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TONTERÍAS A DOS

Fecha: 19/9/21

Pareja: Sorato

Tiempo: 17m y 1s

Botón—

Tirando de su brazo, Sora lo adentró. Era la hora del almuerzo y nadie utilizaba la sala del club de costura. Cerrando la puerta tras de sí, Yamato quedó parado, haciendo patente su incomodidad.

—Dame, puedo hacerlo yo —reclamó, al ver a Sora sacar aguja e hilo.

Ella ni lo miró, mientras con un arte que Yamato en verdad no poseía, cortaba el hilo con los dientes, humedecía la punta y enhebraba la aguja.

—Ya sé de lo que eres capaz. Lo he visto antes. —Sonrió, acercándose—. No te importa que el hilo no sea del color, que los nudos se vean o el botón quede torcido.

Sintiéndose ofendido por su burla, Yamato se sujetó con más fuerza la camisa, la cual se abría desmesuradamente por culpa de ese botón que mantenía en su puño cerrado.

—No necesito que me cosas un botón. Lo hago desde que soy niño.

Sonó cortante, pero Sora, sin perder la sonrisa, le ofreció la palma de la mano.

—Sé que no lo necesitas, pero estoy aquí, lo hago mejor que tú y, además, me gusta hacerlo. ¿Cuál es el problema exactamente?

No pudo mantener por más tiempo su ceño fruncido, su berrinche ya más propio de su pasado. Su puño cerrado perdió fuerza y el botón escondido terminó en la palma de Sora. Cerró los ojos y realizó una exagerada exhalación, en la que Sora tuvo que interpretar una aceptación e incluso hasta una disculpa. Aflojó también el puño con el que sujetaba el cierre de la camisa y se la terminó de desabrochar, pero Sora lo detuvo cuando trató de quitársela.

—¡Qué demonios haces!

Yamato contuvo la risa, deleitándose del apuro de su novia, no obstante mantuvo la camisa sobre su cuerpo.

—¿Puedes hacerlo así?

Ella le regaló una fingida sonrisa de suficiencia.

—Procuraré no pincharte.

No temía que lo pinchara realmente, temía más bien ese roce sobre su piel, ese aliento constante en su pecho, esa carita de concentración, esa faldita azul a mitad de muslo, ese cosquilleo que provocaba su cercanía. Ese calor adolescente...

Inclinó la cabeza hacia Sora y en su oído, musitó:

—Ven esta tarde a mi casa, por favor.

Y fue Sora la que se pinchó.

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