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TONTERÍAS A DOS (CUATRO)
Fecha: 6/3/22
Pareja: Sorato
Tiempo: 18m y 6s
—Azul—
—¿Azul?, ¿por qué no me habías dicho nunca que el amanecer en Marte es azul?
Yamato giró lo justo el cuello para enfocar a su esposa, que esparcía los bentos sobre el mantel de picnic. Encogió los hombros, sonriendo cuando aquel pequeño pelirrojo, que manoseaba una lata de melón soda cerca de su regazo, alzó la cabecita curioso.
—¿Y hay lunita papi? —Y señaló esa luna diurna que lucía en aquel despejado cielo primaveral.
—¡Claro que sí! —Se adelantó la hermana—. Son dos y se llaman Fobos y Deimos —dijo orgullosa.
Yamato sonrió a su hija, para después concentrarse en el pequeño.
—Pero no son tan geniales como esta. De hecho, apenas se ven de lo pequeñas que son, pero hace muchos, muchos años, fue una sola Luna como la nuestra.
—¿Y nuestra lunita también se va a convertir en dos? —preguntó el pequeño, mirando la Luna preocupado, como si ya pudiera verla dividirse.
—Esperemos que no —contestó el padre, tomando esa lata que resbalaba de manos de su hijo.
La abrió y lo que no había calculado el recién aterrizado astronauta era el tiempo que había pasado en manos del niño para un lado y para otro y por tanto que el gas iba a empujar el liquido a presión sobre su rostro. Ambos pequeños quedaron mirando a su padre sin pestañear, hasta Sora se asomó para ver qué había sucedido.
Fue el niño quien, viendo el chorreante flequillo de su papá caer sobre sus ojos, empezó a reír descontrolado. No tardó en unirse su hermana.
—¿Sí?, ¿os parece gracioso? —cuestionó Yamato. Dejó la lata, se echó el pringoso flequillo hacia atrás y se arremangó.
A Yuujou lo atrapó al momento, Aiko, mayor y por tanto más escurridiza, consiguió esconderse tras su madre.
—¡Casa! —anunció.
Entre risas por las cosquillas de Yamato, el niño se revolvió, "consiguiendo" escapar y buscar el mismo refugio que su hermana.
—¡Casa!
—¡No hay casa, estamos en Marte! —dijo Yamato, cambiando de posición para enfrentarlos.
Lo "intentó" por un lado y por otro, pero lo esquivaron parapetándose en Sora.
—Yamato, dejad de jugar cerca de la comida. La pisaréis, y me tiraréis a mí también.
A cada hombro de Sora, las cabezas de sus hijos quedaron asomadas con traviesas sonrisas, por lo que para atraparlas, Yamato determinó que debía atrapar a su escudo con ellas y así lo hizo en un gran abrazo.
—Os pillé —dijo victorioso, cuando sus manos empezaron a recorrer esas barriguitas.
En medio y sin escapatoria, Sora, resignada, no pudo resistirse a darle un lametón.
—Me gusta el melón soda, Yamato —El momento de estupefacción del padre fue aprovechado por los niños para escapar. No fue tras ellos porque ahora el atrapado era él; entre esos brazos que lo rodearon del cuello; entre esa sonrisa triunfante; entre esa mirada que se perdía en su propia mirada—. Y también los amaneceres azules.
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