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TONTERÍAS A DOS

Fecha: 10/4/22

Pareja: Kenyako

Tiempo: 13m y 15s

Triste—

Se golpeó la cara con ambas manos tratando de espabilarse, pero tan solo consiguió que las mejillas le ardieran y sus ganas de llorar aumentaran.

—¿Miyako?

Lo vio en el reflejo del espejo, asomado a la puerta. Bajó el rostro tratando de que él no la viera. Se desesperó. Se enfadó. Y las lágrimas ya fueron inevitables. Quitándose las lentes, se las frotó con violencia. ¿Por qué lloraba de todas formas? Eso es lo que más le molestaba. No tenía motivo, no uno que se pudiera considerar motivo. Simplemente, Miyako, aquel día, se había levantado triste. Con ganas de llorar.

Escuchó a Ken acercarse, preocupado. Trató de hacer un esfuerzo sobre humano para sonreír, pero al ver la mueca de Ken supo que no lo había conseguido. No apropiadamente.

—¿Ocurre algo? —preguntó, con ese tono angelical y esa expresión que siempre le daba ganas de achuchar.

Ella negó con violencia, volviéndose a golpear las mejillas esta vez más suavemente. Se concentró en su reflejo, en el reflejo de Ken a su lado. No le ocurría nada especial. Su vida era genial en la mayoría de los aspectos. No tenía motivo para estar triste. No debía estar triste…

Encontró la media sonrisa de Ken, acariciando con mimo sus mejillas enrojecidas. Y mirándola a los ojos a través del espejo, las besó.

—Hubo un tiempo, que cuando me encontraba alegre me enfurecía conmigo mismo. —Miyako fue girando la cabeza tímidamente hasta verlo a la cara. Él correspondió su mirada. Portaba ese tono que aún arrastraba dolor, pero imperaba fortaleza—. Me enfadaba porque estaba convencido de que no tenía nada por lo que estar alegre, que en cierta forma, no merecía estar alegre.

—¿Qué tontería es esa? —Quiso reaccionar Miyako, aunque no pudo con su energía habitual.

No obstante, Ken aceptó su reacción como buena y sonrió enternecido.

—Pero gracias a ti entre otros… pero sobre todo a ti —le susurró esto último al oído—, entendí que está bien sentirse alegre y feliz, que tengo derecho a disfrutar de ello.

Lo escuchaba, pero no llegaba a entenderlo. Ella estaba triste, no estaba segura de que una oda a la alegría fuese lo que necesitaba, es más, lo único que Ken estaba logrando era que se sintiera más culpable por su injustificada tristeza.

—Tú también tienes derecho a estar triste, Miyako —asintió con seguridad—. Yo estoy bien, no debes forzarte por mí. Sonreiré por los dos hasta que te apetezca volver a sonreír.

Lo escuchó salir del baño, seguramente fuera a preparar el desayuno para los dos. Se concentró de nuevo en su reflejo, las lágrimas siguieron brotando, deslizándose por un rostro, al que pronto le llegó la sonrisa.

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