Como dije, actualizando :3
Roturas
Noche revuelta
Aunque no puedas ver en la oscuridad, no pierdas la esperanza.
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Eran justo las doce cuando Hanabi escuchó la puerta de la casa abrirse. Levantó la vista de los deberes para clavarla en su primo. Su hermana hizo lo mismo, deteniendo incluso la mecedora en la que estaba sentada. Dejó a un lado el libro que estaba leyendo, o más bien, fingiendo leer, y se acercó hasta Neji.
Hanabi se sentó sobre sus rodillas y observó la escena con cierta preocupación.
En la barbilla y mejilla, en el cuello y probablemente por alguna otra parte de su cuerpo, su primo tenía marcas de moretones que empezaban a tomar una forma fea y llamativa. Hinata acercó la mano hacia el de la mejilla y buscó con la mirada una explicación.
Pero él no hablaría.
—Neji.
La autoritaria voz de su padre interrumpió el momento. Su primo levantó los ojos de su hermana para clavarla en su padre e inclinar la cabeza. Apartando con cuidado a Hinata, llegó hasta su altura.
—Tengo lo que me pidió— informó.
Su padre frunció el ceño al ver las heridas, pero no duró demasiado. Era siempre así. Esa clase de hombre. Le preocuparían siempre más sus negocios que la vida de sus hijas o de su sobrino. Aunque Hanabi no podía quejarse especialmente mucho, su hermana no era feliz. Y podía verlo, no solo en el aspecto de sus ojos, en el rictus de su boca. Si no casi en su alma.
Como siempre ocurría, después de algún secuestro, su padre se dedicaba unos días a fingir que Hinata no estaba. Mandaba que alguien la vigilara, que los médicos se aseguraran de que era virgen y el resto, era cosa de su madre.
Hanabi llegó a preguntarse si realmente alguna vez entendería qué era ser un padre de verdad. Ella misma se esforzaba porque la mirase correctamente. Tan solo se lo había visto hacer una vez a alguien. Y fue hace mucho tiempo.
Cuando solo era una mocosa que estaba oculta bajo la mesa de la entrada, chupándose el dedo y su padre acompañó a esa persona a la salida. Fue la primera vez que su padre inclinó la cabeza. La primera y última vez.
Ni siquiera estaba segura de que albergara sentimientos por su madre. Odiaba la idea de haber sido creada sin amor, como un mero trozo de carne como su hermana. Pero su padre era una persona a la que no podías preguntarle "¿Amas a mamá?". La sola idea de hacerlo, la estremecía.
—Vamos a mi despacho.
—Padre—. La voz de Hinata sorprendió a todo el mundo.
Hiashi se había detenido antes de dar si quiera un paso, pero no la miró. Neji y Hanabi sí.
—¿No sería prudente curar primero sus heridas?
El hombre suspiró.
—Tu primo no es como tú. Es más fuerte.
Ante la respuesta, Hinata se dedicó a mirarse los pies. Neji inclinó la cabeza y Hanabi se dedicó a observarles hasta que desaparecieron. Su hermana suspiró y regresó hasta la mecedora.
Hanabi se acercó a ella, arrodillándose a su lado. Hinata la miró tras tomar el libro y sonrió.
—Hermana. ¿Realmente todo lo que has contado es lo que sucedió? — cuestionó.
—¿Por qué lo dices? — debatió ella con sorpresa.
—En tu declaración, dijiste que los chicos que entraron fueron los que os secuestraron. Pero la policía tiene unas grabaciones que corroboran que subisteis a un coche.
—Lo sé— asintió—. También conté eso.
—Mm… pero, pese a todo, no pareces feliz de haber regresado a casa— murmuró pensativa—. Ni de que Sasuke fuera a salvarte.
Hinata abrió la boca con sorpresa, pero ninguna palabra salió de sus labios. Solo volvió a sonreír y tras acariciarle los cabellos, miró hacia su libro.
Hanabi suspiró y puso una mano sobre el libro para volver a captar su atención. Cuando la tuvo, habló:
—Ya que no puedes dormir, reúnete conmigo a la una y media en el despacho de papá. Te enseñaré algo importante.
Y sin esperar respuesta, recogió sus cosas para subir a su dormitorio. Hinata quizás necesitara ver ese detalle que la hiciera darse cuenta de que Sasuke realmente había estado preocupado por ella.
Sí, porque ese iba a ser el mejor cuñado que tuviera nunca.
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Las lágrimas no se detenían. Por más que Tayuya intentara evitarlo a base de pisotones fuertes contra el piso y palabrotas que claramente, en la boca de una mujer como Tayuya, eran horrendas. Tenten no quiso saber dónde las había aprendido. O peor; porqué decidiera usarlas.
El intento de robo había terminado en el traste. Tayuya no cesaba de revisar su teléfono, esperando la llamada de aquel sujeto al que le había presentado en las escaleras del colegio, Kabuto. La pelirroja no parecía llevarse de maravilla con él y que su llamada no llegara, era señal de que cada vez su opinión del chico era peor.
—Ese cerdo… mira que dejarnos tiradas— protestó. Luego la miró—. No te armes jaleo. Seguro que no te vio la cara ni sabe quién eres. De todas maneras. ¿Qué hacía ese Hyûga allí a esas horas?
Tenten no lo sabía. Tampoco quería saberlo. Neji era peligroso. Lo supo desde el primer día que lo vio. Fue un año antes de que todos cambiaran. De que fueran tratados como despojos.
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Era la nueva en la clase, la que todos miraban con ojos abiertos y curiosidad. Ella se sentía inquieta. Tenía tiritas en la cara y probablemente, sus moños adorados llamaran la atención. Pero había decidido que no iba a volver a dejarse doblegar.
Durante el recreo, se había sentado bajo un árbol a mirar al resto de niños, para asegurarse de qué iba cada camino, en quién podría confiar y en quién no.
Fue entonces cuando una niña cayó frente a ella, en la zona de los bancos. Tenten no se movió, pues alguien ya lo había hecho antes que ella.
Vio a la figura masculina ayudar a la que, poco después, sabría que era su prima. Otro niño se reía de la desgracia de la chica de cabellos cortos y azules. El chico primero se aseguró que la jovencita estuviera sana y después, se enfocó en el chico.
Tenten sabía artes marciales. Defenderse. Era capaz de hacer que alguien se estremeciera con un simple cuchillo. Pero ese tipo… ese tipo daba miedo.
—Neji, basta. Vas a matarlo.
Fue el rubio de la clase quien lo retuvo. El que recibió el siguiente golpe y otro, hasta que el de ojos blancos se dio cuenta de contra quién estaba peleando.
Tenten vio como el rubio tiró de él, pegando sus caras y lo retó a pelearse contra él si fuera necesario. A descargar su furia en su cuerpo, pero que esa vez, se defendería.
Ambos terminaron por soltarse, en gruñidos, mientras un profesor se llevaba al niño de las risas a la enfermería.
El primer historial se abrió con esa pelea. Tanto Neji como Naruto empezaron a acumular cada vez más hojas en su carpeta.
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—Puede que se quedara encerrado o algo— murmuró limpiándose las lágrimas—. No lo sé. Pero si me delata…
—Si te delata, lo habremos fastidiado todo. Todo— gruñó Tayuya dejándose caer en el colchón—. Vamos a caer como ratas. Ambas.
—Nos expulsarán, sí, pero…
—¿Expulsarnos? — interrumpió la pelirroja mirándola con frialdad—. Ese es el menor de mis problemas, créeme. No sabes el punto de gravedad en el que entraremos si ese estúpido se le suelta la lengua.
Tenten se echó hacia atrás, clavando la mirada en el techo. Podría estar más asustada, pero lentamente, se relajó. Había huido demasiadas veces en su vida como para pensar que aquella iba a ser diferente. Solo tendría que coger sus cosas, algo de valor que le permitiera sobrevivir unos días, y largarse.
Era experta en eso.
—Supongo que no podrás encargarte de Neji por unos días. ¿No?
La castaña clavó la mirada en la otra, arqueando una ceja. Desde su posición, entre las formas de sus senos, podía ver el pícaro rostro de Tayuya, que reptó por la cama hasta quedar sobre ella, con una mano a cada lado de su cabeza. Su sonrisa no se borró.
—Te pregunto, de otro modo, si podrás seducir a Neji Hyûga por unos días, mientras yo nos aseguro una cuartada o algo que nos libre del mal peor. Solo tienes que mostrarle tus encantos, tu mejor sonrisa y, ¿Quién sabe? Igual dejar que te meta la lengua en la boca por unos días.
Tenten dio un brinco, echándola hacia atrás.
—¿¡Qué dices!? — exclamó cubriendo parte de su cuerpo con sus manos.
Pensar en esas cosas, la aterrorizaban. ¿Fingir que amaba a una persona? ¡Nunca! Prostituirse era la cosa más fácil que podía haber hecho para mantenerse y nunca lo hizo. Respetaba su cuerpo y también sentía miedo.
—Venga. Tienes dieciocho años. Podrás con un chico o dos.
Tenten cogió aire para blasfemar y luego se fijó en Tayuya, quien se miraba con recelo las uñas.
—¿Qué pasaría si te dijera que hicieras lo mismo con Shikamaru Nara? ¿Lo harías?
La boca de la pelirroja se curvó en una mueca de asco y enfado. Tenten añadió más cizaña al fuego.
—¿Por qué le odias tanto? Es algo que llevo preguntándome desde que regresamos a las clases.
La mirada de la joven se clavó en ella, ofendida, herida. Rabiosa. Todas las peores cualidades que temía un hombre en una mujer.
—Porque ese cerdo no se acuerda de mí. Ni de lo que me hizo. No es tan santurrón como se hace ver. Condenado Nara.
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El frio le heló la nariz tanto que estornudó. Presionó el botón por tercera vez y finalmente, escuchó los pasos arrastrándose de alguien que le abrió. Naruto iba a mandarlo a la mierda cuando le vio.
—¿Qué haces aquí? — cuestionó con sorpresa.
—Supuse que Sasuke estaría aquí— explicó.
Vio al moreno asomarse y saludarle con la cabeza. Shikamaru sabía que aquello le traería problemas, pero tenía muchas preguntas y si encontraba las respuestas correctas, su padre le perdonaría ese lapsus.
—Necesito hablar contigo.
Naruto se hizo a un lado para dejarle pasar. Shikamaru entró, viendo como la casa que Kushina siempre mantenía limpia y perfecta, repentinamente estaba llena de patatillas y ropa por todos lados. Cuando su madre regresara, Naruto iba a recibir una bronca.
—Sasuke— nombró, agachándose a su lado. El moreno tenía el mando de la consola entre sus manos y solo enarcó una ceja, indicándole que le prestaba atención—. Sé que puedes mandarme a la mierda. Hazlo si lo encuentras necesario, pero necesito que respondas a mis preguntas.
Uchiha apartó la mirada de la televisión para mirarle a él. Había fruncido el ceño y tenía esa pose característica de cuando peleaba. Shikamaru maldijo entre dientes. Lo que menos necesitaba ahora es que le partieran la cara por sus dudas.
—¿Qué sabes de tu hermano? — soltó. No podía estar por las ramas toda la santa noche.
Sasuke soltó el mando con brusquedad y estaba seguro de que estaba a punto de golpearle, si no fuera porque Naruto tiró de él en su lugar. Sus ojos brillaban con enfado.
—¿Qué cojones intentas hacer, Shikamaru? — siseó.
Nara tragó y sujetó la mano que lo aferraba.
—Es por el secuestro de Hinata—. Desvió la mirada hacia Uchiha—. ¿Realmente quieres hablar de esto delante de Naruto?
—¿¡Qué demonios!? — exclamó Naruto sacudiéndolo—. Lo que tengas que decir…
—No. —Tajante, Sasuke intervino.
Se puso en pie e hizo una señal para que le siguiera. Naruto le soltó lentamente, con los ojos clavados en su mejor amigo. Odiaba tener que hacer eso, pero necesitaba hablar seriamente con Sasuke sin que ni gritos ni nada parecido, o su seguridad, se viera alterada.
Era la habitación de Naruto donde entraron. Shikamaru caminó hacia la fotografía y entrecerró sus ojos al ver las caras sonrientes, molestas y los recuerdos que eso traía consigo. Solo Naruto se aferraría a algo así.
—Habla.
Se volvió hacia Sasuke. Se había apoyado en la pared, cruzado de brazos y le miraba fríamente.
A veces Shikamaru era imposible de leer lo que pensaba.
—Tu hermano… estaba prometido a Hinata Hyûga… antes que tú. ¿Verdad?
Sasuke bufó.
—¿Dónde has escuchado eso?
—No puedo responderte, desgraciadamente— negó y levantó una mano—. Pero imagino que eso es un sí.
—¿Qué tiene que ver mi hermano en esto?
—Tu hermano es el sospechoso principal del secuestro de Hinata Hyûga y Sakura Haruno.
El moreno frunció el ceño, sin comprender.
—Mi hermano se largó hace tiempo.
—Sí. — Nara se frotó el ceño con cansancio—. Tu hermano ha regresado. Las cosas han cambiado para vosotros. Y tú eres ahora el prometido de Hinata Hyûga en su lugar.
Sasuke chasqueó la lengua, pasándose una mano por los oscuros cabellos.
—Empieza a hablar, Nara.
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Sakura abrió los ojos con cansancio. No tenía ganas de ir al baño. Tampoco sed ni hambre. No era una necesidad fisiológica. Simplemente, un presentimiento. Como si alguien estuviera mirándola por mucho tiempo y despertara al presentirlo.
Pero no había nadie ahí. Ni siquiera Kushina, que había tenido la amabilidad de hacer lo que sus padres no. La puerta que daba al pasillo estaba encajada, porque podía ver la luz entrando e iluminando una parte de la estancia.
El bolso de la mujer descansaba junto a su cabecero, al igual que el móvil en la mesita. Probablemente un café era lo que necesitase.
Entrecerró los ojos y suspiró. Mañana le darían el alta. Podría irse a su casa. Kushina había insistido en que se fuera a la suya, que la cuidaría mejor. Sakura tenía miedo de las represalias de sus padres, pero deseaba con todas sus fuerzas que ese ofrecimiento continuara al día siguiente.
Pero algo le impedía aceptarlo del todo. Dudaba mucho que esas personas quisieran en su casa a una mujer como ella.
—Has despertado.
Dio un respingo, mirando a su alrededor. De entre las sombras, en la parte alejada de la puerta, apareció una figura. No podía verle el rostro. Solo su voz llegaba a ella.
—¿Quién…?
—Eso no importa demasiado.
—Importa— gruñó, buscando el cable con el llamador, sin encontrarlo—. ¿Dónde está Kushina?
—En la cafetería. No le ha pasado nada. No llames a las enfermeras, por favor.
Más que una petición, aquel ronroneo en su voz era como una orden. Tembló, deteniendo los movimientos de su mano.
—Si quisiera matarte, estarías ya muerta. No me detendría en hablar con un cadáver.
Tragó. Sentía el cuerpo helarse de miedo. ¿Quién era él? ¿Podría ser el mismo sujeto que las secuestrara? No. Su voz era diferente.
—No he venido a hacerte daño, Sakura.
El corazón de la joven dio un respingo. Esa forma de nombrarla… ese toque único. Le era tan familiar que el corazón se le estranguló más.
—Quiero que respondas a mis preguntas. Solo eso. Luego me iré.
—¿Qué preguntas?
Hubo un momento de silencio y finalmente, la voz a travesó la oscuridad. Las preguntas golpearon sus oídos y sentimientos. El miedo estranguló su voz. Y la angustia apretó su corazón.
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Matsuri no podía pegar ojo. Miró el reloj. Iban a dar la una y media. Temari dormía en su cama tranquilamente. Tras una noche de conversación de chicas en las que Temari apenas había soltado prenda más que de sus gustos favoritos en ropa masculina y ella se negaba a confesar lo que sentía, se quedaron en silencio. Temari se durmió. Ella no.
Pensó que levantarse por un vaso de agua no iba a matar a nadie.
Descalza, caminó hacia la cocina. La televisión estaba puesta y solo alcanzaba a ver la punta de unos cabellos rebeldes sobresalir. Se detuvo, incómoda. ¿Debía de avanzar? ¿Ver si se había quedado dormido? ¿Hablar? ¿O simplemente coger su vaso de agua y marcharse?
Dio un paso al frente de prueba. Luego otro y otro más. Sus pies decidieron más que ella. Se vio junto al sofá, con las manos tras la espalda e inclinándose para ver si se había quedado dormido. Y así debía de ser. Estaba en una postura rara y los ojos cerrados.
Alargó la mano para ir a apagar el televisor. Vivir sola le había dado ciertos puntos a favor de ahorrar en la economía familiar. Aunque seguramente a esa familia no le hiciera falta.
—¿Qué haces, Topitos?
Matsuri dio un respingo. No tan solo por asustarse, si no porque la mano del chico había ido directamente hasta sus nalgas. Se separó, sorprendida y él bostezó como si nada, poniéndose en pie y estirándose. Sus músculos crujieron.
Al abrir los ojos de nuevo, los clavó en ella, que se tocaba el lugar que él había manoseado.
—Ya que estas, apaga la televisión.
Y se volvió para alejarse. Matsuri apagó el televisor, sí, pero también lo aferró de la camiseta, haciendo que retrocediera un paso para no ahogarse. Cuando la miró, era puramente de estupefacción. Claramente ese gesto le había desconcertado.
—Mi nombre es Matsuri. No "topitos". ¡Y tu mano estaba claramente en el lugar equivocado! — recalcó, esto último con las mejillas ardiendo.
Gaara se encogió de hombros, restándole importancia.
—Es un gesto que hacen todos los hombres a las mujeres— reflexionó.
Matsuri apretó los dientes, ahogando un gemido.
—A sus mujeres. Si fueras a clases, comprenderías la diferencia de pronunciación y uso de los artículos, además de dar contexto a tu frase.
Le tiró el mando y olvidándose de su vaso de agua, regresó a la habitación, resguardándose bajo las mantas y el poco respeto que le guardara Gaara a su hermana, como para no despertarla en medio de la noche.
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Hinata llegó de puntillas y Hanabi ya estaba esperándola. Con un gesto, la invitó a entrar al despacho y cerrar. Ambas eran conscientes de que su padre estaba con su madre en el dormitorio. A las doce de la noche, las luces solían apagarse y ambos debían de estar en la cama.
Hacer la travesura en la que Hanabi la había atrapado, era lo menos preocupante en esos momentos.
Todavía sentía el cuerpo temblar y cada vez que cerraba los ojos, los recuerdos del secuestro volvían a su mente. Las frases de aquel sujeto… el terror de que ante sus ojos Sakura pudiera ser maltratada y finalmente violada…
—Aquí, Hinata— llamó Hanabi haciendo un gesto.
Había removido la cinta de seguridad en el video de su padre. En ella, se veía a Naruto aparecer en la casa, con su mochila a cuestas. Su padre lo había aferrado del cuello un momento después y ella se llevó las manos a la boca, impaciente. Luego, se adelantó hasta cierto momento.
Sasuke Uchiha aparecía y el escalofrío al verle fue más frío de lo demás. También Kushina Uzumaki entraba en acción, plantando cara a su padre valientemente. Quizás esa mujer fuera increíblemente fuerte como para hacerlo. Pero el valor que ella poseía quizás fuera una de las tantas cualidades que Naruto había heredado de ella. Y lo hacían ser tan magnifico ante sus ojos.
Luego, todos miraban hacia una televisión. Sasuke exclamaba algo, golpeaba y salía corriendo al mismo tiempo que Naruto. Ese fue el momento en que ambos fueron hacia ellas. Corrieron desde su casa hasta donde estaban secuestradas. Pelearon contra tantos otros tipos y aún así, aguantaron el embiste de todo.
Y ella era incapaz de darle las gracias porque no podía.
—Hanabi, por favor. Adelántate. Quiero volver a verla.
Su hermana le dio la intimidad necesaria. La pobre esperaba que sus sentimientos hacia Sasuke cambiara, pero por más que quisiera, sus deseos eran otros. Estaban ahí, con el rubio de ojos azules que plantaba cara a su padre y que luego corría como loco en su búsqueda. No. En la búsqueda de Sakura y ella.
EL reloj de carillón sonó para marcar las dos de la mañana. Hinata apagó todo y regresó las cosas como estaban para poner rumbo a su dormitorio. Acostumbrada desde niña a moverse por esa casa como un fantasma, no fue difícil pasar la habitación de sus padres. Aunque no esperaba que estuvieran despiertos.
—Hiashi. — La voz de su madre llegó casi en un suspiro irritable—. Por favor, duérmete. Por más vueltas que le des a todo no vas a conseguir solucionar nada.
Su padre maldijo entre dientes y encendió la luz. Hinata se pegó más a la pared.
—Nunca debí de aceptar esa maldita unión.
Escuchó el sonido de la ropa. Seguramente, su madre debió de moverse y abrazar a su progenitor. Hiashi volvió a suspirar, algo más tranquilo.
—Es algo que tienes que hacer para un bien. Tu hija lo comprenderá. No es tonta.
—Con tantos secuestros, empiezo a sospechar de todo, sinceramente. He estado a punto de perderla.
La risita dulce de su madre llegó.
—Si Hinata te escuchara decir esto la harías sentir más feliz. Ellas quieren saber que te preocupas. Sin embargo, te has enfocado mucho en Neji. ¿Es porque no te pude dar un varón?
—Sabes que no es así.
—A veces lo pienso— añadió rápidamente su madre—. Si le hubiera dado un heredero, las cosas serían de otro modo. Pero luego sé cosas que las niñas no. Cómo las amas. Como pasas noches sin dormir porque te sientes despreciable por usarlas como peones. Porque odias que les haga daño. Porque las amas con todo tu ser.
Hinata esperaba que su padre desmintiera todas esas palabras. Que las lágrimas tuvieran un motivo para detenerse, pero no fue así. Su padre no se negó. Solo el sonido de más sábanas al removerse y a su madre murmurar algo por lo bajo.
—La llegada de Kushina Uzumaki te ha traído muchos recuerdos. Lo sé— continuó ella murmurando—. Su hijo te recuerda tanto a él también que no puedes entenderlo del todo. Lo sé.
—Ese matrimonio tiene que llevarse a cabo. ¿Lo entiendes, Hana? Incluso con todas estas cosas, tiene que ser.
—También lo sé— confirmó la mujer—. Pero nuestra Hinata tiene que sufrir para esto, Hiashi. Y es odioso ver cómo se marchita.
—Todos tenemos que hacer sacrificios. Yo ya he hecho dos. Este es el último. Hinata lo entenderá algún día. Aunque no vuelva a hablarme de por vida.
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—La guarida de la serpiente.
Su voz retumbó en las frías paredes de cemento. Solo un despacho estaba en medio de aquel caos de suelos sucios, cajas vacías y algún que otro resto de sangre. Un único hombre estaba sentado tras el escritorio. Los ojos más dorados que hubiera visto nunca. Los más semejante a una serpiente. Su boca se abrió de una forma extraña, casi afilada. Junto a su piel escamosa y grisácea le pareció idóneo el apodo de hombre serpiente.
—¿A qué se debe la visita de tal personaje en parte de mis dominios?
Kabuto se acercó al escritorio, inclinándose y susurrando algo. El hombre lo escuchó sin inmutarse, sin apartar la mirada de él, como si pudiera ver a través de sus defensas. La sonrisa se acentuó.
—Ya veo.
No se inmutó y enarcó una ceja.
—Seré breve— habló—. Necesito dos cosas. Después, puedes desaparecer.
El hombre serpiente se echó hacia atrás, riendo con una carcajada vieja y arrastrada. Kabuto se subió las gafas.
—¿Desaparecer?
—Es lo que mejor hacen las serpientes— señaló.
Un brillo especial se detectaba en sus ojos. Aquello le había gustado.
—¿Cuáles serían esas dos cosas, en caso de que me interesen, por supuesto?
Asintió y cambió el peso de un pie a otro, preparándose para cualquier cosa que llegara.
—Lo primero, dejarás a la clase de 2-b en paz. Es mi… digamos, territorio de caza.
El hombre se lamió los labios lentamente, sonriendo con crueldad.
—Lo segundo, quiero el cuerpo de este hombre.
Se llevó la mano al abrigo de cuero que cubría su cuerpo. Ambos hombres se tensaron, pero esperaron. Extendió una fotografía sobre la mesa. El sujeto la asió con dedos temblorosos y luego levantó los ojos hacia él, enarcando las cejas.
—¿Has mirado en el cementerio? Lo último que supe de él fue que su cuerpo estaba siendo enterrando y condecorado con muchos honores.
Chasqueó la lengua. No tenía tiempo ni ganas de jugar a las adivinanzas.
—Ya he cavado su tumba. Un estúpido ataúd para falsos entierros es todo lo que se encontró. Quiero su cuerpo. El real. Y lo quiero muerto.
Se volvió, dándoles la espalda, mientras aquel sujeto se quedaba mirándole desaparecer y la fotografía sobre el escritorio.
La misma fotografía que aparecía el altar de una casa, con incienso quemando y que ahora faltaba. Una fotografía a la que nadie echaba de menos en esos momentos.*
Continuará...
*: Por si no se nota, cogió la fotografía del altar que hizo Kushina para Minato en su casa. Así que ha estado en casa de Naruto este ser sospechoso.
Nota autora:
Bien, otro capítulo de Roturas. Creo que mucha gente se hizo una idea equivocada del fic y pensó que todo sería escolar, pero esto está tomando muchos cambios que no solo tienen que ver con la escuela.
Y más intrigas llegaron, además de solucionarse algunas otras. Muy pocas, lo sé. Pero ahí va.
¿Cómo reaccionará Naruto en adelante? ¿Conseguirá Tenten, que era la persona que golpeó a Neji en el capítulo anterior, seguir el plan de Tayuya? ¿Qué hizo Shikamaru que Tayuya no puede perdonarle? ¿Conseguirá Matsuri que Gaara vaya a clases? ¿Qué querrá el sujeto este del cuerpo de Minato, de las chicas y de Naruto?
¡Más en el próximo! :3
