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TONTERÍAS A DOS

Fecha: 15/5/22

Pareja: Sorato

Tiempo: 30m y 14s

Tsukino

No estaba del todo dormida cuando sintió el líquido entre sus piernas. Buscó el rostro a su lado no pudiendo evitar una dulce sonrisa. Había estado el último mes de su vida en duermevela y, justo en ese instante, por fin dormía profundamente. Le dio pena hacerlo, pero esta vez, sin duda, era causa mayor.

—Yamato —dijo bajito—, Yama —repitió, rozando suavemente su hombro. Un leve ronquidito fue su respuesta, llenándola de ternura. Acercó su cara a su rostro, casi pegando las narices y ahí susurró—: Despierta gordi.

Rio por el gruñido que dio, incluso dormido, parecía que era consciente de cuando lo llamaba así. Pronto, se encontró con su mirada soñolienta, presa todavía de la irrealidad.

—He roto aguas.

Emitió un gemido, mientras se tallaba los ojos. Sabiendo que, ya con esa información pronto despertaría, Sora se destapó, posando los pies en el suelo, encendió la lámpara de la mesita y comprobó que todo estuviera correcto. No sentía molestias y el líquido era trasparente por lo que no debía preocuparse.

—¡¿Cómo?! —Rio, consciente al fin de que Yamato había despertado. Lo sintió asomado a su hombro, mirando su entrepierna y su rostro—. ¿Viene?, ¿ahora?

No sin esfuerzo, Sora se levantó de la cama.

—¿Cómo que ahora?, ya lleva once días de propina —dijo Sora, señalando su enorme barriga—, y no grites tanto.

Con los ojos como platos, todavía de rodillas sobre la cama, Yamato observó a su mujer como si fuera ella la que tuviera que decirle lo que tenía que hacer. Solo duró un instante esa parálisis pues al verla deshacerse del camisón, él también salió de la cama. Tomó el celular, mientras se ponía la primera camiseta que veía por ahí.

—… sí, Ishida Sora. Está de parto… ¿ambulancia?… claro...

—¡Ni hablar! —Se volteó Sora al escucharlo. Tuvo que contener la risa por el cuadro que se encontró: un brazo alzado con el teléfono, el otro ya lo había metido y tiraba de la prenda para sacar la cabeza. Lo consiguió, encontrando su mirada—. Todavía no tengo ni contracciones Yamato, hay tiempo. No necesito una ambulancia.

Con un resoplido, evidenciando su desacuerdo, Yamato anuló la ambulancia y cortó la llamada.

—La clínica ya está avisada, ¿llamo a tus padres?

—No los molestes, son las tres de la mañana —negó Sora, que ahora había abierto el armario, buscando una toalla.

—¿Segura? —cuestionó el hombre atónito. En los otros partos, al menos, era la mano de su madre la que quería casi por encima de la suya.

Pero ella se acercó, con una enrome sonrisa.

—La única persona que necesito para dar a luz está aquí. —Sonrió ante la tierna sonrisa de Yamato, mientras le bajaba un poco la cabeza—. No me tapes el espejo.

Nuevo resoplido de su esposo, al son de la risa de ella.

—Llamaré a mi hermano para que se ocupe de los niños.

Pero ella negó otra vez.

—Los niños son mayores, además, están Gabu y Piyo. No molestes a nadie Yamato.

Y entendió, que esta vez, quería que fuera algo íntimo. Algo solo de ellos dos. Le dio un beso en la nariz.

—Le diré a Gabu que nos vamos.

—Pero solo a Gabu, si Piyomon se entera se pondrá pesada y querrá venir.

Asintió, saliendo de la habitación. Le extrañó no encontrarla al regresar y escuchar el agua corriendo. Corrió la puerta que daba al baño de la habitación y se desesperó.

—¿Qué haces?

—No quiero ir pringosa, Yamato —contestó ella con una calma que a su esposo desquiciaba. La dejó hacer, incluso le ayudó a terminar de lavarse, para meterle un poco de prisa más que nada—. ¿Qué estás mirando? —cuestionó ella. Mientras la envolvía en la toalla, Yamato no había dejado de mirarle la entrepierna.

—Si sale.

—Creo que me enteraría. —Rodó los ojos Sora, regresando a la habitación. Dejó la toalla y resopló—. ¿Qué me pongo?

—¡Que más da!, en una hora vas a estar despatarrada dando a luz —dijo él cardíaco, pero sin elevar el tono.

Dirigiéndole una mirada de aburrimiento, evitó su mayor desesperación colocándose lo que más a mano tenía. No se demoró demasiado, aunque tal y como la miraba Yamato, ya con la bolsa al hombro, (que llevaba mínimo un mes preparada), las llaves en la mano y el pie golpeando el suelo, daba la impresión de que había tardado un año. Todavía se cepilló el cabello, lo que provocó un gran bufido de Yamato.

—Yamato, ¿estás seguro de que quieres ir sin pantalones?

Aguantó la risa Sora, mirando a través del espejo su reacción: cómo arrojaba la bolsa, se frotaba el pelo preso de los nervios, buscando como un demente sus pantalones que estaban caídos bajo la silla. Se los colocó haciendo malabarismos y volvió a recuperar la bolsa y las llaves. Con una sonrisa, ya completamente acicalada, Sora lo encaró.

—¿Estás seguro de que no quieres que conduzca yo?

—Sora… —masculló él, saliendo al fin de esa habitación.

Fue tras arrancar el auto cuando Yamato percibió la primera mueca de dolor de su esposa. Lo hizo a través del espejo retrovisor.

—¿Estás bien?

—He tenido una contracción, pero es leve.

Regresó la vista a la desierta carretera.

—Llegaremos enseguida. Tenemos una hija lista que sabe cuales son las mejores horas para conducir por esta ciudad.

—Yama… —llamó al poco. Él hizo un sonido haciéndole ver que le prestaba atención—. Hay luna llena. —La miró un instante a través del espejo. Irradiaba una calma de la que era casi imposible no contagiarse. Parecía mentira que estuviese a punto de dar a luz por tercera vez. Quizá, se debiese precisamente a eso, porque era la tercera vez, la última vez—, nuestra hija va a nacer bajo la luz de la luna.

Devolvió Yamato la mirada a la carretera.

—Preferiría que naciese bajo focos led, rodeada de personal cualificado.

Rio, relajando al fin sus nervios al escuchar la risa de Sora. La volvió a buscar a través del retrovisor cuando calló; su entrecejo estaba fruncido y apretaba los labios tratando de que su quejido no se filtrara. Se concentró en la carretera. En menos de diez minutos llegarían a la clínica; posiblemente antes de que amaneciera ya conociese el rostro del nuevo miembro de su familia. Sonrió dichoso, no dejando que la emoción empañara sus ojos todavía. Una luz se filtró a través de la ventanilla entonces, haciendo que desviara su mirada a ella.

La había visto de más cerca, había caminado incluso sobre ella, pero sin duda, nunca vio luna tan hermosa, como la primera luna llena de aquella primavera.

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