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TONTERÍAS A DOS
Fecha: 3/7/22
Pareja: Sorato
Tiempo: 24m y 40s
—Pajarito—
Entre el gentío de uniformes verdes, Yamato por fin la vislumbró. No fue directamente hacia ella porque primero se dedicó a observarla. Cerca de los árboles de la salida del recinto, intercalaba miradas entre estos y el suelo de cemento. Pudo ver en ella una mueca de preocupación lo que le animó a acercarse.
—Un pajarito.
Sora giró la cabeza lo justo para ver a Yamato asomándose por su hombro. Había sido de lo más sigiloso, o quizá, ella estaba demasiado concentrada como para percatarse de su presencia antes.
—Creo que se ha caído del nido.
Ante el triste tono de Sora, Yamato lo miró más de cerca. Era un pajarito que parecía que había empezado a aprender a volar. Miró hacia los árboles y torció el gesto.
—Quizá pueda subir.
—¿Y si no?
Con las manos en los bolsillos, Yamato desvió la mirada. Los estudiantes ya abandonaban el recinto la mayoría sin prestar atención a lo que ahí sucedía.
—Deberá ser fuerte si quiere sobrevivir.
—Ya…
Le enterneció Sora mirando el pajarito. Le enterneció el pajarito también.
—Es la naturaleza —dijo, esta vez para convencerse a sí mismo.
—Ya…
De nuevo la misma respuesta de Sora. De nuevo la misma sensación de desolación. Buscó a su alrededor otra vez Yamato. Tras los escandalosos jóvenes que ya se perdían por los caminos, pajarillos volvían a escucharse de diferentes árboles. Con un suspiro, dejó la cartera de libros a un lado, quitándose la chaqueta verde.
Sora buscó una explicación en su novio cuando dejó de ver al pajarito, viendo su chaqueta en su lugar. Un pequeño bulto que intentaba revolotear se apreciaba.
—Agárralo, venga —dijo Yamato.
Sus palabras activaron a Sora, sintiéndose estúpida por los minutos que había gastado simplemente lamentando la mala suerte del pajarito. Ella podía cambiar esa suerte. Lo atrapó con mimo y cuidado, sonriendo de inmediato al ver esa cabecita asomando entre sus dedos. Enfocó acto seguido el árbol.
—Creo que ahí arriba hay un nido… ¿oyes?
Se oía bastante alboroto entre los árboles como era normal en las vísperas del verano. Elevando la mirada, Yamato intentó vislumbrar algún pajarito. Percibió movimiento entre el follaje.
—¿Y si no es su nido? —preguntó Yamato.
—Si está en el árbol alguien lo cuidará, ¿o no cuidarías tú a un niño perdido que apareciese en tu casa?
Yamato asintió antes las palabras de Sora, aunque se contuvo de exponer que él no era un pájaro. En cualquier caso, lo importante era devolverlo al árbol, darle una oportunidad de sobrevivir.
—No llego —dijo Sora, estirando el brazo. Miró a Yamato, en realidad su brazo, pero no dijo nada. Era más largo que el suyo pero no lo suficiente para alcanzar la rama. Fue a tenderle el pajarito a Yamato.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó, sin tomar aún el pajarito.
—Subiré al árbol y luego me das el pájaro.
Yamato miró el árbol con desconfianza. No parecía que tuviera unas ramas excesivamente gruesas y la imagen de una de ellas rompiéndose y Sora cayendo rodeada de pájaros se apareció en su mente con fuerza. Negó.
—Estate quieta.
Sora no entendió lo que pretendía, hasta que lo vio agacharse tras ella y sentir su cabeza entre sus piernas. De repente se había elevado, y estirando la mano, pudo depositar el pájaro en una rama.
—Suerte chiquitín —dijo a modo de despedida.
El pájaro no tardó en empezar a dar saltitos entre las ramas. Sora lo contempló hasta que se perdió por el follaje de más arriba. Fue al buscar el rostro de Yamato y no encontrarlo cuando fue consciente de que se encontraba en la entrada de la escuela, sentada a los hombros de Yamato, que estaba, literalmente, bajo su falda.
—Ya puedes bajarme —dijo con nerviosismo.
Vio de soslayo al volver a tierra, el ruborizado rostro de Yamato, así como su mirada esquiva.
—¿El pajarito?
—En el árbol.
—Bien.
Cuando sus miradas se encontraron, no pudieron reprimir la risa. Sora se alisó la falda, mientras Yamato, con la chaqueta al hombro, retomaba su cartera de libros, tendiéndole a Sora la suya.
—Supongo que no es la mejor ropa para hacer eso.
—Lo hice por el pajarito.
—Ya… —Sora miró a Yamato, su mueca traviesa que se vislumbraba entre ese inocente rubor—… idiota…
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