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TONTERÍAS A DOS

Fecha: 12/6/22

Pareja: Kenyako

Tiempo: 19m y 27s

Genética—

—¿Puedes hacer esto?

Ante la pregunta de Miyako, Ken dejó de escribir, alzando la mirada para enfocarla. Ella, bajando su revista lo justo para hacer visible su rostro, le mostraba su lengua enroscada, formando una "u".

Lo intentó Ken, sin querer ser demasiado explícito, pero no lo logró. Sonrió, regresando a sus apuntes.

—No, no sé hacerlo.

—No es cuestión de que sepas o no, es cuestión de si puedes o no —perplejo por el autoritario tono de su novia, Ken regresó la mirada a ella—. Es genético, ¿sabes?

Quiso apuntar Ken que eso no estaba del todo claro, pero se tragó sus palabras, mientras Miyako seguía haciendo formas, imposibles para él, con su lengua. Se sumergió en su estudio.

—Yo sé hacer esto.

Y sin dejar de escribir, su oreja izquierda se movió ligeramente hacia arriba. Dejó el lapicero e hizo amago de recoger sus apuntes al encontrarse a Miyako abalanzada sobre ellos, asombrada ante su movimiento.

—¿Desde cuando? —La respuesta de Ken fue encogerse de hombros. En realidad, tenía la sensación de que siempre había sido capaz. Miyako recogió su melena hacia un lado, dejando visible su oreja—. ¿Yo lo hago?

La miró durante aquellos instantes en donde ella, sobre sus apuntes, empezaba a enrojecer de tensión. Negó.

—Creo que también tiene algo que ver con la genética —dijo, queriendo zanjar el asunto y retomar su trabajo. No pudo por el mohín de Miyako, y porque seguía, literalmente, derramada sobre sus libros.

—Vuelve a hacerlo —pidió, como una niña pequeña. Él lo hizo y ella lo examinó, de un lado y de otro—. ¿Solo puedes hacerlo con la izquierda?

—Creo que sí —asintió. Era posible que acabase de descubrir que su extraño don solo se limitaba a una oreja.

Pero eso provocó más curiosidad en Miyako, que tomando el lóbulo de la oreja que movía, lo miró por todos los ángulos. Hizo lo propio con la otra, para finalmente quedar de brazos cruzados, pensativa.

—Que gen más extraño. —Un nuevo encogimiento de hombros fue la respuesta de Ken, mientras Miyako regresaba al sitio—. ¿Y para que se supone que sirve?

—Para nada, en realidad, supongo que es vestigio de nuestros antepasados, que tendrían mejor oído y moverían las orejas para captar el sonido.

—¿Cómo los perros? —cuestionó Miyako, en un tono que Ken captó burlón.

Suspiró, recostándose hacia atrás en la silla. La miró atentamente, como si de verdad le hubieran ofendido sus palabras. Ladeó la cabeza, tratando de imitar su tono.

—¿Y para que se supone que sirve lo que tú haces con la lengua?

Se arrepintió de haber intentado jugar a aquel juego en el momento que terminó la pregunta, o mejor, cuando vio el rostro sorprendido de Miyako, que no tardó en ser adornado por una traviesa sonrisa. Una triunfante sonrisa.

—Oh, Ken... —dijo, mientras se levantaba. Al pasar a su lado, se inclinó hacia él, y en su oído, susurró—: Cuando termines con eso te lo muestro.

Y por primera vez en su vida, su oreja derecha se alzó.

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