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TONTERÍAS A DOS
Fecha: 9/5/21
Pareja: Kenyako
Tiempo: 20m y 4s
—Mimos—
No tenía fiebre y por mucho que mirase el termómetro era poco probable que esa mañana la tuviera. Anoche tampoco la tuvo lo que fue una gran alegría, tanto para ella como para su abnegado cuidador. Miyako no era muy buena enferma; desde siempre había odiado estar enferma. Eso de sentir el cuerpo inútil y la mente colapsada era una de las sensaciones que más odiaba. Pero debía admitir (ya sin fiebre y con la mente despejada), que estar enferma conllevaba cosas buenas. Cuando era niña y enfermaba (que eran pocas veces porque lo odiaba y Miyako es más testaruda que cualquier enfermedad), toda su familia se volvía amable y considerada. De repente sus hermanos le regalaban sus postres, su padre recordaba que sí podía permitirse aquel videojuego que pidió hacía tantos meses y su madre dormía a su lado, cepillándole el cabello con mimo.
Mimos. Eso era lo que siempre recibía cuando enfermaba. Los mimos de su familia. Los mimos de las personas que la amaban. Los mimos de la persona que amaba.
Resopló observando aquel termómetro con desilusión. ¿Por qué no podía estar enferma un poquito más?
—Miyako, ¿quieres algo en especial para el desayuno?
Escuchó a Ken desde la cocina y fue suficiente para dejar de pensar y actuar. Encendió la lámpara junto a la cama y acercó el termómetro a ella. Ken, preocupado por no escuchar respuesta, no tardó en asomarse.
—Miyako, ¿me has escucha… —se interrumpió viendo sus precipitados y culpables movimientos—. ¿Qué estás haciendo?
—Creo que tengo fiebre otra vez. —Fue su penosa respuesta, tapándose la cabeza con la manta y mostrando el termómetro con el brazo extendido hacia arriba.
Por su bien, Ken ni valoró la disparatada cifra que apareció en el aparato. Lo recogió, lo dejó a un lado y destapó a Miyako.
—Lo pusiste en la bombilla.
—¡No! —exclamó Miyako indignada. Ken la censuró con la mirada y Miyako ya solo pudo confesar con un pesaroso gemido. Se dejó caer y se intentó cubrir de nuevo, acción que Ken impidió.
—No lo entiendo, creí que odiabas estar enferma —dijo Ken, sentándose a su lado. Pasó la mano por su frente y mejillas para comprobar su temperatura de todas formas.
—Y lo odio pero… —Miyako desvió la mirada ruborizada, tomando la mano de Ken, que ya descansaba sobre su muslo. Jugueteó con sus dedos y lo miró con culpabilidad—, me gustan los mimos que me das cuando estoy enferma.
Y aunque Ken estaba predispuesto a seguir reprobándola, solo pudo reír ante ese tierno reclamo, cayendo a su lado. Juntó su frente con la de ella y en un tono que, sin pretenderlo, a Miyako le sonó seductor, susurró:
—Yo prefiero los mimos que me das cuando no estás enferma.
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