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TONTERÍAS A DOS
Fecha: 29/5/22
Pareja: Sorato
Tiempo: 17m y 58s
—Momiji—
Solo era consciente de la paz que sentía por disfrutar de aquello cuando estaba ahí. Cuando sus sentidos estaban ahí y podía sentir que el otoño, en verdad, estaba ahí. La estación, que ahora sabía, que siempre había sido la de su inspiración.
Giró el rostro para ver al hombre a su lado, regalándole una tímida sonrisa.
—Gracias por organizar esta cita, siento haber puesto tantas trabas. —Yamato la enfocó entonces. No le extrañó su tono y su mirada baja resistiéndose a disfrutar del espectáculo. Permaneció en silencio, mientras ella reflexionaba, rotando entre sus dedos aquella hoja del color de su cabello—. En realidad, llevo un tiempo sintiéndome culpable. Siento que no puedo estar al cien por cien contigo, y sin embargo, te mantengo atado a mí.
Yamato arrugó el entrecejo por sus palabras. Su mirada también quedó en el manto de hojas del suelo.
—¿Qué tontería es esa? —masculló—. Nunca me has hecho sentirme atado. Estoy contigo porque quiero. Siempre ha sido así. —La miró con una dureza que desapareció al encontrarse con su mirada. Más que culpabilidad, lo que reconoció fue necesidad. De palabras. De amor—. Yo también estoy con la cabeza en mil cosas, no te preocupes. Estamos bien.
Quedaron en silencio. Se dejaron consolar por el otoño. La hoja se desprendió de la mano de Sora, que cerró los ojos. Suspiró.
—Mi madre quiere saber si voy a tomar seriamente el Ikebana.
—¿Lo harás? —preguntó él, con un ojo puesto en el rojo del arce y el otro en el rojo de Sora.
Ella encogió los hombros. Con las manos bajo sus muslos, se inclinó hacia los lados.
—Es una posibilidad. Solo sé que en unos meses empezaré mi último año de universidad y todavía no he encontrado mi camino. Quizá, después de todo, el Ikebana siempre fue mi camino —terminó con un deje de incredulidad.
—O, quizá, solo sea parte de tu camino.
Lo enfocó tras esas palabras. Había tomado el relevo de rotar la hoja entre sus dedos. Su mirada se mantenía en ella, pero Sora reconoció que estaba lejos de todo aquello. Sonrió, porque en ese preciso instante, se sintió increíblemente cercana a él. Hacía tiempo que no lo sentía tan fuerte. Inclinó la cabeza buscando su hombro. Yamato la miró al sentirla.
—Al final, tantos años, tantas aventuras, y seguimos siendo unos niños perdidos.
Contagiado de aquella sonrisa, que era mezcla de resignación y ternura, apoyó la cabeza contra la de ella, cerrando los ojos.
—Pero al menos, ahora, sabemos que no estamos solos.
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