendo suficiente espacio como para moverse. Sus manos de largos y pálidos dedos se movieron con lentitud hacia su propia túnica, y James se quedó observándola hechizado mientras ella de desabrochaba los botones de la misma, deslizándola con cuidado por sus hombros, hasta dejarla caer a un costado.

James tragó saliva sintiéndose repentinamente nervioso. Había estado a solas con varias mujeres antes de Hedda, y sin embargo, ese momento se sentía completamente nuevo. Volvía a ser un adolescente inexperto y torpe frente a una muchacha que lo miraba con ojos anhelantes.

Quería tocar cada centímetro de su piel, explorar cada rincón de ese cuerpo hasta aprendérselo de memoria. Quería hacerla vibrar de placer y escucharla gremir de alegría. Quería sostenerla entre sus brazos mientras alcanzaba el clímax y susurrarle al oído cuánto la quería. Quería estar dentro de ella y quedarse allí hasta perder el conocimiento, abrumado por su propio éxtasis.

La quería a ella. A Hedda. Más de que nunca había querido a ninguna otra. Más de lo que nunca había imaginado que podía querer a alguien.

No se atrevió a hablar. No podía siquiera articular las palabras correctas. Se limitó a mirarla, buscando en ella las respuestas que necesitaba. Hedda le sonrió y estiró una mano hacia él, una silenciosa invitación.

James la tomó y sintió esa corriente eléctrica que siempre lo invadía cuando sus manos se tocaban, cuando su magia se encontraba, sacando chispas del aire, encendiendo un fuego en el invierno que los rodeaba.

Dejó que sus dedos acariciaran con veneración la piel de sus muñecas, avanzando con cautela por sus brazos pálidos, deleitándose al ver cómo se le erizaban los vellos al contacto. Sus manos parecieron recordar lo que debían hacer, recuperando su destreza, alcanzando los hombros de Hedda, arrancándole pequeños jadeos mientras descendía con agonizante lentitud por su pecho, dibujando las suaves líneas de su cuerpo. Con la paciencia de un escultor, James terminó de desvestirla, depositando suaves besos sobre las porciones de piel que iba descubriendo, deteniéndose de a pequeños intervalos para comprobar que Hedda aprobaba su labor.

Las manos de ella no tardaron en encontrar el camino hacia él, despojándolo de su ropa con mucha más prisa de la que él había mostrado en desvestirla. Había cierta impaciencia en Hedda, sus movimientos apresurados un tanto salvajes, sus manos arañándolo en la desesperación por tocarlo. A James le encantaba verla así, descontrolada y libre.

Sus cuerpos se encontraron en un choque de fuego y hielo, y cuando sus labios volvieron a tocarse, lo hicieron de manera febril, casi desesperada. Esta vez, los dientes de Hedda se clavaron con más fuerza, excitándolo todavía más.

Sin embargo, sintió cómo ella se tensaba momentáneamente bajo su cuerpo, consciente de lo que acaba de hacer. Esta vez, James estaba preparado, y respondió también mordiéndole el labio inferior juguetonamente, una forma de mostrarle que le había gustado y que no debía preocuparse. La risita de Hedda quedó ahogada entre sus besos y jadeos, y la tensión que se había acumulado en su cuerpo empezó a ceder.

Ella no era la única luchando por conservar un poco de su cordura y autocontrol. James empezaba a sentir que estaba perdiendo la cabeza, el deseo de estar dentro de ella enloqueciéndolo. Despegó su rostro del de Hedda lo suficiente para mirarla a la cara.

La sola imagen de Hedda en ese momento casi lo hace caer por precipicio. Sus cabellos negros estaban alborotados, extendidos alrededor de su rostro como un manto azabache contra las mantas de piel. Tenía los labios hinchados y enrojecidos, entreabiertos para poder respirar con entrecortados jadeos, las mejillas arrebatas y los ojos… Sus ojos eran prácticamente dos pozos negros, las pupilas absorbiendo el iris casi por completo. Un relámpago escarlata iluminó su mirada de pura lujuria.

Hedda estiró una de sus manos para acariciarle la mejilla, y James inclinó el rostro contra su palma, ansiando su contacto.

—Nívea —susurró con los ojos entrecerrados, hundiendo el rostro en el hueco entre el cuello y la clavícula de su novia.

—James —le respondió ella, su voz una melodía hermosa, rozándole la oreja y haciéndolo estremecer.

Sus cuerpos se encontraron como si se conocieran de tiempo atrás, como si hubiesen estado esperándose. Cualquier experiencia previa que James pudiese haber tenido antes de aquella, se esfumó de su memoria en un pestañeo. Porque nada podía compararse a cómo se sentía en ese instante, con el cuerpo de ella enroscado alrededor de él, sus labios susurrando su nombre a su oído, sus manos aferradas a su cabello. Era fría y cálida al mismo tiempo. Era el final del invierno y el inicio de la primavera.

Era todo, y más.


Ante todo, disculpas por las semanas de demora. He estado ocupada este último tiempo con cuestiones personales, y he tenido muy poco tiempo para escribir.

Un capítulo "romántico" podría decirse. Donde podemos ver el contraste entre dos relaciones de magos con híbridos. Por un lado, tenemos a Katya, quien ha sufrido mucho a causa de su condición como híbrida... Perdió a su familia, fue repudiada por el pueblo mágico donde vivían, perdió el Bosque, fue capturada y torturada... Y realmente no cree en los finales felices entre magos e híbridos.

Y después tenemos a Hedda, quien recién empieza a transitar este camino, con todos los temores propios de algo nuevo y desconocido, pero que elije confiar una vez más en el amor. Y después tenemos a James, quien no pretende que Hedda es como todas las otras chicas normales que hay en Hogwarts, sino que es consciente de cada uno de esos detalles qe la hacen diferente... Y es eso lo que lo enamora. Lo que la hace especial a sus ojos.

No, James no ganó la copa. Ni tampoco Slytherin. No me parecía justo que ganaran siempre ellos, sobre todo teniendo en cuenta qe Hufflepuff parece tener el equipo más fuerte. Así que decidí ir por ese camino, incluso si eso significa que James no ganará la copa en su último año (lo siento todos los que aman a James, se que querían verlos triunfar). Pero me parece más realista así... No siempre se puede ganar, y no siempre necesitas hacerlo para demostrar tu valor. Después de todo, las cosas no han salido tan mal para Potter, ¿eh?

Fue un capítulo breve porque me pareció mejor dejarlo en este punto, ya que las escenas que vienen son un poco más anticlimáticas, jajaja. Abróchense los cinturones. Se viene una tormenta fuerte.

Saludos,

G.