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TONTERÍAS A DOS

Fecha: 26/12/21

Pareja: Sorato

Tiempo: 24m y 48s

Blanco—

—Lo romperás.

—Una abertura más.

—Mi peinado, cuidado.

Yamato mordió levemente su lóbulo, notando su pendiente entre sus dientes. Su elaborado recogido ya se desmarañaba y mechones a una largura nunca vista caían. Su mano, enredando entre aquellas aberturas fue detenida con firmeza, lo que hizo que irguiera la cabeza, momento que aprovechó Sora para voltearse y tenerlo de frente. Con la sonrisa juguetona y las mejillas encendidas, alzó el dedo, impidiendo el acercamiento.

—Tengo que cambiarme.

—¿Me tomas el pelo? —Arrugó el entrecejo Yamato, haciendo amago de atraparla.

Pero Sora, manteniendo su mirada, su dedo y su sonrisa, fue dando pasos hacia atrás, adentrándose en el baño y cerrando la puerta.

Tras un instante de parálisis, Yamato sacudió la cabeza tratando de despejarse. Se quitó la chaqueta y volteó al ventanal. Se asomó. Si bien hacía tiempo que había empezado a apreciarlas, no le habían parecido realmente hermosas las luces navideñas que adornaban la bahía hasta ese momento. Desde ese lugar. Se giró lo justo para tomar la botella de champán. La descorchó y llenó dos copas. En realidad, nunca imaginó una boda así. Esta suite, ni sabía ya de quien era regalo. Los padres de Sora y sus padres quisieron sufragar gastos desde el minuto uno. No era algo con lo que se sintiera cómodo inicialmente, pero poco a poco fue entendiendo que esta boda no solo era suya y de Sora. Fue dejándose cuidar.

Bebió un sorbo, sintiendo esas burbujitas por la garganta. No había bebido demasiado ni en la recepción ni en la fiesta, no queriendo que nada emborronara su mente. Solo había querido disfrutar de Sora. Ver cada gesto, lágrima y sonrisa. Ella había bebido un poco más y aunque fuera más débil al alcohol, tenía la sensación de que había estado y estaba mil veces más serena que él.

Cerró los ojos, rememorando cada imagen que ya quería grabar para la eternidad. Sora con su pulcro y blanco kimono nupcial, aguantando las lágrimas ante los dioses. Sora con aquel espectacular uchikake de la recepción formal; rojizo, con un increíble fénix que la envolvía desde el inferior derecho hasta la manga izquierda. Entonces, también había descubierto su peinado, con aquellas trenzas de fantasía que daban la sensación de que iban a cubrirse de llamas en cualquier momento. Sora con su experimental kimono de la fiesta informal; negro, con motivos de flores invernales y con tantas aberturas que no había sabido por cual mirar primero.

Se desabrochó los botones del chaleco. Él también se había cambiado de ropa. Del hakama de la ceremonia había pasado a un traje para la recepción, que para sorpresa de la mayoría (no de Takeru, Taichi, ni su padre), no fue de tonalidad oscura sino gris. Suave. No buscando el contraste sino la armonía. La diferencia entre la recepción y la fiesta la otorgó la desaparición abrupta de su corbata. La vio en manos de Mimi por última vez. Había iniciado una subasta y una discusión con Gabumon, al cual no se le permitía participar porque la recaudación era para los novios y él no manejaba su propio dinero sino el de su humano. No sabía cómo había acabado todo eso y quien se había quedado al final con su corbata.

—¿Qué es tan gracioso, esposo mío?

Volteó al escucharla, tomando consciencia de su risa. También le causaba gracia, al tiempo que una placentera descarga, que desde que salieran del santuario, Sora solo se hubiera referido a él de aquella manera. Desapareció la sonrisa al enfocarla. Viendo como ella se mordía ligeramente el labio, entendió que había tenido la reacción esperada. Dejó su copa sobre la mesita, porque ni valoró ofrecerle a Sora la que había servido para ella. El alcohol no tenía cabida aquella noche. Dio un paso y su rodilla chocó contra la cama que los separaba.

Era el último cambio de Sora, el que tan solo él vería. Sabía que tenía intención de sorprenderle. La experiencia en ese terreno le había hecho pensar en el negro o quizá rojo, pero…

Blanco. Las medias hasta el muslo, sujetas a un simple corsé. Dejando descubiertos sus hombros, caía un tul liso por su cuerpo que arrastraba un poco por el suelo. A esa distancia, Yamato la vio como una novia occidental.

Se arrodilló en la cama y avanzó despacio sobre esta. Sora también acortó la distancia hasta el borde, quedando ahí de pie. Rio cuando Yamato, con la mirada fija en la prenda, pasó los dedos —temblorosos, miedosos—, por el tul y el borde del escote, arrugando el entrecejo mientras la examinaba, dándose cuenta de que a esa distancia se apreciaban detalles elaborados. No era un entendido, pero no lo vio como un sencillo conjunto de lencería. Era elegante. Era delicado. Era excitante. Al igual que todos los kimono que había llevado, esta prenda también representaba una parte de Sora. Una parte que solo a él mostraba.

Sus dedos fueron deslizándose, ganando confianza y ternura al pasar por algo ya conocido como era la piel de Sora. Subió por su cuello, deleitándose de su reacción. La miró a esa corta distancia. Sus trenzas habían desparecido, quedando ya libre su cabello más allá del hombro. Sonrió al notar que no se había retocado el maquillaje, lo había eliminado por completo. Delineó sus labios y su rostro con aquel lindo rubor que le recordó al de hacía once años, cuando un pastel lo acompañó. Se acercó. Sora aprovechó para pasar los brazos alrededor de su cuello y él sintió el cosquilleo del tul en su rostro. Notó su cálido aliento en el oído.

—No irás a tratarme delicadamente solo porque vaya de blanco, ¿verdad, esposo mío? —Disimuló su estremecimiento con una risa contenida. Sora lo disfrutó acariciando su nuca, viendo el adorable enrojecimiento de sus orejitas, sintiendo su respiración entrecortada contra la piel de su cuello y sus caricias, que se volvían tenues por encima de la prenda. Exhaló—, porque esto... sí tienes permiso para romperlo.

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