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TONTERÍAS A DOS (TRES)
Fecha: 27/3/22
Pareja: Kenyako
Tiempo: 15m y 46s
—Piscina—
Una espectadora, eso era Miyako en las clases infantiles de natación. No es que no hubiera intentado ser participe como las demás madres, pero tras el primer día el matrimonio decidió que fuera Ken quien se encargara de meterse en la piscina con su bebé. No porque Miyako se hubiera puesto nerviosa ni mucho menos, aunque tener a su bebé rodeada de agua tan alegremente quizá sí le había inquietado y… sí, debía reconocer que se había puesto bastante de los nervios.
No lo sentía como un fracaso, Ken se desenvolvía muy bien en ese quehacer. No era el único padre de las clases, pero sin duda su esposo era el más joven y atractivo. Ella lo sabía, y por lo que estaba viendo, las demás madres, (las que no se ponían nerviosas al dejar a su bebé bajo el agua), también lo sabían.
Como una espectadora, claramente veía, como dos o incluso tres madres se acercaban más y más a la zona Ken. Ninguna parecía tener ese interés en los otros padres. Claramente veía, cómo una de ellas reía más de la cuenta, incluso parecía más pendiente de Minako que de su propio bebé (eso desde la perspectiva de Miyako), aunque en realidad la veía más pendiente de Ken. Y claramente veía, cómo le coqueteaba y cómo Ken no se enteraba, encantado de adquirir conocimientos sobre paternidad.
Ella lo veía, y para su sorpresa, su hija también lo vio, cuando mordió ese dedo que sutilmente había quedado en el antebrazo de su padre.
—¡Me mordió!
Ken, con su nena en brazos, se sobresaltó.
—Disculpa, le están saliendo los dientes —sonrió, tratando de invocar a la comprensión maternal.
—¡Au!, ¡me pateó!
Bajo el agua, la nenita había movido su pierna hacia esa mujer tan arrimada a su padre. Ken tampoco se percató de su acción, sí de su berrinche, en un lloro desconsolado, abrazándose con fuerza a él.
Entre disculpas con todos los presentes, Ken abandonó la piscina, no calmándose Minako ni cuando fue recibida por la toallita con la que su madre la esperaba.
—¿Qué pasó? —preguntó, haciendo ver que no había visto nada, mientras envolvía a su pequeña.
Y Ken, de verdad, seguía sin entender nada.
—No sé, supongo que no quiere más agua por hoy.
—Se habrá puesto nerviosa con tanta gente a su alrededor. —La meció Miyako, ocultando su sonrisa—. Vete a cambiar sin prisa, yo me encargo.
Ken asintió, y no fue hasta que se perdió hacia el vestuario que Miyako liberó su sonrisa, elevando a la altura de su rostro a su hija, que ya tan solo gimoteaba. La besó sonoramente.
—Eso es cariño, papi es solo de nosotras dos.
Y la risa de la niña lo confirmó.
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