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TONTERÍAS A DOS
Fecha: 3/10/21
Pareja: Sorato
Tiempo: 23m y 45s
—Iemoto—
—Murió, Yamato.
Yamato abrió los ojos y sus sentidos fueron percibiendo de nuevo su alrededor. El gentío apelotonado; preocupados, aburridos; el altavoz invocando paciencia; los paraguas chorreando agua y la pantalla trasmitiendo la última hora de la tormenta. Atrás quedó el sonido de la lluvia contra la cristalera de la terminal. Su mirada encontró a Sora a su lado y una sonrisa se dibujó viendo aquel rostro de desolación sosteniendo el teléfono.
—Debes comprarte otro, Sora. Hace tiempo que ese teléfono es un zombi —dijo, mientras, apartando las bolsas de su tarde de compras en Ginza, le tendía su teléfono.
—Pero me gusta. Fue mi primer teléfono.
Ahí grabó su número por primera vez, ahí guardaba esos primeros mensajes, ahí se testificaba su comienzo. Su paso de amigos a novios. El teléfono de Yamato era más actual. Por lo visto él no había tenido apuro alguno en deshacerse del teléfono de sus comienzos. Sora suspiró, devolviéndoselo. Demasiado moderno.
—Está bloqueado, Yamato.
—Es tu cumpleaños.
Sora buscó su mirada un instante, y aunque Yamato tenía esa expresión de indiferencia mientras miraba la pantalla, ella sonrió juguetona.
—¿Es para que no se te olvide la clave o mi cumpleaños?
De reojo, Yamato le sonrió de vuelta, con ese aire de arrogancia. Dio un paso hacia adelante, ya que en la cristalera se amontonaba demasiada gente viendo con esperanza como la tormenta amainaba. Y mientras suspiraba, Sora le sacaba la lengua, y se llevaba el teléfono a la oreja.
—Mamá… eh… ah Takaishi-san… hola…
Al escuchar, mas el tono, que el nombre en sí, Yamato la miró impresionado. Apurada, Sora compartió unas palabras antes de colgar. Quedó un instante en silencio, tan en silencio que hasta dio la impresión de que la terminal se vació y de nuevo solo se escuchaba la lluvia.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó Yamato, tomando el teléfono con brusquedad y regresando el ruido.
—Busqué mamá —excusó Sora, bajando la cabeza culpable.
—Es mi teléfono. —Agitó Yamato—. Mi teléfono, mi madre. Tu teléfono, tu madre. —Señaló con demencia, el bolso donde descansaba su inerte aparato.
—Lo sé —gimió Sora, cerrando los ojos.
Se sentía idiota. Pero la culpa no era suya. Era de Yamato y de la nube a dónde la llevaba cuando descubría detalles idiotas como la inesperada clave de su moderno teléfono.
Yamato bufó y su vista quedó de nuevo en la pantalla, donde por fin se anunciaba el próximo ferry. Conservando su expresión de enojo, le tendió una vez más el teléfono.
—¿Vas a llamarla o no? Se reanuda el ferry en una hora.
Reaccionó torpe, porque estaba convencida de que Yamato jamás volvería a permitir que tocase ese teléfono. Esta vez sí marcó el número, obviando los contactos, que por supuesto no eran sus contactos.
—Mamá… sí, ya se reanuda el ferry…. En una hora o así… sí, estoy bien… sí, estoy con él… vale… hasta ahora.
Le devolvió el teléfono con timidez, como esperando una aceptación por su parte por haberlo hecho bien esta vez. No la encontró, Yamato lo aceptó sin mirarla y se sumergió en él.
Apesadumbrada, Sora se resignó a que el viaje de vuelta a Odaiba fuera incómodo, esperando que su enfado no durara más que aquel caótico ferry, pero entonces Yamato colocó ante ella la pantalla de su teléfono.
—Así ya no te equivocarás, ¿cierto?
Tras la impresión inicial por hecho tan inesperado, Sora contuvo la risa al leer como su madre había quedado guardada en el teléfono de su novio: Iemoto.
—Creo que es inequívoco. —Se atrevió a decir, buscando una mirada cómplice en Yamato. Esta vez la encontró y por eso se envalentonó—. Mi madre ha dicho que me cuides —dijo, como si nada. Escuchó el asentimiento en forma de gruñido de su novio. Rio y buscó su mano—. Tu madre me pidió que te cuide.
No hubo gruñido esta vez y eso la preocupó. Sintió que su mano se apartaba y se sintió estúpida por haberlo estropeado de nuevo, esta vez de forma consciente, pero entonces notó su mano otra vez, apartando el gorro que llevaba. No pudo reaccionar porque sintió la cabeza de Yamato en su lugar, apoyada tiernamente.
—Pues hazle caso a mi madre, que yo haré caso a la Iemoto.
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