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TONTERÍAS A DOS
Fecha: 12/9/21
Pareja: Kenyako
Tiempo: 17m y 23s
—Espachurrar—
No llegaba a ser fastidio el sentimiento que lo embargaba cuando entró en la cocina. Era otra sensación extraña la que experimentaba Ken. Una especie de anhelo confuso e irracional, mezclado con un infantil sentimiento de abandono del cual hasta ese momento ni había sido consistente. Quizá, hasta ese momento, tampoco lo había experimentado.
Se detuvo viéndola y el extraño sentimiento no se acrecentó, más bien derivó a algo que también le afectaba físicamente. Se sentía débil y desprotegido. Sentía, como si aquella mañana, se hubiera despertado en una cueva fría y húmeda.
De espaldas a él, prendiendo el fuego para el desayuno mientras hacía beatbox (sí, era uno de esos talentos que había descubierto al vivir con ella), Miyako ni se imaginaba el tsunami de sentimientos que sus acciones mañaneras habían despertado en su novio. Ni por supuesto se esperaba el abrazo de Ken, porque de haberlo esperado, no hubiera llevado la cabeza hacia atrás tan bruscamente, ni hubiera golpeado el labio de su novio. Y su cogote, por supuesto, no le dolería.
—¿Qué haces? —reclamó Miyako, volteándose, mientras se frotaba el cogote en un gesto de dolor.
A unos pasos, Ken mantenía las manos en su boca. Comprobó, mirándose la mano repetidamente, que no tuviera sangre y la apartó. Miyako, por su parte, también dejó de frotarse el cogote y examinó a Ken. Con su pijama, su pelo despeinado, y esa mirada extraña que no llegaba a entender.
—¿Puedes quedarte quieta un segundo?
Sin saber que esperar, Miyako llevó la mano hacia atrás lo justo para apagar el fuego de la cocina y siguió los movimientos de Ken. Cerró los ojos, inspiró, exhaló y finalmente acortó la distancia que los separaba. Entonces sintió sus brazos rodeando su cuerpo. Fuerte. Muy fuerte. No era un abrazo común, era sin duda un espachurramiento.
—Es la primera vez desde que vivimos juntos que te despiertas antes que yo. —Miyako escuchó su susurro demandante sin entenderlo a priori. Notó que incrementaba su abrazo y escuchó un débil gemido—. Creo que me acostumbré a que me espachurraras cada mañana.
Así habían sido hasta entonces sus mañanas. Cuando Miyako abría los ojos, solía encontrar esos límpidos zafiros que era su mirada. Y su sonrisa se aparecía entre el rubor de sus mejillas y lo abrazaba. Fuerte. Muy fuerte. Lo espachurraba.
Sus brazos se aflojaron, y ahora Ken; tímido, avergonzado, volteó el rostro y se separó de ella. Apenas pudo dar un paso cuando sintió un enérgico abrazo desde su espalda.
—¡No te preocupes Ken!, ¡prometo espachurrarte todos los días de mi vida!
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