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Algunas instrucciones de uso adicionales:
Esto es un especial ¡Clap, clap, clap!
Significa que mi tira dominical que normalmente ocupa una esquinita apartada de la publicación hoy ocupa una hoja entera y a color ¡Clap, clap, clap!
Lo que conlleva una historia y no solo una escena y también un cameo ¡Clap, clap, clap!
Sin más que añadir, ni más que aplaudir disfruten y ¡hasta la semana que viene!
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TONTERÍAS A DOS
Fecha: 20/6/21
Pareja: Kenyako
Cameo: Sorato
Tiempo: 44m y 30s
—Gambito—
—Ken, ¿juegas ajedrez?
Si hubiese sabido lo que conllevaría la respuesta afirmativa a esa pregunta, era muy posible que Ken hubiera mentido deliberadamente.
—Tengo algunas nociones, sí.
Esa fue la risueña respuesta de Ken aquella tarde de verano. Y ante la estupefacción de ver a Miyako colocando las piezas en un tablero que ni sabía de dónde había sacado, Ken empezó a cuestionarse desde cuando su novia jugaba al ajedrez y que tan buena era.
—¿Ya me ganaste?, espera, ¡¿en tres movimientos?!
—Es una jugada de libro. Creí que ya estaba un poco oxidado, no jugaba desde la secundaria.
La respuesta de Ken, amable como él, no calmó a la novata Miyako. Quizá se debiese a un manga, a algún amigo, o lo más probable, a alguna serie de moda, pero Miyako estaba decidida a convertirse en la reina del ajedrez.
—¡Juguemos de nuevo!
Y así comenzó el verano del ajedrez, en el que Miyako descubrió mil y una maneras de perder a dicho deporte y Ken se sorprendió gratamente de que aquellas nociones de infancia en realidad fuesen un olvidado talento innato.
—¡¿Por qué?! —Miyako se llevó las manos a la cabeza al hallarse ante su enésima derrota, ya cuando la brisa empezaba a refrescar al atardecer.
—Eres demasiado impulsiva. El ajedrez es un juego en el que prima la estrategia y la templanza.
Estrategia y templanza.
Conceptos que acompañaron a Miyako hasta el final del verano, cuando tras innumerables derrotas y siendo consciente de que jamás podría alcanzarlos, un día se materializaron en su mente.
—Sora-san, Yamato-san, bienvenidos, ¿quieren un té? —preguntó Ken con educación, ante la inesperada visita de sus dos amigos.
—Ya les di un refresco antes de venir —despachó Miyako, extendiendo el tablero.
La pareja invitada, todavía sin saber muy bien que hacía ahí, tomó asiento cada uno a un lado de Miyako.
—¡Ken! —llamó Miyako, haciendo consciente a Ken de que iban a jugar al ajedrez, otra vez—. Te hallas ante la templanza —señaló a Sora que dio un respingo soltando el manual de ajedrez que había empezado a hojear— y la estrategia —señaló a Yamato, que siguió con su misma expresión neutra—, que junto a mi instinto, doblegarán tus piezas —finalizó, con el pulgar hacia abajo.
Y así dio comienzo la partida definitiva hasta ese momento entre el equipo Miyakofuru (los cuales todos estaban por voluntad propia) y Ken, el rey del ajedrez en su hogar.
—Apertura gambito de dama —susurró Sora, mirando el manual.
—Eso suena a éxito.
—¡Espera!
Miyako se detuvo aterrada, igual que Sora e incluso Ken, por el grito de Yamato. Este, tras mirar el tablero como si lo escaneara con su sentido arácnido (o licántropico en su caso), asintió con la cabeza y Miyako, muy despacio, realizó su apertura.
Unas pocas jugadas después, Ken no solo había desactivado el gambito de Miyako y su equipo de templanza y estrategia pero cero conocimientos en ajedrez (como mucho alguna noción de shogi por obligación de Haruhiko en año nuevo), sino que ya dominaba abiertamente la partida.
—Sora-san, ya me ha matado otro peón —lloriqueaba Miyako.
—La técnica gambito se basa en el sacrificio de piezas con el fin de…
—¡No quiero sacrificar más! —cortó Miyako la explicación de manual de Sora, aferrándose a su inerte peón.
Ambas miraron furibundas a Ken al escuchar una risa que apresuró a contener.
—Miyako, el tiempo… —dijo Yamato, alternado la mirada entre el reloj y Miyako—… el tiempo —repitió.
Ella gruñó y enfocó a Sora.
—¡Qué hago!
Esta, que pasaba las páginas de aquel libro lo más rápidamente posible, se lamentó.
—A ver… ¡enroca! Sí, así protegerás al rey, eso es.
—¡Enroco! —exclamó Miyako como si de la invocación de un patronus se tratara.
—No puedes —negó Ken—, debe ser el primer movimiento del rey y ya lo moviste antes.
Miyako se volteó a Sora desesperada.
—¡No puedo!
Al borde de un ataque de nervios o, lo que era lo mismo, sin templanza alguna, Sora siguió pasando páginas.
—Miyako, el tiempo… —volvió Yamato a señalar el reloj, provocando la ira de la aspirante a reina del ajedrez de la morada Inoue-Ichijouji.
Movió el único caballo que le quedaba y pulsó tan fuerte el temporizador que casi lo rompió. Ken, parsimonioso como él, le arrebató un nuevo peón.
—Jaque.
Con la respiración agitada, contrastando con la tranquilidad de Ken, Miyako, que ya daba por perdida a Sora y por ende la templanza en el juego, volcó sus esperanzas en Yamato.
—¿Qué estrategia se supone que estamos siguiendo?
De nuevo su mirada celeste quedó presa del tablero, Miyako, ya haciéndose a la idea de que esa mirada fija no llevaría a ninguna parte como las veinte anteriores, iba a sacrificar su querido caballo, cuando…
—¡Espera!
Del susto Sora perdió el manual y Miyako el caballo. Por el contrario Ken, concentrado al máximo en el juego, ni se inmutó.
—Mueve la torre y después la otra. Moveremos las dos torres —explicó, juntando las manos y asintiendo con la cabeza.
Y la desesperación en Miyako ya debía ser máxima porque no solo se le iluminó la mirada ante tal inútil estrategia, también sintió una increíble clarividencia en el juego.
—La batalla del abismo de Helm... —asintió para sí misma—. Resistiremos hasta que llegue el mago al amanecer del quinto día.
—Creo que aquí no hay pieza de mago —susurró Sora, tomando el manual temerosa.
Y tras mover la torre y luego la otra, Ken hizo un fácil jaque mate.
—Fue divertido —habló Ken amigablemente, mientras recogía las piezas—. Yamato-san, Sora-san, ¿se quedan a cenar?
Pero no recibió contestación; la templanza y la estrategia sumidos en su miseria escoltaban a la aspirante a reina, cuya mirada ya se alzaba retadora.
—¿Qué crees que haces, Ken? Exigimos revancha.
—¿Por qué habla en plural? —susurró Yamato a su novia.
—No lo sé, quiero irme a casa, odio el ajedrez —gimió Sora.
Si hubiesen sabido lo que conllevaría aceptar la invitación de Miyako aquella tarde casi otoñal, Sora y Yamato, sin duda, la habrían rechazado deliberadamente.
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