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TONTERÍAS A DOS
Fecha: 20/2/22
Pareja: Sorato
Tiempo: 15m y 36s
—Varicela—
Sin asimilar que lo tenía frente a ella, intentó buscar palabras que no llegaron a su boca. Él, con el uniforme de la escuela y la cartera al hombro, apartaba la mirada con cierto apuro. Apuro que incrementó cuando la madre de ella apareció y le ofreció un té. Tomó asiento cerca de Sora, que se resguardó inocentemente en su manta.
—Creí que no podías venir —dijo al fin, ya sin la madre cerca.
Él se frotó la nuca, nervioso.
—Mi padre es un desastre para estas cosas, así que pregunté a mi madre. —La enfocó entonces, dedicándole una media sonrisa—. Por lo visto pasé la varicela cuando era bebé, así que no hay riesgo de contagio.
No tuvo efecto en Sora esa sonrisa, porque la información la había eclipsado.
—¿Preguntaste a tu madre? —musitó para sí misma, pero Yamato lo escuchó.
Sorbió el té para aplacar su rubor. Sora lo imitó, también en la media sonrisa que antes le dedicó.
Recordó entonces Yamato, muy oportunamente para pasar este incómodo momento, lo que llevaba en la cartera de libros. La abrió, entregándole a Sora un cuaderno.
—Le pedí al presidente de tu clase las lecciones de esta semana. —Sin darle tiempo a procesarlo, Yamato ya tenía los brazos cargados de chocolatinas. Mínimo había diez—. También te he traído de esas chocolatinas de cereza que te gustan tanto. —Las depositó con torpeza sobre la mesita, regresando la mirada a su cartera. Rebuscó y sacó un pequeño libro—. Y ya salió el último tomo del manga de tenistas que estás leyendo.
Sora, todavía obnubilada por las chocolatinas, lo aceptó sin llegar a decir nada. En verdad había comprado esas chocolatinas en la maquina de la escuela muchas veces, y en verdad estaba siguiendo aquel manga. Fue consciente entonces, de que todas esas cosas ya las había hecho acompañada de Yamato. Yamato ya formaba parte de lo más cotidiano de su vida. Sonrió ruborizada, lo que hizo que Yamato desviara la vista y sorbiera otro poco de té.
—¿Te pica mucho? —dijo al enfocarla. Sora entendió que fue porque había empezado a rascarse el rostro.
Negó, no dándole importancia.
—Ahora tomaré la medicación.
Él asintió, aprovechando para levantarse.
—Entonces te dejo para que descanses.
Sora fue realmente consciente de la situación en ese instante. Tenía a su novio de apenas unos meses en su casa por primera vez, y ella estaba con un pijama de gatitos, una mantita de cuadros que podría haber sido de su abuela, y con la cara llena de marcas rojas. Se levantó apurada.
—¡La médico me ha dicho que no me quedaran marcas!
Yamato se volteó al escucharla. Al ver su mirada de asombro, Sora la apartó avergonzada. Fue cuando escuchó una risa escondida cuando se atrevió a volver a mirarlo. Portaba una sonrisa que desde entonces, para Sora, también se convirtió en cotidiana.
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