.
.
TONTERÍAS A DOS
Fecha: 20/3/22
Pareja: Sorato
Tiempo: 29m y 44s
—Judías—
Sora no pensaba en las judías que desgranaba. Ni las miraba. El movimiento estaba automatizado. Era uno de esos momentos en donde la mente divagaba, empezando por pequeñas cosas, cosas inofensivas, cosas del día a día. Del día a día y los días que iban pasando de cierto hecho que llegó a su mente (quizá por la cercanía de su novio) y se quedó.
—Doce… ¿doce? —dijo para sí misma. Arrugó el entrecejo y recontó—. Doce. —El tono fue sorpresivo esta vez.
Miró a Yamato a su lado. Este, llevándose un grano a la boca, le devolvió la mirada. Ella la apartó, enrojeciendo.
Extrañado por su comportamiento, pero no indagó. Prosiguió con la afanosa tarea, hasta que de nuevo sintió la mirada de Sora. Seguía enrojecida, pero parecía decidida.
—Doce —dijo. Yamato arqueó las cejas confuso—. Llevamos doce días... —desvió la vista a las vainas. Lo miró de reojo, esperando su entendimiento.
—Doce —repitió él y encogió los hombros, lo que hizo desesperar a Sora.
—Doce días, doce… sin hacer el amor —dijo al fin.
Yamato quedó con un grano entre los labios por la inesperada información. Reflexionó sobre ello, mientras Sora se concentraba en las vainas un tanto avergonzada.
—¿Doce?, ¿en serio? —Comió el grano.
—Sí, lo acabo de contar —dijo, tratando de sonar desinteresada.
Yamato ni valoró por qué a su novia le daba por pensar en aquello cuando desenvainaba judías, pero tras repasar mentalmente sus últimos doce días, le tuvo que dar la razón.
—Supongo que he estado con el chip del trabajo.
Ella lo miró. Comía más granos que los que desgranaba. Trabajo. Era cierto que doce días no era un drama para ellos. Temporadas mucho más largas habían sobrellevado a causa de sus trabajos o estudios, pero en esos casos siempre había habido separación física. Conviviendo, era extraño que estuvieran tanto tiempo sin intimar.
Regresó la vista al frente. La verdad que sus últimos días habían sido agotadores. Los de ambos. Si bien Yamato había venido a dormir cada noche, su trabajo en Tsukuba le ocupaba todo el día, y aunque estuviera relativamente cerca, llegaba agotado del viaje, saliendo muy pronto por la mañana. Ella, por su parte, entre la escuela de su madre y su postgrado, tampoco había echado en falta esa parte de su vida.
Volvió a mirarlo. Por fin desgranaba y era porque el cuenco de granos estaba prácticamente vacío. Le irritó su indiferencia ante lo que acaba de descubrir. ¿Es que no tenía esta clase de preocupaciones (necesidades)?
—Chip del trabajo —dijo por lo bajo—. Suena como si tuvieras un interruptor.
—Algo así.
No esperaba la natural respuesta de su novio. Empezó a acalorarse.
—¿No lo piensas?, todo el tiempo que pasamos separados, ¿no lo piensas?
Yamato la miró. Ella ya no desgranaba. Entendió que ya no solo hablaba de doce días.
—¿Por qué voy a pensar en sexo cuando no te tengo cerca?, ¿crees que soy masoquista?
Apartó la mirada. Por su calor, sabía que su rostro la delataba. Cerró los ojos al escuchar la risa de Yamato. Lo encaró furiosa.
—¿Me vas a decir que no haces nada solo?
Suspiró arrepentida. No podía creer que le hubiera preguntado aquello en un contexto tan absurdo. Él calló, haciendo memoria mientras sus dedos seguían sacando judías.
—No mucho. —Sora se cruzó de brazos. Empezaba a alterarse—. Ponte en mi situación, cuando estoy de entrenamientos comparto espacios pequeños con varias personas, por no hablar de cuando salga al espacio. Hay ingravidez, ¿recuerdas? Quizá exista algún tipo de succionador, pero no es algo que esté dispuesto a preguntar. —Le hizo gracia las diferentes caras de espanto de Sora.
—No había pensado en todo eso.
—Claro, como tú te quedas aquí, con tus velitas, tus aceites, tu musiquita, tus juguetitos…
—¡No lo hago así! —cortó Sora, más roja de ira que de vergüenza. Volvió a desgranar con avidez—. Y se acabó esta absurda conversación que no tiene lugar mientras desgranamos las vainas que tu hermano nos ha traído de Shimane, que por otro lado, nos las podría haber traído desgranadas como hacemos nosotros con él.
Encantado por ver a Sora tan fuera de sí, Yamato intercaló la mirada de su rostro a sus manos, que iban a velocidad endiablada. Sonrió con travesura.
—Tienes unos dedos muy hábiles.
—¡Vete al infierno Ishida! —Yamato rio fuertemente, mientras ella tiraba las vainas y se levantaba. Lo encaró tras unos pasos; mirada demencial, brazos cruzados—. ¡¿No te vas a mover?!
No llegaron a trece.
.
.
