Nota: Desgraciadamente, contiene algo de Ooc ucù.
Capítulo Cinco
Inteligente.
Como dice el dicho: no sabes lo que tienes hasta que lo pierdes.
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El lunes siempre regresaba con un martilleo en sus oídos y la luz del neón en toda su cara. Aquel condenado bar podría tener la localización de su letrero llamativo en otra parte. En los cojones del dueño, por ejemplo. Pero era demasiado perezoso como para pensar si quiera en discutir. Y en realidad, era culpa suya por no haber bajado la esterilla por la noche. Él y su condenada pereza.
La misma que en esos momentos le hacía mirar de reojo al dichoso despertador que vibraba sobre la mesa junto a la puerta. Tenía que apagarlo antes de que su madre apareciera y terminara sacándolo de la cama a base de escobazos. Pero estaba tan lejos…
Gruñendo por deshacerse del calor de las ropas, no le quedó más remedio que abandonar la cama y apagar el dichoso ruido antes de que le doliera la cabeza. Rascándose el estómago miró hacia el escritorio. Tenía todos los papeles dentro de la carpeta roja. No comprendía por qué, tras terminar las clases, Asuma se había empecinado en que hiciera esos test ridículos. Los había respondido rápido, sin embargo, por culpa de la gran cantidad que eran, había terminado perdiendo unas horas de sueño.
—Tsk, problemático.
Abrió la puerta tras colocarse el uniforme de mala gana y se encontró a sus padres despidiéndose en la entrada. Shikaku levantó los ojos de su mujer para clavarlos en él un instante. Tras revisarlo sonrió.
—¿Quieres que te lleve? Me pilla de paso.
Shikamaru miró de reojo hacia la ventana del salón. El cielo estaba gris y era demasiado vago como para descartarlo.
—Iré.
—Pues recoge tus cosas. Te espero abajo.
Shikamaru se volvió para permitir que sus padres terminaran de despedirse.
La situación entre estos era algo que a veces no comprendía. De pronto se tiraban los trastos a la cabeza como momentos después se daban besos a escondidas o intercambiaban miradas que prometían algo que, Shikamaru, prefería no saber.
Había intentado tener charlas coherentes con su padre acerca de cómo comprender a las mujeres, pero no había tenido más que respuestas que dejaban todo al aire y que le indicaban que debía de ser él quien diera el primer paso para descubrir ese mundo. Shikamaru no había sentido el menor interés por las chicas, más allá de lo que era normal, claro.
Podría írsele los ojos detrás de alguna chica de buen ver, pero babear como Naruto o Kiba podrían llegar a hacer: no.
—Algún día conocerás una chica de la que no podrás apartar la mirada, y entonces, comprenderás mejor todo.
Esa era una de las frases preferidas de su padre. Continuaba sin comprenderlo.
—Y dime, ¿qué tal está Asuma?
Shikamaru escuchó el clic característico del cinturón al encajar. Levantó la mirada hacia su padre, que presionaba el volante con sus dedos mientras el vehículo empezaba a avanzar.
—¿Asuma? — cuestionó. La imagen del profesor que siempre portaba un cigarrillo entre sus labios se le dibujó en la mente.
—Sí. Si mal no recuerdo, es un profesor en tu nuevo instituto.
Shikamaru asintió y bajó la ventanilla. El aire frio le golpeó el rostro.
—¿Cómo es que le conoces?
Su padre se detuvo en un semáforo en rojo y suspiró.
—Es una vieja historia…— Cuando Shikamaru no hizo por detenerle, suspiró y continuó—. Iba a ser mi compañero. Es decir, era policía. Dejó su trabajo para dedicarse a la enseñanza. Era uno de los mejores.
Shikamaru frunció el ceño y miró a su progenitor con interés. Éste desvió rápidamente la mirada hacia la carretera cuando la circulación volvió a fluir.
Así que el dichoso experto en test de inteligencia había formado parte de la policía. Sin embargo, esos días se encargaba de dar clases a alumnos problemáticos y a fumar en horarios no reglamentados de patio.
—En el sector de inteligencia.
—No. —Shikaku frunció el ceño—. En el sector de campo.
Shikamaru no preguntó más. Se concentró en observar las calles y cuando las puntas afiladas de las torres de la escuela entraron en su visualización, una idea extraña cruzaba su mente. Tras despedirse de su padre, se quedó mirando la parte trasera de su vehículo hasta que lo perdió de vista. La carpeta le pesaba bajo el brazo.
—Tsk. Demasiado problemático todo.
Se volvió y se mezcló entre los distintos estudiantes. Algunos le reconocieron rápidamente con un miembro de 2-b, por lo cual, se apartaban antes de que tuviera tiempo si quiera de rozarles. Ya estaba acostumbrado a esa clase de desprecio. Lo había visto cada día en adultos y en otros compañeros.
—Sasori, ya te dije que estaba bien. Me parece genial que vengas a clases y todo eso. Pero en vez de preocuparte por mí, podrías traer a mi hermano.
Se volvió hacia la voz. Temari caminaba junto a uno de los mayores. Un pelirrojo al que había visto hablar una vez con Naruto en la cafetería. El chico había rodeado los hombros de la rubia con su brazo derecho y tiraba de ella de forma absurda, como si quisiera que perdiera el equilibrio.
—Ya sabes que tu hermano no quiere escuchar hablar de este lugar ni en pintura. ¿Qué más quieres que haga? Me partiría la cara antes de que terminara la palabra escuela.
Temari se deshizo del agarre con un empujón. Fue entonces cuando sus ojos se encontraron. La chica levantó la mano para saludarlo.
—¡Shikamaru! — exclamó y corrió hacia su altura. El circulo abierto que le rodeaba se acentuó más cuando un nuevo integrante de 2-b se unió a su altura—. Espera, vamos juntos.
El pelirrojo bufó y tras lanzarle una mirada de advertencia, se mezcló con el resto de la gente. Shikamaru miró por encima de su hombro hasta que los cabellos tan llamativos desaparecieron de su visión.
—Bonita forma de espantar hombres. Tsk, harás que sea más problemático todo.
Temari suspiró.
—Es mi primo. No un hombre.
El moreno enarcó una ceja.
—Es un hombre, lo mires por donde lo mires.
Temari frunció el ceño mientras subía las escaleras.
—Pero es mi primo. Eso lo descarta como visión de hombre.
Shikamaru no dijo nada más. Si los hombres tenían sus cosas complicadas, imaginaba que las mujeres todavía más, aumentando que para él fueran incomprensibles un nivel más. Porque puede que para Temari aquel chico no fuera nada, no obstante, Shikamaru sabía reconocer la mirada de un tipo que deseaba marcar su espacio. Seguramente, si fueran animales, Temari habría sido marcada completamente por él.
Pobre chico. Discriminado a la zona de amigos de una sola patada.
(…)
Temari arrugó el ceño cuando Shikamaru se apartó para entregar la carpeta que llevaba bajo el brazo al profesor Asuma. Este la miró un instante antes de centrarse en el chico. Ella lo ignoró y se concentró en pedir la llave del aula. Se suponía que ese día le tocaba a Shikamaru encargarse, sin embargo, le había sido completamente imposible quedarse más tiempo en su casa.
Su padre había ido de visita. O quizás simplemente a fastidiar. Al parecer, una información jugosa había llegado hasta sus orejas y tal era la fuente que había estado a punto de verse involucrada.
(Flashback)
Sirvió el tazón de leche con cereales y arqueó una ceja. Esperaba que el tazón y su contenido terminara estallando frente a la primera pared. Sin embargo, Gaara cogió su cuchara y engulló la comida. Temari sostuvo el café entre sus manos, en parte calentándoselas, en parte, teniendo algo que sujetar para no pellizcarse.
Gaara parecía de buen humor. No era de los de tirar cohetes, pero parecía que algo le había alegrado lo suficiente como para necesitar comer. Y delante de ella. Aquello era nuevo, desde luego, y hasta sorprendente. Quizás… ¿podía tener esperanzas?
El timbre la sacó de su aturdimiento. Como si le recordarse que imaginarse una familia feliz, con un hermano encantador hubiera quedado atrás y no era lógico imaginárselo.
Detrás de la puerta la esperaba el rostro frio de su padre. Sus ojos la recorrieron de arriba abajo antes de entrar. Temari no esperaba esa visita. No era día de darles su escasa paga. Y mucho menos, habían noticias nuevas referentes a las empresas. O eso creía.
Miró hacia la cocina con el corazón echo un nudo. ¿Su hermano había vuelto a hacer una de las suyas, hasta el punto que había llegado a oídos de su padre?
Toda la tranquilidad, al traste, pensó.
—Temari.
Dio un respingo y miró directamente hacia la nuca de su progenitor.
—¿Cuántos años tienes ya?
La joven se sorprendió.
—Veintiuno.
No era agradable decir su edad. Especialmente, cuando todavía estaba en el instituto. Demonios, ella debía de estar ya preparándose para vivir sola, incluso casarse. Sin embargo, estaba ahí metida, en un aula, y sopesando la oportunidad de recuperar algo que se le quitó.
—Tienes edad más que suficiente.
Tragó saliva pesadamente. Una cosa era regañarse ella misma, a que esas palabras salieran de su padre.
—¿Qué?
Su progenitor se acarició la barbilla pensativo. De nuevo, volvió a revisarla de arriba abajo.
—Podrías casarte ya perfectamente.
Temari retrocedió.
—No tengo esa intención. Primero pienso sacar mis estudios.
—¿Y de qué pueden servirle a una mujer que se encargará mejor de la casa y de traer críos que de estar trabajando? ¿O es que planeas quedarte toda tu vida limpiando la mierda de tu hermano? Ese monstruo te abandonará en el instante que una chica se le abra de piernas. Mejor venderte ahora que estamos a tiempo.
Sin aliento, solo alcanzó a soltar el vaso de café ya frio contra el suelo. Su padre la sujetó del mentón y sacudió su cara para revisar cada ángulo. El estómago se le revolvió.
—Los Uchiha y los Hyûga están haciendo eso mismo para consolidar empresas. Ya que tu hermano menor dejó todo por aquellas tonterías que aprendió con tu primo y así lo pagó, matándose, tú eres lo único que me queda servible. Si puedes abrirte de piernas para un profesor ¿por qué no para unos millones?
Temari rechinó los dientes y golpeó el brazo que la sujetaba. Su padre retrocedió sorprendido un instante, lo justo, antes de levantar el brazo y golpearla. Por suerte, reaccionó. Echó un paso atrás y el golpe solo quedó en unos cuantos mechones arrancados.
Tropezó con el sillón.
—Si dañas la mercancía nunca sirve de nada.
Su padre se volvió como si llevara un demonio dentro. Gaara estaba apoyado en el quicio de la puerta de la cocina, mirándose las manos. Su padre retrocedió y sacudió la cabeza.
—Definitivamente no me servís para nada. Solo sois como animales que he recogido para tener enjaulados, nada más.
Y arrastrando los pies salió de la casa. Temari resbaló hasta caer de rodillas. Gaara la miró un instante, antes de desaparecer en su dormitorio. La puerta sonó un momento después. Sasori fue a recogerla con la estúpida idea de que ella estaría encantada.
(Fin del flashback)
Por suerte, todo había quedado en un susto. O eso esperaba. Temía regresar a casa y descubrir una carta que la casara de inmediato con algún estúpido viejo que ayudara a las empresas "Arenas" a continuar adelante.
No podía fiarse de los adultos.
—¡Temari-san!
Miró por encima del hombro y casi sintió un terrible alivio cuando Matsuri corrió hacia ella, mochila colgando el brazo y el uniforme desarreglado, claramente de haber salido con prisas de su casa.
—Tienes tiempo de sobras, Matsuri — tranquilizó. Ella asintió, tragó y levantó una mano.
—Lo sé, pero… es que necesitaba verte antes de que empezaran las clases.
—¿Por qué? — cuestionó levantando tantas las cejas que la frente se le arrugó.
—Quería disculparme contigo. Vamos. — Caminaron mediante hablaban, con Matsuri intentando recuperar el aliento—. Ayer me comporté horrible con Gaara y creo que te causé problemas con él. Lo siento mucho.
Temari negó y abrió la puerta cuando llegaron.
—Para nada. Gaara está demasiado susceptible. A veces tiene cambios de humor que me sorprenden hasta a mí.
Se mordió el labio inferior. No podía contarle a Matsuri lo sucedido esa mañana. Quizás fuera una persona horrible, pero le habían hecho tanto daño en el pasado, que confiar tan fácilmente en las personas todavía le costaba.
Matsuri dejó la mochila en su asiento y llegó hasta su altura rápidamente, alisándose la falda.
—Temari-san. ¿Realmente él no quiere venir?
Temari enarcó una ceja. Su hermano. Matsuri estaba realmente interesada en su hermano. Probablemente desde hacía años. Si no, no comprendía que, tras haberla asustado de esa manera, ella continuara interesada.
—No quiere. — Se encogió de hombros y empezó a sacar sus cosas—. Se ha empeñado en vivir de un modo diferente. Demasiado… oscuro.
No quería pensar en las cosas que Gaara hacía. Deseaba fervientemente creer que su hermano todavía tenía una oportunidad. Porque en realidad, no había hecho nada malo.
Matsuri terminó de abrocharse la camisa bien, usándola como escudo para que Kiba, que acababa de entrar con Shikamaru y Choûji no la vieran. La miró con sus ojos negros con suma atención y sonrió.
—Yo podría ayudar.
—No creo — negó sorprendida. Si Gaara volvía a verla por la casa era capaz de hacer cualquier barbaridad.
—Puedo.
Temari se sorprendió. Matsuri era demasiado cabezona algunas veces.
—¿Cómo?
Matsuri se acercó tanto a ella que sintió su aliento golpearle el oído.
—Voy a suplir durante un tiempo a la mujer que va a limpiar a tu casa. Puedo hacerlo.
—¿Qué?
Aquello era una sorpresa. Matsuri trabajaba para las empresas de su padre como limpiadora. Desde que los padres de la chica murieran, ella tuvo que ocupar el puesto de su madre para poder seguir viviendo. Quizás por eso cambió.
—Espera. ¿Por qué? ¿Por qué harás eso por Gaara?
Matsuri enrojeció levemente, retrocediendo.
—Porque, aunque él no lo recuerde, tengo que devolverle un favor.
(…)
—¿Estás de broma?
El grito casi retumbó por todo el cuarto de baño. Era el segundo y último recreo. Estaban a punto de empezar la quinta hora e Ino continuaba reteniendo a su amiga contra la puerta del unitario. Sakura había suspirado por cuarta vez.
—No lo es.
Ino se apartó los cabellos con endulzada feminidad. Sakura puso los ojos en blanco y volvió a golpearle el hombro. Como si aquello ayudara en algo. Si lo hubiera sabido antes, nunca habría abierto la boca. Pero Sakura siempre fue su mejor amiga y creía poder contarle todo. Hasta ese detalle.
—¿Tan horrible te parece?
—¿Horrible? — cuestionó la chica de cabellos rosas incrédula— ¡Espantoso más bien! Ino, creo que deberías de habértelo pensado más.
Ino chasqueó la lengua. Quería a Sakura como una hermana. De verdad. Pero a veces esa mente cerrada la cabreaba. Sakura era el tipo de mujer que solo amaban una vez en la vida. De las que, si el chico que amaban con tanta fuerza no las correspondía, se quedarían solas hasta que llegara su turno de entrar en el ataúd.
Había puesto el grito en el cielo cuando le contó sus avances en la relación con Deidara. Tenía que confesar ella misma que simplemente había comenzado como un deseo de hacer enfadar a Sai y demostrarle que no lo necesitaba como una sombra. Pero eso terminó llevándolos hasta un sofá donde sus bocas se convirtieron en el tema más interesante que las estatuas.
Y su mejor amiga desaprobaba eso como si le hubiera dicho que había besado a un demonio.
Deidara besaba de fábula. Tenía una boca sumamente experta y si aquel extraño chico no hubiera interrumpido, seguro que terminaban en algo más intenso.
(Flashback)
Deidara maldijo contra sus labios cuando se escuchó el primer timbrazo. Lo ignoró y volvió a meterle la lengua entre los labios. Ino sonrió y chupó. El segundo sonido los obligó a separar sus rostros. Deidara miró hacia el reloj. Eran las siete de la tarde.
Ino se lamio los labios y le observó. Un nuevo toque en la puerta hizo gruñir al mayor. La observó con gesto de protesta y acariciándole las piernas la empujó con suavidad hasta quedar sentada.
—¿Quién demonios será?
Arrastró los pies hasta la puerta. Ino aprovechó para cerrarse los botones de la camisa que fue abierta mientras estaba demasiado concentrada en la boca masculina. Se tiró ligeramente de la falda y se subió uno de los calentadores hasta su lugar correspondiente. La puerta crujió cuando Deidara la abrió.
—Mierda, eres tú. No podías haber venido en otro momento, hn. Estoy moldeando una obra de arte, hn.
Ino no alcanzó a escuchar la voz de la otra persona, pero Deidara encogió los hombros y se echó a un lado. Fuera quien fuera llevaba una sudadera con capucha. Tenía los hombros humedecidos por la lluvia y ni siquiera se molestó en mirar hacia ella. Entró al interior del taller.
Deidara suspiró y la miró.
—Será mejor que te vayas a casa, Ino.
Se acercó hasta el sofá y colocó ambas manos sobre el respaldo, manteniéndola entre sus brazos. Le besó la frente, la nariz y finalmente, los labios.
—Mañana continuamos.
(Fin del flashback)
Pero no hubo ninguna llamada. Estuvo como una idiota mirando su móvil sin señal alguna. Incluso cuando la puerta se abría, con esperanza de verle entrar a la floristería, su corazón dejaba de latir. Sin embargo, esperaba que el recuerdo de esa fantástica boca no solo la emocionara a ella. Mas Sakura se mostró inaceptable al tema.
—De todas maneras, solo fueron besos, Sakura— descartó moviendo una mano desinteresada—. Ya sé que, si hago algo más, mejor no te lo cuento o gritarás tan fuerte que el instituto entero lo sabrá.
Sakura se frotó el ceño.
—No se trata de eso. Se trata de que tú no estás enamorada de ese chico.
Ino bufó.
—Si tengo que esperar a que pase finalmente mi amor por delante, me volveré vieja y pasa. No habré disfrutado para nada de mi juventud.
Se colocó las manos en la cintura, esperando. Sakura negó con la cabeza.
—Igual ya lo tienes delante y no te has enterado, Ino.
—¡Venga ya, Sakura! — protestó y la hizo a un lado para poder salir—. Si fuera así, dudo mucho que me hubiera ido con el senpai. Puedo ser de todo pero. ¿Infiel? ¡Nunca!
—No hablaba de eso. — Sakura la siguió hasta el lavabo, golpeó la losa con tanta fuerza que a punto estuvo de romperlo—. No veo correcto que des tu virginidad así como así a una persona que ni conoces.
—¿Mi virginidad? Sakura, piensa correctamente la edad que tenemos. Tengo dieciocho años. No voy a quedarme virgen hasta entrar en el ataúd como quieres hacer tú.
Sakura se mordió el labio inferior y al instante, Ino se sintió horrible. Se pasó una mano por los cabellos.
—Lo siento. Es que no puedo comprender que, después de lo que sucedió, sigas estando tan arraigada a él y sin embargo, te retengas por Naruto. Decídete. Porque tus dudas también hacen que Naruto tenga una leve esperanza que le da alas.
Ino conocía la historia tras todo. Lo que había sufrido Sakura. El respeto que sentía por Naruto. Los miedos y las cosas que la hacían dudar. Habían tenido conversaciones infinitas acerca de eso, sin embargo, Sakura nunca terminaba por decidirse.
—Ayer… estuve a punto de ceder a él.
—¿A quién? — sorprendida, inclinó la cabeza más hacia su amiga de cabellos rosas.
—Naruto. — Sakura apretó su brazo derecho con la mano izquierda. Como siempre que estaba preocupada, mordió su labio inferior—. En mi casa. Fue… después de lo del hospital. No te lo conté, porque pensé que realmente había sido una tontería, que no tenía nada importante. Sin embargo, por más vueltas que le dé, creo que lo tiene. Podría haberle dado más alas.
Ino se frotó el ceño.
—¿Qué le dijiste?
Sakura suspiró.
—La verdad es que pensaba en Sasuke. En… su comportamiento. Por más que quiera… fingir que no le pasa nada, encerrarse, no sirve de nada. Puedo leerle. Pero… yo sentí, en ese momento, que quizás Naruto podría hacerme feliz. Más que Sasuke. Por eso, estuve a punto de confesarme. De decirle que me gustaba.
—¿Lo hiciste?
Sakura negó.
—Hui hasta el baño. Cuando salí, Naruto se había ido. Esta mañana me saludó como si nada. — Encogió los hombros.
—Esto es ridículo. O te quedas con uno o con el otro, pero no con los dos. ¿Me oyes?
—¡Ya lo sé! — exclamó—. Pero no es tan sencillo. Si fuera más fácil yo misma me pondría límites. Pero desgraciadamente, el chico que me gusta no hace más que putearme y el otro… es demasiado maravilloso y bueno para mí.
Ino se llevó una mano a la cadera, suspirando.
—Bueno, querida, para animarte te diré que la gran mayoría de chicas que te escuchara se declinaría directamente hacía el "maravilloso y bueno" que hacia el que te "putea". ¿Eres masoquista o algo así?
Fue el turno de Sakura de suspirar.
—Ino, por Dios.
Ino sacudió la cabeza. ¿Por qué su amiga se empeñaba en no ver más allá? Ella había discutido con Sakura muchas veces por Sasuke. Al principio, como a todas, había estado embelesada por él, incluso llegó a hacer frente a los sentimientos de Sakura, pero luego fue demasiado incoherente. Desde que Sakura se confesó a él no era extraño verle jugar y siempre delante de su mejor amiga, sin importarle pisotear sus sentimientos. Fue así como Ino descartó a Sasuke y se enfrascó en buscar más amores factibles.
Pero Sakura continuaba ahí, arraigada. Como si hubiera visto algo realmente bueno en el chico que no hacía más que provocar que todas las noches su almohada estuviera empapada.
—¿Qué me dices de Sai?
Un escalofrío recorrió el cuerpo de la Yamanaka.
—¿Qué tiene que ver él en todo esto?
Sakura encogió los hombros.
—Dímelo tú.
Ino bufó y caminó a pasos ligeros hacia la salida. No quería hablar de ese chico. No después de todo lo que había pasado y, que encima, se viera como que no había hecho nada. Con su ridícula sonrisa y mirándola todo el tiempo como si esperara que le suplicara.
—No tengo nada que decirte. Solo que, si ya era poco lo que hablábamos, imagínate ahora.
Sakura enarcó una ceja, clavando en ella aquella mirada tan suspicaz y puramente maliciosa.
—Ya. ¿Por eso has decidido que es más interesante mostrarte interesada en Deidara que seguir permitiendo que un chico de nuestra clase te vaya detrás?
—¡Él solo quiere…! — gritó, bajando la voz al ver que algunos escolares se volvieron hacia ellas—. Solo quiere dibujarme, nada más. Y mi padre no quiere que me exponga a ello.
—Dudo que tu padre prefiera ver cómo te rebozas en babas con un superior.
—Por dios, tiene la misma edad que Temari— bufó. Se pasó una mano por los cabellos, resaltando la gran coleta—. Además, puede que él sí me dé algo que Sai no puede darme ni en sueños.
Sakura puso los ojos en blanco, siguiéndola.
—¿Y no te preocupa que ese tipo tenga secretos? Después de lo que me contaste, con lo fácil que te echó de su taller, tú dirás. Ahí había algo que no quería que vieras.
—No vayas a jugar ahora a detectives, frentona— advirtió.
—No. — Sakura hundió los hombros con desgana y luego empujó la puerta del aula con las caderas—. Perdona por preocuparme por ti, Ino-cerda.
Ino estaba a punto de protestar cuando algo pasó rozándole la nariz. Sakura gritó, echándose justo a un lado. Alguien gritó desde el interior de la clase y alcanzó a ver un reflejo amarillo salir disparado del aula. Solo había un rubio varón en esa aula.
—¡Naruto!
El rubio levantó los ojos hacia ella antes de apartarla. Ino tuvo que aferrarse a su camisa para no caer en el suelo.
—Ino, agáchate.
Obedeció al instante. Cubrió su cabeza con ambas manos a la vez que él levantaba la pierna. Quien hubiera tras ella recibió una patada directamente en las costillas, se estrelló contra la pared y cayó de culo sujetándose el costado. Cuando Ino miró hacia él no lo reconoció. Pero sí alcanzó a ver al primero que había salido casi volando del aula. El mismo chico que había intentado ligar con ella el primer día y que Naruto golpeó.
—¡Naruto! — Sakura gritó detrás de él, aferrándole del uniforme—. ¿Qué demonios haces?
Naruto escupió en el suelo y miró hacia los dos tipos.
—Largaros — gruñó.
Shikamaru se asomó, ayudándola a levantarse.
—¿Qué ha pasado? — cuestionó. Él Nara suspiró mientras ambos observaban al Uzumaki y Haruno gritarse, ganando como costumbre la chica.
—Naruto tiene un mal día y estos vinieron con tonterías. — Señaló el interior de la clase, directamente hacia la de cabellos largos y azules que miraba la puerta preocupada.
—Hinata. Espera. ¿Hinata?
Shikamaru asintió.
—¿Y Neji no ha hecho nada? — cuestionó sorprendida.
—Neji se ha ido a la hora del recreo. Su tío lo ha hecho llamar por un asunto importante. El tipo ese— señaló con la barbilla al acosador—. Se le ha ocurrido venir a entregarle un pañuelo que al parecer le prestó. Hinata lo ha aceptado, pero por algún estúpido motivo, el tipo se ha pensado que al sonreírle le estaba tirando largas. Ha intentado llevársela a la fuerza. Nosotros volvíamos, cuando Naruto lo ha visto. Y ya le conoces.
—No piensa, actúa.
Shikamaru asintió, haciéndose a un lado y apartándola a ella con cuidado para dejar salir a Hinata, que miraba preocupada a ambos lados.
—De todas maneras…— Ino se mordió el labio, pensativa—. Quizás solo es cosa mía, pero… ¿desde que empezaron las clases, no crees que Naruto está siendo más consciente de Hinata?
El Nara la miró con sorpresa y después, intercaló sus miradas de Hinata a Naruto, y así, sucesivamente hasta que afirmó. Se metió las manos en los bolsillos y se giró para entrar. Tayuya dio de lleno contra su pecho.
—¡Joder, estúpido ciervo de las narices! — exclamó la pelirroja empujándolo hacia atrás. Ino tuvo que usar las manos para evitar ser golpeada por la espalda del chico.
—Tsk, no te había visto— murmuró Shikamaru incrédulo.
Tayuya lo fulminó con la mirada y entró en la clase dando patadas a mesas y cosas. Shikamaru y ella intercambiaron miradas. ¿Qué demonios le pasaba siempre a esa mujer con Shikamaru?
(…)
—¡Pues pedirle perdón! ¿Qué otra cosa vas a hacer?
Sai miró confuso al chico de cabellos revoltosos y tatuajes en la cara. Sopesaba que Kiba no era el mejor para pedir consejos en esos casos, pero que le descubriera leyendo en la biblioteca libros sobre las mujeres solo había incitado al amante de los perros a entablar una conversación que no llegaba a ninguna parte. Se había visto contándole lo sucedido con Ino, aunque no era un secreto especial. La mitad de la escuela vio la bofetada en pura acción.
Kiba había asentido mientras rebuscaba en los libros imágenes donde salieran mujeres. Cuando Sai había terminado su respuesta lo confundió todavía más.
¿Por qué debía de disculparse él? No había hecho nada malo. Más bien sus intenciones eran buenas. Aunque Sakura quisiera hacerle ver que hizo entender que Ino era una fresca en potencia, no fue esa su intención. Si tan solo ella se diera cuenta…
—Pues eso. Tú discúlpate y verás cómo cambia. Ni siquiera te mira. ¿No?
Sai negó pensativo. Cerró el libro que tenía delante y suspiró. La campana iba a sonar. Ya se preocuparía más tarde de cómo debía de tratar el tema.
Al volverse, chocó contra algo que provocó que los libros terminaran en el suelo. Tras disculparse, se agachó para recogerlos.
—Vaya. Así me gusta, a mis pies, hn.
Levantó los ojos un momento para volverlos lentamente hacia el suelo. Deidara. Precisamente la persona que provocaba sus problemas.
Terminó de recoger los libros y levantarse, inclinó la cabeza y sonrió como despedida.
—Sabes, tu chica está bien buena. — Detuvo sus pasos, los hombros tensos—. Y tiene una lengua muy suave. Me pregunto cómo se sentirá en otros lados, hn.
Kiba le golpeó la espalda.
—Menos mal que no tienes chica. ¿Eh, Sai?
Miró hacia su compañero de clases y luego hacia Deidara, sonriendo.
—Cierto.
—Pues venga, a clases o llegaremos tarde.
Sai lo siguió casi sin ser consciente. Tenía un nudo en el vientre que le subía hasta el estómago. Nunca en su vida había tenido tantos deseos de estamparle a nadie un libro en toda la cara como en esos momentos.
—No me hubiera importado pelear, Sai.
Kiba caminó a su lado, dando patadas al suelo.
—Pero ese tipo, el de cabellos naranjas que está con el rubio, es peligroso.
Sai miró hacia atrás. Todavía se veía la puerta amplia de la biblioteca. Deidara estaba sentado sobre el filo de la mesa que ellos habían ocupado antes. A su lado, en una silla con una joven sentada sobre las rodillas, un pelirrojo miraba con aburrimiento hacia la salida. Estaba cubierto de pirsin. Pero no era eso lo extraño en él.
Había algo aterrador. Algo misterioso que daba miedo.
—Le vi pelear una vez— continuó Kiba—. Daba un miedo terrible. Y el tipo contra el que peleó era realmente fuerte. Lo venció y quedó invicto. Se dice que es un líder de algunas bandas callejeras. Pero a saber. Lo que sí sé es que la policía lo ha detenido varias veces.
Sai volvió la mirada al frente, hacia la clase. Ino entraba con Shikamaru, rascándose la nuca y encogiéndose de hombros por algo que el chico le dijera.
Quizás, las cosas no iban a ser tan sencillas como disculparse. Posiblemente Ino se estaba metiendo en una zona más peligrosa de la que debía.
(….)
Hinata no estaba acostumbrada a saltarse las clases. Si lo hacía, tenía que ser por dos buenas razones de peso: Problemas familiares o una enfermedad.
Mas en ese momento estaba haciéndolo por placer. En un loco impulso que sacó de a saber dónde, había tirado de la mano de Naruto con intenciones de hablar con él. Pero este terminó llevándola al exterior, detrás de las naves de almacenamiento de deportes.
En otras palabras, en lugar de arrastrar, fue arrastrada.
Jadeó, apoyándose con ambas manos en los muslos y miró hacia arriba para poder verle. Naruto se secaba la barbilla con la manga de la camiseta, mirando hacia atrás para asegurarse de que ningún profesor les había seguido. Cuando sus ojos se posaron en ella, dio un respingo.
—¿Qué ocurre, Hinata?
Tragó y volvió a tragar. No servía. Continuaba sintiendo los latidos de su corazón en la garganta.
—Yo… quería detenerte. Le presté a ese chico el pañuelo el primer día. Fue amable al traérmelo.
Naruto frunció el ceño, observando el pañuelo que todavía sostenía en su mano derecha. Antes de que Hinata tuviera tiempo de actuar, se lo arrebató y lo meneó en el aire con gesto descuidado.
—El problema no es el pañuelo.
Hinata no comprendía nada. Si no era el pañuelo…
—¿Es porque me cogió del brazo? — cuestionó señalándose. Naruto arqueó una ceja, incrédulo.
—¿Querías irte con él, Dattebayo? — exclamó. Hinata retrocedió, sorprendida.
—¡C-claro que no! — protestó pálida.
La sola idea de que ese tipo le pusiera la mano encima le provocaba náuseas. Tembló y se frotó los brazos con deseos de calentarse. Naruto suspiró frente a ella y le devolvió el pañuelo. Hinata no pudo mirar aquella prenda con los mismos ojos. La guardó en el bolsillo y se aseguró de que más tarde la donaría y cambiara por alguna otra prenda vieja que tuviera.
—De todas maneras, creo que fue muy rudo— continuó apretando los manos en puños. Las uñas se le clavaron en la carne, dándose valor—. No quiero que… N-Naruto-kun pelee de esa forma y menos por mí.
Naruto clavó la mirada fijamente en ella, apretando los puños dentro de sus bolsillos. Cuando Hinata volvió a mirarle fue como ver un rostro desconocido. Oculto bajo una sombra de oscuridad. Por un instante, tuvo miedo. Pero el miedo no era por ella, si no por él.
¿Acaso no se había expresado correctamente?
—¡Lo que quiero decir es…!
—Vaya, yo esperaba escuchar una declaración de amor y resulta que es una petición de "cuídate o sufriré por ti".
Ambos adolescentes dieron un respingo. Desde la parte superior del árbol tras el almacén, de una de las ramas, sobresalía una mano, caída de cualquier forma. Lentamente, la figura de una mujer se dejó ver. Tenía dos marcas en su cara semejantes a la de Kiba, solo que eran moradas. El cabello corto y castaño y una sonrisa de par en par.
—¿Quién eres? — Naruto se adelantó. La mujer bajó de un salto del árbol.
—Rin. Rin Nohara — se presentó levantando una mano y saludando felizmente. Hinata intercambió una mirada perdida con Naruto—. Estaba durmiendo ahí, felizmente, cuando de repente habéis llegado. Realmente me emocioné y resulta que no era una declaración de amor, jo.
Hinata enrojeció terriblemente, cubriéndose las mejillas con ambas manos.
—Pero, eso de querer que un chico no se hiera por tu culpa, es muy bonito. Desde luego que sí.
Naruto giró hacia ella, arqueando una ceja.
—¿Era eso, Dattebayo? — cuestionó rascándose la nuca. Hinata abrió la boca desconcertada.
Las lágrimas en sus ojos aparecieron como por arte de magia. Giró sobre sus talones y echó a correr. ¿En qué demonios pensaba? Había soltado toda esa parrafada para que luego él no la comprendiera y estuviera a punto de enfadarse equivocadamente.
Con lo que le había costado expresarse.
—Hinata Hyûga. ¿Verdad?
Se detuvo, frotándose los ojos para apartar las lágrimas. Un hombre estaba apoyado contra la pared, junto a las escaleras traseras de la escuela. Una capucha cubría la mitad de su rostro, impidiendo que lo reconociera. No había nadie más. Ni una presencia. Ni siquiera Naruto había ido detrás de ella. Tragó, retrocediendo. Se llevó las manos al vientre, justo sobre las heridas.
(Flashback)
—¡Maldita sea! Si se hubiera quedado quieta nada de esto habría pasado.
La voz era lejana. Como un murmullo entre nubes. No comprendía que había sucedido. Todo estaba borroso en su mente. Había ido a recoger los resultados del examen médico. Se suponía que tenía que regresar a su casa tras hacerlo. Hanabi la estaba esperando y seguramente, su padre. Oh, seguro que él estaba dispuesto a darle un buen castigo. Aunque no hubiera hecho nada de lo que desconfiar, un retraso por su menstruación— el cual Hanabi se encargó de hacer llegar a oídos de su progenitor en contra de los deseos de Hinata—, para su padre era algo sospechoso. Hinata se había sentido feliz cuando leyó en los papeles que simplemente tenía estrés. Eso calmaría la furia de su progenitor y volvería a darle algo de su confianza.
Sin embargo, al salir algo había fallado. Aunque no recordaba exactamente qué.
—¡Es normal que una chica que está siendo secuestrada proteste y se retuerza! ¿Así cómo vamos a pedir algo por ella? ¡Necesita un hospital más que nosotros!
Una segunda voz, parecida de mujer, estalló contra sus oídos. Alguien le tiró del cabello hacia atrás. Sintió tensión en su estómago. Un dolor agudo.
—Ah…
—Mierda, se ha despertado. — La primera voz masculló diversas palabrotas nada sanas.
—¿Quién no lo haría con esas heridas, imbécil?
—¿Qué vamos a hacer ahora? — cuestionó la primera voz.
—Vamos a devolverla. No nos sirve así. Su padre no pagará nada por un desperfecto. Ya le conoces.
Hinata guiñó los ojos. Quería verlos. Quería saber quiénes eran. Pero lo último que alcanzó a ver fue un puñetazo directamente contra su cara.
Tres días más tarde se despertaría con tajos en el vientre, una ceja rota y una carta sobre la mesita de noche.
(Fin del flashback)
(…)
El rubio intentó ir detrás de la chica de cabellos azulados, pero lo atrapó antes. Sus ojos azules se clavaron en ella con sorpresa cuando le rodeó el brazo con los suyos. Un ligero parpadeo. Ella sonrió.
—Creo que necesita un respiro. Si vas ahora solo la pondrás más nerviosa y provocarás que terminéis peleándoos. O quizás no, — le soltó—. ¿Tú que crees?
Se quedó observándole. El chico claramente se debatía en seguir a la chica o no. Se movía hacia delante y luego retrocedía. Así sucesivamente, hasta que se puso de cuclillas maldiciendo y frotándose los cabellos.
Rin frunció el ceño. Por un instante, el chico le pareció conocido.
—Bueno, entonces. ¿No irás?
El muchacho giró la cabeza, poniendo morros.
—No.
—Oh, qué sabio. Bueno, pues ahora, acompáñame al despacho de la directora.
Volvió a tirar de él desde el brazo, poniendo rumbo hacia las escaleras. El chico arrastró los pies con desgana.
—¿Acaso vas a hacer que me castiguen por saltarme las clases? ¡Ah! Si haces eso— añadió señalándose directamente al pecho— ¡Qué sea solo a mí! Deja a Hinata fuera de esto.
Rin sonrió divertida.
—Así que se llama Hinata. ¿Eh? — canturreó. El joven volvió a frotarse los cabellos al darse cuenta que había metido la pata.
Rin no lo soportó más y estalló en carcajadas.
—Es broma, es broma. No diré nada. Más bien creo que me regañaran a mí. Había quedado con Tsunade a las diez de la mañana y he llegado a séptima hora. Bueno, creo que dentro de media hora será la octava.
—¿Por qué has tardado tanto, Dattebayo?
La cara del chico era un poema. Seguramente ya se había encontrado con ella en alguna ocasión.
—Recuerdos. Necesitaba poner en orden mis recuerdos.
Miró hacia el árbol que sobresalía tras los bancos. El ancho y hermoso cerezo que tenía millones de letras grabadas en su tronco. El lugar predilecto para el amor.
—¿Hum?
El chico guiñó los ojos de forma zorruna. Un gesto que le resultó terriblemente divertido.
—Fui estudiante en este mismo lugar. Me saqué la carrera de Psicología.
El muchacho hizo un gesto brusco y torció el gesto. Rin lo soltó. Su cuerpo se había tensado como reacción a sus palabras. Mientras entraban al interior del edificio se detuvo y le señaló un cartel con indicaciones.
—Ahí viene el lugar donde está dirección— indicó metiéndose las manos en los bolsillos. Inclinó la cabeza y a pasos firmes se alejó.
Rin observó su espalda. La forma de su cuerpo. Se había vuelto defensiva, como si esperasen que le atacara. A modo de guardar con todas sus fuerzas su alma. O lo que quedaba de ella. Una pequeña luz de esperanza.
—¿Qué clase de destino… te ha roto? — murmuró.
—El destino que los adultos quisieron darle.
Rin sintió un cosquilleo recorrerle por todo el cuerpo. El aliento se le congeló en la garganta. Suspiró para calmarse y se volvió.
Kakashi Hatake reposaba parte de su cuerpo contra la puerta junto al tablero de direcciones. Un cuaderno sobre su hombro que sujetaba su mano derecha.
Rin no tuvo más que alargar las manos para poder estrecharlo entre sus brazos.
(…)
Al terminar las clases había bufado por séptima vez. Sus ojos se fijaron en el escritorio que todavía tenía las cosas de Hinata encima. Sakura había mirado hacia atrás muchas veces en busca de una respuesta. Naruto solo se había podido encoger de hombros y maldecirse por no estar junto a la ventana o saber dónde demonios estaba Hinata.
La había mal interpretado, pero no adrede.
Se rascó los cabellos, haciendo tiempo mientras fingía guardar bien sus cosas y colocar la silla sobre la mesa. Sakura se adelantó con Ino y Kiba no esperó más, marchándose con Choûji en busca de algo para picar de camino a casa. Nadie se acercó a recoger las cosas de Hinata.
—Naruto, no seas plasta. Vámonos.
Shikamaru terminó de cerrar la última persiana y le miró en espera, sacudiendo las llaves frente a su rostro, como si esperase hacerle volver en sí.
—¿Hinata no ha regresado a por sus cosas? — Temari se asomó y extendió un folio hacia Shikamaru—. Kakashi acaba de dármelo. Dice que te reúnas en el despacho del director, Shikamaru.
Nara revisó la nota y bufó.
—Entonces, cierra por mí. — Le entregó las llaves a Temari, volviéndose hacia Naruto después—. Luego nos vemos.
Naruto asintió pero no hizo demasiado caso. Se acercó hasta la mesa de Hinata, aferró su mochila y empezó a guardar sus cosas. Temari esperó por él, observándole, mas no preguntó nada. Si algo agradecía Naruto de esa chica era su discreción.
Cuando terminó, se colgó la mochila en el hombro y salió. Temari cerró sin más tras apagar las luces y luego siguió su camino.
Naruto decidió echar un vistazo por el instituto antes de marcharse. Hinata tenía que estar en alguna parte si sus cosas todavía continuaban ahí. Se asomó a una de las grandes ventanas. El coche negro que solía recogerla esperaba en la entrada.
Bajó hasta la enfermería pero todas las camas estaban vacías. Regresó al lugar donde habían encontrado a la extraña mujer, pero ningún rastro. Cuando salió al exterior, el coche negro había desaparecido.
—¡Ey, Naruto! ¡Hagamos una carrera hasta la plaza! ¡A ver quién corre más! — exclamó Lee golpeándole la espalda.
Naruto rumió un instante la situación, mientras que Lee daba saltos a su alrededor, preparándose para una carrera que él no pensaba ejercer. No al menos, hasta la plaza.
—Mejor hasta casa de Neji, Dattebayo— respondió animado. Lee parpadeó.
—¿Por qué quieres ir hasta casa de Neji? — cuestionó curioso. Naruto se rascó la nuca.
—Tengo que darle la mochila de Hinata, que se ha dejado en clases.
Lee pareció sopesarlo mientras clavaba los ojos en el asa que sobresalía de su hombro. Naruto intentaba buscar otra excusa cuando Lee levantó el pulgar.
—¡Bien! ¡A por ello!
Y sin que Naruto tuviera tiempo de prepararse, echó a correr.
Uzumaki le siguió, algo costoso algunas veces, pues Lee era de los que giraban sin avisar cuando menos se lo pensaba. Lentamente, fueron atravesando los viejos callejones de la ciudad y pasando a los barrios ricos. Naruto podía reconocerlo como la otra ala de ricachones al lado de Sasuke.
Las casas fueron haciéndose cada vez más grandes y los jardines y patios imposibles de resguardar tras las enormes cercas que protegían los posibles robos.
—Aquí es.
Lee se detuvo frente a una casa de aspecto antiguo. Remarcaba las fechas en una placa y estaba considerada una casa de suma importancia en la ciudad. Incluso un letrero informaba de las posibles horas de visitas y del coste de un tour por su interior. Una cifra que Naruto en la vida podría abarcar.
Tragó y miró hacia Lee en espera de más. El chico de cabellos tazón le miró serio antes de empezar a caminar. Llamó, se presentó y esperó. El telefonillo crujió cuando alguien respondió. Dos cámaras de vigilancias los enfocaban desde los puntos donde los coches tenían su entrada.
—El señor Neji no se encuentra en casa. No obstante, el caballero que lleva la mochila de la joven señorita, por favor, sea tan amable de pasar al interior de la casa. Señor Lee, gracias por su visita.
Y a continuación, colgaron.
La verja crujió cuando empezó a abrirse tan solo el lado de los peatones. Naruto miró a Lee, que lejos de enfadarse, saludó con una mano y se alejó. Naruto tragó mientras entraba al interior de lo que parecía devolverle al viejo Japón. Si su imaginación hubiera volado podría haberse visto a sí mismo vestido como un viejo samurái, cargando dos espadas y listo para ser atacado en cualquier instante.
Hiashi Hyûga lo esperaba de pie, en lo alto de una de las tantas entradas. Tenía los brazos cruzados sobre el vientre, cubriendo sus manos por grandes mangas. El rostro era severo como ya recordaba y su posición recordaba claramente que Naruto estaba muy por debajo de él.
—Namikaze— nombró. Naruto tensó los hombros.
—Uzumaki. Soy Uzumaki. Mi padre era…
—Sé quién era su padre, muchacho— interrumpió desinteresado—, así como sé quién su madre.
Naruto frunció el ceño. Apretó en su mano el asa de la mochila de Hinata y tiró de ella.
—Esto es de Hinata— presentó—. Iba a entregárselo a Neji para ella.
Hiashi fijó la mirada en la mochila, arqueando una ceja.
—¿Nos devuelves la mitad de las cosas?
Naruto detuvo en vilo la mochila, arqueando las cejas. ¿A qué demonios se refería? El hombre dio paso hasta él, le arrebató la mochila y la lanzó hacia atrás. Naruto dio un respingo, pero no lo bastante a tiempo. Las manos del Hyûga rodearon el cuello de su camisa, levantándolo del suelo con facilidad.
—¿Dónde demonios te has llevado a mi hija?
(…)
Matsuri jadeó, apartándose un mechón húmedo de la frente. Maldijo entre dientes y volvió a intentarlo. No sirvió de nada. La llave no cedía. Se había obstruido. Ella y su condenada manía de limpiar hasta donde no se debía de limpiar. Su madre se lo había dicho millones de veces. Nunca limpiar una zona donde le es imposible limpiar.
Estiró el brazo lo más que pudo hasta aferrarse a llave de cierre. El agua dejó de caer y pudo tomar un respiro. Si tan solo no hubiera tenido la gran idea de limpiar un grifo que estaba por romperse, no estaría tan empapada, tendría el baño como si de una sauna se tratara y no tendría que echar horas extras que no le pagarían.
Y ella que había ido con un plan que se fue directamente hasta el cubo de la basura. No solo por culpa de su desliz limpiando el grifo. Temari se había marchado una vez le abrió la puerta y le indicó dónde estaba cada cosa que necesitara para limpiar. La mayor de los hermanos de empresas Arenas alegaba que la dejaba preocupada, pero se negaba a estar presente cuando Gaara llegara a la casa.
Ese había sido su siguiente error. Sin el chico, no podía llevar a cabo su plan. Y su último error era el de ponerse a limpiar sin haber llevado un dichoso trozo de comida a su barriga. Pero ¿cómo hacerlo cuando no había cobrado todavía? Lo que había guardado se lo había quitado su casera, los libros y el condenado uniforme.
Ella que había estado ahorrando como loca, incluso cortó su cabello para no gastar de más en champú y se alegró rotundamente cuando su oculista le indicó que ya no necesitaría gafas para nada más que leer. Incluso el instituto le había otorgado su permiso para poder trabajar e invitado a una institución de dormitorios que ella había rechazado, esperando poder tener más libertad.
Ya tenía suficiente peso encima con su jefe. El padre de Temari y Gaara era un ser frio que asustaba y haber tenido que hacerle frente para que la considerara apta para suplir la limpieza en esa casa, había sido un suplicio.
Escurrió la camiseta y sacudió las zapatillas tras remangarse los pantalones hasta las rodillas. Tendría que tomar prestada ropa de Temari si quería continuar con la limpieza y no pillar un resfriado. Presionó la camisa contra su busto, buscando con la mirada la habitación correcta. Todavía no había llegado a ellas, así que cualquiera podría ser.
Estaba a punto de abrir la primera puerta cuando algo llamó su atención. Una pequeña bolsa estaba caída entre la puerta y la alfombra, medio cubierta. Se agachó para recogerla y cuando la tuvo entre los dedos, la soltó, profiriendo un leve gritito.
—Esto es…
—Algo que no es de tu incumbencia.
—¡Ah!
Del susto, la bolsita resbaló de sus dedos.
Gaara estaba tras ella, con el ceño fruncido y la mirada clavada en la bolsa en el suelo. Se agachó para recogerla y Matsuri se apartó casi de un brinco.
—Eso es droga.
—Chica lista. — Gaara guardó la bolsita dentro del bolsillo del pantalón, clavando la mirada en ella nuevamente—. ¿Qué? ¿Ligando?
Matsuri se dio cuenta que tenía la boca abierta. La cerró, tragando. ¿Qué se suponía que tenía que hacer en ese momento? Bajó la mirada hasta la camiseta mojada contra sus senos, avergonzándose.
—¡No es lo que crees! El baño… ¡El baño! El grifo se ha roto y ha salido agua por todas partes. Por eso estoy así. A-además. — Comenzó a tartamudear de puros nervios—, estoy trabajando, no podría pensar en cosas raras.
Gaara apoyó la cadera contra la pared, entrecerrando los ojos. Se llevó una mano a los labios, acariciándoselos lentamente. Matsuri tragó y retrocedió. No le tenía miedo. No era eso exactamente, pero estaba inquieta. Para sentirse más segura frente a él y llevar a cabo su plan, necesitaba ropa y en ese momento, cuanto más, mejor.
Con su camiseta pegada a sus senos se sentía desnuda, helada y claramente, observada hasta lo más profundo de su alma. No era así como pensaba encontrarse con Gaara. Quería disculparse correctamente. Explicarle lo divertido que era cada día que iba a clases. Emocionarse juntos.
No esto.
—Más bien parece lo contrario, curvitas.
Matsuri dio un respingo, pegándose más la camiseta hacia sí. El mismo chico de ayer, también pelirrojo pero de rostro, aunque apuesto, más atemorizante. No podía comprender por qué, pero le aterraba.
La mirada que le echó fue claramente obscena y cuando silbó, Matsuri deseó poder soltar su ropa y golpearle con todas sus fuerzas. Sin embargo, el chico no cambio su rostro pese a su grosería.
—¿Qué hacéis?
Un tercero entró en el pasillo. Matsuri enrojeció hasta las cejas. ¿Cuántas personas más tendrían que verla en ese estado?
—Ah. Pero si es una pollita abandonada.
El sujeto dio un paso hacia ella, frotándose la barbilla con interés. Sus ojos negros se clavaron en ella y un escalofrío le recorrió la espalda. Tembló, retrocediendo. Gaara bufó, alargó la mano y abrió la puerta del dormitorio frente a ella.
—Cámbiate.
Matsuri le miró. No había ni rastro de broma alguna en su rostro, pero sí de que sería la única oportunidad que le daría de huir. Asintió y emitió una reverencia, entrando. La puerta se cerró tras ella.
Respiró ruidosamente, dejando escapar el aire que había mantenido en sus pulmones, aterrorizada. Resbaló por la puerta, abrazándose a sí misma.
¿En qué demonios estaba metiéndose?
(…)
Cuando la puerta se cerró se preguntó qué demonios estaba haciendo. ¿Qué importaba que su primo y el amigo de este jugaran con una chica cualquiera? ¿Por qué la había resguardado dentro de su dormitorio? Ni él podía comprenderlo. Se frotó las sienes con cansancio y se volvió.
—¿Por qué la has dejado escapar? — Sasori chasqueó la lengua—. No todos los días tienes una mujer semidesnuda en tu casa, dispuesta para todo.
Kabuto, el chico de cabellos blancos que había traído de visita su primo, se subió las gafas con cierto interés. Gaara los fulminó a ambos con la mirada y lanzó la bolsa a la cara de su primo.
—Me engañaste.
Sasori cogió el paquete, mirándolo y silbando sin cambiar su rostro si quiera.
—Debió de caerse cuando me escabullí para que tu hermana no se enterase.
Gaara bufó, cruzándose de brazos.
—Me noqueaste.
Sasori se rascó la barbilla distraídamente.
—Lo hice. ¿De verdad ves bien eso de drogarte de esa manera? ¿Sabes lo que le pasaría a Temari si te ocurriese algo? — Clavó su mirada en él, fulminándolo—. Ni el mejor arte puede mantenerse siempre en perfectas condiciones si su creador es un ser descuidado.
Gaara bufó una vez más. Se pasó una mano por los cabellos y chasqueó la lengua. Esa condenada manía de Sasori de comparar la situación que vivían con el arte, le molestaba. Y especialmente, le recordaban a su hermano.
—Disculpad que os interrumpa. — Se había olvidado por completo del amigo de su primo. Kabuto les miró de hito en hito—. Que tengas una bolsita, quiere decir que no necesitas más. Entonces. ¿Qué me retiene aquí?
Sasori levantó una ceja.
—Entretenerte con las vistas— opinó señalando la puerta. Gaara lo fulminó con la mirada.
—¿Qué? — Sasori se inclinó de hombros—. Tienes cierto complejo cuando se trata de mujeres, primito. Y sin embargo, a Temari la tratas como un trapo.
Gaara entrecerró los ojos. Si su primo tuviera conocimiento alguno de lo que había sucedido esa mañana con su padre, dudaba que le mirase por encima del hombro. Ni él mismo permitiría que le hicieran algo a su hermana. Sin embargo, él no era una joya de hombre. La última vez que la había visto agacharse a recoger algo vio que todavía tenía marcas en las lumbares del empujón de la última vez.
—¿Necesitas algo de droga para que podamos divertirnos con la chica? — Sasori sacudió la bolsa frente a sus narices, como si de un cebo se tratara. Gaara levantó la pierna y de una patada, lo echó hacia atrás. Sasori se agarró el estómago, maldiciéndolo.
—Venga, venga. — Kabuto intervino entre ambos, levantando las manos en busca de algo de paz—. Es divertido veros pelear, pero yo tengo trabajo que hacer. Y Sasori-sama, prometió ayudarme.
Sasori maldijo nuevamente y se guardó la bolsita dentro del pantalón.
—Vámonos. No me gusta hacer esperar a la gente— dictaminó.
Gaara se apoyó contra la pared, observando como ambos varones desaparecían de su casa. Con una maldición, recordó lo estúpido que había sido entregándole la droga a Sasori. Quizás esa fuera la última vez que conseguía droga tan sencilla.
Se volvió y abrió la puerta. Se había olvidado por un instante que ella continuaba ahí dentro. Se detuvo en el umbral. La joven se inclinaba, subiéndose unos pantalones claramente suyos. Por un leve instante pudo ver perfectamente la marca del comienzo de su trasero y un pequeño tatuaje en forma de flor oscura.
La muchacha no pareció darse cuenta de su presencia, pues, claramente desnuda de cintura para arriba, se inclinó sobre su cama. Había expuesto varias camisetas extendidas sobre la colcha y parecía mirarlas con suma atención. Al inclinarse, la forma de su columna dejó expuesta su delgadez.
—¿Cuál de ellas es más vieja? — preguntó para sí misma en voz alta. Gaara miró más atentamente su ropa.
—Ninguna.
La chica dio un respingo, aferró una de las camisetas y la presionó contra su desnudez. Aquello fue más erótico incluso que verla de espaldas. Se mordió el labio. ¿Acaso había dicho erótico? Perfiló con su vista los contornos femeninos. Una pequeña silueta de aspecto suave. Sí. Lo mirase por donde lo mirase, era así. Para un hombre era un caramelo.
—Un… un momento, termino en seguida.
Por una vez estuvo tentado a negarse y obligarla a detenerse. Mas no movió los labios para nada. Se quedó observándola mientras levantaba los brazos para pasar la camiseta por encima de su cabeza. Alcanzó a ver la forma de un redondeado y pequeño seno que fue rápidamente cubierto. Maldita fuera su ropa.
—Lo siento. Escogí lo primero que pensé que sería ropa más vieja y que podría valerme— se excusó ajena a los ilógicos pensamientos que se estaban formando en su mente—. ¿Los demás?
—Se han ido.
O más bien, los había expulsado de algún modo. No podía arrepentirse demasiado. Había visto un buen paisaje y no gracias a ellos exactamente.
—Oh. Vaya. No te enfades, pero no me agradan demasiado— confesó agachándose para recoger su ropa mojada.
Gaara no pudo mentir.
—Ya somos dos.
La chica levantó los ojos hacia él con sorpresa.
—Entonces. ¿Por qué vas con ellos?
El pelirrojo frunció el ceño. Esa era una buena pregunta.
¿Por qué ir con Sasori? Era su primo, lo más cercano que tenía a su difunto hermano. El que pese a su repentino comportamiento nunca le había cerrado puertas y era su fuente más cercana a las drogas. Quizás por eso se había acostumbrado demasiado a su presencia. Aunque a veces deseaba enterrarle la cabeza bajo la arena.
—No es de mi incumbencia. — La chica se respondió a sí misma, encogiendo los hombros—. Pero, me gustaría una cosa.
Gaara enarcó una ceja.
—Que volviera a las clases. Y no tiene nada que ver Temari-san ni nada así— advirtió dando pequeños pasos hasta que ambos estuvieron cara a cara. Gaara solo tenía que inclinarse unos centímetros y su nariz daría de lleno con la de ella—. Es cosa mía. Una vez me ayudaste a mí, permite que yo te ayude a regresar.
El pelirrojo bufó, alargó una mano y la aferró de los cabellos.
Puede que años atrás hubiera sido más amable. Que le hubiera sonreído sonrojado y esperanzado, creyendo en sus palabras. Pero en esos momentos era un condenado monstruo. Como una bomba de relojería.
—¿Ayudarme? — cuestionó esbozando la más terrible de sus sonrisas—. Entonces, empieza por abrirte de piernas.
La chica abrió los ojos de par en par, aterrada.
Entonces fue cuando se dio cuenta de algo.
¿Cómo decía que se llamaba?
(…)
Sakura maldijo entre dientes a los malditos profesores. A ese paso, iba a terminar gastando toda su pequeña paga en libros de texto y más libros de textos. Sus padres no habían podido permitirse mucho más de sus necesidades escolares y aunque no la empujaban a trabajar pese a su edad, sí que le demandaban un poco de paciencia. Sin embargo, Ebisu era un condenado que no aceptaba excusas. Cuando quería algo, era el mismo momento.
Y ese día había querido que compraran un libro nuevo de texto para la próxima clase.
Tuvo que patearse más papelerías que si fuera de compras, buscando un exclusivo vestido. Se había ido enfadando cada vez más ante las negativas, hasta que una pobre empleada recibió uno de sus más severos y mortales regaños y la invitó a visitar la papelería que estaba cerca de la zona del hospital.
Había intentado con todas sus fuerzas evitar acercarse a aquella zona.
Levantarse temprano el domingo con intenciones de ir resultó en un frustrante y largo día cansado en el que hacer su dormitorio y comer patatillas frente a la televisión fue todo lo que consiguió retenerla.
Se moría de ganas de ver a Sasuke. Pero realmente no sabía cómo encararle. ¿Qué debía de hacer? Se había dado por vencida en ese instante, maldiciéndose a sí misma por haber continuado creyendo que al menos, aunque no la amara, él podría tener un poco de consideración por sus sentimientos y, especialmente, su amistad.
Detuvo sus pasos y miró hacia el enorme edificio blanco del hospital. La madre de Naruto posiblemente estaba con él. Dudaba mucho que Fugaku permitiera a Mikoto acudir para estar con su hijo, por mucho que esta pataleara y llorase. Era un castigo para él. Fugaku incitaba la soledad de su hijo, hundiéndolo cada vez más en la oscuridad.
Apretó el asa de las bolsas y giró sobre sí misma, dispuesta a marcharse.
—Sakura. ¿Eh?
Se detuvo, ahogando un gemido en su garganta. El corazón le bateaba incesantemente contra el pecho, desbocado. Por un instante se olvidó de respirar.
Volviéndose, clavó la mirada en él. Llevaba una chaqueta oscura, cubriendo sus hombros, sin embargo, en su pecho estaba abierta y dejaba entrever las vendas que cubrían su torso y costillas. Tenía ojeras bajo los oscuros ojos y los cabellos se mecían al compás del viento helado.
—¿Sasuke-kun? — musitó. Entonces, reaccionó—. ¿¡Qué haces fuera del hospital!?
La primera y loca idea era que se había escapado. Sasuke era capaz de marcharse sin terminar su tratamiento en el hospital aun con protestas por parte de los médicos. Y si había un descuido, una simple obertura, por la que él pudiera escapar, seguramente saldría.
Caminó a zancadas hasta su altura, revisando a su alrededor.
—No— negó él señalando hacia atrás.
Kushina detenía un taxi a unos cuantos pasos. La mujer miró en su dirección y sonrió abiertamente, con aquella sonrisa tan semejante a la de Naruto. Al instante, Sakura retrocedió. Fue como recibir un puñetazo en pleno estómago. ¿Qué demonios estaba haciendo?
—¿Te han dado el alta? — cuestionó para distraer sus recuerdos. Sentía el sudor frio recorriéndole la espalda.
—Hn— confirmó él.
Continuó con la mirada clavada en ella, pero era fría, distante. Marcando de nuevo un camino que los separaba. Sakura metió un mechón de pelo tras su oreja, tragando.
—Me alegro. Se lo diré a Naruto.
Se volvió, haciendo una reverencia hacia Kushina y giró sobre sus pies. Necesitaba escapar de aquella sensación agobiante. Se sentía en medio de un cumulo de oscuridad y por más que alargara la mano para coger la luz, le era imposible.
Sasuke era esa luz para ella.
Quizás Ino tuviera razón. Ella era el tipo de mujer que una vez que se aferraba, no soltaba.
Caminó sin rumbo, dando tumbos, chocándose contra paredes. Algunos la insultaron, la trataron como una borracha. Otros la empujaron y cayó de rodillas sobre un montón de fango. No lo soportó más. Vomitó.
Tosió y se limpió con la manga de la camisa. Alguien posó una mano sobre su hombro. Cuando se volvió para ver quien era, agrando los ojos, sorprendida.
Era la persona que menos esperaba ver en esas condiciones.
(…)
Sasuke volvió sobre sus pasos, junto a la pelirroja mujer que había insistido en devolverle a su casa. Probablemente pensaba cantarle las cuarenta a su padre por haberle dejado solo en el hospital y ni siquiera haber permitido a su madre acudir. Sasuke no necesitaba más problemas, pero Kushina era como Naruto. Cuando se le metía algo en la cabeza no había vuelta atrás.
Lo mismo había pasado cuando vieron a Sakura. Sasuke pensó en ignorarla, no decirle nada, pero Kushina le empujó y sacudiendo la cabeza, le murmuró que un hombre debía de ser un hombre hasta cuando se disculpaba. Probablemente, vio el resultado de su brusquedad sobre la chica, llenándola de comida tiempo atrás.
Sasuke no pensaba disculparse, desde luego, pero aún así, caminó hasta su altura. La chica pareciera haber visto una de sus peores pesadillas y tras aquella escasa conversación, pese a la picazón extraña que sintió en el pecho, le pareció que era lo correcto.
—¿Te has disculpado o la has terminado de asustar? — Kushina le abrió la puerta del taxi para que entrara. Sasuke bufó.
Por más que no deseara contestarla e hiciera el menor de los esfuerzos por no hacerlo, Kushina era el tipo de madre que continuaba hablando y regañando hasta que uno se hartaba y contestaba hasta la primera palabra que aprendió.
Si su madre hubiera sido la mitad de fuerte que Kushina, seguramente otro gallo cantaría.
Justo cuando la pelirroja entraba en el taxi, su móvil sonó. La mujer sacó el teléfono y lo llevó hasta su oído, ceño fruncido y hombros tensos.
—Shikaku— saludó. Luego se volvió hacia el taxista—. Un momento por favor. No, dime— continuó, enfocándose en el móvil.
Si Sasuke no iba mal encaminado, era el padre de Shikamaru, un famoso policía que fue en antaño compañero del padre de Naruto.
—¿¡Qué, Ttebane!? — gritó con tanta fuerza que temió por los oídos de Shikaku. El taxista dio un respingo—. Ahora mismo voy hacia allí. Mantelo seguro, por el amor de Dios.
Colgó y sin mirarle si quiera, le indicó una dirección al taxista. Sasuke tragó pesadamente y tras cruzar sus brazos, miró por la ventanilla. Conocía aquella dirección. Ya había estado antes ahí.
Y no le gustaba para nada.
Cuando el coche se detuvo, Kushina casi le tiró el dinero a la cara al taxista y a él lo arrastró al exterior. El coche de policía se encontraba frente a la gran puerta de, como se temía, la casa de los Hyûga. La mujer rodeó el coche y entró por la puerta abierta, tirando de él.
Al llegar, lo primero que vio fue un reflejo rubio girarse hacia ellos y luego, uno pelirrojo que aplacaba al dorado. Sasuke tuvo que parpadear para comprender que, antes de preguntar, Kushina ya había golpeado a su hijo, para luego, estrecharlo entre sus brazos.
—K-Kushina. — Shikaku dio un paso al frente, levantando una mano mientras una gotita resbalaba por su mejilla—. Ya te dije que el chico no ha hecho nada.
—¿Qué? — Kushina miró angustiada hacia el policía—. Entonces. ¿A qué tanta prisa y tanto miedo?
Shikaku se frotó el ceño y suspiró.
—Esto iba a ser un caso si tu hijo continuaba gritando tonterías acerca de Hinata Hyûga. Hemos tenido que separar al líder de los Hyûga y a tu hijo, Kushina. ¿Entiendes lo que quiero decir?
Sasuke clavó la mirada en Naruto. Estaba sentado en el suelo, con los puños apretados. Tenía la mejilla izquierda golpeada y por la forma en que mantenía la pierna apretada contra su costado es que le dolía. Miró hacia el interior de la vivienda.
Más policías daban vueltas por el gran salón y apoyado contra una mesa de café, se podía apreciar a Hiashi, junto a la hermana pequeña de Hinata, quien miraba hacia ellos con preocupación, mordiéndose el labio inferior.
—¿Qué ocurre con Hinata? Naruto, mírame. Mírame— repitió la mujer firme. Naruto clavó su mirada en ella.
—Creen que he sido yo. ¡Y no he sido, Dattebayo!
Sasuke miró a su alrededor. Era raro ver a la pequeña y no a la mayor, especialmente, con tanto jaleo por ahí.
—¿A qué se refiere, Shikaku? — cuestionó la mayor de los Uzumaki. Shikaku se pasó una mano por los cabellos.
—Hinata Hyûga ha sido secuestrada esta mañana, al parecer, antes de salir de las clases. Naruto apareció con su mochila y rápidamente se ha convertido en un sospechoso por parte del señor Hyûga.
—¿Secuestrada? — se sorprendió a sí mismo preguntado.
Fue entonces cuando Naruto reparó en él. Intercambiaron una mirada. Un simple gesto que bastaba para que se leyeran a la perfección. No. Por supuesto que Naruto no era capaz de secuestrar a nadie. Además, era atolondrado, pero no tan tonto como para llevar las cosas de la chica hasta las propias narices del padre. Aunque sí para pelearse con éste.
—Así es. No es la primera vez que sucede, además— explicó el hombre mirándoles con atención—. Creemos que podría ser el mismo motivo. Sin embargo, no descartamos cualquier otra posibilidad. Si sabéis algo, estamos para serviros.
Sasuke negó con la cabeza.
—Él acaba de salir del hospital, con lo cual, queda descartado, Shikaku. He estado con él todo el tiempo. Y desde luego que mi hijo también— añadió volviéndose hacia Hiashi.
El hombre sacudió la cabeza al mismo tiempo que el teléfono del padre de Shikamaru sonaba. Éste se apartó y habló en pequeñas pausas, escuchando, hasta que colgó. Les miró con el gesto compungido.
—Acabamos de recibir una llamada. Uno de los compañeros de vuestros hijos acaba de ver a Hinata descender de un coche de cristales tintados y sin matrícula cerca del hospital.
Kushina y él intercambiaron una mirada de incredulidad. Demonios, acababan de venir de ese lugar. Y él había estado mirando como un estúpido por los cristales sin ver nada.
—¿Han podido ponerse en contacto con ella? — cuestionó Hiashi acercándose.
—No. Lo único que ha alcanzado a ver es que la chica se inclinaba y junto a ella, se levantaba otra adolescente. Ambas han subido al coche y los ha perdido de vista. Avisé a mi hijo por si necesitábamos más información. Imagino que este habrá puesto a sus compañeros en aviso.
Sasuke rechinó los dientes. No. No podía ser ella. Tenía que ser un error. Un muy condenado error.
—¿Quién era esa chica? — escupió. Shikaku le miró con seriedad antes de responder.
—Por la descripción, diría que la amiga de Ino. Cabellos rosas que resaltan.
—Sakura.
Estampó los nudillos en la viga junto a él.
(…)
—Gracias por advertirnos de todo, Kiba.
Kakashi clavó la mirada en su nuevo alumno. El chico asentía con preocupación, rascándose el mentón. Había llegado a la escuela cubierto de sudor, con el rostro compungido y antes de que nadie tuviera tiempo de reaccionar, había sujetado de la camisa a Shikamaru, exigiéndole si era cierto lo que le había enviado en un mensaje. Cuando el Nara había expresado que era verídico, Kiba les explicó lo que había visto y rápidamente, llamaron a la policía.
Ahora, ambos alumnos abandonaban la sala de profesores con gesto de preocupación.
Kakashi miró hacia la carpeta abierta que Asuma mantenía frente a sí, junto a un cenicero lleno de colillas y hojas esparcidas. Todos eran test de inteligencia que Shikamaru había traído esa mañana. Le habían pedido una reunión para confirmar que fuera suyo y que ninguna otra máquina inteligente hubiera participado.
Asuma estaba realmente interesado en el chico. Muchísimo.
Pero Kakashi no había tenido tiempo de hablar con Asuma acerca de los resultados al cien por cien. Solo había escuchado al profesor hablando con Kurenai acerca del buen cerebro que tenía el Nara.
Él estaba más preocupado, quitando que dos de sus alumnas estuvieran en paradero desconocido, por la conversación que se estaba llevando dentro del despacho de la directora.
Rin. Su Rin. Ella había regresado.
Se había quedado congelado cuando sintió sus brazos rodearle. Repentinamente se había sentido el niño estúpido que no sabía más que pelearse y hacerse ver como un superior en todo, pero que nunca sabía cómo reaccionar con ella.
Sin embargo, ella continuaba siendo la misma chiquilla de siempre, con sonrisas que ocultaban su estado de ánimo pero que animaban al más pintado. No obstante, era adulta. Se había convertido en una mujer preciosa en ese tiempo que no la vio.
Kakashi todavía recordaba su pequeña espalda, sus largos cabellos ondeando al movimiento de sus caderas cuando atravesó la puerta del aeropuerto. Y él iba con ella. Sujetando sus caderas, marcando su posesión con un tierno beso en la mejilla.
—Kakashi. — Asuma tendió una hoja hacia él—. ¿Recuerdas el test de inteligencia que hicimos cuando éramos niños? Sacaste el mejor promedio. ¿Verdad?
—Sí— respondió obligándose a sí mismo a apartar la mirada de la puerta y clavarla en la hoja—. ¿Qué? ¿Esto es en serio?
Asuma encendía un cigarrillo mientras asentía.
—¿Shikamaru? — El profesor asintió. Kakashi bufó—. Esto confirmaría que no han hecho más que mentir en los historiales de los chicos. Es más, puede que su no presta atención en clase, es vago y desinteresado, sea traducido como: Es tan inteligente que se aburre.
—Exacto— confirmó Asuma levantándose—. Además, es hijo de Shikaku. Ya sabes que el clan Nara es realmente grande y antiguo, pero debido a la decadencia del último líder, son ya familias normales y corrientes que comparten un simple apellido. Shikaku optó por ser policía mientras que nosotros, terminamos encargándonos de la enseñanza de sus hijos.
Kakashi observó a su amigo y dejó la hoja sobre la mesa. Antiguamente esos mismos test se efectuaban en la policía por tal de catalogar la inteligencia y la sección que pertenecías. Shikaku quedó segundo. Kakashi siempre había sospechado que hizo trampas y le dejó ganar, dándole una fama que no le correspondía.
Claro que ese, no era el motivo por el que Kakashi se decantó por la carrera de educación.
—Vaya, hacía mucho tiempo que no os veía juntos, muchachos.
Ambos volvieron la mirada hacia la puerta. El viejo Jiraiya les miraba desde la altura de la puerta, sonriendo alegremente. Bajo el brazo llevaba dos cintas de video.
—Me alegra mucho verlos— continuó, acercándose hasta su altura—. ¿La vieja está libre?
—No. Rin está con ella— respondió.
Jiraiya clavó la mirada en él, sopesándolo.
—¿La chiquilla de tatuajes en la cara? — Kakashi asintió—. Pero esa chica. ¿No se había ido con aquel…? Bueno, no importa. Tsunade se había puesto en contacto conmigo para investigar lo que ha sucedido.
—Y usted ha sido tan rápido como de costumbre. ¿Verdad? — Asuma sonrió cómplice. Jiraiya se sacudió la gabardina roja que portaba.
—Por supuesto. No olvidéis quien soy yo. — Levantó los pulgares y guiñó un ojo con satisfacción. Asuma y Kakashi lo ignoraron completamente—. De todas maneras—, continuó carraspeando. Mostró ambas cintas para que las vieran más claramente—. Vosotros deberíais de ver estas cintas. Estoy seguro de que os interesarán mucho. Especialmente, porque formasteis parte de su equipo.
Kakashi sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Observó al mayor acercarse hasta la televisión y agacharse frente al video. Metió la primera cinta. Ambos hombres clavaron la mirada en la pantalla con atención. Kurenai se inclinó, sin saber exactamente si debía o no de mirar.
—Esos son Naruto y Hinata— señaló. Jiraiya asintió y adelantó el video.
De nuevo, Hinata volvió a aparecer frente a la cámara. Sin embargo, sin Naruto. La Hyûga miró debajo de la cámara con terror, pareció hablar de algo y después, se desmayaba. Hinata desapareció de la cámara y lo siguiente que se vio fueron imagines de la salida.
—Alguien ha modificado la cinta o cortó la conexión— musitó Asuma echando sus hombros hacia delante—. Quizás metieron un bucle.
—Seguramente— confirmó Kakashi—. Debajo de la cámara, en el punto ciego de esta, había alguien. Una persona que se llevó tanto a Hinata como a Sakura.
—Ah, en cuanto a eso— intervino el anciano divertido—. Estás equivocado, Kakashi. No secuestraron a Sakura del mismo modo. No sé si el chico que se acaba de ir, gritando a las voces que él había sido testigo, os ha dicho todo. Pero fue Hinata quien invitó a Sakura a subir al coche. Mirad.
Cambió la cinta de video. Esta vez, era de una tienda que tenía el primer plano del lugar que Kiba había descrito. El coche con cristales tintados y sin matricula se había detenido de golpe. La puerta se había abierto y apareció Hinata. La muchacha discutía con alguien en su interior que la aferraba del brazo. Llevaba guantes negros. Nunca se asomó cuando la chica se bajó.
En lugar de escapar, Hinata fue directamente hacia Sakura, inclinándose tras ponerle una mano en el hombro. La chica de cabellos rosados parecía confusa y sorprendida de verla ahí.
—Sakura-chan. ¿Qué ha ocurrido? ¿Estás bien?
Kakashi giró la cabeza hacia Kurenai. Esta tenía las manos bajo la barbilla y los ojos fijos en la pantalla, en ambas chicas. Asuma miró también hacia ella y luego a él interrogativo.
—Estoy bien, Hinata. ¿Qué haces aquí? — Pausa—. No hay tiempo para explicártelo, Sakura-chan. Podrías acompañarme. Tiene que ser rápido. He de irme y no quiero dejarte aquí.
Kakashi se fijó en ambas chicas. Cada vez que una hablaba, Kurenai también. Y la forma en que sus labios se movían eran exactamente las mismas.
—Está bien, Hinata. Vamos.
Sakura había mirado dubitativa hacia el coche. Quizás no sospecho debido a que Hinata siempre iba en coches lujosos. Pero al subir, su rostro se tornó más pálido de lo que estaba y cuando intentó alargar la mano hacia la puerta, esta se cerró, llevándose a Hinata y ella.
—Eres una jovencita muy interesante.
Ambos profesores volvieron la vista hacia Kurenai. La mujer se había echado hacia atrás porque Jiraiya se había sentado en su mesa y jugaba con uno de sus mechones. Kakashi no necesitó mirar hacia su compañero para saber que no tardaría en incendiarlo con una mirada claramente furiosa.
—Dime. ¿Desde cuándo lees los labios?
Kurenai suspiró, liberó su mechón y miró a los otros dos mientras se encogía de hombros.
—Desde los catorce años. Estuve cuidando de mi abuela que era sorda. Me enseñó a leer los labios. Es sencillo para mí.
—Vaya. — Jiraiya se acarició los labios, pensativo—. ¿Sabes que podrías ser una buena espía?
Kurenai esbozó una incrédula sonrisa.
—Sí así fuera, no creo que sirviera. Es realmente molesto a la larga saber leer los labios. Sabes cosas que no deberías de conocer.
—Chica lista— felicitó Asuma.
Jiraiya sin embargo no se dio por vencido. Se echó hacia delante para susurrarle algo. Kurenai enrojeció sorprendida y alguien golpeó la cabeza del hombre con bastante fuerza.
—Tsunade y su condenada manía de golpear a la gente sin preguntar antes— bufó Jiraiya retrocediendo. Tsunade estaba tras él, con las manos en las caderas y la mirada clavada en él—. He traído lo que me pediste. Ahora es cosa tuya hacérselo llegar a los Hyûga o a la policía.
—Si no fueras tan ligón no tendría que golpearte— gruñó Tsunade caminando hacia la televisión donde descansaba la otra cinta. Mientras Jiraiya protestaba tras un nuevo pisotón, la mujer se dedicó a observar las cintas—. ¿Por qué siempre tienen que sufrir las personas que no necesitan sufrir? En fin. Shizune.
—¡Sí! — exclamó ésta dando un brinco. Kakashi se preguntó si alguna vez descansaría.
—Encárgate de que esta cinta sea entregada directamente a Shikaku Nara. Jiraiya— nombró cuando la secretaria asintió—, ven. Todavía tenemos cosas de las que hablar.
Rin se colocó a su lado, con las manos en la espalda y mirando con curiosidad lo que sucedía. Kakashi se había olvidado de ella por un momento.
—¿Qué ha pasado? — cuestionó. Antes que Kakashi abriera la boca, levantó una mano—. No, no. No importa. Mejor no saberlo. Supongo que ya me habituaré a esto.
Kakashi clavó su mirada en ella, el corazón latiéndole a mil por hora.
—¿Te habituarás? Quiere decir…
—Me quedo— confirmó Rin echando la cabeza hacia atrás—. Voy a regresar a mis raíces. La verdad, pensaba en negarme. Pero cuando me encontré con ese chico rubio, pensé: Oh, Rin, realmente no puedes irte. Esos chicos te necesitan.
Y sonrió. De aquella forma que solo ella podía hacer. Del modo en que era capaz de destruir su corazón y hacerle sentir como un completo imbécil. Un patán que perdió su oportunidad. Un mal nacido que fue capaz de herirla y lanzarla a los brazos de otro hombre.
Ella se volvió, alargó la mano sin dejar de sonreír. Kakashi miró aquel gesto con el ceño fruncido, levantando una grisácea ceja.
—Entonces, a partir de ahora, Kakashi, cuida de mí.
N/a
Pues muchas gracias por leer y por la paciencia al tardarme. Es que tenía muchas cosas que escribir para éste capítulo y creo que me he dejado otras muchas en el tintero.
Más preguntas han aparecido, como siempre. Especialmente: ¿Quién se ha llevado a Hinata y Sakura?
Sé que Gaara puede estar fuera de OC, pero me basé más que nada en sus momentos trágicos y duros del manga. No obstante, dada las consecuencias he tenido que darle un poco de mala lengua. Perdón. Pero todo tendrá su calma.
¡Nos leemos en la próxima!
Gracias por su apoyo, rw y por su lectura nwn.
