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TONTERÍAS A DOS
Fecha: 17/4/22
Pareja: Sorato
Tiempo: 16m y 54s
—Shimane—
Con las manos de Yamato sobre las suyas, Sora terminó de aplastar la tierra, sonriendo orgullosa a aquel pequeño arbolito que se erguía ante ellos.
Se volteó a su novio, no resistiendo a darle un beso en la mejilla.
—Gracias por regalarme un árbol.
Separándose un poco, Yamato se quitó la gorra y se sacudió el cabello. Lo volvió a cubrir acto seguido. Observó el sol primaveral de Shimane, mientras, brazos en jarra, se levantaba.
—Creo que no tendrá problemas para crecer fuerte.
Todavía de rodillas ante su arbolito, Sora no pudo contener la risa, lo que extrañó a Yamato, no creyendo que hubiera dicho nada gracioso. Sacudiéndose la tierra de las manos tras levantarse, Sora quedó a su lado.
—Hablas como todo un campesino —le miró y sonrió enternecida por su leve rubor—, hasta vistes como todo un campesino. No conocía esta parte de ti.
El chico se volvió a quitar la gorra para rascarse la nuca en un tic nervioso. Se la recolocó. Al contrario de Sora, que llevaba los gorros casi de forma tan natural como su hermano, él no lidiaba bien con ellos. Pero eso no quitaba para que en casa de su abuela le gustara llevar aquella vieja gorra resquicio de la infancia de su padre.
Viendo su mutismo, Sora regresó la mirada a su arbolito. Recostó levemente la cabeza en el brazo de Yamato.
—¿De verdad crees que crecerá?
Yamato vio el pequeño palo y sonrió, rodeando a Sora de la cintura.
—Claro, a no ser que hagas algo que disguste a mi abuela. —Señaló entonces un tocón—. ¿Ves eso de ahí?, es el árbol que un día plantó mi madre.
Sobresaltada, Sora tomó distancia para buscar abiertamente el rostro de su novio, dándole un leve golpe de reprobación al percibir su risa contenida.
—Idiota.
La rodeó de nuevo, señalando, ahora sí, un árbol crecido.
—Ese es el de mi madre.
—Se parece al tuyo —dijo Sora al contemplarlo—, ¿es también un limonero?
Yamato asintió.
—Mi abuela lo decidió. —Indicó su cabeza. Su abuela también había decidido el árbol que Sora había plantado, por eso mismo, no le encajaba del todo esa explicación, ya que el árbol de Takeru no era un limonero, sino un arce. No tuvo la necesidad de preguntarlo, pues Yamato leyó sus gestos a la perfección—. Mi abuela dijo que pasaría la vida comiendo limones con tanto nieto rubio, por eso mi hermano no es un limonero.
Hacía tiempo que, cuando lo escuchaba hablar de su familia, Sora percibía una calidez que era imposible de impostar. Regresando la cabeza a su hombro, cerró los ojos, empapándose de la serenidad del lugar.
—Mi padre alguna vez me ha hablado de esta región. El hogar de los dioses, lo llama. —Sonrió entre sus memorias—. Creí que sería genial acompañarle en uno de sus viajes para conocerla, pero ahora sé, que no era con él con quién debía conocerla. —Miró a Yamato con gratitud y cariño—. Gracias por compartir Shimane conmigo.
En realidad, Yamato se había sentido inseguro por no ofrecerle un destino, a priori más apetecible, en su primer viaje juntos. Pero la felicidad real que Sora desprendía había tenido un efecto tranquilizador en él.
Shimane era el hogar de los dioses según los estudiosos, pero, para él, Shimane era el lugar donde había podido convivir con su hermano tras el divorcio de sus padres, el lugar donde era libre de vestir una vieja gorra y cubrir sus manos de tierra, el lugar donde las estrella se veían casi tan hermosas como en el Digimundo, el lugar que, por mucho tiempo que pasase, siempre se sentía como un cálido hogar.
Sintió a Sora recostarse en su pecho.
—Deseo regresar muchos años para ver crecer mi arbolito.
Automáticamente la abrazó. Besó su sien completamente enternecido. Absolutamente enamorado.
—Gracias a ti que, a partir de ahora, mi abuela también tendrá melocotones.
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