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TONTERÍAS A DOS (TRES)
Fecha: 15/8/21
Pareja: Kenyako
Tiempo: 13m y 42s
—Sonrisa—
Lo que encontró al entrar en casa no fue una estampa inesperada ni mucho menos, ya que desde que eran tres, ero lo normal hallar un poco de desastre en el hogar.
—Estoy en casa.
Ken volteó al ser consciente de su presencia. De rodillas en el piso a la altura de la pequeña, con algún que otro clip sujetando su cabello que ya empezaba a ser más largo, y los labios con ese carmín que la niña aún sostenía fuertemente en su mano.
—¡Mama!
La niña corrió al encuentro de la recién llegada y extendió sus bracitos a la espera de que pasara lo que suponía y por tanto pasó: Miyako la cargó. Ken se levantó con su sonrisa decorada, mientras la niña decoraba a juego los labios de su madre. Fue entonces cuando esta se fijó en la barra de labios con la que jugaba.
—¡Ken!, ¡es la buena! —exclamó y sus dientes quedaron pintados también.
La sonrisa se borró de golpe en el padre.
—Creí que se la habías dado tú, que ya no te servía o no te gustaba.
Miyako bajó la cabeza abatida y su oreja junto con la patilla de la gafa quedaron pintadas.
—Para nada, era mi barra de labios más cara.
Apurado, y con un sentimiento de profundo fracaso como padre y esposo, Ken alcanzó la manita de su hija, que ahora se afanaba en estirar la sonrisa desaparecida de su madre.
—Mina-chan, lo siento. No es un juguete, es de mamá, y es valioso.
—¡No!, ¡no!
La nena se entercó, apretando el labial en su puño y pataleando al límite del berrinche. Como si hubiera sido madre todo la vida y no solo escasos tres años, Miyako la calmó: arriba y abajo, arriba y abajo.
—Déjalo Ken, ya está estropeada.
—Pero tiene que aprender… —insistió Ken, en la desesperación de resarcirse como padre y esposo.
La manita de la niña permaneció cerrada y su ceño se frunció como antesala de la nariz pintada de su padre. Una línea desde la frente hasta la punta que pudiera pasar como pintura de guerra si no fuera la marca de su derrota. Inmerso en su fracaso, le costó alzar la mirada a Miyako, mas cuando lo hizo, se contagió de esa carcajada que a duras penas la madre aguantaba. Decidieron, como padres primerizos y pintados, que la nena aprendería otro día y hoy disfrutarían de su sonrisa.
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