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TONTERÍAS A DOS

Fecha: 29/8/21

Pareja: Kenyako

Tiempo: 25m y 34s

Pinzas—

Debía funcionar. Todo había sido minuciosamente calculado. Dio al botón y no solo ella, todo su alrededor (es decir Ken y un par de niños que miraban curiosos desde hacía rato) contuvieron la respiración viendo esas pinzas metálicas bajar. Tocó el muñeco, pareció que lo enganchaba de un brazo pero no llegó a levantarlo y las pinzas regresaron a su posición original. Cerró los ojos interiorizando su fracaso, acrecentado por el murmullo decepcionado de aquellos niños.

—No es tu culpa Miyako. Está claro que estas máquinas no están diseñadas para ganar.

No imaginó Ken, que lo que creía que eran reconfortantes palabras, Miyako las tomara como un ataque casi personal.

—¿Qué quieres decir?

Ken sonrió de medio lado, tratando de hallar su complicidad. No creía que hablara de nada que ella desconociera, aunque por su mirada empezó a temer lo contrario. Perdió la sonrisa, tomando una actitud firme pero conciliadora.

—Me refiero a que estas máquinas siempre parece que van a atrapar al muñeco, pero en realidad la pinza no tiene suficiente fuerza para elevarlo. Cierto que a base de jugar y mover el muñeco al final queda en una posición que con suerte cae, pero teniendo en cuenta el dinero que se debe invertir para llegar a ello, definitivamente no sale rentable. —Hizo una pausa. Miyako lo miraba con atención, pero sin cambiar de expresión en ningún momento. Desvió la mirada a la maquina, mientras se frotaba la barbilla con aire profesional—. Puedo concluir casi con seguridad que es una estafa, así que no te sientas fracasada, no tiene nada que ver con tu destreza.

Y junto a lo que él consideró un cumplido, le intentó regalar una sonrisa que desapareció cuando Miyako exhaló fuerte, muy fuerte. La conocía ya algo para saber que estaba realizando un ejercicio de contención.

—Ken, con todos mis respetos a tu análisis criminalístico, que por otra parte, nadie te ha pedido —empezó, calmada pero inflexible—, llevo jugando a estas máquinas desde que tú eras un feto, ¿me intentas decir que llevo toda mi vida siendo estafada?

El "sí" murió en la saliva que tragó. Sonrió nervioso.

—¿Jugabas a esto con un año? —preguntó, tratando de relajar el ambiente.

—Mi hermano me alzaba y yo daba al botón. Era su amuleto —respondió cortante, lo que provocó que Ken se amilanara un poco más. Miyako chasqueó molesta y metió otra moneda—. Te voy a demostrar que aquí solo cuenta la habilidad del jugador.

Movió la palanca con cuidado, casi sin respirar, ni Ken respiró por si acaso. Miró por un lado y por otro y hasta se alzó de puntillas para tener mejor visión en conjunto. Ahora sí debía funcionar y con una sonrisa de victoria anticipada, dio al botón y la pinza bajó. Tomó al muñeco, lo elevó, pero antes de llegar a su destino se desenganchó.

Superando la estupefacción inicial por su nuevo fracaso, Miyako se separó de la maquina y echó a andar dignamente mezclándose entre el animado gentío. Ken, reflexivo, la siguió unos pasos más atrás.

—Si tanto quieres ese muñeco podemos comprarlo en la tienda.

Consiguió que Miyako se detuviera y lo mirara atónita. Suspiró al cabo de unos segundos.

—Acabo de ser consciente de que hay cosas de mí que jamás vas a entender.

Ken abrió los ojos de manera desmesurada. Apurado, preocupado. ¿En qué demonios iba a derivar el perder en una estúpida máquina de pinzas que a sus ojos siempre sería una estafa? Pensó que debía responder algo lo antes posible, algo constructivo, algo amoroso, algo, algo, algo... pero nada se le ocurrió ni hizo falta cuando vio la deslumbrante sonrisa en el rostro de Miyako.

—Pero, ¿sabes qué?, creo que por eso te amo tanto.

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