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TONTERÍAS A DOS
Fecha: 26/6/22
Pareja: Kenyako
Tiempo: 17m y 18s
—Aventurescencia—
—Y este es el lapislázuli, el favorito de los egipcios. ¿No es increíble que ya existiera entonces?
Al no obtener respuesta, Miyako lo miró, (con esos diez aumentos de más que le otorgaba su lupa ocular). Se la retiró, colocándose las gafas que, a modo diadema, había dejado apoyadas en su cabeza. Dejó la piedra en su correspondiente lugar y regresó la vista a Ken. Parecía hechizado con esa obsidiana que rotaba entre sus dedos.
—¿Es tu favorita?
Aunque la pregunta le hizo regresar en sí, su mirada continuó presa de la piedra.
—No sé… es tan oscura…
Miyako se arrimó a él, señalando la piedra con el dedo.
—¿Pero no ves esos brillos dorados?, a eso se le llama aventurescencia.
El hombre enarcó una ceja sorprendido, despegando la mirada de aquella piedra por primera vez. La depositó en el sitio.
—¿Aventure… qué? —preguntó en una mueca divertida.
—Se debe a los diferentes índices de refracción de la luz de las inclusiones de su interior —explicó Miyako.
Ken, no muy familiarizado con semejante terminología, rio, pues era fascinante escuchar a Miyako hablar con tanta fervor sobre aquellos minerales. Era sabedor que coleccionaba algún tipo de roca, pero fue al convivir con ella, cuando había sido consciente de lo dedicada que estaba a su colección.
—Intuía que esa sería tu favorita —dijo Miyako, levantándose del piso.
—No sé si es mi favorita —susurró él, quizá culpable de haberse visto atraído por la piedra más oscura de su colección.
Sin prestarle atención, Miyako se perdió por la habitación, trayendo consigo, poco después, una bolsita. Retomó el asiento al lado de Ken y abrió la bolsa, sacando de ella una piedra mucho más tosca y ordinaria que todas las que le había enseñado. Parecía una piedra común.
—Esta es mi favorita. —Ken titubeó sin saber muy bien que decir, hasta que Miyako la volteó y vio una cavidad en su interior—. Mi geoda. —La mostró orgullosa.
Las apariencias le habían engañado esta vez, pues no se trataba de una piedra, sino una geoda, como bien Miyako la había denominado, con aquellos deslumbrantes cristales formados en su interior. No se atrevió a tocarla, pero sí la contempló de cerca, muy de cerca.
—Imagina que ha tardado miles de años en crear semejante estructura, ¿no es increíble? —dijo Miyako, entusiasmada como una niña.
Observándola, y escuchándola, Ken sonrió enternecido. No le sorprendió que fuera su favorita.
—Sin duda eres la clase de persona con la paciencia suficiente para dejar que algo bueno aparezca en una cosa que, a simple vista, parece desechable.
No se esperaba esas palabras Miyako, y el sonrojo de sus mejillas lo evidenciaron. Ken había hecho parecer como si aquellos miles de años hubiesen pasado mientras ella esperaba. Como si no se la hubiese encontrado ya así.
Sonrió al mirarlo a los ojos; al entender sus palabras. Su sencilla y a la vez tan significativa declaración. Acarició su rostro amorosamente.
—Todo el mundo tiene algo lindo en su interior esperando para florecer. —Y tras besarlo con cariño, susurró—: y por eso la obsidiana tiene reflejos dorados.
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