Disclaimer: La historia que leerás a continuación es parte de mi fic Nacidos de una leyenda, toma años antes del fic antes mencionado. La historia es de mi propiedad pero los personajes no.
Inspirado en fanfics Helsa.
Advertencia: contenido levemente fuerte (no es de índole sexual, lector)
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1911 (meses antes de la llegada de John Marston, a cargo de los detectives de la agencia de detectives Pikerton, Edgar Ross y Archer Fordham. Con el único fin de capturar a Dutch Van Der Linde, Javier Escuella y Bill Williamson y entregarlos a la justicia… O asesinarlos)
Brimstone.
El pintoresco pueblo típico del salvaje oeste, florecía como nunca de los avances tecnológicos y del estilo de vida americano, en tanto bandas sanguinarias y disconformidades se daban y avecinaban cada día en los paramos calurosos de las montañas.
Destacando por su gran tamaño y por sus vertientes negocios tales como la sastrería, el banco, la cantina o el saloon, la comisaria y la estación de tren, el pueblo era lo que alguna vez y décadas atrás se conocía como el "Battle Royal".
Con habitantes en cada área, el pueblo estaba con una idea innovadora siempre, a la hora de hacer un pueblo reconocible.
En las lejanías, estaba la hacienda Harlow, en la que vivía Hans Harlow, hijo de la leyenda del salvaje oeste Red Harlow, viviendo también y en compañía de su hija de tan solo 14 años llamada, Elsa Harlow.
Vivir de manera tranquila siempre fue algo que Hans y Elsa admiraban, por ello, la hacienda que habitaban estaba cerca de Armadillo y algo alejada de Brimstone.
Al ser la era del fin de los forajidos, la paga por cada alimaña era excepcional, aunque no se necesitaba ser un cazarrecompensas prestigioso para capturar a cualquiera, sino que solo se bastaba en ser el mejor.
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En las cercanías cómo era costumbre, un viejo regordete y con sombrero de copa llamado Nigel West Dickens, venia con su carro constantemente a ofrecer sus tónicos revitalizantes, con el único fin de estafar a la gente.
Aquel caluroso día, la pequeña familia Harlow convivía amenamente cómo era costumbre, toparse con Dickens fue algo totalmente imprevisto, en este caso, para Hans fue algo totalmente imprevisto.
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POV: Elsa.
Y ahí estábamos, unidos como siempre, mi padre y yo.
Vivir en una época tan dura no era mucho de mi agrado.
Mi día comenzaba yendo a la escuela, pero curiosamente había pocos alumnos en ella; unos seis y conmigo siete.
Mmm era algo sumamente extraño, además casi siempre me la pasaba en casa.
Personalmente al estar en casa, me gustaba leer y convivir con mi perrito Husky Siberiano que mi abuelo Red me había regalado antes de que se fuera.
Bruni era mi adorable perrito, y según tengo entendido, mi papá me platico que mi abuelo Red me lo regaló debido a que a él le gustaban mucho los perros y había tenido uno cuando era joven, pero que unos holgazanes lo mataron a balazos.
Era algo que me dejaba atónita cada vez que lo veía a Bruni.
Y bueno, no recuerdo mucho a mi abuelo Red, si, el que todos nombran como Red Harlow.
Siendo muy pequeña, recuerdo cuando se acercó a mí y me puso su sombrero y me dio su vendaje que tenía en su mano derecha.
Cuando lo hizo, por primera vez lo vi llorar, nunca creí que fuera a llorar. Supongo que fui la única persona en verlo llorar.
Me hubiera gustado conocerlo más y darle las gracias, pero ha pasado tanto tiempo y creo que nunca lo podré volver a ver. No lo sé.
Aquel día caluroso, estábamos comiendo como era costumbre, papá estaba centrado en su plato y parecía no gustarle que nadie lo molestará.
Yo, tontamente para pasar el rato, tome uno de mis libros y lo intente leer para pasar el rato y distraerme en tanto comía.
¡Grave y estúpido error!
– Elsa...– me llamo, mientras trataba de ignorarlo.
No pudiendo evitarlo, tuve que obedecerlo a su llamado – ¡Papá!–.
En eso me dijo muy molesto al ver mis libros – Estamos en la mesa. Nada de libros–.
Mi papá era ese hombre que soñaba con ser un príncipe, pero en lugar de eso, era un campesino malhumorado.
Entonces y después de que me regaño me intento quitar mis libros, obviamente los movía hacia varios lados para evitar que me los arrebatará.
– Papá déjame por favor terminar de leer esta historia, vamos. Si quieres te cuento de que va…– le insistí mientras intentaba alejar mis pequeñas manos de sus largas y extensas manos.
– No me interesa, Elsa– me respondió, mientras yo hacía todo lo posible por evitar que me los quitara.
Después de intentar quitármelos, se tranquilo. Supongo que fue inútil tratar de quitarme lo que me distraía siempre.
En eso, me dispuse a contarle de que trataba uno de mis libros. De momento lo hice rápido porque sabía que me lo quitaría en una distracción – Trata de una enfermedad, que provoca el miedo en una ciudad europea. Con la supervivencia como único objetivo, una pareja debe sacar a sus hijos de la ciudad, aceptando su amor durante toda la trama–.
Mirando sus hermosos ojos verdes y completamente mirando su cara de perplejidad, me dijo un poco confundido – Mmm, no sé…–.
Dispuesta a que me diera chance de estar con mi libro más tiempo, lo trate de convencer – Ya te conté de que trata, y bien ¿Me dejas terminar de leer?–.
Era divertido verlo parpadear como si no supiera nada.
En eso y mientras lo veía, me distraje, y al instante me arrebató mis libros.
No podía creerlo, quería hacer unos pucheros pero no lo hice. Había quedado en ridículo.
– Elsa, estamos en la mesa, además sabes que no me interesa, podré ser tu padre y parecerme a los príncipes de tus historias de fantasía. Pero créeme que sigo siendo un medio analfabeta– me remarcó, mientras ponía mis libros en el suelo de madera, a un costado de donde estaba sentado.
No pude creerlo y casi me levanto de la mesa, pero no lo hice.
Algo triste y jugando con mi comida, tuve que esperar unos cuantos segundos para decirle que – Podría enseñarte a leer…–.
Si, me había pasado bastante con eso, sabía que papá no era un habido hombre dedicado a la lectura, pero si era alguien que a la hora de escribir, su caligrafía parecía a la de un verdadero rey. Supongo que eso de "Medio analfabeta" era de la abuela de mi papá, Falling Star, prácticamente ella no era tan habida en la lectura.
– Se leer, Elsa. Además, antes de que tu madre muriera, ella me dio unas cuantas clases para saber leer y redactar cartas. Así que termina de comer– me respondió sumamente molesto y mientras me señalaba con su tenedor.
Ponerme contra él, creo que era inútil.
No teniendo otra alternativa, mejor me dispuse a obedecerlo y terminé de comer.
Por la tarde me dispuse a convivir con mi adorable Bruni.
Bruni era un poco grande para mí, y cada vez que jugaba con el, siempre me tiraba al suelo.
Lo levantaba de sus patitas y bailábamos como si fuéramos verdaderos nobles en un salón.
Después de jugar, vi salir a papá con un puro y un trozo de carne.
A pesar de ser vegetariana, papá siempre le encantaba la carne.
De hecho, me contó que cuando mamá vivía, se llegaron a comer a un hombre que había violado a una chica unos años mayor que yo, y que estaba atrapada en un sótano.
Creo que para ese degenerado era su amada obsesión.
No queriendo dirigirle la mirada, continúe jugando y acariciando a Bruni – Mi dulce, Bruni…–.
Recordando una conversación con mi compañero y mejor amigo, Olaf, me animé después de unos cuantos segundos a preguntarle algo a papá que para nada fue de su agrado.
POV: Hans.
Era un gustoso culposo fumar y comer carne cruda, siendo algo que me encantaba.
Hasta que mi propia hija me preguntó la mayor idiotez que nunca había escuchado en mi vida.
– Papá. Una pregunta, ¿Qué pasaría si fuéramos… novios?– me preguntó.
Al instante, escupí mi gran trozo de carne de mi boca y la voltee a mirar con mucho asombro, no sabía que clase de bestia se le había metido o que demonio se lo había dicho – ¡Puuff!–.
Mirándola con asombro, no podía creer lo que me había dicho, por ello le pregunté lo que había dicho – ¡¿Qué acabas de decir, Elsa?!–.
Era obvio, una niña como ella no sabía en donde demonios estaba parada.
– Nada, simplemente que… Olaf me dijo la otra vez en la escuela que pareces más mi novio que mi padre– me dijo.
Ante esa semejante cuestión, casi me daba un infarto, no podía creer que ese pequeño demonio de Olaf le fuera a decir algo así a mi adorable hija – Gracioso…– dije en ese momento.
Olaf, que irónico, ¿no? Ese chico no sabía que le pasaba por la cabeza, era loco, idiota y pendejo, era el clásico chico que parecía un muñeco de nieve, dispuesto a que le besarán el trasero hasta dejarlo satisfecho.
No aceptando esa cuestión, le dije en un tono autoritario a Elsa lo que realmente pensaba de su "pregunta" – Para mi, Elsa, no eres más que una niña. Un hombre viejo y todo tuberculoso como yo con una chica tan sana como tú, es repulsivo y horrible…–.
Efectivamente, es decir, un viejo de casi 30 con una niña de 14, claramente eso es, ¡Horrible!
– Solo preguntaba…– me respondió.
Negándome, me acerque y le dije mientras la señalaba, en tanto no dejaba de abrazar al pulgoso de Bruni – Si, y ya me di cuenta. Y tan solo por preguntar esa semejante cosa, me pones a pensar que en otro lado eso puede incluso ser posible–.
Volviendo a negar, camine hasta la cerca de madera y tome la silla de montar junto con mi alforja. Efectivamente, tenía cosas más importantes que hacer que dedicarle tiempo a semejantes cosas absurdas.
Y regresando hasta mi silla que estaba a lado de la puerta principal de nuestra hacienda, y pasando por donde estaba Elsa y su pulgoso, no puede dejar de pensar en semejante cosa – ¡Mierda! Es horrible y no lo tolero, creo que en otro lado los titulares dirían…–.
Al instante y para poder expresarme libremente, tire mi alforja y mi silla de montar y dije – "Hans Westergaard y Elsa Westergaard, se van a casar"–.
Sencillamente no podía darle cabida a semejante idea.
En otro lado, probablemente esa loca cuestión tendría más sentido, pero aquí, No.
Continuando con mi falsa forma de expresarme y actuar, añadí – "Las quemaduras de hielo"–.
Exagerando, provoque que mi hija soltará una carcajada tan dulce y hermosa.
No podía creer que se riera de eso, por ello me uní a su risa y me carcajee a su lado hasta que el cansancio de tanto reírse, apareció.
– Papá, eres muy gracioso– me comentó.
Luego y nuevamente se volvió a reír.
No podía evitarlo y nuevamente me uní a su risa – ¡Ja ja ja ja ja!–.
Cesando nuestra tan divertida y cómica risa, me preguntó mientras yo me normalizaba – Por cierto, papá, ¿De dónde sacaste eso de las quemaduras de hielo?–.
Si, sabía que a Elsa le encantaba leer de todo, hasta los periódicos, por ello le dije – Jovencita. He visto todo lo que dejas regado en tu habitación– después de responderle, me cruce de brazos y la mire con un semblante serio, pero con mis labios expresando una sonrisa maliciosa.
Conocía sus aficiones, siendo algo que me impresionaba bastante.
– ¿Qué cosas, no?– me dijo, mientras se sonrojaba y miraba para todos lados. Había descubierto su secreto y por ello, como su padre, me preocupaba mucho lo que leía en secreto.
– Ay hija. Lees esa basura de literatura erótica, aún me preguntó, quién es el autor de ese tipo de cosas tan desagradables– le comenté, llegando a mi estúpida mente, la idea y la cuestión de "¿Quién se le ocurren ese tipo de basuras?".
En eso, Elsa me dijo – Dirás, la autora…–.
Estaba segura de quien era, pero yo sinceramente, no, así que le pregunte – ¿Y como se llama?– con total tranquilidad y seguridad me dijo que su ídolo se llamaba – Anabella Frida Faraday–.
Estaba algo conmovido; una autora de libros reconocidos había escrito tantas cosas que nunca creí que fueran tan escandalosas o "suculentas" como esa autora decía. Seguro algunos si no les parecería.
Inseguro me incline y levanté mi silla y mi alforja, en tanto le respondía a mi hija – Mmm, debe tener tanta imaginación para ese tipo de cosas–.
Decidido a volver a mi silla que estaba en la puerta, mi hija me dijo mientras me seguía con la mirada – De hecho ella escribe para apoyar el sufragio femenino, manifestándose y…–.
En aquel entonces las mujeres luchaban por sus derechos, yo estaba de acuerdo con ello, pero personalmente tenía miedo. No porque no quisiera que mi hija estuviera con las demás mujeres en defensa de sus derechos, sino porque recientemente, escuché que en el pueblo del norte, Rhodes, varios hombres habían colgado a una líder del movimiento, solo por luchar por sus derechos.
Estaba convencido de que mi niña podía luchar por sus derechos como mujer, pero por ser una niña de tan solo 14 años, no quería que la lastimaran ni me la matarán. Elsa tenía un futuro por delante.
Con lo que me dijo, le respondí rápidamente y fuertemente – Elsa, ni creas que te dejare ir a eso. Me da miedo que te pasé algo–.
En esa fracción de segundos no dejé de pensar en esos hechos y rumores que se corrían como agua en un acantilado.
Ante mi respuesta clara, Elsa me comprendió – Lo sé, lo sé, y…–.
Creo que me había visto. Había descubierto mi temor de que le llegará a pasar algo, así que me había respondido con un tono algo agridulce.
Antes de que siguiera hablando, intervine y le dije – Elsa, no quiero saber más. He leído esas cosas, una sola vez y me da algo de nervios pensar que las niñas como tú terminan destruidas al grado de que…– no podía dejar de pensar en eso así que, no quise continuar más – Ah, olvídalo– finalice.
Conmovido, camine unos cuantos pasos y me senté en mi silla mientras refinaba mi montura y mi alforja.
Después de una pausa larga y distante. Dudosa, Elsa me insistió, levantándose del suelo y dirigiéndose ante mi – Papá, ¿Qué cosa?–.
No le quería dirigir la mirada, pues tenía miedo de que me dijera algo, así que, cambié de tema – Ya no se que más decir. Elsa, hija mía. Dime, ¿Por qué esos príncipes que alabas siempre son unos malvados?–.
Sonriéndole un poco, se en contento ella. Por un momento al verme muy pensativo se había puesto algo seria y triste, pero ante mi cuestión sobre eso de los príncipes, me dijo – Papá, cuando mamá estaba, me contó que eras muy malo, y también muy valiente–.
No hallándole un significado a eso de que yo fuera malo, le pregunté, a que se refería – Si, pero, ¿Qué tiene que ver eso?–.
Mordiéndose el labio y pensando que decirme, me dijo rápidamente lo que había pensado – Que eres un antihéroe. Para mí…–.
Quería reír en ese momento, pero no lo hice. Pero si, lo que hice fue sonreírle con mis labios hacia un lado y mientras la observaba, parada, enfrente de mi – Si, claro– le dije.
Negando ligeramente, añadí mientras con mi cepillo especial, limpiaba el asiento de la montura – Soy solo un hombre que ya no sabe que hacer y que cada día tengo miedo–.
Tenía miedo. Lo que dije era algo que me aterraba, por ello no quería separarme de mí hija.
– No digas eso papá…– me dijo después, Elsa. No sabía que pensaba, que era lo que admiraba de mi, pero en el fondo compartía ese mismo miedo que yo evocaba.
No pudiendo continuar con la limpieza de mi montura y mi alforja, me levanté y abrace a Elsa.
Mi cuerpo la cubría como una manta entera, era algo que verdaderamente admiraba.
POV: Elsa.
Papá me abrazo fuerte; conocía su miedo.
Su miedo era que yo muriera o que él muriera y no hubiera nadie quien pudiera cuidarme.
Este último miedo me aterraba aún más. Estaba sola, mamá había muerto hace mucho, el abuelo Red se había ido y la abuela, también había muerto. Sin papá estaba prácticamente sola.
Mientras me abrazaba, lo sentí tensarse, en eso me llamo muy conmocionado por mi nombre – Elsa…–.
Instantáneamente, me separé y mientras me sostenía de su ropa me dijo muy inquieto – Vuelvo, enseguida…–.
Rápidamente entro a casa y sin siquiera decirme que es lo que estaba pasando, se puso su ropa que usaba regularmente para salir.
– ¿A dónde vas?– le pregunté muy confundida, pero el solo se limito a decirme – Tengo trabajo–.
No sabía que es lo que le había pasado, pero no era algo bueno.
Viendo que estaba por irse, me enoje y patalee a más no poder, sabía que me dejaría sola como siempre.
– Pero, siempre me dejas sola– le dije, muy molesta, pero al parecer no me prestó atención.
Poniéndose su cartuchera en su cuerpo, le reitere que siempre me dejaba sola, ante cualquier cosa – No es justo. ¡Odio que siempre me dejes sola!–.
Fue un error haberme expresado así, porque en ese instante, papá me dijo con un tono remarcado mientras se ponía su sombrero – ¡Elsa!–.
No importándome, le volví a reiterar que odiaba estar sola en casa – ¡Es injusto!– está segunda vez que me queje, propicie que él se enfadara aún más y me llamara está vez más fuerte por mi nombre – ¡ELSA!–.
Al escuchar su voz muy enojada, me aterre muchísimo.
El nunca me pegaba, ni nunca me decía cosas feas, pero cuando yo remilgaba o me quejaba siempre me llamaba por mi nombre para que me detuviera, lo cual provocaba que yo me escondiera detrás de cualquier objeto.
Hubo una ocasión en que me llamo la atención por una situación similar. Lo único que hice fue irme a mi habitación y esconderme debajo de mi cama.
Aterrada me metí debajo de la mesa y lo observé.
POV: Hans.
Mi fuerte llamada de atención la hizo meterse debajo de la mesa.
Nunca me atrevería a golpearla, pues lo único que podría hacer era únicamente llamarla por su nombre con un tono fuerte.
Al verla ahí debajo, no pude evitar enternecerme, recordando una ocasión en que su madre se enojo bastante con ella y le había llamado la atención, igual que yo.
Esa vez, vi a Elsa tan aterrada como en estos instantes, solo que mi niña tenía 6 años y no 14 años.
Había jalado la manta de la mesa en esa ocasión y se había cubierto con ella, como si su madre fuera un monstruo.
Pensando en aquellos tiempos en que su madre aún vivía, le dije mientras la miraba con un sonrojeo de tristeza – Elsa, tranquila–.
Estaba conmocionado, mi dulce niñita era tan adorable que al mirar por debajo de la mesa, estaba cubriéndose de mí, con su saco que su abuelo le había dejado.
Viendo únicamente sus enormes ojos azules mirarme, le dije con tanto enternecimiento – No tardaré. Vuelvo enseguida, lo prometo. Discúlpame, Elsi, por haberte gritando, yo…–.
No dejando de mirarme fijamente y cubriéndose aún con su saco, me preguntó con un tono de voz diminuto – ¿Lo prometes?– no logrando escucharla muy bien, le dije – Lo prometo–.
En ese instante, Elsa salió de ahí abajo de la mesa y se me lanzó en un abrazo, que le correspondí, en ese instante podía sentir su miedo.
Con ese mismo miedo que ella sentía, le aclaré mientras le daba una palmada en su pequeña espalda – Elsa, eres mi hija, se que es injusto, pero no quiero que te suceda nada. No te preocupes, alce la voz para…–.
– Lo sé– me contestó algo contenta y triste. Yo tenía miedo, si me acompañaba, seguro la matarían y obviamente no quería eso, aunque cuando me iba me aterraba pensar que alguien pudiera entrar a casa y lastimarla.
En ese caso o si llegaba a entrar alguien a casa, lo que Elsa debía hacer era tomar mi escopeta que estaba cerca de la chimenea, y llevarse a Bruni al escondite.
Me daba miedo dejarla sola, pero si necesitaba dinero, tenía que salir, dejándola casi desprotegida.
– Bien, vuelvo enseguida– le dije mientras salía de casa y tomaba mi silla de montar y mi alforja.
Con rápidos movimientos, me dirigí al pequeño establo que teníamos y sin más, me acerque hasta mi corcel, Baylock, y le puse su silla y su alforja.
Rápidamente me subí en su lomo y le di la orden de avanzar.
Lo que me había dejado inquieto mientras abrazaba a Elsa era que había visto desde esa distancia que tenía, una diligencia.
No es que la fuera a robar, claro que no, simplemente que se veía demasiado extravagante como para quedarse ahí varada en medio del desierto.
Cabalgue junto a Baylock, rápidamente hasta la diligencia.
Mi sorpresa era que el dueño de la diligencia era un vejete de poca monta, pero muy bien vestido.
Era algo gordo, bigotudo, fino y con un sombrero de copa que hacia juego con su finísimo atuendo.
Acercándome, me baje de mi caballo y me acerque a pasos lentos mientras el vejete estaba distraído.
– Buen día, señor…– sin más lo saludé.
– ¡Ehh!– dijo al darse la vuelta y mirarme.
Al darse la vuelta hacia donde yo estaba, él estaba sosteniendo una botella de aceite de víbora; un tónico de tono ámbar, en pocas palabras.
– Dios, me asustó, señor– me dijo muy inquieto y casi mirando a todos lados.
Estaba sudando mucho y además estaba algo alterado, conocía de antemano su expresión, sabía que había visto algo que no debía o hizo algo que no fue adorable.
– Bueno, llevo aquí más de una hora y debo ir a Brimstone– me informo, aunque no me tragaba su cuento, no fue hasta que me dijo lo que ya intuía – La banda de Bill Williamson me persigue por venderle unas cuantas bebidas a sus integrantes–.
– Mmm, ¿Y que? Apenas lo conozco y ya quiere que lo ayude, ¿Verdad…?– le dije. Sencillamente me había dado cuenta de que un viejo regordete como el, buscaba ayuda, claro, pero me resultaba bastante extraño que estuviera esperando a que alguien pasará y lo ayudará.
Sin más que agregar, me asintió con timidez y me dijo – Eh, sí–.
En tanto inspeccionaba el carro que conducía, no le encontré fallo alguno, presumiblemente pensé que se había detenido para que un hombre como yo, fuera hasta donde estaba él y que esté me pidiera algún tipo de ayuda.
– No me fío de gente que apenas conozco, además, ¿Cómo está eso de que le vendió a los miembros de la banda de Bill Williamson, bebidas?– le pregunté; me resultaba bastante sospechoso que un viejo idiota como este le vendiera así sin más, bebidas a los miembros de la estúpida banda de Williamson.
Otra cosa que también me llamaba la atención era el como diablos, Williamson causaba el terror en todos lados. Perfectamente, Bill era lo que nunca fue en la extinta banda de Dutch.
Ante mi interrogante, nuevamente el viejo me expresó vagamente un – Ehhh…– si, no tenía ni idea de que decirme, simplemente estaba vacilando, creí en ese instante que lo mejor era que se hubiera largado, pero lo deje que se quedará para que continuará haciendo el ridículo, no me importaba en lo más mínimo.
Ante su perezosa expresión, le dije mientras le señala y le reiteraba – Oh, vamos. Aquí varado y con un carro que de seguro se lo robó a alguien–.
El viejo regordete repentinamente frunció su ceño. Se había dado cuenta de que lo acusaba de ladrón, no fue hasta que me dijo con su poca decencia que tenía – Soy un hombre de negocios, señor…–.
No le creía firmemente en ninguna de sus ideas ni palabras pero siendo justo, rápidamente le dije mi apellido – Westergaard–.
No era mi apellido, pero a mí hija le encantaban las historias de príncipes daneses, noruegos, rusos y alemanes que eran casi un reflejo de lo que presumiblemente era yo.
Westergaard, era el héroe favorito de mi hija. El nombre completo era Lars Helsa Westergaard la descripción decía que era fuerte, colorado, cínico y muy traicionero.
Esperando cualquier respuesta, instantáneamente, me dijo el hombre lo que había hecho en esa eterna hora que me había mencionado – Westergaard, si, bueno debo aclararle que el carro es mío y no se lo robé a nadie. Me detuve para hacer un conteo de productos pero creo que no fue necesario–.
Trepándose como simio a la parte trasera de su negocio rodante, extrajo de un pequeño cajón de madera lo que parecía ser aceite de víbora.
Dubitativo, me obsequio la botella en tanto le respondí a lo último que había dicho, pero con un tono cínico – Vaya, no fue necesario–.
Bajándose de ahí atrás y nuevamente sin saber que rayos decirme, pareciendo una niña que un hombre de verdad, volvió a vacilar – Ehhhh–.
Rápidamente interviene y le dije; yendo al grano y lanzando la botella hacia un lado – Vamos, deje su "ehhh" y dígame, ¿Cuánto obtendré por llevarlo hasta Brimstone?–.
– Ehh, bueno. Soy un hombre pulcro y gentil, señor Westergaard. Mi destino en Brimstone es vender y usted creo que lo sabe muy bien– me informo, mientras miraba a ver si no venía nadie y en tanto yo asentía con demasiada determinación – Si, ya lo sé–.
Al dirigirle la mirada, me dijo con ese característico titubeo tembloroso de un viejo con artritis – Bueno, tenemos que…–.
No lo iba dejar continuar para que me dijera más idioteces, por ello intervine frígidamente y le pedí solemnemente que – Dígame que hay que hacer–.
De manera fría no continuó y en su lugar me miró, claro no estaba enojado, solo confundido e inseguro.
Teniendo una pausa y mirándome incómodamente, le sostuve la mirada y en eso me dijo lo que había que hacer – Ganaremos unos cuantos centavos, si vendemos estos tónicos revitalizantes… Con mi cara y con la suya– ante está última declaración, el viejo saco una cámara fotográfica y me señaló que debía posar para una foto.
No lo podía creer, me había dado cuenta que no solo era un viejo idiota, sino un timador de poquísima monta – ¡¿Qué?!– exclamé al ver la pequeña cámara portátil.
– Está loco, apenas lo conozco y ya quiere que haga una pendejada– le reproche, pues era intachable. No iba a hacer tal locura, no le daría mi rostro para que se aprovechará.
Nuevamente y otra vez volviendo a vacilar, dijo – Ehh, no–.
No iba a tolerar su tontería y lo encaré mientras recargaba mi mano sobre mi revolver – Es una locura. Es venderles a los de ese pueblo una farsa, además, no sabe si esa cosa que tiene en el carro es segura como lo aparenta– instantáneamente lo señalé mientras retrocedía cobardemente y asegurándome "que no era una estafa" – Ya la probé, y le aseguro que está en óptimas condiciones–.
Tratando de protegerse con ambas manos, y sosteniéndole una mirada furiosa, le dije – No voy a beber veneno–.
Intentando vacilar, comenzó a tartamudear hasta que se sentó en la pequeña base que usaba para subir a su negocio; estaba retrocediendo ante lo que probablemente le haría – No, no, no, no, digo, es seguro–.
Negándome, lo tomé de su corbatón y lo encaré mientras le mostraba mi elegante y destructiva dentadura – No le creo– le respondí.
– Bien, le daré una botella y haber si le gusta– me dijo, en tanto para evitar que yo lo lastimara, extrajo de uno de los cientos de cajones que tenía en su negocio rodante, un tónico de resistencia.
Mirando tentativamente el tónico, lo solté de su corbatón al viejo y al instante acepté su bebida – Mmm… Está bien–.
Retrocediendo hacia atrás, me di la vuelta y comencé a beber el tónico, mientras el vejete me veía de espaldas.
¡Mierda!
No podía contener las ganas de vomitar y al instante, escupí esa porquería.
Tenía un sabor amargo y su color era sórdidamente sospechoso, pareciéndose demasiado a orina humana – ¡Puajj!–.
Escupiendo ese mal sabor en mi boca, corrí hasta el viejo y lo encaré nuevamente mientras lo agarraba de la solapas de su abrigo.
– ¿Qué es está mierda?– le pregunté.
Por un momento pensé que se estaba burlando de mí, pero no se veía risueño ni carcajeante, sino sorprendido – Tranquilo, señor Westergaard, tranquilícese–.
Negándome rotundamente le dije mientras lo zangoloteaba de tanta tontería. Tratando de tener una respuesta – ¿Acaso piensa timar a la gente con esto?– lo cuestione pero nuevamente volvió a su perdido letargo de vacilación – Ehh...–.
Girando sus ojos arrugados para todos lados, lo agite de sus prendas con toda mi fuerza, en tanto lo miraba con tanta rabia – ¡Responda, maldito vejestorio!–.
Después de vacilar y estar en un aparente letargo, me dijo – Algo así– mientras me sonreía estúpidamente y se encogía en hombros.
No dándole cabida a lo que había sucedido, le dije después de un suspiro pesado y en tanto me relajaba lentamente – Oh, mierda. Está bien– no me podía enojar del todo con el.
Estaba furioso pero golpearlo no me iba a llevar a nada.
Convencido ya le quería partir la cara, pero no lo hice. Dirigiéndole la mirada mientras tomaba mi propia distancia, le afirmé – Está bien. Y ya que necesito dinero… Vamos– en el fondo no lo quería ayudar, pero necesitaba dinero y que mejor forma de conseguir dinero que acompañando a este vejete hasta Brimstone.
Frunciendo mi labio, me encaminé hasta la parte delantera del carro. Instantáneamente me trepe al vehículo y espere a que viniera a manejar el carro – Guarde todo y suba al puto carro–.
Mirándome fijamente y mientras yo ya estaba en el vehículo me dijo mientras me señalaba el interior de su negocio – ¿Ahora?–.
– ¡Ahora! ¿Qué está esperando?– le contesté, golpeando un costado del vehículo, esto lo hice como amenaza, instantáneamente se asustó y acomodo todo lo de ahí atrás y luego subió al vehículo – Si, si, ya voy…–.
– Menuda mierda que haré…– comenté mientras el viejo le daba a los caballos la orden de que avanzarán.
Lentamente alejándonos de ese punto, me di cuenta de que mi corcel se había quedado ahí parado, evidentemente necesitaba que yo le diera una orden, entonces le chifle y le pedí que se acercará – Baylock, muchacho. Vamos– yendo detrás de nosotros, mi fiel amigo de cuatro patas.
Durante el camino, el viejo se presentó, su nombre era tan peculiar: Nigel West Dickens.
Si, no podía creer que fuera un nombre tan elegante, pero el que lo llevaba, es decir el viejo, fuera tan imbécil y un claro ejemplo de timador idiota.
Me había dicho que le había vendido bebidas a la banda de Williamson, y que uno de esos hombres erróneamente había perdido la vista por culpa de una botella de whisky adulterada. Me quería partir de la risa, pero me contuve.
Williamson era ignorante, y pensar que el muy idiota creía que el sol salía del otro lado.
Efectivamente, Williamson culpo a Dickens, pero en ese largo camino, la culpabilidad que Dickens tenía no era evidente. Supongo que Bill Williamson al no leer y ser un remilgoso que piensa que todos son una escoria, presentaba deficiencia mental.
Llegando a Brimstone, baje rápidamente de la diligencia o carro y le dije a Dickens – Bien, hay que tomarnos la foto–.
– Si, eso pensaba, señor Hans– me contestó, mientras ponía la cámara fotográfica arriba de un barril y nos tomábamos una foto.
Rápidamente y saliendo la instantánea de la cámara, Dickens reviso el material y rápidamente se apuro a sacar unas tijeras para cortar nuestros rostros.
En tanto le hacía eso a la foto, no lo tome en cuenta, ni me importaba.
– Hubiera ido por esos frutos prohibidos, tal vez esos tónicos no estarían en peores condiciones– le dije, recordando las flores milenramas que estaban regadas por New Austin, y que debes en cuando, una mujer de nombre Madam Nazar venía a vender.
Parado y observando fijamente la movilizada gente de este pueblo, me gire levemente y observé a Dickens poniéndole pegamento a nuestros rostros en papel y sobre una botella de tónicos.
– Creo que me hubiera tardado mucho. Con las prisas que llevábamos no nos tardamos– le comenté mientras sostenía mis manos en mi cinturón cartuchera y en mi hebilla. Mirando de reojo y como todo un pistolero dispuesto a meterle entre ceja y ceja una bala en la cara o en la boca a alguien, le comenté a Dickens mi sensaciones de estar aquí en Brimstone – Me recuerda que hace 30 días vine con mi familia para ver si estaban llenos de posibilidades las cosas aquí. Si había cortos de benevolencia, pero con sabores a limonada, quizás llenos de oportunidades, bueno bellos, poderosos, peligrosos y fríos. Con unos toques de momentos mágicos y fragmentados, cargados de sin interrupciones y sin soltaduras, probablemente con pequeños secretos y luchando por mis sueños…– no sabiendo que más pensar me levanté en hombros y suspiré, luego finalice con – Solo espero que no se vuelvan a repetir esos 30 días–.
Volviendo con Dickens, este último me dijo que ya estaba todo – Listo. Vamos a hacernos ricos, señor Hans. ¡Ricos!–.
Exagerando, le dije que no era así – Por favor. Aquí medio mundo no consume alcohol, además, cada 20 de febrero se van bajo un mismo techo y con sus mágicos destinos no quieren saber nada de bebidas alcohólicas. No seremos ricos–.
Algo perplejo, me asintió, mientras le ayudaba a guiar el carro hasta el saloon.
Preparando todo, Dickens me preguntó, creo que porque personalmente yo sabía muy bien lo que hacían en este pueblo – ¿Conoce bien esté pueblo verdad?–.
Inclinado mi ceja ligeramente, le dije rápidamente – Mi padre conoció a mi madre aquí. Hace mucho tiempo–.
Comprendiéndome rápidamente, nos dirigimos hacia la parte de atrás, el área o donde entraba el tabernero y se colocaba en la barra, y sin más nos posiciónanos sin que nadie nos viera en la barra. Acomodando las bebidas en los anaqueles y mostradores, mientras el tabernero aun no llegaba o estaba seguramente en el baño.
Escondiéndome, le dije – Conozco gente de aquí, será mejor que lo haga usted solo– asintiendo firmemente; consecutivamente le pregunté antes de orquestar el plan – Antes de todo, ¿Qué se supone que hará con la bebida donde están nuestras fotografías?–.
Levantándose en hombros, fingió no saber, pero después de que lo mire con un semblante disciplinario, me dijo algo nervioso pero decidido – Usted se disfrazará, mientras yo les ofrezco y les válido la calidad y la funcionalidad que mi producto tiene. Debe protegerme en caso de que algo salga mal–.
Inconforme, parpadee sorprendido, sabía que su plan no iba a funcionar – Solo espero que no suceda ninguna tontería– le comenté mientras lo dejaba solo y me dirigía a fuera.
Corrí rápidamente hasta Baylock y movilizándome rápidamente, me cambié mi ropa y mi sombrero, esto con el fin de que no me reconocieran.
Al entrar nuevamente al saloon, tomé asiento en una mesa, mientras miraba a Dickens llegar y posicionarse en la barra, en tanto proclamaba y orquestaba el plan – ¡Acérquense, damas y caballeros y prueben el maravilloso, revitalizante e infalible tónico del amor Dickens e hijo!–.
Mientras presentaba el producto, muchos clientes y borrachos del lugar pararon lo que estaban haciendo.
Sorprendentemente voltearon a ver al viejo.
– Dice la leyenda que mi bisabuelo, descubrió está receta cuando trataba de inventar un sustituto barato para el agua en tinta…– exclamó el vejete, mientras sostenía la botella donde estaba mi rostro, y añadiendo a su afamado producto – ¡Ponga mucho ardor y más calor en su labor de amor con este energetizante, impresionante, excitante, revitalizante y humectante tónico…!–.
– ¡Y por la misma cantidad de un dólar, puede llevarse a su casa una botella de Rosario de Guarma, catalíticamente carbonatada. Encierren al perro en la perrera, porque ahora el mejor amigo del hombre es el tónico revitalizante de Dickens e hijo…!– exclamó, como si su producto fuera la gran cosa y extendiendo sus brazos como todo un espectáculo.
Acercándose rápidamente los borrachos hasta la barra, un chico rubio que era amigo de mi hija, le dijo negando y con demasiada perplejidad – No me convence, no me caen bien los afrodisíacos…–.
Tempestivamente, Dickens extendió la botella donde estaba mi foto y le entrego el tónico a ese chico rubio, llamado Adrien.
– Todas las preguntas serán contestadas, todos los temores a callados con una incontrovertible demostración, ehh… ¿Hay algún voluntario entre el público...?– pregunto y repentinamente le arrebató la botella al chico.
Al instante y buscándome con la mirada, me señaló – Bien, usted señor…–.
Alce la comisura de mi sombrero y dejé mostrar mi rostro, tenía una barba áspera y larga, pero era falsa.
Sabía que tenía que ocultarme porque sino me descubrirían.
– Mmm, ahhh, yo puedo ayudarte con tus problemas románticos, tengo un remedio que le devolverá la vida a tus calzoncillos– me informo de manera cómica, mientras me acercaba hasta el y me ponía a su costado.
Repentinamente me preguntó de manera fingida – Usted no me ha visto jamás, ¿Verdad?–.
– No, claro que no. Jamás– le contesté mientras fingía y con una voz gruesa, tratando de imitar a un viejito.
De la nada y sin aclararme nada, me entrego su podredumbre de bebida que me había bebido bastante tiempo atrás – ¡Tómatela!–.
En tanto la bebía la sustancia, no pude evitar pasarla por mi garganta, aún sabiendo que esa cosa era horrible.
Tragando esa porquería, me provocó un eructo – ¡Grrrr...!–.
Ante mi desagradable acto de eructar, una chica de pelo azulado que debes en cuando molestaba a mi hija nos dijo a los dos – Parece que esa medicina yerbee gases…– tratando de corregirle su duda a la linda Marinette, el viejo soltó una ligera vacilación – No, ehh…– al instante escuché un grito, provenía de un chico de nombre Luka, un individuo que molestaba mucho a mi hija y que era muy fiestero – ¡Oiga…!–.
Inevitablemente, Luka tomo mi barba falsa y me la arrebató como si fuera ropa interior en una situación indeseable.
– ¿Y por qué está la cara de él en el frasco?– me dijo el chico, mientras me señalaba.
Siendo muchas personas ahí, se quedaron perplejos, parece ser que la idea de obtener dinero fácil con nuestros rostros para nada era original.
Ahora siendo yo quién vacilaba, voltee a mirar al viejo y le expresé únicamente – Ehh...–.
Sin saber que hacer, Dickens me correspondió con la expresión – Aaahhh–.
Al instante, Luka pego una carcajada, y luego su adorable hermanita, Juleka le dijo a todos los del bar – ¡Esto es una estafa, es el señor Westergaard!–.
– ¡¿Qué nadie se dio cuenta?!– grito su hermano, cómplices de que odiaban a mi familia.
Rápidamente apreté mis dientes y fruncí fuertemente mi ceño, en tanto le decía – Claro que…–.
– ¡NO!– grite y sin pensarlo, estampé mis nudillos enteramente unidos a mi puño contra su atrayente y lindo rostro.
Comenzando una pelea dentro del saloon.
Narrador.
Hans después de haber sido descubierto junto a su compañero, Nigel West Dickens, comienza la batalla dentro de la cantina, estampando su puño contra el rostro de Luka.
La batalla adentro inicia; hombres y mujeres peleándose salvajemente sin importarles casi perder la vida y haciendo destrozos dentro del lugar.
Siendo una pelea tan abrumadora, Nigel West Dickens al instante en que comienza la pelea se termina escondiendo debajo de la barra, sabiendo que es peligroso y que el ni siquiera puede pelear y siendo expectante ante las cosas que salen disparas para todos lados, incluido hombres y mujeres que son azotados o estampados contra la barra o el mostrador donde están las diferentes botellas con las bebidas.
Hans en cambio se las arregla solo, como fue descubierto, no puede evitar que dos hombres, uno de nombre Dimitri y otro de nombre Tadashi, lo sostengan de los brazos en tanto un hombre de nombre Roland le mete varios puñetazos a Hans como si este fuera una esponja o un saco de boxeo.
Siendo muy robusto y demasiado alto y fuerte, Hans le da unos cabezazos a Tadashi y a Dimitri, siendo esto con el único fin de quitárselos de encima.
Instantáneamente le da un puñetazo a Roland que sale golpeado contra una chica de nombre Gogo, quien estaba sumida en una pelea contra una joven llamada Anastasia.
No tan mal, Hans observa a su delator, Luka, intentando escapar por el piso de arriba, pasando fugazmente entre hombres y mujeres peleoneros.
Furioso contra el peliazulado, Hans lo persigue, pero al hacerlo, inesperadamente se topa con más oponentes.
Un chico de nombre Hiro le intenta estampar una silla en su cuerpo, pero Hans lo patea antes de siquiera la silla impacte contra su cuerpo.
Una chica de nombre Miranda, intenta derribarlo con una embestida, pero Hans la toma de su delgada cintura y se la lanza a otras dos chicas que se están peleando de nombres Esmeralda y Elena.
Un chico de nombre Mateo lo intenta derribar por detrás, pero Hans se gira rápidamente y le estampa la suela de su zapato en la cara.
Subiendo por las escaleras, después de atravesar el caos, Hans golpea a un hombre de nombre Esteban y lo deja caer por las escaleras, rodando.
A otro chico de nombre Fred, le da un gancho en la barbilla y lo tira sobre un chico de nombre Milo que este no estaba peleando pero que ya lo habían agarrado como saco de box.
En parejas incluso, un chico de nombre Johnny y una chica de nombre Mavis lo intentan someter, pero Hans se libra de ellos, lanzando a Mavis desde las escaleras y haciendo así que Johnny ya no continúe la pelea y rápidamente vaya a auxiliar a su novia.
Llegando hasta al piso de arriba, y acorralando a Luka, Hans le dice sumamente furioso – ¡Infeliz!– tembloroso, Luka se intenta proteger alzando sus manos a nivel de su rostro, pero no le funciona.
Al instante Hans nuevamente estampa su puño contra Luka, provocando que el chico peliazul se estampe repentinamente contra el barandal de las escaleras y lo rompa, y luego se caiga de una altura de casi dos metros sobre una mesa algo desordenada y con vasos y naipes regados por doquier.
Cayendo sobre la mesa, su cuerpo ligeramente pesado hace que la mesa se rompa repentinamente haciendo que el objeto sea ya inservible.
Tranquilizándose lentamente, Hans intenta regresar con Nigel West Dickens, hasta que un hombre muy corpulento de nombre Bob Parr va saliendo de una habitación y se le acerca lentamente al pelirrojo.
Al parecer, Bob estaba con una mujer llamada Helen, pero después de los estruendosos ruidos de la pelea, se dispuso a salir a ver que pasaba.
– ¡No, señor increíble. No lo haga!– le terminan gritando unos jóvenes quienes no quieren verlo pelear.
Sumamente molesto el aludido, se dirige hasta Hans y este estando en posee defensiva, sin más recibe un golpe que lo termina estampando contra una pequeña mesa cercana.
Débil y adolorido el pelirrojo, intenta defenderse, pero Bob lo toma de sus prendas y hace lo que otros del lugar no hicieron con sus oponentes: Lanzarlo por afuera del edificio.
Destruyendo la ventana del saloon y cayendo de una altura de casi tres metros de altura, Hans estampa su cuerpo contra el polvoriento e inestable suelo del pueblo.
Dislocándose el hombro, Hans hace un movimiento de reajuste y se acomoda el hombro en tanto, ve salir a Bob por la puerta principal de la cantina.
– Vamos, galán– le dice, mientras lo provoca al pelirrojo y le pide que lo enfrente.
Preparándose para un nuevo enfrentamiento, Hans lo encara en tanto lo cuestiona sobre el sobrenombre – ¿Galán, galán?–.
POV: Hans.
Estaba viendo a ese hombre, era demasiado corpulento, casi dos metros de altura; un verdadero gigante delante de mi.
En eso, me da un puñetazo en la cara. Tremendo golpe me hace tambalearme contra la gente que andaba de espectadores ahí.
Sumamente ataviado por el fuerte golpe, me reincorpore y le di cuatro puñetazos en su alargada y deforme cara.
Al parecer con toda mi fuerza, logré tirarlo de momento al asfalto, pero luego el idiota se levantó y me agarró mientras me azotaba contra el suelo.
Después de azotarme, el hijo de perra, intento estrangularme, pero le di en la entrepierna e instantáneamente se levantó.
Adolorido allí abajo, me le lance y lo tiré al suelo.
Me subí arriba de él, luego lo tome de su camiseta y consecutivamente, lo comencé a golpear.
Estaba deformando su rostro con mi puño, hasta que escuche un grito de una persona.
Era el idiota de Olaf, cuando lo vi, me di cuenta de que estaba aterrado.
– ¡Escóndanse, la banda de Bill Williamson, ahí viene!– grito mientras se metía por debajo de la estructura del saloon.
Atónita la gente que me veía golpear a este grandulón, corrieron como animales en un matadero, en tanto sabían que Bill Williamson y sus hombres matarían y destruirían todo lo que llegarán a ver en su paso.
Decidido en que no quería que ese bastardo de Bill Williamson me intentara matar, solté al grandulón, quien sin más que hacer, decidió entrar al saloon nuevamente, en tanto iba detrás de él.
Él subió las escaleras, y yo, fui y recogí mi sombrero.
Viendo a tanto idiota en el suelo y el desastre dentro de la cantina, intempestivamente, de la nada salió como si fuera un bebé, a gatas, el viejo regordete de Dickens – Escóndase, vienen los hombres de Williamson para acá– le informe.
– ¿Cómo lo sabe?– me preguntó, mientras miraba hacia afuera.
– Gritaron su nombre– le dije, a sabiendas de que los hombres de Williamson lo buscaban, en eso golpeó el suelo, como maldiciendo – ¡Me lleva!–.
Sin más que agregarle, solo le dije mientras rápidamente salía de la cantina – Ahora vuelvo…–.
Rápidamente corrí hasta la armería.
Sabiendo que la gente se trataba de esconder, el armero había bloqueado la puerta, por ello, sin dudarlo y sabiendo que el idiota me dispararía si la abría por la entrada principal; me dirigí velozmente a la puerta trasera.
De una patada la derribé la puerta, mientras el armero se cubría e intentaba matarme de todas formas.
– ¡Pendejo!– le grite al inclinarme ante el estrepitoso disparo del infeliz.
– ¿Qué, usted es el que se andaba peleando ahí afuera?– me preguntó mientras me dirigía a tomar algunas armas y las cargaba con munición.
Ante su curiosa interrogante le dije en tono de burla – No. Soy el que le gustan los veranos locos y las gatitas de nieve… ¡Claro que soy ese!– finalice gritándole y en tanto me ponía una funda izquierda en mi cinturón cartuchera para otra arma corta, ya que solo llevaba una funda y un solo revolver.
Rápidamente me equipe con una escopeta de bombeo, un rifle de repetición Lancaster y una escopeta recortada.
Siendo el armero un cobarde, no me dijo nada ni cuanto sería por todo, dándome cuenta de que no me diría nada principalmente por la llegada del desquiciado y megalómano de Williamson, entonces tomé unas cuantas cajas de munición y rápidamente me prepare para la llegada de Williamson.
– Será mejor que se esconda, porque sino es tan buen pistolero, ese desquiciado lo matará– le sugerí al armero en tanto se escondía debajo de la barra.
Al verlo ahí escondido, me recordó a Elsa.
Sabía que ya me había tardado, debía terminar el día, pero antes, debía esperar la llegada de Williamson, enfrentarlo y probablemente entregarlo a las autoridades.
Y así fue, llegó Bill Marion Williamson a Brimstone.
Rápidamente, cerré la puerta.
Como los hombres de Bill andaban cerca, escuché la despiadada voz del idiota – Revisen todo–.
Habiendo escuchado su voz gruesa y de perro arrastrado, espere a que uno de ellos llegará hasta la armería.
En tanto esperaba, una de las manos derechas de Williamson le dijo – Hubo una pelea en el bar, jefe–.
Sabiendo que ya estaba por llegar el hombre de Williamson hasta la puerta de la armería, espere repentinamente a que la abriera.
Paciente, me posicione con la escopeta y luego de ver las sombras del hombre, serpentear estás mismas por los huecos de debajo de la puerta, el muy estúpido pateó la puerta y yo, al instante le di un tremendo escopetazo en su hermosa contextura física.
Al instante observé al hombre que le había disparando, muerto en el suelo.
Bill al darse cuenta de lo que había hecho, exclamó – ¡Mierda, maten a ese hijo de puta!–.
Riéndome ligeramente, le dije al armero mientras me retiraba por la puerta de atrás – No salga, todo estará bien–.
Al salir cauteloso, empecé a escuchar disparos que iban en contra mía; más que nada hacia la armería.
Causando más destrozos que los que yo cause en el saloon.
Cubriéndome y sin que me vieran, le dije en un grito al barbudo y gordinflón – ¡Bill Williamson, entrégate a la justicia y juro que no mataré a ninguno de tus hombres!–.
Cómo participé Bill en la balacera contra la armería, más que contra mi persona, me dijo en respuesta – ¡¿Quién mierdas eres tú para darme órdenes, hijo de puta?!–.
Negándome a hablar con él, le dije mofándome – ¿Quién soy? Bueno, soy Hans Westergaard, príncipe de las islas del sur, jeje, y solo te digo que…–.
Al instante, salí de mi cobertura y escondite y mate a uno de sus distraídos hombres con mi escopeta, en tanto le agregaba de manera graciosa – ¡Libre soy, Bill Williamson!–.
A partir de ese momento, comencé mi carnicería.
Narrador.
Como si fuera un héroe, Hans con las armas que llevaba equipadas comenzó a dispararles a varios de los hombres de Williamson.
Debido a que eran forajidos más torpes que los de la banda de Dutch Van Der Linde, para Hans matarlos a los hombres de Bill Williamson era como si se comiera un simple sandwich.
Y duro así, bastante tiempo.
Haciéndoles estallar los sesos, las extremidades y sus intestinos.
El conteo de bajas de más de 42 hombres se redujo a 12, porque al los individuos que mató, los mato de la siguiente forma:
A cinco les disparó en el pecho, brazos, piernas y cabeza con la escopeta.
A dos los mato con su revolver.
Uno de los hombres de Williamson tubo la mala suerte de morir de un disparo en la cien, mientras intentaba cubrirse. Hans acabo con el disparándole con el rifle Lancaster.
Tres hombres de Williamson murieron mientras se intentaban cubrir ante los disparos del rifle de repetición del pelirrojo.
Dos de los hombres murieron ante los disparos de escopeta de parte del pelirrojo.
Unos cuatro hombres de Williamson, en un intento por tratar de flanquearlo, murieron, cuando el pelirrojo uso un cartucho de dinamita que previamente también había tomado de la armería.
Otros dos hombres intentaron acabar con él, usando escopetas semiautomáticas; siendo muy profesional, Hans los acribilló con disparos certeros en la cabeza.
Casi presumiendo, Hans en un mal movimiento es herido en el hombro por uno de los hombres de Williamson. Sin dejar cabos sueltos, Hans le vacío el cargador de su revolver.
Herido y adolorido, Hans acabo con la vida de cinco de los malvados hombres, usando un cartucho incendiario para revolver. Quemándolos vivos.
Con dificultad y corriendo a otra cobertura, le lanzo como una lanza, un hacha de carnicero a otro hombre de Williamson, el cual al recibir el cortante golpe, cayó directamente en el suelo.
Dos más, viendo que era inútil pelear contra Hans, vaciaron sus cargadores a lo bestia, por ello Hans aprovecho para matarlos a ambos con la escopeta recordada.
Otro hombre de Williamson al ver que sus compañeros estaban muertos todos, intento escapar, pero mientras se daba a la fuga, Hans le disparó con un disparo certero a lejana distancia en la cabeza.
Dos hombres más, lo intentaron matar a golpes, pero el pelirrojo uso su cuchillo que tenía guardado en su cinturón cartuchera, y los ejecutó cortándoles a cada uno el cuello.
Perplejo y tembloroso, el mismísimo Bill Williamson al ver a tantos de sus hombres muertos, no tuvo otra opción que darles a sus hombres la orden de retirarse – ¡Mierda, retírense!–.
Subiendo nuevamente a sus caballos, la banda de Williamson termina huyendo de Brimstone, a sabiendas que Hans era un verdadero asesino… de forajidos.
– Eso es… Entonces ahora ya lo sé… ¿Eres un cobarde, Bill? ¿Si? Okey, ¡ja ja ja ja!– le termina diciendo el pelirrojo en tanto se burla del viejo Bill Williamson.
Este último viendo como Hans se burla, le dice en forma de amenaza – ¡Te mataré!– no creyéndole el pelirrojo, le contesta cínicamente – Ya lo veremos… Marion, ya lo veremos…–.
Huyendo y alejándose de Brimstone, Bill y su banda, Hans por su parte suspira después de un largo y eterno tiroteo.
Cansado, ve llegar al pueblo de Brimstone sumamente molesto y desde lejos, ve llegar a caballo al Marshall Leigh Johnson y a sus achichincles, Eli y Johan.
– Otra vez…– dice cabizbaja el pelirrojo en tanto patea el suelo y sonríe de manera traviesa.
Todo el pueblo de Brimstone sumamente molesto por la cantidad de desastre y cuerpos por doquier, se acercan hasta Hans, y ante la desolación que hay, mezclada con el pánico; lo intentan linchar al pelirrojo.
– Westergaard…– lo menciona el experimentado sheriff de Armadillo.
POV: Hans.
Había acabado con una parte de la banda de Williamson. Estaba claro que la gente no le gusto mi manera de actuar ante la escandalosa forma en que había dejado muertos por todo Brimstone, así que sumamente furiosos salieron a intentar matarme.
De no ser porque estaba Leigh Johnson ahí, era probable que si me hubiera matado el pueblo de mi madre – Dios, menos mal que no fue la señorita Bonnie Mcfarlane– le comenté a Johnson mientras me miraba y me negaba de manera disciplinaria.
Mirando con su vista de águila me dijo – Causando el caos por donde sea, ¿no es así, Westergaard?– efectivamente, había desatado el caos por todo el pueblo, lo que me faltaba era que mi amigo el sheriff Johnson me llamara la atención.
Continuando con mi contundente sonrisa, le dije – Ya lo creo– en eso me alce en hombros y luego de comportarme como un adolescente torpe, Leigh Johnson me informo con el ceño levemente fruncido – Fuimos informados por el sheriff de este pueblo, ante tu "Benevolencia"–.
Con la mención de dicho individuo, este mismo se presentó ahí y me miró junto a su pueblo, como si yo fuera el culpable de todo.
– Que bueno– le dije a Johnson, cuando nuevamente le dirigía la vista.
Observándome desde su corcel, casi listo para reprenderme por mi forma de actuar, no lo logro conseguir debido a la intervención del chico que había golpeado en la cantina: Luka Couffaine.
– Oiga, Johnson, ¿Por qué no lo arresta? Intento matarme…– le reclamó recordando este, el momento en que yo lo golpeé y lo lance de una altura de casi tres metros a una mesa de apuestas.
Leigh Johnson al mirar al joven, le dijo muy entusiasmado después de reconocerlo como el sujeto que andaba mendigando por Armadillo – Oh, pero si es el señor Luka Couffaine, el chico más "tranquilo" de New Austin…– agregó mientras rodaba sus arrugados ojos – Hay reportes sobre ti, tal vez te apetezca conocerlos cuando te dignes a ir hasta Armadillo–.
– Mmm, creo que no– le respondió con miedo, efectivamente, todo el pueblo de Armadillo conocía a Luka mejor que cualquier hombre, incluso, mejor que yo.
Ante su miedo, Luka se retiró lentamente y acompañado de sus leales e inofensivos compinches, pasando por la gente que esperaba respuesta sobre la banda de Williamson, en eso, Olaf le pregunto al Marshall – Señor Johnson, ¿Capturará a los hombres de Bill Williamson?– indeciso ante el futuro, supuse que Leigh sabía que tarde o temprano le llegaría su hora a Bill Williamson.
– Por el momento, no. Pero cuando se presenté la oportunidad. Fort Mercer es la infame fortaleza de Bill Williamson. Habrá que actuar– le comento, a sabiendas de que había un motivo justo y futuro para capturar a Williamson y a su banda.
Logrando tranquilizar a la gente del susodicho pueblo, Leigh Johnson bajo de su corcel, y en eso agregó mientras le aclaraba a la gente, que no habría nexos con la sanguinario banda del bigotudo – No negoció con criminales–.
Viendo distraído a Leigh y el desinterés hacia mi persona, de parte de la gente, le pregunté a Johnson, si ya me podía retirar – Bien, ¿ya me puedo ir?–.
Distraído y conversando con una multitud de personas inconformes me dijo rápidamente girándose hacia donde yo estaba – Ah, Westergaard, lo olvidaba. Ya lárgate. No causes el pánico por ahí, sabes que no siempre estaré para defenderte…–.
Suponiendo que las personas se habían interesado en saber si habría alguna recompensa por Bill, bajaron sus armas y me perdieron en sus escabrosos intereses.
Sabían que lo bueno era que no había víctimas que lamentar, solo criminales que quemar.
Mientras me retiraba le dije a Johnson – Está bien, adiós– pero al estar tan distraído y aclarando las dudas y las inconformidades de las personas de ese pueblo, Johnson no me tomo en cuenta y me retire a espaldas de él.
Reagrupándome con Dickens justo en el lugar donde había dejado su carro, después de que la gente había salido del saloon, me dirigí hasta su vehículo y sin más, lo vi ahí sentado como si nada hubiera pasado.
– Señor Westergaard, lo conseguimos. Tengo dinero suficiente y…– me saludo, pero yo no le correspondí el saludo y en su lugar, lo tiré al suelo y lo sometí, en tanto le decía con mis dientes apretados – ¡Maldito! Casi pierdo la vida por un plan estúpido–.
Si, me había divertido un poco, pero realmente no era para nada divertido, en especial, si hubiera sido un pistolero novato, me hubieran matado al instante.
– Eh, bueno, creí que estaba de acuerdo conmigo– me contestó Dickens mirándome fijamente y con muchísimo miedo, ante lo que le llegará a hacer.
– Bueno. No me gustó arriesgar mi vida así– le justifique mientras lo levantaba del suelo y le limpiaba su piadoso y pulcro atuendo.
– Usted empezó– me señaló después de que lo levanté y después de que puse mis manos sobre mi cintura, mientras miraba a todos lados.
Conociendo el inicio del conflicto en el saloon, al fin y al cabo, lo acepte; acepte que yo fui quien había comenzado dicho conflicto – Lo sé, lo sé…– le confesé mientras asentía en repetidas ocasiones.
Cambiando de tema rápidamente, le pregunté lo que había obtenido – Está bien, señor Dickens. ¿Cuánto obtuvo?– sin rodeos me dijo simplemente – Nada–.
Inclinado mi ceja, lo cuestione ante la poca o nula obtención de dinero, pensando en ese momento en no haberlo dejado solo – ¿Nada?–.
Tomándome por sorpresa, me mostró una bolsa con dinero y joyas preciosas – Bueno, si obtuve dinero…– con incredulidad, me fijé en la bolsa y me di cuenta al instante de que Dickens había obtenido el dinero de los idiotas que estaban inconscientes durante el enfrentamiento en la cantina.
Era obvio que nunca íbamos a ganar dinero con bebidas de índole sospechosa, pero si robándoles a los idiotas de la cantina.
– De los sujetos que usted golpeó– me confesó, ensanchándome una sonrisa algo sádica, pero que realmente era una sonrisa traviesa.
– Mmm, eso quiere decir que les robó a los que estaban inconscientes, mientras estaban todos en el suelo– le dije, sabiendo la prominencia del monto acumulado por parte del viejo, este último ante eso, me asintió – Algo así–.
Ladeando mis labios, sabía que estaba mal lo que había hecho pero realmente me sentía bien al saber que tendría dinero para unos cuantos días o meses – Mierda. Bueno, menos mal…–.
Con su cometido, lo miré al viejo a los ojos, repentinamente me preguntó haciendo vibrar la bolsa – Y bien, señor Westergaard, ¿Quiere una parte de mi honrado botín?–.
Dudando entre aceptar o no, al final me decidí por aceptar, no había de otra para mí – Ya que…– al aceptar, repentinamente el viejo comenzó a contar el dinero a su manera, siendo ahí el momento justo para intervenir y decirle como contar correctamente.
– A ver, deje que yo lo cuente– le pedí la bolsa mientras me hincaba y tomaba la misma bolsa, en tanto contaba el dinero, y así determinando que parte le correspondía a cada quien.
Al finalizar el conteo de dinero y objetos de valor, me levanté y le entregué su bolsa – Tenga. Una parte para usted y una parte para mí–.
Aceptando como niño que recibe sus regalos con tanto carisma, me dijo muy entusiasmado – Muy bien, gracias–.
Viendo su evidente nerviosismo, no le quedó otra que volver a su carro y mientras yacía ahí trepado en su vehículo me dijo como penúltima cosa – Bueno, creo que estamos a mano por fin–.
Guardando el dinero dentro de mi bolsa colgante, le respondí mientras rodaba mis ojos – Si, eso espero–.
Instantáneamente y dándole la orden a los caballos de movilizarse, agregó mientras estaba a pasos de retirarse – Creo que es hora de que me vaya. Le deseo un buen día–.
Casi seguro de que volvería a encontrármelo le dije con una sonrisa algo tonta – Igualmente–.
Y finalmente, yéndose, me dijo como última cosa mientras se alejaba lentamente y sin mucha preocupación – Nos vemos, señor Westergaard. Tal vez tenga más trabajos para usted. No olvidaré contactarlo–.
– Si, como no…– le respondí mientras alzaba mi brazo y me despedía de él.
Igual que Johnson, sin verme o corresponderme el gesto de despedida, se terminó yendo lejos, sabiendo que nos volveríamos a encontrar, probablemente.
Observando su diminuta figura alejarse más y más, al final concluí mi aventura con un suspiro y una frase corta – Fiu, de vuelta a casa…–.
Dándome la vuelta y caminando de regreso a casa, en tanto llamaba con un chiflido a mi corcel y le daba la orden de que me siguiera, camine un poco más hasta que más tarde y más alejado de Brimstone, decidí montarlo y cabalgar de vuelta a mi hogar.
POV: Elsa.
Aburrida y después de haber dibujado, haber jugado con Bruni y haber cantado la canción de mi madre; Libre soy, me había quedado dormida a duras penas.
Papá cuando salía me decía para que me mantuviera alerta, "No te quedes dormida, porque si viene algún intruso, puede lastimarte".
Difícilmente me costaba trabajo tomarme enserio eso.
Aburrida aún, no había nada que hacer, ya estaba atardeciendo rápidamente cuando escuché al caballo de papá llegar.
Me fui a asomar por la ventana y efectivamente, era papá, por fin había llegado.
Aunque me dijo que no se tardaría, lamentablemente si se tardó.
Al abrir la puerta, corrí a recibirlo, en tanto el bajaba de Baylock y me correspondía el abrazo – ¡Papá!–.
– Elsa… me lastimas…– me dijo algo disgustado por la forma brusca en que lo recibí.
Al separarme muy confundida, lo mire y en eso me informo el porque no le había gustado que yo lo abrazara – Me dispararon en mi hombro–.
Estaba aterrada, a pesar de que lo admiraba, odiaba en el fondo que se quisiera creer el mejor como el abuelo.
Negando y pensando únicamente en que siempre se metía en conflictos le dije con un poco de tartamudeos – Me dejas sola, y siempre… siempre… siempre te metes en problemas–.
– Lo sé…– me contestó, mientras ataba a Baylock a la cerca de madera y luego de eso, nos encaminábamos de vuelta a nuestro hogar.
A dentro, me dijo mientras tomaba asiento y se quitaba su abrigo y otras prendas que cubrían su cuerpo – Ayúdame, Elsa...–.
Desnudo completamente del torso, lo mire a mi padre, era muy atractivo a decir verdad, pero no podía fijarme en eso, sino en su enorme herida que traía en el hombro.
Temblorosa y muy nerviosa, preparé algo de agua tibia en el fuego de la chimenea.
Esperando a que se calentará un poco el agua me preguntó mientras me encontraba mirando el agua burbujeante en el contenedor de metal – ¿Vino alguien, Elsa?–.
Girando mi cabeza, le dije – Nadie–.
Ante mi respuesta, él asintió. Le daba miedo dejarme sola, por ello siempre me preguntaba si había llegado alguien ajeno a nuestro hogar.
Ya estando lista el agua, fui por el botiquín para poder hacer la labor de sacarle la bala del hombro a mi padre.
Llegando con el botiquín, rápidamente lo abrí y saque los utensilios para extraer la bala de su hombro.
Con alcohol, unas pinzas, y abriendo un poco la herida, escuché a mi padre apretar los dientes tanto al grado de que quería llorar.
Creo que fue doloroso que le hayan disparado.
No quería ni saber que era lo que se sentía.
Mientras sacaba la bala de su hombro, mire su rostro; estaba rojo, ligeras lágrimas salían de sus cuencas y sus dientes estaban tan apretados que incluso sentía que se desprenderían de su boca y me darían como esa bala atascada en su extremidad.
Después de un insoportable y casi fallido intento de extraer la bala, lo pude conseguir.
Pude sacarle la bala, la cual era algo grande y de un metal cercano al oro, probablemente cobre.
Depositando la bala en el agua, percibí el momento en que está última había disuelto el agua limpia y la había convertido en agua totalmente irradiada de un rojo carmesí.
Mirando nuevamente a papá, pude verlo sollozar. Sabía que era doloroso, pero también sabía que incluso el podía perder la vida o una extremidad.
Colocándole un poco de algodón y curando su hombro con un poco de vendaje, se levantó de la silla y sin decirme nada se dirigió a su habitación, donde alguna vez mamá durmió junto a él.
Asombrada, camine hasta su habitación, y al abrir la puerta, lo vi durmiendo en su cama.
Le dolía mucho la herida, pero ante eso casi siempre aguantaba.
Asintiendo ante lo que acababa de hacer, me dirigí a ordenar todo y a lavarme las manos después de que la herida me había impregnado con su sangre.
Aburrida nuevamente, fui a mi habitación junto con Bruni.
Sin nada que hacer, decidí que lo mejor era tomar unos minutos y dormir nuevamente.
Me acosté en mi cama y a mi lado se acostó Bruni.
Mirando el techo de madera, dije antes de quedarme dormida definitivamente – Hasta mañana, Bruni–.
Tiempo después, me levanté de mi cama.
Bruni ya no estaba conmigo, así que decidí ir a buscarlo.
Al bajar, vi a papá comiendo y guisando algo mientras mantenía su brazo vendado y asegurado en su propio abrigo.
– Hola, Elsa...– me saludo al verme bajar.
– Hola– le respondí mientras tomaba asiento y esperaba a que me sirviera algo de comer.
Mirándome tristemente, me confesó lo que sucedió – Mierda, casi me matan por una tontería en Brimstone–.
Con cara de perplejidad, no podía creer que mi padre hubiera ido hasta allá, así que le pregunté de manera curiosa – ¿Qué hacías allá?– casi remilgando y negándose a decirme su estancia allá, me dijo con pereza – Nada, bueno. Bueno quería ganar algo de dinero fácil, así que ayude a un viejo y luego me pelee con los hombres del delincuente, Bill Williamson–.
Al escuchar el nombre de ese hombre no pude evitar pensar en el daño y salvajismo que le había hecho a algunas personas, según lo que decían los diarios.
Personalmente, tenía la idea de que el señor Bill Williamson fue alguna vez bueno, pero estando en una banda de puros hombres malos, estos últimos lo hicieron así.
Me aterraba mucho cuando lo mencionaban, además había escuchado rumores de que había quemado ranchos y establos con el único fin de autoproclamarse como el amo en todo el estado.
Cruzando los dedos de que nunca nos llegará a lastimar, le pregunté preocupada a mi papá – ¿Y si viene para acá por lo que le hiciste?–.
Mirándome fijamente y también mostrándose preocupado ante mi cuestión, me dijo – No lo creo. Si viene para acá, tu te deberás esconder, Elsa. Y yo lo mataré, sea como sea…–.
Dudando sobre su declaración, le dije con mucho miedo mientras me levantaba de la mesa y me acercaba a abrazarlo – No quiero perderte–.
Conmovido ante mi temor me dijo como última cosa – Nunca me perderás… Te quiero mucho, hija. Juro que no me separarán de ti. Y haré todo lo posible por protegerte– ante eso último dicho, me abrazo un poco fuerte, en tanto me daba besos en mi frente y arriba de esta, cerca de mi cabello.
No quería que matarán a mi padre, por ello dure un tiempo con mucho miedo, casi sin poder dormir bien… Hasta que me enteré por medio de los diarios que el señor Bill Williamson había muerto a manos de uno de sus compañeros.
A partir de ese momento, me sentí aliviada, pero no por mucho, porque después de haber superado ese temor; otro temor llegó con fuerza, y era ni más ni menos que el cólera.
Esa pandemia de cólera llegó y con ello, muchos de mis amigos murieron por culpa de esa enfermedad.
No paso mucho tiempo para que Bruni, muriera, después de que un hombre infectado de cólera lo matará a golpes, siendo para mi un momento muy duro y horrible, ¡Dios! Amaba a Bruni… Me lamento y lo extraño mucho…
Sabía que había algo nuevo que comenzaría en nuestras vidas, tiempo después… En la vida de mi padre y en la mía…
{-}
Notas del autor:
Hola de nuevo, lector. Espero que se encuentren bien, bueno, nuevamente me tarde en actualizar, pues sencillamente tengo otras historias que estoy haciendo, así que… si me tarde un poco.
Bueno las aclaraciones y puntos son los siguientes:
Primero, este fic forma parte del ya mencionado fic de mi propiedad, Nacidos de una leyenda, transcurre este corto en la trama de Red Dead Redemption 1, meses antes del comienzo del juego.
Segundo, este fic se basa en fics Helsa, pero la forma en que se relata se basa en fics Jelsa. Cabe mencionar que tanto Hans como Elsa mencionan fics Helsa que se pueden hallar en sus diálogos.
Tercero, siendo lo más importante, la relación de Hans y Elsa. Este fic no presenta emparejamiento o shipping, sino la relación entre padre e hija. Lo curioso al hacer este fic, lector, es que en una parte del fic puse lo que piensa el Hans de esta historia; bueno sin ofender, el Hans de esta historia es distinto, su manera de pensar radica en que desconoce a su yo auténtico y traidor, y no solo él, sino Elsa, ella desconoce a la rubia congelante que lleva adentro. En pocas palabras me resultó interesante la relación de Hans y Elsa, pues a la hora de que lo estaba haciendo este fragmento, me recordó a Arthur Morgan y un niño Jack Marston, Kratos y Atreus, John Marston y su propio hijo, Jack, Marcus Fenix y JD Fenix, entre otros.
Cuarto, este fic presenta un enfrentamiento (para serles sinceros, poco interesante y nunca antes planteado) entre Hans y Bill Williamson. Estos dos personajes son traidores, pero el más cobarde de los dos es Bill. Inicialmente presentaría un enfrentamiento entre estos dos, el cual sería frenético y tomaría como base para el encuentro hostil un fanfic Helsa lemon de alguna autora Helsa, en este caso la descripción lemon se reemplazaría por una de acción y golpes en la cara.
Quinto, este fic presenta personajes de la serie de televisión Miraculous Ladybug, el hecho de que los hiciera aparecer a estos personajes es porque como inspiración e investigando un poco un personaje; en específico, su actriz de voz, Carrie Keranen interpretó años antes (2004) a la legendaria ranchera del Red Dead Revolver, Annie Stokes. En resumen, Annie Stokes y Alya Césaire tienen a la misma actriz de voz en inglés.
Sexto, y último para este fic se usó como inspiración el vídeo del usuario Bladerock1996. Su video se llama Red Dead Redemption "El tónico revitalizante Simpson e Hijo" V 2.0.
Y bien lector, es todo, nuevamente les agradezco mucho por leer, espero les haya gustado. Dentro de poco les traeré más fanfics.
Sin más que decir, nos leemos pronto.
