.
.
TONTERÍAS A DOS
Fecha: 5/9/21
Pareja: Sorato
Tiempo: 20m y 18s
—Voz—
Se detuvo al escuchar su voz. Se alzaba majestuosa entre los instrumentos, atravesando la puerta del lugar de ensayo. Sonrió irremediablemente y, sin mirar la hora, guardó el dispositivo en el bolsillo de su abrigo azul. Era aquella canción que hacía apenas un mes no había podido terminar en un concurso de Nochebuena. Se dio cuenta, entonces, de que nunca había tenido la oportunidad de escucharla entera.
Escondió la boca bajo su bufanda rosa, apoyándose contra la pared. Se calentó con su propio aliento, mientras sus oídos sentían ese otro calor proveniente de Yamato.
Aún permanecía contra la pared, perdida en aquella melodía, cuando los instrumentos cesaron y precipitados movimientos se escucharon. Se despegó al mismo tiempo que la puerta se abría y Yamato, colocándose la funda del bajo a la espalda, con su chaquetón sin abrochar y una bufanda en la mano, aparecía con expresión apurada. Al mirar al dispositivo, que sacó del bolsillo del pantalón, una mueca de disgusto se reflejó en su rostro, pero antes de precipitarse a correr, Sora lo llamó.
Su expresión se calmó al enfocarla. Derivó en un gesto culpable que hacía más patente su ternura.
—Perdí la noción del tiempo, ¿llevas mucho esperando? —Ella negó con una sonrisa, dando unos pasos hacia él—. Haber entrado, hace frío.
—No quería molestar. Además, estuve bien aquí, escuchándote.
Sora apartó la mirada, al igual que Yamato cuando sintió sus mejillas arder. Con una sonrisa incapaz de controlar quiso ofrecerle la mano, pero quedó en intención al notar tres respiraciones a su espalda.
Sora se sobresaltó avergonzada, mientras Yamato apretaba la mandíbula contenido.
—No se detengan por nosotros —dijo aquel que tocaba la guitarra.
Compartiendo su sonrisa, y la puerta por la cual asomaba, el batería rio.
—Ver una chica interesada en Ishida-kun sin que este huya es tan novedoso que no puedo apartar la mirada.
—Yo tampoco huiría de Takenouchi-san —dijo, quien se encargaba del teclado, guiñando un ojo a la aludida.
Obviamente, ya fue más de lo que Yamato estaba dispuesto a soportar y, dando un par de codazos, los empujó adentro.
—¿No tienen una vida que vivir? —dijo de mala gana, más por las risas de sus amigos, y porque ya sentía incontrolable el enrojecimiento de su rostro. Tomó a Sora de la mano y aceleró sus movimientos—. Vamos Sora.
Esta, todavía abrumada por los comentarios, no pudo seguir su ritmo de inmediato, tampoco lo quiso seguir una vez recompuesta.
—¡Espera Yamato!
Se lo había pedido ya varias veces antes de que Yamato la escuchara. Soltó su mano y ya sin rastro de enojo, la miró desvalido. Tal vez había sido muy brusco y desconsiderado. Pero ella tan solo le sonrió, señalando su vestimenta.
—Abróchate y ponte la bufanda o te enfriarás la voz.
Yamato se miró como si no entendiera a que se refería. Con las prisas por saber que Sora lo esperaba había salido casi sin abrigo, y por las bromas de sus amigos había huido sin remediarlo. Se abrochó pausadamente y enrolló la bufanda a su cuello. Notó su tacto y escondió su boca.
—¿Te gusta mi voz? —musitó, mirándola tímidamente.
—Claro —dijo ella, como si no hubiera otra respuesta posible.
Un viento cálido agitó su corazón. Descubriendo su sonrisa, Yamato tendió una mano que Sora aceptó.
.
.
