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TONTERÍAS A DOS (TRES)

Fecha: 17/7/22

Pareja: Kenyako

Tiempo: 16m y 45s

Neonato—

—¡No!, ¡está meando otra vez!

Tras hacer una bola con el pañal, Miyako, alarmada, buscó a su esposo por grito tan descarnado. De nada había servido que acabaran de limpiarla, pues se había vuelto a mojar entera.

—Al menos no es niño, si lo fuera te habría dado en la cara.

—No quiero niños —dijo Ken como si estuviera en un trance, volviendo a limpiar a su nena.

A su lado, Miyako extendió el nuevo pañal y aunque llevara desde que se convirtió en madre prácticamente sin dormir, y por tanto hiciera todo en modo automático, no le pasó desapercibido el tamaño.

—Ken, es enorme.

Con unas ojeras hasta el suelo, Ken la miró, si decir nada. Viendo que buscar repuesta en su esposo zombi era inútil, Miyako tomó el paquete.

—¡Es para niños de un mes! —Ken siguió con su mirada perdida, viendo como Miyako ya empezaba a gesticular desbocada—, ¡tenías que comprar neonatos!, ¡neonatos!

—¿No le vale? —preguntó Ken, mirando el pañal, y a su hija—. Así le valdrá más tiempo.

—Un paquete no nos dura ni dos días —gimió Miyako, impotente. Veía ese pañal como una sábana en comparación con su hija.

—Es muy pequeña, ¿por qué es tan pequeña? —cuestionó Ken, mirando al bebé pensativo.

—¡Ahora es mi culpa por hacer una hija pequeña!

Y el llanto fue descontrolado por parte de Miyako, lo que hizo al fin reaccionar a Ken. Se levantó.

—Voy a comprar pañales neonato, no te preocupes. Todo va a estar bien.

No pudo dar ni dos pasos, pues el llanto de Miyako ya era escandaloso. Además, se le había sumado el del bebé.

—¿Me vas a dejar sola con la niña?, ¡está llorando!, ¡soy una madre horrible!

Ken se precipitó a abrazarla, acariciando su cabello sucio y revuelto.

—No digas eso, eres la mejor madre.

—Entonces, ¿por qué mi hija llora?, sabe que soy horrible.

El hombre miró a la niña y a su esposa, ahora calcos descontrolados en llanto. Tomó a la niña y se la tendió a Miyako que por acto reflejo la abrazó contra su pecho.

—No eres horrible, no puedes calificarte como horrible llevando solo una semana de madre —dijo, tratando de sonar racional.

A Miyako le esperanzaron sus palabras, o quizá que la niña se estaba sosegando en sus brazos sin necesidad de hacer nada especial.

—¿Y cuando se me puede calificar?

—Eh… un mes —improvisó Ken, alentado porque la situación parecía más calmada—, en un mes te prometo que serás reconocida como la mejor madre del mundo y te compararé una taza que lo ponga.

—Una taza suena bien, quiero una taza que ponga eso —dijo Miyako.

Ken le limpió el surco de sus lágrimas, que ahora finalizaban en ese gran sonrisa ilusionada. Se separó despacio.

—¿A dónde vas? —cuestionó, regresando el horror a su rostro. La niña también hizo amago de gimoteo.

Volvió a abrazarlas.

—Pañales, necesitamos pañales.

—Neonatos —asintió Miyako, como si entonces lo recordara.

—Eso, sí… neonatos —recalcó Ken, separándose despacio.

Los ojos de Miyako se entrecerraron, pero Ken tuvo los reflejos de tomar a la nena antes de que su cabeza se desplomara contra el suelo.

—Compra una taza que ponga eso también… —susurró mientras su respiración se volvía pausada.

La acomodó Ken en mejor postura. Un bostezo reflejó la envidia que sentía en ese momento, más cuando la niña también quedó dormida entre sus brazos. No valoró demasiado sus opciones, pues acurrucarse junto a su esposa y su hija y un paquete de pañales enormes fue la única que vio posible en su cabeza.

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