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TONTERÍAS A DOS

Fecha: 21/11/21

Pareja: Kenyako

Tiempo: 13m y 5s

Semilla—

Arrastrando los pies con pesar, Ken cerró los ojos al percibir la luz de la pantalla. Frotándoselos, los abrió con lentitud hasta que se acomodó a la luz. Procedía del sofá, más concretamente de la persona que continuaba ahí. Se asomó desde atrás, apoyándose en el respaldo.

—Miyako, ¿todavía estás con eso?

Ella ni se molestó en mirarle. Alumbrada solo por la luz de su pantalla y del universo en el que se hallaba.

—Al evento le queda una hora. Si permanezco conseguiré una semilla de flor celestial.

Ken la oyó, sin escuchar. Aunque la escuchara, tampoco habría supuesto una gran diferencia. Bostezó e intercambió miradas entre la pantalla y ella. Le dio la sensación de que se habían hecho uno. Se irguió y dirigió de nuevo sus pasos a la habitación, tumbándose en la cama. Miró el reloj una y otra vez, y le dio la sensación de que esa hora no iba a pasar nunca. Y aunque realmente pasara, tenía la certeza de que Miyako no volvería a su lado. Una semilla de flor celestial era algo demasiado tentador como para dejarlo tranquilamente en el inventario.

Resopló, se levantó y buscó su videoconsola. Disfrutaba de este ocio cuando lo compartía con Miyako principalmente (a horas normales del día y de la noche cabía recalcar). Pero a veces, Miyako, simplemente se obsesionaba. Y Ken creía, que solo había una forma de rescatarla. Ser uno también en el mundo que la mantenía atrapada.

«Ven a la cama. Estoy solito. Te echo de menos.»

Lo publicó rodeado de flores, quizá no celestiales, pero lindas a fin de cuentas y apagó la videoconsola, quedando tumbado en la cama.

No tenía la certeza de que funcionara, pero era su única baza. Alzó la cabeza impresionado al escuchar movimiento y pestañeó incrédulo al verla entrar en la habitación con la videoconsola en la mano. Apagada.

—Tu mensaje se publicó ante las mil trescientas ochenta y dos personas que competíamos por la semilla de flor celestial.

—Mil trescientas ochenta y dos… —susurró Ken, empezando a enrojecer. Era un mundo virtual, pero no dejaba de ser bochornoso.

Miyako se arrojó contra la cama. Se quitó las gafas, se frotó los ojos enrojecidos, que por fin acusaban sus horas frente a la pantalla, y gimió, pataleando.

—Ahora deberé cambiar de avatar, de ciudad y empezar una nueva vida.

—Lo siento —musitó él.

—Y me quedé sin la semilla de flor celestial.

—Lo siento —repitió, sin saber que más decir.

Eso irritó a Miyako, que apretó el rostro contra la almohada al tiempo que chasqueaba.

—¿Quieres dejar de repetir lo siento?, he quedado en ridículo ante la comunidad y perdido la oportunidad de obtener mi semilla y… —Perdió toda su fuerza al encararlo. Su enojo, su decepción, su vergüenza, hasta su cansancio desapareció ante aquel rostro. Ante aquellos ojos que en verdad eran las más valiosas semillas de flor celestial. Bajó la mirada, empezando a enrojecer, empezando a ser consciente de su comportamiento infantil. Gimió sin importarle y se acurrucó, escondiendo su cara en el pecho de él—. Dame mimos —musitó.

Y Ken, que había contemplado todos sus estados de ánimo a través de su rostro, la envolvió delicadamente con los brazos, acarició con la nariz su cabello y durmió con una plácida sonrisa en los labios.

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